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Juan Meléndez Valdés

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Biografía

Meléndez Valdés, Juan. Batilo. Ribera del Fresno (Badajoz), 11.III.1754 – Montpellier (Francia), 24.V.1817. Catedrático, fiscal, magistrado, literato neoclásico e ilustrado.

Nació en el seno de una familia de labradores acomodados.

Sus padres, Juan Antonio Meléndez Valdés y María de los Ángeles Díaz Cacho, se trasladaron a vivir a Almendralejo para posibilitar los estudios de sus hijos. El fallecimiento de su madre en 1761, cuando Juan tan sólo contaba siete años de edad, marcó de manera inexorable su personalidad, desde entonces sensible y melancólica. Llegó a Madrid en 1767 para continuar su formación en el Colegio de Santo Tomás, regido por los dominicos, y, después, en los prestigiosos Reales Estudios de San Isidro, fuera ya de la tutela de los jesuitas. En 1772 inició la carrera de Derecho en la Universidad de Salamanca. Siguió allí los cursos de Instituciones Civiles y las explicaciones sobre textos jurídicos, al mismo tiempo que asistía a las sesiones de la Academia de Derecho de la Facultad.

Participó en la ciudad del Tormes, de gran tradición literaria, en las academias poéticas, en las que se recitaban y comentaban a los autores clásicos y renacentistas, al tiempo que los tertulianos leían sus propias creaciones líricas. El agustino fray Diego Tadeo González (1733), de nombre poético Delio, fue el promotor de aquellas reuniones, a las que también acudieron fray Juan Fernández de Rojas (Liseno), fray Andrés del Corral (Andrenio), Iglesias de la Casa (Arcadio)... Los avatares de la vida castrense llevaron hasta la ciudad castellana a Cadalso, que vivía entonces momentos de esplendor creativo y cuya presencia fue determinante para marcar el rumbo que tomaría la obra de los jóvenes poetas de la llamada Escuela Poética Salmantina.

Meléndez adoptó el apelativo poético de Batilo. Pertenecen a esta época las enamoradas y sensuales anacreónticas o Los besos de amor, de marcado tono erótico.

Son abundantes las referencias femeninas, imaginarias o reales (Ciparis, Filis, Clori...), que se asoman por entonces a sus versos. En estos años estableció correspondencia con Jovellanos, fiscal asturiano residente en Sevilla.

El 4 de junio de 1777 murió su amado hermano Esteban, sacerdote que ejercía de secretario del obispo de Segovia, suceso que le sumió en una profunda depresión, de la que le sacaron sus compañeros salmantinos, junto con las cartas de amigos más alejados. En 1779 terminó sus estudios jurídicos, e inició su carrera universitaria como profesor de Letras Humanas.

Siguió con sus aficiones literarias, y poco a poco se fue afianzando su vocación de poeta. En el concurso que organizaba la Real Academia Española para promover los temas y el estilo neoclásicos, Meléndez fue ganador en 1780 con Batilo, égloga en alabanza de la vida del campo, derrotando a Tomás de Iriarte, que entró en polémica al no aceptar el resultado. Consta de cuarenta y seis estrofas de trece versos heptasílabos y endecasílabos (598 versos). Las referencias geográficas y autobiográficas apartan un poco esta composición de los convencionalismos del género bucólico. Meléndez oculta con seudónimos los nombres de los poetas que componían la Arcadia salmantina: Batilo, Arcadio, Dalmiro, Elpino y Delio, que son el propio Meléndez, Iglesias, Cadalso, Llaguno y fray Diego Tadeo González. Estos detalles daban a la égloga un cierto carácter de autenticidad y frescura.

En 1781 obtuvo la Cátedra de Humanidades en Salamanca. Participó de manera activa en la reforma universitaria, ganándose la inquina del grupo conservador.

En esta misma fecha viajó a Madrid para visitar a Jovellanos, escritor que acabó siendo su mejor amigo y maestro, sobre todo tras la muerte de Cadalso en 1782.

Este encuentro orientó por nuevos derroteros las inquietudes poéticas de Batilo hacia una lírica de tono clásico y después hacia la poesía ilustrada, preocupada por razonar sobre temas sociales, filosóficos y morales.

En la distribución de premios de la Academia de San Fernando obtuvo un gran éxito con su oda A la Gloria de las Artes. Ese mismo año se casó con María Andrea de Coca y Figueroa, hija de una familia acomodada de Salamanca. Al año siguiente acabó la prueba de licenciatura, el examen fue el 28 de septiembre de 1782, y obtuvo el grado de doctor, como culminación a diez años de trabajo y estudio.

Los años que pasó en Salamanca fueron provechosos tanto para la actividad poética de Meléndez como para afianzarse en las ideas ilustradas, buscando una regeneración de la vida universitaria en su conjunto.

Su carrera literaria recibió en 1784 una nueva confirmación.

En un concurso de teatro que organizó el Ayuntamiento de Madrid obtuvo el primer premio con Las bodas de Camacho el rico, una comedia pastoral en verso. En 1785 publicó con éxito Poesías, que dedicó a su amigo Jovellanos, aunque los problemas con el editor impidieron que se publicara el segundo volumen.

En 1789 se trasladó a Zaragoza para desempeñar el cargo de juez en lo Criminal. No conservamos demasiada información de su estancia en esta ciudad, aunque se sabe que en la capital aragonesa asistía a las reuniones de la Sociedad Económica de los Amigos del País, y tomaba parte destacada en las actividades culturales. En marzo de 1791 fue nombrado oidor de la Real Chancillería de Valladolid, cargo que, además de suponer un ascenso en la carrera judicial, aproximaba a Meléndez a sus familiares y amigos salmantinos.

En 1792 el Consejo de Castilla le encargó al fiscal que se trasladara a la ciudad de Ávila para crear un Hospital General a partir de los centros que gobernaban las Obras Pías. Supuso un enfrentamiento con las autoridades eclesiásticas locales que no querían perder sus ancestrales privilegios. El magistrado, como otros intelectuales de la época, estaba un tanto perplejo por la situación creada en Francia a partir de la Revolución (1789). Los silencios prudentes alternaban con compromisos públicos como cuando dirigió a Godoy una Oda sobre el fanatismo, y dos epístolas alabando su política ilustrada. La toma de partido por el todopoderoso ministro le acarreó severas críticas desde el bando conservador que intentaba presentarle como un mal magistrado y un filósofo librepensador. Esta situación fue retrasando la edición de la segunda edición de sus Poesías que vio por fin la luz en Valladolid, en 1797, en tres volúmenes. El libro, dedicado a Godoy, estaba formado por algunos de los viejos poemas y otros nuevos que reflejaban su compromiso con la sociedad y con sus ideas ilustradas. Cuando Jovellanos fue nombrado ministro de Gracia y Justicia compuso la Epístola VII. Al excelentísimo Señor Don Gaspar Melchor de Jovellanos. En ella expresa su alegría y da consejos a su amigo para el desempeño del cargo. Por entonces, el pintor Goya le inmortaliza en un retrato, en el que aparece serio y pensativo.

El nombramiento de fiscal de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte en Madrid, en ese mismo año, supuso para Meléndez un período de intensa actividad. Aunque sólo ejerció el cargo durante siete meses, sus dictámenes, discursos y contestaciones son la base de sus Discursos forenses, que no se publicaron hasta 1821. Sin embargo, la situación política iba cambiando en los últimos tiempos. Esto significó el control de la aventura reformista, perseguida por los nuevos políticos conservadores.

En agosto de 1798, sin un juicio previo, Meléndez fue desterrado a Medina del Campo, donde permaneció tres años, y luego sufrió una jubilación forzosa en Zamora. Se le estaba incoando un proceso del que tuvo que defenderse hasta que se reconoció oficialmente su inocencia. Le fue devuelto su sueldo de fiscal en junio de 1802 y se le autorizó a establecerse donde quisiese. Meléndez había entrado en una aguda crisis de conciencia, la misma que reflejan sus versos.

En la época de la invasión napoleónica Meléndez no se adhirió a la Junta Central tal vez debido a las persecuciones que había sufrido durante los últimos años y a la desconfianza con la que todavía era observado.

Escribió entonces el romance patriótico Alarma Española, seguido meses después por la Alarma segunda a las tropas españolas, en las que el poeta animaba al pueblo español a combatir valeroso al invasor. Sin embargo, su actitud cambió. Permaneció en Madrid y juró lealtad al rey José Bonaparte al tiempo que desarrollaba sus actividades profesionales. Llegó a ser miembro del Consejo de Estado. Se convirtió en un personaje importante del régimen, al que se dieron recompensas y condecoraciones.

Fue nombrado caballero de la Real Orden de España, miembro del Instituto Nacional y recibido en la Academia de Bellas Artes de San Fernando y, sobre todo, en la Real Academia Española. Su actividad literaria estuvo en estos años bastante abandonada. Compuso dos poemas en alabanza del rey José I y formó parte de la Comisión de Teatros, tarea que compartió con otros literatos como Leandro Fernández de Moratín.

Su labor consistía en examinar las obras dramáticas originales o traducidas que formaban el repertorio de los teatros de Madrid. El año 1811 publicó en Valencia, en dos tomos, un libro de Poesías escogidas.

La retirada de los franceses, agosto de 1812, llevó consigo a una gran cantidad de tropas y personas comprometidas con su gobierno (afrancesados). Tras la batalla de Vitoria, que supuso el principio del fin, pasaron por Mondragón, Tolosa, San Sebastián y llegaron a la frontera francesa. Meléndez iniciaba su exilio. No se tiene demasiado conocimiento sobre los lugares de residencia en Francia. Sus primeros biógrafos, y luego Quintana, le sitúan primeramente en Toulouse, antigua capital del Languedoc, y después en varias poblaciones del sur del país. Durante cuatro años las desgracias y la mala salud le acompañaron siempre. Se dedicó a leer, corregir sus poemas, e incluso compuso algunos nuevos en los que mostraba la soledad y el dolor del destierro. Murió en Montpellier en 1817. Sus restos retornaron definitivamente a Madrid en 1866 para reposar en el Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de San Isidro, junto con sus amigos Goya y Moratín.

Meléndez Valdés es el escritor que mejor refleja la diversidad de los estilos de la nueva lírica del xviii con una producción abundante. Cultivó en primer lugar la oda anacreóntica. Era este tipo de poesía de tradición clásica, aunque aprendió a modernizar los viejos recursos en Cadalso. Versa sobre la casuística del amor, la alegría de vivir, los amores gozosos, los placenteros banquetes, los bailes y las danzas en ambiente pastoril.

Traza un leve fondo de paisaje que rememora el locus amoenus clásico, aunque esta idealización espacial contrasta, no pocas veces, con rasgos de carácter naturalista.

Proceden de la Antigüedad bastantes de los símbolos empleados en la expresión de la experiencia amorosa: las mariposas cómplices, los vistosos ruiseñores, las blancas palomas, las abejas que liban... En ellas caben el detalle gracioso (el rizo, el lunar...), la escena caprichosa (el pequeño perro, el espejo que refleja los ojos enamorados de la amada...), que conviven con cultas referencias mitológicas. Las relaciones entre zagalas y zagales están sazonadas con cierta dosis de picardía, que denota la libertad de costumbres de la época.

Adopta la forma de romancillos heptasílabos, una de las estrofas preferidas por Meléndez. Son notas características de este estilo: el uso frecuente del diminutivo, recurso que sirve para subrayar el gusto por la miniatura, y el rasgo preciosista, abundancia de epítetos, empleo moderado de las metáforas, simplicidad de las estructuras gramaticales y estilísticas. Estamos ante una literatura frívola, galante y sensual que refleja las exquisiteces del denominado estilo rococó. Siguiendo el mismo estilo y conservando idéntica estructura métrica escribió Meléndez tres grupos de poemas que tienen entidad propia: La inconstancia. Odas a Lisi, La paloma de Filis y Galatea o la ilusión del canto. El mismo aire gracioso del estilo rococó encontramos en otros géneros poéticos que cultivó a lo largo de su vida literaria: letrillas (El ricito, El lunarcito), idilios, endechas, sonetos, romances...

Con Los besos de amor Meléndez Valdés rinde tributo a la poesía erótica, moda que cautivó a parte importante de los escritores del xviii. La suave galantería de las anacreónticas adopta en esta colección un tono de mayor atrevimiento. No cae, sin embargo, en el lenguaje grosero que encontramos en otros autores, ya que utiliza un lenguaje alusivo con valores poéticos.

Inició a partir de 1776, como se dijo, una “poesía neoclásica”, enriquecida con reflexiones morales. Una de las composiciones más relevantes de este estilo, la oda La noche y la soledad, que remitió a Jovino en 1779, haciendo gala de una sensibilidad de raíz horaciana.

Ocupan un lugar destacado las églogas, en las que recupera los tópicos pastoriles de la bucólica clásica y de los modelos renacentistas (Garcilaso, fray Luis de León). Compuso también elegías, como la dedicada a la muerte de Filis (tal vez un desconocido amor del poeta) o las que poetizaban el fallecimiento de su hermano Esteban.

La “poesía ilustrada” se convirtió en vehículo del ideario reformista, al mismo tiempo que perseguía la formación de los lectores. Los valores estéticos se renovaron: la función embellecedora del discurso poético dejará paso a un lenguaje desnudo y preciso, casi prosaico. Meléndez escribe epístolas, de ascendencia clásica, en las que encontramos las ideas del pensamiento ilustrado: alabanza de la vida campesina (“El filósofo en el campo”), crítica del hombre urbano víctima del lujo y del vicio, rechazo de los privilegios de la nobleza y el clero, alabanza a la justicia social...

Utiliza versos endecasílabos, que favorecen el ritmo reposado del pensamiento, agrupados en tercetos o con rima libre. De fórmula muy similar son los discursos, largos y plenos de reflexiones filosóficas en los que el poeta razona sobre el hombre y el universo.

Uno de los grupos de mayor entidad, por su número y densidad, es el de las odas filosóficas y sagradas dominadas por un tono meditativo, inspiradas en los clásicos y en fray Luis de León. Son poemas desgarrados, en los que intenta hacer frente a su desgracia buscando razones interiores que halla en la amistad, el amor, la virtud, la evasión, el campo... La métrica de las odas combina los versos heptasílabos y endecasílabos.

Idéntica situación reflejan las elegías morales. En los últimos tiempos, la poesía de Meléndez adopta un tono sentimental que preludia la mentalidad romántica.

Con todo, no llega al empleo abusivo de recursos literarios del pleno Romanticismo.

Meléndez fue también autor teatral. En un concurso celebrado con motivo del nacimiento de los infantes gemelos, hijos de Carlos IV, obtuvo el premio con Las bodas de Camacho el rico, que editó el ayuntamiento y se estrenó en el Teatro de la Cruz en 1784. Escrita en cinco actos, es un modelo excelente de drama pastoral, que con tanto éxito cultivaba el teatro italiano y francés.

Cumple con la normativa neoclásica. La fuente del argumento es un episodio de la novela de Cervantes (El Quijote, II, cap. 19-22), y además enlaza de manera directa con la tradición bucólica. Este tipo de drama no acabó de asentarse entre los reformistas que despreciaban un campo tan convencional y escasamente problemático.

En los escritos en prosa proyecta su espíritu progresista.

Los Discursos forenses, que no se publicaron hasta 1821, son auténticas piezas maestras del género judicial.

Tratan sobre varios sucesos criminales en los que intervino como fiscal. Su estructura repite el modelo que los letrados estudiaban en la retórica civil, sin que esto impida ciertos recursos originales propios de la habilidad del escritor. También añade reflexiones políticas, sociales, culturales menos frecuentes en los jueces.

Completa la producción literaria de Meléndez su epistolario, formado por medio centenar de cartas, dirigidas a sus amigos.

 

Obras de ~: Batilo, égloga en alabanza de la vida del campo, Madrid, J. Ibarra, 1780; Las bodas de Camacho el rico, comedia pastoral, Madrid, J. Ibarra, 1784; Poesías, Madrid, J. Ibarra, 1785; Poesías, Valladolid, Santander, 1797, 3 vols.; Poesías escogidas, Valencia, J. Ferrer de Orga, 1811, 2 vols.; Poesías, Madrid, Imprenta Nacional, 1821, 4 vols.; Discursos forenses, Madrid, Imprenta Nacional, 1821; Poesías, ed., est. y notas de E. Palacios, Madrid, Alhambra, 1979; Obras completas, ed. de E. Palacios Fernández, Madrid, Fundación Castro, 1996-1997, 3 vols.; Obras completas, ed. introd., glosario y notas de A. Astorgano, Madrid, Cátedra, 2004.

 

Bibl.: E. Alarcos Llorach, “Meléndez Valdés en la Universidad de Salamanca”, en Homenaje al Excmo Sr. D. Emilio Alarcos García, Valladolid, 1965, págs. 491-548; R. Froldi, Un poeta illuminista: Meléndez Valdés, Milano, Cisalpino, 1967; G. Demerson, Don Juan Meléndez Valdés y su tiempo (1754- 1817), Madrid, Taurus, 1971, 2 vols.; E. Palacios, “Estudio”, en J. Meléndez Valdés, Poesías, op. cit.; A. Astorgano Abajo, Biografía de don Juan Meléndez Valdés, Badajoz, 1996 (ed. con el tít. Don Juan Meléndez Valdés. El ilustrado, Badajoz, Diputación, 2007).

 

Emilio Palacios Fernández