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Miguel Lobo y Malagamba

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Biografía

Lobo y Malagamba, Miguel. San Fernando (Cádiz), 26.IX.1821 – París (Francia), 5.IV.1876. Contraalmirante de la Armada y polígrafo.

Hijo de Manuel Lobo y Campo, brigadier de la Armada, caballero de la Orden de Alcántara y director del Colegio Naval de Guardias Marinas, y de Juana Malagamba Guarderas, de ilustre familia andaluza, pronto sintió la atracción de la carrera de la mar, en la que servían o habían servido tantos miembros de su familia. Después de aprobar los exámenes en el departamento de Cádiz, fue nombrado guardia marina (26 de mayo de 1835), cinco años después que su único hermano Ramón José.

Los empleos subalternos los pasó navegando por todos los mares, lo que contribuyó al desarrollo de sus notables cualidades innatas. En el bergantín Jassón, que mandaba Francisco Sevilla (1835), marchó a la costa del Cantábrico, donde la Primera Guerra Carlista estaba en todo su apogeo, y se encontró en diversas operaciones de guerra: en la toma del puerto de Pasajes, en el levantamiento del sitio de Bilbao, cooperando al transporte del ejército del Norte a San Sebastián y Santander, guarneciendo la torre del convento de la Antigua con un destacamento de la dotación y en un reconocimiento nocturno del puerto de Pasajes; todo ello con gran celo y actividad. Después de estar un mes en el Manzanares, volvió al Jassón, ahora mandado por José María Bustillo, y una vez terminado el tercer sitio de Bilbao y tomados Hernani, Irún y Fuenterrabía (1837), regresó en él a Cádiz. Salió de este puerto para La Habana al año siguiente y en este apostadero embarcó en la fragata Esperanza y luego trasbordó al navío Soberano, que le restituyó a la Península, fondeando en la ría de Ferrol (2 de abril de 1838). A bordo del vapor Isabel II (antes Royal William), que mandaba Baltasar Vallarino, volvió a la costa cántabra interviniendo en las operaciones de Ondárroa y Motrico; en el apresamiento de varias lanchas sobre Bermeo y en otros puntos ocupados por los carlistas, hasta que, firmado el Convenio de Vergara, y por desarme de aquellas fuerzas navales, regresó a Cádiz a fines de año, ya ascendido a guardia marina de 1.ª Clase (1839). Al año siguiente, pasó destinado al apostadero de La Habana y allí, después del examen reglamentario, fue promovido a alférez de navío (1841). Embarcó sucesivamente en la fragata Isabel II, bergantines Marte y Laborde y, tras un mes de licencia por enfermedad, mandó la goleta Clarita, navegando por aguas del Caribe.

Al ascender a teniente de navío (1845), regresó a la Península y embarcó en la fragata Isabel II, con la que hizo varias navegaciones frente a las costas de Galicia y Portugal en unión de las corbetas Colón y Villa de Bilbao, que formaban la división del brigadier José María de la Cruz y Moya, del que fue oficial de órdenes. Una vez pacificado el reino lusitano, volvió a Cádiz a mediados de septiembre de 1846. Embarcado en el vapor Reina de Castilla, pasó a Filipinas nombrado para mandar el vapor de ruedas Magallanes (ex Basco), que se encontraba en Manila (1847), con el que recorrió aquel vasto territorio y participó en el asalto y toma del muy bien fortificado fuerte Sipac y de otros tres fuertes más que tenían los piratas en la isla de Balanguingui (16 de febrero de 1848), centro y madriguera de la piratería malaya, integrado en la división naval del brigadier Juan José Ruiz de Apodaca. Rescataron en esta operación sesenta y seis cañones y un inmenso botín. Obtuvo por su actuación la Cruz de Marina de la Diadema Real.

En febrero de 1850, tras un breve permiso en Madrid por enfermedad, se le destinó de nuevo a La Habana, donde, de dotación de la fragata Cortés, navegó por el mar de las Antillas. Regresó a Cádiz en diciembre de ese año y durante dos meses se encargó de los guardias marinas del arsenal; el resto de 1851 fue comandante del bergantín Patriota, que pasó largo tiempo de estación en el puerto de Lisboa. Al año siguiente embarcó en el navío Soberano y fue nombrado oficial de órdenes de la división naval del Mediterráneo, que mandaba el brigadier Joaquín Gutiérrez de Rubalcava, hasta que, disuelta la división, fue nombrado comandante de la corbeta Mazarredo (1854), con la que navegó por el Mediterráneo los años siguientes, siéndole agradecidos los servicios prestados durante los lamentables sucesos que tuvieron lugar en Barcelona del 18 al 22 de julio de 1856. Al ser nombrado 2.º ayudante de la Mayoría General de la Armada (13 de diciembre de 1856), entregó el mando y se trasladó a Madrid. Luego se le nombró 1.er ayudante.

Ya con el empleo de capitán de fragata (1857), se trasladó a Francia para comprar las dragas de vapor que iban a utilizarse en la limpieza de los caños del arsenal de La Carraca. Entre tanto, se le concedió la Cruz de San Hermenegildo. Después, en 1859, marchó a Londres para establecer la Comisión de Marina que debía adquirir buques de hélice para la flota española. Propuso también al Gobierno la compra del Great Eastern. Este año, el gobierno del general O’Donnell adquirió nueve transportes; eran los años de la Unión Liberal, que dio a la política cierta estabilidad. A su regreso a España consiguió impulsar un programa de salvamento en algunos puntos del litoral y se le nombró comandante de las fuerzas sutiles de la división de operaciones fondeada en Algeciras, al mando del almirante Díaz Herrera; participó con ella en la guerra de África (1860) y en el bloqueo y vigilancia de costas; y su brillante participación en aquella campaña no sólo fue naval, sino que en la batalla de los Castillejos estuvo al mando de las fuerzas de desembarco de Marina que tomaron parte muy activa en ella, distinguiéndose por su arrojo. Por estas acciones fue premiado con la Cruz de San Fernando de 1.ª Clase y obtuvo el grado de coronel de Infantería del Ejército de Tierra.

A mediados de 1860, pasó Lobo a Madrid, tras disfrutar de una licencia de dos meses por enfermo, y poco después, con motivo de las construcciones que se proyectaban, dio a la imprenta un folleto que tuvo mucha difusión, titulado La Marina española tal como ella es. Ascendió a capitán de navío (1863) y continuó en Madrid como miembro de la Comisión que proyectó la organización para el gobierno de la isla de Mindanao, hasta que en junio de 1864 fue nombrado mayor general de la escuadra del Pacífico a bordo de la fragata Numancia; con ella participó en la guerra contra Perú y Chile (1865-1866). Después de la muerte del general Pareja, tomó el mando de la escuadra Casto Méndez Núñez, quien, después de bombardear Valparaíso, decidió hacer lo mismo en Callao. Miguel Lobo, tras vacilar, apoyó sin reservas la acción. Y cuando cayó herido en sus brazos el comandante general, de acuerdo con Antequera, se hizo cargo del mando, interinamente, continuando el combate hasta dejar el fuego del enemigo reducido a tres cañones, sin comunicar a los demás buques esta importante baja, y, por tanto, sin arriar o cambiar su insignia, retirándose a la isla de San Lorenzo.

A los pocos días, se dividió la escuadra en dos agrupaciones para volver a la Península; una, a las órdenes de Manuel de la Pezuela, puso rumbo a las islas Filipinas. La otra (Blanca, Villa de Madrid, Resolución y Almansa), con Lobo como mayor general, dobló el cabo de Hornos y se dirigió al Río de la Plata, llegando a Montevideo con las tripulaciones diezmadas por las penalidades y el escorbuto. Recibió por ello de Su Majestad el ascenso a brigadier (1866), la Cruz del Mérito Naval de 2.ª Clase y la Medalla de Callao; las Cortes lo declararon Benemérito de la Patria. Al poco, marchó a las Malvinas en comisión por haber arribado a aquellas islas la fragata Resolución, que había perdido el timón a causa de un fuerte temporal. Por su buen servicio se le otorgó la Cruz del Mérito Naval de 3.ª Clase. Pasó después a Río de Janeiro, y en 1867 hizo con la escuadra varios cruceros por el mar de las Antillas y costas de Cuba realizando trabajos cartográficos. En la estación del Río de La Plata, en noviembre de 1868, relevó a Méndez Núñez en el mando de la escuadra, y al poco se le otorgó la insignia de preferencia. Fue entonces (1869) cuando a bordo de la fragata Blanca escribió desde Río de Janeiro un detallado estudio titulado El Brasil. Por sus merecimientos se le recompensó con la Real Orden Americana de Isabel la Católica.

Mientras tanto en España las cosas habían cambiado: la Revolución septembrina provocó el destierro de la Reina; se formó un Gobierno provisional presidido por Serrano; Topete, uno de los líderes de la Revolución, fue nombrado ministro de Marina y pidió a Méndez Núñez que regresara a España para ponerlo al frente del Almirantazgo y que “entregase el mando de esas importantes fuerzas a nuestro amigo Lobo”, quien habría de permanecer allí dos largos años más. Al ascender a contralmirante (1869), continuó al frente de la escuadra, y en 1871, al ser relevado por el brigadier Polo de Bernabé volvió a España en la Blanca y se le dio el mando del departamento de Ferrol. Allí, por efecto de sus disposiciones, evitó un alzamiento republicano, que tuvo lugar más adelante en el arsenal. “Sin saber por qué —dice el vicealmirante Pavía—, se le relevó del mando de dicho departamento en el mes de julio de 1872, sustituyéndole por el contralmirante Valentín de Castro. Bien pronto sintió el Gobierno esta precipitada disposición, pues el 11 de noviembre se sublevó el Arsenal a favor de la República, y aunque el movimiento, que dirigía el brigadier Bartolomé Pozas, fue sofocado en pocos días, ocasionó empero algunas víctimas, estragos en el Arsenal y males sin cuento a los intereses de la Marina y del país”. Por estar así prescrito, en 1872 se le concedió la Gran Cruz del Mérito Naval con distintivo blanco.

En julio de 1873, al estallar la sublevación cantonalista, se hallaba en Cádiz, sin mando, disfrutando de una licencia en Chiclana. Amadeo I había abdicado en febrero y la Primera República hacía agua por todas partes. Se trasladó a Algeciras y embarcó en un vapor, el Alerta, que se encontraba allí, arbolando en él su insignia; reunió en torno a sí todos los buques que pudo situándolos en la desembocadura del Guadalquivir, y con gran lealtad pudo ofrecer al Gobierno constituido una escuadrilla organizada. Entró en la bahía de Cádiz con sus buques, desembarcó y se hizo cargo del mando interino de aquella ciudad, impidiendo que fuera víctima de la anarquía de los cantonales. Por esas fechas estalló también la insurrección cantonal en el levante de la Península, con más virulencia en la capital departamental, Cartagena, en la que ondeaba la bandera negra del cantonalismo en todas las fortalezas. Los buques surtos en ese puerto hicieron causa común con el cantón murciano (las fragatas blindadas Numancia, Vitoria, Tetuán, Méndez Núñez, y las de madera fragata Almansa, corbeta Ferrolana y el vapor de ruedas Fernando el Católico; además de otras unidades menores) apoyando la guerra civil. El día 12 fue proclamado el Cantón de Cartagena dentro de la República Federal Española. Las fragatas Almansa y Vitoria, al mando del general del Ejército Contreras, arbolando la bandera tricolor, se presentaron ante Almería (29 de julio) para solicitar una contribución económica a la guerra, petición que al ser rechazada provocó el bombardeo de la ciudad. A continuación, ambas fragatas emprendieron la marcha hacia Málaga, momento en que fueron apresadas por la alemana Friedrich Carl y la británica Swiftsure y conducidas a Cartagena, cuando ya el Gobierno de Madrid, ante la rebelión consumada, había declarado piratas a los buques cantonales y, siendo ministro de Marina Jacobo Oreyro, reconoció el mando de Lobo y le nombró comandante general de la llamada escuadra del Mediterráneo (9 de agosto). Así pudo éste reunir en Alicante los vapores de ruedas Ciudad de Cádiz (ex Isabel II), Ulloa, Lepanto y Colón y la goleta Prosperidad, venciendo dificultades sin cuento para atender sus necesidades. Con estos medios inició el bloqueo de Cartagena. El 1 de septiembre salieron las dos fragatas apresadas con dotaciones inglesas, escoltadas por la fragata HMS Lord Warden, insignia del vicealmirante sir Hastings R. Yelverton, quien las condujo a Gibraltar. Retirada la flotilla de Lobo a Gibraltar, pudo éste incorporar allí las fragatas Navas de Tolosa y Carmen y las apresadas Vitoria y Almansa, que fueron devueltas al Gobierno español gracias a su intervención decisiva en las deliberaciones.

El día 11 de octubre, la escuadra del Mediterráneo, con estas cuatro fragatas, más los vapores de ruedas Ciudad de Cádiz y Colón y las goletas de hélice Diana y Prosperidad, a la altura de Portman, a la vista de Cartagena, hacía frente a la escuadra cantonal que intentaba una salida protegida por las baterías de tierra, en presencia de buques extranjeros. Un combate entre fragatas de madera y fragatas acorazadas, en el que estas últimas eran superiores en potencia de fuego y tenían una base logística detrás, pero que fueron obligadas a retirarse, después de dos horas y cuarto de combate. La intención de Lobo era bloquear el puerto, y así lo hizo, batiendo a los buques cantonalistas, entre ellos a la fragata blindada Numancia, la mejor española, para imponer el orden y la disciplina, pero sin infligirles daños graves deliberadamente para no destruirlos, y apoyando al ejército poner fin a la intentona secesionista (12 de enero de 1874). Fue el éxito de la disciplina. Lobo pudo hundir a la fragata Tetuán, pero no lo hizo, entre otras cosas, por lo ya dicho. Ante la falta de base de apoyo y por la imposibilidad de hacer un bloqueo efectivo, decidió levantar el bloqueo y retirarse a Gibraltar; la presión de la prensa provocó su relevo por el contralmirante Nicolás Chicarro. Marchó Lobo a Madrid, donde permaneció algunos meses y aprovechó para redactar el folleto de 74 páginas titulado Un hijo de Inglaterra a quien ha dado por viajar a las regiones americanas que fueron de España y por escribir sendos dislates sobre ellas y sus antiguos dominadores. Durante este período republicano, uno de los momentos más tormentosos y difíciles de la historia de España, la Armada española, que siempre se había mantenido apartada de la política de partidos, se vio también arrastrada por este torbellino. Las propagandas subversivas, favorecidas por el ambiente y el caos, no dejaron libre de sus influencias a ningún sector español, incluida la Marina de Guerra, y en Cádiz y en Cartagena se produjeron motines, como los de los vapores Lepanto y Ulloa, los de las fragatas Almansa y Vitoria y las sublevaciones de las escuadras de Cádiz y de Cartagena.

Capitulada Cartagena, Lobo fue nombrado capitán general de ese departamento por el poder ejecutivo presidido por el general Serrano. En esta ciudad no quedaba nada en pie tras el violento sitio sostenido durante los casi seis meses que duró la existencia del Cantón: la destrucción reinaba por doquier, casas derruidas, cañones tirados por las defensas, almacenes vacíos, personal huido y un barco hundido en medio del puerto, la fragata Tetuán incendiada por un saboteador. En pocos meses, con su inteligencia, su celo y, sobre todo, su incansable actividad, logró recomponer el arsenal y organizarlo como en sus mejores tiempos. En abril de 1875 se le concedió la Placa y Gran Cruz de San Hermenegildo, con antigüedad de abril de 1873. La opinión pública le era favorable y así lo expresó eligiéndole diputado a Cortes en 1875. Más tarde se publicó un folleto ensalzando su gestión, titulado Apuntes sobre el mando en Cartagena de D. Miguel Lobo. En Cartagena escribió una obra importante, Historia general de las antiguas colonias hispanoamericanas. Con ella mostró su nivel intelectual y su merecida ejecutoria de historiador.

Miguel Lobo y Malagamba murió en París (5 de abril de 1876), adonde había ido en busca de remedio para una enfermedad mortal que sufría, a la edad de algo más de cincuenta y cinco años y cuarenta de servicios. Estaba casado con Elena Ravina y Quiroga y no tuvo descendencia. El Gobierno dispuso enseguida su embalsamamiento y traslado de sus restos a España, para lo cual se mandó el vapor León a Marsella, que los llevó a Cádiz, donde fue enterrado en el cementerio de San Fernando, mientras transcurría el plazo sanitario para su inhumación en el Panteón de Marinos Ilustres sito en esta ciudad, panteón tan elogiado por él y a la vez analizado y criticado como relicario de la Marina Militar. Su tumba ocupa la segunda capilla de la derecha (oeste) y tiene las siguientes inscripciones: “Aquí yacen los restos mortales del contralmirante Don Miguel Lobo Malagamba, mayor general de la Escuadra del Pacífico en 1866, capitán general del Departamento de Cartagena y su reorganizador en 1874. Militar bizarro, publicista distinguido, marino eminente. Consagró a la Patria espada y pluma en honrosa vida que terminó en París el 5 de abril de año 1876, a los 54 años de edad. R. I. P. A.”. Laudemus viros gloriosos et parentes nostros, corpora eorum in pace sepulta sunt; et nomem eorum vivit in generationem et generationem (ex libro eclesiastici cap. 44).

La Armada puso su nombre a dos buques transporte, el primero un vapor botado en 1909 y el segundo (antes Torrelaguna), mercante transformado, en 1954.

Miguel Lobo y Malagamba fue un hombre de la marina romántica que desde muy temprano sintió fuertemente la atracción de la Historia y estaba dotado de raras y brillantes cualidades, que ilustraron su vida, como marino y como militar; general notable en su época por su talento, energía y capacidad organizativa. Viajero observador, de una gran cultura, pluma ágil, vasta erudición; estudioso de los clásicos y familiarizado con los autores modernos, conocía varios idiomas y estaba al tanto de los adelantos de la ciencia contemporánea; sus mayores goces eran el estudio y la lectura. Destacó como publicista e historiador. Bousset dijo de él cuando ya había muerto: “La Patria, siendo tan grandes los servicios prestados por él, aguardaba de él mucho más, considerándolo como la más legítima esperanza para la regeneración de la Marina. Muy pocos de entre los generales de Marina de todos los países habrán reunido la ilustración, la energía, el golpe de vista infalible, las dotes de mando que atesoraba aquel español benemérito”. Y Antonio Cánovas del Castillo, refiriéndose a él por su gran erudición y no menor energía, decía: “No cabemos él y yo en un Ministerio”. Pero Lobo era además individualista, de carácter fuerte y autoritario, con tendencia a ser irascible; legalista y meticuloso, no dejaba nada al azar. Una de sus preocupaciones, en su faceta de historiador, fue América y el papel que les tocó jugar allí a los españoles; de ello dejó abundante constancia escrita. Cesáreo Fernández Duro, autor de la monumental obra La Armada Española, no le regatea sus elogios, e incluso reconoce haber seguido preferentemente su narración extensa en la redacción de uno de los capítulos de su tomo octavo. Fue uno de los que levantaron la voz contra el decreto relativo a los ascensos en el Cuerpo General, que volvía a las antiguas ordenanzas de 1793, en las que se prescribía que los hechos de armas y los servicios relevantes primasen sobre la antigüedad; “méritos profesionales”, diría el propio presidente Pi y Margall.

Lobo fue el primer oficial de la Armada española que en aquella época había descendido diez metros en el aparato llamado Nautilus inventado por el norteamericano Alstilt. En abril de 1860, cuando Narciso Monturiol hacía una demostración de su buque sumergible ante el jefe del Gobierno, escribió un elogio del invento en el n.º 45 de la revista El Museo Universal. Tuvo fama de bibliófilo, a la manera de su tiempo. Muchos de sus escritos están recogidos en una larga lista de revistas y periódicos de su época. Cedió generosamente en su testamento su escogida biblioteca al Ayuntamiento de San Fernando (Cádiz), su ciudad natal, con la condición de que hubiera de servir de base para el establecimiento de una biblioteca pública que se titulase “Biblioteca Lobo”. En el Museo Naval de la Armada en Madrid existe la colección “Lobo Malagamba” de arqueología americana que contiene quince objetos de las culturas andinas y del área del Caribe, donada por él.

 

Obras de ~: “El emperador Carlos V: su abdicación, su residencia y su muerte en el monasterio de Yuste”, en Journal des Savants, 1852-1854, de Français Mignet (trad. del francés de ~, Cádiz, Imprenta de la Revista Médica); A. B. Becher, La Aguja de las Tormentas, o sea, Manual sobre huracanes para uso del navegante con la teoría de los huracanes puesta al alcance de todos. Ilustrada con láminas y noticias de huracanes, por Mr. A. B. Becher, de la Marina Real inglesa, y puesta al castellano por el teniente de navío de la Armada D. Miguel Lobo, con un apéndice que contiene el uso de la rosa transparente de talco, tomada de la obra de Mr. Piddingthon titulada Cartilla sobre la ley de las tormentas para uso del navegante, Barcelona, L. Tasso, 1856 (3.ª ed. corr. y aum., Madrid, Fortanet, 1863); Derrotero y Guía de las islas Cabo Verde redactada por el teniente de navío de la Armada D. Miguel Lobo con presencia de los datos más fidedignos, Madrid, Imprenta Fortanet, 1857; Señales especiales para buques de vapor, mandadas a seguir en la Armada por Real Orden de 24 de febrero de 1857; H. Foynvec, Método para arreglar cronómetros por distancias lunares, que contiene varias observaciones prácticas respecto a ellas, así como los mejores medios para emplear los resultados, y sobre el estado del instrumento de que se haga uso para medir las distancias, trad. al castellano de ~, Barcelona, Narciso Ramírez, 1857 (ed. aum., Barcelona, 1859); M. Ch. Ph. de Kerhallet, Derrotero de la Islas Canarias, trad. del francés por ~, aum. con notas referentes a las islas y otras, Barcelona, L. Tasso, 1858; con P. Riudavest, Manual de la navegación del Río de la Plata, traducido del francés de M. A. Boucarut, Madrid, T. Fortanet, 1858; M. A. Gouin, Tratado de navegación del golfo de Lyón, trad. del francés al castellano por ~, Barcelona, L. Tasso, 1859; Instrucciones para manejar botes de remos sin cubierta, en grandes resacas y rompientes, con observaciones prácticas propias para marineros u otros individuos que tengan botes a su cargo; a las cuales van unidas otras instrucciones para salvar a personas que estén ahogadas en apariencia, original en inglés de la Real y Nacional Institución de Botes Salvavidas de Inglaterra, traducido al castellano por ~, Londres, Imprenta de la Península Española, 1859; Señales especiales para buques de vapor e instrucciones para remolques, Madrid, 1859; La Marina de Guerra española tal y como es; defectos y vicios de que adolece, sin cuyo remedio serán estériles los esfuerzos para lograr su fomento, Madrid, Rivadeneyra, 1860; G. Císcar, Poema físico astronómico en siete cantos, dividido en artículos, 1861 (2.ª ed. publicada y anotada con biografía del autor, por ~, Madrid, Rivadeneyra, 1861); Señales para el régimen de las escuadras: táctica para buques de hélice, Madrid, Rivadeneyra, 1862; “El Brasil, 1869”, en Revista de España, t. XXII a XXV (1870); Traducción francesa de la explicación de la teoría sobre que se fundan las principales tablas náuticas de D. José Mendoza y Ríos, versión en castellano de ~, Madrid, T. Fortanet, 1873; Un hijo de Inglaterra a quien ha dado por viajar en las regiones americanas que fueron de España y por escribir sendos dislates sobre ellas y sus antiguos dominadores, Madrid, M. Guijarro, 1874; La historia general de las antiguas colonias hispanoamericanas desde su descubrimiento hasta el año 1808, Madrid, M. Guijarro, 1875, 3 ts.; John Knox Laugton, Introducción al estudio teórico-práctico del levantamiento de planos hidrográficos, trad. del inglés al castellano por ~, Madrid, Fortanet, 1878.

 

Fuentes y bibl.: Archivo-Museo don Álvaro de Bazán (El Viso del Marqués, Ciudad Real), Armada, Cuerpo General, leg. 626/628, Hoja de Servicios de Miguel Lobo Malagamba.

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José Antonio Ocampo Aneiros