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Juan Prim y Prats

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Biografía

Prim y Prats, Juan. Conde de Reus (I). Reus (Tarragona), 6.XII.1814 – Madrid, 30.XII.1870. Militar y gobernante.

Hijo varón de un matrimonio con dos descendientes, no cursó estudios reglados pese a la condición relativamente acomodada de su familia, transcurriendo su infancia y adolescencia en un Reus que sentaba las bases de su prosperidad ulterior y en cuyo ambiente comenzó a alcanzar fama de líder enérgico y valiente por su dominio sobre las pandillas juveniles de la dinámica ciudad. Con muy escasa formación por la irresponsabilidad de su maestro de primeras letras, habría de lamentarse ulteriormente de ello como lastre para su visión de estadista y aún para la misma vida ordinaria.

Antiguo capitán durante la Guerra de la Independencia, el notario Juan Prim —de fuertes convicciones liberales— mandó un batallón de miqueletes —Tiradores de Isabel II— reusenses constituido por instigación del capitán general Llauder apenas iniciado el conflicto carlista. Alistado su hijo en él a título de soldado distinguido, sin tardanza comenzó a dar muestras de innatas dotes castrenses y una valentía tan temeraria como espectacular, conforme, tiempo adelante, le sería reprochado por algunos de sus numerosos adversarios.

Muerto muy pronto su padre a consecuencia de la epidemia de peste que por entonces, tras haber diezmado el mediodía y centro peninsulares, estragara al Principado catalán, méritos contraídos en el campo de batalla le valieron rápidos ascensos, después de que las autoridades rechazaran su solicitud de traslado al frente vasco. Cruel y bárbara en varios de sus episodios catalanes, Prim sería uno de los combatientes por los que la Primera Guerra Carlista se aquistase merecidamente tan triste celebridad. A su término, con veinticinco años, gozaba ya de un gran prestigio como jefe audaz y de ferocidad implacable, codeándose en plan de igualdad con los soldados de origen profesional que se tallaran una deslumbrante carrera a lo largo de la sangrienta contienda fratricida.

La ilimitada confianza en sí mismo y el ahincado espíritu de cálculo que, junto a una ambición desbordada, constituyeran los ejes de su personalidad, determinarían que el teniente coronel Prim aspirase, una vez concluido el conflicto, a capitalizar políticamente la aureola que ya le envolvía en su región natal. La guerra había confirmado el papel esencial que el Ejército representaba en el nuevo régimen y Prim estaba dispuesto a jugar a fondo las cartas ofrecidas por el destino. De ahí, que, tras una breve y exitosa estancia en 1841 en Andalucía como subinspector de Carabineros, fuese elegido en el mismo año como diputado por Tarragona en las primeras Cortes esparteristas, con plena conciencia de las bazas que debiera utilizar para su triunfo en la vida pública. Enaltecedor de los valores y glorias de una tierra en la que por entonces se iniciara ya, con poderoso vuelo, el fenómeno capital de la Renaixensa, identificado en política con las corrientes progresistas no obstante su afección profunda y nunca desmentida por el principio de autoridad, su vela de armas parlamentaria tuvo como norte la ardida defensa de los intereses económicos del Principado y la defensa a ultranza de la regencia esparterista.

Enfrentadas una y otra posturas por la política anticatalana, Prim no vaciló en discrepar de la actitud de fuerza adoptada por el general manchego ante el Principado y censurar ásperamente el bombardeo de Barcelona por sus tropas —noviembre de 1842—.

Voluntaria y pasajeramente expatriado en París, entró en capital de Francia en contacto con el núcleo de la oposición militar y civil antiesparterista constituido en ella. Vuelto, no obstante, pronto a España por la renitencia que le provocara dicho ambiente, ocupó de nuevo su escaño en el Congreso, sin que tardara en reafirmarse su repudio hacia el régimen esparterista.

Su capitanía de la revuelta reusense contra el duque de la Victoria a finales de mayo de 1843 conoció una trayectoria espectacular por lo sorprendente, según habría de acaecer varias veces en la biografía del soldado y gobernante catalán. Aclamado en un principio por sus coterráneo, no tardó en ser denostado al comprender los mismos el grave peligro en que había colocado a su ciudad —desprovista de toda suerte de defensas— al pretender convertirla en un bastión frente a las numerosas y aguerridas tropas del general Zurbano, su condescendiente conquistador. Pese al fiasco en su ciudad natal, pocos días después la también sublevada Barcelona lo recibió en triunfo, otorgándole la Junta Suprema allí radicada los empleos de coronel y brigadier, ratificados casi inmediatamente en Madrid, en la que entrara apenas unos días más tarde a la cabeza de cuatro mil voluntarios de Cataluña.

El viaje fue de ida y vuelta. Gobernador militar de Madrid en la difícil coyuntura del despegue de una situación nueva, el movimiento de protesta surgido a mediados de agosto en Barcelona y otros núcleos urbanos del Principado —Gerona, Sabadell, Figueras...— a consecuencia de unas expectativas insatisfechas —englobado bajo el nombre de la Jamància—, determinaría su designación para el mismo cargo en la Ciudad Condal. Después de un frustrado intento de avenencia y conciliación de su lado, estallaron las hostilidades. Concluidas en Barcelona a finales de septiembre, trasladáronse luego hacia el norte de la región hasta los inicios de enero del siguiente año, en que, con la caída de Figueras, se dio por finalizada una campaña en la que su jefe sería nombrado mariscal y título de Castilla con la denominación de conde de Reus y vizconde del Bruch. La inserción de Prim en el establishment moderado, una vez deshecha la coalición antiesparterista con la airada y controvertida defenestración de Olózaga de la presidencia del Consejo de Ministros, era una plena realidad.

Sin embargo, los recelos que despertaban sus resabios progresistas y su indisimulable ambición fueron la causa de que, rechazado el Gobierno Militar de Ceuta y regresado en octubre de 1844 de una corta estancia en el extranjero, se viese acusado, previa mendaz denuncia de un antiguo camarada de armas, de participar en un complot contra Narváez. A punto de embarcarse en Cádiz rumbo a las Marianas para cumplir una deportación de seis años —condena del tribunal que le juzgara por un delito de homicidio frustrado—, el mismo duque de Valencia logró su indulto. Establecido de cuartel en Écija, la estadía en la ciudad astigitana fue muy corta por su pronto traslado a Madrid y, poco después, a varios países europeos, de los que regresaría —a socaire de la famosa amnistía del gabinete puritano de Pacheco— a España, también por muy escaso tiempo. Debido en particular a la amistad que le profesara su indesmayable admirador el general Fernández de Córdova, ministro de la Guerra por aquel entonces, en octubre de 1847, vio materializado uno de sus grandes anhelos al ser nombrado capitán general de Puerto Rico. Agobiado invariablemente por asuntos crematísticos —su derrochador tren de vida y su invariable deseo de hacer lucrativos negocios estuvieron siempre bien acreditados— e impaciente por usufructuar un alto cargo para consolidar su cursus honorum gobernante, Prim acogió la noticia alborozadamente, conforme testimonio de la muy curiosa y sugerente correspondencia que durante largo tiempo sostuviera con su madre: “[...] las ventajas para el capitán general son bastantes: manda en jefe y se parece a un Virrey”.

No resultara, pues, extraño que el año en que rigiera la isla fuese noticia asidua en España y fuera de ella. Despectivo con la negritud, partidario de los medios expeditivos para atajar cualquier conato de alzamiento del lado de la población esclava —famoso bando conocido como “Código Negro”—, aniquiló a sangre y fuego las mínimas tentativas de rebeldía registradas bajo su mandato, al paso que colaboraba muy intensamente en el aplastamiento inmisericorde de los focos brotados en la cercana colonia danesa de Santa Cruz. Falto de prudencia, la polémica escoltaría su etapa puertorriqueña, ocasión fallida para modelar en la sociedad metropolitana el perfil de eficaz administrador y prudente político a que de largo tiempo antes aspirase, como escalón imprescindible para la carrera en el escenario público que tanto le sedujera.

Regresado a la Península, Prim regresó también, imprevisiblemente para sus adversarios, al Congreso de los Diputados de la mano de los caciques de su tierra, con los que ahora anudaría un lazo tan estrecho que no se desataría hasta su trágico asesinato. El cálculo político y el afán de fortuna material entraron en ello a partes iguales. La vuelta —igualmente medida milimétricamente— al redil del progresismo más aseado y conformista facilitó el comienzo de la reconciliación con unas elites reusenses de acendrada prosapia liberal, compatible, bien se entiende, con su capitalismo salvaje y esnobismo social. Tal vez formara parte del último su ingreso en la Masonería que, según varias fuentes, se efectuó en estas fechas del arranque de la década de 1850 tan decisiva en los anales de la historia española ochocentista. Su afiliación y militancia en la famosa sociedad han dado lugar a las más variadas interpretaciones, rayanas, a las veces, con lo fantástico, por lo que no son susceptibles por lo común de análisis esclarecedores, debiéndose no obstante registrar el hecho, de innegable aunque, hasta el instante, imponderable relevancia. Salido del poder su apasionado adversario Narváez tras su larga permanencia en él por vez tercera, Prim, al igual que éste, fue instado por Bravo Murillo para marchar al extranjero, a fin de que la licencia por ampliación de estudios disfrazara el temor del político extremeño y sus sucesores al protagonismo de tan inquietantes figuras. Por dos veces visitó Prim el teatro de batalla —en especial, el búlgaro— entre rusos y turcos en los prolegómenos de la Guerra de Crimea, con muestras de gratitud del lado otomano por la inclinación que evidenciara por su causa. Como resultado de sus experiencias dio a la luz un libro con repercusión internacional, Memoria sobre el viaje militar a Oriente en 1853, para seguir y estudiar las operaciones entre Rusia y Turquía.

Su calculada ambigüedad e indiscutible destreza para situarse en una lábil frontera entre progresismo y moderantismo volvieron a dar su fruto con su nueva elección para representar a Barcelona en las Cortes del bienio esparterista. En los comienzos de la andadura de tan famosa como polémica Asamblea tuvo la posibilidad de reiterar sus puntos de vista acerca de temas domésticos y otros más encumbrados con una oratoria que revelaba al hombre de acción y al político dotado de una cualidades intuitivas dignas de sana envidia. Alcanzada finalmente la cumbre de la Milicia con el nombramiento de teniente general, fue éste de 1855 un annus admirabilis en la biografía de Prim. Después de una vida sentimental tan intensa como primaria se casó en dicha fecha con la acaudalada dama mexicana Francisca Agüero González, circunstancia que no calmaría, sin embargo, el aurívoro planteamiento de buena porción de su existencia.

La cúspide del generalato le relacionara con un tema de honda incidencia en su peripecia posterior.

Encargado de la capitanía general de Granada, llevó a la victoria en dos ocasiones a las tropas españolas residenciadas en Melilla y hostigadas incansablemente por los rifeños. Las cañas volvieron a tornarse lanzas en su novelesca biografía cuando, a poco de terminar el bienio progresista, su amigo O’Donnell fue sorpresivamente reemplazado por Narváez a la cabeza del gobierno. Imputado de injuriar a éste en la prensa, el destierro semestral en Alicante a que fuera condenado se encontró fortuitamente muy acortado por la clamorosa representación de sus coterráneos en el Congreso.

Impedido de hacerse cargo de su responsabilidad como padre de la patria por especiosas razones, su ingreso en la Cámara legislativa sería definitivamente en el Senado, por directa designación del primer gobierno de la Unión Liberal.

La Guerra de Marruecos marcó uno de los vértices de la biografía del marqués de los Castillejos. Y otra vez en ella, todo se desarrolló en desacuerdo con el guión previsto o previsible. Aceptado reluctantemente su mando en el cuerpo expedicionario debido a su madrugadora e insistente denuncia del “peligro” de las cábilas del Rif y aún del mismo imperio cherifiano para los asentamientos españoles, le sería otorgada la dirección de la reserva, a la que, a última hora, se incorporó el batallón de voluntarios catalanes puesto en pie por la Diputación barcelonesa. Sus cuatro compañías decidieron la toma de Tetuán, abierta a las tropas españolas tras la muy célebre batalla de los Castillejos. El arte y las letras —fundamentalmente, Pedro Antonio de Alarcón y el reusense Mariano Fortuny en vena de aciertos— acompañaron a cimentar sólidamente su fama y, con ella, la de su héroe. Así, la por él denostada África convirtióse en el sillar más firme de fama. Pues, en efecto, a raíz de la guerra de 1859-1860 Prim devino, ciertamente, en un personaje mítico, con una leyenda que ya comenzó a traspasar las fronteras de su nación. E, incluso la propaganda religiosa tejida en torno a ella, sirvió para que los elementos conservadores aceptasen a un personaje que se apresuraba a descepar sus sentimientos anticlericales, volviendo a la ruta trazada en una niñez en la que ejerciera como monaguillo por más de un decenio...

La memorable jornada teutaní y sus secuelas hicieron de Prim —Grande de España de 1.ª Clase con el título de marqués de los Castillejos— el general más moderno y de mayor proyección ciudadana entre todos los isabelinos. Con la ayuda de plumas y pinceles notables cinceló cuidadosamente sus perfiles de caudillo democrático en el que el pueblo podía confiar así como también, por su fortuna económica, energía y decidido monarquismo, las clases dirigentes.

La guerra pero también la política labraban los rasgos definitivos del héroe castrense que, junto a Espartero, más simpatía y eco suscitasen en un pueblo y en una sociedad que, puestos a descreer, incluso olvidaron la damnatio memoriae a que se vio condenado durante veinte años en su propia tierra a consecuencia de la drástica represión de la Jamància.

Según se ha reiterado, conforme a la falsilla habitual en la trayectoria del personaje, no pocos argumentos —y de toda especie...— se han barajado para explicar la capitanía de la expedición militar española al México de Benito Juárez. Y, también como de ordinario, los económicos figuran en vanguardia: la familia de su esposa mantenía relaciones múltiples con el ministro de Hacienda azteca José González Echeverría.

Al margen de ello, es lo cierto que en esta nueva aventura internacional de unos gobiernos como los de la Unión Liberal embarcados en una política de prestigio tanto prodigaron, las cualidades políticas de Prim no desdoraron las castrenses exhibidas en el conflicto marroquí. Pese a su compromiso en la empresa, pronto acertó a comprender que las inembridables pretensiones de Napoleón III de restablecer la Monarquía en México en la persona de Maximiliano de Austria, hermano del emperador Francisco José, abocaba ineluctablemente al fracaso a una expedición ideada como operación a la vez de “castigo” y poder.

En total sintonía con el representante británico antes y después de la conferencia de Orizaba tenida por ambos con un emisario de Juárez —el ya citado González Echeverría—, el cuerpo expedicionario español sería repatriado a La Habana desde Veracruz por la propia escuadra británica, ante el escándalo de un amplio e influyente sector de la opinión pública nacional.

Únicamente la resuelta actitud a su favor de la reina Isabel evitó a Prim consecuencias enojosas de tan pandereteada empresa. Su inmediata designación como senador vitalicio refrendaba la protección real.

Dicho talante regio explicaría a su vez parte del lento ritmo que imprimiera Prim a su tránsito hacia una resuelta postura antidinástica una vez desaparecida la primera etapa unionista al frente de los destinos del país. Pese a la inescrupulosidad de su conducta, la nobleza no estuvo ausente de ella, como la consecuencia doctrinal que le llevara a mantener inhiestas hasta su fin la creencia en la Monarquía como la fórmula idónea para el regimiento de su patria.

Ésta se erigiría en polo magnético de su trepidante actividad desde que a partir de la manifestación de fuerza de un progresismo comenzado ya a liderar incontestablemente por la “espada de los Castillejos”, hiciera en el famoso banquete de los Campos Elíseos madrileños el 3 de mayo de 1864. Pero no obstante la persecución —en ocasiones arbitraria y en todo momento al borde de la ley— de que fuese objeto por los ministerios isabelinos —desechada ya definitivamente por la Soberana el progresismo como partido de gobierno—, hasta las vísperas mismas de la Gloriosa no desaprobó formalmente a la dinastía borbónica como única legitimada para sentarse en “el trono de San Fernando”. En los muchos pronunciamientos que abanderase en el bienio 1865-1867, nunca el derrocamiento de Isabel II se descubrió como objetivo.

Sí lo fue, como resulta harto sabido, en el de la Revolución de septiembre de 1868 que halló en el militar catalán su líder y guía indiscutido. El ciclo ahora abierto del Sexenio democrático registró en el calendario de la historia española el momento estelar de una de sus figuras de proa. Hasta su alevoso asesinato Prim llenará la crónica menuda y grande y, muerto, se identificará al ebullente período con él. Y, acaso más llamativamente, la historiografía hispana mostrará uno de sus escasos escenarios de unanimidad en la elevada cotización de la acción gobernante del que será calificado de manera casi generalizada el “estadista” catalán. Esta última consideración —la de su oriundez— se manifestará sin duda relevante a la hora de tal juicio por el vehemente deseo de los autores al sur del Ebro de exaltar a un personaje que nunca encontró dificultad para conjugar el sentimiento telúrico y regional con el nacional.

Hombre fuerte de la situación, Prim dejó que Serrano ocupase la presidencia nominal del primer gobierno de la “Septembrina” para consagrarse desde la cartera de la Guerra a la solución de los más perentorio, problemas que, en el otoño de 1868, atañerían esencialmente a la pacificación del país, atravesado de violencia ácrata y, con menor extensión, carlista. Bien que muy disminuida tras la anulación de los focos anarquistas de Andalucía y carlistas de Navarra, la endémica atmósfera habría de perpetuarse hasta el asesinato de Prim. La geografía cubana era también presa de un clima bélico que, por primera vez, se vertiría en un conflicto abierto con la metrópoli. Alentados los independentistas por los Estados Unidos. Elevado a la cabeza del Gobierno español una vez proclamada la Constitución de junio de 1869 y convertido Serrano en regente, Prim se afanó por poner punto final a una situación que se venía arrastrando desde treinta años atrás. Toda suerte de infundios y mezquindades se utilizaron para descalificar una política que no descartaba, antes al contrario, la independencia para la Gran Antilla. Reprobables e inexistentes desde todo punto motivos dinerarios se enrostraron contra la lúcida postura de Prim en el pleito antillano. En todo momento estuvieron ausentes de su inteligente estrategia cara al porvenir de la isla su venta pura y simple a Norteamérica.

La autonomía como primer paso de una andadura encaminada —conforme al reciente ejemplo de la Conmowealth— a la soberanía un día de la “perla del Caribe”, centró y drenó las muchas energías gobernantes que Prim dedicase a un tema mayor de su frenética actividad. Pese a que ésta agravó su vieja dolencia hepática, ni siquiera su tradicional estadía veraniega en Vichy le serviría, apenas estrenada la presidencia, de descanso en dicha tesitura. Las tensas conversaciones en el famoso balneario con Napoléon III remecieron hondamente su preocupación por “hallar un rey” para que, conforme a lo establecido en la Carta Magna, se sentara en el Trono de España. Por última vez ya, la infamia no se detuvo a la hora de atribuir al general tarraconense los más nefandos móviles en la vasta operación de Estado que emprendiese para “coronar la obra de Revolución”, convencional pero expresivo giro empleado en la época como obscura intuición de la fórmula política en que el caudillo de la Gloriosa aspirase a encerrar toda su política al frente del país. Su reluctancia ante el conocido cuadro de Henry Regnault, en el que sólo se contiene el primer término del binomio libertad y orden, democracia y autoridad, resultará bien elocuente de su desiderata gobernante. Como ya se dijese por boca singularmente del plenipotenciario napoleónico en la expedición mexicana de finales de 1861 al acusarle de secretas aspiraciones personales respecto al porvenir de la nación azteca, de igual manera una década posterior se atribuyó la danza interminable por las cortes europeas en procura de un monarca para la ingobernable España a los íntimos cálculos de Prim, que no eran otros que encaramarse él al sitial regio...

En puridad, sin embargo, toda su actuación depone nítidamente en contra de tal versión, muy alimentada por los poderosos partidarios del declarado candidato duque de Montpensier y, singularmente, por él mismo, despechado de la hábil conducta por la cual Prim le mantuviese inflexiblemente lejos de poder presentar su opción en las Cortes. Conocedor, efectivamente, de que el edificio construido por la Septembrina y aún su propia obra de gobernante quedarían truncados sin un titular de la Corona, no hubo Corte europea que no visitaran sus emisarios. Si en esta cansina ronda, al recalar en la familia reinante en la rutilante Prusia, el emperador francés perdió los nervios y se enzarzó en imprevisora contienda con la Alemania de Guillermo I, fue lance de la exclusiva responsabilidad de un Napoleón muy mermado ya en sus capacidades gobernantes por el cáncer renal que padeciera desde hacía algún tiempo.

No por ello sus enemigos internos y adversarios foráneos dejarían de aprovechar los acontecimientos preliminares de la contienda franco-germana para criticar las imprudentes maniobras diplomáticas de Prim colocando a Europa al borde del precipicio...

Alcanzaban su apogeo dichos réspices, cuando, avanzado el otoño de 1870, el duque de Aosta, el príncipe saboyano Amadeo, hijo de Víctor Manuel II, aceptaba la propuesta de 191 diputados españoles de convertirse en rey de la nación. En las últimas horas de aquel año, en la espera algo impaciente de la inmediata llegada del bienintencionado Monarca a Madrid, Prim sufría un atentado mortal, a consecuencia del cual no tardaría en extinguirse vida tan colmada y desbordada como la suya. Primer magnicidio en la historia española contemporánea, sus auténticas causas y verdaderos inductores todavía no han recibido el consenso de la historiografía más fidedigna. Paúl Angulo como jefe de la pandilla de facinerosos que lo arcabucearon y el duque de Montpensier como cerebro del crimen imantan, a la fecha, el acuerdo de los investigadores más solventes.

 

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José Manuel Cuenca Toribio