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Pedro Antonio Alarcón y Ariza

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Biografía

Alarcón y Ariza, Pedro Antonio. El Zagal. Guadix (Granada), 10.III.1833 – Madrid, 19.VII.1891. Autor de importantes novelas y narraciones breves, periodista y político.

Nació en el seno de una familia de antiguo abolengo, aunque empobrecida a consecuencia de la Guerra de la Independencia. El apellido Alarcón que lleva nuestro novelista tiene su origen en una familia de ricos labradores de Jerez del Marquesado. El abuelo del escritor, Antonio Alarcón, se trasladó desde este pueblo del Marquesado del Zenete a Guadix para contraer matrimonio con Josefa Carrillo Arjona, hija del escribano de la ciudad, Pedro Carrillo, donde compró el título de regidor perpetuo. En la Guerra de la Independencia, el abuelo vio confiscados sus bienes, fue preso en Granada y murió de resultas de haberse opuesto a la entrada de los franceses en la ciudad. El padre del escritor, Pedro Alarcón, optó por el oficio de escribano. Se casó con Joaquina Ariza, oriunda de Baza, con la que tuvo diez hijos, entre los que Pedro Antonio ocupó el cuarto lugar. Los problemas económicos de la familia, ya que la escribanía no daba para mantener a tan numerosa prole, quiso solventarla Pedro con el ingreso de alguno de sus hijos varones en la carrera eclesiástica. Un intento fallido supuso la entrada de nuestro autor en el seminario de la ciudad, aunque sí prosperó en el caso de su hermano Antonio, que llegó a ser canónigo de la catedral de Sevilla. Según relata el propio autor, en aquella época de 1833, cuando él nace, Guadix había perdido su antiguo esplendor y se había convertido en una pobre ciudad agrícola, en la que, salvo la hermosa catedral, sólo quedaban vestigios ruinosos de su antigua grandeza.

Se enorgullece Alarcón de su precoz aprendizaje de las primeras letras y de sus estudios de Gramática, Latín y Filosofía en el seminario de San Torcuato, con fray José Pablo Jiménez, exclaustrado de la Orden Franciscana, así como de su graduación de Bachiller en Granada (1847), a los catorce años. Precisamente ese mismo año y en esa misma ciudad comienza los estudios de Leyes, que hubo de abandonar tres meses después. La economía familiar le obliga a regresar a Guadix y reingresar en el seminario, donde comienza los estudios de Teología (enero de 1848). Esta segunda estancia durará hasta comienzos de 1853, cinco años en los que se despierta la vocación literaria de Alarcón: escribe sus primeras narraciones y unas obritas de teatro que son representadas por actores aficionados de la ciudad (1848, 1849).

Sea porque la vena literaria había calado en su ánimo, sea porque “no tenía vocación de sacerdote, sino de casado”, a los veinte años abandona definitivamente el seminario y se entrega de lleno a la literatura.

Participa en la tertulia que agrupaba en Guadix a jóvenes que posteriormente habían de lograr cierto renombre, entre los que destaca Torcuato Tárrago Mateos, conocido autor de folletines históricos. A este grupo se unirían en algún momento los granadinos Mariano Vázquez y José Joaquín Soler de la Fuente.

La literatura le sirvió a Alarcón para alejarse del ambiente provinciano de la ciudad, que le ahogaba. Él mismo lo reconoce, cuando afirma: “No comencé a literatear por selección ni por capricho, sino cediendo a una fuerza interior, tan espontánea y avasalladora como las de la vida orgánica, y dado también que me fue desde luego forzoso tomar la cosa por oficio y entregar a la imprenta mis pobres borrones, so pena de quedar enterrado en Guadix”. El alejamiento de su ciudad natal lo consigue el autor por varios caminos.

Uno de ellos, el que más a mano tenía, fue la imaginación.

No es de extrañar, pues, que sus primeras obras narrativas se desarrollen en lugares tan exóticos como el Cabo de Buena Esperanza o Spitzberg. El segundo camino por el que el accitano consigue apartarse del medio provinciano está representado igualmente por una empresa literaria: la fundación de El Eco de Occidente. Torcuato Tárrego, oriundo de San Roque (Cádiz), conocía en la capital andaluza a un mecenas que había de apoyar la publicación de una revista semanal, escrita en Guadix por el propio Tárrego y por Alarcón, impresa en la imprenta de Zamora en Granada y distribuida en Cádiz. Así surgió El Eco de Occidente, donde Alarcón publicó sus primeros escritos, que le procuraron unos pequeños ahorros, los suficientes para abandonar su casa y su ciudad, sin el permiso paterno, y trasladarse a Cádiz para reordenar la citada revista.

La estancia en Cádiz apenas dura un mes, ya que emprende viaje hacia Madrid, llevando bajo el brazo unos dos mil versos de la continuación de El Diablo Mundo que había quedado inconclusa a la muerte de Espronceda. Dicha continuación, comenzada en Guadix (1851), fue destruida por el propio autor al conocer que Miguel de los Santos Álvarez acaba de publicar la suya. Tras la decepción, ha de volver a Guadix porque es llamado a filas y, a punto de ser declarado prófugo, su padre, con no poco esfuerzo económico, logra librarlo del servicio militar, tras perdonarle su huida anterior.

Tal vez como signo de perdón o porque advierte con claridad la vocación literaria de su hijo, autoriza su marcha a Granada para dirigir El Eco de Occidente, que había trasladado allí su redacción desde el primero de enero de 1854. Algunos relatos de esta época son La fea, La hermosa, Astronomía, Dos ángeles caídos, El abrazo de Vergara, El asistente o El rey se divierte.

Su estancia en Granada va unida ahora al apogeo de La Cuerda Granadina, una agrupación de jóvenes escritores y artistas que se habían hecho famosos en la ciudad por las actividades que desarrollaban en el Liceo, en la Academia y en las reuniones particulares.

De este grupo formarían parte, entre otros, José Moreno Nieto, el pintor José González Bande, el cantante veneciano Jorge Ronconi, el músico Mariano Vázquez, el novelista Manuel Fernández y González y el poeta Manuel del Palacio. Cuando, a finales de 1854, como consecuencia de la Vicalvarada, esta agrupación hubo de disolverse, sus miembros la continuaron en Madrid con el nombre ahora de La Colonia Granadina.

Con el pronunciamiento de Leopoldo O’Donnell (julio de 1854) los movimientos revolucionarios se propagan de ciudad en ciudad (Barcelona, Valencia, Valladolid, Madrid...). En Granada, Alarcón se coloca durante tres días al frente de los insurrectos, que llegan a asaltar el depósito de armas situado en la Alhambra, ocupan el ayuntamiento, se acercan a la Capitanía General y publican un periódico, La Redención, en cuyas páginas el accitano lanza dos furibundos ataques contra el lujo del clero y la incompatibilidad del ejército y la Milicia Nacional.

No debía de sentirse muy seguro Alarcón en la ciudad de la Alhambra, porque en septiembre, aún sin apagarse del todo los focos revolucionarios, se encuentra en Madrid, donde dos meses después dirigirá otro libelo irreverente, El Látigo, dedicado a promover una campaña injuriosa contra la reina Isabel II.

De nuevo Alarcón, que firma con los seudónimos de El Zagal y El hijo pródigo, se da a conocer por la dureza de sus ataques a la Iglesia, a la Monarquía y a los periódicos conservadores. Tales ataques recibirán pronto respuesta de la pluma del poeta y periodista venezolano José Heriberto García de Quevedo, colaborador de Zorrilla en alguna de sus obras, ahora redactor de El León Español. La oposición dialéctica entre los dos periodistas alcanzó tal encono que acabó con ambos enfrentados en un duelo a muerte (13 de febrero de 1855), en el que actuaron de testigos el duque de Rivas y Luis González Bravo. Falló Alarcón el disparo, y su contrincante, tras avanzar los pasos de rigor hasta situarse a sólo diez del guadijeño, disparó benevolentemente al aire, perdonándole de esta manera la vida. Al día siguiente, el accitano abandonaba la dirección de El Látigo, que dejó de publicarse el día 28 de ese mismo mes. Aunque los periódicos de la época no dieron mayor importancia al incidente, este hecho se ha considerado decisivo en la evolución ideológica del escritor. Sea porque el propio autor ha querido explotarlo para explicar su radical cambio de pensamiento y de actuación política, sea porque en verdad sirvió de acicate para producir una transformación en su vida, lo cierto es que a partir de 1855 nada queda en sus escritos que recuerde aquel ímpetu revolucionario de que hizo gala en Granada y en los primeros meses de su estancia en Madrid.

Tras el lance referido, Alarcón se retira a Segovia, lugar en el que concluye su primera novela larga, El final de Norma, que dice haber comenzado en Guadix a los diecisiete o dieciocho años. El periódico El Occidente, que dirigía Cipriano del Mazo, la publicó por entregas y poco después aparecerá en las librerías en tomo independiente.

Durante su estancia en Madrid, el accitano había cosechado abundantes amistades literarias (Ros de Olano, Eguilaz, Mariano Catalina, el duque de Rivas, Juan Valera, Cánovas del Castillo, Tamayo y Baus, Núñez de Arce, Nicomedes Pastor Díaz...). Por sus contactos literarios fue enviado a París como corresponsal de varios periódicos en la Exposición Industrial (1855). Sus colaboraciones en la prensa del momento son cada vez más frecuentes y su nombre se hace asiduo en las páginas de El Criterio, La América, El Museo Universal, La Ilustración, El Semanario Pintoresco, etc. En estas publicaciones van apareciendo sus narraciones más conocidas, algunas de las cuales no son sino versiones levemente retocadas de las que había publicado en El Eco de Occidente y que posteriormente se integrarán en sus tres series de narrativa breve.

A finales de 1857 estrena en el Teatro Circo, de Madrid, con los actores Julián Romea y Teodora Lamadrid en los papeles protagonistas, un drama en verso con el título de El hijo pródigo, dedicado a sus padres, tal vez recordando sus primeros pasos de dramaturgo en su ciudad natal. Recibió el drama una buena acogida por parte del público, no así de los críticos teatrales, que, a decir de sus biógrafos y de él mismo, no le perdonaban sus anteriores juicios contra el teatro y la literatura de sus contemporáneos.

Alarcón se queja del desprecio a que es sometido y comienza a hablar ya de una confabulación, fruto de la envidia y de la venganza, que le empuja a abandonar la dramaturgia, como años después abandonará la novela, incapaz de soportar lo que él llama “la conspiración del silencio” contra su persona.

En los dos años siguientes continúan sus abundantes colaboraciones periodísticas, las más destacadas de las cuales son las crónicas de sociedad y los artículos literarios, de costumbres y de viajes que inserta en La Época. Reanuda asimismo sus viajes por España, de los que quedarán amplias referencias en sus escritos, recogidos posteriormente en volúmenes como Viajes por España y Más viajes por España.

En 1859 tiene lugar otro acontecimiento importante para la vida de Alarcón. Cuando en octubre, el general O’Donnell, presidente del Consejo de Ministros y ministro de la Guerra él mismo, declara la guerra a Marruecos, Pedro Antonio sorprende a todos y, llevado quizás por la amistad con el general Ros de Olano, se alista como voluntario en el Batallón de Cazadores de Ciudad Rodrigo. En realidad, Alarcón marchó de Madrid a Málaga con la idea de embarcarse como corresponsal de guerra (“de paisano, o sea, sin sentar plaza, con ánimo de escribir cuanto viera”), como otros muchos periodistas y escritores lo estaban haciendo, pero, según relata, cuando contempla la llegada de los buques con los heridos de la campaña, decide alistarse como voluntario para la guerra. Su participación en la contienda hay que juzgarla, pues, desde dos puntos de vista: como soldado y como cronista del frente. Respecto del primero, el accitano gozó de unos privilegios que no correspondían a un soldado raso, aunque intervino en algunas batallas y logró dos condecoraciones; respecto del segundo, alcanzó un rotundo éxito con las crónicas que publicaba en El Museo Universal, ilustradas, a falta del fotógrafo que no pudo embarcar en el último momento, por el dibujante francés Charles Iriarte del periódico parisino Monde Ilustré. De la fama de sus crónicas dan idea las más de veinte mil cartas de lectores entusiasmados que tuvo que quemar antes de partir para España. Todo este material se reuniría posteriormente en su Diario de un testigo de la guerra de África, del que llegaron a publicarse en una primera tirada cincuenta mil ejemplares, algo asombroso para aquella época.

La guerra de África sirvió al guadijeño para profundizar en la amistad con los generales Ros de Olano y O’Donnell, al tiempo que le proporcionaba la suficiente holgura económica (la publicación del Diario [...] le supuso unos ingresos de casi cuatro millones de reales), como para realizar su primer gran viaje a Italia (septiembre de 1860-febrero de 1862), que igualmente plasmaría en su libro De Madrid a Nápoles. El viaje a Italia, pasando por Francia y Suiza, con audiencia con el Papa incluida, nos presenta ya la cara más conservadora del escritor, decidido partidario de la figura papal, defensor ardiente de la fe cristiana y enemigo del racionalismo y de la civilización materialista, que ve representada en Francia. La publicación de la obra alcanza un éxito semejante al que había obtenido con el Diario [...].

Según confiesa el propio Alarcón, con estas dos últimas obras acaba la primera época de su vida literaria.

En efecto, a su regreso de Italia y durante trece años, se dedica por entero a la política en el seno de la Unión Liberal, el partido fundado por O’Donnell, y lo poco que escribe (un artículo diario en La Época) lo hace al servicio de esta asociación, sin olvidar que, junto a Núñez de Arce y a Eulogio Florentino Sanz, aparece como redactor fundador de La Política, el periódico de su partido, donde publica sus columnas diarias desde 1863. Su vida como político se puede resumir en las cinco ocasiones en que fue elegido diputado y en las dos veces en que fue nombrado senador, y, por supuesto, en la participación más o menos activa en los avatares políticos por los que pasa el país hasta la fecha de 1874, cuando se produce la Restauración monárquica.

Su primera participación en la política activa fue con motivo de las elecciones legislativas de 1863, a las que se presenta por el distrito de Guadix, aunque no gana su acta de diputado. En esta campaña, el accitano había lanzado duros ataques contra el Gobierno de Miraflores y contra el gobernador civil de Granada, en particular, que le denuncia ante el Tribunal de Imprenta. En el juicio, Alarcón sale absuelto y es aclamado por la multitud; días después es recibido en su ciudad natal con música y campanas. Al año siguiente consigue su acta de diputado por Guadix (1864), que repite en otras tres ocasiones (1865, 1871 y 1872), además de la de 1869, que la obtiene por Granada. Posteriormente fue senador también por Granada (1876, 1877). Como simple anécdota puede considerarse su elección de senador por Pinar del Río (Cuba) en 1886.

Durante los años en que Alarcón se entrega a la política, España vive uno de sus períodos más conflictivos: revolución del 68, monarquía de Amadeo I de Saboya, instauración de la I República, restauración borbónica [...]. Es normal, por tanto, que el guadijeño participe en algunos de los hechos más destacados de la época. En diciembre de 1866 su firma se suma a las de otros ciento veinte diputados, encabezados por Ríos Rosas, que protestan contra la inconstitucionalidad del Gobierno Narváez-González Bravo. Por dicho acto, fue confinado en Burgos, desde donde marchó a París, para volver al año siguiente a Granada, como última etapa de su destierro. Por cierto que, en esta última ciudad, ve premiada con la Medalla de Oro del Liceo su oda El Suspiro del Moro (1867).

Cuando llega la revolución del 68, Alarcón se halla presente en la batalla de Alcolea, que supone la derrota del ejército monárquico y el exilio de la familia real. En 1869, constituido el Gobierno Provisional, es nombrado ministro plenipotenciario de España en Suecia y Noruega, cargo que no llegará a ocupar por no tener que renunciar a su acta de diputado. Así formará parte de las Cortes Constituyentes y su firma aparece en la Constitución de 1869. En esa legislatura, Alarcón se muestra partidario de la candidatura del duque de Montpensier, como ya lo había manifestado la Unión Liberal, para ocupar el trono vacante de España, tras la marcha de Isabel II. Mediante un artículo, publicado de forma anónima y titulado El Prusiano no es España, se opuso al general Prim y a la candidatura del príncipe de Hohenzollern. En 1872, en La Política, aparece otro artículo de gran resonancia que titula ¿Debe ser alfonsina la Unión Liberal? En él defiende abiertamente la candidatura del hijo de Isabel II, futuro Alfonso XII, que acaba de cumplir los quince años, para ocupar el trono de España, con el duque de Montpensier, su tío, como tutor.

En estos últimos años, la política comienza a parecerle tediosa al accitano y piensa que es hora de volver a las letras, que había abandonado trece años atrás.

Así, desde 1873 hasta 1881, se desarrolla su etapa más prolífera en la literatura: La Alpujarra, otro importante libro de viajes, fruto de la campaña electoral que llevó a cabo por esta comarca granadina en marzo de 1872; El sombrero de tres picos, la más celebrada, tanto por el público como por la crítica, de sus obras; El escándalo, novela de tesis, en la que los críticos del momento aprecian abiertamente la defensa de la filosofía ultramontana y el espíritu neocatólico del autor; El Niño de la Bola, que le sirvió para reafirmarse en las tesis neocatólicas anteriores; El capitán Veneno, una novelita sin propuestas moralizadoras, acogida con alabanzas similares a las de El sombrero [...]; y La Pródiga, otra novela de tesis, que la crítica acogió con un silencio despectivo. En medio queda la reagrupación de sus novelas cortas en las series Cuentos amatorios, Historietas nacionales y Narraciones inverosímiles, donde se incluyen relatos tan conocidos como La comendadora, El clavo, Sin un cuarto, El carbonero alcalde, El afrancesado, El extranjero, El amigo de la muerte, La mujer alta, Los seis velos, Moros y cristianos o Los ojos negros. En estas fechas cada vez es más palpable el distanciamiento entre los críticos y los lectores alarconianos.

Las novelas del accitano comienzan a atacarse duramente en los periódicos, mientras el público las lee entusiasmado El guadijeño recibe cada vez peor las críticas que le dedican; piensa que se ha levantado contra él una conspiración de silencio y responde con duros adjetivos a sus adversarios. La polémica habrá de reavivarse con motivo de su ingreso en la Real Academia Española. A finales de 1875 es nombrado académico para ocupar el sillón H, vacante tras la muerte de Fermín de la Puente y Apezechea, y lee su discurso de entrada, con el título de La moral en el Arte (25 de febrero de 1877), que fue contestado por Cándido Nocedal.

Aboga Alarcón por una literatura moralizadora, en la que Verdad, Bondad y Belleza no sean conceptos enfrentados. La imagen de un Alarcón ultramontano acaba por configurarse en la sociedad literaria. El crítico Manuel de la Revilla, añorando sus narraciones breves, llegó a afirmar que Alarcón se había “cortado la coleta para dedicarse a reaccionario”.

Aquel Alarcón que había buscado con ahínco la fama y el reconocimiento público se resiste a aceptar el desprecio de la crítica tras la aparición de La Pródiga. Confiesa entonces sentir un tedio invencible hacia la vida literaria y, como resultado de ello, toma la decisión de no escribir más novelas. No obstante, hay que recordar que en 1883 él mismo se reconoce enfermo y viejo. Tiene Alarcón cincuenta y un años y está en el período más vital de su actividad creadora cuando se retira voluntariamente de la escritura y del contacto con la vida literaria, aunque desde esta fecha hasta su muerte publica escritos menores (algunos prólogos, la Historia de mis libros y ciertas colaboraciones periodísticas). Se recluye en su finca de Valdemoro, consagrado por entero a su mujer y a sus hijos, así como a la revisión de toda su obra. Alarcón se había casado en 1865 con Paulina Contreras Reyes, con la que tuvo ocho hijos, tres de los cuales murieron en la infancia. Su padre había muerto en 1863 y su madre en 1878, fecha en la que realizó su último viaje a Guadix.

En 1888 es víctima de un primer ataque de hemiplejía, que le dejó paralizado el lado izquierdo; en 1889 y 1890 vuelven a repetirle sendos ataques más; el 15 de julio de 1891 le sobreviene por última vez.

El 19 de ese mismo mes morirá en Madrid, en su casa de la calle Atocha. Los principales periódicos y revistas, al dar la noticia, le dedicaron emocionados artículos.

 

Obras de ~: El final de Norma, Madrid, 1855; El hijo pródigo, Madrid, 1859; Diario de un testigo de la guerra de África, Madrid, Imprenta y Librería de Gaspar y Roig, 1859; De Madrid a Nápoles, Madrid, Imprenta y Librería de Gaspar y Roig, 1861; Poesías serias y humorísticas, Madrid, Gregorio Estrada, 1870; Cosas que fueron. Cuadros de costumbres, Madrid, 1871; La Alpujarra, Madrid, Imprenta y Librería de Miguel Guijarro, 1874; El sombrero de tres picos, Madrid, 1874; Amores y amoríos, Madrid, A. de Carlos e Hijo, 1875; El escándalo, Madrid, Medina y Navarro, 1875; “La moral en el arte”, en Revista Europea (Madrid), IV (1877), págs. 225-237; Poesías, Madrid, 1878; El Niño de la Bola, Madrid, Imprenta Central a cargo de Víctor Saiz, 1880; Cuentos amatorios, Madrid, Imprenta y Fundición de M. Tello, 1881 (col. Novelas Cortas I); Historietas nacionales, Madrid, Imprenta y Fundición de M. Tello 1881 (col. Novelas Cortas II); El capitán Veneno, Madrid, Imprenta de Antonio Pérez Dubrull, 1881; La Pródiga, Imprenta de Antonio Pérez Dubrull, Madrid, 1882; Narraciones inverosímiles, Madrid, Imprenta y Fundición de M. Tello, 1882 (col. Novelas Cortas III); Viajes por España, Madrid, Imprenta de A. Pérez Dubrull, 1883; Juicios literarios y artísticos, Madrid, Imprenta de A. Pérez Dubrull, 1883; Historia de mis libros, Madrid, 1884; Más viajes por España, Madrid, 1884; Últimos escritos, Madrid, Imprenta y Fundición de M. Tello, 1891; Obras completas, Madrid, Hernando, 1881-1928,19 vols.; Verdades de paño pardo y otros escritos olvidados, Madrid, Compañia Ibero-Americana de Publicaciones, 1928; Obras completas, Madrid, Fax, 1943; Novelas completas, Madrid, Aguilar, 1974.

 

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Juan Bautista Montes Bordajandi