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Francisco Núñez de Coria

Biografía

Núñez de Coria, Francisco. Casarrubios del Monte (Toledo), c. 1535 – Madrid, c. 1590. Médico.

Licenciado en Medicina por la Universidad de Alcalá (1559), donde fue discípulo de los catedráticos Fernando de Mena y Cristóbal de Vega, a quienes menciona con elogio en sus obras, obtuvo el grado de doctor en 1560. Núñez de Oria o de Coria, como se le conoce en algunas ocasiones, desarrolló su actividad al margen de la corte y de las instituciones universitarias, ocupado, según él mismo relata en su libro, en la práctica profesional. Autor de una única obra original, el Aviso de sanidad, editada en tres ocasiones con ligeras modificaciones en el título, Núñez de Coria —en la edición de 1586 aparece transformado el Coria en Oria— es uno de los médicos que durante el reinado de Felipe II mantuvieron su fidelidad al pensamiento médico grecoárabe, sin hacer otra concesión a la modernidad que el empleo de la lengua vulgar. Galeno, Avicena, Averroes, Ali Abbas, o Rhazes son las autoridades con más reiteración citadas y de cuyas doctrinas se muestra seguidor acrítico, mientras destaca la ausencia de referencias a los médicos coetáneos tanto peninsulares como europeos. El Aviso, que en 1586 tituló Regimiento, es un tratado en la línea de los regimina medievales elaborados con la pretensión de difundir entre los lectores unas normas de vida apropiadas para conservar y acrecentar la salud. De ahí el recurso a la lengua vulgar como vehículo de expresión y un esfuerzo por acercar los razonamientos y la fundamentación teórica de sus recomendaciones a la comprensión de un lector culto. Esta voluntad de aproximación a un destinatario no profesional se advierte especialmente en las citas a que se remite para apoyar sus indicaciones, en la mayoría de las ocasiones limitadas a la mención con el autor del libro sin precisar apenas la ubicación puntual de su referencia. A diferencia de los escritos similares publicados en las décadas anteriores, no hubo en el de Núñez de Coria una expresa voluntad de dirigirse exclusivamente a un grupo socioeconómico concreto, lo que, como ha señalado F. Bujosa, le diferencia de otros autores como Lobera de Ávila, que redactó su obra para los nobles de la corte. Por el contrario, su información se dirigió a sectores del bajo clero y de la sociedad urbana sin vinculación con el estamento nobiliario, pero dotados de un bagaje cultural suficiente como para asumir los principios del discurso médico y deseosos también de preservar su salud y alargar su vida en las mejores condiciones posibles.

En cuanto al contenido de su obra el autor siguió la doctrina medieval, de raíz galénica, de las seis cosas no naturales (aire y ambiente, comida y bebida, ejercicio y reposo, sueño y vigilia, excreciones y secreciones, pasiones del ánimo), que constituyeron el objeto de atención exclusivo de la higiene privada hasta el siglo xix. Los alimentos y las bebidas son analizados en los cinco libros en que se estructura la obra, con una ausencia de otros asuntos como el ambiente o la ocupación diaria que sólo tangencialmente son mencionados. Del mismo modo, las llamadas pasiones del ánimo fueron deliberadamente descuidadas por el autor que entendía que por su naturaleza incumbía su estudio más a los moralistas que a los médicos. La atención al constitucionalismo incipiente, levantado sobre la teoría humoral y su caracterización de los individuos en sanguíneos, coléricos, melancólicos y flemáticos fue uno de los aspectos más atendidos por el autor a la hora de recomendar unos u otros alimentos.

Los cinco libros del Aviso se siguieron a partir de la edición de 1572 de un Tratado del uso de las mugeres, en que el autor discurría sobre los efectos del ejercicio sexual en la salud. En efecto, tanto la actividad sexual como la continencia se incluían entre las seis cosas no naturales (excreciones y secreciones), pues la eliminación o conservación del semen se consideraba que podían, más allá de sus fines reproductivos, contribuir a la aparición de enfermedades. Aquí el recurso aristotélico al justo medio y la sólida y segura autoridad de los médicos griegos y árabes fueron los reductos sobre los que Núñez de Coria se asentó para discurrir en una materia tan resbaladiza, dadas las connotaciones morales que rodeaban al ejercicio de la sexualidad. Sus recomendaciones se dirigían a que los individuos ejercitasen su actividad sexual en función de su complexión, señalando los casos y circunstancias en que podía resultar para su salud más pernicioso tanto su ejercicio como su abandono.

A pesar de lo sugerente de su título, el Tratado del uso de las mugeres, no es un escrito de arte amatoria a la manera de algunos escritos orientales, ni siquiera se acerca a algunas de las tímidas consideraciones del tratadito medieval De coito de Constantino el Africano.

Núñez se limitó a señalar los efectos que tanto la continencia como la sensualidad excesiva podían ejercer sobre la salud de los individuos, siguiendo una tradición médica muy difundida. La controversia que entre los moralistas católicos había provocado la actividad sexual dirigida a la satisfacción del instinto o a prevenir algunas dolencias, era resuelta por el autor de conformidad con las tesis más seguras a favor de la castidad entre solteros y religiosos. El enfrentamiento que entre las recomendaciones médicas y los mandamientos morales podían darse en este asunto llevaba a Núñez a manifestar cautelosamente que sus indicaciones se dirigían a los casados, pues, en cualquier caso, los efectos perniciosos de los excesos sexuales para quienes no pertenecían a ese estado, eran superiores a los que se seguían de la continencia. Además uno de los capítulos del Tratado contenía indicaciones específicas “de qué cosas se deben guardar los religiosos y varones que quieren guardar la castidad” para “no ser molestados ni fuertemente tentados de la carne”. De su ortodoxia da testimonio el hecho de que su libro no fuese incluido en ninguno de los indices inquisitoriales, aunque en algunos ejemplares conservados, un exceso de celo de censores anónimos suprimiese estas páginas.

En 1580 se publicó en Alcalá como de su autoría un Libro intitulado del parto humano que, aun cuando en el prólogo asegura que lo elaboró entre tribulaciones y desasosiegos, es en realidad una traducción casi literal de la edición latina del Rosegarten (1513) de Eucharius Roeslin, cuyos grabados también fueron reproducidos fielmente. Repetidamente editado en el siglo xvii y primeras décadas del xviii se convirtió en el manual obstétrico más difundido hasta la publicación de los tratados ilustrados, lo que demuestra el retraso que en los saberes quirúrgicos sufrió la medicina española hasta la aparición de los Colegios de Cirugía. La versión de Núñez se acompaña de unos breves capítulos en que describe algunas afecciones pediátricas siguiendo, igualmente, el modelo del médico germano.

Pertenecen exclusivamente a su autoría unos comentarios sobre las supuestas enfermedades causadas por la acción maléfica de las brujas, una creencia, la del aojamiento, explícitamente rechazada, entre muchos otros, por su maestro Cristóbal Vega, pero que Núñez aceptaba en consideración a las experiencias que, aseguraba, se advertían en la vida diaria.

 

Obras de ~: Tratado de Medicina, intitulado aviso de sanidad, Madrid, Alonso Gómez, 1569 (Madrid, Pierres Cusin, 1572; Madrid, Francisco del Canto, Pedro Landry y Ambrosio du Port, 1586); Libro intitulado del parto humano, Alcalá, Juan Gracián, 1580 (Madrid, Tomás Junti, 1621; Zaragoza, Pedro Verges, 1638; editado conjuntamente con los Principios de Cirugía de Gerónimo de Ayala, Valencia, Vicente Cabrera, 1693; Valencia, Jayme Bordazar, 1705; Madrid, Ángel Pascual Rubio, 1716; Madrid, Angel Pascual Rubio,1724).

 

Bibl.: M. C. Francés, “La obra bromatológica de Francisco Núñez de Oria”, en Boletín de la Sociedad Española de Historia de la Farmacia, 103 (1975), págs. 167-180; F. Bujosa, “Núñez de Oria”, en J. M. López Piñero, Th. F. Glick, V. Navarro Brotons y E. Portela Marco, Diccionario Histórico de la ciencia Moderna en España, vol. II, Barcelona, Península, 1983, págs. 119-120.

 

Antonio Carreras Panchón