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Musà b. Nusayr

Biografía

 

MŪSÀ B. NUṢAYR: Abū Abd al-Raḥmān Mūsà b. Nuîayr b. Abd al-Raḥmān b. Zayd. Wādī l-Qurà (Arabia Saudí), 19 H./640 C. – Wādī l-Qurà o Marr al-Ýahrān, 97-99 H./715-718 C. General árabe, gobernador de Ifrīqiya y Magrib, Primer emir musulmán de al-Andalus.

Mýsà b. Nuṣayr [nuestro ‘Moro Muza’]. Su ascendencia era humilde como lo prueba lo corto de su genealogía y el que sus biógrafos no se pongan de acuerdo sobre el particular. Algunos lo hacen hijo de extranjero, mientras quienes lo consideran árabe se dividen entre cuatro presuntos orígenes tribales: Bakrī, Lajmī [por clientela], Balī, Layṯī… Según parece, su padre estaba en Ayn al-Tamr cuando fue ocupada por Jālid b. al-Walīd; habría declarado ser un Bakr b. Wā’il y estar allí en calidad de rehén. Según al-Ḥumaydī “se decía que Mýsà era mawlà/liberto de los Lajm”, y algo de verdad habría en aquello cuando éstos pagaron, en 97/716 y deduciéndolo de sus propias soldadas, la mitad de la multa resultante del juicio de Mýsà. Ibn Baškuwāl afirmaba [dato probablemente legendario] que su abuelo habría sido ‘compañero’ del Profeta. En cambio, la estrecha relación de los nuṣayríes con los Omeyas es indiscutible. Y tal vez sea cierto que su padre fuera jefe de la guardia de corps de Mu‛āwiya cuando su enfrentamiento con Alī. El propio Mýsà se consideró siempre mawlà [por manumisión o voluntario] de Abd al-Azīz b. Marwān —poderoso virrey de Egipto y hermano del califa Abd al-Malik— que lo apreciaba, empleó y protegió en múltiples ocasiones.

Tampoco hay unanimidad sobre la fecha de su nacimiento, que la mayoría de los autores fechan “el año 19/640, durante el califato de Umar, en Wādī l-qurà”. En cambio Ibn Ḥabīb, seguido por Ibn al-Kardabýs, afirma que “tenía sesenta años cuando entró en al-Andalus el año 93/712”. Lo cual nos llevaría al 33/653-654, en las postrimerías del califato de Uṯmān… Mýsà falleció en 97-99/715-8, teniendo 79 años, en Wādī l-qurà o Marr al-Ýahrān, mientras acompañaba al califa Sulaymān b. Abd al-Malik en su peregrinación a la Meca. Cronológicamente, Mýsà pertenece a la segunda generación de musulmanes, los tābi‛ýn, aquellos que alcanzaron a convivir con los ṣa¬āba/Compañeros, de los que transmitieron tradiciones proféticas. De hecho casi todos sus biógrafos subrayan este papel de transmisor y encomian lo eficaz de su impetración divina.

Pero la importancia histórica de Mýsà es consecuencia de su actuación político-militar. La primera noticia conservada es la de haber sido “encargado de la recaudación de la contribución territorial de Baṣra”, por cuenta de Bišr b. Marwān, virrey del Iraq. Ibn Abd al-Ḥakam lo hace inclusive co-gobernador (disponía del sello) de este hermano del califa Abd al-Malik. Hechos que habrá que ubicar durante el periodo que va del 71/690 al 75/694. Pero la gestión de Mýsà fue demasiado personal puesto que “se apropió de fondos”, provocando que se encargase a al-Ḥaŷŷāŷ, cuando fue nombrado gobernador y se hizo cargo de la provincia, de detenerlo, incoarle expediente e iniciar su auditoría…”. Temeroso, Mýsà se refugió junto a Abd al-Azīz b. Marwān, señor de Egipto, para ponerse fuera del alcance de [al-Ḥaŷŷāŷ]. Abd al-Azīz marchó a Siria con Mýsà, cuya inteligencia y sagacidad apreciaba, para mediar con Abd al-Malik. [Y consiguió que] el califa [sobreseyese el asunto, tras] multar a Mýsà con 100.000 dinares, de los que la mitad fue entregada por Abd al-Azīz, regresando a Egipto con su protegido”. Este permaneció allí dos o tres años, gozando del favor de su protector, hasta el punto de ser escogido para la misión de “acompañar a Umm al-banīn bint Abd al-Azīz cuando fue a desposarse con [el próximo califa] al-Walīd b. Abd al-Malik. Dicha [Umm al-banīn] no dejó de velar por los intereses de [Mýsà] hasta que sucedió lo que ocurrió…”. Protección que no alteró el poco aprecio califal, quien “al llegarle noticia de que su hermano Abd al-Azīz lo había enviado al Magrib, se prosternó para dar gracias a Dios por haberle librado de aquel…”. En cambio, las relaciones de Mýsà con su protector fueron siempre de una extraordinaria —y mutua— cordialidad. Hasta el extremo de que Umar b. Abd al-Azīz [nombrado califa en 98/717] aludía “al favor de mi padre del que siempre disfrutaste y los muchos beneficios que te otorgó.” Y, en cuanto tuvo ocasión y medios para hacerlo, Mýsà se apresuró a corresponder, regalando al virrey egipcio el extraordinario caballo que codiciaba y, sobre todo, remitiéndole botines y presentes inauditos…

En 78 o 79/697-698, Abd al-Azīz nombró a Mýsà “gobernador/wālī de Ifrīqiya y de [las tierras que están] más allá [que pudiese ocupar]”; con lo que se inician los diez y seis años de gobierno norteafricano que diversos autores asignaban a este último. Tres lustros que se pueden descomponer en otras tantas fases geográfico-políticas: ifīiqí, magribí y andalusí. “Mýsà salió de Egipto con unos pocos voluntarios, sin tropas sirias, pues habían de bastarle [las levas que hiciera] de los ŷund de Egipto e Ifrīqiya, más aquellos que se apuntasen.” Evidentemente el grueso de las fuerzas que pueda utilizar en eventuales campañas había de salir de su propia provincia. De allí es donde tiene que sacar “la gente esforzada y aguerrida” que le va acompañar, que ya no será exclusivamente árabe, pues consta se “le agregan contingentes Hawwāra, Zanāta y Kutāma”. Así, cuando atacó a los Ṣanhāŷa, iba “al frente de 4.000 soldados regulares inscritos en el rol/ahl dīwān al-ŷund, 2.000 voluntarios, más un número indeterminado de [hombres procedentes] de cabilas beréberes”. Estos últimos son contingentes colectivos, cuya obligada participación ha sido cláusula esencial de las capitulaciones que se les ha ido concediendo, durante el avance musulmán en dirección Oeste. El factor decisivo es que, ahora, tanto las campañas de envergadura como las simples algaras se realizan con tropas mixtas. Aquellos grupos indígenas que han reconocido la hegemonía político-militar del Islam se han sumado a los expedicionarios árabes, contribuyen activamente —y su colaboración será decisiva en muchas ocasiones—. Pero la aceptación de la nueva ideología todavía está por efectuar, y la conversión a la nueva fe sigue siendo, aún y por bastante tiempo, un proceso. En términos, tanto demográficos como militares, estamos en la fase de agotamiento de los recursos humanos árabes que, por sí solos, ya no bastan para seguir ensanchando indefinidamente los confines del imperio. A partir de ahora y para continuar la política expansionista es necesario recurrir a la utilización de otras etnias. Así lo hizo Qutayba b. Muslim (86-96/705-15) para poder ocupar los janatos de Bujāra, Jwārazm, Samarcanda y Fargānā. Y esta misma práctica será la que permitirá a Mýsà b. Nuṣayr consolidar su dominio sobre Ifrīqiya y conquistar el Magrib y al-Andalus. Obsérvese el sincronismo de las campañas occidentales con las orientales y la coincidencia de las medidas adoptadas en ambas regiones. Parece obvio que se trata de la aplicación local de unas directrices generales emanadas del gobierno de Damasco: la política expansionista del califa al-Walīd.

El primer cuidado de Mýsà fue recuperar su provincia, por cuanto la desidia de Abýāli¬, gobernador anterior, había permitido “a los Beréberes zafarse del dominio musulmán”. Consecuentemente la primera campaña de Mýsà será para ocupar “Zagwān, a un día de marcha de Qayrawān”. Asimismo, las algaras de sus hijos, Abd Allāh y Marwān, se desarrollan en Ifrīqiya. Las enormes cantidades de cautivos apresados (cuyo quinto excitó la incredulidad admirativa de Abd al-Azīz) proceden de esta región, lo cual explica que las campañas posteriores tengan objetivos cada vez más lejanos, por agotamiento del filón humano…

Tanto Abd al-Azīz como su hermano el califa Abd al-Malik fallecieron en 86/705, con escasamente seis meses de intervalo. El hijo y sucesor del último tomó entonces una doble decisión: desgajó Ifrīqiya de la jurisdicción egipcia y nombró a “Mýamīr alà Ifrīqiya wa-mā jalfa-hā/ emir de Ifrīqiya y [de los territorios que están] más allá [que pueda conquistar]”. Estamos a finales de 86 o, mejor, a mediados de 87/706 (aunque hay autores que lo fechan en 89/708). Mýsà es ahora autónomo, ya no depende de gobernador alguno, sino directamente del califa que lo ha nombrado (y a quien remitirá desde entonces correspondencia, informes y botín). Adviértase que se trata del primer ‘emirato de conquista’ históricamente documentado; modalidad que no será codificada hasta dos siglos más tarde por al-Māwardī e Ibn al-Farrā’. Consecuentemente, Mýsà se va a lanzar a la conquista del Magrib para materializar lo que entiende es su jurisdicción; es decir Ifrīqiya wa-l-Magrib. Porque la actuación del nuevo virrey norteafricano refleja una visión y política exclusivamente continentales y no existe indicio alguno que sugiera considerase futuras anexiones transmarinas…

La continuación de las campañas norteafricanas provocó diversos efectos. Al mantener un flujo continuo de cautivos apresados —y remitidos a Damasco— incrementó la fama y prestigio del conquistador (uno de los fines perseguidos). También acrecentó considerablemente la extensión de las tierras conquistadas, por cuanto “numerosos grupos beréberes huyeron hacia Occidente, temerosos de los [ataques] árabes. Por lo que Mýsà les persiguió, combatiéndoles fieramente y haciendo numerosos prisioneros, hasta llegar al Sýs al-adnà. Cuando los beréberes vieron lo que les había caído encima, pidieron el amān y se sometieron”. Por tanto, corrimiento de poblaciones locales en dirección Este-Oeste. Pero es que, además, este sometimiento ha implicado la entrega de rehenes-auxiliares, cuyo número va creciendo según Mýsà y sus hijos van avanzando hacia Occidente, ya que ha sido exigido de cuantos grupos indígenas ha encontrado a su paso. Política aplicada hasta que “no quedase en todo el país, bereber alguno que no estuviese sojuzgado”. La fórmula utilizada: “[los autóctonos] piden el cese de las hostilidades a cambio de [reconocer] el Islam y someterse” evidencia que se están manejando conceptos políticos y no de conversión. Reconocimiento de la soberanía arabo-musulmana que quedaba garantizada por la entrega de rehenes: hijos del jefe y de los notables del grupo. La importancia de esta aportación norteafricana es de tal magnitud que constituye la vanguardia, y va bajo el mando de un bereber: su liberto Æāriq [s. v.]. Una expedición al Sýs, paralela a la de su hijo Marwān, iba capitaneada por otro norteafricano: Zura b. Abī Mudrik (que había mandado una de las alas del ejército nuṣayrí). Este ir siempre en primera línea terminará siendo considerado discriminatorio por los afectados y, treinta años más tarde, constituirá uno de los graves abusos, denunciados al califa Hišām b. Abd al-Malik, cuyo mantenimiento provocará la gran rebelión del 122/740…

Mýsà, directamente o mediante delegados suyos (hijos, generales, libertos) domina todo el Norte de África, habiendo llegado hasta el Mulýya, Sýs, Dara, Tafilalt y Tánger. Durante su marcha en dirección Oeste las confederaciones Butr y Barānis se han sometido. “Cuando Zura b. Abī Mudrik le trajo los rehenes Maṣmýda, Mýsà los agregó a aquellos que había cogido en Ifrīqiya y el Magrib y los instaló en Tánger. [Tras convertirla] en ciudad-campamento, la puso bajo el mando de su liberto Æāriq, al que dejó con 12-19.000 jinetes beréberes con armas y pertrechos. También le dejó entre 12 y 27 árabes para enseñar el Qur’ān y [las normas] islámicas a los beréberes”. Entonces, “Mýsà los dejó, marchando de regreso a Ifrīqiya con su ejército, exclusivamente compuesto por árabes que eran muchos”. Llegado a Qayrawān, se dedicó a organizar la administración de sus dominios. Para la conquista del Magrib se había tenido que recurrir a árabes y beréberes. Ahora, terminada la operación, se prescinde de los segundos. Los árabes vuelven a su ciudad-campamento: Qayrawān, bajo el mando de un árabe; mientras los beréberes son acuartelados en Tánger, a las órdenes de uno de los suyos: el liberto Æāriq b. Ziyād, cuyo nombramiento ha de fecharse entre 85/704 y 88/707.

Éste había recibido el encargo de reducir a Julián [s. v.], gobernador de Ceuta quien, no pudiendo soportar el cerco, pacta su sumisión. Asimismo, para asegurar la conservación de su status —y prevenir futuros roces con aquella masa de inquietos beréberes— propone invadir Hispania. Con lo que entramos en la tercera fase (92/711-95/714) del gobierno de Mýsà, cuyos dominios abarcarán Ifrīqiya, Magrib y al-Andalus [el nombre que los árabes dieron a su nueva conquista]. Ahora bien, la invasión de la Península no se hizo por orden —ni siquiera con permiso— del Árabe, sino por iniciativa propia del Bereber que hasta se olvidó de informar a su superior, limitándose posteriormente a comunicarle un hecho consumado…

Al conocer la noticia, Mýsà [estaba en Qayrawān] se preocupó. Autores hay que hablan de envidia ante el botín cobrado, mientras la mayoría lo achacan a motivos de seguridad táctica y desobediencia. El caso es que pasó a la Península, en ramaÅān 93/junio 712 (un año después de Æāriq), al frente de unos 22-25.000h. Un ejército árabe –mayoría étnica- y totalmente arabo-musulmán en materia de organización y creencia. Mýsà funda la mezquita de Algeciras, consulta a sus capitanes y sigue un camino (Medina Sidonia, Carmona, Sevilla, Fuente de Cantos, Mérida [la única que resistió], Almaraz) distinto del de Æāriq [Cf. mapa]. En Almaraz Æāriq se presentó humildemente y, pese a entregar el botín [incluida la “Mesa de Salomón”], fue reprendido por su jefe, arrestado y relevado del mando de los primeros invasores, y en esta situación le acompañará posteriormente hasta Zaragoza. Mýsà pasó por Talavera, Toledo, Medinaceli, Calatayud, Zaragoza [donde es alcanzado por Mugīṯ, primer enviado califal], siguió por Egea, Pamplona, Amaya, León, Astorga, Lugo [donde un segundo enviado califal le obliga a regresar], Astorga, Zamora, Salamanca, Talavera, Toledo, Ciudad Real, Almodóvar, Baños, Andújar, Córdoba, Sevilla.

La campaña de Æāriq había sido esencialmente de saqueo, puesto que los beréberes “habían acudido, ávidos de botín y ansiosos por luchar”. En cambio, la de Mýsà será de dominación-ocupación organizada mediante capitulaciones. Entramos en un periodo de contratos-obligaciones, de acuerdos mediante los cuales —a cambio del reconocimiento y acatamiento de la soberanía musulmana [unido al pago de una tasa y de la entrega de unos bienes que consideran ‘vacantes’]— los sometidos conservan vidas, posesiones, estructuras internas y religiosas, y libertad de movimientos. “…foedus sarraceni,…clerus et christiani...servituti barbaricae mancipati elegerunt degere sub tributo, permissi sunt uti lege et ecclesiastis institutis, et habere pontifices et evangelicos sacerdotes”. De momento no hay conversiones al Islam, éste será un lento proceso posterior, nunca fomentado oficialmente.

Tampoco encontramos ya referencias [excepción hecha del caso de Mérida] a lucha armada alguna. La tónica general es la descrita para el valle del Jalón “no pasaban por lugar alguno que no ocupasen y sin que Dios les enriqueciera con lo que apresaban…Nadie les salía al paso como no fuera para pedir la paz. Mýsà seguía las huellas de Æāriq en todo este [trayecto], completando lo iniciado por aquel y confirmando contractualmente a las gentes los pactos que se les concediera”. Contexto de sumisión pactada que se aplica también a la zona galaico-leonesa. “Mýsà dejó a aquellos cristianos que estaban en refugios inaccesibles y altas peñas sus bienes y religión [a cambio] del pago de la ŷizya. Éstos son los que conservaron sus bienes en las tierras del Norte. Porque pactaron el quedárselos, [tanto] campos de frutales [como] tierras de sembradura, [a cambio de] entregar parte de su producto como tributo.” Política que será la seguida posteriormente por su hijo y sucesor Abd al-Azīz [s. v.].

Cometido esencial de Mýsà, en tanto amīr/virrey, era el retribuir a las tropas que le acompañan y administrar su provincia. Como general ha de separar el quinto del botín [para el Estado] y repartir los 4/5 restantes entre los soldados. Por razones prácticas las presas no se trocean físicamente, se valoran en numerario y éste será el repartido, conllevando la necesidad de grandes cantidades de dinero. Para ello cabía utilizar la moneda local, emplear la traída por los invasores, o emitir sobre la marcha, de acuerdo con las necesidades coyunturales…Es entonces cuando se acuñan dinares de oro, con la leyenda in nomine domini non deus nisi deus solus non deus similis, fechados de acuerdo con el año hegiriano hic solidus feritus in Spania anno XCIII, anicónicos y sin guardar relación alguna con el patrón visigodo. Estamos ante un sistema monetario totalmente distinto. Nuevas emisiones destinadas a la retribución de las tropas y a constituir la tributación remitida al califato de Damasco.

Precisamente son materias fiscales las que provocaron la convocatoria (95/714) y, tras su llegada a Damasco, auditoría y “juicio de Mýsà”. Se le imputó no sólo de haber aplicado el ‘derecho de los conquistadores’ en lugar del ‘derecho del Estado’ en materia de reparto de bienes inmuebles, sino también de “apropiación indebida de valiosísimas joyas que apresara”…En cualquier caso, el juicio es posterior a la muerte de al-Walīd y será llevado a cabo por Sulaymān, hermano del anterior y nuevo califa en 96/715. Aparte la inquina personal de Sulaymān contra Mýsà y su política, es evidente que influyeron las denuncias de Æāriq y Mugīṯ. El durísimo trato y juicio de Mýsà se saldó con la imposición de una cuantiosa multa [de uno a cuatro millones de dinares], parcialmente abonada por delegados, parientes, deudos y amigos del acusado… Pero el finiquito se comprometía a mantener a sus hijos Abd al-Azīz y Abd Allāh al frente de sus gobiernos de al-Andalus e Ifrīqiya respectivamente.

El pago de la multa cerró el caso y Mýsà parece haber gozado posteriormente de bastante consideración por parte del califa, de cuyo séquito formó parte. Consta acompañaba a Sulaymān durante su peregrinación a la Meca, en cuyo trayecto falleció, siendo enterrado Mýsà b. Nuṣayr en Wādī l-qurà, en 97-99/715-718.

La fama de sus campañas en el Magrib y sobre todo por lejanas tierras europeas, [llegó a ser llamado por alguno el “rey de Occidente”, despertando la sospecha califal de querer independizarse] darán pie al surgimiento de todo un ciclo de leyendas (entroncado con la literatura de “prodigios”). Sus conquistas habrían llegado hasta los confines del mundo habitado, habría luchado contra genios, asediado la “Ciudad de cobre”, tropezado con ídolos, desvelado arcanos, hallado tesoros ocultos, tomado botines inconmensurables, realizado milagros, etc.

Al-¾abbī afirma que “según Abý Sa‛īd b. Yýnus, un descendiente del [conquistador] llamado Mu‛ārik b. Marwān b. Abd al-Malik b. Marwān b. Mýsà b. Nuṣayr, Abý Mu‛āwiya, compuso [una obra] sobre Noticias acerca de la conquista de al-Andalus por Mýsà y circunstancias [que la rodearon]

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Pedro Chalmeta Gendrón