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Joaquín Costa Martínez

Biografía

Costa Martínez, Joaquín. Monzón (Huesca), 14.IX.1846 – Graus (Huesca), 8.II.1911. Figura central del regeneracionismo, político, jurista y pionero en España de las ciencias sociales.

Nacido en el seno de una humilde familia de agricultores, su enfermedad muscular progresiva y su tesón y capacidad le llevaron a estudiar, aunque con grandes penurias, Magisterio y luego bachiller en Huesca, a la vez que trabajaba de albañil. Obtuvo una beca para ir a París —como obrero y portero, en 1867, del pabellón español en la Exposición Internacional— y tras estudiar en la Universidad de Madrid, donde se doctoró en Derecho (1872) y Letras (1875), inició una carrera brillante, tributaria de su inteligencia excepcional, singular carácter, fuerte personalidad, enorme ambición intelectual y, sobre todo, gran capacidad de trabajo. En ella van a destacar el jurista, el científico social e historiador y el político.

Por lo que se refiere a sus ideas y prácticas pedagógicas, tras su renuncia al cargo de profesor auxiliar en la universidad, en protesta por la política educativa de la Restauración, junto a Giner de los Ríos y otros profesores que crearon la Institución Libre de Enseñanza, se vinculó a ésta dirigiendo su Boletín (1880- 1883), dando clases y participando en el Congreso Pedagógico Nacional de 1882. Su alejamiento de la universidad le dolió mucho: tuvo un enorme disgusto por la injusta postergación, en 1875, del Premio Extraordinario al doctorado en Letras, concedido entonces a Menéndez y Pelayo, obvio candidato del nuevo régimen, y también una fracasada oposición a la cátedra de Historia de España, o las de Derecho, en que la normativa permitía al ministro escoger entre una terna, a lo que Costa se negó. Los años en la Institución constituyen su etapa principal como docente y teórico de la educación, si bien, en sus campañas finiseculares volvió a retomar el tema, como auténtica ancla de salvación de España, junto con las reformas económicas: “Escuela y Despensa”.

Entre sus muchas propuestas renovadoras, destacaron la enseñanza globalizada, las misiones pedagógicas, organización y régimen educativos de la enseñanza media con mayor atención a la labor formativa y personal, supresión radical de los exámenes por asignaturas, régimen tutorial, importancia de la educación física, autonomía universitaria, creación y ampliación de colegios mayores y becas en el extranjero, dotación actual y moderna de libros y revistas en las bibliotecas, proyección social de la Universidad, intensificación del trabajo personal de investigación, apertura de la escuela al mundo, educación natural, espontánea, amorosa y disciplinada del niño. En definitiva, propuso una radical y amplia secularización de la escuela, su apertura a la sociedad de modo que —como un siglo después sugirieron los partidarios del “aula sin muros”— todo sea escuela. Y es que “el problema de la regeneración de España —afirmó Costa en Valencia en 1899— es pedagógico, tanto o más que económico o financiero, y requiere una transformación profunda de la educación nacional en todos sus grados”.

También señaló la urgencia de mejorar la condición económica y social de los maestros; aumentar el número de escuelas y, sobre todo, de maestros; “hacer desaparecer en pocos años el analfabetismo”; aumentar la edad obligatoria de escolarización hasta los trece años; reorganizar las escuelas rurales con especial formación agraria, fomentar las de párvulos por el sistema de Fröebel, las de adultos, graduar siempre que se pueda; suprimir las Escuelas Normales innecesarias, elevando con cursos de carácter universitario la formación de directores, profesores de Normales e Inspectores, los cuales aumenten hasta poder inspeccionar todas las escuelas todos los años, e “introducir en el programa y en las prácticas de las escuelas los métodos intuitivos, la educación física y moral y la formación del carácter, las excursiones y los campos escolares, la enseñanza de oficios”. Además, exigió “prender fuego a la vieja Universidad, fábrica de licenciados y proletarios de levita, y edificar sobre sus cimientos la Facultad moderna, cultivadora seria de la ciencia, despertadora de las energías individuales, promovedora de las invenciones”.

Por lo que respecta a las ciencias sociales, Costa comenzó muy pronto, en 1876, a publicar artículos sobre costumbres, religión, folclore, mitología y literatura popular. El antropólogo Carmelo Lisón Tolosana constata cincuenta y seis publicaciones de carácter etnográfico-antropológico, en los que “la manera de recoger los datos y la interpretación cultural conjunta a que los somete le hace acreedor a figurar en lugar honorífico en la historia de nuestra disciplina”. Porque Costa “está seguro de que hay que beber en el manantial de la cultura popular, que hay que ir al campo, dialogar con la gente, observar al pueblo en acción, recoger directamente los hechos vivos, palpitantes, en operación [...] exactamente lo que hace el antropólogo hoy”. Busca informantes, documentos de todo tipo, se plantea preguntas, selecciona temas, los somete a reflexión crítica y resalta el papel del pueblo como “una figura moral, una presencia espiritual creadora, pero callada, subterránea y latente, a lo largo de la historia”.

Greenwood añade que “la obra de Costa enfoca muy claramente los eslabones entre el poder metropolitano oligárquico, el poder político local, y las prácticas sociales y culturales locales [...] En la estructura intelectual de Costa, la etnografía se puede entender como la investigación de las relaciones entre el centro y la periferia, como el descubridor de las huellas de las operaciones normalmente escondidas del poder”.

Muy interesante es también su aproximación a la lingüística. Según Juan J. Pujadas, “Costa tuvo la capacidad de plantear fértiles intuiciones interpretativas respecto a la historia de las hablas dialectales interpretativas altoaragonesas y, a la vez, de interesar a importantes romanistas franceses, como Morel Fatio y su discípulo Saroïhandy, en el estudio de las hablas vivas pirenaicas [...] [planteando] el problema de las hablas locales en unos términos filológicamente innovadores, hasta el punto de entrar en polémica con distinguidos especialistas de la época”.

En cuanto a la economía, desde muy pronto, pesa sobre su obra la conciencia de la situación del mundo rural, especialmente tras participar en los Congresos de Agricultores y Ganaderos (1880-1881), en que sus “dictámenes” son un precoz diagnóstico sobre lo que sería uno de los debates claves de la historia agraria española: la polémica del cereal español en la crisis agraria de los años 1880, tan decisiva para entender el origen de sus ideas, mucho más profundas y variadas que la “política hidráulica”, mediante la que busca la potenciación de la producción agraria gracias al regadío, conseguido por obras hidráulicas que debe hacer el Estado, en su opinión.

Costa vivió con gran sensibilidad la gran crisis agrícola y pecuaria finisecular, preocupado no sólo por mitigar la sed de las tierras, sino también por establecer cultivos más productivos y mejorar la condición de los jornaleros y pequeños campesinos. Quiso extender los prados y hacer compatible una rica ganadería con una próspera agricultura: reducir el terreno del trigo, aumentando sus rendimientos con abonos; repoblar de árboles los montes y de frutales las vegas; promover los forrajes y plantas industriales.

El mismo año de su muerte se editaron muchos de sus discursos y escritos sobre política hidráulica, en cierto modo su testamento político y una de las grandes batallas que ganó después de muerto, al impulsarse, años después, importantes planes de riegos en Aragón y en otros lugares de España. No obstante, sólo logró ver terminado el Canal de Tamarite, asumido por el Estado en 1896 e inaugurado diez años más tarde; sus propuestas hidráulicas, que inspiraron el famoso Plan Gasset de 1902, sólo recibieron impulso en el I Congreso Nacional de Riegos (Zaragoza, 1913) y el Plan de Riegos del Alto Aragón (1915), finalmente asumido por el Estado. En 1926, Primo de Rivera, quien se reconoció émulo de Costa, impulsó las Confederaciones Hidrográficas.

En cuanto a la política colonial, participó en numerosos mítines y conferencias africanistas y abolicionistas, dirigió el Congreso Español de Geografía Colonial y Mercantil (1883), intervino en la fundación de la Sociedad de Africanistas y Colonistas, y dirigió la Revista de Geografía Colonial (1885-1887). Mentor de las campañas de Iradier y Montes de Oca, insistió en la ocupación de Sáhara, Ifni y Guinea y, más tarde, en la racional gestión del protectorado de Marruecos, sin olvidar la defensa de los derechos humanos y la promoción cultural y social de los naturales.

En cuanto al problema de Cuba —y en general de las colonias— “los planteamientos de Costa destacan —según Carlos Serrano— por su acusado y constante carácter reformador y liberal: opuesto primero a la esclavitud, favorable después a la autonomía administrativa y económica, resulta ser acérrimo adversario de todo lo que propugnaba e imponía el clan colonial en la Península y en la Isla, haciendo de ésta su fuente particular de ingresos”.

En su Colectivismo agrario (1898), con una profunda visión política y científico-social, hace una dura crítica de la destrucción por las desamortizaciones y otras prácticas, de ancestrales sistemas de propiedad comunal, que describe muy documentadamente. Resume las principales doctrinas colectivistas, desde los teóricos del XVII y de la Ilustración hasta los planteamientos políticos del XIX y las teorías de Flórez Estrada, constituyendo una magnífica historia del pensamiento económico sobre este asunto, y describe los sistemas de propiedad y sus diversas modalidades de explotación (desde los cotos a las tierras concejiles y comunales), remontándose a dos siglos antes de nuestra era; también, con notable agudeza, trata del control sobre el agua y sus diversas formas de propiedad, de las cofradías pesqueras, etc.

El corpus de las ideas económicas de Costa queda establecido en las propuestas que extiende a todo el país: cambio radical en la aplicación y dirección de los recursos y energías nacionales (presupuesto volcado en educación, colonización interior, obras hidráulicas, repoblación forestal, investigación científica); abaratamiento rápido del pan y de la carne, aumentando la productividad y favoreciendo el crédito agrícola; mejoramiento de los caminos de herradura; suministro de tierra cultivable, con calidad de posesión perpetua y de inalienable a los que la trabajan y no la tienen propia; legislación social (contrato de trabajo, seguro social, cajas de retiro); sanear y europeizar nuestra moneda, la agricultura, la minería y el comercio.

Costa fue, ante todo, un gran jurista: profesor, investigador y ejerciente del Derecho. Obtuvo plaza como oficial letrado —lo que hoy es un abogado del Estado— en Cuenca y luego en Huesca (1877-1879). De nuevo en Madrid, trabajó como abogado, en el despacho de Gabriel Rodríguez, y obtuvo una notaría que le llevó a Granada y Jaén, para regresar (1893), a una plaza en Madrid. Fue académico de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas (ingresó en 1901 con un discurso sobre El Problema de la ignorancia del Derecho) y colaboró en la Revista General de Legislación y Jurisprudencia y en la Real Academia de Jurisprudencia, participando en varios congresos, destacadamente el de Jurisconsultos Aragoneses. Costa acuñó la frase: “Aragón se define por su Derecho”.

En su revisión ideológica y política de lo obsoleto de muchas partes del Derecho español, resalta la importancia de la costumbre y de la historia, y hace propuestas de reformas muy sensatas y originales. Ana María Rivas ha señalado la originalidad antropológica de Costa en su interpretación del derecho y de la costumbre: “enraizar las creaciones jurídicas del pueblo en la realidad histórica vivida por los hombres en cada caso concreto, de acuerdo a las circunstancias determinadas de su medio ambiente natural y social; penetrar todos los detalles de su vida jurídica para comprender el sentido ideal al que obedece y las necesidades a que responde cada uno de los hechos en que se manifiesta”.

En la elaboración de Derecho consuetudinario y economía popular (1902), donde ofrece amplia información sobre Aragón y otras zonas de España, colaboraron Unamuno, Altamira, Giner, Pedregal, Piernas Hurtado, etc., con la intención de que constasen en el nuevo Código Civil de 1889 el mayor número posible de costumbres y tradiciones, entre ellas numerosas de tipo económico. Su descripción de hechos aporta materiales valiosísimos a las Historias del Derecho y de la Economía.

Desde su pionera obra La vida del Derecho, se sucedieron otros numerosos estudios jurídicos, desde los más teóricos —Estudios jurídicos y políticos, Teoría del hecho jurídico individual y social, Plan de una Historia del Derecho español en la antigüedad—, a los más prácticos, como Derecho consuetudinario del Alto Aragón, La Libertad civil y el Congreso de Jurisconsultos Aragoneses, Reorganización del Notariado, del Registro de la Propiedad y de la Administración de Justicia, Reforma de la fe pública, El juicio pericial y su procedimiento, Fideicomisos y albaceazgos de confianza y sus relaciones con el nuevo Código civil español, etc.

Como político, su orientación tuvo su origen en su procedencia pequeño-campesina y en el ya citado estudio de las raíces populares. Muy vinculado a su tierra natal, desde 1891 organizó la Liga de Contribuyentes del Alto Aragón, luego transformada en la Cámara Agrícola del Alto Aragón, desde la que realizó diversas campañas políticas, vertebrando a los pequeños y medianos propietarios y luchando por los riegos que consideró imprescindibles. Sus éxitos fulgurantes —fue un orador magnífico y su prestigio y respetabilidad crecieron al calor de su intachable honradez— se alternaron con fracasos políticos, aunque fue elegido en varias provincias como diputado republicano, si bien rechazó integrarse en el que consideraba corrupto sistema político español.

Su gran protagonismo llegó tras el Desastre, cuando galvanizó a la opinión pública y fue considerado como cabeza visible del regeneracionismo. La suya, se ha dicho, fue la reacción más vigorosa: en su Mensaje y Programa a la Cámara Agrícola del Alto Aragón, publicado el 13 de noviembre de 1898, censuró el derroche de recursos en la perdida guerra: “Todo lo que era progreso, riqueza y contento de la vida, todo lo que era aumento de bienestar, de vigor, de salud, de vida media, de población, de cultura, de aproximación a Europa, de porvenir en la historia del mundo, lo hemos disipado, ¡locos y criminales!, en pólvora y humo; durante cuatro años, la guerra se ha estado tragando un canal de riego cada semana, un camino cada día, diez escuelas en una hora [...]”.

Carlos Seco compara éste de Costa con el célebre documento de Polavieja de septiembre de 1898 y cree que “en ambos textos se pone el acento en la exigencia de autenticidad: apelación a una política de realidades, a una atención preferente —o exclusiva— hacia los que podríamos llamar problemas estructurales [...] En ambos anida, por otra parte, una inquietante proclividad a las presuntas soluciones tajantes”. En el discurso impartido en el Teatro Circo de Zaragoza la noche del 15 de febrero de 1899, Costa increpó al “gobierno de los peores”. En el discurso de Salamanca en 1901, pidió “justicia, exigiendo responsabilidades por el desastre; prudencia, aplazando la mayoría del Rey o proclamando la República; fortaleza, haciendo una revolución radical desde el poder [...] y templanza, formando un ‘partido nacional’ de que quedasen excluidos todos los involucrados en la política que nos llevó a la derrota”. Y en Los siete criterios de gobierno (1902) duda de si España es capaz de regeneración o la decadencia es étnica, de nuestro modo de ser, del “espíritu”, “carácter”, “genio”, “alma nacional”, “alma de la raza”, “psicología” del pueblo...

Para vehicular las protestas mesocráticas, consiguió la creación de una Asamblea Nacional de Productores que, junto a las Cámaras de Comercio que lideraba Basilio Paraíso y a los propietarios castellanos dirigidos por Santiago Alba, formaron la Unión Nacional, embrión de nuevo partido político populista y muy crítico con el sistema. Pero la falta de acuerdo sobre la propia esencia como partido, y sobre las metas, amén de las divisiones y enfrentamientos con Alba y Paraíso, hicieron fracasar el empeño.

La atribución de responsabilidades a la propia Monarquía llevó a la marginación de Costa de los centros políticos del sistema, en los que había hecho mella la célebre encuesta realizada por él desde el Ateneo de Madrid sobre Oligarquía y Caciquismo (1901), con amplísimos comentarios suyos. En adelante, sería con frecuencia portavoz y jefe de fila de quienes propusieron una respuesta mucho más radical y activa a los graves problemas del país. Su repulsa frente al turno de partidos, sus denuncias de las torpezas y egoísmos de los políticos, le radicalizaron en su ideal republicano, acercándose en sus últimos años al socialismo, postulando a Pablo Iglesias como su ideal de presidente.

Derrotado, muy enfermo, se retiró a Graus, donde inspiró El Ribagorzano —toda su vida había escrito mucho en todo tipo de prensa—, desde donde todavía su voz se escuchó repetidas veces, imprecando a la “España sin pulso” y aún salió alguna vez para tronar —de ahí el sobrenombre de “León de Graus”— contra proyectos gubernamentales como la peligrosa Ley Anti-terrorista, u ofrecer sus “Siete criterios de gobierno”.

Sin embargo, su propuesta de un “cirujano de hierro” como solución de urgencia a los problemas de España, fue instrumentada por la dictadura de Primo de Rivera, dando una imagen desdibujada y confusa de su mensaje, radical, honesto y progresista.

Como historiador, Guillermo Fatás, ante el segundo tomo del Colectivismo agrario en España, afirma: “releyendo algunas de estas páginas costianas sobre nuestra antigüedad más remota documentada se producen dos impresiones simultáneas: la de que estaba bastante por delante de lo que los historiadores de su tiempo eran capaces de hacer en ese punto y en cuanto a extracción de datos e inferencias a partir de las fuentes clásicas y, en segundo lugar, la de que se anticipó —y fue el único que lo hizo— en casi medio siglo a los primeros escarceos [...] que el joven Caro Baroja hiciera sobre la materia”. Porque, como se queja Costa: “en nuestras universidades no se cursa filología, ni etnografía, ni mitografía, ni estudios especiales de Historia antigua ni moderna”.

“No se ha estudiado todavía a Costa como historiador de la Hispania antigua” —lamenta José María Blázquez—, y eso que, “en una época de gran abandono de los estudios clásicos en España, Costa fue un excelente especialista de las fuentes de la Hispania antigua y la bibliografía, tanto nacional como extranjera”. Añade que en La religión de los celtíberos..., demuestra “un conocimiento exhaustivo de toda la literatura griega y latina, realmente asombroso en un hombre que no se dedicaba exhaustivamente a la Antigüedad”, encuadrando la religión “dentro de la organización política, social, económica, etc., con lo que también otros aspectos importantes de la sociedad celtíbera e incluso de otros pueblos hispanos, quedan tratados de mano maestra”.

Por su parte, Beltrán Martínez, glosa la Introducción a un tratado de Política [...], y señala la asombrosa modernidad de Costa, que propone “interpretar los monumentos que la antigüedad nos ha legado —menos escasos de lo que se piensa— en lápidas, medallas, ruinas, nombres geográficos y comunes, textos de los clásicos, formas sintácticas y rítmicas, costumbres jurídicas y leyendas orales, y sorprender a través de ellos el verdadero espíritu y como el nudo vital de aquella sociedad”. Subraya “los portentosos conocimientos enciclopédicos de Costa”, basados en “la epigrafía a través del Corpus de Hübner, la onomástica y los usos religiosos”, etc.

También en cuanto a la historia moderna y contemporánea, Alberto Gil Novales destaca “la riqueza impresionante de la documentación usada por Costa, antigua y moderna, y de varias procedencias. Está literalmente al día: cita libros que no se habían traducido al español [...] La visión histórica de Costa es totalmente condenatoria del absolutismo y exaltadora de las libertades [...] Costa cree en la fecundidad histórica de la Ilustración —en su Historia crítica hay un canto, inusual en plumas españolas, al significado grandioso de la Ilustración—, creo que incluso en España mediante la acción ilustrada se estaba a punto de alcanzar el autogobierno popular sin necesidad de romper violentamente con el pasado”.

Admiró Costa la independencia de los Estados Unidos, que vinculó, cosa rara entonces, con la revolución inglesa de un siglo antes. En cambio, sus recelos ante la Revolución francesa, fueron tanto a las “violencias y excesos” cuanto porque “devoró las revoluciones históricas y nacionales” y condujo a Napoleón, a quien criticó por volver a formas monárquicas.

Costa ha leído a Burke y la Escuela Histórica, a Guizot y Tocqueville, también a Macaulay y Michelet, etc. Hay que preguntarse cómo tuvo Costa acceso a tantos libros. Costa en 1874 era un estudiante pobre, que seguramente no podía darse el lujo de comprarlos.

Ignacio Peiró, que ha estudiado su oposición a una cátedra universitaria de Historia de España, explica que su programa abiertamente krausista debió de sonar muy fuerte en la recién establecida Restauración y destaca “la excelente preparación de Costa y su buen conocimiento de la bibliografía española y extranjera”, la claridad con que muestra su concepción de la ciencia o la introducción explicativa de los aspectos económicos, institucionales y socioculturales, a la vez que busca el sentido global de la historia española y la compara con la europea, de que forma parte.

En 1888, en carta a Rafael Altamira, le recomienda “promover cursos prácticos de Epigrafía y Numismática, una disciplina de Fuentes de la Historia Nacional, asignaturas de vascuence y berberisco y que los seminarios de investigación debieran salir al campo, como los ingenieros de minas”, añadiendo que deben visitar los alumnos con el profesor los Archivos Nacionales y realizar monografías.

En Tutela de Pueblos [...] (Madrid, 1900), se entusiasma Costa con la labor de los Reyes Católicos. Fue, asimismo, un entusiasta de Juan Bautista Colbert, el gran mercantilista ministro de Luis XIV; del Cid, a cuyo sepulcro propone han de ponerse siete llaves —no recurrir tanto al mito pasado—, pero cuya figura “es por sí sola toda una epopeya”; del conde de Aranda, “uno de los más grandes caracteres y de las más poderosas inteligencias que España ha producido”; de Cavour y Bismarck.

Criticó “la absoluta ineficacia de la revolución de 1868”, ya que “el verdadero obstáculo tradicional, el trono del cacique, quedó incólume, y todo aquel aparato teatral: manifiesto de Cádiz, Juntas Revolucionarias, destronamiento de la reina, Constitución democrática, soberanía nacional, no pasó de la categoría de pirotecnia”. Por ello concluye, pesimista: “no es la forma de gobierno en España la misma que impera en Europa, aunque un día lo haya pretendido la Gaceta: nuestro atraso en este respecto no es menos que en ciencia y cultura, que en industria, que en agricultura, que en milicia, que en Administración pública. No es [...] nuestra forma de gobierno un régimen parlamentario, viciado por corruptelas y abusos según es uso entender, sino al contrario, un régimen oligárquico, servido, que no moderado, por instituciones aparentemente parlamentarias”.

Para él —señala Mateos de Cabo—, la España posterior al 98 sólo se puede consolidar mediante la europeización, sinónimo de realización científica, racional, eficaz, honesta. No sólo crecimiento económico, sino también una situación más justa. Por ello entiende que el problema fundamental es “nivelarnos con Europa, en lo físico lo mismo que en lo espiritual; que el español se eleve de la condición de avasallado a la dignidad de hombre, que alcance la plenitud de la libertad, así política como moral, o dicho de otro modo: que deje de padecer hambre, hambre de pan, hambre de instrucción, hambre de justicia, estos tres coeficientes necesarios de la libertad”.

La muerte le sobrevino el 8 de febrero de 1911, y provocó una gran convulsión nacional. Se le enterró en Zaragoza, al oponerse el pueblo al traslado de sus restos al futuro Panteón Nacional y no desear los políticos monárquicos un entierro multitudinario en Madrid, capaz de presentarse como un plebiscito contra el sistema.

Su no muy larga pero sí fecunda vida la resume Josep Fontana en una “profunda lección acerca de la responsabilidad del intelectual y del precio que puede verse obligado a pagar si se mantiene fiel a ella". Paradigma del sabio y del político honesto, sus programas quedaron en frases lapidarias. Influyó decisivamente en la Generación del 98 y su sombra se ha proyectado durante todo el siglo XX sobre la política, la economía y la cultura españolas. Su tierra aragonesa le tiene por uno de sus hijos más ilustres de todos los tiempos.

Según Alfonso Ortí, “quizás ningún otro intelectual, ni siquiera ningún otro político de la España contemporánea estuvo tan obsesionado con definir un programa de gobierno concretísimo y operativo —directamente ‘gacetable’, según su propia expresión— como Joaquín Costa”. Gabriel Jackson ha señalado, por su parte, que “los resultados de su política hidráulica, donde ha sido aplicada, representan la forma más adecuada de reconstrucción en el siglo XX en España”. Por lo que concluye: “Costa merece la atención de todo el que quiera comprender la España moderna”.

Costa apenas tuvo discípulos: el novelista social Pascual Queral; el criminólogo Rafael Salillas, o Santiago Ramón y Cajal quien, como él, propugnó el desarrollo científico como medio de regenerar el país. En cuanto a su vida afectiva tuvo muy mala suerte: no supo o no quiso renunciar a sus principios y forma de vida a cambio del amor de una mujer, que deseó y añoró siempre. Entre sus varios enamoramientos conocidos destaca Isabel —Elisa— Palacín, esposa de su protector Teodoro Bergnes, con la que mantuvo afectuosa y emotiva amistad, y con la que, ya viuda ella, tuvo una hija en 1883, Pilar, a la que adoptó al casarse ella, en 1900. Sus nietos, los Ortega Costa, mantuvieron su memoria a través de la vigente y activa Fundación Joaquín Costa. En los Anales de la Fundación Joaquín Costa —desde 1981—, así como en Temas de Antropología Aragonesa, Cuadernos CEHIMO (Centro de Estudios de Monzón y Cinca Medio), y otras diversas publicaciones, son estudiados con frecuencia ciertos aspectos de la obra de Costa: los antropológicos y sociológicos por C. Lisón, D. J. Greenwood, Fermín del Pino, A. Beltrán. G. Mairal, y otros; los históricos por Guillermo Fatás, J. M.ª Blázquez, I. Peiró, etc.; los literarios por J. C. Mainer, J. D. Dueñas, J. C. Ara, y otros.

 

Obras de ~: Ideas apuntadas en la Exposición Universal de 1867 para España y para Huesca, Huesca, Imprenta de Ant. Arizon, 1868; La vida del Derecho, Madrid, Aribau y Cía., 1876; Cuestiones celtibéricas: religiones, Huesca, El Diario de Huesca, 1877; Organización política, civil y religiosa de los celtíberos, Madrid, 1879; Derecho consuetudinario del Alto Aragón, 1879; Estudios jurídicos y políticos, Madrid, Real Academia de Jurisprudencia, 1880; Teoría del hecho jurídico individual y social, Madrid, Real Academia de Jurisprudencia, 1880; Introducción a un tratado de política textualmente de los refraneros, romanceros y gestas de la Península, Poesía popular española y mitología y literatura celto-hispanas, Madrid, Imprenta de la Revista de Legislación, 1881; El comercio español y la cuestión de África, Madrid, Imprenta de la Revista de Legislación, 1882; La Libertad civil y el Congreso de Jurisconsultos Aragoneses, Madrid, Imprenta de la Revista de Legislación, 1883; Plan de una Historia del Derecho español en la antigüedad, 1887; Islas Líbicas: Cyranis, Cerne, Hesperia, Madrid, Tipografía de El Progreso Editorial, 1887; Reorganización del Notariado, del Registro de la Propiedad y de la Administración de Justicia, Madrid, Imprenta de la Revista de Legislación, 1890-1893; Estudios ibéricos, Madrid, Tipografía de San Francisco de Sales, 1891-1895; Tutela social de los pueblos, 1895 (reprod. en Obras completas, vol. XI, Madrid, Fortanet, 1911-1917; Reforma de la fe pública, 1895 (2.ª ed. aum., Madrid, Hijos de Reus, 1897); Colectivismo agrario, Madrid, Imprenta de San Francisco de Sales, 1898; Quiénes deben gobernar después de la catástrofe, Madrid, Hijos de J. G. Hernández, 1900; Reconstitución y europeización de España, 1900 (Huesca, V. Campo, 1924; Madrid, Instituto de Estudios de Administración Local, 1981); Crisis política de España (Doble llave al sepulcro del Cid), Salamanca, 1901 (Madrid, Biblioteca Costa, 1914; ed. de R. Liarte, Barcelona, Producciones Editoriales, 1980); Oligarquía y Caciquismo como la forma actual de gobierno en España: urgencia y modo de cambiarla, Madrid, Fortanet, 1901 (reeds. ed. de A. Ortí, Madrid, Revista de Trabajo, 1981; intr. de A. Gil Novales, Zaragoza, Guara, 1982; intr. de J. Varela Ortega, Madrid, Biblioteca Nueva, 1998); El Problema de la ignorancia del Derecho y sus relaciones con el “status” individual, el referéndum y la costumbre, discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, Madrid, 1901 (Madrid, Civitas, 2000); Derecho consuetudinario y economía popular en España, Barcelona, Henrich y Cía., 1902; El juicio pericial (de peritos prácticos, liquidación, partidores, terceros, etc.) y su procedimiento: una institución procesal consuetudinaria, Madrid, Librería General de Victoriano Suárez, 1904; Fideicomisos y albaceazgos de confianza y sus relaciones con el nuevo Código civil español, Madrid, Librería General de Victoriano Suárez, 1905; Los siete criterios de gobierno, Madrid, 1906 (Madrid, Biblioteca Costa, 1914); Agricultura armónica, Madrid, Biblioteca J. Costa, 1911; Política Hidráulica (Misión Social de los Riegos en España), Madrid, Biblioteca J. Costa, 1911 (reed. acrítica en Madrid, Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, 1975); El Arbolado y la Patria, Madrid, Biblioteca Costa, 1912; La Tierra y la Cuestión Social, Madrid, Biblioteca Costa, 1912; Marina española o la cuestión de la escuadra, Huesca, Tipografía de Leandro Pérez, 1912; Los Siete criterios de Gobierno, Madrid, Biblioteca Costa, 1914; Alemania contra España, Madrid, Jagües, 1915; Colectivismo Agrario en España, Madrid, Biblioteca Costa, 1915, 2 vols.; Maestro, Escuela y Patria, Madrid, Biblioteca Costa, 1916; La religión de los celtíberos y su organización política y civil, Madrid, Biblioteca Costa, 1917; Reorganización del Notariado, del Registro de la Propiedad y de la Administración de Justicia, Madrid, Biblioteca Costa, 1917 (Pamplona, Analecta, 2003); Instituciones económicas para obreros. Las habitaciones de alquiler barato en la Exposición Universal de París en 1867, Madrid, 1918 (reed. facs., ed. y est. de E. 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Eloy Fernández Clemente