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Francisco Antonio Carlier

Biografía

Carlier, Francisco Antonio. París (Francia), 1707 – Bayona (Francia), 29.XII.1760. Arquitecto de los reyes Felipe V y Fernando VI.

Francisco era el único hijo varón de René Car­lier, arquitecto de Felipe V, circunstancia esencial para el desarrollo del hijo. René había venido a Es­paña en febrero de 1712 como auxiliar sobre el te­rreno de su maestro Robert de Cotte, primer arqui­tecto de Luis XIV, porque el primer Borbón español había encargado a De Cotte los proyectos para dos obras importantes en Madrid: el nuevo Palacio del Retiro y la decoración de las salas del Alcázar; frus­trado aquél por la caída de la Princesa de los Ursi­nos, y abandonada a medias la segunda, Carlier padre permaneció en España, hasta su muerte en 1722, sir­viendo a Felipe V como arquitecto del Real Sitio del Buen Retiro, donde realizó el parterre; pero su obra más importante es el jardín en el nuevo Real Sitio de la Granja de San Ildefonso (Segovia), cuyo diseño se debe enteramente a René aunque con alteraciones in­troducidas por su sucesor, el ingeniero Marchand.

Francisco Carlier empezó a trabajar en la obra de La Granja como delineador y ayudante de su padre cuando apenas tenía catorce años, en 1721. En di­ciembre de aquel mismo año, una de sus cinco her­manas, Olimpia, se casó con el pintor del rey Michel-Ange Houasse. Como René Carlier falleció el 15 de agosto de 1722, en El Escorial, su ambición paternal de convertir a su vástago en su sucesor al frente de aquellas obras quedaba fuera de lugar dada la extrema juventud de Francisco y la concurrencia de los escul­tores Fremin y Thierry, quienes quedaron de hecho como directores del jardín y lo terminaron conforme al proyecto del viejo Carlier.

Francisco fue, por tanto, eliminado de la nómina en 1722, pero al año siguiente, el 3 de junio de 1723, Felipe V, atendiendo a sus méritos y a los de su padre, le concedió una pensión de quince reales diarios para estudiar arquitectura en París, sin que se sepa bajo la tutela de qué arquitecto, quizás el mismo De Cotte, que no falleció hasta 1735. Francisco volvió a España el 17 de diciembre de 1734, una semana antes de que se produjera el incendio que redujo a ruinas el Alcá­zar de Madrid y dio así motivo para que se empezase a pensar en llamar a Juvarra para proyectar una nueva residencia regia en la capital. El joven Carlier, quien sólo tenía veintisiete años, pero que apenas hubo lle­gado ya recibió el nombramiento de arquitecto del rey, se abstuvo prudentemente de proponer ninguna idea para el palacio nuevo, como, sin embargo, hizo Pedro de Ribera.

Dentro de las Obras Reales de Felipe V, el joven Carlier quedó encargado de dirigir las de El Pardo, donde destacan las que realizó entre 1739 y 1743 en el palacio real de aquel Sitio para que pudiese alojar a la numerosa prole del Rey y de Isabel Farnesio durante sus “jornadas” anuales en invierno. Como no se trataba de ampliar el edificio sino de aprovechar al máximo lo construido, la intervención supuso la mutilación o pérdida de ambientes y decoraciones de los Austrias. Tras las reformas de Carlos III y las res­tauraciones del siglo XX —que en algunos casos han pretendido volver al estado de los espacios en el si­glo XVII—, las huellas más visibles de la intervención de Carlier en este edificio son el balcón rococó en la planta baja de la torre suroeste y las cuatro “ocha­vas”, o pasadizos con aspecto de balcones acristala­dos, que forman chaflanes en los ángulos del patio del siglo XVI.

Por otra parte, la remodelación de la residencia real en El Pardo incluyó la erección de una capilla real de nueva planta (1739) junto al palacio, una cruz la­tina con amplio crucero mediante grandes chaflanes en los pilares, y amplias tribunas para la Corte a los lados de la nave y a los pies. Los detalles decorati­vos y la cubierta fueron modificados por Villanueva en 1806 cuando la restauró tras los daños causados por un incendio. Carlier realizó un importante plano (conservado en Patrimonio Nacional) de la Quinta del duque del Arco en el mismo Real Sitio cuando esa posesión quedó incorporada al Patrimonio de la Co­rona en 1745. Algunos detalles aún perceptibles en la distribución de las habitaciones y pasillos de esta casa, muy propios del estilo francés de esa época, ha­cen pensar que Carlier fue encargado de corregir sus interiores para su nuevo uso por los reyes.

Al año siguiente murió Felipe V. Fernando VI y Bárbara de Braganza comenzaron a concebir una fun­dación docente para señoritas, encomendada a las re­ligiosas de San Francisco de Sales, idea que ya estaba definida en diciembre de 1746; las primeras monjas vinieron en 1747 y se instalaron de modo provisio­nal. El nuevo convento había de estar en Madrid, y tras su monumental iglesia incluía un “cuarto real” o palacio destinado a los reyes y donde tenía previsto retirarse Bárbara de Braganza si se quedaba viuda, lo que no llegó a ser el caso. Al parecer también desde el principio estaba previsto que albergase los sepulcros de los regios esposos, como así acabó siendo. En defi­nitiva, lo definió bien el confesor real, padre Rávago, en carta al cardenal Portocarrero el 4 de octubre de 1757: “Acá hemos tenido la traslación de las Salesas a su nuevo Convento, que no es muy desigual al Es­curial y es más pulido”. La construcción, por tanto, anduvo muy rápida, pues la primera piedra se había puesto el 26 de junio de 1750, habiendo de datarse el proyecto en 1749. Carlier era ya, por tanto, un profesional maduro, su competencia había quedado probada y cobraba un sueldo como arquitecto del Rey; dado que sus colegas en las obras reales estaban muy ocupados en obras de importancia —Sacchetti y su “teniente” Ventura Rodríguez en las de Palacio Nuevo, Bonavia en las de Aranjuez— no carece de lógica que se acudiese a él. No obstante, Polentinos afirma que “se vieron varios proyectos presentados” y que entre ellos había uno de Sacchetti, pero que los Reyes optaron por el de Carlier.

Este Real Monasterio de la Visitación, o sea las Sale­sas Reales, en Madrid, constituye la obra artística que mejor expresa los ideales de aquel reinado con su cos­mopolita integración de influencias francesas y, sobre todo, italianas. El planteamiento general del edificio responde a un modelo tradicional de convento; sus alzados exteriores eran lo que más delataba la forma­ción francesa del arquitecto por sus arcos segmenta­les en los huecos de la planta baja y principal, y en la articulación y ordenación de la fachada del “palacio” hacia el vasto jardín a la francesa; pero todas las facha­das, salvo la oeste, fueron completamente alteradas por el arquitecto Joaquín Rojí al reedificar el edifi­cio —ya entonces Tribunal Supremo desde 1870— a consecuencia del incendio de 1915. Subsiste la ba­laustrada de la escalera en hierro forjado, muy buena pieza de estilo Luis XV, comprada por el marqués de Cerralbo que la instaló en su palacio madrileño, hoy museo del mismo título.

De aquel siniestro salió incólume, por fortuna, la iglesia con su fachada y sus dependencias. El templo es la pieza más italiana, pero incluso los rasgos, tanto decorativos como compositivos, que resultan más di­fíciles de filiar en esa tradición, tampoco parecen fran­ceses: son productos de ese arte de corte cosmopolita que en la primera mitad del siglo XVIII dio lugar a obras elegantes pero de híbrida genealogía estilística en toda Europa. El interior de la iglesia, con sus ricos retablos de mármol, es muy armonioso y produce un magnífico efecto, aunque no es grande; Carlier no an­duvo tan acertado en la fachada, cuyo bajo ático está flanqueado por dos campanarios muy chatos. Muy próxima se alzaba otra obra desaparecida del mismo arquitecto, la puerta de Recoletos, de 1756.

Carlier desempeñó un papel importante en la na­ciente Real Academia de San Fernando, donde fue director de arquitectura durante los años de la Junta preparatoria desde 1744, y luego, en 1752, director honorario de la Institución. Desde su puesto acadé­mico intervino en las polémicas sobre la escalera prin­cipal del Palacio Real Nuevo de Madrid, votando a fa­vor del proyecto definitivo de Giambattista Sacchetti en 1747. Parece haberse mantenido un tanto al mar­gen del trato con dicho arquitecto mayor y con sus otros colegas principales, Ventura Rodríguez y Gia­como Bonavia; esa independencia algo distante se re­fleja también en su estilo que, pese a la cercanía física respecto a las grandes obras dirigidas por aquéllos, se aleja de la fidelidad saquetiana al estilo de Juvarra, de la fuerte impronta del barroco romano que presentan las obras de Rodríguez, y de los efectos escenográficos propios de la escuela boloñesa de Bonavia. Su edu­cación francesa sólo se manifiesta en los rasgos más severos, como el uso de los arcos segmentales, o en detalles de planificación, pero no en el empleo de la rocalla. Por el contrario, es más contenido que los dos italianos citados.

Por problemas de salud realizó frecuentes viajes a Francia; en 1755 pidió una ayuda de costa para este objeto, con la condición de seguir enviando proyectos para las Salesas. En 1760 solicitó dos licencias para ir a curarse seis meses a las aguas de Barèges, y en el curso de la última de ellas falleció en Bayona el 29 de diciembre de 1760.

 

Obras de ~: Capilla Real de El Pardo, El Pardo (Madrid), 1739; Diversas reformas en el Palacio Real de El Pardo, El Pardo (Madrid), 1739-1743; Plano de la Quinta del Duque del Arco, El Pardo (Madrid), 1745; Real Monasterio de la Visitación o Sa­lesas Reales, Madrid, 1750; Puerta de Recoletos, Madrid, 1756.

 

Bibl.: J. A. Ceán Bermúdez, Diccionario histórico de los más ilustres profesores de las Bellas Artes en España, Madrid, Imprenta Viuda de Ibarra, 1800, 6 vols.; E. Llaguno y Amirola, Noti­cias de los arquitectos y arquitectura de España, desde su restau­ración [...] ilustradas y acrecentadas con notas, adiciones y docu­mentos por D. Juan Agustín Ceán Bermúdez, Madrid, Imprenta Real, 1829; C. Polentinos, “El Monasterio de la Visitación de Madrid (Salesas Reales)”, en Boletín de la Sociedad Espa­ñola de Excursiones, XXIV (1916), págs. 257-283; G. Kubler, Arquitectura de los siglos XVII y XVIII, Madrid, Plus-Ultra, 1957 (col. Ars Hispaniae, vol. XIV); V. Tovar Martín, “La capi­lla del Palacio Real de El Pardo”, en Reales Sitios, 59 (1979), págs. 29 y 36; Y. Bottineau, El arte cortesano en la España de Felipe V (1700-1746), Madrid, Fundación Universitaria Española, 1986; C. Sambricio, La arquitectura española de la Ilustración, Madrid, Consejo Superior de los Colegios de Ar­quitectos de España, 1986; V. Tovar Martín, El Real Sitio de El Pardo, Madrid, Patrimonio Nacional, 1995; J. L. Sancho Gaspar, La Arquitectura de los Sitios Reales. Catálogo Histórico de los Palacios, Jardines y Patronatos Reales del Patrimonio Na­cional, Madrid, Patrimonio Nacional y Fundación Tabacalera, 1995; M. P. Aguiló, A. López-Yarto y M. L. Tárraga, “La reina Bárbara de Braganza y la fundación del monasterio de las Salesas Reales de Madrid”, en La mujer en el arte espa­ñol. VII Jornadas de Arte, Madrid, Consejo Superior de Investi­gaciones Científicas, 1997, págs. 229-238; V. Tovar Martín, “Arquitectura áulica y urbanismo público en el reinado de Fer­nando VI”, D. Rodríguez Ruiz, “Arquitectura y Academia durante el reinado de Fernando VII” y A. Rodríguez de Ce­vallos, “La piedad y el sentimiento de la muerte en el reinado de Fernando VI y Bárbara de Braganza”, en Fernando VI y Bár­bara de Braganza. Un reinado bajo el signo de la paz, catálogo de la exposición, Madrid, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, 2002, págs. 149-162, 219-243 y 361-387, respect.

 

José Luis Sancho Gaspar