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Fernando de Silva y Álvarez de Toledo

Biografía

Silva y Álvarez de Toledo, Fernando de. Duque de Alba de Tormes (XII). Viena (Austria), 27.X.1714 – Madrid, 15.XI.1776. Capitán general, presidente del Consejo de Indias, consejero de Estado, embajador, comendador de la orden de Calatrava.

Fernando de Silva y Álvarez de Toledo (o simplemente, Toledo) nacido en Viena el 27 de octubre de 1714, cuando terminaba la Guerra de Sucesión, fue fruto del matrimonio contraído por José Manuel de Silva y Mendoza, X conde de Galve, y por María Teresa Álvarez de Toledo y Haro, XI duquesa de Alba.

Su nacimiento fue seguido por el de dos hermanas, María Teresa (a cuya prole, habida con el duque de Berwick, pasará años después la sucesión de la Casa de Alba) y Mariana, que casaría con el duque de Medina Sidonia, aunque no conseguiría dar continuidad a la familia.

En 1727, durante el segundo período de reinado efectivo de Felipe V, los duques de Alba y condes de Galve, padres del pequeño Fernando, quien contaba doce años de edad, emprendieron el regreso a España, después de su exilio, motivado por haber militado el conde de Galve en el bando austracista durante la aún reciente Guerra de Sucesión, y, en su nueva instalación, no descuidaron la formación de Fernando, a quien educó Juan de Iriarte, bibliotecario de Palacio, pero el padre murió inmediatamente, en 1728, cuando su heredero no contaba más que catorce años.

Muy joven, con diecisiete años, Fernando contrajo nupcias con la segunda hija de los condes de Oropesa, María Bernarda de Toledo y Portugal, la cual falleció prematuramente, pero que, el 2 de abril de 1733, le dio un hijo, Francisco de Paula, de quien luego hablaremos.

Don Fernando permaneció viudo el resto de su existencia.

El duque de Huéscar participó en las campañas italianas acometidas por impulso de la reina Isabel Farnesio para conseguir colocar en aquella península a sus hijos Carlos y Felipe como soberanos, puesto que pensaba que no llegarían a reinar en España, dado que Felipe V tenía ya dos hijos varones de su anterior matrimonio, y a ellos iría la Corona de España. Fernando de Silva, ostentando, antes que la dignidad paterna de conde de Gelve el título de duque de Huéscar, propio de los inmediatos sucesores del ducado de Alba (aún ostentado por su madre, la XI duquesa), ocupó desde los primeros momentos de su vida pública importantes puestos: gentilhombre de Cámara con diecinueve años, se le nombró ayuda de campo del infante don Felipe, acompañó a su señor a Italia y allí trabó amistad con el marqués de la Ensenada, amistad que luego se trocó en abierta hostilidad. Dos años después ya era coronel del Regimiento de Infantería de Navarra; en 1744 lo hacen capitán de la Guardia de Corps y en 1745 era mariscal de campo, pasando entonces, con treinta años, a desempeñar el cargo de embajador extraordinario del Rey de España ante la Corte del Monarca francés, con objeto de encarrilar las negociaciones por las que Francia y Cerdeña intentaban eludir lo pactado en el tratado de Fontainebleau, según el cual el ducado de Guastalla debía pasar al mencionado infante don Felipe. Culminó con tanto éxito esta misión que, a poco de regresar a España, habiendo fallecido Felipe V el 9 de julio de 1746, el nuevo rey, Fernando VI, lo mandó a ocupar definitivamente la embajada en Versalles. Estuvo a cargo de ella hasta el 13 de abril de 1749, y el Rey francés le otorgó la entrada en la exclusiva Orden del Espíritu Santo.

Al año siguiente, 1747, se produjo un movimiento político en el que participó Fernando, en su embajada parisina, junto a Ensenada, dirigidos por el ministro de Estado, José de Carvajal y Lancáster. Habiéndose alcanzado en esos momentos una paz duradera, se abría una etapa de estabilidad; el ideario que Téllez Alarcia denomina “el espíritu del 49”, se mantendría durante un período muy fructífero de nuestra Historia.

El embajador de España en Londres, Ricardo Wall, pasó a formar parte del grupo dominante en la primavera de 1747, por iniciativa del duque de Huéscar, que lo había conocido en los campos de batalla de Italia, recomendándolo a Carvajal con frases encomiásticas.

El futuro duque de Alba se decantó, pues, por el bando pro británico de Carvajal, enfrentándose a los francófilos del marqués de la Ensenada, y ocupó interinamente el cargo de ministro de Estado en tanto llegaba Wall a tomar posesión de él, desde Londres.

Silva tuvo destacada actuación en las intrigas contra Ensenada, quien pretendió frustrar el acuerdo entre España y Portugal relativo al intercambio de colonias entre ambos reinos (acuerdo que favorecía extraordinariamente los intereses del Reino Unido), dando conocimiento a Fernando VI de los manejos del partido pro francés, en el que en ese momento se interesaba al futuro Carlos III, aún Rey de Nápoles, pero del que se sabía era heredero de España por carecer de hijos la reina Bárbara de Braganza.

Más adelante, una vez que Wall se asentó en su cargo, Huéscar y él maniobraron para impedir que el Rey tuviese un confesor de la Compañía de Jesús o allegado a los intereses de ésta y así se formó alrededor de Carlos III un núcleo antijesuita que, según el padre Luengo, justificaba la afirmación de que los mayores enemigos de la orden eran el duque de Choiseul en Francia y el que habría de ser XII duque de Alba en Madrid, secundados por el ministro Roda y el confesor real, padre Osma.

El duque de Huéscar conoció en París, durante su embajada, al padre Isidro López y, a través de uno de sus mayordomos, el famoso calendarista Diego Torres de Villarroel, trataba de atraerlo a su partido, separándolo de Ensenada y llegando a obsequiarle en una ocasión con una arroba de tabaco sevillano de la mejor calidad. Pese a ello, el jesuita calificaba al duque de “hombre de proceder villano, desleal e injusto”.

Desde 1765, este sacerdote ocupó el puesto de procurador general de la provincia de Castilla en Madrid.

Por su parte, el mencionado Villarroel, catedrático de Matemáticas en Salamanca, falleció en el palacio que Alba poseía en la capital castellana el 19 de julio de 1770, fastuosamente instalado por su protector.

Don Fernando Silva era un hombre amante de la cultura, con resabios de sus estancias en París, pese a la inquina que profesaba al reino transpirenaico.

Conoció a Rousseau, mantuvo correspondencia con D’Alambert y José Nicolás de Azara, y estableció contactos con los círculos jansenistas de la época. Consta por una carta del citado D’Alambert que donó 20 luises para levantar una estatua a Voltaire, lo que hizo a través del encargado de negocios de España en París, señor Magallón. Ocupó la presidencia de la Academia de Buenas Letras de Barcelona y, en 1754, pasó a ocupar el puesto de director de la aún joven Real Academia Española. En esa ocasión, su antiguo maestro, Iriarte, le dedicó esta composición, aduladora sin rebozo: “¡Oh, qué dicha en dos Fernandos/ logras, insigne Academia!/De un monarca el patrocinio,/de un duque la presidencia:/próximo el uno a los reyes,/al regio solio te acerca;/próximo el otro a los dioses,/ hasta los cielos te eleva.” Fernando VI colmó a su tocayo servidor de distinciones: lo condecoró con el collar del Toisón, lo nombró capitán de la Compañía Española de Reales Guardias de Corps y su mayordomo mayor, alcanzando a ser decano del Consejo de Estado. También se cruzó como caballero de la Orden de Calatrava.

En 1750 se proyectó un viaje de los reyes Fernando VI y Bárbara a los estados de la Casa de Alba, lo que nos da idea del ascendiente del todavía duque de Huéscar sobre la pareja real, pese a que, finalmente, la gira no llegara a realizarse.

Aunque detestado por personajes importantes de la Corte, como Villarías y el embajador Campoflorido, el 20 de julio de 1754 el duque de Huéscar consigue uno de sus mayores triunfos políticos, al provocar la caída del equipo del marqués de la Ensenada, su detención, exoneración y destierro.

La madre de Fernando, la duquesa Teresa, última representante de los Toledo, falleció al año siguiente, en 1755. Entraban así en escena, durante tres generaciones, los Silva. El XII duque de Alba era de estatura mediana, carecía de arrogancia en su porte y era corto de vista, pero de inteligencia viva, cortesía y una gran práctica del mundo, con maneras de gran señor que hacían que representase con naturalidad el papel a que estaba llamado, aunque también se dijo de él que era obstinado, orgulloso y violento; Fernán Núñez, el historiador de Carlos III, llegó a decir de él que tenía mal corazón. Fernando se autodefinió con estas palabras: “Soy pronto, mal sufrido y colérico, de modo que suelo despeñarme, aunque no en el secreto ni en los puntos graves, gracias a Dios”. El historiador francés decimonónico Alfred Morel-Fatio dijo de él que tenía “algo del severo rigor y de la dureza del Gran Duque del siglo xvi... Si todos le reconocen dotes naturales, todos hablan mal de su carácter violento y raro y de su altivez insoportable”.

En 1758 fallece la reina doña Bárbara, y su viudo Fernando VI comienza su retiro en el castillo de Villaviciosa de Odón, retiro que en un principio se creyó temporal pero que terminó por ser definitivo. Acompañaba al Rey su hermano, don Luis, pero la comunicación de Fernando con el resto del mundo, incluido el Infante, se hacía a través de su mayordomo el duque de Alba, lo que le dio gran poder, pero también numerosos e importantes quebraderos de cabeza.

Cuando finalmente, en verano del año siguiente (1759), falleció el monarca, después de un largo período de demencia, su mayordomo y el notario mayor, el marqués de Campo de Villar, organizaron las exequias, pero don Fernando Vio oscurecerse su estrella en la Corte ante la subida al poder de la reina Isabel Farnesio, gobernadora del reino hasta la llegada desde Italia del nuevo soberano, su hijo Carlos III.

Alba se retiró discretamente a sus posesiones de Piedrahíta, después de que Wall, su protegido, escribiese al Rey proponiéndole, infructuosamente, el nombramiento de un Consejo de Regencia en el que se integrarían Alba, Villarias, Béjar, Sotomayor, Medinaceli, Iacci y el marqués de la Mina.

La reina Isabel Farnesio, enemiga del duque, falleció en 1766, y éste compró dos años después en su testamentaría el palacio de Buenavista, en Madrid, en puja contra el conde de Montijo, pagando 1.700.000 reales, cantidad en la que se la adjudicó Pedro Fernández de Vilches, apoderado de Alba, quien adquirió varias de las fincas aledañas para completar la manzana y levantar un moderno y suntuoso palacio, derruyendo la construcción originaria. Pero el duque no logró vivir lo suficiente para emprender esta obra.

Por otra parte, la expulsión de los jesuitas le reportó notables beneficios, pues compró a bajo precio alguna de las fincas que la Compañía se vio obligada a malvender, aunque estas adquisiciones se hicieron de manera disimulada y a través de hombres de paja, según Ezquerra del Bayo. Más aún, en 1769 se destinan a uso del duque los aposentos escurialenses hasta entonces reservados al nuncio pontificio.

Como ya se señaló, el XII duque de Alba tuvo un hijo, Francisco de Paula, que le hubiese sucedido en el ducado de Alba de no haber premuerto a su padre el 26 de abril de 1770. Este hijo, duque de Huéscar hasta su fallecimiento, casó con María del Pilar Ana de Silva y Sarmiento, del linaje de los marqueses de Santa Cruz. No tuvieron más que una hija, Teresa, la futura XIII duquesa de Alba. El XII duque de Alba se puso pronto a la tarea de asegurar la continuidad de su linaje, en precario debido a que su único hijo le había premuerto sin dejar más que esta heredera, nacida en 1762. Para hacer recaer de nuevo los estados de Alba en los Toledo, Fernando apalabró el matrimonio de su nieta con el marqués de Villafranca, suscribiéndose las correspondientes capitulaciones, en 1773, y celebrándose el matrimonio en enero de 1775, pero sus planes se frustraron por la esterilidad de la duquesa Teresa.

Una vez encarrilada y ajustada convenientemente la unión matrimonial de su nieta, el duque Fernando falleció, en su casa de la calle Barquillo, cuando contaba sesenta y dos años, el 15 de noviembre de 1776, por la mañana, confortado, en estado de total lucidez, con los auxilios espirituales, debiéndose su fallecimiento a la hidropesía. Le sucedió al frente de la Casa de Alba la pareja formada por su nieta Teresa, XIII duquesa de Alba y su marido, don José, marqués de Villafranca y duque de Medina Sidonia. El duque dispuso en sus últimas voluntades cómo quería que se desarrollasen sus exequias, y su cadáver se llevó discretamente, envuelto en una sábana, desde la casa mortuoria al Convento de San Hermenegildo, en cuya iglesia quedó instalada la capilla ardiente, una vez embalsamado y amortajado con el uniforme militar, cubriéndolo el manto calatravo. En la madrugada del 18 se le condujo al Real Oratorio de Padres del Salvador, también conocido como Iglesia de San Ignacio, que había sido noviciado jesuita, en la calle de San Bernardo, donde recibió sepultura junto al hijo premuerto, ocupando la presidencia del duelo el marido de su nieta y heredera.

Los testimonios de los contemporáneos del duque de Alba no le son favorables. El abate Béliardi escribe desde Madrid al duque de Choiseul una carta conservada en el Archivo de Exteriores francés: “Venía siendo Alba, con Roda, Grimaldi y otros, el hombre de las consultas regias, con toda violencia de carácter y su afán de dominar y destruir a quien le hiciese sombra”. Por su parte, el nuncio Valentín Gonzaga escribe el 19 de noviembre de 1776, cuatro días después de su muerte, que era tan mal sujeto que no lo querían ni sus correligionarios. Literalmente, el prelado decía: “Alba, cattivo soggetto, non amato anzi da pochi suoi amici, simili a lui nel modo de pensare”.

Pocos años después de su muerte, Christoph Gottlieb von Murr daba noticia de la confesión que el moribundo habría hecho acerca de su responsabilidad en toda una serie de intrigas desarrolladas a lo largo de los dos últimos reinados. Así, según dicha versión, habría sido uno de los coautores de la carta atribuida al presunto emperador de los guaraníes, don Nicolás I, habría hecho acuñar las monedas con la efigie de este supuesto monarca y habría provocado el Motín de Esquilache. Igualmente declaró, según el citado Murr, que la carta atribuida a los jesuitas en la que se decía que Carlos III era hijo adulterino de la Farnesio, carta determinante para que este soberano decretase la expulsión de la orden de España, había sido una superchería urdida por él, todo con la intención de inculpar a los jesuitas y lograr su expulsión. Aun en el supuesto de que no fuese cierta esta póstuma confesión, parece claro que se trata de uno de los mayores intrigantes del siglo xviii.

 

Bibl.: E. Cotarelo y Mori, Iriarte y su época, Madrid, Real Academia Española, Sucesores de Rivadeneyra, 1897; J. Ezquerra del Bayo, La duquesa de Alba y Goya: estudio biográfico y artístico, Madrid, Librería de Ruiz Hermanos, 1928; J. M. March, “La duquesa de Alba María del Pilar Teresa Cayetana y su marido el marqués de Villafranca”, en Boletín de la Real Academia de la Historia, tomo CXLIX, cuad. II (1961), págs. 151, 244; D. Ozanam, La diplomacia de Fernando VI. Correspondencia reservada entre D. José de Carvajal y el Duque de Huéscar, 1746-1749, Madrid, Escuela de Historia Moderna, 1975; D. Téllez Alarcia, “La supuesta anglofilia de D. Ricardo Wall”, en Revista de Historia Moderna, Anales de la Universidad de Alicante, n.º 21 (2003); J. André- Gallego, El motín de Esquilache, América y Europa, Madrid, Fundación Mapfre, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), 2003; J. L. Sampedro Escolar, La Casa de Alba. Mil años de Historia y de leyendas, Madrid, La esfera de los libros, 2007.

 

José Luis Sampedro Escolar