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Félix Gordón Ordás

Biografía

Gordón Ordás, Félix. León, 11.VI.1885 – Ciudad de México (México), 26.I.1973. Presidente del Consejo de Ministros del gobierno republicano en el exilio (París, 1951-1960) y veterinario.

Nacido de unos padres “arrancados de la cantera del pueblo [...] ella [Bárbara], sirvienta desde los 13 años, desoladoramente sola; él [Rosendo], del campo y albañil”, Gordón Ordás estudió Veterinaria en su ciudad natal —porque no pudo trasladarse a Oviedo para cursar Derecho, que era su primera vocación— en la entonces Escuela Especial de Veterinaria de León, centro en el que se licenció en 1905 y al que quedaría ligado como profesor auxiliar durante los tres años siguientes. En 1909 ganó las oposiciones del recién creado Cuerpo Nacional de Inspectores de Higiene y Sanidad Pecuarias y contrajo matrimonio civil con Consuelo Carmona Naranjo. Como había obtenido el número uno de aquella convocatoria, pudo elegir por destino Madrid, donde inmediatamente ocupó la plaza de jefe provincial de aquella inspección.

Desde la capital de España comenzó entonces una carrera en la que lo estrictamente profesional y lo público se unieron indisolublemente, dando lugar a ese perfil de “político de la veterinaria”, que constituye su rasgo más sobresaliente. Ante todo, Gordón Ordás fue un renovador radical de su profesión, a la que concibió como elemento de transformación de una sociedad mayoritariamente agraria y ganadera dentro de un orden político nuevo, el republicano. Una posición que le convirtió en referente obligado para los profesionales de la veterinaria; unos, fieles a sus propuestas de renovación educativa y práctica; otros, necesariamente opuestos: filias y fobias que le acompañaron durante toda su trayectoria pública, como corresponde a un temperamento enérgico y muy activo, con inquietudes muy amplias, como su pasión por el teatro o por la música de Wagner y toda la cultura alemana.

Su primera intervención pública significativa se produjo, pues, en el ámbito profesional, creando algunos instrumentos de verdadera renovación científica en su especialidad. Así, la Revista de Higiene y Sanidad Pecuaria —fundada en 1911, en la que se pudieron leer artículos científicos de los veterinarios españoles y las traducciones de los mejores trabajos publicados en el extranjero—, el boletín semanal profesional La Semana Veterinaria (1917) y La Nueva Zootecnia (1928); publicaciones fundadas y/o dirigidas por Gordón Ordás, que sólo se interrumpieron tras el comienzo de la Guerra Civil. Además, promovió y organizó la Asociación Nacional Veterinaria de España (ANVE), precedente directo de la organización colegial de los veterinarios, que también supuso una buena plataforma para la elevación política de Gordón desde la década de 1920.

Pero sus inquietudes políticas se habían despertado mucho antes, en torno al escaso debate sobre la Guerra de Cuba (y el subsiguiente “desastre”), y en el ámbito cultural del republicanismo leonés liderado por Gumersindo Azcárate. En 1899 intervino el joven Félix Gordón en un acto político celebrado en León para conmemorar la Primera República y desde entonces empezó a desplegar una gran actividad, combinando la lectura (Nietzsche, Proudhon, Bakunin, Stirner o Sorel) con la publicación de fogosos artículos de juventud en los que unas veces denunciaba el sistema monárquico de la Restauración y otras polemizaba con las diferentes sensibilidades republicanas y socialistas de aquellas fechas. Participó en la formación de Unidad Republicana (finales de 1903), por lo que en 1904 intervino en un acto político en León junto al asturiano Álvaro de Albornoz. Alejandro Lerroux lo contactó desde Barcelona y, por algún tiempo, Gordón adoptó no sólo sus posiciones políticas sino también el estilo expresivo de los jóvenes que rodeaban al “emperador del Paralelo”; en el Partido Radical permaneció hasta 1914, cuando contribuyó a fundar el Partido Radical Socialista, en el que más tarde ocupó sucesivamente los cargos de secretario general y presidente.

Sin abandonar su impronta republicana, desde que se convirtió en funcionario el juvenil activismo de Gordón Ordás se fue concentrando cada vez más en la renovación de la carrera y la profesión de los veterinarios, de tal manera que cuando se presentó por primera vez a unas elecciones a Cortes —en 1923, por el distrito de Fraga-Tamarite (Huesca), elecciones que perdió frente al cacique local por doce votos—, lo hizo como candidato republicano-veterinario. En 1912 se había enfrentado ya al Decreto de Santiago Alba que autorizaba la apertura de las Escuelas de Veterinaria (y acaso su dirección) a otros profesionales (sobre todo médicos y agrónomos); entre esa fecha y 1916 desarrolló una intensa campaña a favor del reconocimiento general de los veterinarios titulados, como potenciales dinamizadores de la riqueza nacional y del desarrollo económico español. Para ello era necesario comenzar por la renovación de los estudios, elevando su calidad y desterrando la imagen de la veterinaria como “pobre y sufrida clase” (la cenicienta de los títulos universitarios), que se disputaba con otros oficios pobres “el derecho a poner zapatos a las caballerías”, sobre todo en el medio rural, donde las licencias del ejercicio profesional dependían esencialmente de los caciques locales.

El objetivo de Gordón Ordás era convertir a los veterinarios en directores de las explotaciones pecuarias, facultados para modernizarlas con sus conocimientos técnicos y científicos. El modelo a seguir lo encontró en Alemania y el instrumento adecuado en una fuerte organización profesional, que requería —en su opinión— tanto el contacto con los ganaderos como “la conquista de la Gaceta”, lo que asimismo implicaba una auténtica batalla política por la profesión, para influir en los niveles de decisión oficial y en sus disposiciones. Sólo así podrían mejorar, por fin, las remuneraciones de los titulados, última parte de la proposición de Ordás que cerraba todo su elaborado plan para prestigiar la veterinaria y que exigía, según él, un cambio profundo en la mentalidad de los que ya la ejercían.

Estas propuestas, que figuraban ya en Mi evangelio profesional (1918), se van matizando a lo largo de los años veinte —tiempo en el que también se consolidó la ANVE—, tras múltiples viajes, contactos, reuniones y comidas de Gordon y sus colaboradores por las provincias españolas, desarrollando campañas de información y filiación a la causa profesional. Una actividad que le proporcionaría popularidad e influencia, a la vez que, bajo la dictadura de Primo de Rivera, contribuiría a publicitar su perfil de opositor al régimen, al que negó su colaboración cuando el propio dictador se la pidió para que elaborara urgentemente un plan agrario —se habían conocido años antes durante un largo viaje en tren, en el que, al parecer, conversaron sobre los problemas agrarios del interior—, y al declinar la oferta de formar parte de la Asamblea Legislativa que sustituyó al Congreso. Además, en las reuniones con sus colegas y siempre que pudo burlar la censura, no reparó en críticas al Directorio o en participar en movimientos contra la dictadura.

Todo ello acabaría desembocando en el destierro de Gordón (“traslado” desde la Inspección de Madrid) a la localidad de Puente Barjas (Orense, frontera con Portugal, trece vecinos); en el secuestro de varios números de la Semana Veterinaria y la disolución de la Asociación Nacional Veterinaria de España, así como en la prohibición a su promotor de participar como accionista en una sociedad cooperativa, el Instituto Veterinario Nacional, creado para incentivar la producción nacional de farmacológicos bajo la dirección veterinaria.

Tras la caída de Primo de Rivera, Gordón Ordás fue repuesto en su plaza de Madrid y la ANVE le nombró su presidente en 1930. A partir de esa fecha, la popularidad y el prestigio que logró lo colocaron en una magnífica posición para intervenir en el escenario político que se abrió tras la proclamación de la República. En las elecciones a Cortes Constituyentes de junio de 1931, formó parte de la conjunción republicano-socialista (desde su partido, el Republicano Radical-Socialista) y obtuvo el acta de diputado por León con 56.543 votos, una confianza electoral que renovó en la convocatoria de noviembre de 1933 (41.663 votos) y en febrero de 1936, con 72.985 votos, obtenidos gracias a la organización de cincuenta y una agrupaciones de Unión Republicana (formación política que entonces lideraba) y una intensa campaña a base de expediciones, que llevarían a Gordón Ordás hasta los lugares más recónditos de León.

El bienio reformista republicano le dio la oportunidad de gestionar las bases de su programa para la renovación de la veterinaria, al tiempo que su figura política adquiría relieve en el panorama nacional. Intervino decididamente en el debate constitucional —llegó a redactar un proyecto global de Constitución, del que sólo tuvieron acogida algunas enmiendas— y alcanzó diferentes responsabilidades de gobierno: director general de Minas, subsecretario de Fomento y director general de Ganadería e Industrias (1931), así como ministro de Industria y Comercio en el gabinete de Martínez Barrio (octubre-diciembre de 1933). El más destacable de esos destinos fue la Dirección General de Ganadería, creada a finales de 1931, tras una tormentosa discusión sobre un proyecto del Gobierno (elaborado por Gordón desde la Subsecretaría de Fomento) y cuyo texto rechazó la comisión parlamentaria, obligando al ministro Albornoz a plantear una “cuestión de confianza” ante la misma para sacarlo adelante. La confrontación se debió a que la norma contemplaba el futuro desarrollo y gestión de la ganadería española bajo la “inteligencia directora” de los veterinarios, con la consiguiente merma de competencias para los agrónomos y otros profesionales afines. Por aquellos días la prensa caricaturizaba intensamente a Gordón, como también lo hacían Azaña y otros. Una vez en la Cámara, la capacidad oratoria y polemista del veterinario —el diario La Libertad le dedicó un artículo en el que ponderaba su facilidad expositiva, bajo el título “el orador”—, unida a su profundo conocimiento de la materia, suavizó los recelos y el proyecto de la Dirección General de Ganadería fue aprobado. Por él los servicios ganaderos (excepto los de la Veterinaria Militar), quedaban concentrados en Fomento (que contenía a Agricultura) y se creaba una Sección de Higiene Alimenticia en Sanidad.

El Decreto contenía otras muchas novedades, entre ellas un plan de enseñanza universitaria, inspirado en el norteamericano de entonces, que residenciaba en las Escuelas de Veterinaria la formación de los profesionales y la investigación; especificaba minuciosamente la distribución de materias por cursos y exigía el aprendizaje del alemán como lengua extranjera preferente. El también llamado “plan Gordón” concebía la carrera en dos grados, el de veterinario (asimilable a la licenciatura) y el de ingeniero pecuario (doctor); reglamentaba con detalle el sistema de acceso y selección del profesorado a las escuelas y contemplaba la adjudicación de becas y pensiones para estudios dentro y fuera de España. Además se señaló a dicha Dirección General una serie de competencias de carácter social, como el asesoramiento para la formación de cooperativas ganaderas, asociaciones y seguros pecuarios o el fomento del sector a través de la investigación, que llevaría a la creación de las estaciones pecuarias y a la del Instituto de Biología Animal.

Igualmente reseñable, por novedosa, fue la creación de un censo ganadero —Azaña lo nombró “registro general de animales en que habían de inscribirse hasta los gazapos [...] al cumplir los tres meses de edad” y lo calificó de “cosa divertidísima” que habría provocado la carcajada de todos, incluido el ministro Albornoz—, instrumento estadístico para el sector, desconocido en España pero no inédito, puesto que se inspiraba en experiencias extranjeras similares.

El balance de Gordón Ordás como activista y gestor público, su gran capacidad organizativa y la de previsión, que le sitúan en la vanguardia de su tiempo, resultan más luminosas que la figura estrictamente política del ilustre veterinario, moviéndose en el complejo escenario de alianzas de la Segunda República. No se entendió con los líderes nacionales del PSOE, sobre los que marcó distancias desde el primer momento, recordándole a alguno su participación en instituciones de la pasada dictadura; una distancia que se agrandaría al calor de debates como el ya mencionado sobre la Ley y posterior Decreto de creación de la Dirección General de Ganadería y, sobre todo, el de la modificación del sistema electoral que sería aprobada en julio de 1933 (con los votos de socialistas y republicanos de izquierdas) y a la que Gordón Ordás se opuso frontalmente porque incentivaba la formación de alianzas electorales amplias, exigiendo a las candidaturas la obtención del cuarenta por ciento de los sufragios para triunfar en la primera vuelta. Precisamente en aquellos meses, Gordón encabezaba ya una de las dos tendencias de su Partido Radical Socialista en las que éste se escindiría al finalizar el verano, y se alineaba con los grupos republicanos que (con Lerroux a la cabeza) pretendían la salida de los socialistas del Gobierno, contra la opinión de Azaña.

Ante todo, Gordón no se entendió casi nunca con este último. El enfrentamiento entre esas dos personalidades fuertes —de “imperioso y áspero” calificaba Azaña al leonés, quien a su vez no comprendía el carácter reflexivo del entonces presidente del Gobierno, acusándolo de “escéptico”, “vacilante” y falto de “capacidad de acción”— alcanzó su punto álgido durante la crisis del primer Gobierno constitucional de Azaña (diciembre de 1931-8 de junio de 1933) que quedaría resuelta el 13 de junio con la vuelta de éste a la Presidencia y algunos cambios de ministros.

Unos días antes (el 5 de junio), en el IV Congreso del Partido Radical Socialista, Gordón había pronunciado un largo discurso dirigiendo todos los dardos contra Azaña, al que ya venía fustigando en otros foros desde la errática acción de Casas Viejas.

Lo que perseguía era fijar ante sus partidarios (labradores, ganaderos y veterinarios; pequeños y medianos propietarios rurales, integrados todavía en el Partido Radical Socialista) la posición política de optar por un gobierno de partidos republicanos, presidido por Lerroux, frente a la opción de Marcelino Domingo y Álvarez Albornoz que lideraban la fracción más próxima a Azaña. El entonces presidente del Gobierno anotó en sus diarios que, aquellos días, algunos le pidieron un ministerio para “callar” al veterinario leonés, pero que rechazó la propuesta “para no premiar la actitud de Gordón dentro de su partido, y contra [Azaña], [...] ni introducir en el Gobierno a un señor que es opuestísimo a la participación socialista”.

En cambio, Gordón reconocería la talla moral de Manuel Azaña, al recordar en sus memorias que este último le ofreció una cartera ministerial después de aquel discurso.

Tras el triunfo de la CEDA y del Partido Radical en diciembre de 1933, Félix Gordón desarrolló una decidida oposición. Primero contra la no aplicación de la Ley de Confesiones y Congregaciones Católicas, empleando toda su fuerza de polemista en la defensa de la separación entre la Iglesia y el Estado, la enseñanza laica y la libertad de conciencia y cultos; pero también combatiendo (por inconstitucional) la fijación de derechos pasivos a los miembros del clero, como si se tratara de funcionarios, lo que le reportaría la calificación de ateo, anticlerical y “comecuras” en la prensa de toda la derecha no republicana y le induciría a aclarar en el Heraldo de Madrid (entrevista del 3 de abril de 1934) que poseía “un profundo espíritu religioso y un hambre terrible de Dios”.

Con todo, Gordón libró la batalla más dura de esta etapa tras la Revolución de octubre de 1934, en el transcurso de la cual su colega y amigo Nicostrato Vela (padre del pintor Vela Zanetti) había sido encarcelado por un enfrentamiento verbal con unos guardias de asalto en León. El diputado veterinario recorrió Asturias, León y Palencia recogiendo testimonios sobre los hechos y su posterior represión. El 12 de diciembre presentó una interpelación urgente para comunicar a la Cámara un informe que condenaba la iniciativa revolucionaria, pero era mucho más severo con la violencia empleada por el Estado para reprimirla, por considerar la actuación de este último fuera de la ley y animada por un espíritu de venganza que habría alcanzado a las familias de los revolucionarios.

Como el Gobierno le da largas, Gordón Ordás publicó clandestinamente ese informe que, pese a todo, alcanzó gran difusión y cuyas conclusiones Gil Robles y Lerroux se apresuraron a calificar de “fabulaciones”, aunque sin entrar a discutir las pruebas que en él figuraban. Gordón continuó la campaña hasta las elecciones de 1936, a las que compareció bajo las siglas de la recién creada Unión Republicana (1934), incluida en el Frente Popular.

Tras el triunfo de este último, Azaña le ofreció la embajada de México, cuyo nombramiento aceptó el 8 de abril de 1936. Por tanto, la sublevación militar que dio paso a la Guerra Civil, la vivió en la capital maya; desde allí gestionó envíos de armas al ejército republicano y empezó pronto a preparar la recepción de los refugiados, con el gobierno mexicano del presidente Cárdenas. Desde 1938 y hasta el final de la guerra, simultaneó este destino con el de embajador de Cuba. Al final de la Segunda Guerra Mundial, el gobierno republicano de Giral (1945-1947) en el exilio le nombró embajador en Guatemala y Panamá —países que, junto a Venezuela y México, anunciaron en 1945 que mantendrían relaciones diplomáticas con los representantes legales de la República— y con el posterior, de Álvaro de Albornoz, fue ministro sin cartera y vicepresidente en funciones en México.

Finalmente sustituyó a este último como presidente del Consejo de Ministros entre 1951 y 1960.

Dos aspectos destacan en la biografía del Gordón Ordás del exilio. El primero es la gestión desarrollada en torno a la Conferencia de San Francisco (1945), junto a Álvaro Albornoz, M. Sbert y Prieto, dirigida a la aprobación de una enmienda sobre “el caso español”, que desembocaría, un año más tarde, en la “recomendación” de la Asamblea de la ONU a los países miembros para que retiraran de Madrid a sus embajadores “si en un plazo razonable no queda establecido un gobierno que obtenga su autoridad de la voluntad de los gobernados”. Resultado al que el franquismo respondió, entre otras cosas, con una campaña de desprestigio de los nombres más conocidos del exilio. El diario Ya dedicó a Gordón Ordás un editorial titulado “Otra maniobra masónica”, cuyo contenido intentaba denigrar la figura profesional del veterinario, al que acusaba (entre otras “exactitudes”) de “desorganización de nuestra ganadería y [de] gravísimos daños inferidos a nuestra cría caballar”.

En los años de presidente del Consejo en París, Gordón volvió a discrepar con algunos socialistas, negándose a contemplar cualquier alianza de oposición con los monárquicos. Sin embargo, comprendía ya en 1956 que el momento político de su generación había pasado; personalmente sólo deseaba reunirse con su familia en México (lo que no hizo hasta 1960) y mantenerse fiel a su ideario de siempre. También discutió con algunos de sus amigos más jóvenes, como el pintor Vela Zanetti. Cuando éste le comunicó que pensaba regresar a España porque le asistía “ese derecho”, Gordón le respondió con una larga carta en la que enfocaba así el dilema de muchos exiliados: “Volver a España no es para nosotros un problema de derecho sino de deber mientras subsista el régimen franquista [...] Sea cual fuere el propósito que ustedes llevan al repatriarse, la consecuencia política de su acto es que apoyan la falsa tesis, tan explotada en el extranjero por los usurpadores, de que en la España de Franco existe libertad [...] por no saber reprimir su legítima impaciencia para reintegrarse a la patria, que también nosotros sentimos [...] y la frenamos”.

Con esta impaciencia frenada por una actitud no sólo política sino moral, vivió modestamente Gordón Ordás en México hasta 1973, escribiendo y trabajando tan incansablemente como lo había hecho en España.

 

Obras de ~: Apuntes para una psicofisiología de los animales domésticos, León, Imprenta de La Democracia, 1916; Resumen de Bacteriología Especial para prácticos y estudiantes, Madrid, Editorial González Rojas, 1917; Mi evangelio profesional, León, Imprenta de La Democracia, 1918; Una campaña parlamentaria. El artículo 26 de la Constitución y los haberes pasivos al clero, Madrid, Imprenta de Galo Sanz, 1934; Crímenes en la retaguardia rebelde, La Habana, Editorial Facetas, 1939; “La ganadería lanar en México”, en Revista de Economía Continental, México, D.F., 1946; Al borde del desastre. Economía y finanzas en España (1939-1951), México D.F., Impresora Guitián, 1949; Mi política en España, México D.F., Talleres Gráficas Victoria, 1961-1963, 3 vols.; Mi política fuera de España, México D.F., Talleres Gráficas Victoria, 1965-1972, 4 vols.; Policía sanitaria de los animales domésticos, Madrid, Editorial González Rojas, s. f., 2 vols.; Manual del inspector de Mataderos, Madrid, Editorial González Rojas, s. f.

 

Fuentes y bibl.: Archivo del Congreso de los Diputados, Serie documentación electoral, 137 n.º 26, 139 n.º 26 y 141 n.º 26.

M. Cordero del Campillo, Aspectos de la vida de D. Félix Gordón Ordás (1885-1973), Oviedo, Universidad, 1973; “Félix Gordón Ordás (1885-1973)”, en Semblanzas Veterinarias, León, Editora Laboratorios SYVA, 1973, págs. 287-333; M. Tuñón de Lara, J. Alfaya, A. Fernández, F. Giralt y J. Marichal, El exilio español de 1939 (guerra y política), Madrid, Taurus, 1976; J. Borrás, Políticas de los exiliados españoles 1944-1950, París, Ruedo Ibérico, 1976; F. Giralt y P. Santidrián, Historia secreta del franquismo. La República en el exilio, Madrid, Ediciones 99, 1977; D. Martínez Barrio, Memorias. Dentro del drama español, Barcelona, Planeta, 1983; C. Sen Rodríguez, “La victoria del Frente Popular”, en La Historia de León. Época Contemporánea, León, Diario de León y Universidad de León, 2000; M. Azaña, Diarios completos: Monarquía, república, guerra civil, Barcelona, Crítica, 2000; M. Etxaniz Macazaga, Félix Gordón Ordás y sus circunstancias. Apuntes para una biografía, León, Fundación Vela Zanetti, 2002; J. F. Fuentes, Luis Araquistáin y el socialismo español en el exilio (1939-1959), Madrid, Biblioteca Nueva, 2002; M. Cordero del Campillo, J. A. Fernández del Campo de las Cuevas y E. Aguirre, Vela Zanetti y Gordón Ordás. Correspondencia en el exilio, León, Fundación Vela Zanetti, 2002; J. Martín Casas y P. Carvajal Urquijo, El exilio español (1936-1938), Barcelona, Planeta, 2002; J. M. Martínez Valdueza y C. Seco Martínez, Las elecciones generales de 1936 en León y su provincia, León, Lobo Sapiens, 2007, págs. 215-218.

 

Elena Aguado Cabezas