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José María Gil-Robles y Quiñones

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Biografía

Gil-Robles y Quiñones, José María. Salamanca, 27.XI.1898 – Madrid, 14.IX.1980. Abogado, periodista, diputado, ministro.

Nació en una familia de la clase media salmantina de los primeros años de la Restauración. Su padre, Enrique Gil Robles, catedrático de Derecho Político de la Universidad de Salamanca, fue diputado tradicionalista por Pamplona entre 1903 y 1905. Casado con Petra Quiñones Armesto, el matrimonio había tenido tres hijos, siendo José María Gil-Robles el menor de todos ellos.

Estudió en su ciudad natal, primero en el Colegio de Jesuitinas, y, más tarde, entre 1905 y 1914, en el de Los Salesianos. En 1908, con apenas diez años, falleció su padre. Terminados los estudios de secundaria, continuó su formación en la universidad salmantina, la misma en la que su padre había ejercido como profesor. Empezó con la carrera de Letras, pero terminó licenciándose en Derecho en 1919 con premio extraordinario.  Acabada la licenciatura abandonó Salamanca para cursar los estudios de doctorado en Madrid, a la par que cumplía el servicio militar en el Regimiento de Ferrocarriles.

En la Universidad Central apenas tardó un curso en obtener el doctorado, lo que hizo con un trabajo sobre el derecho y el Estado de derecho; y pasó luego a ser ayudante de la cátedra de José Gascón y Marín. Poco después, en 1922, con veinticuatro años, accedió por concurso oposición a la cátedra de Derecho Político de la Universidad de La Laguna. Nunca llegó a ejercer en la misma, pues nada más tomar posesión solicitó la excedencia. Tenía por delante un trabajo que iba a resultar decisivo para su formación política: se incorporó al Consejo de Redacción de El Debate, periódico vinculado a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas, destacado defensor de los intereses católicos y simpatizante por entonces del maurismo. Gil-Robles se convertiría muy pronto en subdirector del mismo.

Este rápido ascenso fue, en gran medida, resultado de unas cualidades demostradas en aquellos años de juventud, y de cómo estas sedujeron al por entonces principal responsable de los Propagandistas y de El Debate, el futuro cardenal Ángel Herrera Oria. Gil-Robles había sido, y seguiría siendo, una persona muy activa dentro del movimiento asociativo católico. Con apenas veinticinco años había participado ya en la fundación de distintas asociaciones y círculos católicos locales y regionales, había trabajado sin descanso en la organización de las juventudes católicas y se había distinguido en el periodismo. Toda esa labor le condujo hasta la actividad política, tan vinculada entonces, en los comienzos de la década de los veinte, con el movimiento católico. Así, en abril de 1923, el año de la destrucción del orden constitucional de la Restauración, participó por primera vez en un acto público de partido: era la presentación del Partido Social Popular (PSP), ese ensayo de partido social cristiano al que se había unido el año anterior. Allí aseguró haberse comprometido en esa nueva opción política porque creía que los partidos de turno no se ocupaban de las “verdaderas necesidades nacionales”, sino de “luchas mezquinas de la política corrompida”.

Aquellos años de juventud lo fueron también de formación en el extranjero. Varios viajes por Europa y América jugaron un papel importante en la configuración de la personalidad de Gil-Robles. Católico social, conservador regeneracionista y monárquico. Estos tres fueron los calificativos principales de su personalidad en esos años, y en ese orden de prioridad: primero, su condición de creyente y su voluntad de orientar su actividad pública y la organización de la sociedad en torno a los principios cristianos de bien común y justicia social; segundo, su filiación conservadora, en tanto que enemigo de la revolución, pero también partidario de perseguir lo que llamaba “inmoralidad pública” y reaccionar “contra la barbarie del sistema imperante”; y tercero, su declarado monarquismo, al que permaneció fiel hasta la primavera de 1931, si bien advirtiendo que la suerte de la Monarquía estaba ligada a la labor de regeneración y los católicos podían adaptarse a un cambio de régimen en virtud de las exigencias que planteara la defensa del bien común y de su Iglesia.

En el campo del asociacionismo católico y de su pertenencia al grupo de los Propagandistas, destaca el tiempo que Gil-Robles dedicó a los Círculos de Estudios, en los que empezó a participar nada más llegar a Madrid a principios de los años veinte. Estos fueron impulsados por Herrera como vehículos para la formación de los jóvenes católicos, a la vez que como instrumentos para forjar complicidades, un modo de formar a una nueva generación de jóvenes líderes que luego, provincia a provincia, se embarcaran en la regeneración católica y promovieran nuevas redes sociales y profesionales.

Aún inmerso en el experimento del PSP, su postura no fue crítica con el comienzo de la dictadura de Primo de Rivera. Al comienzo acogió el cambio con esperanzas, al igual que la dirección del PSP. Desde una perspectiva regeneracionista, vio en la dictadura una solución provisional a lo que consideraba una situación de divorcio entre los partidos políticos dinásticos y la sociedad. Estaba convencido, como aseguró más tarde, de que, si bien la Restauración había sido una “fórmula transaccional” exitosa, finalmente había fracasado, prolongándose “en exceso la fórmula artificiosa”.  No obstante, su posición durante la dictadura no fue invariable. Evolucionó desde una primera etapa de clara colaboración, entre 1923 y 1925, hasta otra de alejamiento. Al comienzo participó en el primer impulso del nuevo movimiento de Unión Patriótica, interviniendo en varios mítines, pero su papel más destacado consistió en la colaboración que prestó en la elaboración de un nuevo Estatuto Municipal, que consideró “la más eficaz revolución de la vida española”.

A finales de enero de 1930 el general Primo de Rivera dimitió y se marchó a Francia, donde moriría pocos meses después. A partir de ese momento empezó un período de casi quince meses en el que fracasó el intento de devolver la normalidad constitucional al país sin que cayera la Monarquía de Alfonso XIII.  La implicación de Gil-Robles en la vida política fue creciendo según se sucedían esos meses. Siguió participando en varios actos provinciales de la Confederación Católico Agraria, de la que por entonces era su Secretario General. Catapultado a una importante responsabilidad dentro de los círculos herreristas, se consolidó como un eslabón importante dentro de la maquinaria del periódico El Debate. Además, se mostró bastante activo en varios mítines de la campaña monárquica para las elecciones locales del 12 de abril de 1931. Habló en varias localidades de Santander, Ávila y Salamanca para explicar lo que, a su juicio, se jugaban los españoles en la consulta. Según dijo, se había formado un bloque revolucionario que sumaba sobre la base de la negación de la Monarquía, pero de nada más. Explicó además que el régimen monárquico debía ser defendido por razones como la defensa del catolicismo o la tradición, pero también porque el bien común, y por tanto la reforma social, debían ser una prioridad por encima de cualquier debate sobre la forma de gobierno.

Así, antes incluso de que las elecciones de abril desembocaran en la instauración de una nueva República, Gil-Robles había enunciado implícitamente lo que iba a ser el eje de la acción política de un amplio sector de la derecha católica durante el nuevo tiempo político: el accidentalismo. De acuerdo con esta idea, expuesta por el editorial publicado por El Debate nada más caer la Monarquía, si la forma de gobierno, fuera republicana o monárquica, no se presentaba incompatible con el bien común, los católicos debían acatarla con lealtad, trabajando desde la legalidad para defender sus principios cristianos e impedir la destrucción del orden social. Esa estrategia, compartida por un sector importante de la jerarquía eclesiástica, el liderado por el cardenal Vidal i Barraquer, fue, con matices, la que condicionó la acción política de Gil-Robles durante los cinco años que duró la Segunda República.

Con ese espíritu, el de la defensa de los intereses de los católicos y de su Iglesia dentro de la legalidad, Gil-Robles participó en la fundación de Acción Nacional, el primer intento de organización de la derecha católica tras la proclamación del nuevo régimen. Ésta fue presentada a la opinión mediante un manifiesto publicado en la prensa a comienzos de mayo de 1931. Era un intento de sumar a los conservadores, monárquicos incluidos, en una sola organización electoral que sirviera para superar las diferencias y centrarse en lo que los Propagandistas consideraban prioritario: “defender instituciones y principios no ligados esencialmente a una forma determinada de gobierno, sino fundamentales y básicos en cualquier sociedad”.  

A finales de junio de ese mismo año, tras una difícil campaña electoral, logró ser elegido diputado por Salamanca en las nuevas Cortes Constituyentes. Esto supuso, por otra parte, el final de su carrera periodística, abortándose así un más que probable ascenso a la dirección de El Debate. Se integró en la Minoría Agraria, destacando enseguida como líder parlamentario, tras una brillante intervención en la discusión sobre la validez de las actas de la provincia de Salamanca celebrado en la Cámara el 24 de julio.

Sus intervenciones en el debate constitucional y su joven liderazgo al frente de la nueva derecha católica posibilista le auparon, a mediados de noviembre de 1931, hasta la dirección de Acción Nacional, que en breve pasaría a llamarse Acción Popular. Tras la aprobación de la Constitución en diciembre y la formación del gobierno de Manuel Azaña, ya definitivamente sin la derecha republicana ni los republicanos radicales, su labor al frente de los conservadores se centró en la creación de una sólida organización política, capaz de desbancar electoralmente a las izquierdas, presidida por el posibilismo y bajo la bandera de la revisión constitucional, especialmente de los artículos que los católicos consideraron lesivos de sus derechos.

El golpe de Estado protagonizado por el general Sanjurjo en agosto de 1932 fue un fracaso y conllevó un periodo de enormes dificultades para la propaganda conservadora y la publicación de sus periódicos, incluido El Debate. Sirvió además para potenciar la actividad legislativa de la coalición gobernante de las izquierdas, que consiguió aprobar el Estatuto de autonomía de Cataluña, la reforma agraria y, más adelante, una importante y polémica ley de confesiones y congregaciones religiosas. No obstante, para Gil-Robles acabó siendo una oportunidad, la de depurar AP de su ala monárquica y sentar las bases para la creación de una nueva organización comprometida con la lucha dentro del régimen. Así, a primeros de marzo de 1933 nació la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), la organización que le catapultó al liderazgo de los católicos posibilistas -ya sin los monárquicos, que formaron su propio partido-. Durante los meses siguientes Gil-Robles se enfrentó al desafío de la movilización democrática y, como consecuencia del mismo, a la formación de un partido político moderno y de masas. Su conservadurismo católico, y por extensión el del programa de la CEDA, compartía, grosso modo, el enfoque de la doctrina social de la Iglesia popularizado en las primeras décadas del novecientos. Situado entre el “principio individualista” y la “doctrina socialista” –como él mismo escribió a mediados de 1932-, era partidario de una organización económica corporativa. No obstante, la CEDA era una organización heterogénea en la que convivían sectores socialcatólicos y otros más proclives a un conservadurismo de corte liberal en lo económico.

Por otra parte, la acción política de Gil-Robles durante esos años estuvo condicionada también por otro aspecto: el antiparlamentarismo, en un sentido ciertamente ambiguo, aunque entendido, en primer lugar, como la crítica del sistema parlamentario por considerarlo responsable de la debilidad de los gobiernos. Este antiparlamentarismo encerraba también una posición antiliberal, tan extendida en el mundo católico de entreguerras, y la defensa de un modelo corporativo de Estado en el que se combinara la representación liberal con otras formas de representación orgánica. Gil-Robles fue un parlamentario muy activo y comprometido con el debate público y la competición electoral, pero no ocultó nunca su malestar con el funcionamiento del parlamentarismo si este se traducía en parálisis y debilidad de los ejecutivos. Con todo, insistió una y otra vez en la necesidad de actuar en el marco de la ley y conseguir los cambios legislativos mediante la movilización de la opinión. “No creo –afirmó el 25 de agosto de 1931-, de ninguna manera, que la violencia y la fuerza sean el modo de dirimir las contiendas entre gentes civilizadas.”

A primeros de septiembre de 1933 el gobierno de coalición de las izquierdas, presidido por Azaña, llegó a su fin. Pero el intento de conseguir la confianza de la Cámara por parte de un gabinete alternativo, presidido por el republicano de centro Alejandro Lerroux, fracasó el 3 de octubre. El presidente de la República disolvió las Cortes y se convocaron elecciones para el 19 de noviembre. El resultado confirmó el liderazgo de Gil-Robles en la derecha católica, recogiendo ahora los frutos de un año y medio de campaña revisionista y de movilización en contra de la legislación de los republicanos de izquierdas y los socialistas, especialmente en los campos de la educación, el culto y la propiedad agraria. Su triunfo, inesperado por su magnitud, convirtió a la CEDA en el primer grupo parlamentario de las nuevas Cortes republicanas. A partir de ese momento, si bien Gil-Robles elevó su apuesta por un nuevo tipo de Estado durante la campaña electoral -aunque, ciertamente, apenas definido-, nada más cerrar los colegios se reafirmó en su estrategia posibilista y rechazó los argumentos de quienes, desde la derecha, dijeron que el voto conservador era un voto contra el régimen. Empeñado en que el rumbo de la República podía rectificarse desde dentro, apoyó decididamente a los primeros gobiernos del Partido Republicano Radical de Lerroux.  Como explicó en las Cortes el 19 de diciembre de ese mismo año, no compartía el significado que “algunos grupos de las derechas” -se refería a los diputados monárquicos-  atribuían a las elecciones. “Para mí, honradamente, (…) el pueblo español ha votado contra la política de las Constituyentes”, pero no contra el régimen.

A mediados del nuevo año de 1934 se casó con Carmen Gil-Delgado y Armada, diez años más joven que él. La boda se celebró el 1 de julio en una capilla privada del Palacio Episcopal de Madrid. Disfrutó después de unas semanas de vacaciones y regresó en el mes de agosto para reincorporarse a la vida política. No le esperaba un otoño tranquilo. El 1 de octubre habló en las Cortes para defender la política de su grupo en apoyo de los gobiernos del Partido Radical que se habían sucedido hasta entonces. Pero diez meses después de las elecciones consideró que era el momento de que un nuevo gabinete reflejara la verdadera composición del hemiciclo, por lo que exigió implícitamente que su grupo, la CEDA, entrara en el ejecutivo. Pese a la posición del presidente de la República, Niceto Alcalá-Zamora, contrario a que eso se produjera por considerar que se trataba de un grupo no republicano, al final la CEDA entró en el nuevo gobierno formado por Lerroux el 4 de octubre, ocupando tres ministerios. La respuesta de los socialistas fue inmediata, tal y como habían advertido: una huelga general de carácter revolucionario que promovió abiertamente el uso de la fuerza para impedir lo que ellos veían como una amenaza fascista. De este modo, la izquierda socialista -acompañada por la izquierda republicana catalana- rompió finalmente la baraja, creando una situación que alteró radicalmente la marcha de la joven república y, de forma clara, la biografía política de Gil-Robles.

El nuevo gobierno radical-cedista era un triunfo en la estrategia que se había trazado Gil-Robles después de las elecciones. No obstante, se trataba de una victoria un tanto engañosa, pues tocaba ahora demostrar que la heterogeneidad del partido que presidía no entraba en colisión con los propósitos legislativos que promovieran sus ministros. Varios meses más tarde, superados momentos muy complicados para la relación entre los republicanos radicales y los cedistas con motivo de los indultos a algunos de los condenados por la revolución de octubre, el 6 de mayo de 1935 Gil-Robles se convirtió en ministro de Guerra. Se mantuvo en el cargo hasta el 14 de diciembre de ese mismo año. Durante esos meses desarrolló una intensa actividad para cambiar el rumbo de la política militar del bienio anterior, convencido de que la legislación de Azaña había debilitado al ejército, abriendo las puertas a una peligrosa politización a favor de ideologías revolucionarias. Para desarrollar esa labor colocó en cargos de confianza a varios militares que se habían destacado en la intervención militar para sofocar la revolución de octubre de 1934 y que se caracterizaban, en general, no tanto por un abierto antirrepublicanismo sino por un declarado antimarxismo y una radical oposición a los cambios legislativos del primer bienio.

Su paso por el departamento de Guerra terminó de forma abrupta en diciembre de 1935, cuando dimitió el entonces presidente del Consejo, Joaquín Chapaprieta. En ese momento el presidente de la República se negó a encargar la formación de gobierno al líder de la CEDA, pretextando nuevamente que no se había presentado a las elecciones haciendo explícita la condición republicana. En ese momento Gil-Robles enfureció e incluso se mostró favorable a la propuesta que le hizo el general Fanjul, subsecretario de su ministerio, para presionar mediante una acción militar al presidente e impedir así lo que ellos consideraban un golpe de Estado, esto es, la formación de un gobierno sin apoyo parlamentario. Pero nada de esto ocurrió, entre otras razones porque las consultas con otros mandos no resultaron fructíferas.

Pocas semanas después, Alcalá-Zamora entregó el decreto de convocatoria de elecciones al nuevo presidente del gobierno, Manuel Portela Valladares. Éstas se celebraron el 16 de febrero tras una larga e intensa campaña en la que se puso de manifiesto la polarización de la política partidista después de dos años de gobiernos de centro-derecha y del fracaso de la revolución de octubre de 1934. Si los socialistas y los republicanos de izquierdas se coaligaron en un Frente Popular y trataron de canalizar la bandera de la amnistía a su favor, las derechas no se presentaron unidas en un bloque compacto y la CEDA, con el lema de “Contra la revolución y sus cómplices” pactó candidaturas variadas que fueron desde el centroderecha republicano de los lerrouxistas hasta los monárquicos, pasando por otros grupos centristas y liberales. Gil-Robles se mostró extraordinariamente activo durante la campaña electoral, participando en numerosos actos por toda la península y ejerciendo el liderazgo del partido para controlar la formación de candidaturas. Los resultados de la CEDA fueron buenos, si bien quedaron ensombrecidos por la crisis y la violencia que se apoderó de la vida política durante el recuento electoral.

La nueva primavera política de 1936 resultó extraordinariamente compleja para la estrategia posibilista y legalista de Gil-Robles. Aquella echó a andar con serias dudas sobre la limpieza del recuento en algunas provincias, una notable violencia sobre los cedistas y sus sedes sociales, así como una arbitraria modificación de algunas actas por parte de las nuevas Cortes de mayoría frentepopulista. En ese contexto, la CEDA se fragmentó internamente y el liderazgo de Gil-Robles se debilitó. Este se mostró crecientemente comprensivo con el desplazamiento de las derechas hacia posiciones más extremas, aunque aseguró públicamente que no respaldaba soluciones de fuerza y mantuvo su compromiso con la actividad parlamentaria. A mediados de abril denunció en la Cámara que la política del Frente Popular cercenaba la legalidad y daba a las masas conservadoras argumentos para dejar plantados a los posibilistas. Se confesó impotente para detener el trasvase de gente conservadora hacia posiciones autoritarias si el gobierno no ponía remedio en lo que juzgaba como una política de tolerancia con sus socios obreros radicales; y advirtió a Azaña que, de seguir así, iba a tener el honor de presidir la liquidación de la república democrática. En esa misma sesión, el 15 de abril, el diputado comunista José Díaz lanzó la siguiente amenaza contra el líder cedista: “no puedo asegurar cómo va a morir el señor Gil-Robles, pero sí puedo afirmar que si se cumple la justicia del pueblo morirá con los zapatos puestos.” En medio de un considerable tumulto, el diputado y líder de la derecha monárquica, José Calvo Sotelo, apostilló: “Se acaba de hacer una incitación al asesinato”.

Cuando el 17 de julio se inició el golpe de Estado, Gil-Robles estaba en Biarritz, donde había desplazado a su familia después de las elecciones por motivos de seguridad. No estuvo implicado directamente en los preparativos del levantamiento militar, si bien los conoció y, ya en la recta final, finales de junio y primeros de julio, apoyó la sublevación, pensando que un movimiento militar podía impedir el triunfo de los revolucionarios, devolviendo al país la tranquilidad y la oportunidad de establecer un sistema político que combinara la representación clásica con instituciones corporativas.

Con todo, el inicio de la guerra puso de manifiesto que ni su persona ni la CEDA como organización oficial eran bien vistos entre los sublevados. Difícilmente podía esperar ser bien recibido por una cúpula militar que, si bien le trató cordialmente, incluido el propio general Franco, le echó en cara el legalismo inquebrantable de la CEDA y su negativa en octubre de 1934 para aprovechar el contexto de la derrota de los revolucionarios y dar paso a una nueva situación política.

De este modo, los primeros meses de la guerra le dejaron un sabor amargo. Afirmaría luego que, una vez iniciado el movimiento militar, se había colocado “sin vacilar del lado de la causa nacional”; pero muchos en el bando franquista sabían que no había prestado un apoyo orgánico decidido al uso de la violencia contra el régimen republicano. Además, le reprochaban que no hubiera aprovechado su paso por el ministerio de la Guerra, en 1935, para acabar con la República.

Más adelante, durante los años cuarenta y cincuenta, desde su residencia en Lisboa, dedicó todos sus esfuerzos a la causa monárquica, alejándose cada vez más de la dictadura establecida en España. Durante la Segunda Guerra Mundial apoyó a los aliados y criticó la política franquista de proximidad con la Alemania nazi. A comienzos de la expansión alemana por Europa anotó en su diario: “La hegemonía del Reich, encarnado en Hitler, constituye un porvenir sombrío.” Acabado el conflicto, Gil-Robles había llegado al convencimiento de que Franco no abandonaría el poder voluntariamente. Para él, no cabía ante el dictador más que la absoluta independencia del heredero de la Corona, Don Juan de Borbón, y la defensa de un proceso de cambio político que condujera al país por el camino de la reconciliación y una progresiva recuperación de las instituciones constitucionales.

Formó parte del Consejo Privado de Don Juan desde 1946. En 1947 mantuvo negociaciones en Londres con Indalecio Prieto con la intención de pactar con la oposición socialista una transición monárquica. A pesar de los importantes desacuerdos, ambos coincidieron en que el régimen franquista había cometido atropellos y errores que sólo podían solucionarse sin ánimo de venganza, debiendo respetarse los derechos individuales. Sin embargo, a pesar del pacto alcanzado entre el PSOE y la Confederación de Fuerzas Monárquicas, la decisión posterior de Don Juan de enviar a su hijo a estudiar a España, dando así la razón a sus consejeros monárquicos del interior, dejó en evidencia la soledad estratégica de Gil-Robles y debilitó gravemente su confianza en el heredero.

En el verano de 1953 decidió trasladar su residencia a España, donde se alejó temporalmente de la actividad pública y se dedicó a la abogacía. No obstante, en junio de 1962 participó en el Congreso del Movimiento Europeo, el llamado contubernio de Munich, junto a otros grupos de la oposición. Tras el mismo, Don Juan se desentendió de lo acordado en Munich, desautorizando por tanto a su consejero. Gil-Robles, que habría de pagar su participación en Munich con un nuevo exilio temporal, presentó la dimisión como miembro del Consejo Privado el 20 de junio de 1962.

Regresó a España en 1964. Poco tiempo después, en 1968, se publicó por primera vez el volumen de sus Memorias con el título elocuente de: “No fue posible la paz”. En esas fechas, además, cuando ya estaba a punto de jubilarse, regresó al ejercicio de la actividad académica que había abandonado siendo muy joven, y ejerció durante un tiempo como catedrático en la Universidad de Oviedo.

Colaborador de la revista Cuadernos para el diálogo, en los últimos años del franquismo se reafirmó en la defensa de la reconciliación nacional y de una ruptura pactada como única transición posible hacia la democracia. En 1975 se hizo cargo de la presidencia de la Federación Popular Democrática. Tenía entonces 77 años. Fusionada con la Izquierda Democrática de Joaquín Ruiz Jiménez, bajo las siglas de Federación de la Democracia Cristiana, se presentó a las primeras elecciones democráticas libres celebradas en junio de 1977. Pese a contar con el respaldo de la democracia cristiana europea, no consiguieron un solo escaño. Presentó su dimisión como presidente de la FPD en marzo de 1977. Fue el eclipse definitivo de una larga biografía política.

 

Obras de ~: El Derecho y el Estado de Derecho (Rechtsstaat); Estudio de Derecho político, Salamanca, Imprenta Editorial Salmantina, 1922; “Prólogo”, en José Medina y Togores, Un año de Cortes Constituyentes: Impresiones Parlamentarias, Madrid, Editorial Ibérica, 1932; La tragédie de l'Espagne: pour la vérité et pour la justice, Bruselas, Coop. Lucifer, ¿1936?; “Prólogo”, en Ruiz Alonso, Cooperativismo, Salamanca, Librería Cervantes, 1937; “Prólogo”, en A. de Oliveira Salazar, El pensamiento de la Revolución Nacional, Buenos Aires, Poblet, 1938; Cartas del pueblo español, Salamanca-Madrid, Afrodisio Aguado, 1967; No fue posible la paz, Barcelona, Ariel, 1968; Por un Estado de derecho, Barcelona, Ariel, 1969; Discursos parlamentarios, Madrid, Taurus, 1971; La fe a través de mi vida, Bilbao, Desclée de Brouwer, D.L, 1975; Marginalia política, Barcelona, Ariel, 1975; La monarquía por la que yo luché: páginas de un diario (1941-1954), Madrid, Taurus, 1976; Un final de jornada: 1975-1977, Madrid, Pablo Beltrán de Heredia, 1977; con N. Pérez Serrano, Diccionario de términos electorales y parlamentarios, Madrid, Taurus, 1977; La aventura de las autonomías, Madrid, Rialp, 1980; Últimos encuentros con Franco,  Santander, Taller de Bedia, 1997; Oliveira Salazar, Santander, Taller de Bedia, 1997; Recuerde el alma dormida: historia y vida recreadas por la muerte, Santander, Taller de Bedia, 2002.

 

Bibl.: J. Arrabal, José María Gil Robles. Su vida, su actuación, sus ideas, Ávila, Tip. y Enc. de Senén Martín Díaz, 1935; J. Cortés Cavanillas, Gil Robles, ¿monárquico? Misterios de un político, Madrid, Imprenta Sáez Hermanos, 1935; J. Monge Bernal, Acción Popular. Estudios de biología política, Madrid, Imprenta Sáez Hermanos, 1936; A. Fernández Arias, Gil Robles, la esperanza de España, Unión Poligráfica, Madrid, 1936; C. Seco Serrano, “La experiencia de la derecha posibilista en la II República Española”, est. prelim. en J. M.ª Gil Robles, Discursos parlamentarios, Madrid, Taurus, 1971; Ó. Alzaga, La primera democracia cristiana en España, Barcelona, Ariel, 1973; R. A. H. Robinson, Los orígenes de la España de Franco: Derecha, República y Revolución. 1931-1936, Barcelona, Grijalbo, 1974; J. Tusell, Historia de la democracia cristiana en España, Madrid, Sarpe, 1974, 2 vols.; J. R. Montero, La CEDA. El catolicismo social y político en la Segunda República, Madrid, Revista de Trabajo, 1977; S. Varela, Partidos y Parlamento en la Segunda República, Barcelona, Ariel, 1978; J. Tusell y J. Avilés, La derecha española contemporánea. Sus orígenes: el maurismo, Madrid, Espasa, 1986; R. Valls, La derecha regional valenciana (1930-1936), Valencia, Edicions Alfonso el Magnánim, 1992; J. Gil Pecharromán, Conservadores subversivos. La derecha autoritaria alfonsina, 1913-1936, Madrid, EUDEMA, 1994; S. G. Payne, La primera democracia española. La Segunda República, 1931-1936, Barcelona, Paidós, 1995; L. Arranz, “Modelos de partido”, en Revista Ayer, n.º 20 (1995), págs. 81-110; M. Vincent, Catholicism in the Second Spanish republic. Religion and Politics in Salamanca, 1930-1936, Oxford, Oxford University Press, 1996; P.C. González Cuevas, El pensamiento político de la derecha española en el siglo XX: de la crisis de la Restauración al Estado de partidos (1898-2000), Madrid, Tecnos, 2005; A. Rojas Quintana, José María Gil-Robles. Historia de un injusto fracaso, Madrid, Síntesis, 2010; M. Álvarez Tardío, “La CEDA y la democracia republicana”, en F. Rey Reguillo (dir.), Palabras como puños. La intransigencia política en la Segunda República española, Madrid, Tecnos, 2011, págs. 341-418; M. Álvarez Tardío, Gil-Robles. Un conservador en la República, Madrid, Gota a Gota, 2016; M. Álvarez Tardío y R. Villa García, 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular, Madrid, Espasa, 2017.

 

Manuel Álvarez Tardío