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San Juan de Sahagún

Biografía

Juan de Sahagún, San. Apóstol de Salamanca. Sahagún (León), 1429-1431 – Salamanca, 11.VI.1479. Agustino (OSA), taumaturgo, predicador general, santo.

Fue hijo de Juan González de Castrillo y de Sancha Martínez, hidalgos; natural de la villa leonesa de Sahagún, solar de la famosa abadía benedictina construida sobre el sepulcro de los hermanos mártires del siglo iii Facundo y Primitivo.

Nació probablemente entre los años 1429 y 1431 colmando el deseo de descendencia de sus padres, que fueron a pedirlo a Nuestra Señora de la Puente, en su ermita románica junto al río Valderaduey, en el camino de Francia; posteriormente vendrían otros seis hijos, entre ellos, Hernando, que sería benedictino y arzobispo de Granada antes de la conquista.

En la mencionada abadía benedictina de los Domnos santos había erigidos unos Estudios Generales donde se impartían las enseñanzas del Trivium medieval de las escuelas monásticas y otras materias; en aquel recinto académico fue donde, como hijo primogénito, Juan hizo los primeros estudios y fue moldeando su voluntad al tiempo que adquiría otras cualidades; descubrió su vocación al estado clerical y continuó los estudios de Teología con agrado de su padre, que le consiguió el beneficio eclesiástico con cura de almas, en Cordonillos, pero sirviéndole un capellán y al que renunció por escrúpulos.

Dados los recursos ajustados de una familia tan amplia y las cualidades del joven Juan, por mediación de su tío Juan Alfonso, hermano de su padre y amigo personal del arzobispo, le buscaron colocación en Burgos y entró como camarero del prelado, el insigne Alonso de Cartagena, en cuyo palacio encontró un ambiente propicio para el cultivo de las letras humanas y divinas, terminando sus estudios eclesiásticos. Una vez ordenado sacerdote, el obispo le dotó con las rentas de unos beneficios eclesiásticos —añadidas a otras que le concedió el abad del monasterio de Sahagún— y premió las actitudes que había desarrollado siendo familiar suyo con una canonjía en la santa iglesia catedral, no experimentándose otro cambio en el joven clérigo que el de servir a su vocación en la cura de almas a él encomendadas por medio de la predicación, en la que ya comenzaba a dar muestras de excelente cultivador, y el deseo de seguir cerca de los libros que desarrollaban la mente y le acercaban a Dios.

Aunque eclesiásticamente tenía una buena posición, no era lo que buscaba; renunció a todos los cargos y prebendas y se retiró a una capellanía en la iglesia burgalesa de santa Gadea (Ágata), de tantas resonancias cidianas y nobiliarias. En esta época fue cuando compró la Suma bartolina (mayo de 1456) en los frailes de San Pablo de Burgos, en donde luego pondría unas notas que es el único escrito suyo que ha llegado a la actualidad. Pocos meses después del cambio dado a su vida, murió el arzobispo Alonso de Cartagena, que había sido padre y maestro para Juan, y se sintió más libre para trasladarse a Salamanca; quiso continuar los estudios en la Universidad y esperaba poder mantenerse sirviendo en alguna iglesia.

La Salamanca del siglo XV era ciudad de estudios, cuya Universidad se asentaba sobre los colegios mayores; era ciudad levítica vertebrada por multitud de conventos de todas las órdenes religiosas; era ciudad fuerte, amurallada y torreada por las mansiones de importantes familias nobiliarias. A ella debió de llegar el clérigo burgalés en 1457, año probable de su matriculación en la Universidad. En la parroquia de San Sebastián, en cuya colación estaba ubicado el colegio mayor de San Bartolomé, celebró este centro la fiesta del titular del templo el año 1458, de la que el colegio era patrono, encargándose de la oración sagrada el presbítero estudiante Juan de Sahagún, al que ya debían conocer bien para ofrecerle tan destacado cometido; se sabe por las crónicas que el rector, consejeros y colegiales, salieron conmovidos del sermón escuchado hasta el punto de ofrecerles pocos días después el puesto de capellán —eran dos las capellanías colegiales— en el mayor de San Bartolomé, que había sido fundado hacía casi medio siglo por Diego de Anaya Maldonado, arzobispo de Sevilla, según el modelo del Real Colegio de España o de San Clemente de los Españoles en Bolonia (Italia), fundado por el cardenal Gil de Albornoz.

Allí nuevamente encontró los dos espacios donde fortalecía su existencia: capilla y biblioteca; además de las tareas colegiales y académicas, Juan también se sentía obligado como sacerdote a no desentenderse de otros problemas. Su palabra era buscada para pedir un consejo, para escucharle en una predicación, para administrar los sacramentos. Un problema urbano grave que dividía y hacía sangrar a la ciudad, era la división y el enfrentamiento entre algunas familias importantes, hasta hacer de esos bandos y sus luchas una triste realidad cotidiana. En medio de ellos, Juan no cejó de trabajar y clamar por la deposición de las hostilidades, el olvido del uso de las armas, abogando por el fin de la lucha. Sus oraciones y sus penitencias, sus palabras y su entrega hicieron posible que llegase la paz y surgiese la reconciliación.

El rígido horario y la disciplina constitucional del colegio mayor se hicieron incompatibles con su intensa actitud apostólica, por lo que tuvo que renunciar a su plaza de capellán, pero no se le cerraron las puertas; se fue a vivir a casa de Pedro Sánchez, canónigo de la catedral y muy querido por los salmantinos, y el Concejo se encargó de atender a su manutención nombrándole predicador de la ciudad, cargo que él procuró desempeñar con doctrina, con ejemplo y con el desvelo de estar siempre dispuesto.

Durante años, padeció el mal de piedra, que a veces le tenía postrado sufriendo agudos dolores; se fue agravando hasta llegar el momento crítico de peligrar su vida. La solución de una intervención, entonces, era arriesgada y peligrosa; los médicos Medina y Recio el viejo se la proponían como alternativa al desenlace final que se aproximaba. Era un hombre de fe que afrontó los asuntos vitales de forma especial; se encomendó a Dios y le hizo voto de que si sanaba buscaría la forma de servirle dentro de la vida religiosa. Tras sufrir el tormento de una cirugía bastante elemental, se restableció de la intervención y recuperó la salud como don que Dios le hacía; también por aquellos días tuvo una experiencia religiosa íntima e intensa de la que nunca quiso hablar detalladamente, entre Dios y su alma, y decidió cumplir la promesa hecha ingresando en el convento de San Agustín de aquella ciudad, adscrito ya a la observancia de Castilla, casa señera en ciencia y virtud, que tradicionalmente sería conocida como el convento de los santos y los sabios.

El día 18 de junio de 1563 tomó el hábito y realizó la profesión el 28 de agosto del año siguiente. Llamó la atención la entrega de fray Juan para hacer bien todo lo que tenía que hacer, y hacerlo con alegría; no hubo radicalismo y posturas extremas, que siempre fue la tentación que sufrían las personas maduras y de la vida clerical que llegaban al claustro. Tuvo puntual cumplimiento de sus obligaciones personales y comunitarias, que no pocas veces ahí es donde radica la virtud. Dos veces sería elegido prior de la comunidad salmantina (1471 y 1477) y definidor provincial (1471).

Salamanca quedó consternada con la muerte alevosa de los hermanos nobles Enríquez Monroy (Pedro y Luis) a mano de los Manzano y sus criados, también nobles, por 1464 o 1465; asombró la frialdad con que su madre viuda recibió la noticia, los cuerpos sin vida de sus jóvenes hijos y el castigo de confiscación de los bienes de los asesinos ordenado por Enrique IV. Estando aún casi calientes los cadáveres, traspasó la frontera portuguesa con un grupo de veinte criados hasta dar con el lugar donde se habían ocultado los culpables y aplicarles la justicia de la sangre.

Se sobrecogió la ciudad entera cuando supo que María de Monroy había regresado con la cabeza de los Manzano (Gómez y Alonso), y como trofeo de venganza las había colocado sobre la tumba de sus hijos; desde entonces, la conocieron como “doña María, la Brava”. De nuevo comenzó la lucha entre familias y clanes, más dura que antes, hasta dividir a la ciudad —Cabildos, Universidad, parroquias— en dos bandos irreconciliables.

Las autoridades recurrieron al agustino fray Juan de Sahagún para que buscase una solución; hizo falta oración y actuación. Habló, predicó e ideó fórmulas de aproximación entre unos y otros aprovechando que le buscaban todos; triunfaron las palabras y el esfuerzo del religioso, logrando el perdón de todos y el compromiso de renunciar a la venganza y a la violencia.

La reconciliación se cimentó sobre una concordia pactada y ratificada públicamente por representantes de los bandos (Maldonado, Acebedo, Nieto, Anaya, Arias, Enríquez...), y el padre Juan fue reconocido como ángel de la paz; en el ejercicio de su vida apostólica también tuvo que sortear la violencia sobre su persona y sus actuaciones, por ejemplo con los caciques de Ledesma y con el mismo duque de Alba.

Que en su vida y por mano de fray Juan de Sahagún obró Dios acciones especiales es algo que el pueblo salmantino conoció y dejó abundantes muestras como testimonio, en relatos, inscripciones, bajorrelieves, etc., que poco después de su muerte pasaron a formar parte de las informaciones de muchos testigos que depusieron su testimonio en los procesos de beatificación y canonización. En los anales de la historia de Salamanca se recuerda el portento obrado por el santo en el “pozo amarillo”, donde, tras haber caído un niño pequeño a lo profundo de un pozo, pudo rescatarlo haciendo crecer las aguas hasta el brocal y devolverlo con vida a su angustiada madre; cerca de la catedral vieja, la calle de Tente Necio también evoca el hecho de que, habiéndose escapado por aquel barrio un toro bravo, atemorizó al vecindario hasta que intervino fray Juan y lo tornó manso con aquella expresión —“tente, necio”—, devolviendo la tranquilidad a las gentes de aquellas calles; y en los procesos se encuentran otras muchas actuaciones taumatúrgicas hechas por medio de su intervención.

Pocos días después de finalizar su segundo priorato cayó inesperadamente enfermo, corriendo la voz que había sido por haber ingerido alguna cosa emponzoñada; los trabajos sufridos habían agotado el organismo y su vida mortal terminó el 11 de junio de 1479. Las muestras de duelo de la ciudad entera demostraron lo que había sido fray Juan de Sahagún para Salamanca. Inicialmente se enterró bajo el coro de la iglesia conventual de San Agustín de aquella ciudad; su sepulcro se convirtió en lugar de peregrinación, donde acudía la gente en busca de ayuda e intercesión, y consta que muchas veces fueron escuchados. En 1578 se depositaron los restos en una nueva y bella capilla; sobre la urna sepulcral que contenían las veneradas reliquias se colocó un lacónico epitafio que resumía su entrega a Salamanca y que se mantuvo mucho tiempo: “Hic jacet per quam Salmantica non jacet” (“Aquí yace por quien Salamanca no yace”).

Los avatares de la vida del convento —incendios de 1589 y 1744— no perjudicaron las reliquias porque los agustinos las salvaron como un preciado tesoro, y los sucesos históricos vividos en la ciudad en las diferentes exclaustraciones, en 1821 y 1835, afectaron a su destino. El 1 de septiembre de 1835 las veneradas reliquias se trasladaron a la capilla mayor de la catedral nueva, donde reposan en la urna de plata que había donado la ciudad, sobre peana de plata costeada por el convento agustiniano, que ambas piezas se hicieron con motivo de su canonización; la de san Juan de Sahagún figura en el lado derecho, o del Evangelio, y en el lado izquierdo o de la Epístola, en otra urna igual, reposan las reliquias de su hermano santo Tomás de Villanueva, también prior del convento agustiniano algunos decenios después.

Fue beatificado por Clemente VIII, el 19 de junio de 1601, y canonizado por Alejandro VIII el 16 de octubre de 1690, aunque, por muerte del Papa, la bula fue publicada por su sucesor Inocencio XII el 15 de julio de 1691.

La ciudad de Salamanca lo celebró con unas solemnes fiestas barrocas como tantas se organizaron en la España del Seiscientos de las que se imprimieron extensas crónicas de los actos; los concejos de Salamanca y de su villa natal de Sahagún proclamaron a san Juan patrón, y el claustro de la Universidad, de la que había sido alumno, estableció como día de fiesta académica en todas sus escuelas el día 12 de junio, en que se conmemoraba su festividad litúrgica. Posteriormente también la diócesis de Salamanca, la provincia agustiniana de España y las viceprovincias de Brasil y Argentina lo proclamaron patrón.

 

Obras de ~: “Notas marginales sobre pasajes de la Biblia puestas en la Suma Bartolina (de Bartolomé de Pisa)”, en T. de Herrera, Historia del Convento de San Agustín de Salamanca, Madrid, 1652, págs. 74-78, y en T. de Cámara, Vida de San Juan de Sahún del Orden de San Agustín Patrono de Salamanca, Salamanca, Calatrava, 1891, págs. 357-366; Confesiones (desapar.).

 

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Francisco Javier Campos y Fernández de Sevilla, OSA

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