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José Artal Mayoral

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Biografía

Artal Mayoral, José. Conde de Artal (I). Tarragona 9.VI.1862 – San Sebastián (Guipúzcoa), 18.IV.1918. Promotor de arte.

Hijo de Miguel Artal y de Rosa Mayoral, José Artal, tras su formación primaria, cursó estudios de contabilidad en Barcelona, donde conoció a Carmen Adena, joven uruguaya, hija de emigrantes catalanes, con la que acabó casándose en Montevideo en 1886. En dicha ciudad mostró sus dotes como periodista en el diario El Busilis, llegando a ser su director gracias a sus conocimientos financieros.

Por otro lado, el conjunto de pintura contemporánea europea que poseía su nueva familia no tardó en sensibilizarle hacia todo lo relacionado con lo artístico, por lo que, al conseguir en Montevideo la gerencia de la Banca de Reus, que alcanzaría gran prosperidad durante algunos años, Artal empieza a formar su propia colección. No obstante, el posterior descalabro de la firma le obliga a regresar a España en 1891.

De vuelta en Buenos Aires, en 1896 se convierte en alto empleado de la Casa Monsegur, al tiempo que su idea de editar una serie de estudios sobre los principales pintores españoles del momento bajo el nombre de Arte moderno. Escuela española, se hace realidad a finales de ese mismo año con el volumen dedicado a Francisco Domingo. La publicación, con abundantes ilustraciones y texto del propio Artal, tiene una excelente acogida, y hasta la prensa española resaltaría la excelente calidad tipográfica de la edición y la amplitud de conocimientos en materia de arte que mostraba el autor de la biografía.

Esta labor editorial reforzaba, por otro lado, su prestigio de cara a un nuevo y más ambicioso proyecto, ya que, tras comprobar la debilidad del mercado artístico argentino pese a la excelente situación económica del país, planea comercializar periódicamente en Buenos Aires pintura española del momento. En 1897 puede ya materializar su deseo y en un lugar idóneo, pues Alejandro Witcomb, dueño de un prestigioso salón fotográfico que acababa de ampliar con un nuevo espacio para exhibiciones pictóricas, cede éste a Artal para su muestra inaugural. Con más de setenta cuadros, procedentes algunos de su propia colección, junto con los remitidos desde Madrid por el veterano marchante Manuel Aguader, la exposición es todo un éxito. Así, las principales revistas gráficas españolas, como La Ilustración Española y Americana y La Ilustración Artística, comienzan a elogiar su labor divulgativa del arte español, mientras, de forma unánime, la prensa bonaerense reconocía la calidad de la muestra y calificaba el evento como un acontecimiento de primer orden en la ciudad.

Siempre a través de los salones Witcomb, en los dos años siguientes presenta su segunda y tercera exposición con un notable aumento en el número de lienzos respecto a la primera, viéndose obligado en 1900 a celebrar tres muestras prácticamente consecutivas ante la fuerte demanda del público. En ese mismo año visita España y es retratado durante su corta estancia en Madrid por Sorolla y Villegas. Del primero acababa de vender al Museo de Bellas Artes de Buenos Aires la acuarela Lobo de mar, primera obra de un artista español contemporáneo que entraba en dicha institución, al tiempo que Villegas, que terminaría la efigie poco después en Roma, se convertía en protagonista del segundo volumen de su celebrada serie sobre pintores españoles, dado a la luz ese mismo año.

De camino a Tarragona, aprovecha su periplo para visitar, en diferentes provincias, los estudios de diversos maestros a fin de reunir un conjunto en armonía con los tradicionales gustos de la burguesía porteña.

Ésta mostraba sus claras preferencias por el brillante preciosismo anecdótico de autores andaluces o valencianos vinculados a las escuelas de París y Roma, como José Jiménez Aranda, Sánchez Barbudo, José Benlliure o Francisco Domingo, sin olvidar, también en el ámbito valenciano, el luminoso costumbrismo de los Pinazo, Navarro Llorens y, sobre todo, Sorolla, quien siempre ocupará en sus muestras el sitio de honor y con el que mantendrá una duradera amistad avalada por abundante correspondencia. En todo caso, era evidente que la variada y poderosa clientela conseguida por Artal, donde figuraban desde descendientes de emigrantes italianos o españoles que ya habían alcanzado un elevado estatus económico y social a familias de honda raigambre criolla, manifestaba una común atracción hacia una pintura que adquiría con avidez para decorar sus palacetes junto al Plata.

En 1901 y 1902 mantiene la tónica de celebrar tres exposiciones anuales, aunque ahora incorpora esculturas, como los bronces de Mariano Benlliure, o bien óleos de Casas y Rusiñol, lo que denotaba que Artal no era precisamente insensible al carácter renovador de la estética modernista. Justo Solsona, por su parte, no dejaba de alabar en las páginas de La Ilustración Artística la infatigable tarea artístico-comercial del catalán para consolidar un excelente mercado antes inédito para los creadores españoles, aumentando éste, en paralelo, su reputación en los ambientes empresariales del país a través de sus cargos como gerente del Banco de la Plata, presidente de la Sindicatura de la Bolsa Argentina, del Hogar Argentino o de la Cámara de Comercio Española en Buenos Aires, desvelos que agradecería el Gobierno español nombrándole caballero de la Real Orden de Carlos III en 1901 o comendador de la Real Orden de Isabel la Católica en 1902.

Desde 1903 disminuye su ritmo expositivo y vuelve a organizar una muestra por año, con un paulatino incremento de autores catalanes, como Carlos Vazquez, Cusachs, Enrique Serra, Galofre o Mir. No obstante, las obras de Sorolla, valga como ejemplo su Playa de Valencia, presentada en 1906, seguían constituyendo las piezas estelares de sus eventos. En junio de 1907 cambia temporalmente de registro para ofrecer, como representante de la Casa Berheim de París, una exposición con prestigiosas firmas francesas, como las de Sisley, Monet o Carolus Durán, alcanzando un nuevo éxito. Al tiempo, abandona la tradicional Sala Witcomb por un nuevo local en la calle de Viamonte como sede de sus muestras, donde también exhibirá las de 1908 y 1909. En esta última, el Museo de Bellas Artes de Buenos Aires le compraría una nueva obra, el retrato de Alfonso XIII realizado por Casas.

Como presidente de la Cámara Oficial Española de Comercio, Industria y Navegación en Buenos Aires, Artal es nombrado comisario general de la Exposición del Centenario de la Independencia de Argentina, cuya inauguración tiene lugar a mediados de 1910. La ceremonia inaugural contó con la presencia significativa de la infanta Isabel, tía de Alfonso XIII, quien aparte de las atenciones de Figueroa Alcorta, presidente saliente de Argentina, es atendida en todo momento por el propio Artal, partícipe también en los actos de apertura. Gracias, precisamente, a la incansable labor organizativa y al aporte económico del tarraconense, que, junto con la cantidad destinada por el Gobierno español, aporta de su bolsillo más de medio millón de pesetas, se logra que los pabellones españoles destaquen por su presencia arquitectónica y la calidad de sus contenidos, siendo masivamente visitado el destinado a Bellas Artes.

La concesión de la merced de conde de Artal (22 de enero de 1912) no es, desde luego, ajena a sus desvelos de todo tipo con motivo del citado evento, aunque tampoco se olvida su continua labor divulgadora en pro del arte hispano. Al respecto, la revista Nuevo Mundo le dedicará un amplio artículo donde, de forma significativa, se le llega a denominar como “el español más representativo de América”. Desde 1910 había retornado, entre tanto, a la Sala Witcomb para sus habituales exhibiciones, presentando por primera vez obras de Anglada Camarasa en la de 1911, o cerámicas de Daniel Zuloaga en la de 1912. Asimismo, en la primavera de 1913 la prensa española reseña su apoyo económico a la suscripción abierta por la Asociación de Pintores y Escultores para que La adoración de los reyes, tabla de Van der Goes descubierta en Monforte de Lemos, no saliera de España tras su venta al Museo de Berlín, aunque al final no se pudo impedir dicha operación. Poco después, entre junio y julio, tiene lugar su último y exitoso Salón en la ciudad, el XXIV, ya que, no repuesto económicamente de los gastos del Centenario, decide regresar a Europa.

Instalado en 1914 en París y luego en Biarritz, al estallar la Gran Guerra marchó a San Sebastián, ciudad en la que, tras coincidir en alguna ocasión con Sorolla, como en el verano de 1917, murió en 1918 por causa de la llamada “gripe española”. Gracias, en todo caso, a su aventura como marchante gran número de pintores y escultores españoles pudo dar salida a unas producciones que difícilmente habría absorbido el mercado nacional mientras el público de Buenos Aires las atesoraba con inestimable celo, pudiendo ser hoy considerado como un singular e importante defensor de la cultura española.

 

Bibl.: La Ilustración Española y Americana (LIEA), 30 de julio de 1897, págs. 51 y 117; J. Solsona, “Exposición de obras de arte españolas en Buenos Aires”, en La Ilustración Artística (LIA), 14 de marzo de 1898, pág. 172; “Arte Moderno. Escuela Española”, en LIA, 28 de noviembre de 1898, págs. 767-770; “Exposición de pinturas en Buenos Aires”, en LIA, 23 de octubre de 1899, págs. 683-685; “Duodécima exposición de pintura española organizada por D. José Artal”, en LIA, 5 de enero de 1903, pág. 30; LIEA, 30 de enero de 1911, págs. 51-52; Nuevo Mundo, 28 de noviembre de 1912; Por el Arte, julio de 1913, pág. 12; A. de Arteaga, “Tesoros de Ultramar”, en Blanco y Negro, 15 de septiembre de 1991, págs. 48- 53; VV. AA., Otros emigrantes. Pintura Española del Museo Nacional de Buenos Aires, Madrid, Caja de Madrid, 1994; VV. AA., Los Salones Artal. Pintura española en los inicios del S. xx, Madrid, Fundación Central Hispano, 1995; J. Portela Sandoval, “De vuelta a casa”, en Antiquaria (junio de 1995), págs. 26-32; L. Revuelta, “Los salones Artal. El discreto encanto de la burguesía”, en Blanco y Negro, 12 de noviembre de 1995, págs. 34-40; V. Zorrilla, “La conexión argentina”, en Cambio 16, 22 de enero de 1996, págs. 76 y 77.

 

Ángel Castro Martín