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Estanislao Figueras y Moragas

Biografía

Figueras y Moragas, Estanislao. Barcelona, 13.XI.1819 – Madrid, 11.XI.1882. Abogado y político, primer presidente de la Primera República Española.

Comenzó sus estudios en Valls y los continuó en Barcelona. Para realizar los superiores se trasladó a la Universidad de Cervera, donde se graduó en Derecho en 1844. Comenzó a ejercer como abogado en Tarragona, y logró destacar en el ejercicio de su profesión.

Estuvo casado dos veces (su primera esposa fue Josefa Serrano), pero no tuvo descendencia de ninguno de estos matrimonios.

De ideas liberales avanzadas, empezó su carrera política muy joven, afiliándose en 1840 al Partido Progresista; sin embargo, como no se hallaba del todo satisfecho, participó en la creación del Partido Demócrata.

Por aquellas fechas, el grupo tenía una ideología vaga y se hallaba muy dividido sobre las tácticas políticas que debía emplear, pero los ideales de Figueras eran ya claramente republicanos. Durante el Gobierno del general Espartero, en consideración a la significación progresista de éste, se resistió a enfrentarse abiertamente con su política, por lo que sus relaciones con los partidarios de la República se deterioraron.

Con ocasión del estallido de la Revolución de 1848 en diversos países europeos, se trasladó a Madrid para colaborar, en representación del republicanismo, en el movimiento revolucionario, preparado en España por el liberalismo más radical. Fracasado el intento, se retiró por un tiempo de su dedicación a la política, dejó Madrid y regresó a Tarragona, donde se reincorporó al ejercicio de su profesión de abogado, pero pronto volvió a la actividad política y logró un puesto de diputado en las Cortes de 1851, por Tarragona, en representación del republicanismo. Componían el grupo republicano en el Congreso cuatro diputados, Figueras, Lozano, Orense y Jaén, grupo muy pequeño, pero que desarrolló una oposición muy activa y tenaz.

Aunque al principio a Figueras le costaba mucho hablar en público, muy pronto destacó en su tarea como parlamentario, cobrando fama de brillante orador político, hábil polemista, táctico astuto y menos dogmático que otros intelectuales republicanos.

La Revolución de 1854, un pronunciamiento de generales apoyado por políticos civiles y que propició una revuelta popular —elemento que le dio el carácter de una revolución democrática nacional—, le proporcionó a Figueras una nueva oportunidad de significarse. Formó parte de la Junta Revolucionaria de Tarragona y, tras el éxito de la Revolución de julio, fue elegido diputado para las Cortes Constituyentes.

Fue uno de los veintiún diputados que el 30 de noviembre votaron contra la Monarquía de Isabel II.

Sin embargo, su primera intervención en aquel Parlamento fue para protestar contra el magnicidio frustrado cometido por el cura Merino contra la Reina, hecho que fue utilizado por sus adversarios, en diversas ocasiones, para cuestionar su credo republicano.

A partir de entonces trasladó su residencia a Madrid y abrió un bufete de abogado, que desarrolló gran actividad y gozó de mucho prestigio. En las elecciones de 1862 obtuvo acta de diputado por Barcelona y en aquellas Cortes, con la colaboración de su correligionario Nicolás María Rivero, mantuvo una dura oposición al Gobierno, entonces la Unión Liberal de Leopoldo O’Donnell. En las elecciones de 1865 fue de nuevo elegido diputado, en esta ocasión por la circunscripción de Mataró, y continuó su oposición contra el Gobierno y contra el régimen monárquico.

En esa época ya se había convertido en figura principal de la creciente oposición republicana, junto a otros destacados políticos como Salmerón, Castelar y el también catalán Pi y Margall, entonces gran amigo suyo.

Participó en los movimientos revolucionarios de 1866 a 1868. Como resultado del pronunciamiento de 1866 fue detenido junto con Nicolás María Rivero, siendo encarcelado primero en el Saladero y después trasladado a Pamplona en 1867. Finalmente, se le desterró a Avís, pero no permaneció allí mucho tiempo, por no resultar ningún cargo contra él en los tribunales.

Al triunfar la Revolución de 1868 y producirse el destronamiento de Isabel II, se consagró a luchar por la instauración de la República. En noviembre de ese año fue elegido miembro del comité encargado de la dirección del Partido Republicano, que sustituyó entonces al viejo Partido Democrático. En esta elección sólo el veterano republicano José María Orense, marqués de Albaida, le superó en votos. Permaneció en el directorio hasta 1873, contándose entre los llamados “benévolos”, en contra de los “intransigentes”, partidarios de la insurrección. Su acción política la desarrolló primero en la prensa, pues en noviembre de aquel mismo 1868 fundó y dirigió La Igualdad, que llegó a ser el principal periódico republicano y desde cuyas páginas mantuvo apasionadas campañas a favor de la República federal. Después actuó otra vez desde la tribuna parlamentaria, ya que fue nuevamente elegido diputado para las Cortes Constituyentes de 1869 por cuatro distritos: Barcelona, Tortosa, Vic y Madrid.

Su larga experiencia parlamentaria y sus notables dotes oratorias le llevaron a encabezar la minoría republicana en estas Cortes. Sus ataques contra el régimen monárquico eran continuos. Roque Barcia decía de él: “Su práctica parlamentaria, su habilidad admirable para sacar partido de los más insignificantes pormenores de las sesiones, y las inspiraciones del momento, que tenía siempre a mano para desconcertar a los adversarios, le hicieron uno de los más temibles adalides de la cámara”. Se manifestó partidario de la insurrección federal que estalló en septiembre de 1869 y que fracasó estrepitosamente casi al punto de ser iniciada. La evolución de Rivero hacia la Monarquía le permitió compartir la jefatura del Partido Republicano con Pi y Margall y Castelar. Reelegido diputado en 1870, incrementó su oposición parlamentaria hasta el punto de bloquear prácticamente su función legislativa. Ocupó, nuevamente, un escaño parlamentario en 1871 y lo mantuvo en las dos elecciones efectuadas en 1872.

La abdicación de Amadeo de Saboya, tras la crisis suscitada por Baltasar Hidalgo y la disolución del Cuerpo de Artillería, dejó abierto el camino para la instauración de la República, que tuvo más que ver con los planes de Rivero y Figueras que con la fuerza del movimiento republicano, relativamente débil. El radical Rivero, desde la presidencia del Congreso, pretendía ser la figura clave de la crisis política, de la que esperaba salir convertido en presidente de la Primera República, pero su exceso de ambición frustró sus planes. En cambio, Figueras, como dirigente de la minoría parlamentaria republicana, desempeñó un importante papel, que resultó decisivo y le convirtió en el nuevo jefe del Estado.

A propuesta de Rivero se reunieron las dos cámaras, Senado y Congreso, en Asamblea Nacional y ésta aceptó la abdicación del Rey. En la misma sesión, ya de madrugada, se proclamó la República como forma de gobierno de España, el 11 de febrero de 1873, siendo elegido Figueras primer presidente al día siguiente.

Como señala Raymond Carr: “Así consiguieron su República ‘legal’ incruenta los dirigentes republicanos. Sacrificaron la proclamación inmediata de una República Federal a su prurito de escrupulosidad democrática. Se trataba de una decisión que sólo podían tomar unas Cortes Constituyentes. En realidad era el precio que pagaban por el apoyo radical; los radicales se avenían a una república unitaria, pero no a una república federal”.

Se formó inicialmente un gobierno de coalición, presidido por Figueras, en el que entraron republicanos como Emilio Castelar en el Ministerio de Estado, Francisco Pi y Margall en Gobernación y Nicolás Salmerón en Gracia y Justicia; radicales como José Echegaray en Hacienda, el general Córdoba en Guerra, Beranger en Marina y Becerra en Fomento; progresistas, como Francisco Salmerón en Ultramar.

A pesar de ser federalista por convicción desde hacía tiempo, al llegar al poder Figueras adoptó una actitud “legalista” y no quiso imponer la República federal desde arriba, pues consideraba que, como jefe del Estado, debía permanecer neutral, hasta que unas elecciones democráticas dieran lugar a unas Cortes Constituyentes libremente elegidas, resultado de la fuerza de la opinión republicana federal, que esperaba fuese mayoritaria, y de la que se derivaría la tan deseada República federal. Su imparcialidad llegaba hasta el extremo.

Como proclamó en su discurso de Barcelona el siguiente 12 de marzo, la simple declaración de sus convicciones ya le parecía una “violación de la neutralidad”.

Para garantizar el proceso estaba dispuesto a actuar con firmeza contra la impaciencia de sus propios correligionarios.

Aunque llegó al cargo de presidente avalado por su larga lucha política a favor de la instauración de la República en España, por su gran prestigio como abogado y por su incuestionable honradez personal, Figueras no tuvo éxito en su cometido, entre otras circunstancias, por las dificultades de toda índole que representaba el nuevo régimen y, en menor medida, por querer evitar el autoritarismo en su forma de gobierno, hecho que el conde de Romanones, uno de sus escasos biógrafos, tachó de “cobardía cívica”. Su corto mandato estuvo lleno de problemas. La primera crisis fue provocada por los radicales el 24 de febrero y ocasionó la salida del Gobierno de los cuatro ministros de ese grupo. Se impuso el criterio de que la República debía ser para los republicanos; se mantuvo en sus carteras a Castelar, Pi Margall y Nicolás Salmerón; fueron designados para ocupar los ministerios de Fomento, Hacienda y Ultramar los republicanos Eduardo Chao, Juan Tutau y J. Sorní, respectivamente, y se limitó la representación radical a dos únicos ministros, los de Guerra y Marina: el general J. Acosta y J. Oreyro.

La siguiente crisis derivó de la impaciencia de los federalistas catalanes, que, al ver que la Asamblea Nacional no se disolvía de inmediato, decidieron no esperar más. El 8 de marzo, Figueras hubo de hacer frente a la proclamación en Barcelona del Estado catalán por los republicanos federales de Baldomero Lostau, apoyados por algunos de los principales dirigentes obreros de la Primera Internacional. Aprovechando su influencia sobre el republicanismo catalán, derivada de su amistad con Valentí Almirall, catalanista, y con José Rubau Donadeu, su secretario particular, próximo a la Internacional, viajó a Barcelona y, mediante las negociaciones mantenidas el 12 y el 13 de marzo, consiguió frenar el intento y calmar los ánimos, a cambio de prometer la retirada del Ejército del territorio catalán. Pero esta decisión tuvo consecuencias muy negativas, favoreciendo varias victorias de los carlistas, que culminaron con la toma de Berga a finales de marzo, y la desconfianza de la burguesía, cuyos intereses y aspiraciones eran muy distintos de los de los sectores intransigentes, relacionados con los batallones de voluntarios y con los obreros internacionalistas.

Tampoco logró Figueras evitar ni controlar los tumultos que surgían en Madrid y en múltiples lugares de España y los continuos enfrentamientos en el seno del propio Gobierno, en especial aquellos días los originados por los radicales. El 22 de marzo se disolvió la Asamblea después de fijar las elecciones para los días 10 y 13 de mayo y convocar Cortes Constituyentes para el 1 de junio. La convocatoria de elecciones se hizo de acuerdo con una nueva Ley electoral, que ampliaba el derecho de sufragio a todos los españoles varones mayores de veintiún años, para dar con ello cumplimiento a la tradicional promesa del Partido Republicano de otorgar el voto a los jóvenes, de quienes se esperaba una opción política radical, favorable a la consolidación del nuevo régimen.

Entretanto había de funcionar una comisión permanente, que fue el reflejo de la distribución de los partidos en las Cortes y en la que los radicales tenían mayoría. La táctica de esta institución fue la de hostigar continuamente al Gobierno y criticarlo duramente por su incapacidad de mantener el orden. Y, finalmente, justo cuando Figueras estaba ausente del Gobierno por la muerte de su esposa y Pi y Margall ocupaba interinamente la presidencia del Ejecutivo, la comisión intentó un golpe de Estado. Los cimbrios —los antiguos radicales— se oponían absolutamente a una República federal. Cristino Martos, el dirigente radical, era partidario de una República conservadora, unitaria y laica, por lo que trató de reorganizar a la Coalición de Septiembre en torno al Partido Radical, empeñado en derrotar al federalismo para “restablecer la unidad de la nación”.

Al fracasar en el intento de evitar la convocatoria de unas Cortes Constituyentes, la alternativa fue tratar de dar un golpe conservador-radical, con la ayuda de algunas secciones de la Milicia nacional y fuerzas del Ejército. El 23 de abril, los conspiradores intentaron convocar las Cortes ordinarias, derribar al Gobierno y reunir las secciones conservadoras de la Milicia en la plaza de toros de Madrid. El plan fracasó. El Gobierno actuó con energía, especialmente Pi y Margall desde el Ministerio de la Gobernación. La comisión permanente fue disuelta el 24 de abril. La Milicia fue desarmada y los hombres enviados a casa. Se salvó el proceso hacia la República federal, pero al precio de apartar a los radicales y a sus seguidores de la “órbita republicana”. La Coalición de Septiembre se retiró de la actividad política y los implicados en la conspiración hubieron de exiliarse.

Figueras desempeñó la jefatura del Estado durante poco tiempo más. Sin embargo, a pesar del gran golpe moral que supuso la muerte de su esposa el 20 de abril y que le empujó —según su propio testimonio— a enviar su dimisión a Pi y Margall, aceptó retirarla a petición de éste, y seguir hasta la constitución de las Cortes Constituyentes, esto es, culminar su objetivo inicial de situar a la República en la legalidad. Es probable que, junto al argumento tan repetido de su debilidad de carácter, pesara en él la inseguridad de estar al frente de un régimen sin base legal; él mismo, en una carta enviada a un “su amigo” el 3 de septiembre de 1873, escribió: “La República se hizo ilegalmente por una Asamblea que no tenía mandato para ello y que debió disolverse después de aceptada la renuncia de don Amadeo”. También esta misma situación fue, quizá, la que lo inclinó a transacciones y concordias con los antiguos monárquicos y con los propios republicanos intransigentes, justificadas también por él: “Mi principal y único objeto fue llegar a las Constituyentes sin trastornos y sin sangre. Un motín podía matar en ciernes a la República, que no era una legalidad, sino un hecho. Debí, pues, hacer una política de contemplaciones, sacrificándolo todo, incluso mi reputación, al objeto indicado”.

Como estaba previsto, las tan esperadas elecciones se celebraron el 10 de mayo con Pi y Margall en el Ministerio de Gobernación. Figueras se presentó como candidato por el distrito madrileño de Centro. Los 2.125 votos obtenidos en este populoso distrito fueron el exponente de la apatía y la alta abstención que caracterizó a estos comicios en los que, finalmente, ganaron los federales. Figueras pronunció el discurso inaugural de las Cortes de la República, que tuvieron su apertura oficial el 1 de junio. Una alocución con la que pretendió encubrir los déficits de la República resaltando logros inexistentes, en especial por lo que se refería a la disciplina militar y las finanzas.

El 7 de junio, cuando se votó casi por unanimidad —sólo dos votos en contra— la República federal, Figueras resignó sus poderes en manos de las Cortes que deberían nombrar un nuevo gabinete. Fue elegido para sustituirle Pi y Margall, que no consiguió que ni el expresidente ni ninguno de los republicanos más conocidos se pusiera bajo sus órdenes para formar gobierno, de forma que echó mano de políticos de segunda fila. Con ello se inició una crisis que de la Asamblea trascendió a la calle y obligó a Figueras a permanecer hasta la tarde del 10 de junio al frente del Gobierno. Fue entonces cuando, después de una tensa conversación con el futuro presidente de la República, Figueras le aclaró que, como no deseaba ser un obstáculo para él ni para nadie, había tomado la decisión de abandonar el país. De regreso a las Cortes, presentó su dimisión al vicepresidente de la Cámara, Palanca, y no cedió a las presiones de Emilio Castelar que pretendía disuadirle.

A las ocho de la noche de aquel 10 de junio, con la mayor reserva, partió para Francia. Una “huida” que tradicionalmente se ha presentado como misteriosa, pero que fue el producto tanto de factores personales —en aquellos momentos estaba delicado de salud, le pesaba la reciente muerte de su esposa y se acababa de desvelar el final de veinte años de amistad con Pi y Margall quien, incluso, había trabajado durante cinco años en su despacho— como políticos, de los que cabe destacar la decidida oposición de Pi que, ante las dificultades que ofrecía su presidencia, no deseaba competidores. Figueras dejó vía libre al nuevo presidente, le evitó dificultades y enemigos y fue absolutamente consciente de que con ello prestaba su mayor ayuda a la causa republicana: “[realicé] —dirá— el acto más grande de mi vida: sacrifiqué a sabiendas mi reputación al partido, arrojando a la calle mi vida pública de más de treinta años”.

Su propósito, al pasar la frontera, fue el de no retornar a España, pero, ante el panorama que ofrecía la República, asediada en tres frentes además de los graves problemas internos, regresó del exilio a mediados de septiembre de 1873 y volvió a ocupar su escaño parlamentario. Ante el fracaso de la experiencia republicana, a fines de diciembre de 1873 y comienzos de 1874 trató de unirse con Pi y Margall y con Salmerón para oponerse a Castelar, pero no logró acabar con las discordias internas del republicanismo y acabó decepcionado y avergonzado por la oportunidad desaprovechada de consolidar la República en España. Presente en la sesión de apertura de las Cortes del 2 de enero de 1874, en la que Castelar pidió el voto de confianza y fue derrotado, asistió en la madrugada del día 3 al desalojo de las Cortes, efectuado por el general Pavía. Y como un diputado más, al oír los disparos de la Guardia Civil en los pasillos del Congreso, abandonó el salón de sesiones donde acababa de expirar la Primera República española.

Al producirse la Restauración monárquica en diciembre de 1874 y ocupar el trono Alfonso XII, Figueras se exilió nuevamente y abandonó la política activa durante unos años, llevando una vida muy retirada.

Pero no dejó del todo ni sus ideas ni sus proyectos, ya que desde junio de 1875 estuvo decidido a participar —junto con Salmerón y Pi y Margall— en las conspiraciones que desde el exilio francés inició Manuel Ruiz Zorrilla y cuyo objetivo era el de proclamar una República “sin calificativos” en España.

Su decisión en aquel momento quedó respaldada por una pormenorizada carta —interceptada por agentes españoles— y dirigida al general Félix Ferrer, en la que daba nombres e instrucciones necesarias para, como él mismo señalaba, “empezar a obrar”.

Siguió conservando su influencia y predicamento entre los federales catalanes y con ellos contó, tanto para ser la base de los movimientos insurreccionales —especialmente con el núcleo federal de la ciudad de Figueras o con personajes míticos como el Xic de les Barraquetes— como para “correo” de sus misivas preparatorias de la insurrección. Mantuvo relación durante estos años de exilio con federales y obreristas, entre los que destacaron sus “viejos” amigos Baldomero Lostau y Valentí Almirall. En 1878 estuvo dispuesto a secundar un nuevo movimiento insurreccional zorrillista y con este fin se trasladó a Barcelona, donde pretendía arrastrar a sus partidarios; para esta empresa contó con la colaboración de su ex secretario particular, José Rubau Donadeu y Corcellés. En 1880 pretendió la creación del Partido Republicano Federal Orgánico, en contra del federalismo pactista de Pi y Margall, aunque también con el fin de trabajar a favor de lograr la unión republicana, preocupación que acarreó durante toda su vida política.

Pero su salud, ya muy deteriorada, empeoró, impidiéndole su deseo de volver a encarnar el papel de principal dirigente de la oposición republicana, que tantos años había desempeñado antes. En medio de estos trabajos le llegó la muerte. Fue enterrado en una ceremonia civil que respondía mejor a su talante librepensador que su catolicismo, defendido y practicado durante la vida de su esposa que, en este aspecto, ejerció cierta influencia sobre él. Diez años después trasladaron sus restos al nuevo cementerio civil del Este en Madrid, a un mausoleo que allí se erigió en su honor y que fue pagado por suscripción popular.

Su retrato fue colocado en la galería de catalanes ilustres del Ayuntamiento de Barcelona el 22 de mayo de 1906.

 

Obras de ~: Discurso pronunciado por D. Estanislao Figueras en el acto de la vista del recurso de casación [...] en defensa de los derechos de D. José Millán de Aragón (antes Orense) sobre el pleito revindicando [sic] los vínculos y bienes unidos [...] al marquesado y Mayorazgo de Ubarde, Madrid, J. A. García, 1820?

 

Bibl.: E. Castelar, Estanislao Figueras, ¿Londres?, 187?; R. Ortega y Frías y D. E. Llofriu y Sagrera, Insurrección federal en 1873: sus causas y sus consecuencias, sus misterios políticos y sociales, sus hombres, sus dramas y sus horrores con todos los detalles, Madrid, Murcia y Martí, 1873; F. Pi y Margall, La república de 1873: apuntes para escribir su historia, Madrid, Imprenta Esterotipia y Galvanoplastia de Aribau y Cía., 1874; J. M. Torres y Miarnau, Don Estanislao Figueras. Apuntes biográficos leídos en la sesión solemne celebrada el día 22 de mayo de 1906, en el salón de Ciento de la Casa Consistorial, Barcelona, Ayuntamiento Constitucional, 1907; M. Morayta, Las Constituyentes de la República Española, París, Sociedad de Ediciones Literarias y Artísticas-Librería P. Ollendorff, ¿1907?; E. M. del Portillo, Historia política de la primera República española, Madrid, Biblioteca Nueva, 1932; F. Pi y Margall, Las grandes conmociones políticas del siglo xix en España, apéndice hasta nuestros días “Del absolutismo a la República”, por J. Pi y Arsuaga, Barcelona, Seguí, ¿1933?; Conde de Romanones, Los cuatro presidentes de la Primera República española, Madrid, Espasa Calpe, 1939; E. Comín Colomer, Historia de la Primera República, Barcelona, Editorial AHR, 1956; J. Ferrando Badía, Historia político-parlamentaria de la República de 1873, Madrid, Cuadernos para el Diálogo, 1973; J. A. Lacomba, La I República: El trasfondo de una revolución fallida, Madrid, Guadiana de Publicaciones, 1973; J. L. Fernández-Rúa, 1873. La Primera República, Madrid, Tebas, 1975; J. M.ª Jover Zamora, La imagen de la primera república en la España de la Restauración (discurso leído el día 28 de marzo de 1982 en el acto de su recepción pública por el Excmo. Sr. D. ~, y contestación del Excmo. Sr. D. José Antonio Maravall Casesnoves), Madrid, Real Academia de la Historia, 1982; S. J. Rovira y Gómez, “Estanislau Figueras i els Ixart (1851-1873)”, en Quaderns d’Història Tarraconense, n.º 8 (1989), págs. 121-130; J. M. Cuenca Toribio y S. Miranda García, El poder y sus hombres. ¿Por quiénes hemos sido gobernados los españoles? (1705-1998), Madrid, Editorial Actas, 1998; M.ª T. Martínez de Sas, “Los últimos veinte años de un conspirador. El insurreccionalismo zorrillista durante la restauración (1875-1895)”, en Boletín de la Real Academia de la Historia, t. 201, cuad. 3 (2004), págs. 425-457.

 

María de los Ángeles Pérez Samper