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Ricardo Wall y Devreux

Biografía

Wall y Devreux, Ricardo. El Dragón. Nantes (Francia), 5.XI.1694 – Soto de Roma (Granada), 26.XII.1777. General, diplomático y ministro.

Ricardo Wall y Devreaux “nació de paso, siguiendo sus padres al Rey de Inglaterra”, en la ciudad francesa de Nantes, en el seno de una familia de irlandeses exiliados jacobitas. Fue bautizado dos días después en la iglesia de Saint Nicolas, en circunstancias desventuradas. En la ceremonia ni siquiera se encontraba su padre, Matías Wall, natural de Killmallock, “noble ausente”, antiguo oficial del Ejército de Jacobo II (había sido “enseña” en el Regimiento Fitz-James), que probablemente servía en ese momento en el Ejército de Luis XIV, como tantos otros irlandeses. Él y su esposa, Catalina Devreaux, natural de Bucheres, habían huido de Irlanda en 1691 tras la derrota de Jacobo en la batalla del Boyne ante las tropas de Guillermo III, y vivían en el “Foso del pozo de la plata” bajo el amparo de algún familiar, probablemente Gilberto Wall, que aparece como padrino en la partida de bautismo.

Nada se conoce de sus primeros años hasta que, en torno a 1710, fue recibido como paje de la Duquesa de Vendôme. La muerte de Luis XIV y la paz con Inglaterra produjeron un giro inesperado en la situación de los exiliados irlandeses, por lo que Ricardo Wall dejó Francia y entró al servicio de Felipe V, gracias a la protección de la duquesa, que le entregó una carta de recomendación para el Monarca y para el ministro Alberoni. Su primer destino fue la Real Compañía de Guardia Marinas, fundada en Cádiz por Patiño en 1717, donde se graduó en la segunda promoción. Inmediatamente después, embarcó en el buque insignia de la escuadra española, el Real Felipe (setenta y cuatro cañones), al mando del almirante Gaztañeta, con el cual participó en la campaña de Sicilia (1718) hasta el hundimiento de la flota española en la batalla de Cabo Passaro. Tras el desastre, Wall pasó al Regimiento de Infantería de Hibernia, al mando del marqués de Lede. Con el grado de alférez, tomó parte en la campaña terrestre de la guerra, en acciones como las de Melazzo y Francavilla.

En la siguiente campaña —Ceuta (1720-1721)—, Wall aparece ya como aide de camp del marqués, y al final, fue ascendido a capitán del Regimiento de Batavia (de Dragones). En su hoja de servicios se destaca por estas fechas su “viveza y aptitud para cualquier cosa”; pero también se menciona ya que es “propenso a sus diversiones”, una de sus señas de identidad, compartida con tantos otros socarrones solteros de la época: “yo no tiento por la amenaza de casarme, déjeme V. E. gozar con tranquilidad de mi buena fortuna”.

En 1727, Wall acompañó al duque de Liria en su embajada a Rusia. Era, según el duque, “un hombre en quien ponía toda mi confianza, con quien desabrochaba mi corazón en todos mis disgustos, que no eran pocos”. Liria había nacido también en el exilio francés (Saint Germain-en-Laye, 1696) y era hijo del duque de Berwick, descendiente por tanto del mismísimo Jacobo II. El patrocinio del duque, basado en esta solidaridad de origen, relanzó la carrera militar de Wall, que fue agasajado por el Rey de Prusia, de quien recibió la Orden de la Generosidad, y por el propio Zar. Liria incluso llegó a proponer que se le diese el puesto de embajador en Berlín, proyecto que no prosperó.

Wall tenía así su primer contacto con el mundo diplomático y conocía algunas de las capitales más representativas del continente: Parma, Viena, Dresde, Berlín, San Petersburgo y Moscú. De regreso a España en 1729, volvió a su carrera militar, y entre 1732 y 1734, participó en la expedición a Toscana que colocó al entonces príncipe Carlos al frente del ducado de los Farnesio. Poco después, tras el estallido de la Guerra de Nápoles (1734-35), en el marco de la Guerra de Sucesión Polaca, Wall destacó, según su hoja de servicios, en las acciones de Capua, Mesina y Siracusa. En 1737 fue ordenado caballero de Santiago y poco después, en 1741, recibió, en segunda instancia, la encomienda de Peñausende, que comprendía las villas de Peñausende, Peralejos de Abajo, Saucelle, Saldeana y Barrueco Pardo (Wall había recibido la de Biedma, que intercambió con Casimiro de Uztáriz).

Era el espaldarazo definitivo para su carrera al servicio de los Borbones españoles. En 1736 había sido ascendido a coronel, aunque sin regimiento; en 1740 se le concedió el mando del de Dragones de Francia. Por fin sus colores y el lema de su familia, aut caesar aut nullus, lucían al frente de un regimiento. De ahí vendrá también su apodo El Dragón. Desempeñó, a partir de este momento, responsabilidades importantes, como la revista de las tropas españolas enviadas a Italia durante la guerra de Lombardía, sustituyendo en ocasiones al propio inspector general, Andrés Benincasa. A partir de 1744, participó en las operaciones, siendo empleado por el infante Felipe “en los ataques de audacia”. Brigadier en 1744 y mariscal de campo en 1747, la campaña de Lombardía le procuró la amistad de uno de los hombres fuertes del siguiente reinado: el duque de Huéscar (primogénito de la duquesa de Alba). Gracias a él abandonó la carrera militar después de ser herido en la acción de Plasencia, y entró definitivamente en el mundo diplomático y político. En mayo de 1747 recibió el encargo de una misión temporal “restringida nada más que a los asuntos de la guerra” en la República de Génova.

Apenas nombrado ministro de Estado, a fines de 1746, José de Carvajal y Lancaster, amigo íntimo de Huéscar, decidió seguir los consejos del duque, quien ya le había advertido con insistencia: “Mira que en el ejército tienes una cosa muy buena que es Wall, así en lo honrado como en lo capaz”. El ministro, que proyectaba una nueva diplomacia basada en el equilibrio y la neutralidad, lo destinó a la embajada de Londres, con el encargo de negociar la paz con el gabinete británico. A su llegada, a finales de septiembre, Wall se enfrentó con serias dificultades derivadas de la antipatía que despertaba entre los ministros ingleses su origen irlandés y jacobita, que fue azuzada por la enemiga del marqués de Tabuérniga, un exiliado español que deseaba el cargo que Wall acababa de ocupar. Aunque las negociaciones acabaron llevándose a un congreso general en Aquisgrán, Wall logró ganarse la confianza de aquellos que lo consideraban “más jacobita que el Pretendiente” o “un Espión de la Francia”. A la altura de 1749, podía jactarse de “merecerles grandísima confianza”, aunque dejando bien claro que “si el Rey me mandase invadir estos reinos con cien hombres espada en mano, le obedecería prontamente”.

En Londres se alojó en una mansión de Soho Square, la zona de moda de la ciudad; disfrutó de la intensa vida social al uso para diplomáticos y se mostró hábil y perspicaz en las ocasiones en se requirió. Por estas fechas fue retratado por Van Loo (obra que se conserva en la National Gallery de Dublín), encargó un Santiago a Tiépolo para la capilla de su iglesia (cuadro que actualmente se puede visitar en el Szépmüvészeti Múzeum de Budapest) o patrocinó a hombres como Smollett, cuya traducción del Quijote al inglés (1755) está dedicada al propio Wall.

Su embajada londinense resultó notablemente provechosa en el terreno diplomático, pero no fue él el único responsable de la buena marcha de las relaciones hispano-británicas. El embajador inglés Benjamin Keene y Carvajal resolvieron en Madrid la mayor parte de los espinosos problemas bilaterales, empezando por la firma del Tratado del Asiento, en 1750; mientras, en secreto, el marqués de la Ensenada intentaba, a su manera, involucrar al embajador en sus planes de espionaje militar. La limitada capacidad de Wall para estos menesteres, confesada por él mismo, obligó al marqués a enviar a Londres a Jorge Juan, el marino y matemático que colmó con creces las aspiraciones del ministro de Marina. Con todo, Wall jugó siempre un papel digno, aunque a la vieja usanza, sin entrar en las “picardigüelas” de Ensenada. Entre sus logros diplomáticos más destacados cabe señalar la paralización de un proyecto inglés de exploración del Mar del Sur, a petición suya, su viaje a Hanover junto al monarca inglés en su visita bianual de sus dominios electorales, o su breve estancia en Madrid, en 1752, en la que, además de conocer personalmente a Carvajal y a los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza —a los que causó una gratísima impresión—, obtuvo, a pesar de las conspiraciones francesas para sustituirle por Grimaldi, el nombramiento de teniente general y la confirmación de su puesto.

Dos años después, tras la repentina muerte de Carvajal (8 de abril de 1754), Wall apareció como la solución idónea para ocupar el puesto a pesar de que su origen extranjero y su fama de antijesuita —excitada por el padre Rávago, confesor de Fernando VI— produjeron el rechazo de los sectores más ensenadistas de la Corte. Pero Ensenada era ya objeto de la conspiración que lo apartaría del poder el 20 de julio y Huéscar inclinaba a Fernando VI a elegir a Wall por ser éste el más próximo a los postulados políticos de Carvajal en lo referente al mantenimiento a ultranza de la neutralidad, la obsesión del Monarca.

Caído Ensenada, su gestión política al frente de Estado comenzó en medio de la agitación que produjo lo que, en España y en Europa, se vio como un gran éxito de los ingleses en Madrid: en todas las cortes se pensó que la guerra era inminente. Wall temió durante unos meses la vuelta al poder de los ensenadistas, consciente de los apoyos que tenía el marqués, entre ellos el del jesuita padre Rávago, su enemigo más declarado, que todavía siguió en la Corte al lado del Rey. Pensó que colegiales y jesuitas conspiraban contra él, mientras era objetivo declarado de las intrigas de los franceses, que debían recuperar como fuera la valiosa alianza española. La embajada francesa divulgó el cliché del Wall anglófilo que le acompañaría ya siempre. Sin embargo, Wall fue la pieza clave del mantenimiento del sistema de neutralidad “religiosa”, como él la denominaba, convirtiendo la posición española en el detonante de la “Reversión de Alianzas” europea que presidió el enfrentamiento anglo-francés durante la Guerra de los Siete Años.

Sin ceder a las continuas trampas y ofrecimientos de Francia y de Inglaterra, Wall consiguió mantener la neutralidad hasta la llegada de Carlos III. Superó numerosos incidentes, como el del Antigallican, el ataque a la flota pesquera vasca en Terranova, o la toma de Guadalupe por los ingleses en abril de 1759; rechazó negociar lo que pensó que no eran más que chantajes (Menorca, Gibraltar); tranquilizó a Isabel Farnesio y al futuro Carlos III, que temían la pérdida de América a consecuencia de la guerra y hasta que hubiera un complot en el lecho del moribundo de Villaviciosa de Odón. Fiel a su rey Fernando VI, Wall soportó con enorme entereza su cruel enfermedad, dirigiendo todo en el gobierno durante el “Año sin rey” y procurando encontrar los mecanismos para entronizar al futuro Carlos III, cuyas dudas y falta de decisión para tomar las riendas en una situación tan tormentosa le llegaron a exasperar. La muerte de Fernando VI el 10 de agosto de 1759 fue para Wall el fin de una pesadilla, que él mismo dijo que no quería recordar nunca; pero su vida política iba a ser igualmente agitada con el nuevo Rey.

Carlos III no era un amante de la neutralidad como su hermanastro. Aunque mantuvo a Wall en el cargo, la política española tomaría un giro inesperado tras las conversaciones que desembocaron en la firma del Tercer Pacto de Familia (agosto de 1761). Wall se vio obligado a romper la neutralidad en una acción diplomática que él sabía que provocaría la entrada de España en la guerra —sin ninguna garantía de éxito—, lo que había logrado evitar durante seis años. Los resultados desastrosos —los ingleses tomaron La Habana y Manila en 1762—, la guerra de nuevo en la frontera portuguesa —sólo el reinado de Bárbara había podido mantener la paz entre los reinos vecinos—, y la situación en la Corte, en la que Carlos III se entregaba a sus ministros italianos y a la “alianza de familia” de nuevo, le fueron tornando escéptico y distante. De ahí viene otro de sus clichés.

Sin embargo, su “aversión a los negocios”, lejos de proceder de una falta de inclinación al trabajo, como algunos autores han afirmado, provenía del desengaño, como él mismo dejó escrito: “Cada día me voy desengañando de la esperanza de ver remediar los inveterados abusos que reinan en esta Monarquía de siglos a esta parte. Son pocos los que piensan al bien común, cada uno mira su patria como un pasajero considera el navío en que se embarca para pasar a un puerto, como le desembarque y las mercancías que tiene, nada se le da que vaya a pique después de dejarle en tierra con su hacienda”.

Wall había intentado ya en 1757 un retiro honroso, que fue rechazado por Fernando VI. En 1763, después de la firma de la paz y tras algunos reveses en su política regalista (anulación del Exequatur Regio sin su conocimiento), Wall consiguió ver realizados sus deseos y abandonó el ministerio. Carlos III le concedió el gobierno del Soto de Roma, un pequeño Real Sitio ubicado en la vega del Genil, a pocos kilómetros de Granada, y le concedió la Orden de San Genaro. En los últimos años de vida, Wall se dedicó a la mejora de la administración del Real Sitio, muy deteriorada después de años de abandono, y a algunos encargos menores como la restauración del palacio árabe de la Alhambra, que dirigió entre 1769 y 1772, o la supervisión de las Nuevas Poblaciones de Olavide, en 1769. Fiel siempre a la Monarquía, anualmente, se desplazaba a Aranjuez, en mayo, para hacer su corte a Carlos III, y en calidad de consejero de Estado (1759- 1772), todavía intervino en algunos asuntos espinosos, como las Juntas de Abril y Mayo tras los alborotos de Madrid, conocidos en la historiografía como motines contra Esquilache.

Desde una perspectiva administrativa, Wall ejerció, junto a la Secretaría de Estado (1754-1763), la Secretaría de Guerra (1759-1763) y fue consejero de Estado (1759-1772). También obtuvo, a la caída de Ensenada, el nombramiento como secretario de Indias, pero renunció a favor de Julián de Arriaga. A lo largo de su ministerio creó una red de hechuras y protegidos que le sobrevivieron varias décadas y que dirigieron los destinos de España durante el siguiente reinado. Entre ellos destacan el marqués de Grimaldi, el conde de Aranda, el conde de Campomanes, Manuel de Roda, el conde de Fuentes, o el conde de Ricla. Entre sus incondicionales hay una larga nómina de irlandeses, como Alejandro O’Reilly, el conde de Mahony o el conde de Lacy, Diego Purcell, Diego Nangle, Pedro Stuart, Ambrosio O’Higgins, Guillermo Bowles, Bernardo Ward o Carlos McCarthy. Entre los protegidos hay nombres tan conocidos como los de Francisco Pérez Bayer, José Clavijo y Fajardo, Benito Bails, Celestino Mutis, José Agustín del Llano, Bernardo de Iriarte, Bernardo del Campo o Juan Chindulza.

En su última etapa, Wall se caracterizó por la piedad de sus costumbres. Él mismo confesó que se propuso redimir una vida llena de desórdenes, “sin otro cuidado que el de mi salvación; este punto es de mucha entidad para uno que ha vivido tantos años y tan mal como yo”. Testigos contemporáneos destacaban de él “un buen fondo de religión, de costumbres muy arregladas, devoto, limosnero, benéfico y nada desdeñoso con los pobres”. La paz no llegaría, con todo, a su muerte. El testamento del irlandés favorecía claramente a su confesor, Juan Miguel Kayser, quien se lo había arrancado prácticamente en el lecho de muerte. El subsiguiente pleito entre los herederos naturales del ministro, su primo Eduardo Wall y su familia y el propio confesor, enturbiaría su memoria algunos años. Eduardo Wall se serviría constantemente de la memoria de pariente a lo largo de su vida. Casado con la condesa de Armíldez de Toledo y, por tanto, entroncado con la nobleza española, su política matrimonial llevaría a que sus hijos fortaleciesen estos lazos con uniones con las Casas de Fuentes, de Cañada- Tilly y, ya en el siglo XIX, de Floridablanca.

Historiográficamente, la figura de Ricardo Wall ha sido descuidada cuando no claramente maltratada. Los tópicos más variopintos han hecho del irlandés un anglófilo —llegando al extremo de poner en duda su lealtad a España—, un perverso antijesuita e incluso un masón. Los errores sobre su vida son descabellados. Hay quien asegura que su carrera empezó en el Ejército francés o que participó en el Congreso de Aquisgrán; también que fue un agente secreto español en América e intentó un plan de invasión de Jamaica. Su origen extranjero y la mala interpretación de su política —considerada débil y entreguista—, así como la tendencia por sobrevalorar a Carlos III y sus gobiernos ilustrados posteriores, han oscurecido su figura. Sin embargo, Wall fue la correa de transmisión de dos generaciones de enorme importancia para la historia de España: la reformista que llevó al poder a Carvajal y a Ensenada, partiendo de las bases trazadas por Patiño y Campillo, y la que profundizó en las reformas, durante los gobiernos de Aranda, Campomanes y Floridablanca. Ricardo Wall supo mantener la neutralidad heredada, condición básica para el desarrollo de la política interior, a la vez que llevaba a la culminación el proyecto carvajalista de una nueva diplomacia española, basada en la introducción de la España discreta en el nuevo concierto de las naciones.

Fue hijo único y nunca se casó. Su socarrona soltería voluntaria —“ no concibo nada a la atadura”, decía— supuso el final de su linaje. Murió de viejo, a los ochenta y tres años tras enfermedad repentina: “La crueldad de los hielos le sofocó el pecho”. Pasó sus últimos días en “cama, siendo necesario el que dos criados le muevan en ella y le levanten algunos ratos. Su endeblez es grande pero mayor de medio cuerpo abajo, poco apetito”. En medio de la polémica sobre los cementerios, demostró ser hombre ilustrado y devoto, pues pidió “que se le enterrase en ataúd liso y lo más simple que pudiese ser” y “que se trasladase su cuerpo al Cementerio luego que éste se hubiese concluido, en donde se sepultase como al más pobre de la parroquia”. Años después Pérez Bayer visitó su tumba donde seguramente le agradaría ver el sencillo epitafio, con sus solos méritos, todo en latín salvo una palabra en griego.

 

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José Luis Gómez Urdáñez y Diego Téllez Alarcia