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Mamerto Landaburu y Uribe Salazar

Biografía

Landaburu y Uribe Salazar, Mamerto. ?, 1790 – Madrid, 30.VI.1822. Militar liberal.

Mamerto Landaburu pertenecía a una familia noble y acomodada, natural de la anteiglesia de Yurreta (Vizcaya), pero afincada en Cádiz, donde probablemente se crió. Entre sus hermanos, Román alcanzó el grado de mariscal de campo de los Ejércitos nacionales; hijos de éste fueron Ramón Landaburu Martínez de la Torre, poseedor de una capellanía de sangre, y su hermana Magdalena, religiosa en el convento de la Candelaria de esa ciudad.

Comenzó su carrera militar en 1806, como cadete en el Regimiento de Infantería de Zaragoza. En 1808 pasó a la Real Guardia de Infantería, en cuyo destino se hallaba al estallar la Guerra de la Independencia. Ocupado entonces Madrid por las tropas francesas en nombre de José Napoleón I, Landaburu escapó de la Corte y se incorporó al ejército del Centro, en el que combatió durante los primeros años de la contienda. Estuvo, por tanto, en la desgraciada batalla de Tudela (23 de noviembre de 1808) y en las sucesivas acciones que jalonaron la retirada de las tropas hacia el sur: Cascante y Bubierca, así como en los hechos de armas de Tarancón (25 de diciembre de 1808) y de Uclés (13 de enero de 1809). Después de esa última derrota, compartió las vicisitudes del Ejército en su marcha a Andalucía.

Se encontraba en Cádiz, asediada entonces por los franceses, cuando las Cortes Generales y Extraordinarias abrieron sus sesiones e iniciaron una revolución legislativa —materializada, en lo fundamental, en la Constitución de 1812— que iba a provocar una profunda división entre los españoles. En esta época, Landaburu tomó parte en el ataque angloespañol a Chiclana (5 de marzo de 1811), que fue una victoria táctica, pero que no logró hacer levantar el sitio de Cádiz como se pretendía.

En ese mismo año, a principios de agosto, embarcó con el veterano contingente expedicionario que fue enviado a Valencia, bajo las órdenes del regente Joaquín Blake, para socorrer ese reino del ataque del mariscal Suchet. Durante la campaña, Landaburu combatió en Puzol, localidad próxima al sitiado castillo de Sagunto (25 de octubre de 1811), y en Mislata (26 de diciembre de 1811), donde se pretendía frenar el avance francés sobre Valencia. Sin embargo, al no reunir condiciones para una defensa razonable, la ciudad capituló honrosamente el 9 de enero de 1812.

Landaburu siguió la suerte de las tropas —unos trece mil hombres— que habían guarnecido Valencia; fue conducido a Francia, donde permaneció cautivo hasta el final de la guerra. Allí, al decir del anónimo autor de su obituario, publicado en El Espectador del 12 de agosto de 1822, “procuró enriquecerse con conocimientos útiles, dedicando al estudio el tiempo que a su edad casi siempre es de la distracción”.

Hecha la paz en 1814 y restaurado Fernando VII en su soberanía, el teniente coronel Landaburu se reincorporó a su destino en Madrid, con el empleo de teniente 1.º en el 2.º Regimiento de Infantería de la Guardia Real. Éste era un cuerpo que, según mostrarían los hechos, estaba apasionadamente dividido entre los partidarios del Antiguo Régimen y los del sistema liberal; Landaburu, que figuraba entre los segundos, acogió con entusiasmo el restablecimiento del régimen constitucional en 1820 y se significó por sus opiniones en tal sentido. Si no antes, se inició entonces en la masonería con el nombre simbólico de Timoleon.

El Trienio Liberal transcurrió, no obstante, en un clima constante de agitación, de violencia callejera y de enfrentamiento entre los grupos políticos del momento: los exaltados se oponían a los moderados, quienes, según la voz pública, conspiraban para revisar la Constitución de 1812 en un sentido elitista y reaccionario. Al parecer, su objetivo, también apoyado por los antiguos afrancesados, los absolutistas y los cortesanos, consistía en implantar Cortes bicamerales y otorgar poderes más amplios al Rey.

La muerte de Mamerto Landaburu a manos de soldados de la Guardia Real se produjo en la tarde del 30 de junio de 1822, después de regresar Fernando VII a Palacio, al terminar la sesión de clausura de las Cortes.

Los ánimos de los soldados estaban ya exasperados desde horas antes, a raíz de un incidente entre paisanos que vitoreaban al “rey constitucional” y granaderos de la Guardia, que (provocados a pedradas, según el dictamen fiscal) cargaron contra los primeros, dejando varios contusos y un miliciano nacional herido.

Horas más tarde, se recrudeció el alboroto en la plaza de Palacio. Se oyeron gritos sediciosos en las filas de varias compañías y el teniente Landaburu, indignado, hirió con su sable a uno de los que se insolentaron.

Algunos guardias rompieron entonces la formación y —por instigación, según se afirmó, del oficial absolutista Teodoro Goiffieu— se dirigieron amenazadoramente a Landaburu, quien en medio del tumulto, tuvo que refugiarse en Palacio protegido por otros compañeros. Sin embargo, tras atravesar el umbral, recibió tres disparos cuando se hallaba al pie de la escalera que está junto a la puerta llamada de la camarera. Hubo numerosos testigos del atentado y se dijo que uno de los infantes, que lo había contemplado desde los corredores, dio muestras ostensibles de aprobación.

Según los liberales exaltados, el asesinato de Landaburu hizo estallar de forma prematura —el 2 de julio— una sublevación de la Guardia Real que estaban promoviendo importantes personajes para forzar la reforma de la Constitución. Sin embargo, la imprevisión con que todo transcurrió, permitió a la Milicia Nacional y las tropas de la guarnición vencer a los guardias en los combates sostenidos el 7 de julio, en las calles de Madrid. Como consecuencia, dicha conspiración fracasó, pero la investigación oficial no mostró interés en señalar otras responsabilidades que la de los asesinos de Landaburu; éstos fueron juzgados y ajusticiados con celeridad desusada.

El Espectador, un diario afín a la masonería que había informado puntualmente sobre todo lo relacionado con la víctima, abrió una suscripción para pagar su entierro. Pronto se anunciaron en la prensa estampas alusivas a su asesinato, y se puso a la venta una canción patriótica, “La voz de Landaburu”, para guitarra y fortepiano. Hubo también una iniciativa de sus compañeros, los oficiales de la Guardia partidarios de la Constitución, para levantarle un monumento en el Prado. La idea no prosperó, pero en cambio, se fundó una nueva sociedad patriótica que tomó su nombre: la Landaburiana.

Al morir, Mamerto Landaburu estaba casado con Justa González, de la que tenía hijos.

 

Fuentes y bibl.: Archivo Histórico de Protocolos (Madrid), Pr. 23281, fols. 777-778v., Poder por don Mamerto de Landaburu a favor de su hermano don Román, 28 de junio de 1822; Pr. 25058, fols. 187-188, Testamento de don Román Landaburu y Uribe Salazar, 15 de agosto de 1841; Pr. 25460, fols. 486-488v., Codicilio del Excmo. Sr. don Román de Landaburu, 13 de septiembre de 1850; Archivo General de Palacio (Madrid), vol. 67, fol. 2v., Papeles Reservados de Fernando VII; fol. 181v.

“Estampa de medio pliego que representa el horroroso asesinato [...]”, en Nuevo Diario de Madrid (NDM), n.º 202, 21 de julio de 1822, pág. 819; “Continúa el resumen histórico de nuestro número de ayer”, en El Espectador, n.º 466, 24 de julio de 1822, págs. 411-412; J. González, “A la milicia voluntaria y a la guarnición de Madrid la viuda del teniente coronel don Mamerto Landaburu”, en El Espectador, n.º 469, 26 de julio de 1822, pág. 423; El Zurriago, n.os 50-52 (julio de 1822), pág. 30; J. Pérez de Guzmán el Bueno, “Alegato del ciudadano ~, alférez de la 3.ª de Cazadores del 2.º Regimiento de Infantería de la Guardia Real y defensor nombrado por el soldado de la 4.ª Compañía del primer batallón de dicho cuerpo Salvador Gabarra acusado de ser uno de los asesinos de Landaburu”, en NDM, n.º 213, 1 de agosto de 1822, págs. 877-883; [Monumento a la memoria de Landáburu], en NDM, n.º 220, 8 de agosto de 1822, pág. 919; “Necrología”, en El Espectador, n.º 485, 12 de agosto de 1822, págs. 489-490; El Zurriago, n. os 59-60 (agosto de 1822), págs. 13-14; “La voz de Landaburu, canción patriótica [...]”, en NDM, n.º 249, 6 de septiembre de 1822, pág. 1070; S. Miñano y Bedoya, Examen crítico de las revoluciones de España de 1820 a 1823 y de 1836, París, 1837 (atrib.) (Alacant, Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, 2001, pág. 111, en http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/03691674399225028537857/index.htm [consulta 28 de septiembre de 2011]); A. Alcalá Galiano, “Memorias”, en Obras escogidas, t. II, Madrid, Atlas, 1955, págs. 177-183 (Biblioteca de Autores Españoles, vol. 84); A. Gil Novales, Las Sociedades Patrióticas (1820-1823). Las libertades de expresión y de reunión en el origen de los partidos políticos, vol. I, Madrid, Tecnos, 1975, págs. 666-667 y n. 19; P. A. Girón, marqués de las Amarillas, Recuerdos (1778-1837), vol. II, Pamplona, Eunsa, 1979, pág. 206 y n. 81; M. Artola Gallego, “La España de Fernando VII”, en Historia de España Menéndez Pidal, t. XXXII, Madrid, Espasa Calpe, 1992, págs. 717 y 770.

 

Manuel Morán Ortí