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José Fernando de Abascal y Sousa

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Biografía

Abascal y Sousa, José Fernando de. Marqués de la Concordia Española del Perú (I). Oviedo (Asturias), 30.V.1743 – Madrid, 31.VII.1821 – VIII.1821. Militar y virrey de Perú.

Sentó plaza de cadete, lo que implicaba la condición noble, el 27 de junio de 1762, en el Regimiento de Infantería de Mallorca, unidad que se había distinguido en el río Tídone, el 10 de agosto de 1746, en las campañas de Italia, hasta el extremo de recibir el privilegio único de poder bordar en sus banderas una referencia a su bizarría.

No es fácil seguir los años iniciales de Abascal en el Ejército, ya que su hoja de servicios se muestra parca al respecto, en comparación con la extensión que dedica a su época en Perú.

Aparentemente, su primer destino fue la Escuela de Matemática de Barcelona, donde los distintos cuerpos mandaban cadetes y oficiales prometedores para cursar estudios. Sus contactos con América datan de muy temprano. El 18 de febrero de 1769 su regimiento al completo, con mil cuatrocientos cuarenta hombres, sale de El Ferrol destinado de guarnición a Puerto Rico, donde llega entre el 21 y el 23 de marzo. Permaneció allí veintidós meses, hasta que fue relevado por el Regimiento de la Victoria, regresando entonces a la Península. Durante su estancia sufrió tantas bajas, seguramente debido al clima y a las deserciones, que en diciembre de 1770 hubo que enviarle desde España ciento cincuenta reemplazos.

Recibió su bautismo de fuego en la malhadada expedición a Argel, el 8 de julio de 1775, ya como teniente y habiendo pasado al Regimiento de Toledo. La operación estuvo mal planteada desde el principio. Las tropas fueron transferidas prematuramente de los buques a las barcas en las que debían realizar el asalto anfibio, sufriendo toda una noche en tan incómoda situación, hasta que finalmente recibieron orden de desembarcar en la costa enemiga. Lo hicieron, también por fallos en la organización, con los Cuerpos fragmentados en las diferentes oleadas, de manera que cuando tocaron tierra, ninguno estaba al completo.

Aún así, avanzaron sin vacilar, contra los contrarios, rechazándolos. La necesidad de reunir las unidades hizo que se tuvieran que replegar a un mal reducto, construido apresuradamente, donde sufrieron durante horas el fuego de los adversarios, sin poder responder. En plena noche, el comandante de la expedición, Alejandro O’Reilly, dispuso el reembarque, que se llevó a cabo ordenadamente. Todo indica que se precipitó, y que si hubiera apoyado adecuadamente el ataque lanzado por la mañana, el triunfo podría haber sido suyo.

Un año después, Abascal, en funciones de “ayudante mayor y capitán”, se incorporó como segundo jefe del II Batallón (su hoja de servicios menciona, por error, al III, pero los terceros batallones no fueron formados hasta la Real Orden de 2 de septiembre de 1792) de su regimiento que, con setecientos diecinueve hombres, formaba parte de la tercera brigada de la expedición que dirigió Pedro de Cevallos, primer virrey de Buenos Aires, contra la isla de Santa Catalina y la Colonia de Sacramento. En esta oportunidad, las operaciones se desarrollaron felizmente. El convoy salió de Cádiz el 13 de noviembre de 1776. El primer objetivo cayó tras una breve resistencia, el 23 de febrero de 1777. La guarnición portuguesa de la Colonia se defendió con mayor empeño, pero, tras un breve asedio, tuvo que capitular el 4 de junio.

Abascal prestó sus siguientes servicios embarcado, con motivo de la guerra contra Gran Bretaña. Su regimiento fue seleccionado para participar en la expedición que se preparó para la reconquista de Jamaica, pero fue anulada, a causa de la epidemia de vómito negro que se declaró en la flota, mandada por Solano y, finalmente, se le envió a La Habana.

Según su hoja de servicios “sirvió en el ejército de operaciones al mando del comandante general, conde de Gálvez”. Éste dirigió sucesivos ataques contra la Florida británica, que se saldaron con un éxito total, y con la captura de Manchac (6 de septiembre de 1779), Baton Rouge (21 de septiembre), Mobila (13 de marzo de 1780) y Pensacola (11 de mayo de 1781). La hoja de servicios, sin embargo, no destaca la intervención de Abascal durante este período en ninguna acción concreta, ni su nombre aparece en la relación de recompensas tras la toma de Pensacola, en la que no participó su regimiento. Parece posible, pues, que no interviniera en ninguna acción de armas distinguida.

Al terminar las hostilidades, Abascal había sido ascendido, sucesivamente, a capitán “vivo” (8 de octubre de 1781), esto es, efectivo, y a teniente coronel graduado (1 de enero de 1783). La diferencia entre una y otra situación es que el carácter de “vivo” significaba que se poseía el empleo efectivamente, en propiedad, mientras que el grado era una situación provisional, que sólo se consolidaba cuando se recibía el correspondiente “empleo”.

La guerra contra la Francia de la Convención le llevó de nuevo a las operaciones activas, en esta ocasión formando parte del Ejército de Cataluña. Éste había sido mandado en un principio y con notable acierto por el general Ricardos. Tras su muerte, le sustituyó el conde de la Unión, cuyas inferiores dotes se tradujeron en un cambio de signo en las operaciones. Abascal, que para entonces servía en el Regimiento de Órdenes Militares como teniente coronel, estuvo en las acciones defensivas que se desarrollaron durante la primavera y el verano de 1794 en la línea Espollá-Pont de Molins-Llers, ocupada para proteger a Figueras, así como en los intentos para auxiliar a la guarnición cercada en Bellegarde.

Desde 1796, su carrera toma un giro abiertamente americano. En agosto de ese año es nombrado teniente del Rey en La Habana, donde permanece tres años. En 1799 pasa como gobernador y comandante general a Guadalajara en Nueva Galicia (Nueva España, el actual México). Resulta muy significativa la minuciosidad con que, en documentos anejos a su hoja de servicios, el propio Abascal se extiende describiendo su actuación en ese puesto, por lo que dice sobre su carácter.

Así, señala cómo en 1800 acabó con una conjura en la que estaban implicados treinta mil indios —aunque parece que esta cifra es exagerada—, que logra abortar a costa de sólo la muerte de dos de ellos, mientras que cinco nada más fueron heridos. Detalla también con satisfacción las obras que realizó, desde “enlucir las casas, cuya operación pedía imperiosamente el aspecto exterior” hasta empedrar las calles, construir baños públicos “de elegante gusto”, escuelas, “una hermosa plaza”, “un sólido puente de piedra” y “un delicioso paseo”. Dedica a ese corto período de cuatro años más espacio que el consagrado a los treinta y ocho previos de servicio, que incluyen cuatro guerras, revelando la extraordinaria importancia que daba a su papel como administrador, quizás más relevante, a sus ojos, que su faceta militar.

El 4 de abril de 1804, siendo mariscal de campo desde octubre de 1802, es nombrado virrey, gobernador y capitán general de las provincias del Río de la Plata. Parece posible que influyeran en esta designación los muy favorables informes que sobre él había enviado el virrey Marquina, de Nueva España. En concreto, y refiriéndose a su comportamiento durante la frustrada rebelión de los indios, había elogiado “su tacto, inteligencia, amor al Rey y deseo del bien público”, características todas que volvería a demostrar en su próximo y más difícil destino.

Sin embargo, en el viaje de incorporación a su nuevo puesto la nave que le transportaba fue capturada por un buque británico, habiéndose declarado la guerra entre Inglaterra y España, circunstancia que Abascal ignoraba. Se traslada entonces a Lisboa, donde se le notifica que el 6 de octubre ha sido designado virrey de Perú, con instrucciones de incorporarse “no obstante la calidad de prisionero”, lo que parece indicar que se encontraba en la capital portuguesa como prisionero bajo palabra, práctica habitual entonces.

De Lisboa viaja al Janeiro, luego a la isla Catalina, en cuyas costas había desembarcado por la fuerza treinta años antes, y de allí emprenderá una larga travesía por tierra de seis mil quinientos kilómetros hasta su destino. A pesar de los “muchos malos y peligrosos tránsitos”, se alegró de recorrer el inacabable camino, a lo largo del cual adquiriría un conocimiento de las regiones que atravesó que no tardaría en serle útil.

El 26 de julio de 1806 toma posesión de su nuevo cargo, en Lima. Estaba excepcionalmente preparado para él. Era un veterano de cuatro campañas, contra argelinos, portugueses, ingleses y franceses; tenía experiencia de combates terrestres y de operaciones anfibias; conocía América, habiendo servido en Puerto Rico, La Habana y Nueva España y durante su estancia en Guadalajara había dado muestras de extraordinarias condiciones de administrador.

Todas estas circunstancias le serán de gran utilidad cuando, a partir de 1809, empiezan a estallar a su alrededor movimientos insurreccionales. Sin desconcertarse, a diferencia de algunos de sus colegas, Abascal les hará frente. No se limitará a controlar el territorio de su inmediata jurisdicción, sino que ampliará su actividad a otros, como el Reino de Quito, Chile y el Alto Perú (actual Bolivia) que incorporará a su virreinato, a pesar de que hasta entonces pertenecía a Buenos Aires.

Actúa de esa manera por distintas consideraciones. En primer lugar, para atender a las peticiones de ayuda que recibe. La colaboración entre los distintos dominios españoles no era nada nuevo. Así, Lima y el Río de la Plata habían cooperado para aplastar la sublevación de Tupac Amaru, y el mismo Abascal había enviado auxilios a Buenos Aires por valor de seiscientos mil pesos con motivo de las invasiones inglesas. Pero, en esta ocasión, además, estaba en juego la propia supervivencia del sistema. Quito constituía la frontera norte del virreinato, y de aquel reino dependía Guayaquil, puerto esencial para el movimiento de tropas desde y a Nueva Granada y la Península. En cuanto a Chile, no sólo era una probable avenida de invasión, como la experiencia demostró, sino que sus suministros, sobre todo de trigo, eran esenciales para Lima. En cuanto al Alto Perú, era otra posible vía de ataque, y una importante reserva de hombres y de medios. Abascal mostraría verdadero empeño por tener allí acuartelado al núcleo de sus tropas, para aliviar la carga que pesaba sobre su virreinato. Por otro lado, en los momentos de mayor optimismo vio aquella región como una base de ambiciosas operaciones, cuando se pensó en hacer una gigantesca tenaza contra Buenos Aires desde allí y desde Montevideo.

Por tanto, imperativos no sólo políticos, sino económicos y estratégicos aconsejaban a Abascal apoyar la causa realista en los territorios vecinos, ejerciendo así una defensa avanzada de su propio virreinato.

Lo admirable es la intensidad del esfuerzo que fue capaz de mantener durante años, desde una posición de partida poco alentadora. En efecto, Lima había dejado de ser el emporio de riqueza que fue en el siglo anterior, y ni siquiera era capaz de autoabastecerse. Por otro lado, al igual que otras regiones de la América continental, no contaba con unidades regulares peninsulares y con sólo un regimiento veterano, americano, el Real de Lima, con apenas mil cuatrocientos hombres. Poseía, sí, numerosos Cuerpos de Milicias, también mayoritariamente locales, pero de muy distinto valor militar y de fidelidad no siempre segura. Que con tan pobres medios se pudiera hacer lo que se hizo es realmente asombroso.

El primer desafío se planteó con la cadena de levantamientos que estallan a lo largo de 1809, año en que fue ascendido, el 4 de enero, a teniente general: el 25 de mayo, en Chuquisaca; el 12 de julio, en La Paz; el 10 de agosto, en Quito. Aunque ninguno de ellos afectaba directamente al territorio peruano, Abascal se apresura a tomar medidas. Tras un intento de conciliación, concentra en Puno las Milicias disponibles, a cuyo frente pone a Goyeneche. No sin librar duros combates, el 25 de octubre entra éste en La Paz, poniendo fin a la sublevación.

Por lo que a Quito se refiere, Abascal envía una pequeña expedición, con miembros del Real de Lima y con elementos del Batallón de Milicias de Pardos (mulatos), que, al igual que en otros puntos de las Indias, se mostraron tan leales como eficaces. Arredondo manda esas fuerzas, que no necesitan combatir. Ante la noticia de su llegada, la Junta repone en el poder al depuesto presidente, conde Ruiz de Castilla.

En cuanto al alzamiento en Chuquisaca es dominado por Nieto, enviado con tropas desde Buenos Aires.

Así, en unos meses, y gracias sobre todo a Abascal, se había hecho frente de forma satisfactoria a la primera crisis. Sin embargo, no tarda en presentarse otra, más grave, cuando el 25 de mayo de 1810 se produce una revolución en Buenos Aires. Se forma una Junta que desposee de su cargo al virrey y que intenta extender el levantamiento a Paraguay, Montevideo y el Alto Perú.

A partir de entonces, y hasta el término de su mandato, Abascal tendrá que enfrentarse a un doble peligro. De un lado, los ejércitos que del Río de la Plata marcharán sobre el Alto Perú. Según la relación de fuerzas, se producirá un vaivén de ataques y contraataques de ambos bandos, que de invasores pasan a ser invadidos, para luego retomar la ofensiva. De otro, las constantes sublevaciones que estallarán en las provincias alto peruanas, amenazando cortar las comunicaciones entre Lima y el ejército de operaciones.

Ante la noticia de lo sucedido en Buenos Aires, el virrey, que no está dispuesto a que la sublevación se instale en sus fronteras, se apresura a tomar medidas. En junio, aceptando la invitación de autoridades locales, toma el mando sobre el Alto Perú y envía varios contingentes al que será nuevo teatro de operaciones. La aparición de focos revolucionarios en Cochabamba, Oruro y La Paz, combinados con el avance de tropas rioplatenses y un alzamiento en Córdoba deja aislados a destacamentos realistas. Una victoria de éstos en Cotagaita, el 27 de octubre no basta para impedir una sonada derrota en Suichapa, el 7 de noviembre. Los supervivientes se tienen que replegar al amparo del ejército de Goyeneche, situado en la frontera, que el virrey procura reforzar como puede. Para fines de año, el Alto Perú está perdido para los realistas y Liniers, antiguo virrey de Buenos Aires, y Nieto, fusilados.

Ambos bandos aprovechan el largo armisticio que se acuerda para prepararse con vistas a la próxima campaña. Abascal, a fin de aumentar los efectivos de su general, se desprende de uno de los dos batallones del Real de Lima, quedándose prácticamente sin fuerzas regulares con que atender al resto de su jurisdicción. Para completarlas, forma un nuevo Cuerpo, el Regimiento de la Concordia Española del Perú, formado por mitades por españoles y americanos. En verano, completados sus preparativos, Goyeneche toma la iniciativa, venciendo en Huaqui (20 de junio de 1811), lo que permite la recuperación de La Paz y Oruro. El 13 de agosto triunfa de nuevo en Sipe-Sipe. El 16, entra en Cochabamba, y después en Chuquisaca.

El respiro así conseguido es sólo momentáneo, porque vuelve a producirse al poco una sublevación en Cochabamba, apoyada por nutridas “indiadas”. Abascal, de nuevo, tiene que enviar refuerzos para hacer posible la ofensiva que se organiza en mayo de 1812. Gracias a ellos, la rebelión es aplastada y la ciudad, tan obstinada en la lucha por la independencia, saqueada.

Controlada de esta forma la retaguardia, el virrey cree llegado el momento de montar un ataque a fondo contra Buenos Aires. Su idea es llegar hasta Córdoba, y desde allí operar en combinación con las fuerzas de Montevideo, donde han llegado refuerzos de la Península. El objetivo, no obstante, era demasiado ambicioso, por la inmensa distancia que separaba ambos puntos y porque los rioplatenses habían tenido tiempo sobrado para recuperarse y acumular medios. La vanguardia realista, al mando de Tristán, ocupa Jujuy y Salta, pero, con demasiada audacia y en contra de las órdenes formales del virrey, profundiza excesivamente su avance, siendo batida el 24 de septiembre en Tucumán. Se ve obligada, pues, a replegarse a Salta, pasando a la defensiva, a la espera de refuerzos.

Pero antes de que éstos lleguen, es el comandante enemigo, Belgrano, quien se pone en movimiento. El 20 de febrero de 1813 ataca. Tristán es derrotado, viéndose en la precisión de capitular con todas sus tropas. Ante la noticia, Goyeneche, que manda el grueso del ejército, no sólo evacua Potosí, replegándose sobre Oruro, sino que pacta un armisticio.

Abascal, indignado, acepta la dimisión que el general le ha presentado innumerables veces. Su sucesor, Pezuela, parte de Lima con un refuerzo de únicamente doscientos setenta hombres del omnipresente Real de Lima, lo que refleja la escasez de tropas que tenía el virreinato. El 7 de agosto se incorpora a su puesto, entregándose a la reorganización de las unidades. Sabedor de que Belgrano ha reemprendido la ofensiva, le sale al paso, derrotándole sucesivamente en Vilcapugio (30 de septiembre) y Ayohuma (14 de noviembre), lo que le permite recuperar Chuquisaca y Potosí. Los rioplatenses tienen que retirarse a Salta. Los realistas recuperan así el control del Alto Perú, haciendo fracasar la segunda ofensiva de Buenos Aires.

Antes de pensar en un contraataque, los de Pezuela tenían que acabar con los últimos focos de la insurrección. Con esa finalidad, un destacamento marcha sobre Cochabamba, evacuada por el jefe independentista, Arenales, que se repliega a Santa Cruz de la Sierra. Desde allí, junto con Warnes, emprende una feroz guerra de guerrillas que se extenderá a otros puntos del territorio, y que agotará y desgastará a sus enemigos.

Mientras, el grueso del ejército realista avanza de nuevo por la ruta de Jujuy y Salta, pero se ve envuelto por nubes de gauchos dirigidos por Güemes, que dificultan el aprovisionamiento y amenazan con cortar las comunicaciones. En esas circunstancias, llegan noticias de la rendición de Montevideo, que hace ilusorio el pretendido ataque envolvente sobre Buenos Aires. El 3 de agosto de 1814, Pezuela emprende la retirada desde Jujuy, con la aprobación de Abascal, que, a pesar de su espíritu ofensivo, tiene que inclinarse ante la evidencia.

En tan delicada situación, y para complicarla más aún, se producen dos hechos. De un lado, el intento del coronel Saturnino de Castro de amotinar a las tropas. De otro, una sublevación en Cuzco, que amenaza dejar aislado de Lima al ejército. La lealtad ejemplar de las tropas permite hacer frente a ambos problemas. Los soldados no sólo se niegan a seguir a Castro, sino que cuando éste es capturado, se presentan voluntarios para formar el pelotón de ejecución. También combaten sin reticencias a sus paisanos cuzqueños, hasta derrotarlos, eventualmente.

Por fortuna para los realistas, el nuevo jefe rioplatense, Rondeau, avanza con demasiada precaución, y no aprovecha la excelente oportunidad que se le presenta de atacar a un adversario que se encontraba en tan vulnerable posición.

La llegada de refuerzos, que Abascal hace llamar desde Chile, y la noticia de que España prepara una expedición, al mando de Morillo, contra el Río de la Plata, permiten que el virrey trace un nuevo plan para relanzar su viejo proyecto de una doble ofensiva contra Buenos Aires. Sin embargo, en agosto de 1815 se sabe que, al final, los expedicionarios tienen como destino Nueva Granada, por lo que no se puede contar con su ayuda.

A pesar de ello, Abascal insiste en la necesidad de un ataque, antes de que el ejército se deshaga por la falta de dinero y por la desmoralización y de que se produjese la “entrada de aguas, en cuya estación es impracticable en aquel país toda operación militar”. Se trata de una jugada desesperada, que da resultado. El 29 de noviembre, las tropas de Rondeau son batidas en Vilhuma. Antes de que acabe el año, todas las ciudades de la región están de nuevo en manos realistas. Aunque la guerrilla, enquistada, persiste, los ejércitos bonaerenses nunca volverán a intentar la conquista del Alto Perú.

El virrey, fiel a sí mismo, ordenará a Pezuela que explote el éxito, marchando sobre Tucumán. La falta de tropas no permitirá ejecutar estas instrucciones.

El Alto Perú no fue la única preocupación de Abascal. Sus fuerzas también actuaron en Chile. Tras unos fallidos intentos de conciliación con la Junta que asume el poder allí, decide apoyar a los núcleos realistas que quedan, y aprovecharse de las tensiones que muy pronto surgen entre los independentistas. En octubre de 1812 decreta la incorporación a Perú de Valdivia y Concepción, fieles al Rey. La falta de tropas no le permite enviar allí el contingente que hubiese deseado, por lo que se tiene que limitar a mandar al brigadier Pareja con algunos oficiales y dinero, con la misión de levantar nuevas unidades. Pareja llega a su destino en enero de 1813, obteniendo algunos éxitos iniciales, pero el escaso entusiasmo de sus hombres ante la idea de una ofensiva a fondo le obliga a acogerse a Chillán, donde morirá, pero que el enemigo no logra conquistar. A fines de año, el virrey se considera ya en condiciones de hacer un esfuerzo suplementario, y envía al brigadier Gainza, con un importante refuerzo. Éste, sin embargo, no se considera en condiciones de resolver por las armas la situación, y prefiere entrar en tratos con el enemigo, firmando el 3 de mayo de 1814 el Convenio de Lircay, en virtud del cual se compromete a evacuar el territorio, a cambio de vagas concesiones por parte independentista.

La reacción de Abascal ante lo que llama “infausta” noticia es la que se podría esperar de él: repudia lo suscrito, amonesta a Gainza y manda una nueva expedición dirigida por Mariano Osorio. Es de notar que en ella figura el primer Cuerpo peninsular salido desde España, un batallón del Regimiento de Talavera. Durante cinco años, pues, sólo americanos han defendido la causa del Rey en tan extensa región.

El 13 de agosto de 1814, Osorio entra en campaña. El 1 y el 2 de octubre ataca a sus adversarios en Rancagua. El jefe de éstos, O’Higgins, tras sufrir grandes pérdidas y con las municiones casi agotadas, logra romper el cerco, pero tan debilitado que el día 5 su rival entra en Santiago. Con ello, aunque persistirán focos de resistencia, se completa la reconquista del Reino de Chile.

Abascal podía considerarse satisfecho. Para 1815 tanto el Alto Perú como Chile estaban bajo su control, mientras que Quito se hallaba en manos realistas desde noviembre de 1812, también con ayuda de Lima. Además, gracias al apoyo del virreinato peruano, se había recuperado la provincia de Popayán, en Nueva Granada. Para lograr este espléndido resultado, había tenido que reclutar, equipar, instruir y mantener a millares de hombres, partiendo prácticamente de la nada, y habiendo contado con sólo una mínima y tardía ayuda de la Península. Por otro lado, lo que también es significativo, en el clima de efervescencia que sacudía a todas las Indias, en el virreinato peruano apenas se habían producido incidentes. Como escribió, resumiendo sus actividades: “siendo el resultado de todo la tranquilidad en que entregué el territorio que me estaba confiado; conquistados a fuerza de armas los Reinos de Chile y Quito, éste en dos ocasiones y sujetas las cuatro Provincias más pobladas y pingües del virreinato de Buenos Aires; dejando en pie un Ejército de más de diez mil hombres aguerridos, disciplinados y provistos de todo lo necesario”.

Todo ello era aún más notable si se tiene en cuenta el lamentable estado económico del territorio bajo su mando y al que correspondió sufragar los elevados gastos derivados del conflicto. Con la desaparición del sistema de flotas y la creación del virreinato del Río de la Plata, al que fue incorporado el Alto Perú con su rica producción minera, desde finales del siglo XVIII, Perú estaba prácticamente en quiebra. Buenos Aires había sustituido a El Callao como principal puerto de Sudamérica y se había perdido el mercado alto peruano. Lima vivía prácticamente sólo de la exportación de metales preciosos del cerro de Pasco y otros yacimientos y tenía, ya antes de la guerra, con el enorme aumento de gastos que ésta supuso, un déficit en la balanza comercial de en torno a los cuatro millones de pesos anuales. En 1815, el déficit anual se cifraba en un millón y medio de pesos y el acumulado, en doce. La decisión, “indiscreta y antipolítica”, de las Cortes de Cádiz de suprimir el tributo a los indios, adoptada el 13 de marzo de 1811, en pleno conflicto, y que no sería anulada hasta el 1 de marzo de 1815, privó a la hacienda peruana de una importante fuente de ingresos, que el propio virrey cifra en un millón doscientos cincuenta mil pesos anuales, aumentando aún más si cabe sus problemas. Supo, no obstante, resolverlos, allegando recursos de todas las fuentes posibles.

Desde el punto de vista político, la situación era poco más halagüeña. Aunque, en general, las elites criollas apoyaron el régimen colonial, temerosas de los efectos negativos que podría tener la independencia en su estatus privilegiado, el virrey tuvo que hacer frente a las consecuencias de la implantación de la Constitución de 1812. Al igual que otros dirigentes realistas, como Venegas, Calleja o Morillo, vio en ella ante todo una limitación de sus poderes, en unos momentos de crisis, cuando era preciso, por encima de cualquier otra consideración, una mano firme en el Gobierno. De ahí que, como sus colegas en Nueva España, la aplicara sólo con grandes reticencias, y parcialmente: “actuó, de hecho, como soberano independiente”, pero con la suficiente flexibilidad como para “adoptar una línea de concertación y acercamiento a las elites americanas”, cuyo apoyo le resultaba imprescindible.

En general, y de acuerdo con su temperamento, practicó una política “de prevención y moderación”. En sus propias palabras, prefirió recurrir “más a la política que a la fuerza, para no envolvernos en una guerra civil, que es la mayor desgracia que puede suceder”. Tuvo, sin embargo, que “envolverse” en ella, pero no por su gusto, nada sanguinario. En sus Extractos de las providencias [...] dejó constancia de este talante, alardeando de que jamás había ordenado ejecuciones sumarias, que se recoge en anejo a su hoja de servicios: “lejos de emplear el terrorismo, en nada de cuanto hice, tengo la gran satisfacción de no haber puesto mi firma contra la vida de ningún semejante”, de forma que no “se vertió más sangre que en los campos de batalla”. Era el carácter que ya se adivinaba en su hoja de servicios, cuando se mostraba orgulloso de cómo, en 1808, en Guadalajara, había sofocado una revuelta indígena sin apenas violencia.

También, igual que en Guadalajara, desplegó en Lima su inclinación por las obras públicas. Mejoró la limpieza y la seguridad de la ciudad; construyó un “suntuoso” cementerio, “que en elegancia, capacidad y hermosura habrá pocos que le compitan”, prohibiendo los enterramientos en las iglesias (obsesión ésta de los ilustrados, por razones de salubridad pública); levantó el Jardín Botánico; fundó el Colegio de Abogados; creó “desde los cimientos” un Colegio de Medicina y Cirugía, financiándolo con “arbitrios honestos [...] sin el menor gasto de la Real Hacienda” y restauró el Colegio de Caciques y de Estudios Generales de Primeras Letras y Gramática Latina, que llegaron a tener más de cuatrocientos alumnos. Reedificó la muralla de Lima, de nuevo, “sin costo alguno de la Real Hacienda”; mejoró las defensas de El Callao con medidas como el incremento de la altura de sus muros de dieciocho pies a veintiocho, e instaló una fábrica de pólvora y una fundición de artillería, que le permitieron dotar a su ejército de todo lo necesario en armamento y municiones, así como enviar auxilios a otros territorios. En el cerro de Pasco, cuya riqueza minera era vital para el virreinato, dejó montada “una bomba a Vapor y para establecer otras dos”, con cuya ayuda se esperaba doblar la producción.

Fue todo, menos un espadón. Si le hubiese tocado vivir tiempos de paz, habría sido uno de los mejores gobernantes en la historia del virreinato. En la permanente crisis que le correspondió gestionar, se mostró siempre a la altura de las circunstancias, inasequible al desaliento, siempre lleno de iniciativas y de espíritu ofensivo, nunca resignado a la derrota. Como se le reconoció oficialmente, en referencia a la sucesión de crisis que tuvo que afrontar, “lejos de embarazarle estos fatales, inesperados acontecimientos, trató sin pérdida de tiempo de remediarlos del modo posible”. No sólo reunió las tropas y los pertrechos precisos, sino que enviaba detallados planes a sus generales (los que Gainza llevó consigo a Chile comprendían hasta veinticuatro artículos) dictando los pasos a seguir, y desde Lima procuró, en la medida de lo posible, dirigir las operaciones. Tuvo siempre una visión clara del conjunto del teatro de la guerra, a escala continental, sin ceñirse al ámbito puramente local. Así, planeó acciones conjuntas con Montevideo contra Buenos Aires, apoyó a la causa realista en el propio Montevideo, Nueva Granada y Quito y, cuando fue necesario, movió tropas de Chile al Alto Perú, mostrándose, incluso, dispuesto a abandonar aquél para conservar éste, convencido de su primordial importancia estratégica.

Se le ha calificado como “el único virrey con verdadera personalidad, energía y dotes de mando”, descripción que quizás no sea exagerada. A sus esfuerzos personales se debió, en todo caso, el mantenimiento durante años de la soberanía española en una parte considerable de Sudamérica, mucho más amplia que la región que le había sido oficialmente confiada.

Cuando dejó el virreinato, el 7 de julio de 1816, según un observador no sospechoso de parcialidad, “su partida fue un día de luto”. A su llegada a España recibió, el 16 de octubre, el grado de capitán general, coronando así una brillante carrera.

Una nota en su hoja de servicios indica que “falleció al parecer a primeros de agosto de 1821 sin que haya aparecido documento que lo justifique”, aunque el Diccionario Histórico-Biográfico del Perú (Lima, 1874), de Manuel de Mendiburu afirma que la muerte se produjo el 31 de julio de ese mismo año, pero sin citar fuentes.

Casó con Mercedes Asenso O’Rian [sic, aunque “O’Ryan” parece más probable]. Tuvo una sola hija, Ramona, nacida en La Habana, en 1800, en terribles circunstancias, habiendo sido extraída del vientre de su madre muerta.

Recibió el título de marqués de la Concordia del Perú. Poseía las Grandes Cruces españolas de Carlos III, Isabel la Católica, de San Hermenegildo y la de Primera Clase de Santa Ana, de Rusia. Era caballero de Santiago y “Camarista nato de Guerra”.

 

Obras de ~: Extracto de las providencias expedidas por el marqués de la Concordia y relación que hace del estado de los Reynos del Perú, Quito, Chile y Provincias altas del Virreynato de Buenos Aires en los diez años de su Gobierno con las más notables ocurrencias de su tiempo, 1816 (ed. de V. Rodríguez Casado y J. A. Calderón Quijano, Memoria de Gobierno, Sevilla, Publicaciones de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos de la Universidad de Sevilla, 1944).

 

Fuentes y bibl.: Archivo General Militar (Segovia), leg. 1.º A 59 (hoja de servicios, exp. matrimonial y diversa documentación).

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Julio Albi de la Cuesta