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Caracalla

Biografía

Caracalla. Lucius Septimius Bassianus / Marcus Au­relius Antoninus. Lugdunum Lyon, Gallia Lugdunen­sis (Francia), 4.IV.186-188 – Edesa o Carras, Meso­potamia (Irak), 8.IV.217.

Emperador de Roma desde el 6 de febrero del 211 hasta el 8 de abril del 217 (Dión Cassio 79, 6, 5). Su año de nacimiento plantea algunas dudas, ya que, aun­que según Dión Cassio fue el 188, de Elio Esparciano (Scriptores Historiae Augustae [SHA], Severo, 16, 3) se desprende que pudo ser en el 185-186. Era hijo del emperador Septimio Severo y de su segunda esposa, Iulia Domna, hija del gran sacerdote del dios solar de Emesa (Homs, Syria). La confirmación de Caracalla como sucesor al imperio llegó cuando se rompió la alianza entre su padre y el legado de Britannia, Clo­dius Albinus, según la cual Severo sería el emperador y Albinus su sucesor, con el título de Caesar. Cuando Albinus se rebeló contra Severo, éste nombró Caesar a su hijo Caracalla en abril del año 196. En el año 197 fue nombrado imperator destinatus (es decir, desig­natus) y desde el 198 ya compartió el imperio con su padre, Septimio Severo, puesto que éste le nom­bró Augustus, adoptando el título de Marcus Aurelius Antoninus Augustus. También fue copartícipe con su hermano menor Geta desde que éste obtuvo el mismo título el año 209. Por tanto, Caracalla se perfiló desde los primeros años de gobierno de su padre como el sucesor al imperio.

En el 202, año en que fue cónsul con su padre, se casó con Fulvia Plautilla. Ésta era hija de Caius Ful­vius Plautianus, que había llegado al Senado bajo el gobierno de Septimio Severo y ejercido como cónsul ordinario en el 203, con el hermano del Emperador como colega. No obstante, Plautianus fue asesinado en el 205 por ser sospechoso de aspirar al imperio (Dión Cassio 77, 4, 1 ss.). Aunque el segundo prín­cipe de la dinastía severiana fue conocido como Cara­calla, éste no era su verdadero nombre, sino un apelativo que le pusieron los soldados por la capa larga con capucha (caracallus) que llevó con frecuencia desde la época de sus guerras en el limes renano y que era característica de los galos y germanos.

Caracalla participó frecuentemente en las campañas militares que encabezó su padre, como en la segunda guerra pártica (197-198), por la que le fue otorgado el título de Parthicus Maximus (198) o la guerra de Bri­tannia, por la que consiguió el de Britannicus Maxi­mus (210). Esta expedición del 208 a Britannia se llevó a cabo para combatir a los pueblos indígenas, cuyos ataques llegaban hasta importantes ciudades como Eboracum (York) pero, según Dión Cassio, su fin principal fue alejar a Caracalla y Geta de Roma y tenerlos más controlados, pues su mutua hostilidad podía tener consecuencias políticas muy graves. Este autor (77, 14, 1 ss.) atribuye a Caracalla, incluso, un intento de asesinato de su padre. Severo murió en el año 211 sin haber podido reconciliar a sus hijos.

Para Herodiano, Caracalla y Geta pensaron en el reparto del imperio a la muerte de su padre, pero su madre se opuso a esta idea (Herodiano 4, 3, 4-8). Aunque el poder fue asumido por el hermano mayor (Dión Cassio 78, 1, 1), los dos hermanos compar­tieron nominalmente el poder los meses posteriores a la muerte de su padre. Ante la continua rivalidad existente entre ambos, a finales del 211 o comienzos del 212, su madre les convocó a una reunión para conciliar ambas posturas. Ese encuentro acabó con el asesinato de Geta delante de su madre, por unos centuriones que estaban ocultos en la estancia (Dión Cassio 78, 3, 1 ss.) o, según Herodiano (4, 4, 3 ss.), por su propio hermano. Caracalla presentó los hechos como una conjura urdida por su hermano contra él (Herodiano 4, 5, 4 ss.), por lo que se llevaron a cabo numerosas ejecuciones entre los sospechosos de ser seguidores de Geta. Según Dión Cassio (78, 4, 1), hubo veinte mil muertos entre hombres y mujeres.

Desde el momento de la muerte de su hermano, pa­rece que hubo una división de las tareas de gobierno entre Caracalla y su madre, Iulia Domna. Ésta se ha­bía dedicado al control y supervisión de la política interna y el emperador al ejército y al control de las fronteras exteriores. De este modo, en el 213 empren­dió una expedición militar hacia Germania Superior, donde existían continuas revueltas de los Alamanes, los Catos y los Cenios que amenazaban con un levan­tamiento general que rebasara las fronteras. Según las actas del colegio sacerdotal de los Fratres Arvales, Ca­racalla recibió el título de Germanicus maximus por sus triunfos sobre esos pueblos.

En la primavera del 214, una vez consolidadas las fronteras occidentales, partió hacia Oriente atrave­sando las provincias danubianas y combatiendo a los Godos, Cuados y Yázigos. Tras recorrer Anatolia ha­cia el Este, erigió numerosas estatuas dedicadas a Ale­jandro Magno, de quien era un obsesionado admira­dor (Dión Cassio 78, 7, 1 ss.; Herodiano 4, 8, 1 ss.). Se le otorgaron los títulos de Arabicus y Adiabenicus y llegó a Antioquía en el 215. En esta ciudad recibió al rey parto Vologeses, que intentaba evitar cualquier posible conflicto militar.

Posteriormente, Caracalla viajó a Egipto, llegando a Alejandría en otoño de ese año. En esta ciudad surgie­ron conflictos por su visita, que fueron sofocados con una dura represión y numerosas víctimas (Dión Cas­sio 78, 22, 1 ss.). En el verano del 216, el Emperador se dirigió de nuevo hacia Parthia, donde la situación política se había vuelto adversa, llevando a cabo cam­pañas en Media. El 8 de abril del 217, cuando se iban a reanudar las campañas militares, Caracalla fue ase­sinado a la edad de veintinueve años por orden del prefecto del pretorio Marcus Opellius Macrinus, que viajaba con las legiones, en el camino desde Edesa a Carras (Mesopotamia) (Dión Cassio 79, 5, 1-5). El ejército, ignorando que Macrinus había sido el instigador del asesinato, le proclamó emperador. Cara­calla sería divinizado unos años después como Divus Antoninus Magnus.

El gobierno de Caracalla estuvo muy mediatizado por sus problemas de salud que, desde el verano del 213, comenzaron a afectarle gravemente. Tenía una enfermedad neurológica que le causaba agudas crisis físicas y mentales, lo que le llevó a acudir a remedios médicos de todo tipo y a santuarios curati­vos bajo la advocación de distintas deidades, como Baden-Baden (Aurelia Aquensis), el santuario de Apolo Grannus (cerca de Faimingen, en Germania), el de Esculapio en Pérgamo o el Serapeum de Alejan­dría (Dión Cassio 78, 15, 2-7).

Uno de los sectores del Estado romano que más be­neficios obtuvo del gobierno de Caracalla fue el Ejér­cito. La preferencia del emperador por los círculos militares la había recibido, probablemente, de su pa­dre. Según Dión Cassio (77, 15, 2-3), algunas de las últimas palabras de Severo a sus hijos antes de morir habían sido: “Mantened la concordia, enriqueced a los soldados y no os preocupéis por lo demás”. Este consejo lo tuvo muy en cuenta Caracalla, puesto que, cuando murió Geta, subió el sueldo a los soldados alrededor de un 50 por ciento, aunque se duda si la subida se aplicó a todos o sólo a los pretorianos, y también elevó sus primas por jubilación. Otra de las tendencias que ya se había marcado durante el go­bierno de Septimio Severo y que continuó con Ca­racalla fue el incremento del número de funcionarios de rango ecuestre, como los procuradores. También este grupo consiguió elevar sus ingresos económicos de manera notable durante el período.

A estas importantes partidas de gastos se unieron las derivadas de los numerosos regalos entregados a los gobernantes de los pueblos limítrofes con el imperio o de las obras públicas, como las grandiosas termas que se estaban construyendo en Roma. Todos estos dispendios tuvieron como consecuencias importantes medidas económicas para conseguir ingresos. Las tasas impositivas sobre las herencias y manumisiones se duplicaron, pasando del 5 al 10 por ciento, mientras que el aurum coronarium, impuesto extraordinario re­caudado como contribución voluntaria de las provin­cias, pasó a ser obligatorio en momentos determina­dos. Los reajustes presupuestarios afectaron también a la moneda: se redujo el peso del áureo y surgió una nueva moneda de plata paralela al denario, el anto­niniano. Esta moneda, de peso algo superior a cinco gramos y con baja ley (50 por ciento de plata), te­nía un valor de 1,5 denarios, pero circuló con un va­lor nominal de dos denarios. Esta moneda devaluada tuvo un efecto balsámico a corto plazo y permitió ha­cer frente con menos dificultades a los gastos.

La reforma más importante del gobierno de Caraca­lla fue, sin embargo, jurídica. Se trata de la Constitutio Antoniniana promulgada, probablemente, en el 212, mediante la cual se extendió el derecho de ciudadanía romana a todos los habitantes del Imperio romano. Sin embargo, en la actualidad continúa el debate so­bre el alcance real de esta medida, desde la aceptación de su universalidad hasta la consideración de que exis­tieron excepciones cuando el edicto entrara en con­flicto con estatutos locales. En cualquier caso, lo que permitió de inmediato fue una subida de ingresos por impuestos, como el tributo sobre las herencias (vi­cesima hereditatum), que afectaba únicamente a los ciudadanos romanos (Dión Cassio 78, 9, 4 ss.).

Según ha demostrado Alföldy a partir de la carrera del procurador Caius Servilius Diodorus, durante el gobierno de Caracalla, la provincia Hispania cite­rior fue dividida en dos unidades menores, sin que se pueda precisar el momento exacto de esta partición. La mayor de ellas fue la Hispania nova Citerior Anto­niniana, que conservó su capital en Tarraco e incluía cinco conventos jurídicos cuyas capitales respectivas eran: Asturica Augusta (Astorga), Clunia (Coruña del Conde, Burgos), Caesaraugusta (Zaragoza), Carthago Nova (Cartagena) y Tarraco (Tarragona). El primer gobernador enviado para administrar la provincia Hispania nova Citerior Antoniniana fue el senador de rango consular Caius Iulius Cerealis, que en dos inscripciones de León (CIL II 2661 y 5680) dice ser “legatus Augusti pro praetore provinciae Hispaniae novae citerioris Antoninianae post divisam provin­ciam primus ab eo [Caracalla] missus”. La menor de las dos provincias resultantes de la división fue la His­pania superior o Callaecia, con los conventos de Bra­cara Augusta (Braga) y Lucus Augusti (Lugo).

Son escasas las referencias de autores antiguos que se refieren específicamente a Hispania en época de Caracalla. Dión Cassio (78, 20, 4) cita la orden de ejecutar a Caecilius Aemilianus (vide biografía), que había sido gobernador de la Baetica, por haber consultado el oráculo de Hércules en Gades. En cam­bio, hay numerosos testimonios epigráficos hispanos que hacen referencia al emperador. Varios son anteriores a la muerte de su padre, como las inscripciones honoríficas dedicadas por las comunidades de Regina (Casas de Reina, Badajoz. CIL II, 1037), de Tucci (Martos, Jaén. CIL II²/5, 74-75 = II 1669-1670) o de Salmantica (Salamanca); la hallada en Hispalis (Sevi­lla), dedicada por un procurador (CIL II, 1170) o las procedentes de Tarraco (Tarragona. CIL II 4101), y Alcalá la Real (Jaén. CIL II²/5, 216 = II 1644). Otras son posteriores a la muerte de Septimio Severo, como la dedicada por los soldados de la legión VII en el 216 (CIL II, 2663); por la comunidad de Tucci (Martos, Jaén. CIL II²/5, 77 = II 1671), o la de Ulia (Monte­mayor, Córdoba. CIL II²/5, 492 = II 1532).

 

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Juan Carlos Olivares