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Rafael Maroto Yserns

Biografía

Maroto Yserns, Rafael. Conde de Casa Maroto (I), vizconde de Elgueta. Lorca (Murcia), 15.X.1783 – Valparaíso (Chile), 25.VIII.1853. General carlista.

De familia de militares, Rafael Maroto ingresó en el ejército como cadete del Regimiento de Asturias el 1 de abril de 1796. En 1798 ascendió a segundo subteniente y como tal participó en la defensa de Ferrol contra los ingleses en agosto de 1800, obteniendo un escudo de distinción por su comportamiento. Primer subteniente en 23 de octubre de 1801, y teniente en 15 de octubre de 1806, una comisión de servicios de dos años tuvo como consecuencia una primera experiencia americana, pues realizó un viaje a La Habana a bordo de la fragata Medea. Durante la Guerra de la Independencia participó en numerosas acciones y cayó dos veces en poder de los franceses: la primera tras el segundo sitio de Zaragoza y la última al capitular Valencia. En ambas ocasiones logró fugarse, reincorporándose a las filas del ejército. El 16 de noviembre de 1813 se le nombró coronel del regimiento de Talavera y al frente de su unidad se hizo a la vela para el Perú el 25 de diciembre del mismo año. El 24 de abril siguiente desembarcaba en Callao para socorrer al virrey Abascal, que trabajaba arduamente para mantener bajo control español su virreinato y los territorios aledaños. Maroto y sus tropas, puestos a las órdenes del brigadier Osorio, fueron enviados a Chile, hacia donde embarcaron el 19 de julio de 1814, llegando a la base naval de Talcahuano, núcleo de la actividad realista, el 13 de agosto.

Osorio logró organizar con los elementos locales un ejército de maniobra de unos cinco mil hombres, de los que prácticamente los únicos españoles eran las tropas de Maroto. El 1 de octubre los insurgentes presentaron batalla en Rancagua para tratar de impedir que los expedicionarios tomasen Santiago. Maroto, con el desprecio que muchos de los oficiales recién llegados a América solían mostrar hacia sus oponentes, mandó atacar a sus tropas las fortificaciones del enemigo sin molestarse en enviar avanzadas ni guerrillas.

El resultado fue que “los talaveras”, acribillados por las descargas, hubieron de retirarse con cuantiosas pérdidas. Al día siguiente, O’Higgins logró abrirse paso a través de las tropas realistas y retirarse hacia la capital, donde sus oponentes entraron sin resistencia pocos días más tarde. Fuera porque consideraba que se había conducido torpemente en la batalla, fuera por otras razones que se desconocen, lo cierto es que cuando Osorio envío al virrey Abascal la lista de oficiales que debían ser ascendidos tras las últimas victorias el nombre de Maroto se encontraba en ella, pero el portador de la lista llevaba instrucciones reservadas para hacer saber a Abascal que Osorio consideraba que Maroto no debía ser ascendido.

Cuando andando los meses Maroto tuvo noticia de que la lista que se había enviado a Madrid iba sin su nombre, cursó a Abascal la reclamación oportuna, y éste, a quien no había gustado la poco clara forma de proceder de Osorio, acabó dándole la razón el 10 de mayo de 1815 y reconociéndole el grado de brigadier con antigüedad de 8 de noviembre de 1814.

Durante su estancia en Santiago, Maroto entró en relaciones con Antonia Cortés, perteneciente a una rica y noble familia de la oligarquía local, con quien contrajo matrimonio a finales de marzo de 1815, justo antes de abandonar Santiago, donde parece que no se encontraba excesivamente a gusto. Acto seguido, Maroto, al frente de dos compañías, se dirigió a Arica para auxiliar la campaña de Pezuela en el Alto Perú. El 15 de junio se unió a sus tropas pero no continuó mucho tiempo con él, pues por motivos que se desconocen Pezuela le mandó formar causa y le envío a Lima. El proceso se interrumpió debido a la mediación de Abascal, que convenció a Pezuela de que no merecía la pena seguir adelante. Tras pasar algún tiempo en Lima, Maroto regresó a Chile, cuya Capitanía General había recaído en las manos del mariscal Francisco Marcó del Pont, con quien no tardó en indisponerse.

A principios de febrero de 1817, las tropas de San Martín cruzaron los Andes para acabar con el dominio español en Chile. Ante la dispersión de las fuerzas realistas Maroto propuso abandonar la capital y retirarse hacia el Sur, donde podrían mantenerse y obtener recursos para una nueva campaña. La junta militar convocada por Marcó el 8 de febrero hizo suyo el parecer de Maroto, pero a la mañana siguiente el capitán general cambió de parecer y ordenó a Maroto presentar batalla en Chacabuco. La noche anterior al combate, Quintanilla, que más tarde se distinguiría extraordinariamente en la defensa de Chiloé, comentó con otro oficial que las posiciones estaban mal elegidas, y que dada la posición de los insurgentes las fuerzas realistas deberían retirarse unas leguas y ocupar los altos de Colina: “Maroto oía esta conversación de una habitación inmediata y su orgullo y presunción no pudieron o le permitieron oírme, pues llamó a un ayudante con aquella voz bronca que tenía y dijo que pusiese una orden general de pena de la vida al que dijese que convenía retirarse.” Aunque Maroto y sus tropas lucharon con valor, la batalla se convirtió en una completa derrota. Maroto, que logró escapar merced a la velocidad de su caballo, fue ligeramente herido en la retirada.

Tras celebrar una nueva junta militar en Santiago, Maroto, su mujer, y la mayor parte de las tropas se dirigieron a Valparaíso, donde embarcaron hacia Perú. Pezuela, el nuevo virrey, que como ya se sabe no sentía el menor aprecio por Maroto, consideró, sin embargo, que “si no dirigió con acierto la desgraciada batalla de Chacabuco, al menos se portó con el valor y serenidad propios de un español y pundonoroso oficial”, por lo que le guardó las debidas consideraciones.

Maroto fue entonces destinado al Cuzco al frente del par de compañías del Talavera que habían quedado en el Perú, con instrucciones para organizar un nuevo batallón. Descontento con todo y con todos, como puede verse en su correspondencia, el 22 de febrero de 1818 se le confió el puesto de presidente y comandante general de la ciudad y provincia de Charcas, en el Alto Perú, ciudad alejada por entonces de la guerra, pero en la que ejerció una notable labor administrativa. Ocurrida en España la revolución de 1820, Maroto, una vez hubo recibido las oportunas órdenes, proclamó la Constitución en Charcas el 23 de octubre de 1820. Allí nacieron y fueron bautizados cuatro de sus hijos: Manuel María Rafael, María del Carmen Agustina, Margarita Antonia y Justa María Mercedes Rufina. Más tarde, nacerían Rafael Abdón Ignacio, Víctor, Cándida y Faustino, hijo este último de una criada con la que mantuvo relaciones durante su estancia en Asturias, y al que no reconoció, pero a quien hubo de pasar pensión debido a la denuncia formulada por su madre.

El 1 de enero de 1821 se sublevó la guarnición de Potosí, contra la que marchó Maroto, derrotando a los insurgentes y haciéndose con la ciudad. Sin embargo, al llegar el general Olañeta, que como lugarteniente del virrey ejercía su autoridad en todo el Alto Perú, le ordenó volverse a Charcas, lo que dio lugar a una acalorada discusión con Maroto, que acabó cumpliendo las órdenes recibidas. Las desavenencias entre ambos se hicieron aún mayores cuando durante la breve invasión del Alto Perú por Santa Cruz Maroto se negó a cumplir las órdenes de Olañeta, que representó acaloradamente en su contra al virrey La Serna, aduciendo, entre otras cosas, que “desde que este señor puso los pies en América, no ha hecho más que fomentar la insubordinación y expresarse mal contra las autoridades”. El virrey, que no confiaba en exceso en Olañeta, optó por promover a ambos a mariscales de Campo, pese a que el papel jugado por Olañeta en la campaña había sido limitado, y el de Maroto nulo.

Las desavenencias entre Maroto y Olañeta culminaron en 1824, cuando Olañeta, que se había propuesto restablecer el régimen absolutista en Perú, como ya lo estaba en España, marchó con sus tropas contra él, obligándole a abandonar sus posiciones. Pese a los intentos de diálogo del virrey, la cuestión degeneró en una guerra civil que debilitó a las tropas realistas y permitió la pérdida del Perú. Maroto fue entonces nombrado por La Serna jefe de una de las tres divisiones que al mando del general Canterac debía hacer frente a la invasión de Sucre. Tras la acción de Junín Maroto mantuvo fuertes disensiones con Canterac y acabó dimitiendo, pues consideraba que la retirada de las fuerzas realistas se estaba llevando a cabo de forma inadecuada. Nombrado gobernador de Puno, allí le sorprendió la capitulación de Ayacucho, en la que quedó comprendido. En compañía de La Serna y otros oficiales, Maroto y su familia embarcaron en la fragata francesa Hernestine, que arribó a Burdeos a mediados de 1825. Ese mismo año, se le nombró comandante general del Principado de Asturias, con el encargo de organizar los cuerpos de voluntarios realistas, puesto en el que cesó en 1828, destinándosele el 21 de junio de cuartel a Pamplona, cuartel del que un año más tarde fue trasladado a Madrid, donde en 1832 ejercía como presidente de la Comisión Militar Ejecutiva. En 1830, su mujer falleció en un naufragio cuando se dirigía a hacerse cargo de sus propiedades en Chile.

Nombrado comandante general de la provincia de Toledo el 15 de marzo de 1832, Maroto renunció al cargo el 31 de octubre, según él, porque habiéndose solicitado por el conde de Negri que participase en una sublevación al frente de sus tropas para apoyar a don Carlos, con cuya causa se había comprometido, consideró que antes de actuar contra el Gobierno debía comenzar por romper todos sus vínculos con el mismo. Propuso entonces Maroto a don Carlos que se intentase un pronunciamiento para proclamarle regente durante la enfermedad de su hermano, pero el infante se opuso a la idea “y los que la propusieron no fueron creídos leales servidores, porque no vestían hábitos o sotana, porque decían que en las cosas de la tierra era menester hacer algo para que el cielo ayudase”. Nombrado en enero de 1833 para la comandancia general de las Provincias Vascongadas, la oferta tan sólo sirvió para que quedara mal con todo el mundo, pues el entorno de don Carlos le miró con desconfianza y el Gobierno empezó a verle como enemigo al rechazarla. Su nombre salió entonces a relucir en la causa formada al coronel Campos, y aunque fue puesto en libertad por falta de pruebas permaneció antes varios meses en prisión. Salió de ella Maroto muy desengañado con la causa que había abrazado, pues ningún auxilio obtuvo entonces de don Carlos, y él mismo cuenta que si el Gobierno no le hubiera perseguido posteriormente hubiera podido atraerle a sus filas. Confinado a Sevilla, de donde obtuvo permiso para pasar a Granada, había decidido retirarse de la vida política cuando tuvo noticia de que iba a ser nuevamente encarcelado, por lo que decidió fugarse y unirse al Pretendiente en Portugal, lo que consiguió a principios de 1834.

Son muchas las quejas que ya en esta época albergó Maroto contra don Carlos, tal y como puede verse en su Vindicación, y aunque pensó regresar a Chile no faltaron amigos que le hicieron desistir de aquel plan, por lo que le siguió a Inglaterra. Trató, después, de seguirle a España, pero se retrasó algún tiempo, pues un primer intento fue abortado por las autoridades francesas.

Bien recibido por don Carlos, que le sentó a su mesa, no consiguió que Zumalacárregui le diese ningún mando. Herido éste, don Carlos le pidió que se hiciera cargo del ejército, pero su disposición inicial fue pronto modificada, y tras un mando interino de Eraso se encargó del mando el teniente general González Moreno, quedando Maroto como comandante general de Vizcaya. Su animadversión hacia Moreno llegó a tales extremos que, según cuenta Arizaga, en una reunión celebrada en Zúñiga, sus críticas al general en jefe y al pretendiente llegaron a puntos tales que “indicó la necesidad que había de promover actos parecidos a los que más adelante practicó en Estella”.

Por aquella época propuso un plan de operaciones consistente en centrar los esfuerzos del ejército sobre Bilbao, que fue preterido a favor del de Moreno, que quería batir al ejército enemigo y cosechó la derrota de Mendigorría. El 11 de septiembre de 1835 las tropas de Maroto consiguieron un destacado éxito sobre Espartero en Arrigorriaga, aunque según la versión que consultemos Maroto tuvo que ver mucho o nada con el resultado de la jornada. Al final, don Carlos optó por cesar a ambos, sustituyendo a Moreno por Eguía y negando a Maroto el permiso que solicitó para pasar al extranjero, pues consideraba que podía necesitar de sus servicios. Maroto no vio con buenos ojos al nuevo general en jefe, contra quien intrigó cuanto pudo, lo que tal vez fue una de las causas de que se le nombrara comandante general de Cataluña, donde se presentó el 31 de agosto de 1836.

Su mando fue corto y no especialmente brillante, pues aunque logró mejorar el grado de instrucción de sus tropas, no consiguió ningún hecho de armas favorable. Descontento por no haber recibido los recursos que Erro le había prometido antes de marchar a Cataluña y viendo que el intendente del Principado no podía hacer frente a sus peticiones de armamento y uniformes, decidió abandonar a sus tropas para comunicar personalmente a don Carlos cuál era el verdadero estado de la guerra en aquella región “no siendo de mi carácter llevar una vida desastrosa y digna sólo de un capitán de bandoleros”. No pudo, sin embargo, regresar a dar cuenta de su mando, pues cuando trató de hacerlo se le previno que permaneciera en Francia en espera de órdenes. Tras la pérdida de Peñacerrada, don Carlos, presionado por sus cortesanos, decidió entregar a Maroto el mando del ejército, del que se hizo cargo el 28 de junio de 1838.

Maroto tuvo éxito en su labor de reorganizar el ejército, mejorando su instrucción y haciéndole recuperar la confianza en sí mismo. Coincidió además su llegada con la de importantes cantidades de dinero, con lo cual las tropas cobraron sus haberes y miraron agradecidas a su nuevo jefe, que puede que incluso hiciera correr la voz de que el dinero que se repartía era suyo, y no del Rey. Se ocupó además de alejar del mando a la mayor parte de los generales que no eran de su confianza, y repuso en sus puestos a decenas de oficiales que anteriormente habían sido separados de sus puestos y que le quedaron tan agradecidos como cabía suponer.

Poco a poco, sin embargo, su inactividad hizo que empezaran a correr rumores en su contra y que los ministros de don Carlos, que inicialmente le habían recibido bien, se pusieran en su contra. La situación se hizo insostenible, y los ministros presentaron varias veces su dimisión, sin que don Carlos la aceptara ni sustituyera a su jefe de Estado Mayor. Finalmente, Maroto se dispuso a acabar con cuantos pudieran oponerse a su liderazgo, y el 18 de febrero en Estella, sin formación de causa, hizo fusilar a los generales Sanz, Guergué y García, al brigadier Carmona, al intendente Uriz y al oficial de la Secretaría de Guerra Ibáñez. Acto seguido, dio una proclama altamente insolente para don Carlos y marchó al frente de sus tropas contra el Cuartel Real. Don Carlos, que inicialmente dio un decreto declarándole traidor, cedió finalmente para impedir un choque armado entre sus propios partidarios que hubiera podido ser funesto a su causa. Todos aquellos personajes que fueron señalados por Maroto, incluidos los ministros, fueron desterrados.

Parecía, por tanto, que entre el nuevo Ministerio y Maroto todo debería ir sobre ruedas, pero no fue así. Maroto pedía recursos inexistentes y al no tenerlos culpaba a los ministros de oponerse a él, por lo que en pocos meses la situación volvió a hacerse tan tensa como antes.

Desde antes de los fusilamientos de Estella, Maroto había entrado en negociaciones con Espartero para poner fin a la guerra, negociaciones en las que el general carlista quería introducir el casamiento entre el hijo de don Carlos e Isabel II, aspecto al que no se prestó Espartero, que empezó a presionar militarmente ocupando parte de los territorios carlistas sin que Maroto se decidiese a hacerle frente. Al final, y cuando vio que lo único que iba a obtenerse era el reconocimiento de los grados alcanzados en el ejército legitimista y una vaga promesa sobre la conservación de los fueros, Maroto, que tan pronto se preparaba para defender a don Carlos como detenía a los oficiales que éste mandaba para ponerse al frente del ejército, optó por presentarse en Vergara el 30 de agosto de 1839 anunciando a Espartero que sus tropas no le seguirían. Fueron sus subordinados Urbiztondo y Latorre los que hubieron de llevar hasta Vergara a sus batallones. Aunque todavía quedaba cerca de la mitad del ejército carlista sobre las armas, las disensiones internas eran tan fuertes que don Carlos se vio obligado a abandonar España.

Como premio a sus servicios, Maroto, a quien se reconoció el grado de teniente general que había obtenido de don Carlos, consiguió los títulos nobiliarios de conde de Casa Maroto y vizconde de Elgueta.

Maroto, que efectuó algunas publicaciones dedicadas a defender su actuación en el campo carlista, abandonó España el 11 de septiembre de 1846 con destino a Chile —donde conservaba alguna hacienda— y donde permaneció hasta su muerte.

 

Obras de ~: Manifiesto del Excelentísimo Sr. Teniente General D. ~, Bilbao, Nicolás Delmas, 1839; Vindicación del general Maroto, y manifiesto razonado de las causas del Convenio de Vergara, de los fusilamientos de Estella y demás sucesos notables que les precedieron, Madrid, Imprenta del Colegio de Sordomudos, 1846.

 

Bibl.: J. M. de Arizaga, Memoria militar y política sobre la guerra de Navarra, los fusilamientos de Estella, y los principales acontecimientos que determinaron el fin de la causa de D. Carlos Isidro de Borbón, Madrid, Imprenta de D. Vicente de Lalama, 1840; Resumen histórico de la campaña sostenida en el territorio Vasco-Navarro a nombre de Don Carlos de Borbón de 1833 a 1839, e Impugnación del libro que sale a la luz con el título de “Vindicación del General Maroto”; M. Torres Marín, Chacabuco y Vergara. Sino y camino del Teniente General Rafael Maroto Yserns, Chile, Andrés Bello, 1981; A. Bullón de Mendoza, La Primera Guerra Carlista, Madrid, Actas, 1992; “Don Carlos y Maroto”, en Aportes, 29 (1995), págs. 79-94.

 

Alfonso Bullón de Mendoza y Gómez de Valugera