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Sancho Blázquez Dávila

Biografía

Blázquez Dávila, Sancho. Ávila, s. t. s. XIII – 1355. Noble, señor, obispo, notario y canciller mayor de Castilla.

Por su origen familiar, pertenece Sancho al linaje de los Dávila, señores de Navamorcuende y Cardiel, sin duda el más distinguido del patriciado urbano de la ciudad del Adaja. Era hijo del caballero abulense Blasco Ximénez, cuyo prestigio en Ávila pone de manifiesto el hecho de que el Concejo de la ciudad le concediera, en 1276, la potestad pública en sus cotos de Navamorcuende y Cardiel.

Fue obispo de Ávila entre 1312 y 1355 pero, según C. Eubel, no confirmado como tal por el Papa hasta 1337, debido con toda seguridad a los conflictos que existían en esta época en torno a la elección de obispos entre los poderes locales (cabildos catedralicios), el Rey y el Papa. En Castilla, al igual que en los demás reinos cristianos occidentales, el episcopado desarrolló una intensa actividad política mediante el ejercicio de los cargos más relevantes de la administración central: consejeros, notarios, cancilleres y embajadores. Tal fue el caso, entre otros, de los inmediatos predecesores de Sancho en la sede abulense: fray Aimar, consejero destacado de Alfonso X, y Fernando y Pedro Luxán, que lo fueron de Sancho IV. Seguramente Sancho también lo fue —bien en lo espiritual o en lo político— de Fernando IV y de María de Molina, circunstancia ésta que, sin duda, debió influir decisivamente en su nombramiento como obispo de Ávila en 1312, pues es cosa sabida que los Monarcas fueron los principales impulsores de los ascensos de sus colaboradores, tanto en el plano político como en el religioso. En cualquier caso, lo cierto es que mostrará siempre una actitud favorable a la Reina en los turbulentos años de la minoría de edad de su nieto Alfonso XI, y ésta una confianza total en él.

Muerto el Emplazado, Sancho se convirtió en el gran protector de su hijo y sucesor, dejado en Ávila por su padre antes de partir para Andalucía. Desatadas las ambiciones por la tutoría, María rogó al obispo de Ávila que impidiera sacar de la ciudad al Rey niño, lo que hizo el prelado protegiéndolo en la catedral, considerada como el edificio más seguro de la ciudad, según nos narra con minuciosidad la crónica de Alfonso XI. Pero, además, su valiente actitud al no consentir en entregar al Monarca a ninguno de los pretendientes, incluida su abuela, hasta que no llegasen a un acuerdo, sin duda forzó que éste se alcanzase, en 1314, en Palazuelos. En él se reconocía como tutores a los infantes Juan y Pedro y se encomendaba la custodia del Rey a María de Molina. En consecuencia, Alfonso XI le fue entregado por Sancho y los de Ávila.

Pero la muerte de los tutores —los infantes Pedro y Juan— en 1319, cuando se encontraban en Granada luchando contra los moros, de nuevo sumió al reino en la lucha por el poder, y otra vez Sancho prestará su incondicional apoyo a doña María. En concreto, intervino decididamente, a instancias de ésta, para que los de Ávila no tomaran como tutor al infante Juan Manuel, al que apoyaba el alcaide de la fortaleza, su hermano Fernán Blázquez, señor de Navamorcuende. La situación llegó a ser crítica, pues al fin los abulenses acordaron reconocer al pretendiente, y la tardía llegada del infante Felipe con su hueste, enviado a petición del obispo para impedirlo, estuvo a punto de ocasionar un enfrentamiento armado. Finalmente, don Juan Manuel es recibido en Talavera como tutor, juntamente con la Reina y don Felipe, acto al que asiste Sancho, así como al juramento que ambos infantes hacen de ir siempre juntos a la frontera.

Con toda seguridad, la leal y arriesgada colaboración prestada por el prelado fue determinante en su nombramiento por la Reina como notario mayor de Castilla, cargo que ocupó desde 1313 hasta 1320, en que fue sustituido por Nuño Pérez, abad de Santander; nombramiento que representa un paso importante en su encumbramiento político, pues el ejercicio de dicho oficio no se reducía a lo meramente burocrático, según se desprende de las Partidas, sino que permitía ocuparse de actividades de mayor relevancia política, cuales son las de tipo hacendístico y de representación real, y más aún durante estos azarosos años en que la Reina hubo de entregarse de lleno a resolver los conflictos surgidos en torno a la tutoría.

Entre 1320, en que es apartado del cargo de notario mayor de Castilla, y 1325 la figura de Sancho parece eclipsarse, pues no se tienen noticias de que interviniera activamente en los acontecimientos de esos años. Pero, alcanzada su mayoría de edad, Alfonso XI le nombra canciller mayor de Castilla, oficio que ejerce hasta 1326, compatibilizándolo en algún momento con el de notario mayor de la Casa del Rey. El nombramiento de canciller suponía la máxima aspiración política en aquel momento, pues, según la segunda Partida: “chanciller es el segundo oficial de Casa del Rey de aquellos que tienen oficios de poridat; ca bien así como el capellán es medianero entre Dios et el rey espiritualmente en fecho de su alma, otrosí lo es el chanciller entre él et los homes quanto en las cosas temporales”. Por ello se requería que el elegido fuera “de buen linage, et haya buen seso natural, et sea bien razonado, et de buena memoria, et de buenas costumbres, et que sepa leer et escrebir, también el latín como en romance, et sobre todo que sea home que ame al rey naturalmente, et a quien él pueda caloñar yerro, si lo ficiere, porque meresca pena”. Son cualidades éstas que sin duda reunía Sancho, hombre docto según se desprende de su testamento, en el que lega sus libros de Derecho Canónico al chantre Sancho Sánchez y los de Leyes al canónigo Fernán Blázquez, ambos hijos de su sobrino Ximén Muñoz.

Claro es que, como ocurrió cuando fue nombrado notario, también debió ser decisiva ahora la estima del Rey, así como la ambición y habilidad política del prelado para mantenerse en la posición adecuada a la hora de alcanzar sus objetivos. El afecto del Monarca se manifiesta en el privilegio que expide en Valladolid, el 22 de febrero de 1326, confirmando todos los privilegios que tenía la iglesia de Ávila para “faser bien et onrra a don Sancho, obispo de Ávila et nuestro chançeller mayor de Castiella, por muchos serviçios que nos fiso siempre et nos fase”.

Pero el privilegio en cuestión supone también la despedida de Sancho de la actividad política directa, puesto que a partir de este momento ya no volverá a ocupar ningún cargo en la Corte. En adelante sólo aparecerá esporádicamente en algún episodio del reinado y como obispo, cual es el caso de la ida de Alfonso XI a Ávila para pedir ayuda económica con que financiar la guerra contra los moros a los representantes de las ciudades y villas de la Extremadura que allí le esperaban. Y es probable que el prelado contribuyera con una parte de sus rentas eclesiásticas. Antonio de Cianca asegura que sirvió al Rey en otras ocasiones, en concreto, en las alteraciones de Zamora, Toro y Valladolid ocurridas durante la privanza de Álvar Núñez Osorio, y que le acompañó “al socorro de la ciudad de Gibraltar, quando teniendo la tenencia Vasco Pérez de Meyra, la puso cerco el infante Abenmelec, hijo del rey Albohacén de Velamarín, por mar y tierra, con gran número de gente de a pie y de a cavallo, en el año de Christo de mil y trezientos y treinta y dos”.

Su alejamiento de la vida política le permitió ocuparse de los problemas de su diócesis y de otras cuestiones estrictamente religiosas, de todo lo cual se tienen escasas noticias. Activó considerablemente la obra de la catedral, dotándola del transepto, donde se fijó su escudo, y es probable que durante su pontificado se rematasen las obras, pues toda la nave principal y las torres guardan completa analogía con el crucero.

Fundó y dotó el monasterio cisterciense de Santa Ana de Ávila en 1331, al que se incorporaron las monjas “de allende el Adaja”, y lo mismo hizo con un hospital para pobres. Y asistió al concilio provincial de la metrópoli compostelana, celebrado en Salamanca en 1335 por iniciativa de Benedicto XII, para corregir los abusos, desmanes y escándalos que sufría la Iglesia en León y Castilla.

Al final de su vida, un año antes de su muerte, acaecida en 1355, intervino en un asunto que seguramente le resultó desagradable y que le creó problemas con Roma: a petición de Pedro I, y juntamente con el obispo de Salamanca, tuvo que declarar nulo el matrimonio del Monarca con Blanca de Francia, nulidad que no fue aceptada por Inocencio IV, quien, además, llamó la atención a los prelados por su desafortunada, aunque forzada, intervención.

Hombre hacendado, fue señor de Villatoro, lugar sobre el que fundó en 1328 un mayorazgo de agnación rigurosa en la persona de su sobrino Blasco Ximénez, tercer señor de Navamorcuende. También fue señor de Villanueva de Gómez y propietario de El Torrico y numerosos algos (haciendas de extensión variable) en otros lugares de Ávila.

 

Bibl.: A. de Cianca, Historia de la vida, invención, milagros y translación de San Segundo, primero obispo de Ávila, y recopilación de los obispos sucesores suyos hasta don Gerónimo Manrique de Lara, inquisidor general de España, Madrid, por Luis Sánchez, 1595; C. Eubel, Hierarchia catholica Medii Aevi, Munich, Librariae Regensbergianae, 1913; M. Gaibrois de Ballesteros, María de Molina, tres veces reina, Madrid, Espasa Calpe, 1936; Crónica de Don Alfonso el Onceno, t. LXVI, Madrid, Atlas, 1953; J. Zunzunegui Aramburu, Bulas y cartas secretas de Inocencio IV (1352-1362), Roma, Instituto Español de Historia Eclesiástica, 1970; A. Barrios García, La catedral de Ávila en la Edad Media: estructura socio-jurídica y económica, Ávila, Obra Social y Cultural de la Caja de Ahorros de Ávila, 1973; J. I. Moreno Núñez, “Los Dávila, linaje de caballeros abulenses. Contribución al estudio de la nobleza castellana en la Baja Edad Media”, en En la España Medieval. Estudios en memoria del profesor don Salvador de Moxó, 2 (1982), págs. 157- 172; J. M. Nieto Soria, Las relaciones monarquía-episcopado castellano como sistema de poder (1252-1312), Madrid, Universidad Complutense, 1983; J. I. Moreno Núñez, “Mayorazgos arcaicos en Castilla”, en En la España Medieval. Estudios dedicados al profesor don Ángel Ferrari Núñez, II, 4 (1984), págs. 698-700; E. González Crespo, Colección documental de Alfonso XI. Diplomas reales conservados en el Archivo Histórico Nacional, sección de Clero, pergaminos, Madrid, Universidad Complutense, 1985; J. I. Moreno Núñez, “Semblanza y patrimonio de don Sancho Blázquez, obispo de Ávila (1312- 1355)”, en Hispania Sacra, XXXVII (1985), págs. 155-188; J. I. Moreno Núñez, “El caballero abulense Fernán Blázquez y el nacimiento de un señorío toledano a principios del siglo xiv: San Román del Monte”, en En la España Medieval, 23 (2000), págs. 117-135.

 

José Ignacio Moreno Núñez

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