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Alejandro Lerroux García

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Biografía

Lerroux García, Alejandro. La Rambla (Córdoba), 4.III.1864 – Madrid, 27.VI.1949. Político.

Nacido en un hogar cuyo cabeza —liberal, culto, discreto— llegó a alcanzar la máxima graduación en la veterinaria militar de la época —comandante— y se encontró firmemente unido a su esposa —hija de médico rural— por sus hondas y abiertas convicciones religiosas, su infancia y adolescencia transcurrieron acorde con el nomadismo geográfico que reglaba por entonces la vida de los integrantes del estamento militar. Así, apenas había pasado un mes de su nacimiento cuando su familia se trasladó a Córdoba —estancia relativamente prolongada: casi un lustro— para marchar luego a Pamplona, Vitoria, Alcalá de Henares, Cádiz, estancia ésta prolongada y decisiva en su existencia ulterior, antes de la cual un Lerroux de diez años estuvo una muy dilatada temporada en el pueblo zamorano de Villaveza acompañando a su tío materno, párroco del pueblo, del que fue atrabiliario monaguillo y con quien aprendió la lengua latina, a la que su peculiar y caótica formación le debería, sin embargo, un cierto ahormamiento mental y, desde luego, un buen conocimiento de la gramática española.

De igual modo, niñez y juventud tan asendereada le proporcionaron una inestimable familiaridad con el paisaje social y físico de la Península, de la que se enorgullecería posteriormente con gran frecuencia y que tantos servicios le prestara en su carrera política, radicando con suma probabilidad en aquélla una de las claves más importantes de ésta.

El largo avecindamiento en Cádiz, durante el cual aconteció el tránsito de su niñez a la adolescencia, quedó marcado sobremanera en la biografía del futuro campeón del republicanismo español por el discipulado intenso y cordial con uno de los historiadores de más honda influencia en la formación de la conciencia histórica y, por ende, de la visión e imagen de España: el catedrático del instituto nacional de enseñanza media gaditano, el abulense Alfonso Moreno Espinosa, republicano de insobornable obediencia castelarina, cantor epinicio de un pretérito glorioso, cuando no epopéyico. Pese a sus insistentes consejos, su rendido alumno no siguió sus vivos consejos de proseguir el bachillerato, abandonado en su tercer curso para sentar plaza como cabo en un regimiento sevillano, a manera de intermedio obligado —por la carencia de medios económicos de su familia— para aspirar a ingresar en la recién creada Academia Militar de Toledo y graduarse en ella de oficial, conforme a un propósito muy arraigado en la vida de un joven remecido por toda clase de pulsiones e ideas invariablemente sin decantar ni materializarse.

Ingresado sin plaza en dicho establecimiento militar, no pudo después proseguir la carrera de las armas a causa de incontables peripecias entre las que sobresaldría su carencia de recursos económicos, a causa sobre todo de la irresponsabilidad de su hermano mayor, oficial de Infantería por entonces en Oviedo y desposado con una rica heredera. Con un amor al oficio castrense nunca luego desmentido, comenzó tras dicho fiasco —empedrado de lances y sucesos dignos de la mejor novela de aventuras— un nuevo capítulo en su azacaneada trayectoria. Desenvuelto esencialmente en Madrid, tuvo como meta obsesiva encontrar un medio de fortuna estable. Con indudable talento natural, rica experiencia, don de gentes e indomable energía contra las adversidades, numerosos y efímeros empleos y tareas en los más diversos ramos de las actividades económicas de menor rango acabaron por forjar un carácter que acabó al término de este pasaje existencial por hallar su definitiva vocación —y profesión— en el periodismo.

Efectivamente, introducido al frisar la veintena en el mundo del periodismo —también por circunstancias azarosas—, asentó en su delicuescente territorio sus reales hasta el ingreso mismo en la gran escena del país con la instauración de la Segunda República.

Justamente El País se denominaba el periódico madrileño de filiación republicana en el que, en 1886, ingresó como meritorio sin retribución alguna el que, muy pronto y de forma por entero imprevisible, habría de ser su dinámico y controvertido director a lo largo de un septenio colmado. Merced a su dinamismo, espíritu combativo y acertadas innovaciones, el diario de orientación y credo afines al Partido Progresista Republicano de Ruiz Zorrilla —ídolo tanto de Alejandro Lerroux como de su mismo y recatado progenitor— no tardó en erigirse en miembro de la más poderosa tríada del periodismo madrileño del momento, encabezada por El Imparcial, secundada por El Liberal —en ocasiones, había alternativas en la cúpula del ranking...— y terminada con el diario revelación de las postrimerías del XIX madrileño. No obstante los éxitos cosechados por su polémico piloto —duelos a pistola y sable, ruidosas disputas, amenazas de muerte, conspiraciones intra y extra moenis...—, los avatares del republicanismo finisecular determinaron la salida de él de Lerroux, con el fin de lanzar un diario que avalara y sostuviera la jefatura del célebre doctor José María Esquerdo al frente del legado de Ruiz Zorrilla, fallecido en 1895. Cerca de un lustro permaneció en la dirección del diario madrileño El Progreso, con indudable favor de público y crítica, que fueron más allá en ciertas ocasiones de la simple militancia o la adhesión política. Con colaboradores como Clarín o —su contrafigura— Luis Bonafoux, Azorín y F. Montseny —Federico Urales— y con campañas como las realizadas contra los más que presuntos tormentos y vejaciones sufridos en las celdas del castillo barcelonés de Montjuic por republicanos y ácratas acusados de la autoría de los célebres atentados, el periódico alcanzó altas cotas de tirada y popularidad.

Sería, precisamente, una de tales campañas —la desencadenada en torno a las responsabilidades del Desastre—, la que acarreara un largo paréntesis en la dirección de Lerroux al ser detenido y encarcelado en la Cárcel Modelo de la capital de la nación —del 2 mayo de 1898 al 2 de febrero de 1899—, en la que fue sometido a diversos consejos de guerra por delitos de desacato e injurias a la Reina Regente y diversas instituciones y autoridades del Estado.

Con el nuevo siglo se inauguró también otra fase del recorrido biográfico del personaje. En las resonantes elecciones generales de 19 de mayo de 1901 resultó elegido diputado por Barcelona, acompañado —en primer lugar— de su correligionario Francisco Pi i Margall. Durante más de dos décadas gran parte de su actividad pública tendría como eje y epicentro a la Ciudad Condal, cuya menestralía y clases medias bajas así como diversos sectores del proletariado lo tendrían como oráculo e ídolo. Muy discutidos aún hoy, a un siglo de distancia, los resortes morales y políticos de su agitado y trepidante protagonismo en la Barcelona anterior al estallido de la Semana Trágica, es lo cierto que, agente secreto y a sueldo de “Madrid”, infiltrado o no por los gabinetes liberales en los medios radicales del principado con el objeto de servir de brulote contra el catalanismo burgués, sus soflamas incendiarias contra la Iglesia —tan vinculada a los orígenes y desarrollo de un regionalismo muy pronto convertido en un autonomismo tildado de separatista por el resto del país— y la burguesía bienestante entrañaron un violento desafío al movimiento catalanista, que, sin capacidad de movilización de sus seguidores, quedó una y otra vez desnortado y aterrorizado por el llamado “Emperador del Paralelo” —feudo por antonomasia de su influencia y dominio— y “sus jóvenes bárbaros”, a los que exhortaría a “entrar a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura, hay que destruir los templos y acabar con sus dioses; hay que alzar el velo de las novicias y elevarlas a la categoría de madres para virilizar la especie; hay que penetrar en los registros de propiedad y hacer hogares con sus papeles, para que el fuego purifique la infame organización social; hay que entrar en los hogares humildes y levantar legiones de proletarios para que el mundo tiemble ante sus jueces despiertos [...] No os detengáis ni ante los sepulcros ni ante los hogares [...] Hay que destruir la Iglesia [...] Hay que luchar, matar, morir”. Al margen de lo efectista y coyuntural que anidase en invocaciones tan apocalípticas y energuménicas de mítines incendiarios, no es fácil aceptar la tesis de algunos biógrafos del caudillo radical según la cual su actividad en Cataluña fue un factor de modernización cultural y política.

Ni “las meriendas democráticas” —navío insignia de su propaganda militante— ni la movilización de masas imantadas por la grandilocuente retórica machista, anticlerical y españolista del tribuno cordobés son tal vez suficientes para acreditar dicho factor de progreso en la vida pública de la época. Quizá con mayor perspicacia, J. Pabón compendiara la esencia del movimiento al atribuirle una raíz atávica, detectable sin esfuerzo en la acción de las multitudes en el transcurso de la historia reciente española: “Le seguirán (al carismático líder) gentes innumerables, porque proclama, compendiadas y vibrantes, todas las ilusiones y todos los gozos de la rebeldía demagógica ibérica” (Pabón, 1999: 182).

Al tiempo que desplegaba un populismo demagógico, el líder republicano no dejaba de aplicarse a la tarea de tallarse la jefatura del republicanismo, huérfano de sus grandes héroes, una vez desaparecidos Ruiz Zorrilla, Castelar y Pi i Margall. De ahí que, al constituirse en 1906 la Solidaridad Catalana, merced en ancha medida a la sorprendente iniciativa de Nicolás Salmerón, último y muy afamado representante de la generación fundadora, la posición “españolista” adoptada por Lerroux estuviera dictada no sólo por un patriotismo exaltado siempre presente en su ideario y actuación, sino también, y al propio tiempo, por el afán de opacar, en su beneficio, al antiguo presidente la Primera República. Frustrado en su propósito —perdería el escaño parlamentario en los sufragios generales de febrero de 1906—, se decidió a levantar pendón propio. Y así, en Santander, el 6 de enero de 1907 en un resonante discurso en el teatro Principal daría acta de nacimiento al Partido Republicano Radical, el de más dilatada existencia hasta el momento de los de su ideario e identidad en España. “Habíame derrotado en Barcelona la Solidaridad de republicanos claudicantes —escribirá muy posteriormente en Mis Memorias—, catalanistas de todos los matices, clericales de todas layas y carlistas, en mezcolanza inverosímil. [...] Por toda la región se organizaron a centenares Centros republicanos que adoptaron la simpática denominación de Fraternidades, muchas de ellas domiciliadas en edificio propio a base de escuelas, cooperativas, coros y orfeones y otras instituciones de carácter social y de asistencia y socorro mutuos. Toda aquella fructificación de mis campañas iba a malograrse no sólo en Cataluña, sino en casi toda España, si yo no la recogía, la unificaba, la plasmaba en una organización nacional [...] No quedaba ya margen para dudas y vacilaciones. Me decidí, y acompañado de un grupo de amigos me trasladé a Santander, la provincia marítima de Castilla, madre y creadora de España [...] Las juventudes se agruparon bajo su bandera (del Partido Republicano Radical) en toda España: numerosos republicanos que habían sido fieles al ideal durante la Restauración, pero que se habían retirado a la vida privada entristecidos por las luchas intestinas de los jefes, volvieron a la actividad y se agruparon nuevamente como contagiados del entusiasmo que despertó en la democracia española el despertar de un nuevo impulso nacido en el alma de la juventud inflamada de patriotismo y de amor a la libertad” (Lerroux, 1962: 434-435).

Con presencia ya residual en el periodismo madrileño, el “Emperador del Paralelo” creó o impulsó en el despegue del siglo XX varios diarios catalanes, de ordinario, de muy efímera existencia —salvo El Progreso—, sin que, pese a todo, intentara igualmente poseer un órgano en Madrid a través del diario Rebeldía, de muy breve trayectoria. Y otra vez, privado de inmunidad parlamentaria, se encontró procesado y condenado en los comienzos de 1908 por los —políticamente— muy socorridos delitos de imprenta, eludiendo la prisión mediante la marcha clandestina a Francia y luego al Nuevo Continente. Durante casi un año permaneció en Argentina, en la desarrollaría una trepidante difusión de su pensamiento con la palabra escrita y oral, dando los últimos toques, en tierras tan sensibles a la magia de la retórica, al instrumento más poderoso de su acción pública: una oratoria de masas de alta calidad emocional y de registros. Entretenidos sus ocios con la detenida visita a las famosas explotaciones agrícolas y ganaderas del país austral para satisfacer conjuntamente una afición de la adolescencia reiterada y exaltadamente subrayada así como para recoger técnicas de provechosa importación para España, comediado 1909 y con seguridad de volver al Parlamento de la nación, emprendió el viaje de regreso a Europa, para esperar en Gran Bretaña el curso de su candidatura a la Cámara Baja.

Su ausencia del país al desencadenarse la Semana Trágica —finales de julio e inicios de agosto— fue el argumento irrebatible empleado por Lerroux para exculparse de toda responsabilidad de unos sucesos que, en gran medida, se acomodaron al guión trazado en sus prédicas revolucionarias de años atrás. La campaña desatada contra él por los gobiernos madrileños de Moret y Canalejas y los miembros de la Lliga se volvió contra ellos al lograr el Partido Radical casi el copo de la representación edilicia barcelonesa en los comicios municipales de 1910. Los muchos escándalos económicos y acusaciones de corrupción del lado de la oposición que jalonaron la andadura del Ayuntamiento de la Ciudad Condal en la larga etapa de mandato lerrouxista, se vieron en parte compensados por la exitosa iniciativa y preparación de una futura Exposición Universal, tarea esta última en la que al antiguo electricista y ahora concejal de la Casa Grande barcelonesa —a la que llegaría más tarde a presidir— Pich y Pon, acometió con indudable acierto.

Recuperado el escaño parlamentario —alternando, a las veces, la representación de Barcelona con las de otras localidades de menos importancia, a la manera, por ejemplo, del distrito cordobés de Posadas— y en posesión de él hasta la implantación de la dictadura primorriverista, los años diez del novecientos contemplaron en la curva biográfica del líder republicano un ostensible atenuamiento de sus posturas doctrinales.

Con esfuerzo y detalle envidiables tejió la red de una organización política combatida a izquierda y derecha por tábida y demagógica, respectivamente, pero con gran eco en el mundo de la pequeña burguesía, las clases medias y el funcionariado alto y bajo. Y así, en vísperas del golpe de Estado de 13 de septiembre de 1913, el Partido Radical aglutinaba ya la inmensa mayoría del hasta entonces atomizado y disperso republicanismo español.

Coincidente con la llegada al poder de Primo de Rivera, Lerroux arribó igualmente a otra meta largamente ansiada. Graduado bachiller en Figueres en 1905 con no excesiva pulcritud formal y académica, de la misma manera se licenció en Derecho veinte años después. En una misma convocatoria —la de septiembre de 1923— y en la flamante Universidad de La Laguna en la que el rector y gran número de los profesores de su desmedrado claustro eran fervientes radicales, el grandilocuente tribuno se encontró revestido de la toga, como un símbolo más de la respetabilidad burguesa que iba adquiriendo con los años; a las veces con procedimientos non sanctos que, de otro lado, tanto contribuirían a deteriorar su imagen pública y la de sus principales colaboradores, acusados casi excepción de venales y tábidos en el usufructo de las funciones edilicias ejercidas con gran profusión en múltiples ayuntamientos antes y después reinstauración de la dictadura. Advenida ésta, su actividad pública experimentó una cierta guadianización a la espera de mejores tiempos.

No obstante el choque de dos temperamentos fogosos y vehementes como el del general jerezano y el del flamante letrado llevó finalmente a aconsejar al último su salvación —elusión de un probable aprisionamiento— en la huida al extranjero, al solar, siempre promisorio y rentable políticamente, de Francia. Allí conoció la caída del denostado régimen e, intuitivamente, quizá también la gran cita con el destino esperada durante largo tiempo. Relativamente no bien recibido por republicanos de reciente y, en ocasiones, espectacular bautismo, de tránsfugas, travestidos y desengañados de última hora de la monarquía, que no se recataban en considerarlo como un lastre y una pesada hipoteca para el advenimiento y arraigo de la “Niña Bonita”, Lerroux formó parte muy desairada en el famoso Pacto de San Sebastián de mediados de agosto de 1930, conciliábulo en el que fue ninguneado y relegado a un puesto secundario pero peligroso de la Junta Revolucionaria constituida en la capital donostiarra para acelerar los preparativos del cambio del régimen. Rejuvenecido con un trabajo conspirativo que había hecho siempre sus delicias y en el que se mostrara incomparable experto, el sexagenario líder del radicalismo de viejo cuño se engolfó en la tarea con ahínco y entusiasmo, concertando voluntades, acercando posturas, hablando y negociando con Fermín Galán y otros conjurados militares y civiles contra el gobierno de Berenguer. Sin embargo, cuando éste, fracasada la intentona de Jaca en los comienzos de diciembre de 1930, encarceló a diversos miembros de la Junta Revolucionaria, Lerroux, encanecido experto en ocultaciones y clandestinidades, no fue habido por la policía, permaneciendo escondido en un domicilio particular madrileño por indicación viva e insistente de sus compañeros aprisionados y luego liberados a través de un juicio que supuso el desahucio declarado de la Monarquía alfonsina.

En la hora de un Lerroux que, sin embargo, no había tenido un protagonismo descollante, por la circunstancia antedicha, en las causas inmediatas del gran acontecimiento, fue designado ministro de Estado del Comité Político de la República por los verdaderos prohombres de la situación y del poder, reluctantes en su gran mayoría hacia su figura y biografía, y al que procuraron desacreditar con un cometido el más alejado de su formación y conocimientos.

Sin estar en posesión siquiera discreta de idioma alguno y sin familiaridad tampoco con ninguno de los problemas internacionales del momento, sólo el acompañamiento de expertos como el diplomático Oliván y el internacionalista y alto burócrata Salvador de Madariaga impidieron en Ginebra, en el seno de la Sociedad de Naciones, y en otras reuniones de organismos mundiales que el naufragio de la representación española en ellos fuese absoluto por la total carencia de aptitudes y saberes del jefe de la misión española. El cual se posesionaba de la Presidencia del Consejo de Ministros después de la crisis que arrastrara, a mediados de septiembre de 1933, la dimisión del largo gabinete de Azaña, para ocuparla hasta la celebración de las tempranas elecciones de noviembre del mismo año. La amplia confianza que el cuerpo electoral depositó en el Partido Radical —segundo en votos a renglón seguido de la CEDA—, determinó que, frente a la renitencia del presidente de la República de entregar ésta en manos de Gil Robles y sus huestes así como también a los escrúpulos del político salmantino de hacerse cargo del poder sin una previa y honda revisión de la obra del bienio azañista a cargo de sus nuevos aliados, fuese designado de nuevo Lerroux para encabezar el Gobierno de la nación durante ciento veintidós días —del 16 de diciembre de 1932 al 11 de marzo de 1934—. Apenas un semestre tardó en retornar a ella —ocupada mientras tanto por uno de sus más cualificados lugartenientes: Ricardo Samper— para enfrentarse con el formidable envite de la doble revuelta catalana y asturiana en el famoso octubre de 1934. Ya con el concurso de tres ministros demócratas cristianos en representación del partido mayoritario en las Cortes al que Niceto Alcalá-Zamora cerraba, en decisión suicida y un mucho heterodoxa si no ilegal, una y otra vez la asunción de las máximas responsabilidades, el cuarto gabinete lerrouxista daba enérgica respuesta al movimiento republicano de dichas zonas del país —con algunas, aunque pocas ramificaciones, en el resto del territorio nacional— y se concitaba el aplauso generalizado de gran parte de la opinión pública. Sin solución de continuidad y mediante cambios parciales —algunos, empero, como el de posesión de la cartera de la Guerra por Gil Robles en mayo de 1935, de gran entidad y significado— su presencia en el vértice del poder ejecutivo se prolongó a través de dos nuevos gabinetes hasta el 25 de septiembre de 1935; constituyendo su última experiencia ministerial la tenida como titular del despacho de Estado en el segundo y último de los dos gabinetes de J. Chapaprieta —del 25 de septiembre de 1935 al 29 de octubre del mismo año—.

Envuelto en uno de los más famosos escándalos de la política española contemporánea —el del “Straperlo”, protagonizado como actores principales por un judío alemán de apellido Strauss y el ahijado del líder radical—, Lerroux abandonó la vida pública a finales del otoño de 1935 en medio del descrédito y de las acusaciones de corrupción atribuidas a su figura y partido —primordialmente al último— desde sus inicios. Sin ningún papel ni presencia en adelante, desapareció por completo del escenario nacional cuando en éste se representaran las escenas postreras de la etapa que lo había tenido como una de sus personalidades más decisivas.

Pues, en efecto, a la innegable trascendencia en la historia del primer tercio del siglo XX de la formación que creara comienzos de dicha centuria, viene a añadírsele, en las tesis expuestas por un sector cualificado del contemporaneísmo reciente —sobre todo, de cepa anglosajona, abanderado de modo singular por el sobresaliente hispanista Stanley G. Payne—, la suya propia, convertida, conforme a tales planteamientos, en crucial para el mantenimiento y consolidamiento del inestable régimen instaurado en abril de 1931.

Bien afianzado en todo el territorio nacional, con redes clientelares muy capilarizadas y sostenido por una militancia tejida socialmente por la casi totalidad del centrismo español, el Partido Radical, comandado por un político experto con envidiables reflejos y espontánea sintonía con el sentir de las corrientes predominantes en la colectividad, tenía todas las bazas para ejercer en España el mismo influjo y papel histórico que el partido radicalsocialista francés en los destinos de la Tercera República. La guerra sin cuartel a que se vieran sometidos sus adeptos y dirigentes y la escisión protagonizada por Martínez Barrio en un tramo decisivo de su trayectoria —marzo de 1934— impidieron —de aceptar la visión historiográfica mencionada— su viabilidad como fuerza hegemónica en un país en el que, en la coyuntura de los primeros treinta del novecientos, no poseía otra opción para lograr la viabilidad republicana.

Posición analítica harto discutible, incluso en puntos medulares, pero que, en síntesis, viene también a equipararse con la que, en su prolongado exilio lisboeta — transcurrido desde que, por instantes, consiguiera escapar, en compañía de su esposa, del aprisionamiento por parte de una escuadra de milicianos hasta su regreso a Madrid poco antes de su muerte—, sostuviera el antiguo “Emperador del Paralelo” en escritos colmados de feble moralina y bombástica autocomplacencia, pero también de noble sinceridad y emoción popular y española.

 

Obras de ~: Historia de Garibaldi (de 1807 a 1849) (entresacada de sus Memorias autobiográficas y de los escritos de Alejandro Dumas), Barcelona, Toledano, López y Cía., 1904; Ferrer y su proceso en las Cortes, Barcelona, Tipografía el Anuario, 1911; La verdad a mi país. España y la guerra, Madrid, Viuda de Pueyo, 1915; Al servicio de la República, Madrid, Javier Morata Editor, 1930; Las pequeñas tragedias de mi vida. Memorias frívolas, Madrid, Huelves y Cía., 1930; Mis Memorias, Madrid, Afrodisio Aguado, 1962; La pequeña historia, Madrid, Afrodisio Aguado, 1962.

 

Bibl.: E. Portillo, Lerroux. El reportaje de una vida fecunda, Madrid, Editorial Castro, 1931; J. Claramunt, El peor enemigo de la República, Barcelona, Ediciones Esparza, 1934; N. Rivas Santiago, Políticos, gobernantes y otras figuras españolas, Madrid, Librería San Martín, 1935; J. Camba, Lerroux. El caballero de la libertad, Madrid, Nuestra Raza, 1935; E. Aunós Pérez, Itinerario histórico de la España contemporánea (1808-1936), Barcelona, Bosch, Casa Editorial, 1940; D. de Maura y M. Fernández Almagro, Por qué cayó Alfonso XIII. Evolución y disolución de los partidos históricos durante su reinado, Madrid, Ediciones Ambos Mundos, 1948; J. de la Cierva y Peñafiel, Notas de mi vida, Madrid, Editorial Reus, 1955; J. Benet, Maragall y la Semana Trágica, Barcelona, Península, 1966; M. García Venero, Historia del nacionalismo catalán, Madrid, Editora Nacional, 1967; J. M.ª Gil Robles, No fue posible la paz, Barcelona, Ariel, 1968; M. Maura Gamazo, Así cayó Alfonso XIII, Barcelona, Ariel, 1968; A. Hurtado, Cuarenta anys d’avocat. Història del meu temps, 1894-1930, Barcelona, Ariel, 1969; J. Arrarás, Historia de la segunda república española, Madrid, Editora Nacional, 1970, 5.ª ed., 4 vols.; J. Chapaprieta, La paz fue posible, Barcelona, Ariel, 1971; A. Cucó, El valencianisme politic, Valencia, Editorial Cosmos, 1971; S. de Madariaga, Españoles de mi tiempo, Barcelona, Planeta, 1974; J. Romero Maura, La Rosa de Fuego. El obrerismo barcelonés de 1899 a 1909, Barcelona, Grijalbo, 1975; O. Ruiz Manjón, El partido republicano radical, Madrid, Ediciones Tebas, 1976; A. Osorio, Mis Memorias, Madrid, Ediciones Tebas, 1977; N. Alcalá-Zamora, Memorias (Segundo texto de mis Memorias), Barcelona, Planeta, 1977; M. Azaña, Memorias políticas y de guerra, Barcelona, Crítica, 1978, 2 vols.; J. M. Cuenca Toribio, Aproximación a la historia de la Iglesia española contemporánea, Madrid, Rialp, 1978; S. de Madariaga, España. Ensayo de historia contemporánea, Madrid, Espasa Calpe, 1979; C. Seco Serrano, Alfonso XIII y la crisis de la Restauración, Madrid, Rialp, 1979; D. Martínez Barrio, Memorias, Barcelona, Planeta, 1983; J. Avilés Farre, La izquierda burguesa en la II República, Madrid, Espasa Calpe, 1985; J. B. Culla i Clara, El republicanisme lerrouxista a Catalunya (1901-1923), Barcelona, Curial, 1986; M. D. Gómez Molleda, La Masonería en la crisis española del siglo xx, Madrid, Taurus, 1986; M. Portela Valladares, Memorias. Dentro del drama español, Madrid, Alianza Editorial, 1988; J. Álvarez Junco, El Emperador del Paralelo. Lerroux y la demagogia populista, Madrid, Alianza Editorial, 1990; N. Townson, El republicanismo en España (1830-1977), Madrid, Alianza Editorial, 1994; M. Cruz Seoane y M. D. Saiz, Historia del periodismo en España. Vol. III. El siglo xx: 1898-1936, Madrid, Alianza Editorial, 1996; M. Azaña, Diarios, 1932-1933. “Los cuadernos robados”, Barcelona, Crítica, 1997; J. Pabón, Cambó. 1876-1947, Barcelona, Alpha, 1999; M. Morales Muñoz, El republicanismo en el siglo xix. Propaganda doctrinal, prácticas políticas y formas de sociabilidad, Málaga, Diputación Provincial, 1999; P. Moa, Los personajes de la República vistos por ellos mismos, Madrid, Encuentro, 2000; C. Seco Serrano, La España de Alfonso XIII. El Estado. La Política. Los movimientos sociales, Madrid, Espasa Calpe, 2002; J. M. Cuenca Toribio, Ocho claves de la historia española contemporánea, Madrid, Ediciones Encuentro, 2002; J. Ortega Spottorno, Los Ortega, Madrid, Taurus, 2002; J. M. Cuenca Toribio, Dos siglos de postración. La política y los políticos en la Andalucía contemporánea, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2007.

 

José Manuel Cuenca Toribio