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Francisco Fernández de la Cueva y Enríquez

Biografía

Fernández de la Cueva y Enríquez, Francisco. Duque de Alburquerque (VIII), marqués de Cuéllar (VI), conde de Ledesma y de Huelma. Barcelona, 1619 – Madrid, 27.III.1676. Virrey de Nueva España y de Sicilia, capitán general de la Armada Real.

Nació en el seno de una familia de la alta nobleza española y fue el hijo primogénito de Francisco Fernández de la Cueva, VII duque de Alburquerque, y de su tercera esposa, Ana Enríquez de Colonna, hija de Luis Enríquez, almirante de Castilla y descendiente del monarca Alfonso XI.

Por línea paterna perteneció a una acreditada estirpe de virreyes. Su padre había ejercido los cargos de virrey de Cataluña y de Sicilia, también fue embajador en Roma, consejero de Estado y de Guerra de Felipe IV y presidente del Consejo de Aragón. Su abuelo, Beltrán de la Cueva, fue virrey de Aragón y su bisabuelo, Gabriel de la Cueva, de Navarra. Su hermano, Baltasar de la Cueva Enríquez, lo fue del Perú.

Estuvo emparentado con los virreyes de Nueva España marqués de Cerralvo y duque de Veragua.

Empezó sus servicios en favor de la Monarquía española a partir de 1638 como soldado en el sitio de Fuenterrabía e intervino en las contiendas que la Corona sostenía en Francia y en los Países Bajos durante la Guerra de los Treinta Años. Llegó a alcanzar los grados de maese de campo, capitán general de Caballería de Milán y de los ejércitos de Flandes, participando en batallas como la de Chatelet. Terminada la campaña de 1643, en donde en el sitio de Rocroy fueron vencidas las armas españolas y los tercios de Flandes perdieron su universal prestigio, regresó a España y pretendió el puesto de virrey de Nueva España que no le fue concedido entonces. El Monarca lo nombró gentilhombre de su cámara y lo llevó consigo en su viaje a Aragón.

Contrajo matrimonio en el Palacio Real de Madrid (12 de enero de 1645) con la sevillana Juana Francisca Díez de Armendáriz, dama de la primera mujer de Felipe IV, Isabel de Borbón y, posteriormente, camarera mayor de las reinas María Luisa y Mariana de Neoburgo, esposas de Carlos II. Era hija única del I marqués de Cadereyta (o Cadreita), quien también había sido virrey de Nueva España entre 1635 y 1640. Heredó los títulos nobiliarios de sus padres.

Durante varios años fue general de Caballería en el Ejército de Cataluña e intervino en las campañas de 1648 y 1649. Ascendido a capitán general de las Galeras de España, fue destacada su actuación en la defensa de Tortosa y, especialmente, en el asedio de Barcelona (1650), al interceptar cuatro navíos franceses que llevaban quinientos infantes. Estos méritos le fueron premiados por el Monarca que le concedió primero 4.000 reales de renta en la misma encomienda de la Orden de Santiago que tenía en Guadalcanal (Sevilla) y el 9 de marzo de 1653, el cargo de virrey de Nueva España.

A primeros de julio de 1653 arribó al puerto de Veracruz junto con su esposa, su hija Rosalía y un séquito de casi un centenar de servidores, entre ellos, su secretario Juan Coello. Después de unos días de descanso en el palacio de Chapultepec, efectuó su entrada solemne en la capital mexicana el 15 de agosto.

Amante del lujo y la ostentación, este joven virrey hizo engalanar con ricas colgaduras y otros enseres llevados de España las habitaciones que ocuparon él y sus parientes en el palacio real y, a lo largo de su administración, festejó con boato las bodas, nacimientos y otros eventos relacionados, especialmente, con la Familia Real.

Al comenzar su gobierno puso en práctica una real orden en la que se le encomendaba que los militares y tribunales jurasen defender la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Eligió para este acto el convento de San Francisco de México.

En el aspecto económico, el nuevo mandatario tuvo que hacer frente a la crisis por la que pasaba el virreinato debida a diversos factores, como la decadencia de la minería atribuida, generalmente, a la falta de azogues y mano de obra indígena; las limitaciones impuestas al comercio mexicano junto con el descenso del intercambio comercial con la metrópoli, o las continuas exacciones fiscales demandadas desde España. El auge de los criollos fue también un elemento de consideración.

Se afanó por reactivar la administración y restaurar el prestigio de la institución virreinal, bastante debilitada desde tiempos del duque de Escalona y el marqués de Salvatierra, pese a los esfuerzos de su inmediato antecesor, el conde de Alba de Liste, por esa recuperación.

Su carácter enérgico fue un gran aliado. Alburquerque luchó por mejorar el orden social y combatir la corrupción administrativa favorecida por la venta de oficios. A este respecto, remitió a la Corte informes negativos de algunos oidores de la Audiencia mexicana. Ordenó publicar bandos con severas penas para quienes entorpecieran el regular abasto de carnes, granos y otros productos. Más adelante fueron arrestados diversos corregidores por especular con el pan. Puso al cuidado del pulque al corregidor García Tello de Sandoval y prohibió que hubiera un número elevado de pulquerías; que se vendiera guarapo u otras bebidas y que los alguaciles, por propio beneficio, permitieran el comercio del pulque a otra gente que no fueran los indios. Exterminó la alianza que mantenían algunos alcaldes mayores con acaudalados sujetos de México, dirigida a la explotación de mano de obra indígena, colectivo muy mermado en ese tiempo. Fueron apresados y ahorcados muchos ladrones y salteadores de caminos. En un auto general de fe presidido por el virrey, algo poco común, se castigó a siete reos de sodomía con la hoguera.

En lo relativo al saneamiento de la capital, mandó reparar Alburquerque puentes y calzadas (Piedad, Chapultepec, San Antón) y la limpieza de acequias.

Se acometieron obras de empedrado de las principales calles, así como canales para la conducción del agua. Por ello, ante la escasez de las rentas del Ayuntamiento mexicano, se hizo necesario imponer la tasa de un real por carga de pulque que entraba en esa ciudad, tolerando el virrey, incluso, el cobro que hacían los alcaldes mayores en sus municipios. Visitó las obras del desagüe de Huehuetoca, tan importantes para contener las frecuentes inundaciones de la capital.

Hizo muchas obras en el palacio donde residía, algunas de las cuales, como un jardín, no se tuvieron por indispensables.

A lo largo de su gobierno dio numerosas comisiones, entre ellas, al oidor Gaspar Fernández de Castro para la visita de las Cajas de Guadalajara y a Francisco Calderón Romero para la de Campeche y la flota surta en Veracruz. En esta línea de control en cuestiones hacendísticas ordenó, asimismo, investigar las cuentas del anterior administrador del papel sellado y detuvo al prior y a dos cónsules del consulado mexicano por deudas en la gestión del impuesto de las alcabalas, según detectó el visitador Pedro de Gálvez.

Dio unas nuevas ordenanzas a los ministros del Tribunal de Cuentas y vigiló su labor para que se agilizara la contabilidad. Procuró el despacho de las flotas, aunque no pudo reprimir el tráfico ilícito. Toda esta actividad del virrey favoreció el saneamiento de la Real Hacienda y, consecuentemente, el incremento de los ingresos que, enviados a España, reforzaron su exhausto erario.

En junio de 1655 se le pidieron informes acerca de la conveniencia de establecer en México la acuñación de la moneda de oro, prohibida desde la instauración de la ceca en 1535 y por otras reales órdenes posteriores.

Los trámites de la resolución sufrieron una demora de veinte años, pero finalmente se permitió dicha acuñación.

Mantuvo una actitud inamovible para que se conservaran las prerrogativas del Real Patronato, al mismo tiempo que trataba de apaciguar los resentimientos que aún quedaban de los conflictos habidos entre el arzobispo Palafox y el virrey Salvatierra. Sin embargo, tuvo enfrentamientos con Sagade Bugueiro, el nuevo arzobispo de México, por cuestiones de precedencia, y con el obispo de Puebla de los Ángeles por haber hecho su entrada solemne bajo palio, en contra de lo dispuesto por el virrey.

Principal preocupación para Alburquerque fueron las amenazas de naciones extranjeras a los territorios que gobernaba, sobre todo de Inglaterra, y aunque los medios con que contaba no eran suficientes para cubrir su defensa, reparó fortificaciones, envió los situados a los presidios, socorrió con municiones, artillería, bastimentos y gente las plazas de Veracruz, Campeche, La Florida, Santo Domingo y otras, consiguiendo que desde la metrópoli se le mandaran dos mil quinientas armas de fuego. Si bien se resistió a que se restableciera la Armada de Barlovento por obviar pedir más dinero al comercio, se construyeron diversos navíos. Pese a todo, el virrey fue incapaz de evitar que España perdiera su dominio sobre Jamaica. La total indefensión de la isla y la empresa de Cromwell contra las Antillas Mayores hicieron que los ingleses, bajo el mando del almirante Penn y el general Venables, tomaran la capital, Santiago de la Vega (20 de mayo de 1656), después del fallido intento de apoderarse de Santo Domingo. La resistencia de los españoles, dirigida por Cristóbal Isasi, continuó, pero sin éxito, a pesar de que Alburquerque envió tropas procedentes de México y Cuba. Las capitulaciones entre el almirante inglés y el gobernador Juan Ramírez de Arellano se firmaron seis días después.

Tuvo entre sus afanes el que se concluyeran las obras de edificación de la catedral de México, adonde acudía cada tarde para inspeccionar los trabajos y a rezar, ocupándose también de gratificar, a sus expensas, a los artesanos para incentivarlos. Estando en la capilla de Nuestra Señora de la Soledad, de la que era muy devoto, fue agredido a espada (12 de marzo de 1660) por un joven soldado español, Manuel de Ledesma, con signos de desvarío, al que se le aplicó al día siguiente la pena de la horca.

Otro suceso grave, que también se dio a finales del gobierno de este virrey, fue la sublevación de los indios de Tehuantepec (Oaxaca) al haberlos mandado azotar el alcalde mayor Juan de Avellán por el atraso en el pago de los tributos. Los rebeldes quemaron la vivienda oficial del alcalde, quien murió lapidado.

Se apoderaron de las armas, enviaron mensajeros al pueblo de Nexcapa para propagar la insurrección y participaron a Alburquerque el motivo de su levantamiento.

Éste confió la pacificación al obispo de Oaxaca, Alonso Cuevas Dávalos, y los cabecillas fueron ajusticiados.

Alburquerque impulsó las misiones de la frontera norte, amenazada por los indios gentiles, y, antes de su marcha, quedó fundada en el entorno del río Bravo la de Nuestra Señora de Guadalupe del Paso (diciembre de 1759), que fue el comienzo del segundo foco colonizador de Nuevo México. También se creó en Parral (Nueva Vizcaya) una compañía con treinta soldados.

En febrero de 1660 fue nombrado su sucesor, el conde de Baños. Alburquerque dejó el palacio en agosto y se fue a vivir a casa de su caballerizo mayor, Prudencio de Armenta. En septiembre recibió con toda solemnidad al nuevo virrey, siendo su deseo el regresar a la metrópoli lo más pronto posible. Antes, se tuvo que someter a un rígido juicio de residencia a cargo del electo oidor de Guatemala Ginés Morote Blázquez, quien llegó a exigirle que depositara una cuantiosa fianza. La actitud arrogante de Alburquerque esquivando la colaboración con aquél, más otras complicaciones del juez de residencia con el nuevo virrey y los ministros de la Audiencia, desembocaron en el destierro de Morote fuera de la capital mexicana sin concluir su misión.

Alburquerque consiguió licencia para regresar a España y salió de México con su familia el 26 de marzo de 1661. La residencia la terminó, tras un largo paréntesis, el fiscal Francisco Vallés, el cual condenó al saliente virrey por treinta y un cargos en relación, sobre todo, con el erario y a una multa de cerca de 50.000 pesos. El Consejo de Indias revocó todos los cargos que se le hicieron estimando que durante su gobierno en Nueva España obró “con toda rectitud, paz y quietud”, siendo digno de que el Rey le diera un puesto relevante. No parece que consiguiera Alburquerque, a pesar de su reclamación, la devolución de los 50.000 pesos que había dejado depositados para gastos de costas y salarios y, ante la insistente petición del Consejo de Indias, tuvo que entregar una memoria de su gestión en el virreinato.

El 9 de julio de 1663 se le designó capitán general de la Armada del mar Océano, ejerciendo este cargo hasta su nombramiento de teniente general de la Marina (mayo de 1664). En 1666, con las credenciales de embajador extraordinario en Alemania, acompañó a Viena a la infanta Margarita María de Austria, hija de Felipe IV, para que se desposara con el emperador Leopoldo I. A partir de 1668, y durante dos años, fue virrey de Sicilia. Murió cuando prestaba servicios en el Palacio Real, ya que Carlos II le había nombrado gentilhombre de su Cámara, mayordomo mayor y miembro de sus consejos de Estado y de Guerra. Su única hija, Ana Rosalía, casada con su tío Melchor de la Cueva, fue la madre del X duque de Alburquerque, también virrey de Nueva España.

En el siglo xix, el duque de Aumale cuestionó el valor de Alburquerque en la batalla de Rocroy, apoyado en lo dicho por un sujeto llamado Fabert, el cual daba a entender que se había retirado cobardemente de la contienda. Fernández Duro (1884) hizo un escrito en desagravio del que había sido virrey de Nueva España y en él rebatía las opiniones de Aumale. Se basó para ello en un artículo de Rodríguez Villa, en declaraciones de testigos del combate (marqués de Tordelaguna) y en cartas del Monarca y del propio injuriado.

 

Fuentes y bibl.: Archivo General de Indias (Sevilla), Contratación, 5430, N. 3, R. 31; Escribanía de Cámara, 222A; México, 76; 225 y 226.

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Ascensión Baeza Martín