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Bernardo O'Higgins

Biografía

OHiggins, Bernardo. Chillán (Chile), 20.VIII.1776 – Lima (Perú), 24.X.1842. Revolucionario y libertador de Chile.

Aunque irlandés de origen, cuando nació ya era español de pleno derecho, pues su padre, Ambrosio O’Higgins, tenía por aquel entonces una dilatada carrera al servicio de España como militar y posteriormente virrey del Perú, lo que le valdría el título de marqués de Osorno. La primera infancia de Bernardo O’Higgins transcurrió en el Colegio de las Misiones de Chillán, al cargo de los franciscanos, aprovechando que en aquel momento su padre era gobernador de Chile. Posteriormente se trasladó al Colegio de San Carlos, de Lima, donde continuó su formación antes de partir a España en 1791. Inmediatamente, y siguiendo los deseos de su familia, se le trasladó a Inglaterra, donde fue matriculado en la Academia de Richmond, en Londres, sede donde concurrían los jóvenes aristócratas ingleses.

En Londres tuvo sus primeros contactos con personajes importantes como Francisco Miranda, maestro de sus primeras ideas políticas y antiguo discípulo de Jorge Washington; el duque de Portland, ministro de Asuntos Exteriores británico, o Rufus King, plenipotenciario de los Estados Unidos de Norteamérica. Aunque aprendió mucho de estos contactos, su situación económica era muy mala, lo que le obligó a partir rumbo a España en 1799. Una vez llegado a Cádiz trató infructuosamente de ingresar en el Ejército, por lo que decidió regresar a Chile. El 3 de abril de 1800 se embarcó definitivamente en la fragata Confianza rumbo a América, aunque apenas había recorrido unas millas, cuando fue apresada por los ingleses, a la sazón en guerra con España, y conducida a Gibraltar, donde Bernardo fue despojado de sus pocas pertenencias.

Auxiliado por Nicolás de la Cruz, amigo de la familia, estuvo a punto de morir de la fiebre amarilla que asoló Cádiz durante buena parte de 1800 y 1801. Fue en este último año cuando recibió la noticia de América de que su padre, ya virrey del Perú, le había acusado de sedicioso y conspirador. Sin embargo, apenas pudo defenderse Bernardo cuando recibió la noticia del fallecimiento de su padre, justo después de haber sido destituido de su cargo, aunque le dejaba una suculenta herencia que le permitió afrontar sus carencias de dinero y partir definitivamente a América.

Después de un accidentado viaje en el que estuvo a punto de perecer en el cabo de Hornos, llegó finalmente a Valparaíso a bordo de la fragata Aurora en septiembre de 1802. Pasó los siguientes, meses solucionando los asuntos de la herencia, de la que tuvo pleno uso un año más tarde. Trabó inmediata relación con los futuros insurgentes Juan Martínez Rozas, Joaquín Larrain o Eyzaguirre, con quienes compartía las mismas ideas políticas basadas, en última instancia, en la emancipación de España. Los excelentes lazos de su familia con la elite local le llevaron a ocupar un primer puesto político en 1805, como alcalde de Chillán. Realizó diferentes viajes a la ciudad de Concepción a entrevistarse con Martínez Rozas, antiguo asesor político de su padre, quien tenía una mal disimulada animadversión contra los españoles desde que éstos le despojaran de sus cargos años antes.

En 1808, a la muerte del gobernador de Chile, se produjo una dura pugna por ocupar su cargo, lucha en la que estuvo envuelto indirectamente al mostrar su apoyo a Martínez Rozas, quien consiguió el nombramiento del brigadier García Carrasco como gobernador en espera de poder recibir adecuadas compensaciones a cambio de su ayuda jurídica. Fue en este preciso momento cuando España fue invadida por los franceses y el rey Fernando VII depuesto, lo que hizo difícil la posición de liberales encubiertos, como Bernardo, que temieron que el regreso del rey español al Trono trajera el absolutismo nuevamente. Pese a que era conocido por sus ideas liberales y emancipadoras, nunca fue detenido, como él mismo llegó a temer. En cambio, en 1810 fue nombrado subdelegado del partido de La Laja, el cargo más ínfimo de la intendencia, pero que le ayudaría a ejecutar sus planes con mayor tranquilidad.

El 25 de mayo de 1810 el Cabildo de Buenos Aires depuso al virrey Baltasar Hidalgo y dio comienzo a un proceso irrefrenable en toda América del Sur tendente a la emancipación. En julio el propio García Carrasco fue depuesto, lo que inició formalmente el proceso revolucionario en Chile. En septiembre el Cabildo de Santiago de Chile se hizo con el control completo de la situación, algo que aprovechó Bernardo para poner en práctica su modelo revolucionario en Concepción, reclutando gente del pueblo para oponerse a los realistas. Aunque fue nombrado segundo comandante del Regimiento de milicias que él mismo había reclutado en La Laja, su triunfo en esta primera etapa vino especialmente de su posición política en la región, que ganó muchos enteros gracias a su formación inglesa, que todos admiraban efusivamente.

El 21 de febrero de 1811 se proclamó formalmente la libertad de comercio, algo que Bernardo consideraba fundamental para el desarrollo de Chile. Aunque tenía una notable influencia en la Junta de Gobierno formada inmediatamente, y en la que estaba también Martínez Rozas, pronto las luchas internas de los sublevados estuvieron a punto de dar al traste con el movimiento emancipador. José Miguel Carrera, militar de carrera y chileno como Bernardo, regresó desde España nada más tener constancia de la sublevación y gracias a su autoritarismo pronto se enfrentó con él por el control de la situación. En septiembre Carrera se llegó a proclamar dictador.

La llegada en 1813 de una fuerte expedición realista desde España supuso una auténtica prueba de fuego para Bernardo. Ascendido a coronel, se hizo cargo personalmente de la situación, enfrentándose con pocos hombres y medios a las tropas realistas a las que logró, sin embargo, vencer. Esta victoria, en la que puso en juego no sólo su vida sino sus bienes al servicio de la causa chilena, le valió su cota más alta de prestigio militar y sirvió, además, para hacer que Carrera se viera obligado a abandonar la Junta en febrero de 1814, ocupando el puesto de máxima responsabilidad política y militar de los sublevados.

En mayo de 1814 firmó el Tratado de Lircay en el que estamparon su firma el realista Gainza y el plenipotenciario chileno Juan Mackena. Los españoles, sin embargo, no cumplieron el tratado e inmediatamente planearon volver a las operaciones militares. Carrera, por su parte, se enfrentó nuevamente a Bernardo y, erigido en dictador, desterró a Argentina a Mackena. Bernardo, aún con el mando supremo del Ejército, se negó a reconocer el golpe de Carrera y marchó sobre Santiago para deponerlo, aunque sorpresivamente fue derrotado, lo que le obligó a aceptar las condiciones de Carrera, que no eran otras que dejarle el mando supremo del Ejército. En septiembre de 1814 el Ejército chileno, en el que Bernardo dirigía una división, sufrió una importante derrota frente a los realistas en Rancagua, cerca de Santiago.

Después de este contratiempo decidió unirse al Ejército argentino de San Martín y, poniéndose bajo sus órdenes, se planeó el asalto a Chile y luego a Perú. La expedición partió de Mendoza en enero de 1817 con el general Soler, en calidad de segundo comandante, mandando la vanguardia, Bernardo el centro y San Martín la caballería a retaguardia. Pese a la inferioridad numérica, Bernardo consiguió una importante victoria sobre los realistas en Chacabuco, lo que le permitió dirigir y controlar nuevamente la Junta instaurada en la recién liberada Santiago. Posteriormente conquistó Concepción en julio de 1817. El Ejército fue replegado entonces en marzo de 1818 a Talca, donde proclamó la independencia de Chile.

En agosto de 1818 se supo que un importante convoy militar que partió de España estaba a punto de llegar a apoyar al general realista Osorio. Bernardo aprontó un par de buques y emprendió la expedición al Callao para, una vez tomado, cercenar definitivamente cualquier intento español de recuperar los territorios perdidos en Suramérica. En octubre, después de un intenso aunque corto combate naval, se adueñó de la plaza, con lo que se evaporaba la última posibilidad realista de emprender una reconquista de Chile.

O’Higgins realizó una amplia labor gubernativa actuando en realidad como un dictador paternal, ayudando a establecer la libertad de prensa gracias a su iniciativa en el Senado; restauró el centro de enseñanza nacional e inauguró las primeras escuelas del sistema lancasteriano. Inspiró también la apertura de un jardín botánico y un museo en la capital, organizó la policía de seguridad e implantó el código sanitario. La formación del Estado chileno con una estructura moderna fue, sin embargo, el fin de su carrera política, ya que con la aprobación de la Constitución en 1822 se vio obligado a retirarse de la vida pública, exiliándose en Lima en 1826. La revolución interior que acabó con el poder de O’Higgins se fraguó en parte gracias a las calamidades del pueblo que se vieron incrementadas con el terremoto que asoló Valparaíso en noviembre de 1822. Como hubo gastado la mayor parte de su fortuna personal en el proceso revolucionario, se encontró ahora en una situación económica bastante pobre. Gracias a la intermediación de su amigo San Martín, pudo disfrutar de unas tierras en la hacienda de Montalbán, cerca de Lima, con la que se ayudó a sobrevivir.

En 1842, a propuesta del Gobierno chileno, le fue reconocido el derecho a gozar de una pensión en cualquier parte del territorio nacional en que viviera, pero, justo cuando iba a regresar a su tierra, murió en Lima el 24 de octubre de 1842.

Fue enterrado con mucha modestia en el Cementerio Central, aunque un mes más tarde se le homenajeó con unas grandes exequias. El Gobierno chileno, dirigido por el general Bulnes, decretó ocho días de luto oficial. En 1864 se presentó un proyecto para trasladar sus restos mortales a Chile. La repatriación se produjo en 1868, llegando sus restos con grandes honores a Santiago de Chile el 13 de enero de 1869, donde se le enterró en el Cementerio General en un grandioso mausoleo. El 19 de mayo de 1872 quedó inaugurada una estatua ecuestre de O’Higgins en el centro de la capital.

 

Fuentes y bibl.: Archivo General de Indias (Sevilla), Estado, 103, n. 102; Diversos, 5, a. 1817, r. 1.

C. Albano, Memoria del Excmo. Señor don Bernardo OHiggins, Capitán General de la República de Chile, Montevideo, 1848; D. Barros Arana, Historia General de Chile, Santiago de Chile, Rafael Jover Editor, 1884-1902, 16 vols.; E. de la Cruz, Epistolario de Bernardo OHiggins. Gran Mariscal del Perú, 1798-1823, Santiago de Chile, Imprenta Universitaria, 1916; B. Vicuña Mackenna, El general San Martín en Europa, Lima, Compañía de Impresiones y Publicidad, 1942; C. Galván Moreno, El libertado de Chile OHiggins, Buenos Aires, Editorial Claridad, 1942; R. Hernández Cornejo, OHiggins y Carrera en la batalla de Rancagua, 1 y 2 de octubre de 1814, Valparaíso, Imprenta La Unión, 1944; J. Zamudio, Fuentes bibliográficas para el estudio de la vida y la época de Bernardo OHiggins, Santiago de Chile, Imprenta El Esfuerzo, 1946; B. Mitre, Historia de San Martín y de la Emancipación sudamericana, Buenos Aires, Ediciones Peuser, 1952; O. C. Stoetzer, El pensamiento político en la América española durante el período de la Emancipación (1789-1825), Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1966; L. Ornstein, “Revelaciones sobre la batalla de Chacabuco”, en Revista de la Junta de Estudios Históricos de Mendoza, n.º 7 (1972); J. Eyzaguirre, OHiggins, Santiago de Chile, Santiago de Chile, Talleres Gráficos, 1974; O. Millas, Bernardo OHiggins sigue participando hoy en las luchas sociales, Moscú, 1978; A. Egea López, El pensamiento filosófico y político de Francisco Miranda, Caracas, Academia Nacional de la Historia, 1983; V. Razuvaev, Bernardo OHiggins: conspirador, general, estadista, Moscú, Progreso, 1989; L. Díaz-Trechuelo, Bolívar, Miranda, OHiggins, San Martín. Cuatro vidas cruzadas, Madrid, Ediciones Encuentro, 1999.

 

José Manuel Serrano Álvarez