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Santiago

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Biografía

Santiago. El Mayor. ?, ú. t. s. I a. C. – Jerusalén (Israel), c. 44. Apóstol, santo, patrono de España.

Las únicas fuentes que proporcionan datos fidedignos sobre el apóstol Santiago (Jacobo, Yago, Diego, etc.) se reducen a los Evangelios (especialmente los sinópticos) y al libro también neotestamentario de los Hechos de los apóstoles, que transmite la noticia de su muerte. Se sabe que era hermano de Juan y que fueron llamados por Jesús mientras ayudaban a Zebedeo, su padre, en las labores de pesca, a orillas del mar de Galilea. La familia poseía barca propia y tenía jornaleros a su servicio, y probablemente se dedicaba a la industria de salazón de pescado. Es posible que su madre fuera Salomé, citada por los Evangelios como discípula de Jesús. Santiago formó parte del grupo de los Doce, recibiendo de Jesús, junto con su hermano Juan, el sobrenombre de Boanerges (hijos del trueno o de la ira). Los dos hermanos se atreven a pedir para sí mismos (directamente, según el Evangelio de Marcos, o por mediación de su madre, según el relato de Mateo) un puesto relevante en el reino futuro de Jesús. En otra ocasión, según Lucas, son reprendidos por Jesús por pretender hacer descender fuego del cielo para castigar a una aldea samaritana que no les brindó hospedaje. Pero ambos, junto con Pedro, reciben un trato especial de Jesús, siendo los únicos de entre los Doce que lo acompañan a casa de Jairo, y son testigos de la transfiguración y de la agonía del huerto de Getsemaní. El libro de los Hechos de los apóstoles dice escuetamente que el rey Herodes “mató a espada a Santiago, el hermano de Juan”. La decapitación de Santiago debió de ocurrir hacia los años 43-44 por orden de Herodes Agripa I, Rey de Judea y Samaria desde el año 41 hasta su muerte en abril del año 44.

Esto es todo cuanto se sabe de la vida del apóstol Santiago el Mayor (llamado así para distinguirlo de otro apóstol homónimo). Todo lo demás son conjeturas con más o menos fundamento. A partir del siglo IV serán muchas las iglesias que se disputen el honor de haber sido creadas por alguno de los apóstoles o de poseer sus reliquias. Sólo hay unanimidad respecto de los apóstoles Pedro y Pablo, martirizados en la ciudad de Roma, cuyos sepulcros conserva. Por lo que se refiere al apóstol Santiago el Mayor, los testimonios más antiguos sitúan el origen de su culto en Oriente. En España hay mención de unas reliquias suyas en la ciudad de Mérida, depositadas en la iglesia de Santa María, consagrada probablemente el año 627. Pero sin duda se trataba de una reliquia menor, que acompañaba a otras muchas. Por esos mismos años comenzó a circular por España una obrita, el Breviarium apostolorum ex nomine vel locis ubi praedicaverunt, orti vel obiti sunt, cuyo original griego, de un siglo anterior, nada dice de España; sin embargo, la versión latina (traducida por no se sabe quién ni dónde) introduce algunas modificaciones, haciendo a Felipe apóstol de las Galias y a Mateo iniciador del Evangelio en Macedonia. Por lo que hace a Santiago, habla de la predicación del apóstol en España, asegurando que sus restos están enterrados en una desconocida Acaia o Akra Marmarica, lugar de Libia. Por entonces la noticia pasa al De ortu et obitu patrum, de Isidoro de Sevilla (“Spaniae et occidentalium locorum euangelium predicauit et in occasu mundi lucem predicationis infudit”), aunque algunos autores consideran este texto una interpolación. Sea como fuere, de aquí la tomarán, arropada por la autoridad del gran doctor de las Españas, los demás autores, entre ellos Adelmo de Malmesbury, quien antes del año 709 afirmará de Santiago que “hic primitus hispanos convertit dogmate gentes”. A pesar de todo, una figura de la relevancia de Julián de Toledo, muerto el año 690, conocedor del Breviarium y de la interpolada versión isidoriana, hacia el año 686 vuelve a la opinión tradicional de que Santiago solo predicó a los judíos. En cambio, Beato de Liébana, hacia el año 776, en su Comentario al Apocalipsis, afirmará taxativamente que Santiago recibió la misión de evangelizar España. Y un poco más tarde, entre los años 783-788 en que sin duda fue compuesto, el himno O Dei verbum, atribuido no sin fundamento al mismo Beato, dará un paso más, invocando por primera vez a Santiago como “caput refulgens Ispanie, tutorque nobis et patronus vernulus”, esto es, como gloria y patrono de España. A partir de aquí la predicación del apóstol en España es aceptada de forma casi unánime.

En cambio, los datos litúrgicos permiten afirmar que hasta el siglo VIII no existe en España un culto especial al apóstol Santiago. Los textos más antiguos no comprenden la fiesta de Santiago ni el 30 de diciembre, fecha propia de las iglesias orientales, ni el 25 de julio, día que adoptaron las iglesias de Occidente, aunque en los calendarios figura en la primera de estas fechas. La misa Vocantem nos fue compuesta posiblemente en el siglo VIII, al mismo tiempo que la Passio Sancti Sancti Iacobi apostoli, incluida en los pasionarios hispanos y probable obra española, pero ninguno de estos textos menciona su predicación en España ni habla del lugar de su sepulcro.

Por lo que hace al lugar de su sepultura, ya se ha dicho cómo en la ciudad de Mérida había a principios del siglo VII una reliquia menor. Casi todas las reliquias de esa iglesia procedían de Jerusalén, donde hacia el año 500 un peregrino afirmó haber visto la tumba del apóstol Santiago en el monte de los Olivos. Curiosamente, casi todas las reliquias de esa iglesia aparecerán en la iglesia de Santa María (aneja a la de Santiago) en la ciudad de Compostela a finales del siglo IX. Fray Justo Pérez de Urbel, al observar tal coincidencia, supuso que los cristianos fugitivos de Mérida, refugiados en Galicia tras la conquista de la ciudad por Muza el año 713 (hecho del que hay constancia histórica), llevarían consigo sus reliquias. No sería este el único caso en que la parte se toma por el todo y una reliquia menor pasó a ser tenida como el cuerpo íntegro del apóstol.

Esta teoría, según ha dicho Carmen García Rodríguez, representa por ahora lo más aceptable que se ha expuesto en favor de las reliquias compostelanas. La hipótesis de que el cuerpo que se venera en Santiago es el del hereje Prisciliano carece de sólido fundamento.

Excavaciones arqueológicas bajo el subsuelo de la actual basílica compostelana han sacado a la luz los restos de un cementerio hispanorromano con un mausoleo que en algunas de sus partes podría remontarse al siglo I, pero el hecho no prueba más que la continua utilización de un lugar de enterramiento a lo largo de los siglos y que pudo ser aprovechado por los cristianos fugitivos de Mérida. Fue en ese lugar donde el obispo Teodomiro pretendió hallar milagrosamente hacia el año 829 el cuerpo del apóstol. En cualquier caso, el acontecimiento tuvo lugar antes del año 847, fecha de la muerte del obispo, y muy probablemente antes del 842, año de la muerte de Alfonso II, quien habría afirmado en un documento del 4 de septiembre del año 834 la noticia del feliz hallazgo (“huius enim beatissimi apostoli pignora, uidelicet sanctissimum corpus reuelatum est in nostro tempore”). Pero esta donación es tenida por falsa o al menos por interpolada por muchos autores, mientras otros defienden su autenticidad. Muy pronto (la primera mención documental es del año 883) la misteriosa Acaia Marmarica de los textos antiguos se transforma en un ingenioso arcis marmoricis, esto es, en un sepulcro de mármol, con la cual se suprimía un obstáculo para fabular sobre el lugar del enterramiento del apóstol. De lo que no cabe dudar es de la historicidad del obispo Teodomiro en la sede de Iria, que fue enterrado a su muerte, acaecida el 20 de octubre del año 847, cabe el sepulcro por él descubierto.

La noticia no pasó desapercibida allende los Pirineos y es recogida muy pronto en algunas versiones del martirologio de Floro de Lyon, de donde pasó a los martirologios posteriores. Del año 906 es la carta de Alfonso III al clero de Tours en la que responde a las preguntas formuladas por ellos acerca del sepulcro apostólico que ha aparecido en los confines de su Reino. Si la carta es auténtica, en ella se dan por testigos del hecho multae veridicae historiae, además de los milagros obrados sobre la tumba del apóstol.

También en el siglo X aparecerán la Historia translationis y la Epistola Leonis papae, que darán forma casi definitiva a cuanto la Edad Media creerá sobre el sepulcro apostólico en los confines del orbe. Las voces discordantes son mínimas, pero en España puede citarse la de Sancho, copista de la Biblia de León, quien en el año 960 todavía afirmará, probablemente siguiendo a su maestro Florencio de Valeránica, quien habría escrito lo mismo en la desaparecida Biblia de Oña, escrita el año 943, que Santiago “apud Iherosolimam humatus est”. Pero ello no afectará al inicio y desarrollo de las peregrinaciones a Santiago, entre las que cabe destacar la del obispo Godescalco de Puy en el año 950 y la del conde Ramón de Rouergue once años después. Posteriormente, ya entrado el siglo XI, nacerán las leyendas acerca de la protección dispensada por el apóstol Santiago a los soldados cristianos frente a los musulmanes, apareciéndose y guerreando con ellos en algunas batallas, como la legendaria de Clavijo (844), lo que daría lugar a una iconografía peculiar del apóstol como Santiago matamoros.

 

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Miguel C. Vivancos Gómez, OSB