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Ignacio de Luzán Claramunt de Suelves y Gurrea

Biografía

Luzán Claramunt de Suelves y Gurrea, Ignacio de. El Peregrino, Egidio Menalipo, Íñigo de Lanuza, Ignacio Philalethes. Zaragoza, 28.III.1702 – Madrid, 19.V.1754. Teórico literario, dramaturgo, poeta, lingüista, historiador.

Hijo de Antonio de Luzán y Guaso y de Leonor Pérez Claramunt de Suelves y Gurrea, Ignacio vino al mundo en Zaragoza; era un niño de gran fragilidad y el último de siete hermanos. Debido a su incierta supervivencia, recibió bautismo el mismo día de su nacimiento en la Seo de la ciudad, en un tiempo de enorme dificultad política para España, embarcada en la Guerra de Sucesión. Tras morir su madre, su padre, ante el rumbo que estaban tomando los acontecimientos en Aragón, decidió trasladarse a Barcelona, donde viajó con Ignacio y la abuela del pequeño. En 1706 falleció su progenitor y quedó huérfano y al cuidado de su abuela paterna, Ana Guaso. Sin duda, estos hechos debieron influir en la sensibilidad de Luzán, quien, privado del amor materno, forjaría un carácter un tanto seco. Su abuela se esmeró en su educación y trató de inculcarle sus propios valores religiosos y un profundo amor hacia Aragón. En estos primeros años, mostró ya una clara afición al estudio y aprendió el catalán, que más tarde le ayudaría al conocimiento de otras lenguas romances.

A la edad de trece años, en 1715, el joven abandonó la Ciudad Condal y se trasladó a Mallorca junto a su tío paterno, el clérigo José Luzán, quien pronto lo llevó con él a Génova para pasar posteriormente a Milán, ciudad en la que residieron durante aproximadamente un lustro. En Italia, Ignacio estudió, con gran brillantez, Gramática Latina, Retórica y Lengua Francesa en un centro regido por los jesuitas, congregación de quien guardó un grato recuerdo toda su vida. El cargo de inquisidor que le fue ofrecido a su tío en Sicilia obligó de nuevo al joven a seguir sus pasos.

Allí ingresó en la Universidad de Catania, donde se doctoró en los dos Derechos. Además de continuar con el aprendizaje de las lenguas en las que ya se había iniciado, empezó el conocimiento del alemán, el griego y la poesía de las naciones cuyos idiomas ya sabía. Tampoco le sería ajeno el saber sobre la historia universal, cuyo interés surgió por la lectura de la Historia de España del padre Mariana cuando sólo contaba con once años y el interés por su lengua materna.

Trabajador incansable, no dudó en apasionarse también por la filosofía, primero por las ciencias experimentales y los procesos inductivos, y luego por la filosofía moderna y las matemáticas, fundamentos del saber sistemático del Setecientos. A los veintidós años, realizó una compilación en lengua latina de lógica, metafísica, filosofía y moral.

A pesar de haberse ordenado de prima y grados en 1724, durante estos años vio que el delicado estado de salud que había padecido desde su nacimiento le impedía dedicarse a la carrera militar que su tío había pensado para él. Enemigo de la frivolidad que aquejaba a la sociedad de su tiempo, Luzán se dedicó fundamentalmente a las tareas intelectuales y al retiro, dando escasa importancia a los placeres de la vida. La añoranza de su patria le llevaría a gestar en su interior cierto refugio en el que se cobijaba ante la extrañeza que le producía en ocasiones su entorno. Esta actitud, alimentada por su deseo de conocimiento y por su voluntad de ser un hombre distinguido entre la gente culta, y la falta de preocupación por las necesidades de la vida material, de las cuales era bien atendido por su tío, llevaron al joven a un cierto desconocimiento de la verdadera realidad, lo cual quedó patente al morir José en 1729. Siempre al amparo de los demás, a sus veintisiete años parecía no ser capaz de trabajar para ganarse la vida, por lo que decidió trasladarse al lado de su hermano Antonio, gobernador del castillo de San Telmo en Nápoles.

El primogénito de los Luzán había desempeñado un importante papel dentro de la familia una vez muerto el padre. Heredero de los bienes familiares, casado y padre de cinco hijas, no tuvo inconveniente en acoger a su erudito hermano, quien además podía servirle de ayuda en sus diversos intereses en España, pues él no podía viajar personalmente. La influyente posición social de la que gozaba Antonio de Luzán en la Corte napolitana permitió que Ignacio participara en las tertulias literarias de la ciudad y pudiera llevar una vida bastante similar a la que había tenido hasta entonces. Fue así labrando diversas amistades con los literatos más destacados, lo cual le facilitó la entrada a la recién surgida Academia de los Ereinos, fundada en Palermo en 1732 y formada por escritores de toda Italia, donde utilizó el nombre poético de “Egidio Menalipo”. Durante los cuatro años que Ignacio pasó en Nápoles, continuó con sus actividades creadoras: escribió en prosa varias obras didácticas como un tratado de ortografía española, un ensayo de ética o un manual para enseñar y aprender las lenguas, que hoy se hallan perdidos; compuso algunos versos tanto en italiano como en castellano, como la canción en alabanza al poeta Pietro Metastassio, la cual le valió cierto renombre; y continuó elaborando el plan preliminar de su poética, al tiempo que leía a los autores españoles e italianos. Esta segunda estancia en Nápoles fue de gran importancia en su vida, pero tuvo que refrenar sus ansias de conocimiento pues su estado de salud era cada vez más delicado.

En 1733 su hermano le persuadió para que volviera a España con el fin de que se hiciera cargo de la administración de los bienes familiares. Considerando que el verdadero futuro de Ignacio se encontraba en España y que todo el patrimonio se hallaba gravado de numerosas obligaciones e hipotecas, le convenció de la necesidad de abandonar Nápoles y dirigirse hacia tierras aragonesas. Sin duda Luzán no debió de mostrar mucha ilusión por su viaje, pues suponía abandonar sus prácticas eruditas en las academias y sus contactos con los doctos italianos, alejarse del agradable clima que tanto favorecía su estado de salud y encaminarse a unas tierras áridas donde tendría que hacer frente a una realidad hasta entonces ajena a sus costumbres. Desconocedor de la verdadera realidad de su patria, desembarcó en Barcelona en mayo de ese mismo año con un bagaje cultural muy amplio y con unos poderes en latín que su hermano le había otorgado, que de nada le servirían. En Zaragoza, no tuvo más remedio que enfrentarse, por una parte, a las deudas que desde tiempos de su abuelo acechaban a la familia como consecuencia de los generosos donativos otorgados a la Iglesia y, por otra, al abono de una dote que legalmente les correspondía pagar por tratarse del matrimonio de su tía Gertrudis, tía paterna. Ignacio, siguiendo las órdenes de su hermano Antonio, pagó parte de esta dote, dejando el resto para cuando se solucionaran los problemas. Los Luzán se vieron obligados a vender los bienes de Castillazuelo y comprometieron al comprador, el duque de Montemar, a hacer frente a los débitos contraídos, incluidos los relativos a la dote. No obstante, las deudas acompañarían a Ignacio de Luzán el resto de sus días.

Zaragoza, estructurada en torno a la basílica de la Virgen del Pilar, era una ciudad grande y de gran riqueza, pero a Luzán no le gustó el ambiente que allí encontró. Para él era un lugar ruidoso y un tanto ajeno a sus aficiones, así que decidió trasladarse a la villa de Monzón, pueblo natal de su padre y de su abuela, a la bella casa que allí poseían, destruida por un incendio a finales del siglo XVIII. La vida allí era más tranquila y adecuada para su siempre delicada salud: paseaba, contemplaba los álamos y los verdes regadíos, iba a rezar al convento de las clarisas o al de San Francisco o simplemente se encerraba en su casa a meditar sobre sus lecturas. Sin embargo, no dejó de participar en la vida del pueblo y así compuso poemas circunstanciales, loas o comedias que en ocasiones se representaron en la celebración de alguna fiesta señalada. Además, fue en estos años de Monzón cuando escribió la obra por la que aún hoy es recordado, su Poética.

Por aquella época comenzaron a ser frecuentes los viajes a Huesca, ya fuera por cuestiones de negocios o por asuntos más personales. Luzán comenzaba a sentir la necesidad de tener una mujer a su lado que se ocupara de las cuestiones económicas, para las que él siempre se había mostrado bastante ineficaz. En 1736, a la edad de treinta y cuatro años, contrajo matrimonio con María Francisca Mincholet, quien le convirtió en padre de varios hijos. Mientras, él seguía madurando y perfilando su Poética, que finalmente vio la luz en 1737, tras numerosos viajes a Zaragoza en los que Luzán hubo de entrevistarse con los eclesiásticos de la ciudad para así evitar cualquier tipo de censura. Aunque en principio podía parecer un libro poco manejable y sumamente teórico, pretendía que sirviera para que se produjera una verdadera renovación en las estancadas letras de la época. Pronto llegaron las reacciones de Madrid, tanto las de los partidarios como las de los contrarios. A todos respondió en su Discurso apologético de Don Iñigo de Lanuza (1741); en él sopesa los elogios y las críticas que habían hecho Juan de Iriarte y Juan Martínez Salafranca en una reseña aparecida en su periódico Diario de los Literatos de España.

Durante estos años, realizó traducciones de algunas poesías de Horacio, Ovidio y Anacreonte, a la escritura de algún poema burlesco, varias composiciones ocasionales y una comedia original titulada La virtud coronada (1942), no editada en su tiempo. También publicó la curiosa obrita Carta Latina (1743), en la que, dando muestras de un gran patriotismo, hacía una defensa de las letras españolas, en especial de Lope de Vega, contra la ignorancia e incomprensión que mostraban los diaristas franceses padres Trévoux. También hizo versiones de comedias y óperas de autores italianos como Maffei y Pietro Metastasio, cuya ópera La clemencia de Tito se estrenó en el Real Coliseo del Buen Retiro, haciendo de ella una edición bilingüe.

Los pocos beneficios que hasta entonces había obtenido con sus creaciones le empujaron a realizar numerosos viajes a la capital con el fin de optar a diversos puestos oficiales para poder mantener a su familia. Éstos se hicieron más frecuentes en el momento en que consiguió ingresar en la Real Academia Española en 1741 como miembro académico honorífico, pasando en 1746 a ser supernumerario y revisor de la Real Academia encargado de examinar las cédulas reales y cuidar la redacción del Diccionario (de Autoridades) que dicha entidad preparaba. Sin embargo, su nombramiento como secretario de la Embajada de España en París en 1747 le hizo ausentarse temporalmente y retrasar la ocupación de su puesto hasta 1751, año en que ocuparía el Sillón E. Para ella hizo numerosos trabajos de investigación sobre el adjetivo, el sustantivo, el verbo, los géneros, las concordancias, la ortografía.

Al año siguiente, en 1752, fue nombrado académico de honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. En 1745, había sido elegido miembro de la Real Academia de la Historia, donde destacó por sus controversias con Antonio de Ulloa y sus discursos, al tiempo que trabajó, entre otras, en su Disertación sobre el origen y patria primitiva de los godos y en su Disertación en que se demuestra que Ataúlfo fue el primer rey godo de España.

En Madrid, empezó a entablar relación amigable con diferentes personalidades del mundo de las letras y las ciencias como el bibliotecario y clasicista Juan de Iriarte, con Juan Manuel de Santander, bibliotecario real, con Fernando de Silva y Toledo, duque de Huéscar, con cuya benevolencia contó y quien se convirtió en su jefe y protector. Fue relevante su amistad con el político y académico Agustín de Montiano y Luyando, con Luis José Velázquez, marqués de Valdeflores, con el literato alavés Eugenio de Llaguno y Amírola, quienes comulgaban con su interés por la historia de la poesía y el teatro. Este último sería quien hizo la nueva edición, póstuma, de la Poética (1789), utilizando para ello los papeles que le legara el mismo Luzán y en la que se halla una actitud más beligerante con la creación barroca. Otras relaciones destacadas son las que mantuvo con el ministro José de Carvajal y Lancaster, a quien dirigió un Plan de una Academia de Ciencias y Artes, y quien a su vez le encargó la revisión de las cartas del embajador de Holanda mister Van Hoey, y la del embajador inglés Benjamín Keene.

Estas relaciones le permitieron que en diciembre de 1747 Luzán fuera enviado a París, donde permaneció dos años. Decepcionado por no haber obtenido un cargo de mayor relevancia sino únicamente el de secretario de la Embajada de España, pronto se vio recompensado al conseguir la confianza del duque de Huéscar. Su labor radicaba tanto en encargarse de los asuntos del Estado como en la alta política, solución de problemas diplomáticos, asuntos de compra, correspondencia y otros cometidos varios. Como descanso a su intensa actividad acudía a diferentes tertulias y cursos o simplemente paseaba por las librerías parisinas. Visitó también diferentes instituciones como la Sorbona, la Academia Francesa y diversos colegios e instituciones relacionadas con la cultura y el arte, siempre observando el modo de comportarse de los franceses en los diversos acontecimientos sociales.

Todo esto quedaría recogido en sus Memorias literarias de París (1751), que daba al público reflejando sus opiniones sobre la realidad francesa, pero ofreciendo numerosos modelos de organizaciones culturales que podrían imitarse en España.

La buena gestión llevada a cabo en París propició que a su vuelta a Madrid fuera nombrado consejero de Hacienda y de la Junta de Comercio, superintendente de la Real Casa de la Moneda de Madrid y tesorero de la Real Biblioteca. La mejora de la situación económica le permitió trasladar a su familia a la capital y así, en 1751, nació la que sería su única hija.

A pesar de sus múltiples ocupaciones, Luzán no descuidó el cultivo de la literatura. Participó en las afamadas reuniones celebradas en la Academia del Buen Gusto, en las que adoptó el seudónimo de “El Peregrino”, para cuya presidenta, la marquesa de Sarriá, realizó la versión española de la comedia lacrimosa de Nivelle de la Chausée Le préjugé à la mode (La razón contra la moda, 1751), en el coliseo de cuyo palacio se estrenó.

Enfermo y sin apenas fuerzas, continuó yendo a su trabajo hasta diez días antes de su muerte. Falleció un domingo 19 de mayo de 1754, y recibió sepultura sin ningún tipo de pompa, tal y como era su deseo, en las criptas subterráneas de la iglesia de Santiago.

La obra literaria de Luzán abarca, como hemos visto, la creación poética y dramática, aunque tuvo mayor relevancia su aportación a la teoría de la literatura. La Poética (1737) había sido fruto de muchos años de trabajo primero en las fuentes de los teóricos de Italia, seguido luego de una amplia investigación sobre la estética literaria española acompañada de una lectura atenta de nuestros poetas. La obra se compone de cuatro libros en los que Luzán intenta hacer un análisis de los problemas poéticos existentes en la literatura.

En el libro primero, basándose en los principios aristotélicos y horacianos, establece un sistema estético que enriquece con las ideas de comentaristas posteriores, en especial italianos. Hace unas reflexiones sobre el origen, los progresos y esencia de la poesía, así como de su utilidad y deleite. Al hacer la historia la lírica, cree que las canciones pastoriles constituyen su origen en la Antigüedad y luego se centra en otros campos como la épica, la tragedia, la comedia y la poesía lírica. Por su parte, la poesía vulgar nació según supone tras las invasiones bárbaras, seguramente en Sicilia y Provenza, aunque a España tardó más en llegar. Define a la poesía como un arte de imitación de la naturaleza en verso, que entiende como un “arte subordinado a la moral y la política”. En el segundo libro se centra en la facilidad de la poesía para adoptar las leyes de la filosofía moral, disfrazadas. También comenta la utilidad de los géneros poéticos, con gran número de ejemplos de poetas españoles, y valora en particular la verosimilitud poética, de la que señala que puede incluso sobreponerse a la propia verdad; la naturalidad, aunque sin tener que privarse de las imágenes fantásticas. Habla del estilo, el cual debe ser serio sin caer ni en la afectación ni en la hinchazón; y del pensamiento, que debe preceder a la creación.

El tercero de los libros trata sobre la poesía dramática “que contiene dos importantísimas especies de poesía que son la tragedia y la comedia”. Hace un repaso de la historia del drama español, que amplió para la segunda edición con graves descalificaciones del teatro áureo. Hace también una revisión de los autores más destacados y establece una serie de críticas a poetas y comediógrafos del Siglo de Oro como Góngora o Lope de Vega. Según Luzán, “el sólo ingenio y la naturaleza no bastan, sin el estudio y el arte, para formar un perfecto poeta”. Así, para hacer buenos versos es necesario tener en cuenta ciertas reglas y observaciones.

Habla de los caracteres generales de la poesía dramática como arte de imitar a la naturaleza, de la fábula dramática que para ser verosímil debe cumplir con las tres unidades de acción, de los episodios. Define luego los dos géneros que reconoce: la tragedia y la comedia. La primera presenta un hecho luctuoso que sucede a personajes elevados, por eso suele ser histórica, con intención catártica. Es conveniente trazar bien las pasiones trágicas para que sea eficaz, y adornarla con el estilo y versificación adecuada a su nivel social. La comedia presenta episodios de la vida cotidiana que suceden a gente normal. Importa que sean verosímiles para que sean educativos. Describe los rasgos de la fábula, y los defectos más frecuentes en nuestras comedias. Tampoco falta un apartado sobre el aparato teatral y la música, y un recuento final de algunos géneros dramáticos de difícil encaje en su esquema dramático tan cerrado como la tragicomedia, las églogas, los dramas pastoriles y los autos sacramentales.

El libro cuarto habla del poema épico.

Describe los valores narrativos del poema, historia el poema épico desde la Antigüedad clásica, traza las cualidades de la fábula épica y su estructura episódica, los caracteres del personaje heroico, los rasgos estilísticos y su métrica. Se trata de un trabajo minucioso en el que el teórico aragonés explica su teoría de la literatura con gran erudición. Luzán estuvo siempre preocupado por estos asuntos como se observa en las matizaciones que añadió en su Carta Latina. Pero, además, igualmente fue recogiendo a lo largo de su vida nueva documentación sobre nuestra literatura, nuevos datos teóricos que hacían su discurso más riguroso, una visión más intransigente los vicios estéticos de la literatura española que fue recogiendo para hacer una segunda edición de su Poética.

En lo que se refiere a la creación teatral, la única obra original es La virtud coronada, donde demostró que no aplicaba todas aquellas reglas sobre las que tanto había teorizado. Escrita en verso con rimas tanto consonantes como asonantes supone un elogio a la virtud, base de las acciones nobles del hombre.

Los dos primeros actos presentan una mayor debilidad mientras que el tercero concentra los graves acontecimientos y el feliz desenlace. La obra en realidad cuenta con un relativo valor literario y parece que su finalidad no es otra que la moral. En lo que se refiere a las traducciones pone ante el espectador dos géneros que tendrían gran audiencia: la ópera La clemencia de Tito, que fue representada en el Buen Retiro, muestra un tema entretenido, acompañada de la vistosa música, de un autor que tuvo una excelente recepción en Europa; mientras que con la traslación de La razón contra la moda, trajo a España un modelo el drama serio que triunfaba en París, educativo, pero que encajaba mal en sus rigurosas normas, que triunfaría a final de siglo en forma de tragedia urbana neoclásica o de drama sentimental entre los autores comerciales.

Se puede decir que Luzán contribuyó de manera eficaz en la introducción de las ideas neoclásicas en las letras españolas, así como a liberarlas de la poesía chabacana y trivial que caracterizaba a la producción de entonces, esforzándose en elevar el nivel de la creación poética. Su empresa fue muy relevante porque puso sobre la mesa numerosas polémicas y sirvió de puerta a la literatura neoclásica con su inevitable intención educadora. Su obra poética (rococó y neoclásica) y teatral es menos relevante, pero también aborda novedades estéticas, y géneros dramáticos menos conocidos.

 

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Elena Palacios Gutiérrez y Emilio Palacios Fernández