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Vicente Antonio García de la Huerta

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Biografía

García de la Huerta, Vicente Antonio. Antioro entre los Fuertes, Aletofilo Deliade entre los Árcades, ambas academias de Roma. Zafra (Badajoz), 9.III.1734 – Madrid, 12.III.1787. Escritor.

Era hijo de Juan Francisco y de María Muñoz, de familia hidalga. Alrededor de 1737 se trasladó a Aranda de Duero al ser nombrado el padre administrador del almacén real de la sal en aquella población. Cambiaron luego su residencia a Madrid, y el joven Vicente se encaminó a Salamanca, donde vivía su tío Joaquín García de la Huerta, abogado de los Reales Consejos, matriculándose en Gramática y Artes el 30 de octubre de 1748 en la Universidad. Concluida su carrera, o quizás interrumpida, pues no llegó al grado de bachiller, se afincó en Madrid, donde contrajo matrimonio el 10 de abril de 1757 con Gertrudis Carrera y Larrea, dama salmantina con la que llevaba varios años conviviendo y con quien había de tener un hijo, Luis, futuro teniente de Artillería.

Durante este primer decenio madrileño, que fue el período más feliz de su vida, se produjo un encumbramiento rápido del joven escritor y un auge importante en su producción literaria: en 1755, a los veintiún años, publicó su primera obra, el poema heroico Endimión, dedicado al duque de Huéscar, hijo del de Alba. Gracias al apoyo de esta ilustre casa, de la que se declaraba bibliotecario, fue admitido como miembro de la Academia Española, siendo director de ella el propio duque; al poco tiempo ingresó en la de la Historia en calidad de honorario y en la Sevillana de Buenas Letras; en 1760 se le nombró también académico de honor de la de Bellas Artes de San Fernando, en la que leyó su Égloga piscatoria, se imprimió su Biblioteca Militar Española, y compuso además, por encargo del Ayuntamiento de la Villa y Corte, los Versos latinos y castellanos que sirvieron para adornar los principales sitios por donde pasó el Rey Nuestro Señor [Carlos III] cuando hizo su entrada en Madrid [...], llegando a convertirse en cantor oficial de varias solemnidades tanto académicas como palaciegas. En 1761 pasó a ocupar el puesto de escribiente primero en la Real Biblioteca, cargo que le retiraron durante su exilio y llegó a recuperar a su regreso.

En 1766, a raíz del motín de Esquilache, sufrió efectivamente su vida un cambio radical, desatándose una serie de persecuciones que primero le obligaron a trasladarse a París sin previa licencia. En carta de 18 de julio dirigida desde Francia a su jefe Juan de Santander, director de la Real Biblioteca, explica cómo unos “Ministros” (entiéndase particularmente el conde de Aranda, a la sazón nuevo presidente del Consejo) se empeñan en estorbar un pleito por adulterio entablado por el autor contra Gertrudis, de vida notoriamente non sancta; en agosto se atrevió incluso a escribirle personalmente al conde acerca de “esas mujeres indignas de la protección de Vuestra Excelencia”, expresión ésta que la justicia relacionó con otras dos análogas procedentes de unas anónimas Coplas de la rubia, ofensivas para Aranda y publicadas unos meses después del regreso de Huerta a España. Entre tanto, se había mandado interceptar su correspondencia, en particular la que mantenía durante su estancia en París con la escritora Margarita Hickey, amiga suya y esposa de un funcionario de Palacio, la cual le iba informando de los manejos del conde y de la evolución del affaire Huerta. El poeta fue procesado por un consejo extraordinario presidido por el mismo Aranda y condenado al presidio del Peñón en septiembre de 1767, siendo conmutada la pena por la de destierro en Granada. Una carta dirigida en 1768 al ayuda de cámara del Rey, en la que se criticaba la política interior de Aranda, también le fue atribuida, y se vio otra vez procesado, actuando de fiscal José Moñino, futuro conde de Floridablanca. Leandro Moratín, años después, afirmó que en aquella ocasión se castigaron las ideas políticas del autor, y el caso es que ya desde su estancia en París sabía Vicente que se le sospechaba de haber participado en el motín, y obviamente sintió afinidades ideológicas con los adversarios aristocráticos del absolutismo borbónico, entre ellos el llamado “partido ensenadista” y el círculo de Agustín de Montiano y Luyando, miembro de las tres academias, como Huerta, así como el propio amo de éste, Alba, contrario al nombramiento de Aranda a la presidencia del Consejo de Castilla, esto es, con los oponentes al nuevo régimen, algunos de los cuales aprovecharon la revuelta popular de marzo de 1766 para derribar el ministerio de Esquilache. La superioridad trató, al parecer sin éxito, de descubrir el paradero de una “tragedia de la Judía de Toledo”, de texto aún desconocido pero con fama de sediciosa, según escribe Campomanes en su Dictamen de expulsión de los Jesuitas, la cual no era la antigua de Juan Bautista Diamante, sino en realidad la Raquel, del mismo Huerta. Éste fue condenado otra vez al presidio del Peñón, y luego confinado al de Orán, de donde no regresó hasta 1777, año del ascenso de Floridablanca a la primera secretaría de Estado. Allí compuso en particular la “égloga africana” Los Bereberes para celebrar la erección de una estatua de Carlos III en la plaza de armas en 1772 y dirigió varias representaciones en una casa cuartel recién convertida en teatro con una compañía de aficionados, compañeros de exilio, entre ellas la de La vida es sueño, de Calderón, y la de su Raquel, para la cual compuso una loa introductoria, distinta a la del estreno madrileño de la tragedia.

Volvió, pues, a Madrid después de aquel largo destierro, pudiendo recobrar no sin dificultades su empleo en la Real Biblioteca, y vivió parcamente. El duque de Alba había muerto en 1776 y Aranda, sustituido por Floridablanca, estaba sufriendo una especie de exilio político en la embajada de París. Pero si la situación política había cambiado, también se había modificado en unos diez años el ambiente literario y cultural, y le resultó difícil a Huerta superar aquel desfase; por otra parte, el destierro había influido en su carácter, haciéndolo desabrido e irascible, de manera que esta última etapa de su vida, si bien no dejó de ser fecunda, estuvo plagada de continuas reyertas con la mayoría de los escritores más destacados de la época cuyos criterios estéticos, por otra parte, no compartía.

Entre 1778 y 1779 editó Antonio de Sancha los dos volúmenes de las Obras poéticas del autor. En el primero figuraba la tragedia Raquel, que se representó por primera vez en el teatro del Príncipe de Madrid el 14 de diciembre de 1778, suscitando un indudable interés, aunque se cambió el programa a los cinco días escasos por orden superior, con pretexto de celebrar el regreso de la Corte. En realidad, se trataba de atenuar en lo posible el impacto de una obra tenida desde años atrás por sediciosa, la cual, aprovechando los legendarios amores del rey Alfonso VIII con la hermosa y ambiciosa judía toledana a la que dieron muerte unos nobles conjurados en nombre de los intereses superiores del reino, exponía en forma dramática el conflicto ideológico y político que opuso a partidarios y adversarios del absolutismo al inicio del reinado de Carlos III, resolviéndolo a favor de los últimos sin grave menoscabo de la realeza. Casi un cuarto de siglo después, podía escribir aún el rígido censor neoclasicista y gubernamental Santos Díez González que en ninguna de las obras hasta entonces representadas en España podían “excitarse ideas más perjudiciales que en dicha tragedia”. En cambio, concebida técnica y formalmente como un desafío a los partidarios del magisterio estético francés, con objeto de superarlos en su propio terreno, según confiesa orgulloso el autor, la Raquel aprovecha la función estructuradora de las unidades aristotélicas para conseguir, gracias a una mayor concentración, la plena expresión de un denodado anticonformismo. De ahí la aparente contradicción de venirse considerando a un tiempo vehículo de una ideología proaristocrática, esto es, a la sazón reaccionaria (un “liberalismo hacia atrás”), y como la mejor tragedia clásica española.

En 1780 publicó Tomás de Iriarte su entonces célebre poema didáctico La Música, y habiendo reunido en su casa a un grupo de literatos, empezó a declamar su obra, cuyo primer verso le pareció falto de armonía a Vicente García, trabándose entre los dos una controversia, pronto interrumpida por la brusca despedida de Huerta. La impresión del romance Elogio del Excmo.

Sr. D. Antonio Barceló a raíz de los bombardeos de Argel en 1783 y 1784 por el teniente general de la Real Armada suscitó una sátira de Martín Fernández de Navarrete, oculto tras un seudónimo, contra Huerta, el cual contestó arremetiendo contra Iriarte y Vargas Ponce, y éste contestó, a su vez, provocando una nueva réplica del zafrense. Por aquellos años empezó el tiroteo de injurias entre Vicente y el joven Juan Pablo Forner, el más feroz de sus adversarios.

En 1784 salió a luz La Fe triunfante del Amor y Cetro (Xaira), traducción de la tragedia Zaïre, de Voltaire, en cuya advertencia preliminar critica a los partidarios de la frialdad “céltica” de los franceses. Pero fue en 1785 cuando la lucha llegó al mayor encarnizamiento, al publicarse los dieciséis volúmenes del Theatro Hespañol, colección de comedias escogidas por Huerta entre las del teatro del Siglo de Oro y de principios del siglo xviii. El “Prólogo”, verdadera profesión de fe estética, constaba de más de doscientas páginas, en las que el autor, tomando partido en el debate entre apologistas y detractores de la cultura nacional, arremetía contra el clasicismo francés y sus seguidores, elogiando las cualidades de las “piezas Hespañolas”, tenidas por superiores en invención, poesía e ingenio a las del país vecino, valiéndose de un estilo campanudo y un lenguaje cuyas rarezas no dejaron de suscitar las burlas de sus enemigos.

La reacción fue inmediata: rompió el fuego el fabulista Samaniego en la Continuación de las Memorias críticas por Cosme Damián; replicó Huerta con la Lección Crítica [...], saliéndole al encuentro el catedrático de los Reales Estudios de San Isidro, también director del periódico Memorial Literario, Joaquín Ezquerra, el cual censuraba en una Tentativa de aprovechamiento crítico [...] el abuso de neologismos huertianos (el más célebre entonces fue: transpirenaicos) y defendía a Cervantes, cuya autoridad tendiera a rebajar Vicente García. También acudió Forner con sus Reflexiones sobre la Lección crítica [...] (1786), y volvió Huerta a contestar con La Escena Hespañola defendida [...], reedición del “Prólogo” suelto y de la Lección Crítica con varias notas. Más folletos aún se citan en los principales estudios dedicados a aquella contienda; recordemos solamente dos: de Forner, la Fe de erratas del Prólogo del Teatro Español, obrita en que el satírico supone irónicamente que los neologismos y demás rarezas estilísticas de su adversario son meras erratas de imprenta; y, de Cándido María Trigueros, el Teatro Español Burlesco o Quixote de los Teatros, obra póstuma (1802) cuyo título se inspira en el del Theatro Hespañol y cuyos capítulos V y VI aluden al “sabio” que se presentó para defender las comedias antiguas injustamente despreciadas.

El carácter irascible de Huerta, su actitud de defensor acérrimo de los valores éticos y estéticos del siglo anterior, su figura de paladín solitario enfrentado a las huestes de los “galoclásicos”, dieron origen a una serie de poemas de tonalidad epicoburlesca en los que Vicente aparece como un moderno Quijote, llamado Valiente Caballero Antioro de Arcadia, en varios romances de Jovellanos y Forner. Éste le llama Morión, esto es, loco, en unas octavas reales que llevan el mismo título, y este apodo sarcástico no expresa únicamente el supuesto parentesco de Huerta con el héroe cervantino, sino que resume también el juicio que tenían formado los contemporáneos del carácter y personalidad del autor del Theatro Hespañol (con unas hh de que hicieron mofa). Cítese por último la Huerteida, de Moratín el Mozo, de la que se salvaron unos cuarenta y siete versos escasos.

Estos poemas, a pesar de no perdonarle ningún defecto al escritor, no dejan de mantenerse a cierta altura. Los hubo de peor categoría, aunque no siempre desprovistos de chiste, que no se destinaban a la imprenta, y ocioso es decir que Vicente no les iba a la zaga a sus contrincantes en tales asuntos: de todos conocido es el famoso romance intitulado El pedo dispersador, en el que cuenta el escritor cómo consiguió poner fin, valiéndose del medio elemental que se evoca, a la murmuración de un corrillo de satíricos contra la Advertencia de la Xaira; a lo cual contestó Tomás de Iriarte con la llamada Décima del ¡Puf!, no menos célebre, y que, según se dijo, gustó al mismo Huerta.

Aún no se había apagado el rumor de la pelea cuando el escritor sucumbió a los cincuenta y tres años, el 12 de marzo de 1787. Se publicaron en la prensa varias composiciones en su honor, una de ellas del gran sainetista Ramón de la Cruz, pero la posteridad recuerda sobre todo el epitafio que compuso a la sazón Tomás de Iriarte: “De juicio sí, mas no de ingenio escaso, / aquí Huerta el audaz descanso goza; / deja un puesto vacante en el Parnaso, / y una jaula vacía en Zaragoza”.

Un colaborador más compasivo del Espíritu de los mejores diarios del 2 de junio evocaba, en unas “Reflexiones sobre la malignidad de los críticos de estos tiempos”, la figura de “Huerta, el imperturbable Huerta; censurado, vilipendiado, perseguido, acosado hasta el último suspiro a manos de la pérfida crítica”.

 

Obras de ~: Endymión. Poema heroico, Madrid, 1755; Bibliotheca Militar Española, Madrid, Antonio Pérez Soto, 1760; Obras Poéticas, Madrid, Antonio de Sancha, 1778-1779, 2 vols. (2.ª ed. ampliada, Poesías, Madrid, P. Aznar, 1786; contiene: Raquel, eds. J. Fucilla, Salamanca, Anaya, 1965, R. Andioc, Madrid, Castalia, 1971, y J. A. Ríos, Madrid, Cátedra, 1988); El tiempo en la mano y tablas de memoria para el año 1781, Madrid, 1781; Endecasílabos que con motivo del bombardeo de Argel, executado de orden del Rey nuestro señor por el Teniente General de la Real Armada el Excelentísimo Señor Don Antonio Barceló en el presente mes de agosto de 1783, escribía Don ~, Madrid, Antonio de Sancha, 1783; Elogio del Excelentísimo Señor D. Antonio Barceló, con motivo de la expedición contra Argel en julio de este año de 1784, Madrid, Hilario Santos Alonso, 1784; La fe triunfante del amor y cetro, Madrid, Oficina de Pantaleón Aznar, 1784; Theatro Hespañol, Madrid, Imprenta Real, 1785-1786; Lección crítica a los lectores del papel intitulado: Continuación de las Memorias Críticas de Cosme Damián, Madrid, Imprenta Real, 1785; La escena española defendida en el prólogo del Theatro hespañol de D. ~ y en su Lección crítica. Segunda impresión, con apostillas relativas a varios folletos posteriores, Madrid, Imprenta de Hilario Santos, 1786; Poesías líricas, Madrid, Biblioteca de Autores Españoles, LXI, 1869.

 

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René Andioc