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Valentín Almirall y Llozer

Biografía

Almirall i Llozer, Valentí. Barcelona, 8.III.1841 – 20.VI.1904. Político e ideólogo.

Es tópico dar a Almirall el trato de “padre del catalanismo”, ya que se le considera inventor de este neologismo. En la práctica, sin embargo, dentro de la tradición del nacionalismo catalán se le recuerda más bien como un abuelo, un antepasado directo de los auténticos “padres fundadores”. Él mismo, sin duda alguna, quiso ejercer de patriarca y no se salió con la suya. Rico y displicente, ideólogo inquieto y político ingenioso, estuvo aquejado de un temperamento impaciente en demasía para las tareas que él mismo se impuso. Así, su trayectoria no dio más que frutos indirectos, hecho del cual él tuvo amarga confirmación.

Pero es verdad que la tan proteica noción del “catalanismo” fue suya: ya dejó muestras de ello en 1878 y famosamente, en 1886, definió la idea como un “particularismo” alternativo, tanto al imperante liberalismo monárquico, unitario aunque ocasionalmente dijera otras cosas, y al federalismo republicano, demasiado municipalista e incluso libertario en su fondo doctrinal para ser funcional, tal como pudo constatar en el aciago año de 1873.

Almirall fue hijo de una familia de la acaudalada burguesía comercial barcelonesa, incluso existe la especulación, aparentemente no muy fundada, de que pudiera ostentar el título de barón de Papiol. Nunca sintió simpatía alguna por la estrechez de miras de su ambiente. De joven, ambicionó ser artista y estudió en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona, pero se vio obligado a abandonar sus clases al criticar con vehemencia una obra del profesor Claudi Lorenzale, pintor historicista y paisajista entonces en la cima de su reputación. Almirall se trasladó entonces a las aulas de Derecho en la Universidad de Barcelona, para licenciarse en 1863. Carecía, no obstante, de vocación para la abogacía, no necesitaba trabajar para vivir, y sólo ejerció como togado en ocasiones, cuando le interesaba un asunto legal por una u otra razón.

Las carreras política e intelectual de Almirall corren parejas, inseparables y como simultáneas expresiones de una misma creatividad. Precisamente por contar con los recursos para financiar sus aventuras políticas, pudo ejercer un papel pronto destacado. Además del dinero para comprar novedades editoriales, obras y prensa extranjera, Almirall disfrutaba de tiempo libre, con lo que pudo leer a su antojo. Por esta combinación de ventajas, tendió a considerarse, cada vez más, superior a sus contrincantes, fueran quienes fueran.

La combinación de muchas horas disponibles y un bolsillo profundo resultaba explosiva para un fuerte talento, cuya pujanza no tenía salida en la Barcelona de los años del último predominio de Narváez. Con sus amigos, como el dramaturgo Federic Soler “Pitarra”, mantuvo una tertulia de rebotica que cargaba, con corrosión y humor sarcástico, en sus diversas gatadas, piezas bufas dirigidas, con procaz sorna, tanto contra el mal gobierno isabelino, como contra la montaraz oposición de figuras como el general Prim, el omnímodo Don Joan de las izquierdas catalanas. Ya por entonces, quedó marcado en Almirall su carácter respondón, su incontrolable impulso a la réplica devastadora, al margen de la respuesta del público.

Con veintisiete años, en septiembre de 1868, Almirall intervino en la preparación y en las acciones catalanas de la Gloriosa Revolución liderada por Prim, al frente de una amplísima coalición. En respuesta a la evolución del Gobierno provisional, ante la creciente exaltación del republicanismo, arrojado a la ruptura con demócratas y progresistas, en los últimos meses del mismo año revolucionario, Almirall participó en la fundación del Partido Republicano Democrático Federal en Cataluña y fue elegido primer presidente del Club de los Federalistas. En consecuencia, entre octubre de 1868 y marzo de 1869 dirigió El Federalista, “Periódico democrático-republicano; órgano del Club de los Federalistas”. Joven, impetuoso y atrevido, Almirall se precipitó como publicista al enaltecimiento de la causa republicano-federal intransigente.

Así se hizo notar al publicar contundentes opúsculos de propaganda, como Guerra a Madrid! Con mayor enjundia, tras el transparente seudónimo “El Vice- Presidente del Club de los Federalistas”, elaboró unas Bases para la Constitución federal de la Nación Española y para la del Estado de Cataluña. Observaciones sobre el modo de plantear la confederación en España, texto aparecido en 1868 y reeditado el año siguiente.

A finales de 1869 sacó otro folleto, Idea exacta de la Federación. Datos para la organización de la República federal Española, reimpreso en 1872. Estos argumentos, y otros semejantes, fueron contestados por las mejores plumas de la izquierda gubernamental de su tiempo, como Bergnes de las Casas, entonces rector de la universidad, en su La verdad sobre la república federal, 1872.

Tales respuestas dejaron a Almirall del todo frío. Él se declaró hostil a todo entendimiento con los monárquicos y sus aliados y estuvo implicado de un modo u otro en los levantamientos federales. En septiembre de 1869 participó en el alzamiento federal de Barcelona.

Capturado y conducido a las Baleares (donde no se ha averiguado si estuvo encarcelado en Mahón o Palma), se fugó, junto con otros presos, hasta Argel, entonces en manos francesas. Posteriormente se mudó a Marsella, ciudad en la cual se estableció en espera de una amnistía. De vuelta a la Ciudad Condal, fue elegido concejal municipal e incluso se le intentó proclamar alcalde, a lo que él se negó por considerar el nombramiento incompatible con sus altos ideales; perdió entonces su oportunidad (¿o fue un rechazo calculado?). También, en abril de 1870, estuvo implicado en la revuelta contra las quintas centrado en Gracia, entonces una villa independiente fuera de la capital catalana. El bombardeo del pueblo dio a Almirall la idea, para mejor ejercitar su gusto por el sarcasmo, de publicar un semanario satírico, con un título en extremo longevo: La Campana de Gràcia (así como una revista paralela: L’Esquella de la Torratxa) en una alusión perenne a la torre-campanario cívico de la villa, sometida al cañoneo gubernamental, por ser la campana —la llamada del somatén— un tradicional emblema de la igualdad republicana. Asimismo, colaboró en otros órganos de similar ideología, como el semanario madrileño La Ilustración Republicana Federal entre 1871 y 1872.

Ya en 1869, Almirall era toda una figura en la política revolucionaria. El 18 de mayo de 1869, Almirall orquestó el llamado Pacto de Tortosa, redactado por Josep Güell i Mercader, aunque a veces el texto es atribuido al propio Valentí Almirall y firmado por representantes de entidades republicanas de Cataluña, el País Valenciano, las Baleares y Aragón. Para julio del mismo año 1869, fundó en Barcelona el diario El Estado Catalán, que dirigió, primero en Barcelona y después en Madrid, hasta su desaparición en 1873.

No costaba mucho esfuerzo ver en esta cabecera su respuesta a otra iniciativa, bastante anterior, titulada La Corona de Aragón. En gran medida, Almirall se forja en la rivalidad con el personaje preeminente de la izquierda catalana de los años sesenta hasta los ochenta, el autor literario y político Víctor Balaguer.

Donde Balaguer planteó la Corona de Aragón como marco para una democratización del liberalismo moderado español, Almirall quiso republicanizar el invento con el Pacto de Tortosa. Si, consecuente con su tiempo y prejuicios, Víctor Balaguer quiso lograr el equilibrio entre el “principio dinástico” y el “principio nacional” sin matizar si se trataba de liberal, democrático o nacionalista, Almirall quiso imponer la clarificación del criterio de la soberanía popular. Había, eso sí, un problema, no del todo previsto por el joven tribuno: era fácil ser partidario de la participación política frente a los manejos moderados con la representación y la prudencia exagerada de Juan Mañé y Flaquer, vocero del moderadísimo Diario de Barcelona, reaccionario famoso por su amor a disciplina conjunta de la Sociedad de Jesús y los Mozos de la Escuadra. Disueltos estos cuerpos por la Revolución de Septiembre y con la presión callejera omnipresente y disfuncional de las famosas “turbas”, la fama de Almirall como hachón de las izquierdas nacionales catalanas queda algo ensombrecida por sus predisposiciones corporativas que (sobre todo tras el desastre del año republicano de 1873, el cantonalismo y la inestabilidad agotadora) crecieron, como contradicción interna, junto con su pesimismo de fondo.

Despachado por el momento Mañé como interlocutor, Almirall pudo jugar la carta federalista republicana frente a Balaguer, pero nunca acabó de sintonizar con el criterio libertario radical del prócer federal Pi y Margall, barcelonés madrileñizado (como también Balaguer), quien, desde su obra fundamental La Reacción y la Revolución (1854), concibió que la soberanía residía en el individuo, para entonces concebir municipios y entidades regionales sobre el “pacto sinalagmático” de las personas. En la práctica, el Almirall maduro aunó a Balaguer con Pi, utilizó el derecho histórico en versión liberal Whig de Balaguer (primer parlamento fundacional, fueros, y demás parafernalia) contra el discurso de Pi y, del líder federal, tomó el concepto de pacto, a la vez símbolo pragmático y fraccionamiento desde cero del Poder, contra el historicismo anticuario de Balaguer.

Proclamada la Primera República Española el 11 de febrero de 1873, Almirall se mudó a Madrid con su diario El Estado Catalán (8 de marzo-11 de junio de 1873), para apoyar a Pi. El periódico dejó de publicarse el día que accedió Pi a la presidencia republicana, en sustitución de Figueres. En desacuerdo con el rumbo de los eventos, volvió a Barcelona, para dejar de lado la política; así su actividad se centra en la creación de Escuela Industrial y Mercantil de Sabadell, centro del cual ejerció de director y del cual dimitió en diciembre de 1874, poco antes del pronunciamiento de Martínez Campos.

Por otra parte, en 1871, la Diputación Provincial de Barcelona, en manos republicanas y presidida por Josep Anselm Clavé, también le había nombrado presidente de la junta de la Casa de Caridad de Barcelona, la cual Almirall quiso reorganizar al margen de presiones eclesiásticas. Más adelante, en 1879, se opondría activamente y con éxito al traslado de la institución de su situación en el antiguo convento de los Ángeles.

Así, hasta cierto punto, como en su rechazo a la alcaldía barcelonesa, Almirall jugó a ser un feroz “intransigente”, pero sin mancharse tanto que no pudiera rescatar su propia carrera y buen nombre. Actuó a la sombra de Pi y cuando éste perdió su rol como protagonista de la República, supo plegar velas. Se cuidó mucho de no comprometerse demasiado ni con los “internacionalistas” ni los extremistas barceloneses (como Lostau), ni mucho menos asociarse con los “catalanistas” en su sentido literario, de la sociedad de la “Jove Catalunya”, en la que despuntaron Àngel Guimerà y otros futuros contrincantes. Durante los primeros cinco años de la Restauración borbónica, Almirall secundó, con visos de impaciencia, la política republicana de “retraimiento” frente a las instituciones monárquicas, postura digna de inactividad que escondía las esperanzas de una algarada militar.

Sin embargo, Almirall pudo entender antes que Pi, incluso que Ruiz Zorrilla, que la Restauración alfonsina era sólida y que no caería de un golpe militar cualquiera a la muerte del tísico monarca; la “Villacampada” de 1887 vino, tarde, a darle toda la razón.

En 1878, con unos treinta y siete años, Almirall publicó dos novelas políticas, El alma al diablo y Una autoridad modelo. Historia de un gobernador de orden, firmadas ambas con las iniciales A. Z., probablemente sacadas de su nombre, la inicial de Almirall y la z de su segundo apellido Llozer. Escondido tras el mismo seudónimo, también en 1878, publicó un conjunto de ensayos, Escritos catalanistas, El Renacimiento catalán, las leyes forales y el carlismo en Cataluña, obra que anuncia el futuro del pensamiento político almiralliano, así como la idea, tan potente como imprecisa, del “catalanismo”. Por una errata tipográfica, el libro apareció fechado en 1868 en lo que podría tratarse de un error calculado, por razones de censura, o una ironía. En todo caso, su ascenso parecía imparable, en parte por falta de competición local, ya que Pi y Balaguer estaban ambos instalados en Madrid. En ese mismo 1878, Almirall resultó elegido presidente del flamante Ateneu Lliure de Barcelona, una escisión librepensadora —luego, contraria al conservadurismo católico de Mañé— del Ateneo barcelonés.

En el ámbito algo reducido de la Barcelona decimonónica, Almirall fue considerado persona de una vasta cultura. Incuestionablemente, fue un personaje original. Puede que Almirall fuera el primer político en España en creer en la posibilidad de movilizar a la sociedad civil contra el sistema electoral representativo, sin tener que lanzarse, para decirlo con lenguaje de la época, “por la pendiente” del sufragio universal.

Sería la lección interiorizada del paso por el fuego desengañador de 1873, los golpes de enero y diciembre de 1874 y los años flacos de predominio canovista y neo-moderado tras el pronunciamiento de Sagunto.

Mientras Pi esperaba el golpe providencial y elaboraba un sistema interpretativo que daría luz en Las nacionalidades (1876), Almirall intuyó por dónde tendría que pasar Sagasta (luego, también Balaguer) en sus acuerdos con Cánovas e ideó una respuesta.

Almirall se erigió en paladín de un nuevo estilo de hacer política que eliminaba los acuerdos privados y las negociaciones discretas de figuras discutibles (como un Balaguer en pleno ejercicio de una informal “diputación de Cataluña” en los pasillos madrileños) en favor de movilizaciones amplias, asambleístas.

Era evidente que Almirall confiaba en dominar tales aglomeraciones por su fuerza de voluntad, su labia y su plena dedicación. Como era habitual, empezó con un diario, pero innovador, en catalán. El 4 de mayo de 1879, para coincidir con los Jocs Florals de Barcelona, Almirall sacó a la luz El Diari Català. Dos años más tarde, en junio de 1881, Almirall finiquitó esta cabecera, al romper con Pi y Margall y la mayoría del Partido Republicà Democràtic Federal catalán fiel al histórico jefe. Era una excusa del todo oportuna para un experimento interesante, pero económicamente costoso. Para entonces, ya surgían las respuestas competidoras, como La Vanguardia, aparecida en febrero de 1881 inicialmente en ayuda de Balaguer. Con su Diari Català, Almirall verificó el tirón del “tema catalán” y la falta de rivales en ese terreno.

Su proyecto político personal se hizo evidente paso a paso. En 1880, Almirall organizó el I Congrés Catalanista; por sus esfuerzos, resultó premiado con la presidencia por la mayoría de los mil doscientos congresistas.

Con ello, demostró el atractivo posible de una plataforma de patriotismo localista, entonces una idea casi chocante. Un año más tarde, en 1881, Almirall intervino en la preparación del Congrés de Jurisconsults Catalans, y en el encuentro defendió enardecidamente la especificidad del Derecho civil catalán, frente a los proyectos unificadores de los liberales; era un tema caro a la derecha catalana y con su postura Almirall indicó su disponibilidad para liderar iniciativas que, desde las profesiones y la sociedad civil, rompieran con las clásicas divisiones ideológicas de derechas e izquierdas. A continuación, en 1882, fundó el Centre Català de Barcelona, en principio un punto de encuentro y núcleo de presión, pero, en potencia, un nuevo tipo de partido, localista monotemático y transversal, pero electoral en su intención. En directa consecuencia, al año siguiente, en 1883, organizó un II Congrés Catalanista, esta vez para condenar la participación de los catalanes en partidos sometidos a direcciones instaladas en Madrid, es decir, todos, y muy en particular las tareas políticas de Pi y Balaguer. Así, Almirall anunciaba su ambición de crear una fuerza exclusivamente catalana; se sobreentendía que sería asimismo suya en exclusiva.

A partir de sus cuarenta años cumplidos en 1881, su mejor momento político coincidió con una portentosa explosión creativa. El 1885, Almirall organizó en Barcelona una protesta contra la política comercial gubernamental ante Gran Bretaña y, por implicación, contra la delegación informal parlamentaria, la llamada “diputación de Cataluña” en las Cortes (o sea, el liberal Balaguer). Se aseguró ser nombrado redactor ponente de la Memòria en defensa dels interessos morals i materials de Catalunya, recordada como el Memorial de Greuges; y quienes también participaron se supeditaron a su dictado. La maniobra del Memorial, constitucionalmente absurda, consistía presentar el texto en comisión a Alfonso XII. Naturalmente, el gesto —pues sólo era eso, como no dudó en señalar con cortesía el monarca— no sirvió de nada, pero convirtió a Valentí Almirall en la figura clave de la política catalana. Y su ascendencia ideológica era asimismo patente.

Almirall reunió unos artículos, ya presentados antes en Barcelona en catalán, y los publicó de nuevo en La Revue du Monde Latin, para recogerlos a continuación como opúsculo en L’Espagne telle qu’elle est, impresos en Montpellier, en 1886. Fueron entonces traducidos al castellano por su fiel amigo Celso Gomis, con el mismo título, España tal cual es, mucho más explosivo en clave castiza, y editados en Barcelona en el mismo año de 1886. Se elaboró, por añadidura, una nueva edición, en francés, considerablemente aumentada, y publicada al año siguiente en París. A resultas, Almirall se presentaba como la voz crítica de una revisión radical de la situación española, tanto dentro como fuera del país, tanto en catalán como en castellano como en francés, entonces el idioma internacional.

Esta visibilidad atrajo, como es lógico, detractores.

Cuando el poeta liberal Gaspar Núñez de Arce, desde la presidencia del madrileño Ateneo, tuvo la osadía de denunciar el peligro regionalista en las letras y la política, Almirall aprovechó para replicar a sus argumentos de cariz constitucionalista y/o españolista, con su inmediata Contestación al discurso leído por D.

Gaspar Núñez de Arce en el Ateneo de Madrid. Terció entonces el conservador Mañé, la voz del “Brusi” –nombre popular con que se conocía El Diario de Barcelona por ser el apellido del propietario y director–, para quien Cánovas era un tibio, en su serie acerca de El Regionalismo, para poner a cada uno en su lugar; esta serie fue pronto publicada como opúsculo y reeditada. Fue el primer tropiezo de Almirall, pues si bien Núñez de Arce huyó escaldado, salió ganador Mañé.

El encumbramiento de Almirall parecía imparable y la popularidad que en Barcelona acompañó a sus gestos contestatarios y a sus iniciativas le trajeron en 1886 el honor de ser designado presidente de los Jocs Florals de Barcelona, implícita invitación a la templanza de trato. Más importante, y en ese mismo año, Almirall publicó en la capital catalana su obra doctrinal por excelencia: Lo Catalanisme. Motius que el legitimen, fonaments científics i solucions pràctiques. Era su respuesta a Pi y Las nacionalidades. Dejó el tema definido en términos de “particularismo” y estatalidad integradora, estableciendo una cierta diferencia preferencial entre sistemas federales y/o confederales monárquicos —respectivamente Alemania o Austria- Hungría— y los ejemplos republicanos como Estados Unidos o Suiza (y no las Repúblicas federales latinoamericanas), a favor de estos últimos. Pero no quedaba muy claro el matiz y, una vez constatado el modelo genérico, era fácil derivar la lección equivocada.

El ascenso fulgurante de Almirall a la cumbre del éxito y la rapidez de su posterior caída a lo largo de los años ochenta fueron dignos de una tragedia griega, como los dramones que por entonces quiso repopularizar Balaguer. Su colapso político en 1887 siguió su momento más triunfal en 1885-1886. El ataque vino desde algunas comarcas de Tarragona y en especial del Sabadell católico, a la vez desde la derecha y la (relativa) izquierda de L’Arc de Sant Martí. El propio Almirall empeoró todo con el reto agresivo de defender a Cobden, el librecambista por excelencia, como modelo personal y asociativo (el Cobden Club) en el momento de mayor exaltación proteccionista y sin considerar que su encumbramiento se originó en parte por liderar la lucha contra los acuerdos arancelarios con los británicos. El desafío de Almirall, quien había construido su nueva carrera política, como movilizador de la opinión cívica, en el proteccionismo, al elogiar el librecambismo y su principal proselitista, fue gesto de airado desprecio imperdonable en la impermeable “sociedad de familias” de Cataluña. Esta red de parentesco, intereses y sobreentendidos compartidos superó con facilidad el sueño de Almirall de crear una trama de entidades alternativas, transversales y transclasistas. Lo tumbó con facilidad. Es más, le robó la idea y le denunció como un “personaje difícil”, lo que justificaba a ojos de todo el mundo su boicoteo.

En 1887, al ser elegido presidente del Centre Català, su plataforma unitaria, parecía que el encumbramiento de Almirall estaba asegurado. Pero ya abundaban los artículos críticos, hasta venenosos, en los cuales personas de influencia en su nuevo medio —en lugares tan dispares como Tarragona o Sabadell— le atacaban sin nombrarlo, pero con evidente transparencia.

Pronto se dio la escisión en el Centre, para la cual se había preparado el camino. Los disidentes, en especial los jóvenes, como el sabadellense Manuel Folguera y Duran, de fuertes raíces católicas (Sabadell era el núcleo del integrismo del padre Sardá Salvany), se combinaron fluidamente con otros no tan juveniles y despreciados por Almirall como “los santos inocentes”; es el caso del dramaturgo Àngel Guimerà, su belicoso amigo Pere Aldavert, editor del periódico La Renaixensa, o el arquitecto Lluís Domènech i Montaner.

Todos juntos fundaron la Lliga de Catalunya, comprometida en lograr el reconocimiento de las “libertades catalanas” por medios no políticos. El discurso almiralliano acerca de la eficacia del “particularismo” mostraba ser del todo aprovechable, pero los resabios federalistas, el tufo vagamente de izquierdas que todavía acompañaba a Almirall, pudo borrarse, a cambio de un federalismo y/o confederalismo de cariz monárquico, muy flexible y adaptable a fantasías de todo signo, desde las cortesanas hasta las ideológicas barcelonesas.

Cerró definitivamente la comunicación con la otra parte de la mal avenida familia “catalanista” la actitud hostil de Almirall al proyecto de la Exposición Universal de Barcelona, prevista para 1888, y a los manejos del alcalde liberal Rius y Taulet, posturas por lo demás del todo coherentes en Valentí Almirall. Para los Jocs Florals de 1888, los cuales coincidían con la Exposición Universal celebrada en la Ciudad Condal, fue nombrada reina de la fiesta la regente María Cristina, ya que la augusta señora iba a presidir, con su hijo el Rey, la inauguración de la feria internacional.

En realidad, era una excusa para que Guimerà y “los santos inocentes” pudieran presentar un Missatge nuevo a la Corona, en nombre de Cataluña, en esta ocasión insistiendo ante la habsburga sobre las bondades del dualismo austrohúngaro si tan sólo fuera aplicado a la dualidad Cataluña-España. Como era de esperar, Almirall y sus amigos del Centre Català disintieron de tan cortesana iniciativa de los liberales y los conservadores catalanes, junto a “los santos inocentes”, y sobreestimaron su capacidad al celebrar unos juegos florales paralelos, sin repercusión alguna.

Ganaron por fin sus enemigos y su cadena de iniciativas, tan fulgurantes mientras ardían, quedó reducida a una pirotecnia acabada y apagada, mero papel chamuscado.

El fracaso de Almirall se atribuyó, por consenso de todos, a su mal carácter, su agresividad y falta de cintura, todo lo cual era verdad, pero que ocultaba el fondo del asunto. Es verdad que Almirall reventó de rabia: una apoplejía minó su salud, debilitó su fuerza intelectual y agrió —aún más si cabe— su carácter y en 1887, se suele repetir, comenzó el hundimiento de su fuerte personalidad. En realidad, su crisis de 1886-1887 reflejaba el techo de sus aspiraciones, era literalmente el límite que podía dar de sí un proyecto personalista en el angosto contexto catalán, hasta que sus muy funcionales redes de amistad y parentesco le pusieran freno, para luego quedarse con toda su mercancía ideológica cuando ésta era abandonada.

Contra María Cristina, Almirall no tenía nada que hacer. Convencido de su innata superioridad, no pudo dominar maniobras de quienes para él eran tan sólo tontos útiles, ya fuera el diputado conservador Mariano Maspons y Labrós o “los santos inocentes”. Lo peor era que Almirall tenía trato personal con todos sus enemigos, como muestra su colaboración, en 1887, con Maspons y Labrós, entre otros, en la Miscelánea folk-lórica de la Associació d’Excursions Catalana.

Cegado por su orgullo, como el héroe griego en las tragedias, lo perdió todo. Soler “Pitarra” se distanció con discreción, para recibir en 1888 el premio de la Real Academia Española, de la mano de Balaguer, Menéndez Pelayo y Núñez de Arce, por su drama Batalla de reinas, del 1887. Pronto, sólo quedaron Cels Gomis y algunos otros fieles de segunda fila. Mientras tanto, las jóvenes generaciones que comenzaban a despuntar en el movimiento catalanista o en el “modernismo” no estaban para escuchar batallitas del 73, del mismo modo que rechazaban las alusiones liberales reiterativas al 68. Almirall se vio ninguneado, rodeado de una conspiración de silencio mediante la cual sus ideas circulaban sin mención alguna a su autoría.

Su considerable vanidad no resistió tan dura prueba. Aun así, alguna acción pudo realizar como albacea del banquero Rossend Arús: la creación de la Biblioteca Pública Arús, de Barcelona, que quiso fuera su respuesta simbólica a algunas iniciativas privadas, como la colección de armaduras del político liberal Ramon Estruch i Ferrer (aliado de Balaguer), y sobre todo a la Biblioteca- Museo que su eterno contrincante, Víctor Balaguer, edificaba a modo de monumento a sí mismo en Vilanova. Pero Balaguer, a partir de 1889, ya no era nada en política, hundido por la corrupción de Cuba y desechado por Sagasta. Por su parte, Pi, cómodo en su papel de profeta venerable, confiaba en exceso en el sufragio universal reimpuesto por Sagasta en 1890. Aunque sus rivales de toda la vida estuvieran en retroceso, en los años noventa, Almirall, antes de cumplir cincuenta años, era un caso de lo que hoy se llama burn-out.

El último éxito público de Almirall en el estrecho mundillo barcelonés vino en 1896, al lograr ser elegido, como sucesor inmediato de Àngel Guimerà, presidente del Ateneu Barcelonès. Si el dramaturgo, antiguo rival político, se había destacado por ser el primero en dirigirse en catalán a la docta asociación, Almirall, como era habitual en él, no iba a ser menos y, en el mismo idioma, pronunció una alocución presidencial versando sobre el regionalismo, discurso que, sin embargo, recibió más silencio del que su autor esperaba. Desde su cargo presidencial, Almirall quiso intervenir en el escándalo de Montjuic, respecto los arrestos supuestamente irresponsables y los procesos igualmente dudosos que siguieron a la bomba de la calle de Cambios Nuevos, de Barcelona, en junio de 1896, que comportó la supresión de garantías constitucionales desde el día siguiente al sangriento atentado hasta diciembre del año siguiente.

Las postrimerías literarias almirallianas se dieron en 1902 cuando se despidió con su prólogo a la traducción castellana que Cels Gomis hizo de El catalanismo.

Ese mismo año se publicaron, recogidos, los artículos que, a lo largo de los años noventa, había sacado en la revista L’Avenç. Un final casi disimulado, escasamente remarcado, propio de un viejo gastado, pero no de quien había sido todo menos discreto.

Almirall dejó una clara impronta en la sociedad catalana y en lo que sería, tras él, el movimiento catalanista. Pero si marcó el camino ideológico, como Moisés, le fue vedada la entrada en la tierra prometida.

Su recuerdo sigue contradictorio y aún se le rememora como profeta fallido, como personaje díscolo, como progresista y masón —igual que lo fueron Balaguer y Pi— pero sobrevivió a estos dos rivales, que tuvieron unas vidas paralelas, de 1824 a 1901, y, por tanto, ambos murieron con unos entonces provectos setenta y ocho años de edad. Significativamente, Almirall sólo tenía sesenta y tres cumplidos cuando encontró la muerte, quince menos que sus antagonistas.

Una vez finado, algo se le podía perdonar, en especial entre los jóvenes que rompían con la Lliga de Catalunya y el liderazgo moral de “los santos inocentes”.

Por mucho que, en 1901, al nacer la Lliga Regionalista, Almirall se hubiera mostrado por el contrario favorable a la pujante figura republicana de Alejandro Lerroux, el líder lligaire Enric Prat de la Riba saludó a la sombra de Almirall, en su despedida necrológica, como el introductor del pensamiento anglo-americano, de la potenciación de la sociedad civil y de la llamada a la intervención electoral del particularismo. Así ha quedado. Soltero, con un único hermano, acabó peleado con su familia y la dejó fuera de su último testamento.

Como respuesta, ellos pleitearon con la intención de que fuera declarado incompetente mental, lo que no lograron. Donó el grueso de su biblioteca al fondo de la Biblioteca Arús, su colección de obras de Derecho al Colegio de Abogados barcelonés, varios terrenos y fincas en Peralada y Barcelona a los ayuntamientos respectivos para fines educativos. Hoy le evoca una triste tumba de nicho, humilde y en mal estado, en el cementerio de Poble Nou de la Ciudad Condal.

 

Obras de ~: Guerra a Madrid!, Barcelona, 1868; Bases para la Constitución federal de la Nación Española y para la del Estado de Cataluña. Observaciones sobre el modo de plantear la confederación en España por el Vice-Presidente del Club de los Federalistas, Barcelona, Celestino Verdaguer, 1868 (reimpr. 1869); Idea exacta de la Federación. Datos para la organización de la República federal Española, 1869 (2.ª ed., Barcelona, Imprenta Hispana, 1873); “Explicaciones: cartas políticas, por [...]”, en El Diluvio (Barcelona), ¿1873?; Idea exacta de la Federación: la República Federal Española (datos para su organización), Barcelona, Imprenta Hispana, 1873; Escritos catalanistas: el renacimiento catalán, las leyes forales y el carlismo en Cataluña: artículos; por A. Z., Barcelona, Imprenta de Pedro Casanovas, 1868 [sic: 1878]; A. Z. (seud.), Una Autoridad modelo: historia de un gobernador de órden, Barcelona, Imprenta de Pedro Casanovas, 1878; La Casa de Caridad de Barcelona: trabajo en que se combate la traslación de la misma, Barcelona, López, 1879; El Tiro federal suizo: descripción de la fiesta en 1883, escrita desde Lugano, Barcelona, Imprenta El Principado, 1883; Los Estados Unidos de América: estudio político. Artículos publicados en El Nuevo Mensajero de Villanueva y Geltrú, Vilanova i La Geltrú, Establecimiento Tipográfico de F. Miquel, 1884; La Confederación Suiza y la unión americana: estudio político comparativo, Barcelona, Librería de López Bernagossi-Librería de F. Miquel [1886]; Lo Catalanisme: motius que’l llegitiman, fonaments cientifichs y solucions practicas, Barcelona, Llibreria de Verdaguer, 1886 (reimpr. 1888; 1978; reed. 1979); Contestación al discurso leído por Gaspar Nuñez de Arce en el Ateneo de Madrid con motivo de la apertura de sus cátedras en el año corriente, Madrid, Librería de Antonio Sanmartín-Librería de I. López [1886]; L’Espagne telle qu’elle est [versión corta], Montpellier, Imprenta Centrale du Midi, 1886; traducida del francés por C. G. [Cels Gomis], España tal cual es, Barcelona, Librería Española de I. López, 1886 [ed. de A. Jutglar y trad.

de R. Fernández-Cancela, con el tít. España tal como es: la España de la Restauración, 1972; reed., 1985]; L’Espagne telle qu’elle est [versión larga], Paris, Albert Savine, 1887; Lo Cobden Club. Discurs llegit en la sessió inaugural dels travalls del any, Barcelona, [Centre Català] Estampa de Víctor Berdós y Feliu, 1886; Miscelánea Folk-Lórica. Per los Srs. Almirall, [...] Bosch de la Trinxería, [...] Maspons y Labrós [...], vol. IV, Barcelona, Biblioteca Popular de l’Associació d’Excursions Catalana, 1887; Club Autonomista Catalá: Regionalisme y particularisme. Cartas de Don [...], Barcelona, Fiol [¿1901?]; Obras y escritos políticos, Barcelona, López, 1902; El Catalanismo [versión castellana por Celso Gomis], Barcelona, López, 1902; Articles literaris: publicats en L’Avenç, 1882-1890, Barcelona, Tipografía L’Avenç, 1904; “Catalanisme: dialech entre l’Ebre y’l Tajo” (Lectura popular), en Biblioteca d’autors catalans, Barcelona, Ilustració Catalana [1913-1921], n.º 292, págs. 289-312.

 

Bibl.: Catálogo por orden de autores de las obras adquiridas por el Colegio de Abogados de Valentín Almirall, Barcelona, Imprenta Hijos de Jaime Jesús, 1904; A. Plana, Les Idees polítiques den Valentí Almirall; amb la traducció catalana dels treballs de l’Almirall: Espanya tal com es, Contestació a Núñez de Arce y L’Immortalitat a Espanya, Barcelona, Societat Catalana d’Edicions [1915]; M. Font, “La Vida i l’obra de Valentí Almirall”, en Anuari dels catalans, Barcelona, A. López, 1926, págs. 125-195; J. J. Trias Vejarano, Almirall y los orígenes del catalanismo, Madrid, Siglo xxi, 1975; J. M. Figueres, Valentí Almirall, Barcelona, Thor, 1988; J. M. Figueres, Valentí Almirall. Forjador del catalanisme polític, Barcelona, Generalitat de Catalunya, 1990; J. M. Figueres, Diari Català. El primer diari en llengua catalana, Barcelona, Institut d’Estudis Catalans, 1990; J. Galofré i Illamola-Simal, El Primer Congrés Catalanista, 1880, Barcelona, Rafael Dalmau, 1979; J. M. Figueres, El primer Congrés Catalanista i Valentí Almirall. Materials per a l’estudi dels orígens del catalanisme, Barcelona, Generalitat de Catalunya, 1985 (reimpr. 2004); M. C. Illa i Munné, El Segon Congrés Catalanista: un congrés inacabat, 1883-1983, Barcelona, Generalitat de Catalunya, 1983; J. M. Figueres, Articles polítics al Diari Català (1879-1881), Barcelona, La Magrana-Diputació de Barcelona, 1984; (1985); J. M. Figueres, [Almirall] Cultura i Societat, Barcelona, Edicions 62, 1985; J. M. Figueres, “Viatge del primer periodista català a Andorra: la revolució d’Andorra vista per Valentí Almirall per al ‘Diari Català’”, en Papers de recerca històrica, Societat Andorrana de Ciències, 1 (2003), págs. 41-81; J. Pich i Mitjana, Almirall i el Diari Català (1879-1881): l’inici del projecte politicoideològic del catalanisme progressista, Vic, Eumo, 2003; J. Pich i Mitjana, El Centre Català: la primera associació política catalanista, 1882- 1894, Catarroja, Afers, 2002; J. Pich i Mitjana, Federalisme i catalanisme: Valentí Almirall i Llozer (1841-1904), Vic, Eumo, 2004; J. Pich i Mitjana, Valentí Almirall i el Federalisme intransigent, Barcelona, Afers, 2006; E. Ucelay-Da Cal, El imperialismo catalán. Prat de la Riba, Cambó, D’Ors y la conquista moral de España, Barcelona, Edhasa, 2003.

 

Enric Ucelay-Da Cal