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Pedro Velarde y Santiyán

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Biografía

Velarde y Santiyán, Pedro. Muriedas (Cantabria), 19.X.1779 – Madrid, 2.V.1808. Militar, héroe.

Nació en la casona-palacio de los Velarde, que desde 1966 acoge el Museo Etnográfico de Cantabria, una sólida edificación de finales del siglo xvii restaurada hace cuarenta años y declarada Bien de Interés Cultural.

La planta superior reconstruye la estancia de Pedro Velarde.

Velarde pertenecía a una ilustre familia procedente de Santillana del Mar. Sus padres, José Antonio Velarde Herrera, de la casa de Muriedas, y María Luisa de Santiyán, perteneciente a una distinguida familia de Puente de Arce, en el Ayuntamiento de Piélagos, tuvieron seis hijos: Pedro, Joaquín, Julián, María de la Concepción, María Josefa y Antonia María.

De su linaje fueron destacados personajes, como Juan de Velarde, fundador del Hospital de la Concepción de Burgos; Antonio de Velarde, marqués de Añavete; Alonso Velarde, fundador del Convento de los Dominicos de Regina Coeli; Ana Velarde de la Sierra, fundadora del Monasterio de Dominicos de Nuestra Señora de las Caldas, y el Colegio de su nombre, instituido en Valladolid por Juan de Velarde y Frómista.

Según los que le conocieron, Velarde tenía un carácter fuerte, era impetuoso con nobleza, perspicaz sin malicia, audaz en sus empresas y muy celoso del cumplimiento de su deber. Tenía un cuerpo bien formado y su estatura era de 5 pies, 1 pulgada y 8 líneas.

Ingresó como cadete en el Real Colegio de Artillería de Segovia el 16 de octubre de 1793 junto con su hermano Joaquín, tras realizar en su propia casa de Muriedas los estudios preparatorios. Desde su ingreso dio pruebas de una preclara inteligencia y constante aplicación, distinguiéndose entre sus compañeros de Academia. Con las Matemáticas y demás ciencias peculiares del Arma de Artillería, alternaba el estudio de las lenguas, historia y la política. Su singular aprovechamiento hizo que, al finalizar sus estudios en la Academia segoviana, pasase a ser uno de los oficiales más distinguidos del Cuerpo.

El 27 de enero de 1798 fue nombrado brigadier de cadetes, puesto que conservó hasta el término de sus estudios escolares. El 11 de enero de 1799 ascendió a subteniente, ocupando el 2.º puesto de la 30.ª promoción.

Con esta graduación sirvió primero en el 5.º batallón y luego en el 3.º de Artillería.

Destinado al Ejército Expedicionario de Portugal en 1800, ascendió por antigüedad a teniente el 12 de julio de 1802, y a capitán el 6 de abril de 1804. Prestó sus servicios en el 4.º y 5.º Regimiento a pie, pasando el 1 de agosto de 1804 como profesor del Real Colegio de Artillería, en el que impartió clases de Matemáticas.

En este centro de enseñanza tuvo ocasión de dedicarse a importantes estudios y dar testimonio de su talento, especialmente cuando la Academia de Ciencias de París remitió para su examen la máquina de Grouver para medir la velocidad de los proyectiles.

Tras su estudio, Velarde encontró algunos errores en su cálculo y funcionamiento, que fueron remitidos a la Academia Francesa. También se conservan dibujos suyos originales, realizados para demostrar la variación que introdujo en la cuna de la cureña Griveauval, a fin de aumentar la depresión de las piezas.

Pedro Velarde sirvió en el Ejército de Castilla la Vieja; en el acantonado de Badajoz; en los de Extremadura y Castilla contra Portugal, y en el Reino de Galicia.

El 1 de agosto de 1806 fue designado secretario de la Junta Superior Económica del Cuerpo de Artillería, afecta al Estado Mayor y establecida en Madrid, destino que ocupaba al llegar el 2 de mayo de 1808, en que dio su vida por la patria en un sublime ejemplo de valor y de heroísmo.

Velarde siempre atendió con preferencia todos los asuntos relacionados con la milicia y la política. De esta forma, antes de ser notorios los planes de los franceses respecto de España, como la mayor parte de los espíritus cultos de su tiempo, se mostró como un entusiasta admirador del talento de Napoleón.

Pero cuando descubrió su pensamiento de conquista y las tropas napoleónicas ocuparon las plazas españolas fronterizas y se acercaban a Madrid, se indignó, viendo claramente la trama del Emperador.

Antes de los sucesos de Aranjuez, que produjeron la caída de Manuel Godoy, director y coronel general de la Artillería Española, fue comisionado por éste, conocedor de su talento, disposición y dominio del francés, para ir al cuartel general de Joachim Murat, gran duque de Berg y lugarteniente del Emperador en España, en unión de otros oficiales. Al sospechar Velarde la traición que amenazaba a España, se dedicó especialmente a sondear las ideas de los jefes franceses.

De vuelta en Madrid, Manuel Godoy se encontraba encarcelado; Carlos IV se vio obligado a firmar su abdicación y el príncipe había sido exaltado a la sucesión de la Corona, y aunque Fernando VII llegó a ser cómplice de los manejos de todos los enemigos de España, de su familia y de él mismo, en el corazón de los artilleros surgió la inminente necesidad de un acuerdo común para alcanzar la salvación del Rey y de la Corona, porque consideraban que la salvación de la Monarquía encarnada en aquel Monarca, era la única salvación de la dignidad y de la independencia de España. Poco después, Murat llegó a Madrid con un ejército de treinta y seis mil hombres. En una carta que escribió Velarde a Concha, su novia, entre otras cosas le dijo respecto a la situación de inquietud producida por los acontecimientos: “hay algo de barullo y malestar”. De esta forma, todos los trabajos de Velarde se encaminaron a organizar la resistencia contra los franceses que consideraba necesaria en un plazo más o menos largo.

En relación con estos proyectos, Velarde se encargó del plan y de la organización, como lo era la disposición que se debía ir dando a las tropas para tenerlas libres de una sorpresa por los franceses, la reunión del material del Ejército en puntos proporcionados a su custodia, el modo de inutilizar clandestinamente lo que no podía caer en poder del enemigo y a otros objetos de defensa. Su destino en la Junta Superior, cuya función era la dirección del material de Artillería, proporcionaba a Velarde los datos necesarios a estos planes.

Desde entonces, su trabajo se limitó a contribuir a una guerra que creía inevitable. Con este objeto, se entrevistó con el ministro de la Guerra, O’Farril, indicándole los proyectos en los que estaba ocupado para la elaboración de un plan de defensa de la villa y las intenciones que le animaban. O’Farril, que posteriormente sería ministro de José Bonaparte y al que acompañaría en su vuelta a Francia, no hizo caso, o, si lo hizo, fue para estorbar indirectamente una resistencia que creía funesta e inútil. El caso es que el plan en lugar de alcanzar los deseos de Velarde se volvió en contra de los militares españoles, al poner en guardia a las tropas francesas. Sin embargo, Velarde no desmayó, y en sus conversaciones con los compañeros manifestó decididamente su resolución de oponerse a los franceses, procurando inculcar en todos iguales sentimientos.

Conocidas las cualidades de intrepidez y cultura de Velarde y siendo, además, depositario, como secretario de la Junta, de los informes y noticias sobre las tropas y disposición del material de guerra del Ejército Español, consideró conveniente Murat atraerlo a su partido, y por medio del ayudante de campo del general de la Artillería francesa, La-Riboisière, le convocó a varias reuniones. Velarde aceptó en dos ocasiones esta invitación para evitar cualquier sospecha, eludiendo las proposiciones que se le hacían para ponerse al lado de Napoleón, y de esta forma conocer mejor las intenciones de Murat.

También el duque de Berg, en su deseo de captar la voluntad de Velarde, le propuso el cargo de comandante de batallón y ayudante de campo si solicitaba pasar al servicio del Emperador.

Todos los esfuerzos que realizaron con objeto de ganarle para la causa francesa fueron inútiles, no abandonando, en ningún un momento, su plan de defensa, que terminó rápidamente.

Velarde consultó su proyecto con el comisario ordenador del Cuerpo de Artillería Alejandro Silva, el coronel José Navarro Falcón, el capitán Joaquín de Osma, el comisario Andrés Gallego, el coronel Francisco Novella y con Luis Daoiz, su compañero poco después en la defensa del parque de Monteleón. Todos reconocieron las dificultades de la empresa, pero sobreponiendo a todo el interés patriótico, adoptaron algunas disposiciones, entre ellas que el capitán Daoiz, como jefe del Detall, se encargara de la fabricación de cartuchería para cañón y fusil con destino a los ejercicios de instrucción, con el pretexto de ser necesario completar las dotaciones de cada cuerpo.

Al mismo tiempo, acordaron disponer algunas piezas para los ejercicios doctrinales, fabricar metralla y comprobar el número de fusiles con que podía contarse.

La circunstancia de ser Daoiz capitán del Detall, pudo despistar al principio a los franceses; pero, recelosos éstos de la conducta de los españoles, no dejaron de observar sus trabajos y aún consiguieron, para poder informarse más fácilmente, establecer una guardia de sus tropas en el mismo parque de artillería con el pretexto de custodiar algunos efectos allí depositados.

Aumentadas las sospechas, uno de los oficiales franceses de guardia dirigió a sus jefes un parte que motivó la suspensión de las fabricaciones en el parque; pero, firmes los artilleros españoles en sus propósitos, trasladaron el taller a una casa particular, donde continuó la fabricación de proyectiles.

El plan revolucionario de Velarde, conocido como “La Confabulación de los Artilleros” y que culminará con los sucesos del 2 de Mayo, consistía en ponerse de acuerdo en secreto con los oficiales de Artillería para que el golpe fuese simultáneo en todos los departamentos y determinar los puntos donde deberían reunirse todas las tropas veteranas y de milicias, armas y municiones, adoptando las medidas más oportunas para levantar a las provincias y la clase de guerra más conveniente para combatir al enemigo.

La confianza que depositó Velarde en el ministro O’Farrill, dándole a conocer su proyecto esperando su cooperación, tuvo por consecuencia la adopción por parte de los jefes franceses de medidas que el propio ministro ordenó poner en ejecución. Este proceder malogró casi por entero los propósitos de Velarde.

Tras la llegada de los de Fernando VII y de sus padres a Bayona, Napoleón ordenó que se dirigiera a Francia el resto de la Familia Real. El pueblo madrileño comenzó a exasperarse por el mal trato que empezaron a dar los franceses. Esto, unido a la apatía de las autoridades, que habían recibido la orden de Bayona de que se mantuviese la paz, hizo que los ánimos populares se enconaran, ocurriendo frecuentes escenas de enfrentamientos.

El 2 de mayo de 1808, la guarnición y el pueblo de Madrid se indignaron ante los alardes de fuerza de Murat, que buscaba amedrentar a la población e imponerse en la capital. A raíz de ello y de la partida de los últimos representantes de la Familia Real, el pueblo de Madrid se levantó en armas contra el invasor, dando lugar a las heroicas luchas que se libraron en el interior de la ciudad contra la represión de las tropas francesas, y que culminaron con la defensa del Parque de Artillería de Monteleón.

Los franceses procedieron a su asalto con decisión, principalmente porque —según los datos del general Foy— allí se encontraban almacenados 10.314 fusiles, carabinas y escopetas; 25 cañones de bronce; 2303 pistolas; 1358 espadas de caballería; 83 bayonetas y 1468 espadas de infantería y sables. Los capitanes del Real Cuerpo de Artillería Pedro Velarde y Luis Daoíz, el teniente Ruiz, veinte soldados, unos cien voluntarios, varios cañones y algunas mujeres que se prestaron al transporte de la munición, se enfrentaron a los dos mil hombres que componían las tropas asaltantes.

Ese fatídico día, Pedro Velarde acudió a su destino en la Secretaría de la Junta Superior Económica, situada en la calle Ancha de San Bernardo. Al sonar las primeras descargas, con el rostro encendido, reflejando una nerviosa y agitada exaltación, se dirigió al coronel de Artillería José Navarro Falcón, comandante de dicha arma en la plaza y vocal de la citada junta, y le dijo: “Es preciso batirnos; es preciso morir; vamos á batirnos con los franceses”. El coronel Navarro Falcón le recordó las órdenes del Gobierno; pero en aquel momento se oyó más fuerte el tiroteo de las calles vecinas, el griterío del pueblo y el galopar de los caballos. Velarde salió de la oficina y se precipitó escaleras abajo cogiendo el fusil de uno de los ordenanzas. Le seguían Manuel Almira, oficial de Cuenta y Razón, y el meritorio de la Junta Superior, Domingo Rojo Martínez. Ya en la calle, se les agregó un pelotón de paisanos que mandaba Andrés Rovira.

Se dirigieron al cuartel de Mejorada, que lo era del Regimiento de Infantería de Línea de Voluntarios del Estado, situado también en la calle Ancha de San Bernardo.

Allí convenció al coronel de dicho regimiento, Esteban Giráldez Sanz y Merino, marqués de Palacio, para que le dejara fuerzas suficientes con las que contener a la gente que se había agolpado frente al Parque de Artillería pidiendo las armas allí custodiadas. Salió para el parque junto con el capitán de la 3.ª compañía del 2.° batallón, Rafael Goicoechea, llevando a sus órdenes a los tenientes José Ontoria y Jacinto Ruiz de Mendoza, al subteniente Tomás Bruguera, a los cadetes Andrés Pacheco, Juan Rojo y Juan Manuel Vázquez y a treinta y tres fusileros, que fue todo lo que Velarde logró conseguir del marqués de Palacio.

Al alcanzar Velarde y su gente las puertas del parque, lograron que los franceses que en él se encontraban entregaran sus armas, quedando prisioneros en unas caballerizas del edificio. A continuación, desplegó la mitad de la fuerza que le acompañaba en las habitaciones altas del fondo del patio, para que sirviera de reserva, y la restante en las que había a la derecha de la entrada del parque, cuyas ventanas daban a la calle de San José, hoy de Velarde, para defender la puerta.

En el parque se encontraba el capitán Daoíz, destinado como jefe del Detall, quien previamente recibió la orden de no unirse al pueblo, que gritaba pidiendo ser armado, al tiempo que vitoreaba al Rey y a la Artillería.

Velarde conferenció con Daoíz y, visto que ya no tenían valor las órdenes recibidas, porque en la calle los franceses estaban a tiros con los españoles, abrieron las puertas del parque, penetrando en masa el pueblo.

Seguidamente, se distribuyeron fusiles, sables, piedras de chispa y cartuchos, aunque la mayoría prefirió las armas blancas por no saber utilizar los fusiles. Tras esto, tuvieron que volver a cerrar las puertas, ya que el paisanaje, una vez armado, volvía a marcharse para combatir en las calles, no obstante Velarde logró retener a unos ochenta.

Sólo había veinte artilleros dentro del cuartel, los cuales se ocuparon de poner inmediatamente el edificio en estado de defensa. En los almacenes apenas se encontraron diez cartuchos de cañón, de modo que fue preciso construir mayor número y preparar las escasas municiones de que se podía disponer, asentando adecuadamente los cañones disponibles.

Tomadas estas disposiciones, se iniciaron los enfrentamientos armados, mientras el pueblo de Madrid se batía heroicamente en las calles. El pueblo y el reducido grupo de soldados con Velarde, Daoíz y el teniente Ruiz al frente, se atrincheraron en el recinto para defenderlo contra las tropas francesas, y a pesar de que el parque no ofrecía condiciones para la resistencia, fue defendido por aquel puñado de valientes hasta su total agotamiento, ofrendando sus vidas en holocausto y defensa de la patria.

Los defensores de Monteleón rechazaron por dos veces consecutivas los ataques franceses, desarmando un destacamento, esparciendo otro y derrotando el batallón de Westfalia y el primero del 4.º Regimiento provisional, junto con los dos de la brigada del príncipe Salm Isembourg, de la división Musnier. Sin embargo, el tercer ataque, acometido por una potente columna formada por la brigada Lefranc, de la división Globet, encabezada por el general Lagranje, causó grandes pérdidas.

La lucha fue tremenda y el comportamiento de los defensores heroico hasta el extremo. El capitán Pedro Velarde y Santiyán murió atravesado por el disparo de un oficial de la Guardia Noble Polaca; el capitán Pedro Daoíz y Torres, cosido a bayonetazos, cayó mortalmente herido, y el teniente Jacinto Ruiz Mendoza resultó gravemente herido.

Mientras el cuerpo moribundo de Daoíz era trasladado a su casa en la calle de la Ternera, el cadáver de Velarde quedaba tendido en el patio despojado de su uniforme. Sus compañeros envolvieron el cadáver en la tela de una tienda de campaña y lo depositaron en el interior del edificio. No sin vencer muchas dificultades, para evitar a los franceses, varios paisanos y algunos artilleros le trasladaron a la iglesia de San Martín en dos tablas con unos palos atravesados. El escribiente meritorio Manuel Almira le descubrió la cara para reconocerlo. También intentó ponerse en contacto, sin lograrlo, con un tío suyo. Vivía con Velarde en la calle Jacometrezo, entrando por la calle del Olivo Alto a mano derecha, en la cuarta o quinta casa. Poco antes de anochecer, se presentó en la iglesia un desconocido y dejó un hábito de San Francisco con encargo de amortajar el cuerpo de Velarde.

Al día siguiente, 3 de mayo, a las siete de la tarde, se dio sepultura a los dos capitanes. A Velarde lo enterraron con otros dos cadáveres junto a un pozo de agua dulce que había a los pies de la iglesia de San Martín, en el sitio llamado el Jardinillo. Tuvieron la precaución de dejar ambos cuerpos lo más cerca posible de la superficie de la tierra, por si en algún tiempo se trataba de ponerlos en otro paraje más hermoso a su memoria.

En aquella histórica jornada del 2 de mayo, militares y paisanos protagonizaron una de las jornadas más heroicas y sangrientas de la historia de España.

El ataque del parque costó la pérdida de novecientos hombres a los franceses, pudiéndose decir que fue el único punto de la capital donde se opuso una resistencia ordenada.

El general Foy, en su obra sobre esta guerra, reconoce que los capitanes de Artillería Luis Daoíz y Pedro Velarde pasaron a la posteridad como los primeros mártires por la causa de la independencia de su país. Su ejemplo indiscutible de entrega y valor sirvió de acicate para actos heroicos posteriores, protagonizados por españoles de toda condición, edad o sexo.

Cabe también destacar que el 2 de mayo, como fecha del primer levantamiento y enfrentamiento armado del pueblo español contra Napoleón, aglutinó ya unos componentes que fueron constantes en toda la Guerra de la Independencia, tales como la toma de armas por parte de la población civil en apoyo al Ejército Regular que se enfrentaba a las tropas imperiales, hasta entonces invencibles en Europa.

De la misma forma, la importancia histórica de aquel día es relevante, pues, conocida la noticia de la rebelión y de las posteriores represalias de Murat, el 2 de mayo se erigió en detonante de una cadena de alzamientos contra la invasión francesa en diferentes puntos del país.

Al ser demolida en marzo de 1811 la iglesia de San Martín, los restos de Velarde y Daoíz fueron recogidos y colocados en un espacio cerrado por las ruinas donde regularmente eran trasladados los restos de personas distinguidas.

El 2 de mayo de 1811, las Cortes de Cádiz decretaron que en la iglesia mayor de todos los pueblos de la Monarquía se celebrase en lo sucesivo, con toda solemnidad, un aniversario por las víctimas sacrificadas el 2 de mayo de 1808, con asistencia de las primeras autoridades, formación de tropas, salvas militares y todo lo que cada pueblo pudiese proporcionar para la mayor pompa del acto.

En 1812, los oficiales de Artillería del 4.° distrito, en La Coruña, se dirigieron por escrito a la regencia del Reino proponiendo que la memoria de Daoíz y Velarde fuera honrada estampando sus nombres con el siguiente lema en las banderas de los regimientos: “De imitar a Daoíz y Velarde este Cuerpo hará siempre alarde”; incluyendo sus nombres como presentes en la clase de capitanes en los extractos de revista del departamento donde se hallase el Colegio de Artillería; destinando sus sueldos al sostenimiento de tres o cuatro cadetes hijos de oficiales del cuerpo muertos en acción de guerra; y autorizar a todos los oficiales de Artillería a ceñir al brazo izquierdo una banda negra en los días del aniversario del 2 de mayo. Al recibir la instancia para darla curso el director general del Cuerpo, Martín García Loygorri, la amplió, proponiendo también que los héroes de Monteleón figuraran: como presentes en los extractos de revista y que al celebrarse ésta y pronunciar sus nombres el comisario, respondiese el jefe más caracterizado con la fórmula: “como presentes y muertos gloriosamente por la libertad de la Patria el 2 de Mayo de 1808 en Madrid”; que ambos nombres se escribiesen con letras mayúsculas a la cabeza de los capitanes en la escala del Cuerpo; que se erigiera un sencillo aunque majestuoso monumento militar frente a la puerta del Colegio de Artillería, y que todos los años se hiciera un elogio de aquellos capitanes ante los caballeros cadetes a fin de estimularles a imitar su ejemplo, mostrándoles el camino que deben seguir para hacerse dignos de la honrosa profesión de defensores de la patria. Por acuerdo de la regencia de 7 de julio de 1812, se aprobó la propuesta del Cuerpo de Artillería, y también que en lo sucesivo se tributasen a Velarde y Daoíz honores de capitán general.

En marzo de 1814 la Cortes aprobaron una proposición del diputado por Asturias, José Canga Argüelles, para que los restos de Velarde y Daoíz fueran depositados con la pompa debida en terreno inmediato al Salón del Prado, que tomaría el nombre de Campo de la Lealtad.

En abril del mismo año, previos largos y costosos trabajos de identificación, fueron recogidos los restos de los héroes y trasladados a la iglesia de San Isidro, donde quedaron hasta 1840.

El Cuerpo de Artillería solicitó encargarse del carro fúnebre y las urnas para trasladar las cenizas de los héroes a la iglesia de San Isidro hasta su definitivo depósito en el Campo de la Lealtad.

El 1 de mayo de 1814 se hizo formal entrega de las urnas al director general de Artillería, Martín García Loygorri. A continuación, cubiertas de terciopelo negro, se depositaron en un coche fúnebre y se trasladaron al Parque, rindiéndoles honores fúnebres de capitán general. Seguidamente, se colocaron en unas urnas talladas y doradas y encima la espada, el bastón, gorro y faja de capitán general, siendo expuestos en el Salón de Parada.

El 2 de mayo, a las diez de la mañana, todo el cortejo fúnebre, con las autoridades eclesiásticas, civiles y militares, comenzó a desfilar hasta la iglesia de San Isidro. El lujoso carro fúnebre se componía de una extensa plataforma sostenida por cuatro vistosas ruedas y rodeada por un colgante de terciopelo. Sobre la plataforma descansaba una roca de forma paralelipédica en la que apoyaban cuatro almohadones sobre los que descansaban las dos urnas. También figuraban dos flameros de alabastro en que se quemaban perfumes; dos leones de bronce que rompían con las garras trofeos franceses; la estatua de la religión con una mano señalando a las urnas y con la otra al libro de los Evangelios; las columnas de Hércules con los dos mundos y dos cañones. El carro fúnebre iba tirado por ocho caballos desherrados, con penachos y largas colas cubiertas de terciopelo negro con franjas de oro, en los que se veían bordadas las armas de las familias de Velarde y Daoíz.

El 2 de mayo de 1840, una vez construido el obelisco de la Lealtad, las cenizas de los capitanes de Artillería Pedro Velarde y Luis Daoíz y demás víctimas de aquel memorable día fueron trasladadas al Prado con el homenaje debido, depositándose en el sarcófago de piedra construido en el monumento, donde hoy permanecen.

Una lápida recuerda: “A los mártires de la Independencia Española la Nación agradecida. Concluido por la M.H. Villa de Madrid en el año 1840.

Las cenizas de las víctimas del dos de Mayo de 1808 descansan en este Campo de la Lealtad, regado con su sangre. ¡Honor eterno al patriotismo!”.

El 23 de abril de 1816, se concedió a los hijos, viudas y parientes más cercanos de las víctimas, y a los que fueron heridos o a los que hicieron nobles esfuerzos el día 2 de mayo de 1808, el uso de una medalla de honor. Es de plata y de figura oval, pendiente de una cinta negra. En el anverso figura una palma y un laurel enlazados por sus troncos. Dentro de él hay una corona de laurel y debajo esta inscripción “Fernando VII a las víctimas del 2 de mayo de 1808”. En el reverso se lee el siguiente lema: “Pro patria mori aeternum vivire”.

La Sociedad Numismática de Madrid también realizó una medalla en plata y bronce, remitiendo ejemplares al Rey y Ayuntamiento, y para que se depositaran con las cenizas de los héroes al hacer su traslado en 1840.

En 1846, el pueblo de Madrid honró la memoria de los héroes encargando al escultor Antonio Solá un grupo en mármol, que fue levantado en los jardines del Retiro. Posteriormente, fue trasladado al Prado y después a la entrada de La Moncloa, donde se levanta en la actualidad.

En el Museo del Ejército se conservan varias reliquias de los dos héroes de la Independencia, entre ellas el hábito franciscano con que fue amortajado Velarde y una venda y el uniforme de Daoíz.

Las tropas de Napoleón, mientras invadieron España, se vengaron más de una vez con la familia de Velarde, haciéndola víctima de saqueos y persecuciones.

De ello da testimonio un documento del alcalde de Camargo, con fecha 27 de mayo de 1813, en el que expone que “los franceses le arruinaron a José Velarde, padre del héroe, con saqueos y persecución, haciéndole abandonar varias veces su casa”.

Quebrantada su hacienda, el padre de Velarde elevó a las Cortes una instancia solicitando una pensión que le ayudara a sostener el gasto de su casa. Por Real Orden de 2 de abril de 1814, se le concedió la Cruz de Carlos III, con derecho a la primera vacante pensionada que se produjese en el Ministerio de Gracia y Justicia, y una distinción honrada por el ramo de Hacienda; a sus hermanas la pensión de 6000 reales a cada una de ellas, y a su hermano Julián una plaza gratuita en el Colegio de Artillería.

En 1852, se concedieron a su hermano Julián los títulos de conde de Velarde y vizconde del Dos de Mayo. Tras su fallecimiento, pasaron los títulos a poder de su hijo Pedro.

La casa de Muriedas tiene una lápida de mármol que recuerda su nacimiento y otra que conmemora la visita que hizo la reina Isabel II en el verano de 1861.

La ciudad de Santander, por subscripción pública, dedicó a Velarde una estatua, obra inaugurada el 2 de mayo de 1880. Se realizó en la fábrica de Trubia, empleándose el bronce de cañones inútiles. El modelo de la estatua es del escultor Elías Martín, profesor y académico de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando.

Desde 1814, esta ciudad dedica anualmente, el 2 de mayo, un recuerdo patriótico a los héroes de Monteleón, en el que participa una escolta de caballeros cadetes de la Academia de Artillería de Segovia.

Con motivo del centenario del memorable 2 de mayo se celebraron solemnes fiestas. Una de las más brillantes fue la que se llevó a cabo en Segovia para colocar la primera piedra del monumento a Daoíz y Velarde, presidida por Alfonso XIII el 6 de mayo, fecha que se subordinó a que en Madrid había tenido que celebrarse el día 2 la conmemoración del primer aniversario. Vino así a darse cumplimiento, aunque tardío, a lo acordado en las Cortes de Cádiz el 7 de julio de 1812, justamente un siglo más tarde, aunque al final de la guerra, el profesor de dibujo del Colegio Artillero, Luis Góngora, se encargó de realizar el proyecto del anhelado monumento (cuyo original se encuentra en la actualidad en el Museo del Ejército), que no se llevó a cabo.

El 15 de julio de 1910, Segovia y el Cuerpo de Artillería se vistieron de gala para la inauguración del hermoso monumento, obra del escultor Aniceto Marinas, situado en el centro de la plaza de la Reina Victoria Eugenia, frente al Alcázar, donde se formaron como oficiales. El acto estuvo presidido por el rey Alfonso XIII, quien hizo caer las cortinas con los colores nacionales que cubrían el monumento; la música interpretaba la Marcha Real, mientras las campanas de la ciudad volteaban jubilosamente y una batería hacía una salva de veintiún disparos.

Todos los años, el 2 de mayo, los cadetes de la Academia de Artillería se desplazan al Alcázar para, al pie del monumento a los héroes (presidido por Clío, diosa de la Historia), escuchar la lección del día, el elogio a los capitanes Daoíz y Velarde, presentes en lugar de honor en la memoria histórica artillera y de España.

El heroismo de Velarde, junto a los defensores del Parque de Monteleón, el 2 de mayo de 1808, constituye uno de los pasajes más gloriosos de la Historia de España. Su comportamiento de excepcional heroismo y amor desinteresado a la Patria, son una valiosa lección para los hombres y mujeres de España.

 

Fuentes y bibl.: Archivo General Militar (Segovia), Expediente personal.

E. Tamarit, Memoria histórica de los principales acontecimientos del día 2 de mayo de 1808 en Madrid, con expresión de las víctimas sacrificadas, rasgos heroicos, casas allanadas por los franceses, apuntes biográficos de Daoíz y Velarde y su exhumación y funerales de 1814, Madrid, Imprenta de Andrés Peña, 1851; J. Gómez Arreche y Moro de Ellixabeitia, “Manifestación de acontecimientos del Parque de Monteleón, el día 2 de Mayo de 1808”, en Memorial de Artillería (MA) (Madrid), t. VIII (1852); Guerra de la Independencia: Historia militar de España de 1808 a 1814, Madrid, Imprenta de Crédito Comercial, 1868-1903; J. Pérez de Guzmán y Gallo, “Memoria del 2 de Mayo. La Confabulación de los Artilleros”, en MA, serie III, t. XIX (1889); V. Sanchiz y Guillén, “Monumento a Daoíz y Velarde”, en MA, serie III, t. XXII (1890); J. Pérez de Guzmán y Gallo, “Grupo de Daoíz y Velarde”, en MA, serie III, t. XXIII (1891); J. Gómez Arreche y Moro de Ellixabeitia, “El Dos de Mayo”, en MA, serie III, t. XXIII (1891); “Recuerdos del 2 de Mayo de 1808”, en MA, serie III, t. XXVIII (1893); A. Carrasco y Sayz, “El carro fúnebre de Daoíz y Velarde. Memorias del Dos de Mayo”, en MA, t. III, serie IV (1895); J. Pérez de Guzmán y Gallo, El dos de mayo de 1808 en Madrid, Madrid, Sucesores de Rivadeneira, 1908; J. Montero, Velarde: 1808-1908, Santander, Imprenta de Ramón G. Arce, 1908; E. Oliver Copons, El Alcázar de Segovia, Valladolid, Imprenta Castellana, 1916; J. R. Aymes, La Guerra de la Independencia en España (1808-1814), Madrid, Siglo veintiuno de España Editores, 1986; M. Crespo López, Cántabros del siglo XIX. Semblanzas biográficas, Santander, Ediciones Librería Estudio, 2004.

 

Emilio Montero Herrero

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