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Manuel Portela Valladares

Biografía

Portela Valladares, Manuel. Conde de Brías (IX). Pontevedra, 31.I.1867 – Bandol (Francia), 29.IV.1952. Abogado, ministro y presidente de Gobierno.

Hijo de Juan Portela Dios, natural de Berducido, y de Teresa Valladares Rial, nacida en Pontevedra, donde se casaron. Bautizado en la iglesia de San Bartolomé, quedó huérfano a los diez años y fue adoptado por unos tíos, que por su desahogada posición económica le costearon los estudios en el Colegio regentado por los jesuitas en Camposancos, un “presidio” en sus recuerdos, para luego estudiar Derecho en Compostela, donde obtuvo la licenciatura en Leyes en 1889. Al fallecer su tío y tutor, José Vilas, heredó parte de su patrimonio, y a través de su tía, Juana Portela, que se casó en segundas nupcias con el diputado provincial Ramón Mucientes, entró en los círculos dirigentes del liberalismo democrático monterista de la provincia, colaborando en su órgano de prensa, El Diario de Pontevedra. A pesar de la vinculación personal a Montero Ríos, en su juventud coqueteó con los republicanos, desvelando un cierto anticlericalismo en sus artículos periodísticos.

Pero de lo que no podía presumir era de éxito profesional como abogado, lo que no le impedía, debido al patrimonio heredado, llevar una vida confortable y elegante, y alcanzar la presidencia del Colegio de Abogados de la ciudad, apenas cumplidos los treinta años, tras ejercer algún tiempo como juez municipal.

Ante el desprestigio de Montero Ríos por la solución internacional dada al Desastre del 98 en el Tratado de París, Portela abandonó momentáneamente la política para preparar las oposiciones a Registradores de la Propiedad, ejerciendo desde el 27 de julio de 1898 en Tarancón, Medinaceli, Puebla de Trives, Villadiego y Cogolludo, hasta que solicitó la excedencia el 9 de octubre de 1905, porque cuando Montero Ríos fue llamado por el Rey a la jefatura del Consejo, quiso contar con él para concurrir como candidato gubernamental a las elecciones en el distrito lucense de Fonsagrada, en manos de los conservadores. En estas elecciones de 10 de septiembre de 1905 consiguió su primer acta de diputado, y la retuvo en sus manos en las ocho elecciones generales celebradas desde entonces hasta el advenimiento del Directorio Militar, al lograr implantar un entramado clientelar propio, cuyo muñidor local era Armando Peñamaría. En las últimas elecciones de la Monarquía (29 de abril de 1923) fue proclamado diputado sin elección, en virtud del célebre artículo 29. Como diputado de un distrito rural, Portela se empezó a interesar por las cuestiones agrarias, lo que le llevó a sumarse a la lucha contra los foros, que afectaban a la mayor parte de la propiedad rural gallega, convirtiéndose en uno de los promotores del agrarismo redencionista, movimiento que de acuerdo con la proposición de ley sobre redención de foros y subforos presentada al Congreso por el diputado Eduardo Vincenti en 1907, exigía una solución jurídica para que los campesinos pudieran redimir con dinero las cargas forales que pesaban sobre la tierra que explotaban desde tiempo inmemorial. Con este objetivo, en 1909 fundó con Alfredo Vicenti y Basilio Álvarez la sociedad Acción Gallega.

En la lucha interna de los líderes del Partido Liberal por conseguir una jefatura indiscutida, Portela se distanció progresivamente de Montero Ríos, tras la caída de su gobierno, para alinearse con Canalejas, quien al llegar en 1910 a la jefatura del Consejo de la mano del Rey, lo puso al frente del Partido en Lugo y le nombró gobernador civil de Barcelona, primer puesto de responsabilidad política que le valió cierta reputación de político habilidoso para hacer concesiones. Intentó tender puentes entre Lerroux y Cambó, “fuerzas en hostilidad implacable”, en sus propias palabras, y terminó conociendo los entresijos de los círculos políticos catalanes, aconsejando a Canalejas la aceptación de la Mancomunidad catalana para integrar a la Lliga en el sistema, mientras que en otro orden de cosas conoció a Clotilde Puig de Abaria, IX condesa de Brías, rica heredera con quien contrajo matrimonio el 19 de febrero de 1913, fijando su residencia desde entonces en la Ciudad Condal.

Como su carrera política quedó truncada por el asesinato de Canalejas, que le había promovido a fiscal del Tribunal Supremo, se dedicó a gestionar los negocios familiares, llegando a ser accionista mayoritario de la Sociedad Anónima de Minas del Rif. Descolocado políticamente en los círculos dirigentes del Partido Liberal y con una considerable fortuna, jugó sus cartas políticamente vinculándose al sector más radical del movimiento agrarista gallego que había contribuido a crear. Ante la pasividad del legislador y la negativa de los propietarios a aceptar la redención de rentas, que él mismo se autoaplicó como rentista, el movimiento agrarista se radicalizó de la mano del cura Basilio Álvarez, a quien Portela Valladares secundó para darle un sesgo abolicionista: además de negarse a pagar los foros, exigían la plena propiedad de la tierra sin ningún rescate. Portela fue uno de los líderes que trató de insuflarle un sentido político regionalista proautonomista a este movimiento. En una conferencia en el Ateneo de Vigo, afirmó: “¿Seguiremos tendiendo las manos como mendigos a las puertas de Castilla? ¿Ha de continuar siempre aquel rigor de justicia con que nos domaron los Reyes Católicos?”. La lucha por la tierra del campesinado y el galleguismo anticentralista fue el programa electoral de Portela en los distritos pontevedreses donde el agrarismo abolicionista adquirió tintes más radicales. Con estas propuestas, recogidas en su libro Momentos de Galicia, se presentó a las últimas elecciones convocadas por los gobiernos de la Monarquía en los distritos de Puentecaldelas y Tuy, pero aunque fue derrotado, el ascendiente político conseguido en esta lucha terminó reforzando su posición en el Partido Liberal de la mano de García Prieto, albacea político y yerno de Montero Ríos, quien de anticentralista no tenía ni un pelo. Cuando ante la sorprendente dimisión del conservador Sánchez- Guerra a finales de 1922, el Rey decidió poner en marcha, como último recurso, la alternancia liberal, entregándole el Gobierno a García Prieto, éste le nombró gobernador civil de Barcelona en enero de 1923, porque el líder sindicalista “Noi de Sucre”, estando en prisión, había sugerido su nombre al anterior Gobierno conservador como medio de restablecer la paz social en la ciudad, donde el pistolerismo entre los dos sindicatos rivales, el Libre y el Único, y los métodos gansteriles empleados por el gobernador Martínez Anido ensangrentaban las calles de la ciudad.

Como gobernador, logró desarmar las bandas y descubrió la trama golpista del capitán general, Primo de Rivera, dando oportuna cuenta al Gobierno, que, según confesión propia, no “atendió a la alarma que le transmití”. En el que fue el último Gobierno constitucional de la Monarquía, García Prieto le dio la cartera de Fomento, tomando posesión el 2 de septiembre de 1923, pero apenas pudo ejercer, porque recibió el encargo del presidente de marchar a Barcelona para parar el pronunciamiento de Primo de Rivera, quien, ante su inminente llegada, se le adelantó, por lo que ya no pasó de Zaragoza. En todas las deliberaciones del Consejo sobre este asunto, Portela propuso la destitución fulminante de todos los golpistas y la convocatoria inmediata de las Cortes, pero cuando al fin su propuesta fue asumida por el presidente, Su Majestad no la sancionó porque “necesitaba reflexionar”, con lo que García Prieto dimitió (15 de septiembre de 1923) y el Rey por su cuenta y riesgo le entregó todo el poder a Primo de Rivera, a quien Portela concedía “grandes atractivos personales”, pero calificó su régimen dictatorial como los “siete años indignos”. Portela, como otros líderes de la “vieja política”, una vez establecida la dictadura con amplio apoyo popular constatado, ni se opuso ni colaboró con el régimen, dedicándose a sus actividades empresariales, entre ellas, la creación a comienzos de 1924 de un diario en Vigo, El Pueblo Gallego, que aprovechando los resquicios de la censura gubernativa consiguió hacerse con una parte importante del mercado periodístico regional frente a otros diarios menos críticos.

A la caída de la dictadura, como el gobierno de Berenguer permitió una cierta reanudación de la actividad política de cara a las elecciones que pensaba convocar para volver a la normalidad constitucional, Portela Valladares recibió la oferta de Casares Quiroga de presidir todas las fuerzas republicanas gallegas, en un almuerzo celebrado en Santiago el 7 de septiembre de 1930, pero lo rechazó al apostar por la reforma constitucional y el entendimiento con significados galleguistas (Alfonso D. Rodríguez Castelao), melquiadistas, agraristas (Basilio Álvarez) y lerrouxistas, en el llamado Pacto de Barrantes, con el objetivo de desbancar en la región al coservadurismo bugallalista en la anunciada confrontación electoral. La inesperada proclamación de la República, tras las elecciones municipales, le dejó fuera de juego, aunque consiguió acta de diputado por Lugo como independiente en las elecciones constituyentes, pese a la “brutalidad” de una ley electoral promulgada por decreto del Gobierno Provisional para “pisotear la democracia” con “la más desatentada máquina de primas a la mayoría” y las correspondientes presiones para “obligar a desistir de la lucha a los candidatos que no entraban en las combinaciones ministeriales”. Diputado solitario en las Constituyentes, cuyos modos y maneras no compartía, se convirtió en apesadumbrado “espectador” de los debates, por lo que sus intervenciones fueron escasas, votando finalmente a favor de la Constitución, a pesar de estar “en disconformidad con ella”.

Tanto por su convicción autonomista como por su amistad con Alfonso D. Rodríguez Castelao, también diputado constituyente, secundó activamente durante el primer bienio republicano las iniciativas emprendidas por el Partido Galleguista para conseguir un Estatuto de autonomía para Galicia, quedando reflejado su peculiar punto de vista en su conferencia Unificación y diversificación de las nacionalidades y en el libro Ante el Estatuto, con una portada original de aquél alusiva al agrarismo. Disueltas las Constituyentes, que en su opinión no debieran prolongar su mandato una vez aprobada la Constitución y elegido el presidente de la República, en las elecciones legislativas de 1933 no consiguió, pese a una intensa campaña, revalidar su escaño por Lugo, donde permaneció hasta el día de los comicios. Apartado de la política por las urnas, fue Lerroux quien, en sus propias palabras, obró “el triste milagro de resucitar un muerto” al nombrarle gobernador general de Cataluña, cargo creado tras el sometimiento de la rebelión separatista de octubre de 1934, y en la primera crisis ministerial que se le presentó, lo ascendió a ministro. Las claves para estos nombramientos están en la aproximación de Portela al líder del lerrouxismo pontevedrés Emiliano Iglesias, lo que implicaba su alejamiento de los galleguistas, y al apoyo del presidente de la República, Alcalá-Zamora, viejo conocido y antiguo compañero de partido en tiempos de la Monarquía. En ese gobierno de Lerroux, formado el 3 de abril de 1935, Portela Valladares recibió la cartera de Gobernación por “expresos deseos del señor Alcalá-Zamora”, y continuó tras su remodelación (6 de mayo de 1935). Pero a “paso de lobo”, en opinión de quien lo había sacado de la “tumba”, se convertirá en instrumento político del presidente de la República, quien tras la remodelación y dimisión del gobierno de Lerroux (25 de septiembre de 1935) y la inviabilidad parlamentaria de los dos gobiernos formados por Chapaprieta (del 25 de septiembre de 1935 al 14 de diciembre de 1935), optó por la disolución del Parlamento para solucionar las recurrentes crisis ministeriales, creando una nueva fuerza política de centro. Para este cometido, descartadas otras opciones, le entregó el Gobierno a Portela Valladares (14 de diciembre de 1935), quien sin apoyo parlamentario y al frente de un gobierno que, en su opinión, era “una merienda de negros”, lo remodeló el 30 de diciembre de 1935, tras obtener del presidente el decreto de disolución firmado y con la fecha en blanco. La estrategia de Portela, que además de la presidencia desempeñaba la cartera de Gobernación, de acuerdo con el presidente de la República, era la de retrasar la convocatoria electoral tanto como fuera posible para darle tiempo al Gobierno a crear la fuerza política de centro que obtuviera un número de diputados suficiente para impedir la mayoría de las izquierdas o de las derechas. Pero la beligerancia de Gil Robles al frente de Acción Popular y el acuerdo de la Comisión Permanente de reunir inmediatamente las Cortes, le obligó a adelantar el decreto de disolución presidencial, cuyo preámbulo especifica que es la primera, y la fecha de la convocatoria electoral para impedirlo legalmente. El Gobierno, levantada la suspensión de garantías constitucionales, se lanzó a la tarea de crear el Partido de Centro Democrático, y el periódico El Pueblo Gallego se encargó de desarrollar una intensa campaña de propaganda electoral a su favor insistiendo en la necesidad de evitar a toda costa la guerra civil. El jefe de Gobierno, en alocución retransmitida por radio y publicada por la prensa la víspera de los comicios, empeñó su palabra de honor en garantizar la neutralidad electoral al mismo tiempo que hacía un llamamiento al “sentido ciudadano de los partidos” y manifestaba su esperanza en que “la masa neutra que desea paz, trabajo, justicia, orden y libertad dentro de la ley”, se desentendía de “extremados programas políticos para encontrar una síntesis” que posibilitara la convivencia. Ante el inesperado triunfo del Frente Popular, que Portela consideró consecuencia de la “estúpida e impolítica represión de los sucesos de octubre” y a la participación de la Confederación Nacional de Trabajadores-Federación Anarquista Ibérica (CNT-FAI) en los comicios, decidió “someterse a aquella realidad desvanecedora de esperanzas” la misma noche del escrutinio, presentando su dimisión inmediatamente. Tanto Gil Robles como el general Franco se entrevistaron con él, reiteradamente, para ofrecerle su colaboración incondicional y que continuara al frente del Gobierno, por lo menos hasta la reunión de Cortes. Y el presidente de la República, para que continuara en el cargo, le firmó sin fecha el decreto declarando el estado de guerra, que el Gobierno dio a conocer para disuadir alborotos, proclamando el estado de alarma que restringía la libertad de prensa y el derecho de reunión. Pero como reacción a este apoyo de las derechas, las izquierdas se empezaron a movilizar con la consigna de amnistía para los presos y restitución de los concejales depuestos, ante el temor “de que pudiera serles arrebatado el triunfo electoral”, según Portela. Y ante las manifestaciones, alborotos y tumultos promovidos, según su información, por Izquierda Republicana, presentó su dimisión “inmodificable” al presidente, quien, como no consiguió persuadirlo de que continuara hasta la reunión de Cortes, le entregó sin consultas el Gobierno al líder del Frente Popular, Azaña, para lograr la desmovilización y restablecer el orden público sin utilizar la fuerza. Según Alcalá-Zamora, para quien la dimisión de Portela fue una “deserción”, fue él quien, asustado, le pidió por teléfono la madrugada del día 17 el decreto de “suspensión de garantías y aun el estado de guerra”, a lo que accedió; pero “ante la primera manifestación del frente popular, perdió Portela la serenidad” y el 19 de febrero de 1936 dimitió alegando que el cargo no era “obligatorio” y no estaba dispuesto a hacer frente al desorden.

Como diputado por Pontevedra en las Cortes en que el Frente Popular ostentaba abrumadora mayoría, Portela se opuso con su minoría y votó en contra de la destitución —“injusta, ilógica, estúpida”— del presidente de la República, pero luego votó a Azaña para sucederle “como mal menor”. Esta operación de “derribo” fue para Portela en buena medida urdida y promovida por las “codicias de ascenso” de Azaña, a quien considera vanidoso, egocéntrico, demagogo y un dictador que “creó y rigió una República de fábulas, embelecos, desórdenes, ruinas y de millón y medio de muertos”. En sus intervenciones parlamentarias, Portela abogó siempre por la concordia entre los extremos irreconciliables, y en este sentido consideraba que al “grave y desquiciante error político” de la elección de Azaña como presidente, se sumó el de Casares Quiroga, su instrumento político, como jefe de Gobierno, porque “su voz se perdía en el estruendo y la violencia sindicales”, con lo que la situación se degradó alarmantemente y en vez de templar su actuación, se dedicaba en las Cortes a “soltar retos y amenazas que echaban leña al fuego que Calvo Sotelo encendía”. Ante el “crimen cometido” con el líder monárquico y dado que las sesiones de Cortes fueron suspendidas para evitar la responsabilidad del Gobierno, en la reunión de la Permanente abogó de nuevo por devolver “la paz civil a la nación”.

La insurrección militar, que en Cataluña fracasó, le alcanzó en su domicilio de Barcelona, donde permaneció escondido para salvar la vida hasta que pudo burlar las llamadas “patrullas de control” que le buscaban, y logró alcanzar un buque de la Armada francesa atracado en el puerto para asilarse en Francia.

Mientras en Cataluña era declarado, por su huida, desafecto a la República y confiscado todo su patrimonio familiar, los llamados nacionales se incautaban de su periódico en Vigo y Queipo de Llano lo convertía por Radio Sevilla en “el viejo canalla, falsificador de las elecciones”. Ante las noticias que recibía en el exilio del caos y desorden reinantes en la zona republicana y con la pretensión de salvar su matrimonio y parte de su patrimonio, escribió una carta de adhesión a Franco en la que le enviaba “la más honda y expresiva felicitación” y le ofrecía “fervorosos votos por su ingente obra, que ha de dar a nuestro país un mañana de orden, de justicia, de paz, de prosperidad y de fortaleza” para salvar a la Patria “de la barbarie, del crimen, de la destrucción erigidos en sistema de gobierno”. Esta carta, fechada en Niza el 8 de octubre de 1936, se hizo pública cuando, al separarse de su mujer, franquista hasta la médula, cambió radicalmente de opinión y aceptando la invitación de Negrín se presentó en agosto de 1937 en las Cortes de Valencia para afirmar que la rebelión había surgido al ser “las derechas derrotadas en las urnas” y que consideraba “deber ineludible, prestar concurso, cooperación y adhesión al Gobierno legítimo de la República” porque se había restablecido el orden y la autoridad. Azaña recoge en su Cuaderno de La Pobleta que fue recibido por las Cortes “bastante bien”, pero con su característica sagacidad anota que lo que pretende en realidad “es un embeleco” y vender sus servicios prestados a la política republicana. Miembro de la Comisión Permanente de las Cortes en Montserrat como diputado centrista, intentó con sus gestiones atraer efectivamente a las democracias occidentales a la causa de la República, por lo que regresó a París, donde conoció la derrota y pronto tuvo que salir huyendo hacia Marsella ante el imparable avance alemán, con la pretensión de embarcar para América; pero su quimera se frustró porque el régimen de Pétain lo encarceló y confinó en Cassis sur Mer, aunque no accedió a la extradición. Tras la liberación, pasó los últimos años de su vida en Bandol, acercándose al republicanismo nacionalista gallego del exilio, a través de su viejo amigo Alfonso D. Rodríguez Castelao, quien le precedió en el último viaje. En su declaración testamentaria, redactada en francés, manifestó su deseo de ser incinerado en Marsella por su condición de masón, legó sus bienes al Museo de su ciudad natal, que conserva su memoria, y sostuvo como imperecederos los principios ideológicos que marcaron toda su vida, con estas bellas palabras, traducidas del francés: “declaro que mi espíritu se mantiene fiel a la ideología liberal, humana, tolerante, que le debo a Galicia, mi tierra amada”. El régimen de Franco le aplicó la Ley de Responsabilidades Políticas, incautándose de sus bienes.

 

Obras de ~: con A. Pérez Crespo, Oposiciones al cuerpo de Abogado del Estado, contestación a las Lecciones de Ley Hipotecaria, Madrid, Antonio Marzo, 1902; Momentos de Galicia: conferencia pronunciada en el Ateneo de Vigo el 28 de agosto de 1922, Barcelona, Dalmau Yuste y Bis, 1922; Unificación y deviersificación de las nacionalidades. El Priscilianismo (conferencia en el Centro Gallego de Barcelona, 25 de julio de 1932), dibujos de A. R. Castelao, Barcelona, Tipografía Cosmos, 1932; Ante el Estatuto, Barcelona, 1932; Memorias dentro del drama español, selec. y ed. de J. A. Durán Iglesias, Madrid, Alianza, 1988; Dietario de dos Guerras (1936-1950): notas, polémicas y correspondencia de un centrista español, ed. de J. A. Durán, Sada-La Coruña, Edición do Castro, 1988; A nosa terra e nós: escritos en galego, ed. y recopil. de X. E. Acuña, Pontevedra, Casal, 1992.

 

Bibl.: J. A. Durán, “¿Quién fue en realidad Manuel Portela Valladares?; Entre el exilio, el cautiverio y la muerte (Algunas claves necesarias)”, en M. Portela Valladares, Memorias dentro del drama español, op. cit.; E. López Fernández, El diputado por Fonsagrada: don Manuel Portela Valladares, Oviedo, Sograndio, 2002; P. Mera Costas, “Diseño y construcción de un proceso electoral. Manuel Portela Valladares y las elecciones de 1936”, en Hispania Nova, nº 11 (2013); N. Alcalá-Zamora, Asalto a la República, Enero- Abril de 1936. Los diarios robados del Presidente de la Segunda República, Madrid, La Esfera de los Libros, 2011; M. Álvarez Tardío y R. Villa García, 1936. Fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular, Barcelona, Espasa, 2017.

 

José Rodríguez Labandeira