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Jorge Juan y Santacilia

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Biografía

Juan y Santacilia, Jorge. Novelda (Alicante), 5.I.1713 – Madrid, 21.VI.1773. Marino y científico.

Hijo de Bernardo Juan y Canicia y de Violante Santacilia y Soler de Cornellá, casados en segundas nupcias y con residencia en Alicante, nació en la propiedad que poseían en Novelda. A los tres años quedó huérfano de padre. Estudió en Alicante y en Zaragoza bajo la tutela, primero, de su tío Antonio Juan, y luego de su tío Cipriano Juan, caballero de la Orden de Malta, quien lo envió allí a la edad de doce años para su ingreso en la Orden, lo que suponía el voto de celibato. A mediados de 1729, regresó a España con el título de una encomienda de la Orden en Aliaga (Teruel), y solicitó su ingreso en la Compañía y Academia de Guardias Marinas. Ésta había sido establecida por el intendente de Marina José Patiño en Cádiz el año de 1717 para la formación de la futura oficialidad de la Armada. Se embarcó en 1730, participando hasta finales de 1733 en diversas misiones, entre ellas la campaña de Orán en 1732, a bordo del navío Castilla al mando de Juan José Navarro, más tarde marqués de la Victoria, o la escolta del futuro monarca Carlos III a Nápoles. A fines de 1733, integrado en la escuadra comandada por Blas de Lezo, tuvo que desembarcar en Málaga al hallarse enfermo, como otros, a causa del mal estado de los alimentos. Recuperada la salud, regresó a Cádiz para proseguir sus estudios en la Academia. Su estancia fue breve, pues en 1734 fue destinado, junto con el también guardia marina Juan García del Postigo, que al hallarse embarcado fue sustituido por Antonio de Ulloa y de la Torre-Guiral, a acompañar a los académicos franceses que debían pasar al virreinato de Perú para realizar mediciones geodésicas con vistas a la determinación de la figura de la Tierra.

La polémica sobre la figura de la Tierra enfrentó los resultados de las mediciones geodésicas realizadas para la confección del mapa de Francia, que apuntaban a una Tierra achatada por el Ecuador, con las predicciones teóricas de la física newtoniana y los datos aportados por la longitud del péndulo que bate segundos, variable con la latitud, que señalaban una figura achatada por los polos. La cuestión podía dilucidarse comparando la medida de sendos grados de meridiano en las proximidades del Polo y del Ecuador, y para ello la Academia de Ciencias francesa envió dos expediciones. Una fue a Laponia; y como destino de la otra se eligieron las proximidades de Quito, en la actual República de Ecuador. Solicitado el permiso a la Corte española, se determinó que los académicos franceses fuesen acompañados por dos sujetos expertos en matemáticas y astronomía que participasen en los trabajos. Al parecer, tales sujetos no se hallaron, y el encargo recayó en los dos guardias marinas, Juan y Ulloa, que entonces tenían, respectivamente, veintiún y diecinueve años de edad. Ambos fueron ascendidos en esta ocasión a tenientes de navío con el fin de presentarse ante los franceses con una cierta graduación militar.

Pese a su juventud, los dos se incorporaban a la expedición con una buena experiencia en la mar (Ulloa sentó plaza de aventurero en 1730, embarcándose para América, antes de ingresar en la Academia en 1733) y, al decir de alguno de los académicos, bien preparados en Matemáticas. El 26 de mayo de 1735 partieron de Cádiz, Juan en el navío El Conquistador y Ulloa en la fragata Incendio. La comisión que se les encomendó abarcaba no sólo la participación en los trabajos de la expedición, para lo que se adquirió en París una colección de instrumentos igual a la que llevaban los franceses, sino también la vigilancia de posibles acciones de espionaje o comercio ilícito por parte de éstos, así como la determinación de la posición geográfica y levantamiento de planos de las ciudades y puertos por donde pasasen, además de recoger cualesquiera otras noticias de interés. Comenzaron sus actividades ya en el viaje de ida, estudiando los errores de la corredera y de la aguja náutica.

Llegaron a Cartagena de Indias el 7 de julio, y allí esperaron a la expedición francesa hasta el 15 de noviembre. Ésta estaba encabezada por el astrónomo Louis Godin y compuesta, entre otros, por los académicos Pierre Bouguer y Charles-Marie de La Condamine. Una vez reunidos, se desplazaron a Quito para iniciar los trabajos. Éstos consistirían en la medida cuidadosa de una base fundamental, a partir de la cual se tendería una serie encadenada de triángulos, que se extendieron a lo largo de unos cuatrocientos kilómetros por el corredor interandino, algo más de tres grados de latitud, entre las ciudades de Quito y Cuenca, finalizándose con la medida de una base de comprobación y observaciones astronómicas para determinar la posición geográfica de los extremos de la triangulación. Para ello se formaron dos grupos, uno integrado por Godin y Juan, y el otro por Bouguer, La Condamine y Ulloa.

En 1741, Juan y Ulloa fueron requeridos por el virrey de Perú, marqués de Villagarcía, para que pasasen a Guayaquil y ayudasen en la preparación de su defensa ante la amenaza de un ataque inglés por la flota del almirante Anson. Al año siguiente se desplazaron por el mismo motivo al Callao, donde, además, armaron dos buques mercantes, el Belén y la Rosa, en los que zarparon a fines de 1742 con misiones de vigilancia que se extendieron hasta noviembre de 1743.

En cuanto a los trabajos geodésicos, dada la altitud de los picos en donde debían situar las señales que marcaban los vértices de los triángulos, supusieron una tarea muy penosa. A prolongarla contribuyó además el afán de los expedicionarios por conseguir la mayor exactitud posible, para lo que tuvieron en cuenta todos los posibles factores de error, desde la refracción atmosférica hasta la dilatación de materiales o la desviación de la plomada por la acción gravitatoria de masas montañosas próximas, lo que enriqueció considerablemente sus resultados. De este modo la expedición no se dio por finalizada hasta 1744, cuando la misión enviada a Laponia había regresado ya en 1738. Ambas confirmaron el achatamiento del planeta por los polos.

El retorno de los expedicionarios fue escalonado, quedando incluso alguno de ellos en América. Juan y Ulloa se embarcaron en Callao el 22 de octubre de 1744 en dos buques franceses, Ulloa en el Déliverance y Juan en el Lis. El primero fue apresado por los ingleses, pero su calidad de miembro de la expedición le supuso a Ulloa un trato cortés y el ingreso en la Sociedad Real londinense. Por su parte, Juan arribó sin incidentes a Brest el 31 de octubre, pasando a París, donde fue nombrado miembro correspondiente de la Academia de Ciencias francesa; más tarde fue, asimismo, nombrado miembro de la Sociedad Real de Londres y de la Academia de Ciencias de Berlín.

Llegó a Madrid a principios de abril de 1746, y Ulloa unas semanas después; allí fueron recibidos, en un primer momento, con indiferencia, hasta que despertaron el interés de Zenón de Somodevilla, marqués de la Ensenada, quien sostenía importantes planes de renovación para el país y vio en los dos oficiales unos valiosos auxiliares. Juan y Ulloa fueron ascendidos a capitanes de navío, y los datos recogidos en la expedición se publicaron con rapidez, en 1748. Fueron, por un lado, las Observaciones astronómicas, y Physicas, hechas de orden de S. M. en los reynos del Perú, donde se recogían los resultados científicos, y la Relación histórica del viaje a la América meridional; ambas obras conocerían más tarde diversas ediciones y traducciones.

En el caso de la primera de ellas, redactada fundamentalmente por Juan, hubo un roce con la censura inquisitorial, que obligó a calificar de hipótesis falsa al sistema copernicano, afrenta de la que Juan se desquitaría más tarde, en 1773, año de su fallecimiento, en su Estado de la astronomía en Europa, que fue incluido asimismo como adición en la segunda edición de las Observaciones, que vio la luz ese año.

También redactaron, pero éstas como materia reservada, las Noticias secretas de América, que se ocupaban de cuestiones relativas a la situación política, militar, civil y religiosa de los territorios visitados. En 1823 el inglés David Barry pudo hacerse con una copia, publicándola en Londres tres años después. La obra fue utilizada demagógicamente para reforzar la visión negativa que se había buscado propagar sobre la colonización española en América. Finalmente, redactada por encargo específico, veía la luz en 1749 otra obra conjunta de Juan y Ulloa, la Dissertación sobre el meridiano de demarcación entre los dominios de España y Portugal, destinada a reforzar la posición española en las negociaciones de límites en territorio americano que entonces se llevaban a cabo con ese país.

A partir de este punto los destinos de Juan y Ulloa divergieron. En 1748, ambos fueron enviados por separado al extranjero con sendas misiones que cabe calificar de espionaje científico e industrial. Juan fue enviado a Londres junto con dos guardias marinas, con el cometido, entre otros, de informarse de los métodos de construcción naval inglesa y contratar secretamente un conjunto de técnicos, desde ingenieros navales a expertos en jarcia y lona, así como de recoger noticias sobre asuntos relativos al comercio marítimo inglés y en concreto al efectuado al abrigo del “navío de permiso” para América que había obtenido Inglaterra con el Tratado de Utrecht. La tarea no era fácil, pues estas cuestiones se hallaban bajo secreto, y se había prohibido el acceso de extranjeros a los arsenales.

Utilizando identidades falsas, Juan consiguió reunir una importante cantidad de información relativa a este y otros extremos de la navegación, como la concerniente al cronómetro marino de John Harrison, quien obtuvo más tarde el premio otorgado por el Parlamento inglés al que resolviese el problema de la determinación de la longitud geográfica de un buque fuera de la vista de la costa. Juan llegó a Londres el 1 de marzo de 1749, y durante algo más de un año desplegó una infatigable actividad, contratando a unos ochenta técnicos que con sus familias llegaron a España vía Oporto o a través de puertos franceses, para despertar menos sospechas, concentrándose después en Ferrol. Pero finalmente no se pudo sostener el secreto por más tiempo, y Juan tuvo que salir de Londres disfrazado de marinero, llegando a Madrid, tras una breve visita a París, en junio de 1750.

Además de los buenos resultados conseguidos en su comisión, hay que destacar dos proyectos de Juan elaborados durante esta estancia en Londres y que tendrían después una importante repercusión. El primero condujo al establecimiento, anexo a la Compañía y Academia de Guardias Marinas de Cádiz, de un observatorio astronómico dotado de excelentes instrumentos. El marqués de la Ensenada había previsto que los dos guardias marinas que le acompañaban realizasen en Londres estudios avanzados en Física y Astronomía, retornando después uno de ellos a España y quedando el otro como tutor de un nuevo guardia marina; se formaría así una cadena ininterrumpida para la instrucción avanzada en estas materias.

En cambio Juan, advirtiendo al marqués de que ni en Londres ni en otra parte existían profesores que impartiesen la formación buscada, le solicitó parte de los fondos que se iban a invertir en ello para la compra de libros e instrumentos, con el fin de llevar a cabo esta tarea en la Academia de Cádiz. Así, quedó establecido allí el Observatorio en 1753, en un torreón del castillo de Guardias Marinas, dotado como instrumento principal de un cuarto de círculo mural de seis pies de radio fabricado por el conocido constructor John Bird, junto a otros selectos instrumentos; otra iniciativa de Juan había sido procurar la contratación de L. Godin, quien había permanecido en Lima como cosmógrafo y catedrático de Matemáticas de la Universidad, como nuevo director de la Academia, algo que se efectuó ya en 1747, aun cuando Godin demorase su incorporación hasta 1753. El otro proyecto fue el estudio racional de la construcción de buques, que condujo a la formulación del nuevo método de construcción naval español. En este ramo, Juan debió haber logrado una buena formación gracias a su convivencia en la expedición geodésica con P. Bouguer, ingeniero constructor, y en Londres con el también ingeniero naval Richard Rooth, uno de los especialistas que pasaron a España. En breve síntesis, Juan había notado que los buques ingleses no eran muy rápidos y resultaban de difícil maniobra, dadas sus proporciones y su excesiva artillería, mientras que los franceses, con un armamento más reducido, buscaban un formato en el que primase la velocidad; su apuesta fue por un diseño intermedio entre ambos, puesto en práctica bajo la dirección de los técnicos ingleses. De ahí el nombre de “sistema inglés” que en ocasiones se le ha dado.

A su retorno, Juan estuvo muy ocupado en cuestiones relativas a la puesta en marcha y organización de los arsenales, en los que debía aplicarse el nuevo sistema de construcción, que fue perfilándose bajo su dirección. Pero también fue encargado de otras muy diversas comisiones, desde la reorganización y ventilación de las minas de Almadén al asesoramiento sobre obras hidráulicas o acerca de las aleaciones empleadas en las monedas (fue nombrado vocal de la Junta Superior de Comercio y Moneda); su labor, en este sentido, fue infatigable en las dos décadas sucesivas.

Además, el 13 de septiembre de 1751 fue designado para el puesto de capitán comandante de la Compañía de Guardias Marinas, encargándose de la renovación tanto del profesorado de la Academia como de los planes de estudio. Con esta última finalidad adquirió una imprenta e introdujo el empleo de los libros de texto, que venían a sustituir al dictado y copiado de las lecciones. En 1757 publicó el Compendio de Navegación para el uso de los Cavalleros Guardias- Marinas, una obra que, con el importante precedente de las Lecciones náuticas (Bilbao, 1756) del profesor de navegación Miguel Archer, supuso un punto de inflexión en los tratados de náutica españoles. Frente a otras obras anteriores, que prescribían la aplicación de preceptos para la resolución de los problemas que debía afrontar el piloto a la hora de señalar la posición del buque en la carta náutica, Juan introducía un tratamiento matemático riguroso de los mismos, y con él la definitiva racionalización de una práctica de la navegación que hasta entonces se venía aplicando de modo más o menos rutinario. Entre los contenidos del libro de Juan hay que destacar el estudio de los errores cometidos en las operaciones que por entonces eran usuales y el del ajuste y errores del octante, precedente directo del actual sextante, introducido por J. Hadley en 1731, y cuya primera descripción en castellano apareció en la Relación histórica.

La introducción de estos cambios en la docencia de la Academia supuso un cambio novedoso en la Armada que no se llegaría a implantar, como suele suceder en estos casos, sin algunas resistencias. Por una parte, suponía el endurecimiento de los estudios; por otra, la introducción de un nuevo modelo de oficial de Marina impuesto en los fundamentos de la navegación y cuya formación en estas materias se buscaba superior a la de los propios pilotos, cuya posición a bordo quedaría así subordinada. El plan contemplaba la existencia de un ciclo elemental, que contenía la instrucción más básica, y otro superior, al que sólo accederían los alumnos más adelantados, donde se impartirían conocimientos especializados en Matemáticas, Astronomía, Mecánica, Fortificación y Construcción Naval. Sin embargo, la necesidad de aumentar el número de oficiales, dado el creciente número de buques que se estaban construyendo en esos años, supuso la relajación del programa de estudios. Ya fallecido Juan, su proyecto de formación de “oficiales científicos”, habiéndose mostrado finalmente necesario, se retomó con el establecimiento en 1783 de un “Curso de Estudios Mayores”, destinado a algunos oficiales seleccionados. Otros proyectos de esa época tardaron mucho más en cristalizar. Uno fue el levantamiento de un mapa de España mediante una serie de triangulaciones geodésicas, para el que redactó, hacia 1751, una instrucción detallada, previendo la formación de veinte grupos de trabajo compuestos cada uno de un director, dos ayudantes y cuatro peones; pero el levantamiento de la carta del interior de España se demoraría hasta el siglo siguiente. Tampoco se estableció entonces una academia nacional de ciencias, para la que, siguiendo el modelo francés, Juan, junto con L. Godin y el maestro de la Academia J. Carbonell, redactó un reglamento en 1752. A partir de 1755 estableció en su domicilio una “Asamblea amistoso-literaria”, formada por una docena de miembros, entre ellos varios profesores de la Academia, que se reunía los jueves para la lectura y discusión de memorias científicas.

La caída del marqués de la Ensenada en 1754 había supuesto una pérdida de influencia de Juan, quien a pesar de seguir siendo reclamado para el desempeño de muy diversos informes y comisiones —fue ascendido además a jefe de escuadra en 1760—, vería frustradas las anteriores iniciativas y cómo finalmente su sistema de construcción naval se sustituía por el francés con la contratación del ingeniero François Gautier, puesto al frente del Cuerpo de Ingenieros de Marina creado en 1770.

Entre tanto, la salud de Juan se deterioraba. Según relataría su secretario, Miguel Sanz, había sufrido por dos veces “un recio y tenaz cólico-vilioso-convulsivo de nervios que le puso cerca del extremo de morir, dejándole el segundo la reliquia de una parálisis en las manos, de que nunca acabó de mejorar”.

Así, en 1761 tuvo que retirarse a recuperar la salud tomando las aguas en Busot (Alicante), y años más tarde, en 1768, en Trillo (Guadalajara). Entre tanto, prosiguió con sus comisiones. En 1766 se desplazó a Génova para tratar de la construcción de un navío en sus astilleros, y al año siguiente, nombrado embajador en Marruecos, se desplazó a ese país, donde permaneció durante más de seis meses llevando a cabo diversas negociaciones, entre ellas la obtención de facilidades pesqueras. El 24 de mayo de 1770 se le nombró director del Seminario de Nobles de Madrid, centro de formación de la joven nobleza. Esta institución, bajo la dependencia de la Compañía de Jesús, había pasado a ser regentada por el mariscal de campo Eugenio Alvarado, a quien sucedía ahora Juan. Éste tuvo que encargarse de reorganizar las enseñanzas, para las que faltaban profesores. De esta etapa final de su vida data el que posiblemente fue su último proyecto, la aplicación de una máquina de vapor a las bombas de achique de los diques de carenar del Arsenal de Cartagena, que eran accionadas manualmente por forzados; el proyecto y la instalación de la misma fueron finalizados por su colaborador, el ingeniero Julián Sánchez Bort.

La obra más destacada de Juan, el Examen Marítimo, se publicó en 1771. Su importancia dentro de la historia de la ciencia española es difícil de exagerar. Es en principio una aplicación de la mecánica racional de la época a la construcción y maniobra del buque y contiene una buena dosis de elementos originales e innovadores. La obra, dividida en dos tomos, dedica el primero a la exposición de los principios de la mecánica y su aplicación a las máquinas, así como a la mecánica de fluidos, destinándose el segundo propiamente al estudio del barco, en el que fue precedido por las importantes obras de P. Bouguer en 1746 y de Leonhard Euler en 1749. Juan debió iniciar sus investigaciones ese mismo año de 1749, realizando después experimentos con cometas y modelos de buques en la bahía de Cádiz, y finalizando la redacción ya en el seminario de nobles. En el Libro I destacan los capítulos dedicados al choque, al rozamiento y a la teoría de máquinas. En particular, al tratar del choque consideró la perfecta dureza de los cuerpos como un límite inalcanzable, reconciliando los diversos puntos de vista que se habían sostenido hasta el momento e influyendo en el tratamiento dado al tema por autores posteriores, como Gaspard de Prony; y al estudiar la fricción aportó una teoría propia que contrapuso a las de sus antecesores Amontons, Bilfinger y Euler. En el Libro II de este primer volumen, dedicado a la mecánica de fluidos, realizó diversas aportaciones, como el tratamiento del problema de la formación de las olas con el movimiento del casco, y defendió, frente a otras teorías de la época, que la fuerza de resistencia que ofrece un fluido al movimiento de un cuerpo en su seno es como la velocidad, dependiendo además de la raíz cuadrada de la profundidad, y no, como se opinaba —y se demostró posteriormente—, como su cuadrado. En cuanto al estudio del buque, una importante novedad fue la consideración de que éste se comporta frente a las cargas como una viga, y que su resistencia estructural debía calcularse en consideración a esto. Hay que mencionar, asimismo, que Juan, muy diestro matemático, introdujo en los estudios de teórica naval, aunándolos con ellos, los conocimientos de un experto marino. El Examen fue traducido al francés, con anotaciones, por P. L’Evêque en 1783, reimprimiéndose esta traducción en 1792; en 1793 se editó el tomo I con anotaciones de Gabriel Císcar, que a su vez fue traducida al italiano por S. Stratico con la adición de anotaciones propias.

El 21 de junio de 1773 fallecía Juan en su casa de Madrid a causa, según testificaría su médico, “de un accidente que le acometió de Alferecía, á que le sobrevino otro apoplético, de que falleció”. Los restos del que sería conocido en el extranjero como “el sabio español” reposan hoy en el Panteón de Marinos Ilustres de San Fernando (Cádiz).

 

Obras de ~: con A. de Ulloa y de la Torre-Guiral, Relación histórica del viaje a la América meridional hecho de orden de S. M. para medir algunos grados de Meridiano Terrestre, y venir por ellos en conocimiento de la verdadera Figura, y Magnitud de la Tierra, con otras varias Observaciones Astronómicas, y Physicas, Madrid, 1748, 4 vols. (reed. facs., con intr. de J. P. Merino Navarro y M. M. Rodríguez San Vicente, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1978); con A. de Ulloa y de la Torre- Guiral, Observaciones Astronómicas, y Physicas, hechas de orden de S. M. en los reynos del Perú [...], de las quales se deduce la Figura y magnitud de la Tierra, y se aplica a la navegación, Madrid, 1748 (reed. facs., con intr. de J. P. Merino Navarro y M. M. Rodríguez San Vicente, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1978); con A. de Ulloa y de la Torre-Guiral, Dissertacion histórica, y geographica sobre el Meridiano de Demarcación entre los Dominios de España y Portugal, y los parages por donde passa en la America Meridional, conforme a los Tratados y derechos de cada Estado, y las más seguras y modernas observaciones, Madrid, 1749 (reed. facs. Madrid, Instituto Histórico de la Marina, 1972); Compendio de Navegación para el uso de los caballeros Guardias Marinas, Cádiz, 1757; Examen Marítimo Theórico Práctico, ó Tratado de Mechanica aplicado á la Construcción, Conocimiento y Manejo de los Navíos y demás Embarcaciones, Madrid, 1771, 2 vols. (el vol. 1 se editó en 1793, con notas de G. Císcar; reeds. facsímiles de la ed. de 1771, Madrid, Instituto de España, 1968; Madrid, Escuela Técnica Superior de Ingenieros Navales, 1992); Estado de la Astronomía en Europa, s. l. [Madrid], s. f. [1773]; Diario del viaje a la corte de Marruecos en el año 1768. Descripción de Marruecos, s. l., s. f. [¿1780?]; “Método de levantar y dirigir el mapa o plano general de España”, en Memorias del Depósito Hidrográfico, Madrid, 1809, vol. I, págs. 143-145; “Carta a D. Sebastián de Canterzani sobre las observaciones del paso de Venus por el disco del sol”, en Memorias del Depósito Hidrográfico, op. cit., págs. 160-164; “Suplemento de la fábrica y uso del cuarto de círculo”, en Memorias del Depósito Hidrográfico, op. cit., vol. II, págs. 253-320; con A. de Ulloa y de la Torre-Guiral, Noticias secretas de América, sobre el estado naval, militar y político de los reynos del Perú y Provincia de Quito, costas de Nueva Granada y Chile: gobierno y régimen particular de los pueblos de indios, Cruel opresión y extorsiones de los Correxidores y curas. Abusos escandalosos introducidos entre estos habitantes por los misioneros. Causas de su origen y motivos de su continuación por el espacio de tres siglos. Escritos fielmente según las instrucciones del excelentísimo señor Marqués de la Ensenada, primer Secretario de Estado, y presentadas en informe secreto a S. M. C. El señor Don Fernando VI. Sacadas a la luz para el verdadero conocimiento del gobierno de los españoles en la América Meridional por Don David Barry, Londres, R. Taylor, 1826 (reeds., Madrid, Turner, 1982; Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1985; Madrid, Historia 16, 1991; Madrid, Istmo, 1988; Madrid, Dastin, 2002); “Parecer de don Jorge Juan sobre el relox o cronómetro inventado por Juan Harrison” [1765], en C. Fernández Duro, Disquisiciones náuticas, Madrid, 1876- 1881, 6 vols., vol. IV, págs. 130-139.

 

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Manuel Sellés