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Tomás de Iriarte

Biografía

Iriarte, Tomás de. Puerto de la Cruz (Santa Cruz de Tenerife), 18.IX.1750 – Madrid, 17.IX.1791. Fabulista, poeta, dramaturgo, traductor y polemista literario.

Tomás de Iriarte nació en 1750 en el tinerfeño Puerto de la Cruz, dentro de una familia formada por sus padres, Bernardo de Iriarte y Bárbara de las Nieves Ravelo, y por sus hermanos Bernardo, Juan Tomás, Domingo y José. En 1760 marchó a La Orotava, circunstancia a la que se referiría años después en Apuntaciones que un curioso pidió a D. Thomás de Yriarte acerca de su vida y estudios, que fechó el 30 de julio de 1780: “A los diez años de su edad pasó a la villa de La Orotava a estudiar la lengua latina bajo la enseñanza de su hermano fray Juan Tomás de Iriarte [...].

Vivía Tomás dentro del convento y en la celda de su hermano y maestro. Al cabo de dos años, o algo menos, traducía bastante bien a Cicerón, Virgilio, Ovidio, etc., y componía versos latinos con afición y gusto en cuanto lo permitía su edad de doce años”.

En 1764 marchó a Madrid, requerido por su tío Juan de Iriarte, erudito dedicado a sus tareas en la Biblioteca Real y traductor de la Secretaría de Estado, además de individuo de número de la Real Academia Española (1747) y la de Bellas Artes de San Fernando (1752). Su tío, excelente conocedor del latín y hábil (aunque poco inspirado) versificador en esa lengua, dedicó los años de su vejez a la formación y promoción en la diplomacia y en las letras de sus sobrinos Bernardo, Domingo y Tomás. Bajo su atenta mirada, Tomás de Iriarte aprendió francés e inglés, perfeccionó el latín, se inició en el griego, estudió y cultivó la música (tocaba violín, viola y bandolín), tradujo obras latinas y francesas, y realizó copiosas lecturas sobre retórica y arte poética.

Bernardo de Iriarte, el hermano mayor, había elaborado en 1767 un informe sobre la reforma teatral para el conde de Aranda, quien le encargó retocar algunas obras del teatro áureo según las reglas del gusto.

En esa misma dirección, Tomás de Iriarte traduciría desde 1769 títulos de Destouches, Voltaire, Gresset, Molière, Champfort, etc., generalmente en prosa, que no recogió en la Colección de obras de 1787, donde sí incluyó las dos únicas traducidas en verso: El huérfano de la China, de Voltaire, y El filósofo casado, de Destouches.

Tampoco incluyó allí su comedia Hacer que hacemos, publicada en 1770 bajo el alias Tirso Imareta, y cuya inmadurez cabe atribuir a lo temprano de su escritura (1768). En el prólogo con que la encabeza especificó los propósitos perseguidos en su escritura: ausencia de afectación, enredo claro y verosímil, configuración de un carácter, empeño de instruir deleitando. También intervino en la polémica teatral entre reformistas, en torno a Moratín padre, y casticistas, defensores del modelo de Ramón de la Cruz, en quien Iriarte veía la suma de males que afligían al teatro de su tiempo.

Muerto Juan de Iriarte en 1771, Tomás cubrió su vacante como traductor en la Secretaría de Estado. Su creciente importancia le condujo a la dirección del periódico mensual Mercurio Histórico y Político (1772), puesto al que renunció antes de cumplirse un año. Su actividad se diversificó entre la traducción de obras teatrales, la preparación para la imprenta de la Gramática latina y de los dos tomos de Obras sueltas de su tío (1771 y 1774 respectivamente), y la escritura y publicación de Los literatos en Cuaresma (1773), oculto tras el seudónimo de D. Amador de Vera y Santa-Clara.

Su actividad social le facilitó el trato con diversas familias de la nobleza, y con personalidades literarias como Nicolás Fernández de Moratín o Cadalso. A este último dirigió, entre 1774 y 1777, sus epístolas en verso I, II, V y XI (Colección de obras, 1787). Cuando se retiró Cadalso a Salamanca, tras la muerte de su amada Filis (María Ignacia Ibáñez), mantuvo con él una jugosa correspondencia, que manifiesta el afecto entre ellos y las quejas acerca de sus respectivos mundos: la necedad escolástica salmantina frente a la ruidosa mezquindad de la vida literaria madrileña. En la “Epístola I”, de 11 de noviembre de 1774, refleja Iriarte la estulticia del mundillo cortesano, sin duda para aliviar el aislamiento de Cadalso, que en ese momento estaba en Montijo: “Y por más que te dé melancolía / carecer de este mundo literario, / yo la suerte contigo trocaría, / y en Montijo viviera solitario, / donde tratara simples labradores, / y no idiotas preciados de doctores”.

En 1776 Tomás consiguió el puesto de archivero general del Consejo Supremo de la Guerra. Por entonces se convirtió en asiduo de la Fonda de San Sebastián, donde se reunían hombres de letras italianos y españoles.

En 1777 publicó su versión del Arte poética de Horacio, en endecasílabos con algunos heptasílabos, que más que duplicaban el número de hexámetros del original.

Iriarte se quiso excusar por poner en castellano una obra varias veces traducida, y criticó la traducción de Vicente Espinel, elogiada por López de Sedano en el primer tomo de su Parnaso español (1768). En el “Discurso preliminar” señalaba Iriarte la impericia de Espinel, pero terminó atacando imprudentemente al recopilador Sedano: “[...] aunque no sé si es culpa del mismo Espinel, o yerro de los muchos que se notan en la edición que de su traducción se ha hecho en el Parnaso español”. Sedano contestó en el noveno tomo de su Parnaso (1778), donde tachó a Iriarte, no sin alguna razón, de “dilatadísimo, difusísimo y redundantísimo” en su traducción. Iriarte replicó ese mismo año en su diálogo Donde las dan las toman, donde se cebó inmisericordemente con Sedano y su caótico Parnaso, lo que destrozó el prestigio de la benemérita empresa alentada por Antonio de Sancha, como lo indica el que ese tomo fuera el último.

Sus ideas ilustradas y sus ataques al poder temporal de la Iglesia (romance “La barca de Simón”) provocaron, en agosto de 1779, una causa del Santo Oficio que concluyó negativamente para Iriarte, aunque sin consecuencias demasiado graves. Meses atrás, en mayo de 1779, había concluido su poema didáctico La música, que publicó en rica edición ilustrada a finales de ese año. El poema, en el que Iriarte pretendió ajustar a canon una disciplina artística que carecía en su siglo de él, tiene una calculadísima estructura y está articulado en cinco cantos: consideraciones generales, afectos y pasiones expresados a través de la música, música del templo, música teatral, música en diversiones privadas o en la soledad. La obra, cuya armonía a veces se resiente de su intención docente, tuvo gran éxito editorial, y pronto fue traducida al inglés, francés, italiano y alemán. Entre los elogios vertidos sobre ella en diversos países, Iriarte siempre se ufanó de la carta que le dirigió el anciano Metastasio, quien lo reputó como uno de los pocos autores “quos æquus amavit Iupiter”.

En España, no obstante, la fortuna crítica fue desigual, y García de la Huerta, Samaniego, Jovellanos o Forner se burlaron de sus pretendidos defectos.

De entre todas las reyertas literarias de Iriarte, que envenenaron su vida y lo distrajeron de las tareas estrictamente creativas, acaso la que más le mortificó tuvo origen en el certamen de poesía convocado por la Real Academia Española sobre la felicidad campestre, que ganó el joven Meléndez Valdés con su égloga “Batilo”. La égloga de Iriarte, “La felicidad de la vida del campo”, presentada tras el seudónimo de Francisco Agustín de Cisneros, hubo de conformarse con ser “la que más se acerca a la que ganó el premio”, según se especifica en la portada de la edición costeada por la Academia (1780). Dolido con el fallo, Iriarte hizo correr en manuscrito sus Reflexiones sobre la égloga intitulada “Batilo” (sólo editadas en la edición póstuma de sus obras, en 1805), lo que desató el furor del irritable Juan Pablo Forner, desde entonces pertinaz bestia negra de Iriarte. En su Cotejo de las églogas que ha premiado la Real Academia de la Lengua, inédito hasta el siglo xx, Forner califica el poema de Iriarte de “mala prosa rimada”.

Por entonces elaboró Iriarte, a instancias de Floridablanca, su Plan de una Academia de Ciencias y Buenas Letras, donde se quejaba de que los escritores hubieran de desatender su tarea en procura del sustento económico, abogando por su profesionalización. El Plan sufrió las zancadillas de sus enemigos y no se llevó a la práctica.

Pero la obra a la que debe Iriarte su fama es Fábulas literarias, publicada en 1782. El volumen constaba de sesenta y siete apólogos, luego incrementados en ediciones póstumas. Aunque se jactaba de haberlas escrito en un mes a modo de entretenimiento, en las Fábulas puso Iriarte gran empeño creativo, consciente de estar renovando el viejo género fabulístico al usar los apólogos de animales con una intención docente relacionada con la literatura. En conjunto, los temas de los que trata son: normas generales de la creación literaria; defectos más frecuentes, de origen estrictamente literario (malos traductores, autores carentes de originalidad) o no (plagiarios, vanidosos); rasgos negativos del mundillo literario (envidia, insolidaridad, inversión de valores); ignorancia del vulgo y de la crítica; consejos de orden diverso. Las Fábulas despliegan una poética ecléctica, y constituyen acaso el más amplio muestrario métrico anterior al Modernismo literario.

De su éxito extraordinario dan constancia las numerosísimas traducciones, imitaciones, comentarios y reediciones, y a él se debe también el que su figura quedara reducida a su faceta de fabulista. Pronto se sintieron aludidos García de la Huerta, Samaniego, Ramón de la Cruz, Meléndez Valdés, Forner... Éste fue el primero en arremeter; lo hizo con El asno erudito (1782), presentada como fábula póstuma de un poeta anónimo, cuya publicación corría a expensas de un tal D. Pablo Segarra (segundo nombre y segundo apellido de Forner). Tras la estúpida afectación del asno traslucía la persona de Iriarte, al que también atacó García de la Huerta en El loco de Chinchilla.

Iriarte contestó raudo a El asno erudito con una “epístola crítico-parenética o exhortación patética”, que figuraba dirigida por D. Eleuterio Geta al autor de las Fábulas, con el título de Para casos tales suelen tener los maestros oficiales (1782), donde no se resistió el canario a incluir la elogiosa carta de Metastasio a propósito de La música.

También Samaniego intervino en esta reyerta literaria.

En el libro tercero de sus Fábulas de carácter moral (1781) había elogiado a Iriarte: “En mis versos, Iriarte, / ya no quiero más arte / que poner a los tuyos por modelo”. Cuando Iriarte publicó las suyas, insertó una “Advertencia del editor” en que, situándose frente a los autores de “fábulas meramente morales”, afirmaba que su obra era “la primera colección de fábulas enteramente originales” editadas en castellano. El ofendido Samaniego publicó, sin nombre de autor ni otros datos editoriales, Observaciones sobre las fábulas literarias originales de D. Tomás de Yriarte, donde desacreditaba las fábulas iriartianas. La búsqueda de la imprenta donde se había tirado sin licencias dicha obra llevó a Iriarte a topar con un manuscrito de Forner, ahora firmado, titulado Los gramáticos: historia chinesca, que esperaba licencia de impresión. El escrito era una invectiva en clave contra el despotismo cultural de los Iriarte, en especial contra el difunto don Juan. La influencia de los Iriarte impidió finalmente su impresión.

Tomás de Iriarte prosiguió con la escritura, castigado por frecuentes ataques de gota. La conmoción que supuso la pregunta de Masson de Morvilliers en la Encyclopédie méthodique, “Mais que doit-on à l’Espagne?”, provocó la airada respuesta de Forner (Oración apologética por la España y su mérito literario, 1786), aunque en esta ocasión Iriarte prefirió no embarrarse en una nueva polémica en la que intervendría Samaniego. Así las cosas, vio llegado el momento de recopilar sus escritos en los seis tomos de su Colección de obras (1787), cuya segunda edición se ampliaría en dos más tras su muerte (1805). La publicación de los diecisiete tomos del Theatro hespañol, arbitraria selección de comedias áureas efectuada por García de la Huerta, reactivó la dedicación al teatro de Iriarte, que defendía las reglas del arte, la verosimilitud, el trazo razonable de caracteres, las unidades y un lenguaje pulcro y castizo (que no casticista). Fruto de estas ideas es su comedia en octosílabos El señorito mimado (en Colección de obras, 1787), representada el 9 de septiembre de 1788, con gran éxito y buena recepción crítica (Moratín hijo la consideró “la primera comedia original” en los teatros de España). Afín a ella es La señorita malcriada, publicada en 1788 (ya no pudo incluirse en la primera edición de la Colección de obras, aunque lo haría en la de 1805) y representada el 3 de enero de 1791.

En 1790 vivió largas temporadas en Sanlúcar de Barrameda, buscando alivio a su enfermedad y alejado de las peleas de escritores. De entonces es la comedia El don de gentes y el juguete cómico Donde menos se piensa salta la liebre, ambos títulos representados en los salones de la condesa de Benavente e impresos en la Colección de obras de 1805. También en Sanlúcar escribió la pieza en un acto La librería. El 26 de febrero de 1791 estrenó en Madrid Guzmán el Bueno, obra con la que introduce en España el melólogo, a imitación del Pigmalion de Rousseau; ese mismo año Samaniego lo remedaría burlescamente con Parodia de Guzmán el Bueno, que retiró de la imprenta al producirse la muerte de Iriarte.

Buena parte de su último año de vida la pasó aquejado por la gota. Pocas horas antes de morir, según testimonio de don Bernardo, dictó un soneto donde compendia su amargura de hombre de letras, a cuyos sacrificios la sociedad responde con el desdén, según expone en el primer cuarteto: “Lamiendo reconoce el beneficio / el can más fiero al hombre que le halaga.

/ Yo, escritor, me desvelo por quien paga / o tarde, o mal, o nunca el buen servicio”.

 

Obras de ~: Tirso Imareta (seud.), Hacer que hacemos, Madrid, Imprenta Real, 1770; Amador de Vera y Santa-Clara (seud.), Los literatos en Quaresma, Madrid, Imprenta Real, s. f. [1773]; Arte poética de Horacio, o Epístola a los Pisones, traducida en verso castellano por D. Tomás de Yriarte, Madrid, Imprenta Real, 1777; Donde las dan las toman, Madrid, Imprenta Real, 1778; La música: poema, Madrid, Imprenta Real, 1779; Francisco Agustín de Cisneros (seud.), La felicidad de la vida del campo, Madrid, Joaquín Ibarra, 1780; Apuntaciones que un curioso pidió a D. Thomás de Yriarte acerca de su vida y estudios, escritas en treinta de julio de 1780, ms. 10460 de la Biblioteca Nacional (Madrid) (en T. de Iriarte, Fábulas literarias, ed. de S. de la Nuez, Madrid, Editora Nacional, 1976); Fábulas literarias (ms. 4063 de la Biblioteca Nacional, Madrid), Madrid, Imprenta Real, 1782, y Barcelona, Imprenta de Eulalia Piferrer, 1782; Eleuterio Geta (seud.), Para casos tales suelen tener los maestros oficiales, Madrid, Imprenta de Andrés de Sotos, 1782; Colección de obras en verso y prosa de D. Tomás de Yriarte, Madrid, Imprenta de Benito Cano, 1787, 6 vols.; La señorita malcriada, Madrid, Imprenta de Benito Cano, 1788; El nuevo Robinsón, Madrid, Imprenta de Benito Cano, 1789, 2 vols. (trad. de J. H. Campe, Robinson); Guzmán el Bueno, Cádiz, Manuel Ximénez Carreño, 1790, y Madrid, Imprenta de Benito Cano, 1791; Colección de obras en verso y prosa de D. Tomás de Yriarte, ed. de E. de Lugo, Madrid, Imprenta de Benito Cano, 1805, 8 vols.

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Ángel L. Prieto de Paula