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Alfonso III

Biografía

Alfonso III. El Magno. Oviedo?, c. 848 – Zamora, 20.XII.910. Rey de Asturias y rey de León.

La Crónica de Alfonso III cierra su historia de los monarcas astures con la escueta referencia de que “en la era 904 (año 866), muerto Ordoño, su hijo le sucedió en el trono”. El anónimo autor de la Crónica Albeldense continúa historiando la vida y hechos del nuevo monarca hasta el año 881, en que concluye su primera redacción, para prolongarla seguidamente hasta finales del 883. Un anónimo continuador de la crónica regia, cuyo relato incorpora la Historia Silense a principios del siglo XII, y el cronista Sampiro son las otras fuentes narrativas que, con algunas piezas de importancia ya secundaria, completan desde el observatorio de la historiografía cristiana la visión del largo reinado de más de cuatro décadas del último y gran monarca del Reino de Asturias. A esas fuentes cronísticas hay que sumar las informaciones que proporciona la tradición historiográfica árabe y un número ya relativamente abundante de diplomas de segura fiabilidad, así como los datos de un expresivo repertorio de vestigios arqueológicos en el que se destacan, al lado del propio ciclo monumental del arte asturiano en sus últimas manifestaciones, un conjunto de documentos epigráficos de extraordinario interés.

La Crónica Albeldense precisa algunas circunstancias que rodean el acceso al Trono del hijo de Ordoño I y la corta y crítica primera etapa de su caudillaje, en la que una vez más se hacen presentes los dos tipos de episodios que acompañan los años iniciales del reinado de varios monarcas astures: la contestación nobiliaria bajo la forma de “usurpación” —en la conceptuación de la historia oficial de la monarquía— a la aceptación de la pacífica sucesión en el Trono, de una parte; y de otra, las insumisiones de base regional contra esa misma autoridad de los nuevos monarcas, en relación a veces con aquellas usurpaciones. Siguiendo el relato de la Albeldense, Alfonso tendría dieciocho años, “estaba en la primera flor de su adolescencia”, cuando es llamado a suceder a su padre, viéndose desposeído inmediatamente del Trono “por el apóstata Fruela, conde de Galicia, por medios ilegítimos”, y refugiándose en Castilla. “Y no mucho tiempo después —continúa el cronista—, muerto Fruela, tirano e infausto rey, por los leales de nuestro príncipe en Oviedo, el glorioso muchacho vuelve de Castilla y es dichoso reinando felizmente en el trono paterno”. El anónimo continuador de la Crónica de Alfonso III propone para el joven monarca la temprana edad de trece años al suceder a su padre, que eleva a catorce el cronista Sampiro, aunque frente a estos testimonios ya algo tardíos debe prevalecer, en principio, el que facilita el autor de la Crónica Albeldense.

El “reinado” del usurpador Fruela en Oviedo debió ser muy corto. Es probable que el conde castellano Rodrigo participase activamente en la reposición en el Trono del joven Alfonso, quien ya el 20 de enero del 867 otorgaba un documento a favor del obispo de Iria restituyéndole una villa que le había sido arrebatada por el rebelde Fruela Bermúdez, cuyo nombre parece sugerir algún tipo de vinculación con el círculo familiar regio. Afianzado ya en el Trono y quizá en aquel mismo año 867, Alfonso III se ve obligado a reprimir una nueva rebelión de los vascones que habría de repetirse, no se sabe cuándo pero seguramente poco tiempo después.

La Crónica Albeldense nos dice cómo “la fiereza de los vascones la aplastó y humilló por dos veces con su ejército”. Y en la lista versificada de prelados que, seguida de la apología del Monarca, se incorpora al cuerpo textual cronístico, se hace al rey “ilustre entre los astures” y “fuerte contra los vascones”. Dos etapas bien diferenciadas pueden señalarse en el largo reinado (866-910) de Alfonso III.

La primera de ellas comprendería hasta finales del 883, momento en que se remata la redacción de la Crónica Albeldense, fuente fundamental para el conocimiento de esa primera parte de la vida y hechos del monarca; se redacta igualmente la interesante pieza narrativa conocida como Crónica Profética, de tan expresivas sugerencias en la interpretación de las claves ideológicas del reino asturiano; y se logra una tregua entre la Corte ovetense y el emirato cordobés que pone fin a un dilatado período de confrontaciones bélicas entre los cristianos norteños y los musulmanes.

La segunda etapa se prolongaría hasta la muerte del monarca en el 910, caracterizándose fundamentalmente por una continuidad en el proceso de reorganización interior, desarrollo cultural y ordenación repobladora de los amplios espacios que se han ido incorporando al reino como consecuencia de la actividad militar de la primera época. También ahora se produce la plena cristalización del proyecto político neogoticista, alumbrado en el Oviedo de Alfonso II el Casto (791-842), como soporte ideológico de un reino que ha experimentado en el curso de los últimos decenios del siglo IX un extraordinario crecimiento territorial.

En la primera etapa del despliegue cronológico del reinado de Alfonso III se asiste, simultáneamente, a la expansión repobladora del reino, iniciada ya en tiempo de Ordoño I (850-866) y a una intensa actividad militar y política que se manifiesta en la confrontación directa con el poder central cordobés, a cuyo frente se encuentra el emir Muhammad (852-886), el más firme y porfiado oponente del Rey Magno, y en las relaciones con otros poderes locales de la España islámica y con el núcleo vascón con centro en Pamplona. Será en el espacio galaico, con fuertes aristocracias locales y siempre proclive a la insumisión frente a la autoridad central ovetense, donde primero despliegue Alfonso sus dotes de hábil político, imprimiendo nuevo y eficaz impulso, en los años iniciales de su reinado, al movimiento repoblador que había comenzado su padre Ordoño y a la profundización en el avance de las fronteras de ese flanco occidental del reino.

El Monarca canaliza las fuerzas de los magnates gallegos en la prosecución de la repoblación de su país, cuya línea meridional se desplaza considerablemente en pocos años. Se pasa el Miño, llegando el conde Vímara Pérez a Oporto en el 868. El conde Odoario ocupa Chaves, sobre el Támega, y se emprende la repoblación de las tierras comprendidas entre el Miño y el Duero. Toda la región será escenario de una intensa actividad de reordenación del territorio y de encuadramiento político-administrativo y eclesiástico de su población, compuesta, en referencia de la Albeldense, de “gallegos” y “cristianos”. Renacen ciudades como Braga, Orense, Coimbra, Viseu y Lamego. Con razón pudo escribir el anónimo autor de la crónica que “en este tiempo crece la iglesia y se amplía el reino”.

Mientras se produce la progresión repobladora de Alfonso III por el flanco occidental galaico, hasta el Duero, primero, avanzando seguidamente hasta el Mondego, el espacio foramontano castellano-leonés será escenario de una serie de expediciones punitivas de los cordobeses que ponen a prueba la capacidad militar del Rey Magno. Éste sabrá aprovechar las favorables circunstancias que le brinda una situación endémica de rebeldías internas en la España islámica, que condicionarán las acciones ofensivas del emir MuÊammad contra el Reino de Asturias, facilitarán contundentes operaciones de respuesta de los cristianos y permitirán a éstos una firme política de expansión territorial. En tales circunstancias, Alfonso III encontrará unos oportunos aliados en los cabecillas rebeldes al emirato cordobés: en la Frontera Superior los Banū QasÌ, que desde tiempo atrás mantienen relaciones alternativas de amistad y enfrentamiento con la monarquía asturiana; en el Oeste Ibn Marwan, apodado el hijo del gallego; y finalmente, en la serranía andaluza, el indómito ‘Umar b. afîūn, el reyezuelo de Bobastro. Todos ellos eran muladíes, descendientes de familias hispanas islamizadas, y sus rebeldías son un claro exponente de la disolución interna de una España musulmana minada por las diferencias religiosas y étnicas de su heterogénea población. A pesar de esas adversas circunstancias, que le obligaban a una continua dispersión de fuerzas, el emir llevará la iniciativa en la lucha contra los cristianos norteños y los rebeldes muladíes. Y secundado, primero, por su hermano al-Mun¼ir y, después, por su hijo y sucesor del mismo nombre, porfiará durante años en quebrantar el poder, cada vez más firme, del Rey Magno.

Reprimida una sublevación del muladí de Mérida lbn Marwªn, dirige un ataque infructuoso contra León y el Bierzo. En expediciones de replica, los cristianos llegan hasta la fortaleza de Deza y la plaza de Atienza, penetrando así profundamente en territorio bajo teórico control islámico y devastando Coimbra. Otra incursión musulmana contra Galicia fracasa igualmente y en contrapartida el conde Hermenegildo Gutiérrez ocupa de modo efectivo Coimbra (878), avanzando así la frontera cristiana por occidente hasta el Mondego. En ese mismo año, el emir se decide a lanzar una ofensiva definitiva contra el reino asturiano. Para distraer la atención de Alfonso divide sus efectivos en dos ejércitos mandados por su hijo al-Mun¼ir y su general ben Ganim. El primero de ellos, integrado por tropas cordobesas, se dirige contra León y Astorga, puntos clave de la resistencia cristiana, mientras que ben Ganim, al frente de los contingentes fronterizos de Toledo, Guadalajara y Salamanca, llegaba a orillas del Órbigo. El Rey Magno, antes de que se unieran los dos ejércitos y sin dividir sus propios efectivos, elude el ataque de al-Mun¼ir y marcha contra las tropas fronterizas, derrotándolas ampliamente en el campo de Polvoraria o Polvorosa, en la confluencia de los ríos Órbigo y Esla. Al-Mun¼ir, impresionado por las proporciones del triunfo cristiano, opta por la retirada. Pero Alfonso, volviendo contra él, le vence en Valdemora. Sucedía esto en el año 878.

La desastrosa campaña de los musulmanes y la aparición de nuevos focos de rebeldía en el sur —insurrección de ‘Umar ben afîūn—, así como la constante actitud levantisca de los Banū QasÌ en la región del Ebro, obligan a MuÊammad a concertar una tregua de tres años de duración con el Rey Magno. El cordobés no respetó la tregua y al año siguiente de haberla concertado (879) envía una expedición por mar contra Galicia, que resultó un fracaso al ser deshecha la flota por una tempestad.

Mientras la agitación interna conmueve al-Andalus, Alfonso III toma decididamente la iniciativa en la porfiada lucha entre Asturias y Córdoba, emprendiendo una singular expedición: atraviesa la Lusitania, pasa el Guadiana y lleva en triunfo sus armas hasta el monte Oxifer, en el corazón de Sierra Morena, regresando a Oviedo sin encontrar resistencia. En los años siguientes, firme en su propósito de quebrantar el poder del reino astur por su flanco más vulnerable —el oriental—, MuÊammad emprende nuevas campañas contra Álava y Castilla. Al-Mun¼ir dirige los ejércitos musulmanes que se internarán una y otra vez en territorio cristiano, remontando el curso alto del Ebro, sin llegar a obtener resultados positivos. En la primera de estas campañas el hijo de MuÊammad, después de atacar y reducir en la región del Ebro a los levantiscos Banū QasÌ, aliados de Alfonso (verano del 882), penetra profundamente en tierras riojanas. Las plazas de esta zona, de reciente ocupación, no pueden detener el avance musulmán. Al-Mun¼ir rebasa Cellórigo, Pancorbo, Burgos, poblada poco antes por el conde Diego Rodríguez, Castrojeriz, llegando a las orillas del Órbigo. Pero intimidado, quizá, por el recuerdo de los últimos reveses sufridos a manos de Alfonso, rehúye finalmente el encuentro abierto con el Rey cristiano. Al año siguiente (883) repite el príncipe cordobés su expedición aún con menor fortuna. Siguiendo el mismo itinerario, se interna por La Rioja, pero esta vez no logra vencer la resistencia de las plazas de Cellórigo y Pancorbo, a cuyo frente estaban los condes Vela y Diego, respectivamente. Resiste también Castrojeriz y nuevamente al-Mun¼ir, repitiendo la suerte del año anterior, decide emprender la retirada sin llegar a trabar combate con Alfonso, que esperaba su acometida apoyado en las recias fortificaciones de León.

Tras estos sucesivos fracasos, una vez más los cordobeses inician negociaciones de paz con el Rey asturiano. Alfonso aceptó la tregua y el presbítero toledano Dulcidio discute en la capital de al-Andalus, donde había sido enviado con tal fin, las condiciones de esa paz concluida a principios del 884 y respetada por ambas partes. A partir de este momento cesan las hostilidades entre Córdoba y Oviedo, sin que vuelvan a repetirse hasta el final del reinado de Alfonso III acciones militares de envergadura entre musulmanes y cristianos. Los triunfos militares del Rey Magno y las conmociones internas del al-Andalus en esta época darán ocasión para que comience a difundirse entre los cristianos la creencia en la inminente restauración de la unidad peninsular bajo la autoridad del rey Alfonso.

La llamada Crónica Profética, que se terminaba de redactar en el 883, predecía que en breve, dentro de aquel mismo año, el glorioso príncipe ovetense reinaría sobre toda España, actualizando una vieja profecía bíblica en el sentido de que los musulmanes serían expulsados de la Península en ese tiempo. La seudoprofecía no se cumplió, evidentemente, pero su difusión puede contribuir a explicar el estado de ánimo existente entre los cristianos o, al menos, en los círculos más próximos a la Corte de Oviedo, por el favorable curso de la pugna con los cordobeses. En el límite oriental del Reino de Asturias y en la cuenca del Ebro la política de Alfonso III estará determinada por las relaciones entre la Corte de Oviedo y el reino pamplonés y la presencia del fuerte poder local de la familia Banū QasÌ.

Con el Rey Magno se inicia una política de estrecha colaboración entre Oviedo y Pamplona que refrendará el matrimonio de Alfonso con la princesa navarra Jimena, seguramente en el 869, y que fortalecerá la posición del rey asturiano frente a los siempre levantiscos vascones y a los tornadizos Banū QasÌ en el débil flanco de la cuenca del Ebro.

Descendientes de Muza, “el tercer rey de España” en palabras de la Crónica Albeldense, esta familia de muladíes mantenían una política de amistad con la corte ovetense, desde tiempos de Ordoño I que, sin embargo, estaba sujeta a los propios vaivenes de las relaciones con el poder cordobés y del siempre inestable equilibrio de fuerzas en esa cuenca del Ebro donde confluían los intereses de navarros y asturianos con los de los Omeya y la propia familia Banū QasÌ. La ruptura por uno de sus miembros, MuÊammad b. Lope, de la alianza con la Corte ovetense y la tregua que en el 884 pone fin a la lucha entre el emir MuÊammad y el Rey Magno, permite a éste, en alianza con los navarros, enfrentarse con ventaja a Ibn Lope, nieto de Muza, para asegurar el control del espacio riojano, muy vulnerable a las incursiones de castigo de los cordobeses.

Con la muerte del muladí se inicia el rápido declive de la influencia de los Banū QasÌ en la Frontera Superior, mientras que a principios del siglo X se encuentra ya al frente del Reino de Pamplona Sancho I Garcés, quizá vinculado, aunque no es seguro, por lazos de parentesco con la reina Jimena al Rey Magno y en todo caso aliado de Alfonso III e incorporado pronto y decididamente a la empresa de la Reconquista.

Por otra parte, la paz concertada en el 884 entre Córdoba y Oviedo permite a Alfonso III continuar la labor de reorganización y repoblación de los extensos territorios incorporados en estos años al Reino de Asturias. Tras la definitiva reintegración del valle del Duero la vida vuelve a renacer en los vastos espacios meseteños, hasta ahora seguramente poco poblados y, en todo caso, con una población carente de un encuadramiento político-administrativo y eclesiástico.

Se ponen en cultivo los campos, se crean o restauran sedes episcopales, se levantan monasterios y fortalezas y se repueblan viejas ciudades abandonadas. La repoblación se hace con gentes venidas del norte de la Península y con los mozárabes que, procedentes de la España musulmana, se acogen a los nuevos y viejos territorios del Reino de Asturias. En el marco de esa política de expansión repobladora, Alfonso III puebla en el 893 con mozárabes toledanos la ciudad de Zamora. En los años siguientes se desarrollan las repoblaciones de Simancas, Dueñas y Toro, esta última encomendada a García, primogénito del Rey. En la zona de expansión castellana se consolidan las de Burgos y Castrojeriz. En el curso de pocos años las fronteras meridionales del Reino de Asturias han experimentado un avance realmente espectacular. El río Mondego será, por occidente, el límite con la España musulmana. La línea fronteriza continúa siguiendo el curso del Duero hasta el Arlanza, haciéndose ya menos precisa más al este, en tierras riojanas. Coimbra, Zamora y Toro asumirán ahora el papel de plazas avanzadas que hasta comienzos del reinado de Alfonso había correspondido a Tuy, Astorga y León. Dos años después de la muerte del Rey Magno (912) se completaba el control efectivo por los cristianos de las tierras comprendidas entre el Arlanza y el Duero con la repoblación condal castellana de las plazas de Roa, Osma y San Esteban de Gormaz.

Al extraordinario crecimiento territorial que experimenta el Reino de Asturias en la época de Alfonso III corresponde el desenvolvimiento de una actividad cultural y artística y el despliegue de una fecunda labor de reorganización político-administrativa interior, en la que ocupa un lugar central la formulación expresa de toda una primera teoría doctrinal sobre el sentido finalista de esa gestión regia. Se asiste así, en torno al novecientos, a la plena cristalización del ideario neogoticista que, por lo menos desde un siglo antes, venía siendo el soporte ideológico del programa político de la monarquía asturiana. Oviedo, la capital del reino, será, como en los días de Alfonso II, el escenario principal y centro irradiador del renacimiento cultural y de la ejecución del programa restauracionista que, llevando a sus últimas consecuencias el neogoticismo cultural y político del Rey Casto y como en el caso de éste, responde también ahora a una personal y directa inspiración del Rey Magno, cuyas cualidades de buen gobernante y prendas intelectuales destacan sus biógrafos contemporáneos. Un rey que si “sobresale ilustre por su saber, por su expresión y ademán y porte lleno de placidez” y restaura “todos los templos del Señor”, en palabras de la Albeldense, aparece también aureolado de genio militar, fuerte e implacable contra los enemigos de dentro y fuera del reino y “protector de los ciudadanos”. “El glorioso don Alfonso”, último de los monarcas asturianos y primero de entre ellos que se autocalificará en sus diplomas de rey, invocando además la titularidad de la autoridad regia sobre Hispania.

En esa etapa de culminación del renacimiento cultural nucleado en torno a la corte ovetense y con irradiaciones a otros espacios del reino, viejos y nuevos, especialmente Galicia y las tierras leonesas, se hacen más patentes y con mayor peso que en la época anterior las influencias mozárabes, notablemente intensificadas desde mediados del siglo IX por las crecientes inmigraciones de cristianos de al-Andalus. Lamentablemente, de las obras monumentales con las que Alfonso III embelleció su Corte sólo nos queda el testimonio de las fuentes epigráficas y diplomáticas, debiendo seguramente adscribirse a este ciclo constructivo una obra pública —la Foncalada— de extraordinario interés. En el entorno de la capital se conservan las iglesias de Santo Adriano de Tuñón y San Salvador de Valdediós, fundaciones regias del 891 y 893, respectivamente. Del desarrollo que las artes industriales debieron alcanzar en la Corte alfonsina son ejemplos capitales, todavía hoy, la preciosa cruz de la Victoria, que el rey donaría al templo catedralicio ovetense en el 908, y la caja relicario conocida con el nombre de “Arca de las Ágatas”, del 910.

El renacimiento literario, directamente impulsado por el monarca, hombre de letras —“de ciencia esclarecida”, dice de él la Albeldense— que lograría reunir en su Corte una espléndida biblioteca se manifiesta sobre todo en el despliegue de una intensa actividad historiográfica orientada a la redacción de la historia oficial del reino. Dos textos narrativos —la Crónica Albeldense y la Crónica de Alfonso III, ésta en dos versiones con ligeras variantes formales y de contenido— a los que hay que sumar otra breve pieza de gran interés para la historia de la España islámica, bautizada por M. Gómez Moreno, su primer editor y estudioso, con el nombre de Crónica Profética, constituyen la expresión de esa actividad historiográfica. Tal actividad se explica, de una parte, por la riqueza e importancia de los materiales escritos acumulados en la propia biblioteca de Alfonso III; y desde otra perspectiva, por la exigencia de aportar una cobertura ideológica a una formación política —el Reino de Asturias— que alcanzaba precisamente en estos momentos su plena madurez institucional y cultural. En la pluma de los autores de esos textos España es percibida como un espacio unitario que subyace a su real fragmentación en una diversidad de poderes coexistentes en el territorio peninsular. Recuperar la perdida unidad de ese territorio constituye el objetivo de la acción política y militar de la monarquía personificada entonces por el Rey Magno, en tanto que depositaria del legitimismo visigodo.

En el marco de las referencias ideológicas al neogoticismo político y en función de las nuevas condiciones de hecho creadas por la expansión del reino de Asturias, la vocación particularista que Castilla comienza a manifestar, la consolidación de un nuevo centro de poder en la España cristiana —Navarra— y el repliegue de la tutela franca en los espacios pirenaicos, deben situarse las claves explicativas de un fenómeno de formalización del poder regio que se expresa en algunos diplomas de la etapa final del reinado de Alfonso III y de sus sucesores. En ese contexto deben interpretarse no sólo la preocupación legitimista y progótica del Rey Magno, sino el empleo por el último monarca ovetense de una nueva intitulación presente en un pasaje fiable de una carta parcialmente interpolada que en el año 906 dirige al clero y pueblo de Tours a fin de adquirir una corona imperial del tesoro de su iglesia, y que encabeza autocalificándose de Hispaniae rex.

El 20 de diciembre del año 910 y tras unos postreros episodios cuya historicidad no es segura —destronamiento del Monarca por sus hijos y una última expedición triunfal a tierra musulmana— fallece Alfonso III en la ciudad de Zamora, por él repoblada.

Sus restos serían trasladados posteriormente a Oviedo para recibir sepultura en el lugar donde descansaban los de sus antecesores: el panteón real de la iglesia de Santa María, adyacente al templo catedralicio ovetense.

 

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Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar