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María del Rosario Díaz de la Guerra

Biografía

Díaz de la Guerra, María del Rosario. Cóbreces (Cantabria), 17.VI.1902 – Burgos, 25.X.2006. Abadesa de Las Huelgas de Burgos, fundadora de la Federación de las Religiosas Cisterciense (OCist.) de San Bernardo y primera abadesa general (1955-1985), muerta en olor de santidad.

Esta religiosa es una de las figuras más destacadas del Císter femenino español en los tiempos modernos, por los grandes valores exhibidos a través de su larga vida y sus brillantes realizaciones, difíciles de condensar en unas breves notas. Bien merecería que alguien estudiara su vida para ofrecerla en una obra que sirviera de ejemplo para todos y honrosa para la Santa Iglesia.

El pueblo de Cóbreces, situado a la vera del mar Cantábrico, adquirió gran renombre al poco tiempo de nacer esta religiosa, al fundarse allí en 1907 la abadía cisterciense de Viaceli, cuya celebridad se hará pronto universal, en el momento en que la Santa Sede se digne autorizar el culto de los dieciocho mártires que dieron su vida por Cristo en 1936. Allí, en un hogar eminentemente cristiano, bendecido por Dios nada menos que con dieciséis vástagos, nació en quinto lugar una niña a la que impusieron el nombre de Amalia. Se crió, por decirlo así, a la sombra de dicha abadía de Viaceli, con la gran suerte de que en el pueblo existía un colegio de las Hijas de la Caridad, atendidas precisamente los monjes de Viaceli.

En la madurez de sus veintiocho años decidió dejar el mundo para ingresar en un monasterio de religiosas que, precisamente, vivían la misma espiritualidad de aquellos padres que atendían el colegio y que llevaban una vida edificante y de sacrificio a muy pocos metros del hogar que la vio nacer. En 1930 encaminó sus pasos hacia el monasterio de Las Huelgas de Burgos, célebre en la historia del monaquismo femenino de todos los tiempos no sólo en España, sino también en el mundo entero. Fundado por Alfonso VIII de Castilla en 1187, su finalidad fue ofrecer una mansión regia para aquellas jóvenes de la nobleza que sintieran deseos de consagrarse a Cristo, para lo cual les preparó una mansión adecuada. Podíamos extendernos aquí a referir las atribuciones increíbles que la Santa Sede otorgó a sus abadesas, pero este no es el lugar. Precisamente en esos años de su ingreso, la comunidad había hecho un cambio radical en sus estructuras, renuncian voluntariamente a aquella vida de ostentación de las abadesas, con grandes colas en sus cogullas y a las criadas que cada monja tenía para su servicio. Se dieron cuenta de que la Iglesia optaba por la sencillez y la humildad y se adaptaron perfectamente, renunciando a toda ostentación.

En este cambio radical, de una vida ampulosa en lo exterior a otra de humildad evangélica, cual debe ser la vida de los consagrados, influyó notablemente el padre Pío Heredia, futuro mártir de la fe y líder de los mártires de Viaceli. Dispuestas a entrar por aquel camino de humildad evangélica, con objeto de madurar el proyecto, en 1929 la abadesa Esperanza Mallegaray llamó para dar los ejercicios a un santo monje, el padre Pío Heredia, prior de la abadía de Viaceli (Cantabria), hombre lleno de Dios, mártir de la revolución comunista, quien les expuso la palabra de Dios con tanta unción, les habló con tal calor de la vida cisterciense, tal como se llevaba en todos los demás monasterios de la Orden —muy idéntica a la de los primeros padres del Císter—, que el resultado no pudo ser más satisfactorio. Baste decir que el 13 de enero de 1930 merecería grabarse con letras de oro en los anales de Las Huelgas por haberse dado el paso definitivo hacia una observancia integral de la espiritualidad tradicional consignada en las nuevas Constituciones, elaboradas en esta ocasión en orden a reglamentar el curso de su vida.

Dicen que ese acercamiento de la comunidad a las fuentes tradicionales de la Orden, y dejados a un lado privilegios antiguos muy honrosos en lo humano, pero poco acordes con la humildad evangélica, produjo su fruto de bendición que los echaron de ver pronto las religiosas, por cuanto el Señor las premió con buenas y excelentes vocaciones, una de ellas, la más ilustre de todas —humanamente hablando por la trayectoria de su vida—, fue la de la joven Amalia Díaz de la Guerra, que llegó el mismo año de la reforma, la cual vería sin duda cómo las antiguas religiosas se quedaban sin cola y se parecerían más a las de otros monasterios. Recibió el hábito monástico el 12 de septiembre de 1930, dejando entonces su nombre de bautismo que cambió por el de Rosario, por el que fue conocida en la posteridad. De nuevo el padre Pío Heredia le traza unas normas precisas de santidad, que ella toma a pechos, echando profundas raíces en las virtudes monásticas desde el primer día de verse vestida de blanco como una paloma. La seriedad con que realizó el noviciado aparece en el hecho de haber comenzado luego a prestar servicios a la comunidad en años sucesivos, hasta el de secretaria y maestra de novicias.

En 1947, cesaba en el cargo de abadesa sor Esperanza Mallegaray, la gran artífice de la reforma de la comunidad, y las religiosas, reunidas en Capítulo el 5 de octubre de 1947, no encontraron una persona que fuera más capaz para llevar adelante la reforma implantada en Las Huelgas que sor María del Rosario, elevándola por primera vez a la dignidad abacial.

Gran acierto tuvieron en ello, como lo demostraría el hecho de que siguieron eligiéndola durante muchos años, en los cuales se realizó precisamente en el seno de la comunidad un acontecimiento que marcó honda huella en el Císter femenino de España. A mediados del siglo xx, a sugerencia de Pío XII, impulsado por el interés de que las comunidades de vida contemplativa se revitalizaran y, por lo general, para evitar que algunas se hicieran gravosas a los pueblos, por estar casi pendientes de la limosna de los fieles, consideró que era mucho más honroso que las propias comunidades se las arreglaran para vivir de su trabajo.

Ésta fue, quizá, la obra cumbre de madre Rosario: haber tenido el honor de contribuir de manera destacada en esta entidad monástica llamada a producir copioso fruto. Había trabajado al lado del padre asistente y ella fue la que se encargó de ponerla en marcha y velar luego por todas las comunidades, trabajando por infundir en ellas el verdadero espíritu monástico y solucionando todos aquellos problemas que iban surgiendo. Primeramente creyó urgente proceder a la formación de las religiosas jóvenes, comenzando ya desde el noviciado, por medio de cursillos, semanas de estudios, en los que se impartiera una cultura general encaminada a profundizar en las Sagradas Escrituras, en la moral, en la Teología y principales deberes de la vida monástica, y hasta elementos de latín y música. Incluso promovió entre las religiosas el gusto e interés en desarrollar las dotes artísticas o laborales diversas para que cada casa lograra medios de vida para ayuda de subsistencia. Al mismo tiempo se urgía a las comunidades a organizar por ellas mismas ciclos de formación permanente sobre las ciencias encaminadas a mejorar la vida monástica. Por otra parte, se procuró ayudar con personal a aquellas comunidades más necesitadas.

 

Fuentes: Archivo Monástico del Monasterio de Las Huelgas de Burgos, Documentación.

 

Damián Yáñez Neira, OCSO

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