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José de Armendáriz y Perurena

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Biografía

Armendáriz y Perurena, José. Marqués de Castelfuerte (I). Pamplona (Navarra), 2.XI.1670 ant. – Madrid, 16.IV.1740. Capitán general y virrey del Perú.

Primogénito del humilde y legítimo matrimonio formado por Juan de Armendáriz y García de Usechi y María Josefa de Perurena y Muguiro, residentes en Pamplona, recibió el bautismo el 2 de noviembre de 1670 en la parroquia pamplonesa de San Juan Bautista.

Fue el mayor de tres hermanos, siguiéndoles su hermano Juan Francisco, que alcanzó el grado de teniente general, y su hermana, religiosa, estuvo durante mucho tiempo en el convento navarro de Corella, del que, conocida como Tomasa de san Benito, llegó a ser priora.

Consagrado a la carrera de las armas, en la que a los dieciocho años alcanzaba ya el grado de capitán de caballos corazas, los servicios prestados en las campañas de Francia, España e Italia le valieron para alcanzar el grado de teniente general de los ejércitos del primero de los Borbones, una recompensa a su valor y desempeño que estuvo adornada con la singular circunstancia de que fuese el Monarca quien realzase este ascenso asistiendo a tan singular y solemne acto, pues en su presencia recibió Armendáriz este beneficio, “de viva voz”.

Pero esta distinción estuvo precedida por otras, —por ejemplo, en 1699, durante la campaña de Cataluña—, como fue la concesión de un hábito en cualquiera de las tres Órdenes Militares (Real Decreto de 24 de junio de 1699), que finalmente fue en la de Santiago (Real Cédula de El Escorial, del 8 de octubre de 1699), con el añadido de nombrándosele comendador de Montizón y Chiclana. Le llegó esta merced real cuando ostentaba el empleo de maestre de campo de dragones del Regimiento de Cataluña, y se hizo extensiva a su hermano Juan Francisco, entonces capitán de caballos arcabuceros dragones de la misma unidad. En 1711, cuando simultaneaba José de Armendáriz el gobierno de Tarragona con el cargo de inspector general de la caballería y de los dragones de la Corona de Aragón, un agradecido Felipe V le demostraba una vez más su gratitud, a él y a su descendencia, con un marquesado, premio que le fue concedido por un decreto fechado el 18 de agosto de 1705, que le hizo acreedor de ese título en Navarra.

El 5 de junio de 1711 se firmó en Zaragoza el título de marqués de Castelfuerte, cuya denominación, elegida por el premiado, parece corresponder a una de las posesiones de su cuñada, llamada Torre Fuerte.

Fugazmente, y como era preceptivo, se le otorgó por una sola jornada el título “puente” de vizconde de Villacerrada, que quedó cancelado ese mismo día en la Cámara de Castilla. Su título, desde el 13 de diciembre de 1711, por voluntad de su titular, pasó a vincularse al mayorazgo y señorío de Ezcay, fundado el 26 de febrero de 1585 en los contratos matrimoniales de Antonio Martínez de Ezcay y Lucía Ramírez de Ezcay, antepasados de la esposa de su hermano, Joaquina de Monreal y Ezcay. Siendo entonces José de Armendáriz un hombre soltero de cuarenta años, quiso asegurar su marquesado de Castelfuerte en su único hermano varón, Juan Francisco, y en el primogénito de éste, como así sucedió, aunque durante el primer tercio del siglo xix este título pase a engrosar la ya poderosa casa del marqués de San Adrián, vinculada por matrimonio desde el último tercio del xviii con la de Castelfuerte, a la que permanece unido desde entonces, salvo en momentos puntuales.

Como teniente general, el primer marqués de Castelfuerte servirá en 1718-1719 en el sur de Italia y en Sicilia, así como en la plaza norteafricana de Ceuta, de donde volvió a España para hacerse cargo de la gobernación de la capitanía general de Guipúzcoa, destino donde le sorprendieron sus nombramientos como virrey y capitán general de los reinos de Perú y Tierra Firme, además de como presidente de la Audiencia de Lima, que le fueron comunicados (Real Cédula de San Ildefonso de 4 de octubre de 1723), cuando contaba cincuenta y tres años. Se premiaba a este alto oficial “de experiencias, celo y desinterés”, por la “satisfacción con que me habeis servido, crédito y aprobación con que lo habeis ejecutado en todos los empleos que han estado a vuestro cargo”.

Castelfuerte se embarcó en Cádiz el 31 de diciembre de 1723, a bordo de la capitana de la flota, Nuestra Señora de Monserrate, acompañado por una amplia “familia”, fundamentalmente navarra, en la que hay que destacar dos sobrinos y un primo. El sobrino menor, Juan Esteban de Armendáriz y Monreal, era el primogénito de su hermano Juan Francisco, un niño de ocho años, natural de Pamplona, que permanecerá con él hasta su regreso a Madrid en 1736, y que a la postre, como tercer marqués de Castelfuerte, será su heredero universal.

El otro sobrino, José de Maldonado Faduas, era hijo único de su prima hermana Saturnina de Faduas y Perurena y de Francisco Francés de Maldonado, abogado relator del Real Consejo del reino de Navarra.

Natural también de Pamplona, este sobrino segundo pasó al Perú cuando contaba veintiocho años, para regresar a Navarra en 1729, amparado por un mayorazgo de “saltuario”, fundado a su favor en Lima por el entonces virrey, su tío. El tercer familiar directo fue el brigadier Luis de Guendica, que tuvo a su cargo las armas del Callao, y que regresó del Perú en 1731.

Entró Armendáriz en Lima el 14 de mayo de 1724, permaneciendo al frente del virreinato durante once años, siete meses y veintiún días, batiendo para el siglo xviii un récord de permanencia que sólo le será arrebatado en 1745 por el logroñés José Antonio Manso de Velasco, conde Superunda, que se mantuvo en el solio virreinal peruano algo más de dieciséis años.

Se ocupó Castelfuerte de los ramos eclesiástico, político, económico y militar peruanos con bastante eficacia, desempeños sobre los que nos dejó un testimonio oficial en su Relación de Gobierno, obra debida a la brillante y complicada pluma del catedrático de la Universidad de San Marcos, el polígrafo peruano Pedro de Peralta Barnuevo Rocha y Benavides, asesor del propio virrey.

Cabría resaltar su defensa a ultranza del Regio Patronato, lo que le valió un enfrentamiento épico con el ex virrey del Perú en dos ocasiones Diego Morcillo Rubio de Auñón, a la sazón arzobispo de Lima, motivado, aparte de por algunos roces de carácter protocolario, especialmente por la oposición de este clérigo a las gestiones del mandatario en favor del adecentamiento de la vida eclesiástica, fundamentalmente en lo referido a la moral sexual y a la escandalosa celebración de los capítulos en las diferentes órdenes religiosas.

Su lucha contra el contrabando, sus afanes por poner orden y sanear las cuentas de la Real Hacienda, con especial preocupación sobre los oficiales reales y las Casas de la Moneda de Lima y Potosí, así como sobre las revisitas de indios y la mita minera, rindieron los frutos esperados. Debe ser reconocida también su presión a los comerciantes limeños para hacer florecientes las ferias de Tierra Firme, así como sus denodados esfuerzos por acabar con los tumultos de Paraguay y por proporcionar medios con que hacer frente a la inacabable guerra con los indios de Chile, manteniendo al día las remesas del situado, sin olvidar los castigos ejemplares a los revoltosos de las provincias de Cotabamba, Cochabamba y Azángaro. Por último, cabría citar la atención prestada por Castelfuerte a la reconstrucción de las defensas de Lima y Callao, así como su gestión para frenar la presencia portuguesa en Montevideo.

Por estas razones su gobierno peruano fue calificado muy favorablemente por la sentencia de su voluminoso juicio de residencia, encargado al fiscal de la Audiencia de Lima, Miguel de Gomendio, que declaró a Castelfuerte como un “buen ministro, Virrey, gobernador, capitán general y presidente de la Audiencia”, asegurando que había actuado con la rectitud, desinterés y prudencia que cabía esperar de una persona de tan alto puesto y dignidad.

Absuelto de la mayor parte de los cargos que se le imputaron a él y a sus más directos colaboradores, todos “familiares” suyos, se le calificó en la sentencia de “gran católico [...] por sus obras y procederes”, de celoso del Real Patronato, sin haber admitido por parte de las autoridades eclesiásticas ningún tipo de vulneración a este privilegio “en la más mínima parte”, y de pragmático a la hora de conducir la hacienda peruana, administrada como “pudiera atender a su propio caudal”.

Dejó bien sentada esta sentencia que en el campo político fueron unas de las mayores preocupaciones de Castelfuerte el exacto cumplimiento de las leyes y de las órdenes dadas sobre el buen tratamiento de los indios, la escrupulosa elección de las personas más adecuadas para cubrir las plazas asignadas a su provisión y el castigo sin excusa de cualquier delito; y en lo militar, demostró su experiencia y capacidad de previsión, por cuanto se ocupó de preparar en la paz cuanto pudiera ser necesario en época de guerra. En definitiva, su gestión en el Virreinato fue considerada la de un “bueno, limpio y recto ministro y celoso del servicio de ambas Majestades”, digno de ser recomendado a Felipe V para que le atendiese y recompensase “con iguales y mayores puestos”.

Su sucesor, José de Caamaño y Sotomayor, marqués de Villagarcía y conde de Barrantes, que había salido de Cádiz el 26 de mayo de 1735, llegó al puerto del Callao el 3 de enero de 1736, entrando solemnemente en Lima el día 6, doce jornadas antes de que el marqués de Castelfuerte, un hombre de sesenta y cinco años, soltero, iniciara su vuelta en un barco del Rey, el San Fermín, —construido bajo su mandato—, pero por la vía de la Nueva España, un itinerario poco habitual.

El 10 de diciembre de 1734 es la fecha que lleva el primer permiso real para que el virrey pudiera regresar a la Península, llegado su sucesor y afianzado su juicio de residencia. Una real cédula (El Pardo, 28 de enero de 1735) le dio el placet definitivo para volver, en respuesta a una petición de Armendáriz de “restituirse lo antes posible a España”; todo quedó dispuesto cuando el 13 de marzo de 1735 el Ministro José Patiño le permitió volver a Cádiz por México.

Llegado a Acapulco el 3 de marzo de 1736, fue conducido y agasajado en la capital de ese virreinato por el arzobispo-virrey. Abandonó México desde Veracruz y, tras treinta días de navegación, embarcado en la almiranta de la flota comandada por Ignacio Dautevil, llegó a La Habana, desde donde, como pasajero de la fragata de guerra llamada San Jerónimo, alias El Retiro, recaló en la bahía gaditana el 7 de septiembre de 1736, conduciendo en su camarote una considerable porción de dinero y joyas, que declaró en la Casa de la Contratación como el fruto del “ahorro” de sus sueldos.

En general, los juicios a su labor como virrey nos lo retratan como un buen gobernante, como un duro, enérgico e incluso justiciero personaje, a la vez que una persona extremadamente religiosa y austera. Incluso los marinos Juan y Ulloa, que lo conocieron personalmente, dijeron de Castelfuerte en sus Noticias Secretas de América lo siguiente: “Ningún Virrey ha sido [...] mas justo, caritativo, afable ni propio para gobernar que el, porque en lo que era justo y del beneficio del común no se vencía a los empeños ni a las súplicas, ni suspendía el castigo en el que lo merecía [...]; un sujeto del respeto de este Virrey y de su justificación y desinterés necesita el Perú y otro Santa Fé [...]” (tomo I: pág. 338, y tomo II: pág. 74).

Estudios muy recientes alteran la bondad de los juicios emitidos sobre su actuación al frente del Virreinato.

Una complicada reconstrucción de los bienes contenidos en su testamentaría veinte años después de su muerte, riquezas deliberadamente ocultadas por sus albaceas, entre otros por su hermano y por Juan Bautista de Iturralde, marqués de Murillo, Ministro de Hacienda de Felipe V (1736-1740), ponen de manifiesto que el marqués de Castelfuerte amasó una fortuna considerable, inexplicable si computamos tan sólo la cuantía de los ingresos considerados lícitos, y sólo justificada por el uso de resortes situados fuera de la legalidad y que el mismo, en defensa de su honorabilidad, negó siempre haber utilizado: “[...] no he venido con ánimo de sacar de las Indias más caudal que el de la honra que he ganado en el resto del mundo [...]; y me sería muy sensible el haberlo hallado entre las balas, para venirla a perder entre los chismes” (Archivo General de Indias. Audiencia de Lima, leg. 411. Carta del virrey Castelfuerte a Felipe V. Lima, 8 de octubre de 1724).

Llegó de su periplo peruano ascendido a capitán general, grado que nunca ostentó virrey alguno, y fue destinado por el primero de los borbones españoles a su real servicio, “en el uso de su empleo de teniente coronel de las reales guardas de la Infantería Española”. Poco después, a los quince meses de su regreso del Perú, el Rey volvió a distinguirlo una vez más, concediéndole la exclusiva y restringida Orden del Toisón de Oro (Real Cédula de El Pardo, del 18 de diciembre de 1737), cuyos símbolos le fueron impuestos “por su real mano” en Aranjuez, el 24 de abril de 1738.

José de Armendáriz fijó y mantuvo su residencia en Madrid hasta su muerte, en una casa alquilada —hoy desaparecida—, cerca del Palacio Real, se cree que situada en la calle de la Priora, compartiendo la soledad de los últimos años de su vida con quien sería a la postre su práctico heredero universal, su sobrino Juan Esteban de Armendáriz y Monreal, además de con el hermano de éste, Fermín Joaquín, “los señoritos”, ambos dedicados a la carrera de las armas, donde el primero alcanzaba en 1739 el rango de teniente coronel de caballería, y el segundo de alférez, destinados ambos en las reales guardias españolas. Su círculo de relación, se situó cerca del influyente grupo navarro residente en Madrid, cohesionado en torno a la congregación de San Fermín de los Navarros, del que los Iturralde, Goyeneche o Eslava serán figuras destacadas y muy cercanas al virrey Castelfuerte.

En Madrid, a una edad tan avanzada para la época como la de sesenta y nueve años, se decidió a dejar ante notario sus últimas disposiciones testamentarias (Madrid, 5 de mayo de 1739), aunque transcurrirán algo más de dos años y medio desde su arribo a Cádiz hasta que muera José de Armendáriz y Perurena en su domicilio madrileño el 16 de abril de 1740, siendo enterrado su cadáver en depósito en el convento de Santo Tomás de Aquino, de donde fueron exhumados sus restos (14 de marzo de 1742) para enterrarlos en la capilla del Rosario, del convento pamplonés de Santo Domingo (24 de abril de 1743), sin que éste fuera su lugar de descanso definitivo, que lo es desde el 3 de julio de 1846 el cementerio de Pamplona.

 

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Alfredo Moreno Cebrián