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Francisco Pi y Margall

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Biografía

Pi y Margall, Francisco. Barcelona, 29.IV.1824 – Madrid, 29.XI.1901. Político, abogado, presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República.

Hijo de Francisco Pi y Veler y de Teresa Margall, fue bautizado en la iglesia de Santa María del Mar el 30 de abril de 1824. A los siete años cursó Latinidad y Humanidades en el Seminario de los Escolapios, y después ingresó en la Universidad de Barcelona para estudiar Leyes. A los dieciséis años escribió dos obras de teatro, Coriolano —a imitación de la de Shakespeare del mismo nombre— y Don Fruela —sobre la Reconquista—. Pronunció conferencias dos años después en las que criticó la gracia del indulto y los mayorazgos. Pi y Margall ingresó en la Sociedad Filomática, dedicada al fomento del arte y la difusión de las ideas estéticas, donde disertó sobre arquitectura y conoció a José Oriol Mestres, que le encargó la redacción del tomo dedicado a Cataluña para la colección La España pintoresca. El 15 de mayo de 1847, tras terminar sus estudios de Leyes, salió de Barcelona para instalarse en Madrid.

En Madrid colaboró en varios periódicos, como La Enciclopedia, El Renacimiento y El Correo. A principios de octubre de 1847, Pi y Margall se puso al frente de un establecimiento de comisión y giro, sucursal de la casa de Barcelona. Entre 1848 y 1858 escribió los tomos de la colección Recuerdos y bellezas de España dedicados a Cataluña, Asturias, Castilla la Nueva, Granada, Almería y Jaén. Su obra Historia de la Pintura, a cuya redacción se entregó desde 1850 hasta 1852, fue suspendida por el Gobierno Bravo Murillo por su crítica al cristianismo, viendo la luz únicamente el primer volumen. Lo mismo le ocurrió cuando quiso publicar por su cuenta, en 1852, su trabajo ¿Qué es la economía política? ¿Qué debe ser? La primera entrega de la misma fue recogida por las autoridades. Pi se presentó ante el fiscal y le pidió que suspendiese todo juicio acerca de la obra hasta que hubiese aparecido la segunda entrega, pero no se lo permitió.

En abril de 1849 se fundó el Partido Demócrata y el día 8 de ese mismo mes y año se publicó un manifiesto que, basado en la supremacía de los derechos del individuo sobre la ley, defendía la igualdad política, el sufragio universal, los derechos de reunión y asociación, la libertad de pensamiento, la existencia en el orden constitucional de una sola Cámara, y la intervención del Estado para disminuir las desigualdades mediante la instrucción pública, la asistencia social y un nuevo sistema fiscal. Además, se afirmó su lealtad a la Monarquía constitucional de Isabel II.

Pi ingresó en el partido aquel mismo año, a petición de sus amigos Estanislao Figueras y Aniceto Puig, y formó parte del comité central hasta febrero de 1854, cuando Rivero propuso que el partido se definiera como monárquico. La preparación de la revolución de 1854 hizo que la policía persiguiera a Pi y Margall, y el editor Manuel Rivadeneyra le ocultó, encargándole durante su refugio la colección, entre otras, de las obras del padre Mariana, san Juan de la Cruz y fray Luis de León, para su colección de la Biblioteca de Autores Españoles.

Triunfante la revolución de julio de 1854, Pi propuso a la Junta Revolucionaria de Madrid que se pronunciara a favor de la República, contando con el apoyo de un jefe militar. Sin éxito, Pi intentó que el general Ametller se decidiera a encabezar un alzamiento republicano. Publicó una hoja volante, El Eco de la Revolución. En ella escribió que el movimiento se había perdido porque no había proclamado desde el primer momento la República. Encarcelado por la Junta de Madrid por el carácter violento de sus escritos, fue liberado por su amigo Eduardo Chao.

Se presentó como candidato demócrata a diputado para las Cortes Constituyentes de 1854 por la circunscripción de Barcelona. Sin embargo, Prim, presentado por la coalición gubernamental que lideraban Espartero y O’Donnell, consiguió cuatrocientos votos más que él.

En diciembre de 1854 publicó La reacción y la revolución. En esta obra Pi y Margall criticaba a los progresistas y a los demócratas por ser poco revolucionarios. La “reacción” era el mantenimiento de lo que en el orden político y social impedía el pleno desarrollo de los derechos naturales del hombre. Todo poder, escribió Pi y Margall, fue creado para limitar los derechos individuales, por lo que debía ser reducido en lo que fuera posible. El objetivo del poder era el reconocimiento y garantía de la libertad. En consecuencia, si se desviaba de ese objetivo perdía su legitimidad, y el pueblo tenía el “derecho de insurrección” si los medios legales para restituir la libertad se habían cerrado. La “revolución”, en cambio, era el establecimiento en los órdenes político y social de los mecanismos para el desenvolvimiento completo de los derechos del individuo. Así, en la “revolución”, el poder debía estar concentrado en una cámara elegida por sufragio universal, que derribara a la Monarquía y, con ella, a todo el Poder Ejecutivo, así como al Senado, y con él todo privilegio. Luego tenía que limitarse el poder mediante la declaración de los derechos como imprescriptibles, la amovilidad de todos los poderes y la federación que “reclaman imperiosamente el mismo estado actual de las provincias que ayer fueron naciones, la topografía del país” y, por otro lado, “la destrucción del poder a que incesantemente aspiro”. En cuanto a la forma de gobierno que propugnaba afirmó que “entre la monarquía y la república, optaré por la república; entre la república unitaria y la federativa, optaré por la federativa; entre la federativa por provincias o por categorías sociales, optaré por la de las categorías. Ya que no pueda prescindir del sistema de votaciones, universalizaré el sufragio; ya que no pueda prescindir de magistraturas supremas las declararé en cuanto quepa revocables. Dividiré y subdividiré el poder, movilizaré, y lo iré de seguro destruyendo”. Este libro ha dado pie a que los anarquistas vieran en Pi y Margall a uno de sus precursores.

En compañía de Miguel Morayta, Francisco Paula Canalejas y Gómez Marín, fundó la revista quincenal La Razón, en la que llegó a escribir quince artículos políticos para intentar conducir al Partido Demócrata por la senda republicana. A finales de julio de 1856 abandonó Madrid con su mujer, Petra Arsuaga, para residir en Vergara, pueblo natal de ella y donde se habían conocido. Permaneció en esta localidad hasta 1857, escribiendo artículos literarios para El Museo Universal. Volvió a Madrid para trabajar en la redacción del periódico que por fin había conseguido publicar Rivero, La Discusión. Fue un diario emblemático para los demócratas porque en su cabecera estaba todo el programa del partido, lo que le valió no pocas suspensiones y multas. En marzo de 1859 abandonó La Discusión y se dedicó a la abogacía en compañía de Estanislao Figueras.

En octubre y noviembre de 1860 volvió a la política para participar en el debate que sobre la compatibilidad entre el socialismo y la democracia habían iniciado Fernando Garrido y José María Orense. Pi y Margall vio que podrían ser marginados los socialistas, que se encontraban en minoría. Promovió entonces una reunión para llegar a un acuerdo. Fue la “Declaración de los Treinta”, en la que se dejó libertad de opinión en materia social y económica mientras se respetaran los derechos individuales y el sufragio universal. La Discusión publicó el texto el 16 de noviembre de 1860, pero no consiguió que lo firmaran dos de los hombres más importantes del partido: Nicolás María Rivero y Emilio Castelar. En mayo de 1864 se reanudó el debate, esta vez entre Castelar, individualista y director de La Democracia, y Pi y Margall, socialista, y que dirigía en aquellos momentos La Discusión. Castelar aseguraba que el socialismo era una ideología propia únicamente de países tiranizados y contraria a la libertad, y que la mejora de las condiciones de las capas populares dependería del grado de desarrollo de las libertades económicas. Pi argumentaba, por su parte, que la democracia y el socialismo eran inseparables porque el siguiente paso en la historia sería la emancipación política y social de las clases jornaleras. Las opiniones de Castelar fueron mayoritarias en el partido, y Pi y Margall abandonó La Discusión el 16 de septiembre de 1864 para ejercer de nuevo la abogacía.

No participó en la insurrección del 22 de junio de 1866, planeada por progresistas y demócratas, aunque abandonó Madrid el 6 de agosto de 1866, en dirección a París, por miedo a que la represión gubernamental le alcanzara. Escribió crónicas para El Siglo, de Montevideo, El Eco Hispano Americano, de París, y la Revista de Europa. Además, siguió dos cursos de Filosofía en la Universidad de París, y acudió a las conferencias sobre Historia de la Humanidad dadas por Laffite. Allí estudió la obra de Proudhon, que sería determinante a la hora de concretar su pensamiento político y social, basado en la federación y el pacto sinalagmático y conmutativo, consistente en el acuerdo político y social voluntario, de abajo arriba —individuo, municipio, provincia, región y Estado—, y revocable en todo momento. El resultado de esto fue el prólogo y la traducción de la obra de Proudhon, El principio federativo, que se publicó en 1868.

Por otro lado, durante el exilio se negó a participar en la coalición de progresistas, unionistas y demócratas porque ésta buscaba una dinastía con la que sustituir a la Borbón. Se reconcilió con Castelar y no participó en la revolución de 1868. Tampoco estuvo en Madrid cuando, tras la victoria de los revolucionarios, el Partido Demócrata se dividió. La separación no fue simplemente entre monárquicos y republicanos, sino que éstos, además, por aclamación se declararon federales. Pi dejó París a principios de febrero de 1869, cuando ya se habían celebrado las elecciones y había sido elegido diputado por la circunscripción de Barcelona. En aquellas Cortes Constituyentes, Pi y Margall se mostró como un hombre inteligente pero frío. Defendió la República Federal, a pesar de que declaró en su discurso del 20 de mayo de 1869 que esta forma de gobierno sólo saldría de las “bayonetas del pueblo”, y que pensar que podía ser proclamada por las Cortes era un “delirio”. Pi y Margall no firmó aquella Constitución que para Castelar, según le dijo al propio Pi, sería la “fórmula más progresiva de nuestra generación”.

Así, mientras se ultimaba la promulgación de la Constitución de 1869, el texto más liberal y democrático de la Europa de su tiempo, el Partido Federal se organizó según el ideal pimargalliano del pacto federativo, con ánimo de preparar una insurrección. Los federales catalanes propiciaron el Pacto de Tortosa, una especie de federación de Cataluña, Aragón, Valencia y Baleares, a la que luego siguieron otros cuatro pactos de los “antiguos reinos históricos” y que culminaron el 30 de julio de 1869 con un pacto nacional, cuya directiva presidió Pi y Margall. No elaboraron un plan sobre qué era el federalismo. Su intención era propagar sus ideales y velar por las libertades, reservándose el “derecho de insurrección” para el caso de que cualquier autoridad violase los derechos individuales. La represión del asesinato del alcalde en funciones de Tarragona, a manos de los federales, sirvió de pretexto para que unos cuarenta mil milicianos republicanos se levantaran contra el Gobierno de Prim. Mientras tanto, Pi y Margall dejó Madrid para ir a Badajoz y atender los negocios de una compañía francesa, lo que le sirvió luego para desvincularse de la insurrección y, al tiempo, criticar la represión gubernamental.

En octubre de 1870, los republicanos españoles tuvieron la noticia de que Amadeo de Saboya, duque de Aosta, iba a aceptar el Trono de la Revolución. Pi y Margall, Emilio Castelar y Estanislao Figueras, el Directorio del partido, intentaron conseguir dinero del Gobierno francés para sufragar una insurrección federal en España. Hablaron con el conde Keratry, ministro de Exteriores francés, que viajó a España, y con Gambetta. Pi y Margall marchó a Francia para conseguir fondos, pero después de entrevistarse con tres ministros tuvo que emprender la vuelta sin haber logrado financiación.

La elección de Amadeo de Saboya como rey de España, el 16 de noviembre de 1870, por ciento noventa y un votos, debilitó al Partido Republicano. Pi y Margall, como líder del federalismo, convocó asambleas para 1870, 1871 y hasta en cuatro ocasiones en 1872, que fueron invalidadas por falta de quórum.

Esta situación les llevó a coaligarse electoralmente con los carlistas en enero de 1871, y de nuevo en abril de 1872 con los moderados y los radicales de Ruiz Zorrilla, en contra de los conservadores del general Serrano y Sagasta.

En junio de 1872, Amadeo I llamó al Partido Radical a formar Gobierno. Con ello creía impedir el alzamiento de radicales y republicanos contra el Gobierno conservador de Serrano. Los republicanos concertaron una alianza electoral con Cristino Martos, nuevo ministro de la Gobernación. El acuerdo consistió en repartirse los distritos, y evitar las confrontaciones electorales entre los dos partidos. De esta manera, en las elecciones de octubre de 1872 consiguieron un grupo parlamentario de unos ochenta diputados. La posibilidad de llegar legalmente a la República no pareció entonces lejos, por lo que Pi y Margall condenó las intentonas federales de octubre de 1872 en Ferrol y la madrileña de diciembre de ese mismo año.

El 30 de enero de 1873, diputados radicales y republicanos propusieron la conversión de las Cortes en Convención para proclamar la República. Esto se debió a que corrió el rumor de que el Rey pretendía sustituir al Gobierno radical por uno conservador.

Desmentido el rumor, se utilizó el conflicto del Gabinete con el Cuerpo de Artilleros para demostrar a Amadeo I que sus facultades constitucionales eran secundarias frente a las decisiones del Ministerio o de las Cortes. Las Cámaras votaron mociones de confianza al Gobierno para evitar una decisión contraria del Monarca. Amadeo I se sintió humillado y abandonado por los mismos que le habían traído, por lo que renunció al Trono.

El 11 de febrero de 1873 fue proclamada la República a proposición de Pi y Margall. Radicales y federales formaron el primer Poder Ejecutivo, con el federal Estanislao Figueras como presidente, y Pi ministro de la Gobernación. La alianza duró trece días.

Los federales habían levantado juntas al conocer la proclamación de la República, y Pi pensó que para disolverlas lo mejor era convocar elecciones municipales y dar un cargo a sus cabecillas. Los radicales se negaron, y Martos, presidente de la Asamblea Nacional, contando con el general Moriones, urdió un golpe de Estado para la madrugada del 24 de febrero. Pi detuvo la intentona, y obligó a los radicales a salir del Gobierno. Esto no detuvo a Martos, que intentó lo mismo el 8 de marzo, saldándose esta vez el fracaso con la disolución de las Cortes y la formación de una comisión permanente. El 23 de abril, radicales y conservadores probaron otro golpe de Estado, contando con los voluntarios monárquicos de Madrid y algunas tropas. Pi y Margall, ministro de la Gobernación, con el apoyo de Nicolás Estévanez, gobernador de Madrid, dispuso a los soldados gubernamentales y a las milicias federales y dieron un contragolpe de Estado.

Pi asumió de forma interina la presidencia del Poder Ejecutivo, que tenía Estanislao Figueras, y disolvió ilegalmente la comisión permanente. Retrasó, además, el envió de tropas al Palacio del Congreso, donde los diputados de la permanente se encontraban sitiados por los federales, que les acosaban para asesinarlos. Muchos de ellos tuvieron que salir del edificio disfrazados, o escoltados por republicanos, como Castelar o Nicolás Salmerón.

Las elecciones a Cortes Constituyentes de mayo de 1873 levantaron poca expectación. El Partido Conservador y el Radical se retrajeron, y la participación estuvo entre el 30 y el 40 por ciento del electorado. La limpieza electoral de aquellos comicios no fue tal, pues Pi y Margall, ministro de la Gobernación, dijo en su primera circular electoral a las autoridades locales que el voto favorable a la República era el único posible, marginando con ello a los monárquicos, y, en la segunda, que las oposiciones habían de “quedar en notable minoría y ser arrolladas en los futuros debates” (Gaceta de Madrid, 3 y 6 de mayo de 1873).

En aquellas Cortes, la derecha republicana consiguió ochenta escaños, sesenta la izquierda, y tan sólo treinta el centro de Pi y Margall. Éste se presentó para sustituir a Figueras, el 7 de junio de 1873, pero su propuesta gubernamental fue abucheada por la izquierda federal. Pi, siempre altivo, se enfurruñó y no volvió a las Cortes durante una temporada. Figueras siguió presidiendo el Poder Ejecutivo, hasta que en la noche del 10 de junio huyó a Francia por temor a una insurrección federal intransigente en Madrid. Ante el vacío de poder que esto provocó, el general Contreras intentó un golpe de Estado. Castelar y Salmerón pensaron que Pi y Margall, el padre del federalismo, podría satisfacer a los insurrectos si era elegido presidente del Poder Ejecutivo. En sesión secreta de las Cortes, el 11 de junio, Pi fue elegido para tal cargo. No tuvo suerte para designar a los ministros, y puso al frente de la cartera de Guerra a González Iscar, que era un alfonsino solapado.

Los federales intransigentes le hicieron una dura oposición. La República se convirtió en un caos, pues a la guerra en Cuba, iniciada en octubre de 1868, se había unido la carlista, comenzada en mayo de 1872, y la formación de cantones al día siguiente de la elección de Pi y Margall como presidente. Además, los internacionalistas tomaron el poder en Alcoy y Sanlúcar de Barrameda. Pi consiguió facultades extraordinarias el 29 de junio para acabar con el carlismo, pero aseguró que no las utilizaría contra los federales insurrectos. De esta manera, no consiguió el orden en la República, propósito primordial de un Gobierno en aquellas circunstancias, por lo que dimitió el 18 de julio, seis días después de que se declarara el cantón de Cartagena.

Pi y Margall se alió con Salmerón y Figueras para derrotar a Castelar, elegido presidente el 8 de septiembre, porque pensaban que su política era contraria al republicanismo. Emilio Castelar, cuarto presidente del Poder Ejecutivo en ocho meses, había dado mandos militares atendiendo a la capacidad, no a la filiación política, y había llegado a un acuerdo con la Iglesia para el nombramiento de obispos. Las Cortes suspendieron sus sesiones hasta el 2 de enero de 1874 para que Castelar gobernara por decreto e implantara el orden. Castelar debía reanudar las sesiones haciendo un balance de su gobierno y pidiendo un voto de confianza. Los federales prepararon un golpe de Estado para el caso de que Castelar venciera en la votación parlamentaria, y ordenaron a los voluntarios de la República que tomaran los puntos estratégicos de Madrid. Sin embargo, Castelar fue derrotado, los voluntarios se retiraron y se puso en marcha el golpe de Estado de la vieja coalición de septiembre, que llevó a cabo el general Pavía en la madrugada del 3 de enero de 1874.

Entre enero y marzo de 1874, Pi y Margall escribió La República de 1873. Apuntes para escribir su historia. Vindicación del autor, en la que justificaba su abandono del pacto federal de abajo arriba, así como sus actuaciones en el Gobierno. Pensaba Pi continuar la serie con otros opúsculos sobre Amadeo —que escribió años después—, la Asamblea Nacional, el interregno parlamentario, las Cortes Constituyentes y el día 3 de enero, pero la oposición de la autoridad le desanimó. Unos años después, en 1876, publicó Las nacionalidades, en la que explicaba que la formación histórica de España aconsejaba que la forma de gobierno más útil a su desarrollo era la federación de regiones autónomas.

El 3 de mayo de 1874, un presbítero carlista que había perdido el juicio, intentó asesinarle en su casa de Madrid, en la calle Preciados. Tras salir ileso del atentado, Pi y Margall formó un comité revolucionario que no llegó a consumar sus planes, sufragados por el marqués de Santa Marta, porque Pi se negó a que Figueras y Salmerón entraran en la conspiración.

En la Restauración formó su propio partido, el Partido Federal, que elaboró en 1883 una Constitución en la Asamblea federal de Zaragoza. No participó en las elecciones hasta 1885, cuando formó coalición con el partido de Ruiz Zorrilla y Salmerón. Pi y Margall fue elegido concejal del Ayuntamiento de Madrid, por la coalición liberal-republicana que se estableció contra el partido de Cánovas. En 1886, Ruiz Zorrilla, Salmerón y Pi y Margall fundaron la Unión Republicana, y éste consiguió un acta por acumulación en las elecciones de abril de ese año. La minoría republicana eligió a Pi como su jefe parlamentario. Esta vía legal no impidió que intentaran la revolución.

Pi y Margall no llegó a un acuerdo con Ruiz Zorrilla en cuanto al programa revolucionario, por lo que no participó su partido en el pronunciamiento republicano del brigadier Villacampa en Madrid, el 19 de septiembre de 1886.

En 1890 fundó el semanario El Nuevo Régimen, un periódico que escribía casi él solo, desde el que postuló la autonomía de Cuba, como del resto de regiones españolas, para evitar el conflicto en aquella isla y, después, criticó la guerra con Estados Unidos. Apoyó el catalanismo, por creerlo autonomista, lo que le valió presidir los Jocs Florals de 1901. Pi sólo había visitado Cataluña en dos ocasiones, en 1881 y 1883, después de su viaje a Madrid en 1847, y le gustaba hablar y escribir en castellano. Por esta razón, le tuvieron que traducir al catalán los discursos que pronunció en los Jocs. Estaba mal de salud desde que en 1890 se agudizara su diabetes. Era muy casero, y no solía ir al teatro o al café. Frecuentaba únicamente la tertulia del Círculo Federal. Murió el 29 de noviembre de 1901 a raíz de un enfriamiento que cogió al salir de una conferencia pronunciada por él, el 16 del mismo mes, en La Unión Escolar de Madrid.

 

Obras de ~: La Reacción y la Revolución, Barcelona, La Revista Blanca, 1854 (ed. de A. Jutglar, Barcelona, Anthropos, 1982); “Prólogo”, en P. J. Proudhon, Principio federativo, trad. y pról. de ~, Madrid, Imprenta de T. Fortanet, 1868 (Madrid, Aguilar, 1971); La misión de la mujer en la sociedad (23 de mayo de 1869). Conferencias dominicales sobre la educación de la mujer en la Universidad de Madrid, Madrid, M. Rivadeneyra, 1869; El Cristianismo y la Monarquía, Madrid, Enciclopedia Republicana Federal Social, Imprenta Tomás Rey, 1871; Las Nacionalidades, Madrid, Eduardo Martínez, 1877 (Madrid, Biblioteca Nueva, 2001); La Federación, Madrid, Imprenta Enrique Vicente, 1880; Opúsculos, Madrid, Tipografía G. Hernández, 1884; “Prólogo”, en P. Correa y Zafrilla, Democracia, Federación y Socialismo, Madrid, Tipografía de Dionisio de los Ríos, 1891; “Epílogo”, en V. Blasco Ibáñez, Historia de la Revolución española. Desde la guerra de la Independencia a la Restauración, 1808-1874, Barcelona, La Enciclopedia Democrática, 1891-1892; “Carta prólogo”, en M. Salaverría e Ipenza, La salud de Euskeria, San Sebastián, Imprenta de J. Baroja e Hijo, 1898; con J. Pi y Arsuaga, Historia de España en el siglo xix. Sucesos políticos, económicos, sociales y artísticos acaecidos durante el mismo. Detallada narración de sus acontecimientos y extenso juicio crítico de sus hombres, Barcelona, Segui, 1902, 7 vols.; Articles, pról. de G. Alomar, Barcelona, Tip. L’Anuari, 1908; Lecciones de Federalismo, ed. de A. Sánchez Pérez, Madrid, 1917; Historia de las conmociones políticas de España en el siglo xix, Barcelona, Seguí, 1931, 2 vols.; Pensamiento social, selecc. y est. prelim. de J. Trías Bejarano, Madrid, Ciencia Nueva, 1968.

 

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Jorge Vilches García