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Arsenio Martínez de Campos y Antón

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Biografía

Martínez de Campos y Antón, Arsenio. Segovia, 14.XII.1831 – Zarauz (Guipúzcoa), 23.IX.1900. Militar y político.

Hijo de Ramón Martínez de Campos, brigadier de Estado Mayor, y de Rosa Antón. Pasó sus primeros años en Salamanca, donde su padre se hallaba destinado.

Vuelta su familia a Madrid, inició la andadura militar el 5 de mayo de 1848, cuando por Real Orden se le concedió el empleo de subteniente de la Reserva y la gracia de poder presentarse a los exámenes de acceso a la Escuela de Estado Mayor, en la cual ingresó, el 16 de agosto del mismo año. Allí siguió sus estudios hasta graduarse como teniente de Estado Mayor, el 1 de abril de 1852. Las correspondientes “prácticas”, de Infantería, las llevó a cabo en el Regimiento de Granaderos, y las de Caballería, primero, en el del Rey hasta el 6 de diciembre, y luego, destinado a la Capitanía General de Valencia, en el de Calatrava.

Cumplidas aquellas exigencias, en febrero de 1853, quedó incorporado al Estado Mayor de la citada Capitanía General. Dos meses después obtenía el grado de capitán de Caballería, por gracia especial y, un año más tarde, ascendió a capitán de Estado Mayor, por antigüedad.

No tardaría Martínez Campos en ver su condición de militar sometida a la primera prueba “política”, con motivo de las jornadas revolucionarias que sacudieron la ciudad del Turia, del 16 al 19 de julio de 1854. No tomó parte en aquellos acontecimientos, reincorporándose al servicio al constituirse en la capital de España el nuevo Gobierno y, a poco, fue destinado a la Dirección General de Estado Mayor, en Madrid, por Real Orden de 16 de agosto de 1854. A partir de noviembre, fue nombrado subprofesor de este centro. Poco antes, en julio, le había sido concedido el grado de comandante de Caballería, en esta ocasión por gracia general.

Perteneciente a la generación posterior a la de los que hicieron la Primera Guerra Carlista, la carrera profesional de Martínez Campos hubo de discurrir, al menos en su primera parte, por los derroteros del estudio, más que por los campos de batalla, y sus ascensos, en un escalafón congestionado por la plétora de oficiales y jefes, no podrían ser tan “meteóricos” como los de sus predecesores. Hasta 1856 continuó en la Escuela de Estado Mayor y sólo otra convulsión política, en julio de aquel año, motivada por la salida de Espartero del Gobierno, le llevó a la división expedicionaria que, al mando del general Dulce, se dirigió a Zaragoza, convertida en reducto esparterista, para aplastar la resistencia que ofreció la capital aragonesa.

Así obtuvo la Cruz de Carlos III y, dominada la situación, tornó a su puesto en la Escuela de Estado Mayor, hasta 1859, fecha en la que pasó a la categoría de profesor del mismo centro. Un año antes había alcanzado el empleo de comandante de Caballería, por recompensa reglamentaria.

En septiembre de 1859, se le destinó al Estado Mayor de la División de Reserva del Ejército de Observación sobre la costa de África, incorporándose en Cádiz a su nuevo puesto. La guerra de África, que el Gobierno presidido por O’Donnell emprendió el 22 de octubre del mismo 1859, contra el sultán de Marruecos, iba a cambiar la trayectoria profesional de Martínez Campos dentro de la milicia. A partir de aquel momento, el militar dedicado a la enseñanza se convertiría en un hombre de acción que intervendría en la mayoría de los conflictos armados, en los que se vería envuelta España, durante el resto del siglo XIX.

El 8 de noviembre de 1859 se unió en Antequera al Estado Mayor de la División de Reserva del Ejército de África, pasando a Ceuta desde Algeciras. Tomó parte en varias acciones, a las órdenes del conde de Lucena desde el 30 de noviembre, resultando herido el 1 de enero de 1860. No obstante, prosiguió combatiendo hasta el 23 de marzo. La campaña le permitió obtener el grado de coronel de Caballería y el empleo de teniente coronel de la misma arma, además de la Cruz de San Fernando de 1.ª Clase, entre otras distinciones. Por el momento, sin embargo, no tuvo tiempo de disfrutar de las recompensas conseguidas, pues, apenas regresado a la Península, hubo de intervenir en el aplastamiento de la intentona carlista en San Carlos de la Rápita, a primeros de abril de 1860.

Fracasado aquel movimiento, encabezado por Ortega, regresó Martínez Campos a su bien conocida Escuela de Estado Mayor, donde siguió impartiendo clases de Geodesia, Topografía e Historia Militar hasta noviembre de 1861. Unos meses antes, en mayo, le fue concedida licencia para casarse con María de los Ángeles Rivera y Olavide.

La guerra no tardaría en demandar de nuevo su concurso. Los problemas con México condujeron a la alianza de Francia, el Reino Unido y España, concertada en la Convención de Londres, para enviar una expedición militar al país azteca. El mando de las tropas españolas le fue confiado a Juan Prim y, a sus órdenes, como miembro del Estado Mayor, Arsenio Martínez Campos se embarcó en Alicante, el 23 de noviembre de 1861. Llegó a La Habana el 24 de diciembre y el 8 de enero arribó a Veracruz. A lo largo de la campaña, participó en las principales operaciones hasta el regreso de la expedición a Cuba, en mayo de 1862, y, a continuación a la Península, donde llegó el 13 de junio. Aquella experiencia despertó en él una profunda admiración por el conde de Reus, aunque las ideas políticas de Martínez Campos no coincidieran con las de Prim.

A su vuelta a Madrid tornó una vez más a la docencia en la Escuela de Estado Mayor, hasta el 20 de julio de 1863, y poco después se incorporó al Estado Mayor del Primer Ejército. En 1864 prestó servicio en Navarra y Aragón y fue ascendido a comandante de Estado Mayor, por antigüedad. Hasta 1868, permaneció destinado en Aragón al margen de los movimientos revolucionarios y las conspiraciones de aquellos años, que culminarían en “la Gloriosa”. Aunque una vez triunfante ésta, a pesar de no figurar en las filas de los promotores de la revolución, se vio favorecido con el ascenso a coronel del Ejército, nuevamente por gracia general.

Mientras, la revolución en Cuba había abierto la puerta a la lucha armada contra España. Martínez Campos solicitó ser destinado a la Gran Antilla y el 30 de enero de 1869 partió hacia La Habana, para formar en el Estado Mayor del Ejército de aquella Capitanía General. A finales de febrero, se hallaba ya en operaciones, en Cienfuegos, Trinidad, Villa Clara y otros puntos. Su destacado comportamiento le hizo acreedor a la Encomienda de Carlos III. En junio pasó, como jefe de Estado Mayor, a la división mandada por el conde de Balmaseda hasta que, el 4 de marzo de 1870, se dispuso que se hiciera cargo del batallón de Cazadores de San Quintín. A los pocos días, batió a los insurrectos en Río-Abajo y sucesivamente en Lagunas, Monte Grande y camino de las Arenas.

Tras estas acciones, se le nombró jefe de Estado Mayor del Departamento Oriental, enfrentándose en la jurisdicción de Bayamo contra la partida de Modesto Díaz, al cual obligó a retirarse hacia Las Tunas. Posteriormente, a cargo de diversas fuerzas (“San Quintín”, “Cuba”, “Bailén” y otras), dirigió las operaciones contra Máximo Gómez, al que batió en varios encuentros arrojándole de la zona de Jiguaní. En octubre de 1870 se batió en persecución de las fuerzas de Maceo y de Gómez, en Santiago de Cuba, logrando notables éxitos. Como resultado de los méritos contraídos durante aquellos meses fue promovido al empleo de brigadier, en abril de 1871. Durante el resto del año acompañó al capitán general, conde de Balmaseda, en las operaciones que se desarrollaron en la costa sur de la isla. A partir de junio, se halló al frente de las Comandancias Generales de Sancti Spiritus y de Morón y desde agosto en las de Cuba, Baracoa y Guantánamo.

En esta última batió a Máximo Gómez, Maceo, Guillermon y otros jefes insurrectos. Durante todo el año 1871 y los primeros meses de 1872, intervino en numerosos combates en el Departamento Oriental, hasta que el 21 de mayo de este año entregó el mando y regresó a la Península, desembarcando en Santander, el 17 de junio. Atrás quedaba una experiencia bélica en tierras cubanas que había de marcar profundamente su futuro. Desde la capital cántabra, pasó a Madrid, donde quedó en situación de cuartel.

Para entonces, el reinado de Amadeo de Saboya se diluía ante la progresiva falta de apoyos. Con la proclamación de la Primera República obtuvo un nuevo mando. El 14 de marzo de 1873 fue nombrado gobernador militar de Gerona. Ciertamente la situación no era fácil, la política militar del régimen republicano, tendente a sustituir el modelo de Ejército regular, hasta entonces existente, por otro de carácter voluntario produjo la insubordinación de las tropas de no pocas unidades. Frente a los insurrectos cubanos y los carlistas en guerra, los gobernantes de la República no tuvieron más remedio que confiar los mandos más importantes a generales y jefes que, como Martínez Campos, eran claramente partidarios de la restauración borbónica, o no sentían particular entusiasmo por la causa republicana.

Llegado a Cataluña, y tras asegurarse la obediencia de sus soldados, marchó contra las huestes del carlismo, encabezadas por Savalls, Barrancot, don Alfonso y otros jefes, combatiéndolos reiteradamente, entre Ripoll y Berga. Por sus méritos fue ascendido a mariscal de campo en mayo de 1873. Pero, a la par que luchaba contra los carlistas, debía reprimir las manifestaciones de indisciplina en algunas unidades.

Ante las graves dificultades que estas desobediencias representaban, solicitó autorización para castigar a los amotinados y como no le fue concedida, acabó presentando su dimisión, el 27 de junio, pasando a Madrid en situación de cuartel.

Comprometido muy pronto en la conspiración alfonsina, en la cual su jefe en Cuba, el conde de Balmaseda, jugaba un destacado papel, aprovechó su breve estancia en la capital para intervenir en la fallida tentativa de julio de 1873, a favor de don Alfonso.

Aquel fracaso no le supuso mayor contratiempo. Más aún, el nuevo gobierno republicano, constituido el 18 de julio del mismo 1873, bajo la presidencia de Salmerón, le nombró capitán general de Valencia y jefe del Ejército de aquel distrito, con el doble objetivo de alejarle de Madrid y ponerle al frente de unas tropas indisciplinadas pero absolutamente necesarias para la República, asediada por los carlistas y los cantonales levantados ya también en armas. En Albacete tomó el mando que se le había encomendado y marchó sobre la capital del Turia, controlada por el movimiento cantonal. El 26 de julio puso cerco a la ciudad y el 8 de agosto consiguió entrar en ella. Inmediatamente envió dos columnas de su ejército, dirigidas por Arrando y Villacampa, contra los carlistas del Maestrazgo y una tercera, con Salcedo al frente, contra los cantonales que, desde Murcia, avanzaban por Chinchillla hacia Valencia. Simultáneamente y con el resto de sus fuerzas marchó personalmente hacia la capital murciana y, a renglón seguido, contra Cartagena, a la que puso sitio el 17 de agosto de 1873.

Ante la amenaza de la escuadra “cantonal” de bombardear Alicante y en desacuerdo con las negociaciones mantenidas para evitarlo, renunció a su mando el 21 de septiembre.

Sus maniobras conspiratorias para restaurar a don Alfonso no cesaron en ningún momento, siempre en contacto con el llamado círculo de “los coroneles de Balmaseda”, insistiendo en la urgencia de un pronunciamiento que evitara las dilaciones de la vía política, elegida por Cánovas, para traer a España al nuevo Rey.

Entretanto, la República, encabezada ahora por Castelar, le confió, el 5 de diciembre de 1873, un mando tan importante como difícil: la Capitanía General de Cataluña.

A pesar de los esfuerzos del nuevo presidente del Poder Ejecutivo, el régimen republicano no pudo resistir los embates externos del carlismo y los internos del cantonalismo, en tanto continuaba el desgaste de la guerra en Cuba. El 3 de enero de 1874, el general Pavía trató de reconducir la situación mediante un golpe de estado que llevó al poder al general Serrano.

El Gobierno surgido de aquella actuación no resultó del agrado de Martínez Campos y de otros que pugnaban por la restauración alfonsina. Por ello, aunque siguió combatiendo contra la sublevación cantonal en Barcelona (del Xich de las Barraquetas) (del 8 al 11 de enero) y persiguiendo a los carlistas (que amenazaban Sabadell, Caldás de Montbuy, Moyá y Vic), cesó en aquel puesto el 18 de enero de 1874.

Vuelto una vez más a Madrid, la tensión con el nuevo Ejecutivo desembocó en el arresto de Martínez Campos y en la decisión gubernamental de recluirle en Mallorca, el 29 de enero de ese mismo año. Intervino entonces el marqués de La Habana, quien pidió a Serrano que destinara a Martínez Campos a Cuba, a lo que éste se resistió, aceptando, sin embargo, el 6 de abril de 1874, el mando de la Segunda División del Tercer Cuerpo de Ejército, que luchaba en el Norte contra los carlistas a las órdenes del marqués del Duero. Allí, aparte de combatir al enemigo en las acciones desarrolladas en las Muñecas, Galdames, Alto de la Cruz,... y otros lugares, y entrar en Bilbao, el 2 de mayo, prosiguió en sus afanes por lograr un levantamiento que entronizara a Alfonso de Borbón.

Pero el movimiento militar, en este sentido, se iba posponiendo, en tanto que la guerra continuaba con el avance hacia Estella. En esa ofensiva intervino en los hechos de armas que tuvieron por escenario, entre otros puntos, Villarreal, Zabal y Monte Muro. En este último murió el marqués del Duero, el 27 de junio de 1874. Martínez Campos sostuvo en aquella difícil circunstancia la retirada del ejército a Larraga y, el 2 de julio, fue cesado, quedando de cuartel. Con la desaparición del marqués del Duero quedaba sin jefe la facción militar, también alfonsina, que, de acuerdo con Cánovas, apoyaba la idea de la Restauración para el momento en que, pacificado el país, la opinión pública se mostrara a favor de este proyecto.

La situación se complicaba con la momentánea recuperación del carlismo. Además, en el “Manifiesto de Morentín”, Carlos VII ofrecía algún atisbo de moderación que podía afianzar su causa. Por otro lado, la guerra en Cuba no tenía visos de concluir. Las intrigas de las diversas potencias europeas a propósito de España estaban a la orden del día. La evolución política de aquel régimen sui generis, encabezada por el duque de la Torre, no ofrecía ninguna salida clara.

En tales circunstancias, el sector más impaciente de los partidarios de la Restauración, con Balmaseda y Martínez Campos en primer plano, buscaba acelerar definitivamente las acciones de cara a provocar el pronunciamiento militar que serviría para proclamar rey a Alfonso.

Muchos eran los conspiradores (Caballero de Rodas, Gasset, Bassols, Marchesi... aparte de otros ya citados), pero la cuestión parecía cada vez más complicada y la división en las filas del Ejército crecía por momentos. Martínez Campos pasó el verano y el otoño de 1874 tratando de superar los obstáculos que aplazaban el golpe pro-alfonsino. El 26 de diciembre, decidido a aprovechar la que podía ser una de las últimas oportunidades, salió de Madrid con dirección a Sagunto, donde, el 29, a la cabeza de las tropas del brigadier Luis Dabán, proclamaba rey de España a Alfonso de Borbón. Dada la excentricidad geográfica de aquel lugar y el reducido número de las fuerzas “pronunciadas”, el éxito o fracaso final de aquella maniobra dependía de la reacción de otros militares y de la capacidad del Gobierno. Las fechas siguientes, hasta el 30 de diciembre, estuvieron señaladas por una relativa incertidumbre. El apoyo de los generales Jovellar (jefe del Ejército del Centro) y Azcárraga, seguido por Despujol y otros, a la Restauración dejó a Serrano y su república sin más posibilidad que aceptar los hechos. Alfonso XII era Rey y Martínez Campos, convertido en el Monk de la dinastía borbónica, ascendía a teniente general, el último día de 1874, y recibía, por segunda vez, el nombramiento de capitán general de Cataluña.

En Barcelona tuvo la oportunidad de dar la bienvenida a España al nuevo Monarca, el 8 de enero de 1875, pero apenas siguió Alfonso XII viaje para Madrid, vía Valencia, intensificó las acciones contra los carlistas, en la provincia de Gerona, ocupando Olot. El siguiente objetivo sería Seo de Urgel, baluarte emblemático del enemigo. El 6 de abril tomó Ripoll y durante los meses inmediatos hubo de pelear arduamente hasta que consiguió ocupar Seo, el 27 de agosto de 1875. Los últimos reductos carlistas quedaron sometidos a mediados de noviembre y, de este modo, acababa la guerra en Cataluña. Para su completa liquidación, faltaban por apagar los focos que aún quedaban en las Provincias Vascongadas y Navarra.

El 14 de diciembre de 1875 fue nombrado general en jefe del Ejército de la Derecha, es decir, del que se iba a operar por el Pirineo, desde el Baztán a Irún, para cerrar la frontera francesa a los carlistas. Completó su actuación apoderándose de Hernani y, tras otras acciones en la zona, contribuyendo decisivamente a la expulsión de don Carlos, que se retiró a Francia por el valle del Roncal, en febrero de 1876. La guerra había terminado y Martínez Campos vio reconocidos sus servicios con el ascenso a capitán general del Ejército el 27 de marzo de aquel mismo año.

En aquellas fechas se asomó por primera vez a la vida política, de forma oficial, al ganar el acta para el Congreso de los Diputados por la circunscripción de Sagunto, causando alta en la Cámara, aunque de forma poco más que testimonial, el 20 de febrero de 1876. Se cerraba otra etapa de su itinerario guerrero, pero sólo durante unos meses, pues, a poco, se iniciaba otra igualmente decisiva, cuando el 9 de octubre de 1876 era nombrado general en jefe del Ejército de Operaciones de la isla de Cuba. “Concluida la facción / que desolaba la España / me embarqué para La Habana / a concluir la insurrección”, dirían más tarde los versos de una guajira, refiriéndose a ese tránsito de una guerra a otra. Tras presentar la renuncia a su escaño en el Congreso, el 3 de noviembre, se hallaba de nuevo en tierras cubanas y pronto, secundado por el entonces capitán general de la isla, Jovellar, dio notable impulso a las acciones contra los insurrectos.

En persecución de las principales partidas se mantuvo hasta los comienzos de 1878. La contienda que venía asolando la Gran Antilla, desde una década antes, había producido un gran desgaste en ambos bandos, pero principalmente en las filas de los revolucionarios cubanos. Martínez Campos supo aprovechar la ocasión.

Como diría más tarde, “aún siendo hombre de fuerza, más que en las armas he confiando siempre en la política”.

El 12 de febrero de 1878 se llegó a los acuerdos del Zanjón por los que se otorgaba perdón e indulto a los rebeldes, pudiendo expatriarse los que lo desearan; la libertad a los colonos asiáticos y a los esclavos que se hallasen en las filas insurrectas y el compromiso de establecer diversas reformas administrativas. Poco a poco los mambises fueron entregando las armas y el 9 de junio se dio por terminada la campaña. Martínez Campos, “el Pacificador”, en la cumbre de su popularidad, sustituyó a Jovellar en la capitanía general de Cuba.

La finalización de la guerra causó gran alegría en toda España, pero planteaba un reto al Gobierno a la hora de afrontar el futuro de aquella Antilla y el alcance de las reformas que habrían de aplicarse. Antonio Cánovas del Castillo entendió que el hombre que mejor conocía la situación era el nuevo capitán general de la isla y como tal debía ser él quien resolviera aquellas cuestiones. En consecuencia, en febrero de 1879, llamó a Martínez Campos a Madrid y el 7 de marzo, Su Majestad le encargaba la presidencia del Consejo de Ministros, en un gabinete del cual desempeñaría, además, la cartera de Guerra e incluso, de modo interino, la de Marina.

No tardó en tomar conciencia de los graves obstáculos a los que tenía que enfrentarse. Pasados los momentos de entusiasmo por el fin de las hostilidades, llovieron las críticas contra una paz a la que, en los sectores más radicalmente inmovilistas, llegaba a llamarse ahora “bochornosa” y “horrible”. Tanto los liberales, presididos por Sagasta, como los conservadores, cercanos a Cánovas, veían con recelo la posibilidad de modificar, en profundidad, el “status” cubano, pero, en particular, los círculos más próximos al “españolismo” en Cuba presionaban, por todos los medios, para mantener la situación sin cambios.

Martínez Campos se quejaba de esta actitud “no bien aprueban ustedes los artículos de la capitulación —decía a los diputados en el Congreso— y ya empiezan a poner cortapisas”.

Atacado por la oposición que le señalaba como instrumento del canovismo y defendido con tibieza por Cánovas, trató de llevar a buen puerto su proyecto de reformas. “Yo creo que si Cuba es poco para independiente es más que lo bastante para provincia española”, afirmaba decidido a superar un atasco de décadas en las relaciones entre los territorios de Ultramar y la España europea. Todo inútil, el 9 de diciembre de 1879, dimitió de sus cargos. Ante sus discrepancias con el propio Cánovas y, en especial, con Romero Robledo, que lideraban la mayoría conservadora en el Congreso, cedió el paso a un nuevo Gobierno encabezado por aquél.

Sin embargo, ya no se apartaría de la política hasta el fin de sus días, salvo muy relativamente en los momentos en que hubo de desempeñar algún servicio fuera de la Península. Admitido como senador vitalicio el 5 de junio de 1879, desarrolló una amplia trayectoria parlamentaria, a pesar de reconocer sus limitaciones oratorias frente a los grandes tribunos de su época.

Alejado de Cánovas, se integró en las filas de la “fusión” en mayo de 1880 constituida por un amplio espectro liberal que acogía a los constitucionales, centralistas, exconservadores y otros, con Sagasta como figura más destacada. Martínez Campos influyó, sin duda, en el ánimo de Alfonso XII a fin de que llamara al poder a esta formación. Así, el 8 de febrero de 1881, formó parte del primer gobierno encabezado por Sagasta, incluso interinamente desempeñó la presidencia del mismo en cuatro ocasiones hasta su caída en 1883. Desde luego fue un verdadero comodín en aquel gabinete donde le estuvo confiado el Ministerio de la Guerra, además de hacerse cargo, ocasionalmente, de los de Marina, por dos veces; Ultramar y Estado. En esta su segunda andadura gubernamental abordó una amplia serie de reformas militares dirigidas a mejorar la organización del Ejército. Pero, sobre todo, hubo de aplastar la insurrección republicana que llegó a estallar, en agosto de 1883, en Badajoz, Santo Domingo de la Calzada y Seo de Urgel.

Desde su salida del Gobierno alternó, como se ha dicho, la actividad parlamentaria con los destinos militares allí donde el momento requería su presencia; por lo general en todos y cada uno de los escenarios más difíciles, junto con alguno de mayor significado honorífico. El 14 de enero de 1884 fue nombrado presidente del Consejo Supremo de Guerra y Marina, aunque apenas cuatro meses después se le encomendó la jefatura del ejército del Norte; un puesto que ocupó hasta febrero del año siguiente. Tras un paréntesis de casi dos años, en los cuales se centró en sus tareas de senador, interviniendo en gran número de debates acerca de asuntos militares y promoviendo varias iniciativas, de otra naturaleza, como la impresión a cargo del Estado de las obras de Andrés Borrego, volvió a desempeñar un cargo militar importante: la Capitanía General de Castilla la Nueva, hasta junio de 1888.

A lo largo de la etapa que transcurre desde esa fecha hasta 1893, la batalla política constituyó el eje principal de las actuaciones públicas de Martínez Campos.

Su principal ocupación fue su puesto en el Senado, salvo el período de julio a noviembre de 1890, en que sustituyó a Blanco en el mando del distrito militar de Cataluña; y en el otoño de 1892 cuando se le confió la dirección de unas maniobras militares de gran fuste. El “turno” entre Cánovas y Sagasta continuaba funcionando con cierta normalidad, aunque pronto surgiría una serie de problemas que complicarían el devenir de la regencia de María Cristina. La situación, sobre todo a causa de la violencia anarquista, se hacía particularmente grave en Cataluña. El Gobierno presidido por Sagasta envió a Martínez Campos, como capitán general, a la Ciudad Condal, en marzo de 1893. En septiembre, un atentado estuvo a punto de acabar con su vida, durante un desfile militar por las calles de Barcelona. El autor, Paulino Pallás, fue fusilado el 6 de octubre y, en represalia, otro anarquista, Santiago Salvador, arrojó dos bombas en el Liceo, el 7 de noviembre.

Entre tanto, durante el verano del mismo año, la delimitación del territorio español en torno a Melilla había desencadenado graves incidentes que acarrearon la muerte del general Margallo. El hombre elegido para dominar la situación, combinando la firmeza con la diplomacia, volvió a ser Martínez Campos. El 25 de noviembre de aquel año fue nombrado general en jefe del ejército de operaciones en África y rápidamente restableció el orden en la zona. Restaba concluir el acuerdo oficial que sancionara la pacificación.

El 28 de diciembre de aquel año se le otorgó el cargo de embajador extraordinario y plenipotenciario, cerca de Su Majestad Sheriffiana para estipular el arreglo conforme a las reclamaciones de España, que se concretó el 4 de marzo de 1894.

Disuelto el ejército de África desempeñó algunos cargos burocráticos en el ámbito del Ministerio de la Guerra y, en febrero de 1895, se le designó embajador extraordinario para representar al Gobierno español en las honras fúnebres del archiduque Alberto de Austria. A renglón seguido se le nombró otra vez capitán general de Castilla la Nueva. Pero la guerra de Cuba, iniciada nuevamente por aquellas fechas, le iba a llevar a la Gran Antilla en un intento de reencontrar el camino de la paz. Nombrado capitán general y jefe del ejército de aquella isla se embarcó para tierras cubanas, en abril de 1895.

Cuando Martínez Campos arribó a Cuba, las partidas insurrectas tenían el control de gran parte del oriente de la isla y actuaban con fuerza en Las Villas, Camagüey y Matanzas. Dispuso el empleo de sus soldados con dos objetivos: proteger las ciudades y las explotaciones azucareras de la zona central de Cuba y tratar de evitar que la insurrección se extendiera hacia occidente. Desde el mes de mayo libró diversos combates con las fuerzas de los Maceo (José y Antonio) y de Máximo Gómez. Pero, a pesar de sus esfuerzos, en octubre este último pasó la trocha de Júcaro a Morón, que dividía la isla y dio comienzo la temida invasión hacia el Oeste. Antonio Maceo hizo lo propio y los mambises se hallaban en enero de 1896 a las puertas de La Habana. El fracaso de Martínez Campos era evidente y el Gobierno le sustituyó por el general Weyler.

El relevo le supuso un duro golpe personal. ¡Qué distinta ahora la salida de la isla respecto a aquella otra de menos de dos décadas antes! Casi a la vez que embarcaba en La Habana para La Coruña se le nombró presidente del Consejo Supremo de Guerra y Marina.

Aquel gesto, lejos de complacerle, provocó en él no poca amargura. Apenas instalado en Madrid, renunció a tal distinción y no volvió a ejercer cargo militar alguno.

Sus críticos se excedieron a veces en los ataques que le dirigieron y le tocó vivir algún incidente más desagradable que grave, como el que se suscitó con el general Borrero.

Tras la derrota de España ante Estados Unidos, volvió a intervenir en la Cámara Alta preocupándose, sobre todo, de la suerte de las tropas repatriadas de las Antillas y Filipinas y su peripecia parlamentaria culminó con la presidencia del Senado para la legislatura de 1899-1900, un cargo que ya había ocupado anteriormente en las legislaturas de 1885-1886 y 1891. La muerte le sorprendió en este puesto. A lo largo de su carrera militar y política había recibido numerosas condecoraciones, españolas y extranjeras, entre ellas, además de las ya citadas, la Cruz de Caballero de la Orden Americana, de Isabel la Católica, Cruz de Comendador de Isabel la Católica, la Cruz de 2.ª Clase y dos Grandes Cruces del Mérito Militar; la Cruz y Gran Cruz de San Hermenegildo, la Encomienda de Carlos III, dos Cruces y Gran Cruz de San Fernando; Medalla Conmemorativa del Sitio de Bilbao, Medalla de la Guerra Civil de 1873 y 1874; Medalla de África; Medalla de Alfonso XII; caballero del Toisón de Oro; Gran Cruz de la Legión de Honor (Francia); Gran Cruz de la Orden de Leopoldo (Austria); Gran Cruz de la Orden de la Torre y la Espada (Portugal), etc. Además, su hijo Ramón fue ennoblecido como duque de Seo de Urgel (con Grandeza de España, 26 de octubre de 1891), en honor de los méritos de su padre. Asimismo, tras la muerte de Arsenio Martínez de Campos en 1900, el 30 de mayo de 1902 se concedió a su viuda el título de marquesa de Martínez de Campos con Grandeza de España en su memoria.

Apenas seis años después de su fallecimiento, y por iniciativa del marqués de Cabriñana, se le erigía el monumento, obra de Benlliure, que se halla instalado en el madrileño parque del Retiro.

 

Bibl.: Bonitas guajiras que cantan los soldados habaneros: dedicadas al General Martínez Campos; y Tango cubano, Madrid, Imprenta de la Calle del Casino, 1878; A. N avarro Martín, Opúsculo sobre la pacificación de Cuba: acompañado de todos los datos a ella concernientes, así como los festejos de la paz y biografía de su ilustre pacificador el Excmo. Sr. Capitán General del ejército D. ~, México, Imprenta Políglota de Carlos Ramiro, 1878; Historia militar del valiente general caudillo, Excmo. señor don ~ [...], Madrid, Despacho, Juanelo 19, 1880 (ed. facs. Valencia, Librerías París-Valencia, 1995); VV. AA., Exposición presentada al Excmo. Sr. Gobernador General de la isla de Cuba, D. ~, por buen número de comerciantes de la Habana, solicitando sean regularizados los impuestos que gravan las bebidas espirituosas, La Habana, Imprenta Ruiz y Hermanos, 1895; J. Ibáñez Marín y Marqués de Cabriñana, El general Martínez Campos y su monumento, dibujos de M. Benlliure, Madrid, Tipografía El Trabajo, 1906; E. de Diego, Weyler, de la leyenda a la historia, Madrid, Colección Veintiuno, 1998; J. Arencibia de Torres, Diccionario biográfico de literatos, científicos y artistas militares españoles, Madrid, EyP Libros Antiguos, 2001; P. Solís Martínez-Campos, Martínez Campos y la cuestión cubana, Madrid, Gráficas Jostom, 2009.

 

Emilio de Diego García