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Francisco Largo Caballero

Biografía

Largo Caballero, Francisco. Madrid, 15.X.1869 – París (Francia), 23.III.1946. Dirigente político y sindical socialista.

Nació en una familia humilde —su padre era carpintero—, rota al poco de su nacimiento por la separación de sus padres. A los cuatro años marchó a Granada con su madre, que había encontrado trabajo de sirvienta en una fonda. No tardaron en regresar a Madrid e instalarse en una buhardilla de la plaza de Chamberí, recogidos por un tío suyo. Fue algún tiempo al colegio de las Escuelas Pías de San Antón, que tuvo que abandonar a los siete años para ponerse a trabajar. Se empleó como aprendiz en diversos oficios, sin llegar a encontrarse a gusto en ninguno de ellos, hasta que a los nueve años empezó a trabajar como estuquista. En poco tiempo se labró una posición respetable dentro de su profesión, que ejerció siempre con gran vocación y un arraigado orgullo gremialista, aunque el carácter estacional de su trabajo le obligaba a menudo a buscar otras ocupaciones temporales y a emplearse como albañil en las obras que el Ayuntamiento y la Diputación de Madrid realizaban en parques y carreteras próximas a la capital. Incluso después de que, al cabo de treinta años, sus obligaciones políticas y sindicales le llevaran a abandonar su oficio, siempre tuvo a gala su antigua condición de estuquista, que hizo constar hasta el final de sus días, tras haber llegado a ser consejero de Estado, diputado, ministro y presidente del Gobierno, como su única profesión en su documentación oficial y en las candidaturas electorales de las que formó parte.

Su vida dio un giro radical en mayo de 1890, cuando las organizaciones obreras conmemoraron por primera vez la jornada del 1 de mayo, y aunque Largo Caballero no asistió a la gran manifestación celebrada en Madrid, quedó hasta tal punto impresionado por el relato que le hicieron algunos asistentes y por las palabras pronunciadas en aquella ocasión por Pablo Iglesias, que decidió afiliarse inmediatamente a la sociedad de albañiles El Trabajo, integrada en la Unión General de Trabajadores (UGT). Desde esa fecha hasta su muerte, cincuenta y seis años después, Largo Caballero fue militante del sindicato socialista, en el que desempeñó las más altas responsabilidades.

Su incorporación al Partido Socialista Obrero Español (PSOE) (Agrupación Socialista Madrileña) no se produjo hasta tres años después, el 9 de marzo de 1893 (en su libro Mis recuerdos da equivocadamente el año 1894 como fecha de su ingreso).

Empezó entonces su dedicación a la causa socialista, en la que se inició como seguidor y admirador de Pablo Iglesias, hombre también de orígenes modestos y formación autodidacta al que tomó como maestro y modelo. Intentó ampliar su corta cultura en la biblioteca de la Academia de Jurisprudencia y en la del Ateneo madrileño, donde asistía además a conferencias de políticos, sociólogos y juristas cuando sus ocupaciones laborales y societarias se lo permitían. En 1899, fue elegido vicetesorero de la UGT y vocal del comité nacional del PSOE, presidido por Pablo Iglesias, en los congresos celebrados aquel año por las dos organizaciones socialistas. Su ascenso en los órganos directivos del PSOE y la UGT, el paulatino crecimiento del socialismo español y la política regeneracionista del régimen de la Restauración en su intento de apertura a la realidad social del país le llevaron muy pronto a desempeñar sus primeros cargos públicos.

Primero fue su nombramiento en 1904 como vocal obrero, junto a otros cuatro representantes socialistas, del nuevo Instituto de Reformas Sociales (IRS), al que perteneció por espacio de veinte años. Desde su cargo en el Instituto intervino en la elaboración de proyectos legislativos encaminados a mejorar las condiciones laborales de los trabajadores, como la jornada de ocho horas, y veló por la aplicación efectiva de las reformas sociales que se iban introduciendo.

Participó asimismo en tribunales de arbitraje para la resolución de conflictos laborales, como los que se designaron a principios de 1905 para mediar en el conflicto de la construcción en Madrid y en el del puerto del Grao en Valencia (de sus intervenciones en el Instituto de Reformas Sociales dan noticia tanto el Boletín del Instituto como, con mayor retraso, el periódico El Socialista). Poco después de ingresar en esta institución y siendo ya presidente de la Agrupación Socialista Madrileña, en las elecciones municipales de 1905 fue elegido concejal del Ayuntamiento de Madrid por su distrito natal de Chamberí, cargo que desempeñó en cinco ocasiones a lo largo de su vida.

En el Ayuntamiento madrileño empezó a mostrar sus dotes, unánimemente reconocidas, de administrador puntilloso y eficaz fiscalizador de los poderes públicos.

Su dedicación incansable a las tareas administrativas, tanto en el Ayuntamiento como en el sindicato y luego en otros organismos, le labraron cierta leyenda negra sobre su afición al trabajo burocrático.

De “burócrata laboral típico” le califica, en efecto, el historiador Gerald Meaker, quien, haciéndose eco del testimonio de personas que le trataron de cerca, presenta a Caballero como un hombre “austero, reservado, parco en palabras, muchas veces cáustico y malhumorado”.

Madariaga, en cambio, prefiere poner el acento en “su formidable voluntad, su insobornable honradez y limpieza de propósito, su talento natural y eficiencia como organizador”. Destacó, asimismo —y también le fue reprochado por algunos—, por su frecuente intervención en conflictos laborales, en los que buscaba, desde posiciones pragmáticas, una salida pactada que evitara la radicalización de las posturas.

Su temor a los riesgos de la huelga, tan arraigado en la cultura societaria del socialismo español, recordaba, como tantas otras cosas, la poderosa influencia que en él ejercía Pablo Iglesias. Del empeño que puso en las reformas sociales en marcha y de su dominio de los aspectos técnicos y jurídicos de la llamada cuestión social da testimonio el discurso que en octubre de 1908 pronunció ante una comisión del Senado en su calidad de vocal obrero del Instituto de Reformas Sociales sobre el proyecto de Ley de Contrato de Trabajo presentado por el Ministerio de Gobernación. Como demuestra su denodada labor en el IRS, fue durante la mayor parte de su vida un firme partidario de una política social reformista auspiciada por el Estado, así como de la intervención de los socialistas en las instituciones, a las que debían aportar —como dijo él mismo en 1911— su “oxígeno bienhechor”.

Con la Semana Trágica (1909) empezó una etapa de su actividad marcada por las frecuentes detenciones y por un protagonismo cada vez mayor en el Partido y en el sindicato, favorecido por el lento, pero inexorable, declive de la salud de Pablo Iglesias. A principios de agosto de 1909, fue detenido en Madrid, junto a otros dirigentes socialistas, por haber presidido un mitin contra la Guerra de Marruecos. Liberado al poco tiempo, en julio de 1910 tuvo que viajar a Bilbao, enviado por el sindicato, para impedir que la huelga de la minería vizcaína derivara en un paro general, que la UGT quería evitar a toda costa. Un año después era elegido diputado provincial por Madrid —el primer socialista, junto a Indalecio Prieto, que accedía a tal condición—. Por esas mismas fechas, y tras el fallecimiento de su primera esposa, Isabel Álvarez —madre de su primer hijo: Ricardo—, se casó en segundas nupcias con Concha Calvo, con la que tuvo cuatro hijos. Mientras tanto, fue asumiendo nuevas responsabilidades, como la gerencia de la Mutualidad Obrera, reorganizada por él sobre bases más racionales y realistas, que dieron un considerable impulso a la actividad de esta institución emblemática en la vida obrera de la capital. En 1913 daba asistencia médica y farmacéutica a cerca de diez mil familias vinculadas a la UGT. Junto a la Mutualidad Obrera, que era “como una hija” para él, según afirma en sus memorias, y los distintos cargos que desempeñaba en el Partido y en el sindicato, tuvo un papel preeminente en las difíciles relaciones que los socialistas mantuvieron con el sindicato anarquista Confederación Nacional del Trabajo (CNT) desde su creación en 1911. Vicepresidente de la UGT desde 1908, Largo Caballero parecía en aquel momento el dirigente socialista con mayor proyección tras la generación de Pablo Iglesias.

En el IX Congreso del PSOE de octubre de 1912, se declaró contrario al mantenimiento de la conjunción firmada con los republicanos en 1909, una opinión que de momento no encontró eco en las filas socialistas y que le llevó a un primer enfrentamiento con el que sería, andando el tiempo, su gran rival en el PSOE, y a la sazón defensor a ultranza de la conjunción: Indalecio Prieto. La evolución de sus opiniones puede seguirse, a partir de entonces, en sus colaboraciones en la prensa socialista, una práctica a la que se venía resistiendo por considerarse escasamente dotado para las tareas literarias y periodísticas —no sabía “hilar” los artículos, según él—. Escribió en varias ocasiones sobre la crisis de subsistencia que se desató durante la Primera Guerra Mundial y que llevó a socialistas y anarquistas a convocar una huelga general el 18 de diciembre de 1916. Tuvo un papel decisivo en las negociaciones con la CNT, tanto para la convocatoria de esta última como para la organización de la huelga general de agosto de 1917, que acabó en un estrepitoso fracaso y llevó a la detención del comité de huelga, formado por Julián Besteiro, Andrés Saborit, Daniel Anguiano y el propio Largo Caballero, convencido desde entonces de que los republicanos habían incumplido sus compromisos con los socialistas, lo que agudizó en él sus viejos prejuicios hacia el republicanismo. Un Consejo de Guerra celebrado a finales de septiembre les condenó a cadena perpetua.

El 19 de octubre, Caballero y sus tres compañeros fueron trasladados en tren de Madrid a Cartagena, en cuyo penal debían cumplir la condena. La gran campaña de movilizaciones puesta en marcha por la izquierda y la integración de los condenados en la candidatura electoral del PSOE para las elecciones legislativas de 1918 prepararon el terreno para una amnistía política que fue aprobada por las nuevas Cortes el 8 de mayo. Dos días después, los cuatro miembros del comité de huelga regresaban en tren de Cartagena a Madrid, donde fueron recibidos por una gran multitud.

El 16 de mayo, Francisco Largo Caballero, que había sido elegido diputado por Barcelona, tomaba posesión de su escaño. El 22 del mismo mes subía por primera vez a la tribuna del Congreso de los Diputados.

Su intervención, vacilante por su inexperiencia y por las continuas interrupciones que tuvo que sufrir, giró principalmente en torno a la huelga general de agosto del año anterior.

Es fama que la oratoria no era su fuerte. Un correligionario y gran admirador suyo, Arsenio Jimeno, le calificó de “mal orador y temible polemista”. Sin embargo, en la corta vida de aquellas Cortes, disueltas al cabo de un año de su constitución, Caballero mostró en sus frecuentes intervenciones un aplomo cada vez mayor y un notable dominio de los temas que trataba, especialmente los relativos a las reformas sociales pendientes o ya aprobadas. En este último caso, su reproche a las autoridades era siempre el mismo: la legislación social, afirmó en las Cortes, no se cumplía “nada o casi nada”. A su primera experiencia parlamentaria se añadió muy pronto su participación en diversos foros internacionales de carácter social creados tras la Primera Guerra Mundial, a los que acudió como secretario general de la UGT, cargo para el que había sido elegido en julio de 1918, tras desempeñar durante diez años la vicepresidencia. Su primera salida al extranjero se produjo en febrero de 1919, cuando viajó a Berna para asistir a la conferencia de la Federación Sindical Internacional, de carácter socialista.

Con idéntico fin se trasladó a Ámsterdam en el mes de julio. Pero su gran cita internacional fue la reunión de la Oficina Internacional del Trabajo celebrada en Washington en octubre de aquel año, a la que llevó, según declaró a la prensa, “la representación del proletariado español”. Le acompañaron, como asesores, Fernando de los Ríos y Luis Araquistáin, que se convertiría con el tiempo en su principal consejero. Su primera intervención en aquel foro puso las bases para la fecunda e intensa colaboración que mantuvo en los años siguientes con este organismo.

A su regreso a España en diciembre, recién cumplidos los cincuenta años, reanudó las negociaciones con la CNT con vistas a una posible “fusión” —era el término que solía manejarse— de los dos sindicatos, culminadas con un acuerdo entre ambos que no duró más de tres meses. Eran momentos de gran inestabilidad política y social en España, propiciada por la descomposición del régimen canovista y por el clima de violencia que presidió la vida nacional durante el llamado Trienio Bolchevique (1918-1920).

Rota finalmente la conjunción republicano-socialista, la creación en Moscú de la III Internacional provocó una profunda crisis en el seno del PSOE, que después de tres congresos extraordinarios se saldó con la escisión de los terceristas y la fundación del Partido Comunista de España (PCE). Como la mayor parte de la dirección socialista, Caballero se opuso al ingreso del partido en la III Internacional e hizo campaña activa contra los comunistas. Su socialismo se basaba entonces —y casi siempre— en lo que él llamó la revolución “de todos los días”, enfocada hacia el fortalecimiento de la organización obrera, la acción pedagógica sobre el proletariado y las reformas legales en pro de los trabajadores, todo ello con la UGT —más que el PSOE— como eje del movimiento socialista en España. Esta peculiar concepción del socialismo encontró una inesperada ocasión para su desarrollo en la política social del directorio instaurado por el general Primo de Rivera en septiembre de 1923. Caballero fue partidario de corresponder a las ofertas de colaboración que los socialistas recibieron del nuevo régimen y, en particular, de participar en los comités paritarios creados por la dictadura, cuya estructura, llegó a decir Largo Caballero en una conferencia, “se asemeja mucho a la de nuestra organización”. Como otros dirigentes socialistas, desde Julián Besteiro hasta Antonio Fabra Ribas —por entonces muy vinculado a él—, Caballero vio en la dictadura una situación similar a la que vivió Gran Bretaña durante la primera etapa de gobierno laborista. De ahí su encendida defensa del régimen corporativo español en la conferencia de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) celebrada en Ginebra en 1927. Su apuesta por la colaboración con el régimen se había solemnizado con su aceptación del cargo de consejero de Estado por Real Orden firmada por Alfonso XIII en octubre de 1924, aunque oficialmente su nombramiento como representante obrero procediera del Consejo Superior de Trabajo. El hecho derivó en nuevas tensiones internas en el socialismo español entre los partidarios de colaborar con la dictadura y la minoría, encabezada por Prieto y Fernando de los Ríos, que se oponía a tal política. La muerte de Pablo Iglesias en diciembre de 1925 revalidó, sin embargo, el poder que venían ejerciendo Julián Besteiro y Largo Caballero, ambos firmes defensores de la colaboración. En el Congreso del PSOE celebrado en 1928 —el primero tras la muerte de Iglesias—, Caballero fue elegido vicepresidente de la nueva comisión ejecutiva del partido, presidida por Besteiro. Continuaba mientras tanto como secretario general de la UGT, lo que le permitía ejercer el control efectivo del sindicato.

Pero el poderoso tándem Besteiro-Caballero se rompió inopinadamente cuando en el verano de 1929, en plena agonía de la dictadura, el secretario general de la UGT y vicepresidente del PSOE abandonó la política de colaboración con el régimen, un giro estratégico que se completó un año después, ya bajo el Gobierno del general Berenguer: el 17 de octubre de 1930, en una reunión conjunta de las ejecutivas del PSOE y la UGT, Caballero sorprendió a sus compañeros al declararse partidario de sumarse al movimiento que las fuerzas republicanas se disponían a lanzar contra la Monarquía. Poco después, él mismo se incorporaba al comité revolucionario que ultimaba los preparativos del movimiento y al gobierno provisional nombrado con vistas a la proclamación de la República y en el que debía desempeñar la cartera de Trabajo. El fracaso del levantamiento republicano de diciembre le llevó a la cárcel, como a la mayoría de los miembros del comité revolucionario. En la Modelo madrileña leyó por primera vez El Capital de Marx y trabó una relación de amistad con Alcalá-Zamora, que habría de traducirse en estrecha colaboración entre ambos en los primeros tiempos de la República. Por el contrario, sus relaciones con Besteiro, opuesto al ingreso de los socialistas en el comité revolucionario y en el gobierno provisional, sufrieron un nuevo y ya irreparable deterioro. El comité revolucionario fue juzgado y absuelto por un Consejo de Guerra en marzo de 1931 y sus componentes quedaron en libertad, prestos a preparar las elecciones municipales convocadas por el Gobierno del almirante Aznar para el 12 de abril.

Tras el triunfo republicano en aquellas elecciones, en las que Caballero fue nuevamente elegido concejal por Madrid, y la proclamación de la Segunda República, el 15 de abril de 1931 tomó posesión de su puesto de ministro de Trabajo del gobierno provisional.

Desde su nuevo cargo desarrolló en los dos años siguientes una intensa labor reformista, plasmada en un conjunto de decretos de índole social: de términos municipales, de jurados mixtos, de contrato de trabajo, de colocación obrera, de laboreo forzoso, del seguro de maternidad, de accidentes de trabajo, etc.

Muchos de estos decretos fueron convertidos en leyes por las Cortes Constituyentes elegidas en junio, y de las que Caballero formó parte como diputado socialista. No consiguió, sin embargo, que en aquellos dos años sus socios de gobierno apoyaran su proyecto de intervención obrera en las empresas, considerado demasiado innovador. Pese al rechazo que provocaron algunas de sus reformas, como la Ley de Términos Municipales, Caballero fue fiel a la imagen de sindicalista moderado y pragmático que le acompañaba desde el principio de su actuación pública.

El escritor Josep Pla le atribuyó, en mayo de 1931, “todas las características temperamentales del conservador; es un hombre tenaz, frío, trabajador, gris, siempre igual”. De ahí sus pésimas relaciones con la CNT, que se lanzó a una guerra sin cuartel contra el gobierno republicano y en particular contra el ministro de Trabajo, y la acusación que le dirigieron los comunistas de ser el “verdugo máximo de la revolución española”.

Sorprende, por ello, el cambio que experimentó su posición política a partir del verano de 1933 y que él mismo anunció y justificó públicamente en una conferencia en el cine Pardiñas el 23 de julio de 1933, que tuvo su continuación unos días después en una charla en la Escuela de Verano del PSOE ante jóvenes socialistas (Posibilismo socialista en la democracia). Varias son las razones que se han aducido para explicar el “giro bolchevique” que Caballero y sus seguidores imprimieron a partir de entonces a la estrategia del socialismo español. Una de ellas es su frustración ante el boicoteo que venían sufriendo sus reformas sociales, principalmente por parte de los terratenientes y de algunos cargos públicos republicanos. La imparable tendencia a la radicalización de las masas proletarias y el desprestigio sufrido ante ellas por el gobierno a raíz del episodio de Casas Viejas le hicieron temer que se produjera un corrimiento de las bases del socialismo hacia posturas más extremistas que pudieran encontrar cobijo en la CNT y el PCE. Conviene no olvidar tampoco la influencia que ejercía sobre él Luis Araquistáin, su principal consejero en aquel entonces, recién regresado de Alemania, donde había asistido como embajador español al derrumbe de la República de Weimar y a la subida del nazismo al poder ante la pasividad de la todopoderosa socialdemocracia alemana.

El contundente mensaje de Araquistáin sobre la culpabilidad de los socialistas alemanes y sobre el fracaso del reformismo y la democracia hizo mella, sin duda, en el ánimo de Caballero, que en sus conferencias y declaraciones de aquel verano expresó sin ambages la que sería su nueva línea doctrinal y estratégica: “Hoy estoy convencido de que realizar obra socialista dentro de una democracia burguesa es imposible; después de la República ya no puede venir más que nuestro régimen”.

El 13 de septiembre de 1933, tras la caída del Gobierno Azaña, Caballero dio posesión del cargo de ministro de Trabajo a su sucesor, el radical Ricardo Samper. Su escalada verbal, en la que no faltaron alusiones a la dictadura del proletariado, continuó tras la disolución de las Cortes y la convocatoria de elecciones anticipadas, a las que los socialistas, coherentes con la nueva línea establecida por Caballero, decidieron concurrir en solitario, tras hacer un balance muy negativo de su colaboración con los partidos republicanos.

Fue en aquella campaña electoral, entre octubre y noviembre de 1933, cuando en los mítines socialistas empezó a ser aclamado como el “Lenin español”, un sobrenombre que surgió de las propias filas socialistas, aunque a su destinatario le acabó resultando incómodo y no tardó en desautorizarlo. Elegido de nuevo diputado por la capital, la derrota de la izquierda le inclinó definitivamente por la opción insurreccional ante la previsible subida al poder de la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA). Su radicalización le consagró como ídolo de las Juventudes Socialistas y le aproximó a los comunistas, con los que inició conversaciones con vistas a una posible fusión de las dos organizaciones en un partido marxista unificado. Tuvo un especial protagonismo en los preparativos de la Revolución de Octubre de 1934, si bien en virtud de un acuerdo tomado por las ejecutivas del PSOE y la UGT negó cualquier responsabilidad en aquellos hechos. Detenido por la policía en la madrugada del 14 de octubre, permaneció en prisión por espacio de trece meses. El 25 de noviembre de 1935 se inició la vista de su juicio en el Tribunal Supremo, que cinco días después ordenó su puesta en libertad por falta de pruebas.

Enfrentado con Besteiro y con Prieto, en diciembre de 1935 presentó su dimisión irrevocable a la presidencia del PSOE, para la que había sido elegido por el XIII Congreso del Partido en octubre de 1932.

Una vez más, Caballero se hizo fuerte en el sindicato, desde el que sostuvo sin desmayo su línea revolucionaria, contraria al regreso a la política reformista del primer bienio. Apoyó el pacto del Frente Popular de enero de 1936, aunque con la exigencia del ingreso en él del PCE, con el que proseguía las conversaciones para la fusión de ambos partidos y de sus sindicatos y organizaciones juveniles. En las elecciones de febrero resultó elegido nuevamente diputado por Madrid con doscientos veinte mil votos, siempre por debajo —como en las ocasiones anteriores— de Julián Besteiro. Su enfrentamiento con Prieto dio lugar en mayo de 1936 a un episodio de graves consecuencias políticas. Manuel Azaña, recién elegido presidente de la República, pensó en Prieto como su sucesor al frente del Gobierno. Cuando el dirigente socialista expuso al grupo parlamentario de su partido, presidido por Caballero, el ofrecimiento de Azaña, se encontró con el rechazo de sus compañeros de partido a la formación de un gobierno encabezado por un socialista.

Poco antes, el propio Azaña había advertido con preocupación que Caballero y Prieto habían dejado de saludarse. A sus, por lo general, malas relaciones personales, se añadía la progresiva divergencia de sus proyectos políticos, que en el caso del asturiano se dirigía a la salvación de la democracia republicana y en el de Largo Caballero se encaminaba abiertamente a la dictadura del proletariado.

El 1 de julio de 1936 partió de viaje a Londres para asistir, al frente de una delegación de la UGT, a la conferencia de la Federación Sindical Internacional.

Según su propio testimonio, antes de partir tuvo una entrevista reservada con el presidente del Gobierno, Santiago Casares Quiroga, para advertirle del riesgo de un levantamiento militar. Regresó de Londres el 14 de julio. Ante la sublevación militar del día 18 exigió el reparto de armas entre las masas obreras. Él mismo, en los días siguientes, visitó el frente de la sierra madrileña vestido de miliciano y armado con un fusil. Tal como le había anunciado su consejero Luis Araquistáin, la precariedad del Gobierno republicano de Giral sólo podía dar paso a uno nuevo presidido por él. Y, en efecto, los reveses militares de las primeras semanas de la guerra y el caos de la retaguardia republicana llevaron a la formación de un Gobierno en el que Largo Caballero, en nombre de la UGT, asumió la presidencia y el Ministerio de la Guerra. La organización del ejército popular, el Estatuto vasco y la creación del Comisariado de Guerra fueron algunas de las medidas adoptadas por el que fue denominado el “Gobierno de la victoria” para aumentar la eficacia militar de la República, poner coto a los desmanes de las milicias y sellar la unidad de las fuerzas leales. Este último objetivo le llevó a incorporar a su gobierno, junto al socialismo y al republicanismo, a organizaciones tan dispares como el Partido Nacionalista Vasco (PNV), el PCE y la CNT. Con el envío a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), autorizado por él, del oro del Banco de España se pretendió financiar desde el exterior el enorme esfuerzo bélico de la República. La huida de las autoridades republicanas a Valencia el 6 de noviembre de 1936, cuando parecía inevitable la caída de Madrid, dañó gravemente el prestigio del Gobierno y el suyo en particular.

En los meses siguientes, las malas perspectivas militares, confirmadas con la pérdida de Málaga en febrero de 1937, crearon un profundo descontento entre algunos sectores gubernamentales, así como entre los agentes soviéticos en España, uno de los cuales, Víctor Codovila, afirmaba ya a finales de 1936 que “la estrella de Caballero se apaga cada vez más”. Él, por su parte, empezó a sospechar de algunos de sus ministros, especialmente de los comunistas, para los cuales el presidente del Gobierno se había convertido en un aliado incómodo. Los hechos de mayo de 1937 en Barcelona —el enfrentamiento armado entre cenetistas y poumistas, de un lado, y comunistas y fuerzas de la Generalitat, de otro— actuaron como detonante de una crisis de gobierno que se había hecho inevitable por sus malas relaciones con el PCE, con el sector prietista del PSOE y con algún destacado colaborador suyo, como el ministro Álvarez del Vayo.

El 13 de mayo de 1937 presentó su dimisión —efectiva dos días después— al presidente Azaña, que había perdido hacía tiempo su confianza en Caballero y en su proyecto de “república sindical”. A partir de entonces, llevó una vida retirada en Madrid, Valencia y Barcelona, sólo salpicada por algunos incidentes con las nuevas autoridades republicanas, pues Caballero no se recató en mostrar su oposición a la política del Gobierno Negrín, al que consideraba entregado a los comunistas. Así lo insinuó en un polémico discurso pronunciado en el cine Pardiñas de Madrid el 17 de octubre de 1937. Allí inició su “giro bolchevique” en 1933 y allí le puso punto final cuatro años después con un discurso que fue editado en Buenos Aires con el expresivo título de La traición del Partido Comunista español.

Perdido el control del socialismo madrileño y de la UGT, Caballero pasó los últimos meses de la guerra en Barcelona, sin mantener actividad política alguna.

Sólo su nombramiento como consejero del Banco de España en representación de la Fundación Cesáreo del Cerro le devolvió un rango oficial, más bien simbólico en aquellas circunstancias. Rechazó airadamente, en cambio, la invitación de algunos dirigentes socialistas a participar en los actos del cincuentenario del PSOE. Con su huida de Barcelona el 23 de enero de 1939, tres días antes de la entrada de las tropas franquistas, inició un largo peregrinar que no acabó hasta su llegada a París el 1 de febrero de 1939.

Los meses siguientes los pasó en la capital francesa sin apenas salir de su modesto apartamento, en el que, acompañado de sus hijas, vivía dedicado a la redacción de diversos trabajos históricos y políticos, como sus Notas históricas de la guerra de España, que sólo después de muchos años se editaron parcialmente. Se negó a dejar Francia, como le aconsejaban algunos amigos, ante el peligro de una guerra en Europa, incluso después de que ésta comenzara. No obstante, la inminente entrada del ejército alemán en París le obligó, el 12 de junio de 1940, a emprender con su familia una precipitada huida por media Francia, que terminó cuatro días después cuando llegó a la casa de su amigo y correligionario Rodolfo Llopis en Albi, cerca de Toulouse. En los años siguientes sufrió una interminable persecución por parte de las autoridades de la Francia de Vichy. Un tribunal de Limoges rechazó la demanda de extradición presentada por el Gobierno español, pero ello no le libró de nuevas penalidades. Su confinamiento en Nyons, en condiciones relativamente benévolas, terminó el 19 de febrero de 1943, cuando fue conducido por la policía primero a Lyon y al día siguiente a la sede central de la Gestapo en Neuilly, en los alrededores de París.

Permaneció detenido e incomunicado por espacio de cinco meses, al cabo de los cuales fue enviado a Berlín.

Tras varios interrogatorios más bien rutinarios, el 31 de julio de 1943 ingresó en el campo de concentración de Oranienburg, a unos treinta kilómetros al norte de la capital.

Allí permaneció hasta el 24 de abril de 1945, tras la liberación del campo por el ejército soviético pocos días antes del final de la guerra. Hubo de pasar todavía varios meses en Alemania contra su voluntad, pues pese al buen trato que le dispensaron los rusos mostró reiteradamente su deseo de viajar a París para reencontrarse con su hija Carmen. Por fin, en septiembre las autoridades soviéticas facilitaron su regreso en avión a la capital francesa, donde fijó su residencia en los meses siguientes, en los que prosiguió y concluyó la redacción de sus memorias, iniciadas, tras su liberación de Oranienburg, en forma de cartas a un amigo de nombre desconocido y publicadas ocho años después de su muerte. Participó en algún acto político del exilio, recibió innumerables visitas, incluso de adversarios políticos suyos, y elaboró una propuesta de actuación contra el régimen de Franco basada en el respaldo de la comunidad internacional, en la renuncia a cualquier política maximalista y en un proceso pactado de transición hacia la democracia.

“Soy esclavo de las realidades”, escribió por entonces para justificar una posición política que algunos dirigentes de su partido no aceptaron de buen grado. Esas palabras suyas definían cabalmente uno de los principales rasgos de la trayectoria política y sindical de quien fue calificado por Salvador de Madariaga como el “dirigente más genuinamente obrero del obrerismo español”. Una trayectoria que terminó con su muerte en el hospital de Lyautey, en París, el 23 de marzo de 1946, tras haber sido ingresado de urgencia a principios de febrero por el agravamiento de la arterioesclerosis que venía sufriendo en los últimos años. Su entierro en el cementerio del Père Lachaise constituyó un acto multitudinario cargado de simbolismo, que contó con la presencia de todas las fuerzas políticas del exilio y una nutrida representación del socialismo francés y europeo. Treinta y dos años después, en abril de 1978, restablecida ya la democracia en España, se llevó a cabo el traslado de sus restos a Madrid para su entierro en el cementerio civil de la capital, cumpliéndose así lo dispuesto por él en el testamento que redactó en el exilio en 1941: “Cualquiera que sea el lugar donde yo fallezca, es mi voluntad que, en cuanto sea posible, se me traslade a Madrid [...]. Quiero volver a España, aunque sea muerto, adonde he nacido y he desarrollado todas mis actividades para hacerla grande moral y materialmente”.

 

Obras de ~: Presente y futuro de la Unión General de Trabajadores de España, 1888-1925, Madrid, Javier Morata Pedreño, 1925 (ed. facs., Madrid, Fundación Largo Caballero, 1983 y 1997); Posibilismo socialista en la democracia, Madrid, 1933; Discursos a los trabajadores: una crítica de la República. Una doctrina socialista. Un programa de acción, pról. de L. Araquistáin, Madrid, Gráfica Socialista, 1934; La UGT y la guerra, Valencia, Editorial Meabe, 1937; Del capitalismo al socialismo. Proyecto de Gobierno, México, 1946; Mis recuerdos. Cartas a un amigo, pról. y notas de E. de Francisco, México, Alianza, 1954; Escritos de la República, ed., est. prelim. y notas de S. Juliá, Madrid, Fundación Pablo Iglesias, 1985; Correspondencia, 1935-1946, Madrid, Fundación Pablo Iglesias, 1996; Obras Completas, Madrid, Fundación Francisco Largo Caballero, 2003, 7 vols.

 

Bibl.: M. Carlavilla (pról. y notas), Correspondencia secreta de Largo Caballero, Madrid, Nos, 1961; S. de Madariaga, Españoles de mi tiempo, Barcelona, Editorial Planeta, 1976, págs. 89-103; S. Juliá, “Socialismo y revolución en el pensamiento y la acción política de Francisco Largo Caballero”, en F. Largo Caballero, Escritos de la República, op. cit., págs. IX-LXVI; J. Aróstegui, “Largo Caballero, ministro de Trabajo”, en La II República. Primer Bienio, Madrid, Siglo XXI Ediciones, 1986, págs. 59-74; “Nuevas aportaciones al estudio de la oposición en el exterior: Largo Caballero y la política de ‘transición y plebiscito’”, en M. Tuñón de Lara (ed.), El primer franquismo. España durante la Segunda Guerra Mundial, Madrid, Siglo XXI Ediciones, 1989, págs. 309-348; J. Aróstegui, Francisco Largo Caballero en el exilio. La última etapa de un líder obrero, Madrid, Fundación Largo Caballero, 1990; J. Rodríguez Salvanés, Francisco Largo Caballero, Madrid, Ministerio de Trabajo y Seguridad Social/Fundación Francisco Largo Caballero, 1996; J. Cuesta Bustillo, Francisco Largo Caballero: su compromiso internacional. Documentos, Madrid, Fundación Largo Caballero, 1997; S. Juliá, “¿Qué habría pasado si Indalecio Prieto hubiera aceptado la presidencia del Gobierno en mayo de 1936?”, en N. Townson (dir.), Historia virtual de España (1870-2004), Madrid, Editorial Taurus, 2004, págs. 175-200; J. F. Fuentes, Francisco Largo Caballero: El Lenin español, Madrid, Editorial Síntesis, 2005.

 

Juan Francisco Fuentes Aragonés