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Sancho I Ramírez

Biografía

Sancho I Ramírez. ?, 1043 – Huesca, 4.VI.1094. Rey de Aragón (1063-1094) y Pamplona (1076- 1094).

Sancho Ramírez fue hijo de Ramiro I, el primer monarca de la dinastía aragonesa creada tras la división del Reino por Sancho III Garcés el Mayor en 1035, y de Gisberga-Ermesinda de Bigorre. Nació, con toda probabilidad, en 1043 como primogénito legítimo de un grupo de hermanos formado por un bastardo que llevaba su mismo nombre, el conde Sancho Ramírez, ligeramente mayor que él, por García, obispo de Jaca entre 1076 y 1086, y por tres mujeres, Sancha, Teresa y Urraca. El testamento de Ramiro I, de 1061, le señaló como heredero y, probablemente, estableció a partir de entonces una asociación informal al Trono, puesto que hay alguna noticia que le califica en esa época como rex, en coexistencia con su padre. La asociación, mediante la cual se atribuía este título real, constituía una fórmula para preparar la sucesión en el poder, de modo que se evitasen transiciones demasiado bruscas, en las que la autoridad del nuevo gobernante se debilitaba frente a los nobles más poderosos.

Como es usual en relación con este período, se carece de información sobre la educación del joven Sancho, aunque se sabe que una parte de ella se realizó bajo la dirección de un aitán o tutor, en su caso un importante noble llamado Sancho Galíndez.

A principios de la década de 1060, Ramiro I había consolidado de manera definitiva el reino aragonés, pero tropezaba con problemas importantes en las fronteras orientales, donde los condes de Barcelona, Urgell y Pallars pugnaban por ocupar diversas fortalezas musulmanas entre los ríos Noguera Ribagorzana y Cinca, circunstancia que amenazaba cualquier proyecto de expansión hacia Lérida y los territorios occidentales de la taifa de Zaragoza. El Monarca intentó hacer frente a esta amenaza mediante una alianza con Ermengol III de Urgell —para aislar al conde barcelonés—, ratificada con un doble enlace por el que Sancho Ramírez se casó con Isabel, hija de Ermengol, y éste, a su vez, con Sancha, hija de Ramiro. La conquista, en el otoño de 1062, de Benabarre y parte de la Baja Ribagorza, junto con el vasallaje prestado por Ermengol III y el vizconde de Ager, Arnau Mir de Tost, confirmaron el éxito de esta estrategia ramirense. La ambición combinada de estos tres personajes, Ramiro, Ermengol y Arnau Mir, les empujó al año siguiente a realizar una campaña contra la poderosa fortificación musulmana de Graus, llave del valle del Cinca, cosechando un rotundo fracaso. En la batalla librada el 8 de mayo de 1063, Ramiro pereció y sus tropas fueron vencidas por al-Muqtadir de Zaragoza.

Sancho Ramírez se convirtió entonces en Rey de Aragón, un espacio político cuyas fronteras habían sido fijadas veinte años antes por su padre, tras la ocupación de las tierras orientales, inicialmente separadas por Sancho III para su hijo menor Gonzalo. Comprendía las comarcas del Pirineo Central que se extienden entre los valles extremos de Ansó y Barrabés —en la Ribagorza— y los cauces del Aragón y el Noguera Ribagorzana. Al Sur, las crestas de las sierras prepirenaicas creaban una delimitación física con la taifa de Zaragoza que una cadena de importantes poblaciones islámicas fortificadas hacía valer desde el siglo IX. Con unos diez mil kilómetros cuadrados, este conjunto constituía un principado nada desdeñable a escala europea, pero secundario en el mapa hispano, en marcado contraste con las dimensiones territoriales y el prestigio político de Castilla y León, o la riqueza de los condes de Barcelona. Incluso se hallaba bajo una cierta tutela, plasmada en un pacto vasallático firmado en 1063, con respecto a Navarra, antigua sede central de la dinastía, suplantada después de 1054 por el poderío de Fernando I y Alfonso VI de León. El Reino, sin embargo, manifestaba una firme estabilidad interna y los monarcas una notable capacidad para dirigir los grupos aristocráticos, cuya aquiescencia configuraba la base de cualquier poder político en el siglo XI.

En julio de 1064, un ejército alentado por el papa Alejandro II y formado por guerreros “francos” procedentes de Poitou, norte de Francia y Normandía, Champaña e Italia, tomó al asalto la ciudad musulmana de Barbastro, cercana a Graus, en el corazón de la controvertida zona del Cinca. El éxito de los “francos”, ayudados por Ermengol III, fue relativo, puesto que un contraataque andalusí en abril de 1065 colocó de nuevo la población en manos de al-Muqtadir. A pesar de la escasa o nula participación aragonesa en esta expedición —que tuvo una amplia resonancia europea—, es indudable que la manifestación del potencial militar desplegado hizo mella en Sancho Ramírez que, en la primavera de 1068, viajó a Roma en peregrinación. Allí —o en Perugia, donde el Papa residió de marzo a diciembre de ese año— “cuando tenía veinticinco años, por deseo de Dios acudí de buen grado ante la morada en honor de San Pedro y entregué mi reino y a mí mismo a Dios y su potestad para servirle”, según sus propias palabras. Se trataba de una infeudación que convertía al Soberano en un aliado privilegiado de un papado cuya autoridad e influencia crecían de manera extraordinaria en esta fase de la denominada “Reforma gregoriana”. Es importante, sin embargo, prevenirse contra la frecuente interpretación de este vasallaje en términos de soberanía —algo que, no obstante, el sucesor de Alejandro, Gregorio VII, ya hizo en los años siguientes en sus cartas y proclamas a los dirigentes hispanos—, entre otras razones porque el propio Sancho Ramírez sugirió en 1089 que en los veinte años anteriores no había hecho nada para hacer efectiva esta sumisión. A pesar de ello, impuso a la Iglesia aragonesa el cambio de rito (1071), con la adopción de la liturgia romana en detrimento de la hispana, de origen visigodo, en un signo evidente de buena voluntad hacia el Pontífice, que, en este momento, reclamaba una uniformización de los rituales eclesiásticos a escala europea.

Los contactos con el papado le permitieron, además, repudiar a Isabel de Urgell, y contraer matrimonio en 1070 con otra mujer proveniente de una distinguida familia del norte de Francia, Felicia de Roucy. Hija de Hilduin III de Ramerupt y de Adela de Roucy, su linaje descendía por vía materna de los Capetos y del emperador Enrique I de Alemania; controlaba, además, el importante arzobispado de Reims y, lo que no es menos importante, tenía una red de parientes entre la nobleza francesa que se extendía desde Normandía a Borgoña. Es indudable que este lazo colocaba a la dinastía aragonesa en relación con un ámbito político netamente superior a cualquier otro precedente y acentuaba los nexos con el papado, estrechamente ligado a la familia Roucy.

Sancho Ramírez tuvo un hijo con Isabel, Pedro, su sucesor, nacido hacia 1068-1069, y tres más con Felicia: Fernando (c. 1071-c. 1086), Alfonso (Alfonso I el Batallador) y Ramiro (Ramiro II), de tal modo que en el transcurso de la década de 1070 se afianzó la dinastía, que contaba con varios posibles sucesores. Esta cohesión contrasta con el destino del linaje real navarro, en el cual las tensiones internas estallaron definitivamente con el asesinato de Sancho Garcés IV por sus hermanos y otros miembros de la nobleza. La rápida intervención de Alfonso VI y Sancho Ramírez impidió la búsqueda de algún tipo de solución pactada dentro de la familia real navarra y condujo al alineamiento de los grandes magnates alrededor de los monarcas vecinos. En la fragmentación del Reino navarro, Sancho Ramírez obtuvo la fidelidad de los nobles que dominaban las regiones septentrionales, desde Guipúzcoa hasta el valle de Roncal, la cuenca de Pamplona, la Tierra Estella, Sangüesa y Aibar, así como la franja formada por el curso medio del Arga y el Aragón, que se abría hacia el valle medio del Ebro musulmán, todo lo cual suponía, aproximadamente, doblar la extensión del territorio de sus posesiones y multiplicar en igual proporción sus recursos y las dimensiones del grupo aristocrático organizado alrededor de la Monarquía.

El Rey adoptó inmediatamente decisiones significativas que manifestaban una clara conciencia de las transformaciones que había experimentado el reino. Así, erigió Jaca en ciudad y sede real por excelencia, con la atribución de un fuero justamente famoso (1077), e instaló el obispado aragonés en ella, con su hermano García al frente. Con ello, puede decirse que hizo de Jaca una especie de capital, si es que puede hablarse de una sede estable para una realeza básicamente itinerante. Es probable, además, que robusteciese sus vínculos con el Monasterio de San Juan de la Peña, fundado por su abuelo y al que su padre había convertido en panteón real y el centro en el que se conservaba la memoria dinástica.

La incorporación del reino pamplonés puede servir para señalar el inicio de una segunda fase en la trayectoria del gobierno de Sancho Ramírez, caracterizada en particular por la sistemática intervención en los territorios nororientales de al-Andalus. Esta intervención, sin embargo, que había comenzado con la conquista de Alquézar (1067), tropezó con el momento más esplendoroso de la taifa zaragozana, dirigida por al-Muqtadir, y por la firme resistencia opuesta por los mercenarios castellanos encabezados por Rodrigo Díaz de Vivar, el Cid. En efecto, en 1076, al-Muqtadir se apoderó de Tortosa y Denia y logró una cierta sumisión de las autoridades valencianas, de tal modo que su poder era reconocido desde Medinaceli hasta Alicante. Esta frágil construcción se sostuvo hasta su muerte, a fines de 1081, cuando la taifa se dividió entre sus hijos: al-Mu’tamin, que recibió Zaragoza y las serranías ibéricas, y Munďir, que conservó Lérida, Tortosa y Denia. Durante los veinte años siguientes, las luchas entre estos reinos taifas y sus aliados cristianos dibujaron el escenario político del levante peninsular.

En este contexto, Sancho Ramírez se decantó por la alianza con Munďir de Lérida por diversas razones, entre las que destacan sus aspiraciones sobre Huesca y Barbastro, así como la presencia del Cid en la capital del Ebro desde 1080, que hacía patente la influencia castellana. En abril de 1083, cayeron en poder aragonés Graus y Ayerbe, dos importantes poblaciones fortificadas de la frontera superior, que impedían la circulación de las huestes feudales a lo largo del valle del Ebro. Era el primer síntoma de la descomposición del sistema defensivo islámico, que tuvo otros hitos en la ocupación de Arguedas (1084) y la construcción del castillo de Montearagón, en las afueras de Huesca (1086). Como consecuencia de estos avances, muchas localidades de la plana de Huesca y el Somontano de Barbastro negociaron el pago de parias o tributos al margen de las autoridades estatales de la taifa y es probable también que empezase lentamente un éxodo de campesinos musulmanes, que se percibe con claridad diez años después.

La actividad de Rodrigo Díaz en la primera mitad de la década de 1080 tuvo efectos notables sobre la capacidad de resistencia de la taifa de Zaragoza. No sólo detuvo a Munďir y sus aliados —Sancho Ramírez y los condes catalanes, en especial el de Barcelona—, sino que recuperó para al-Mu’tamin una cierta tutela sobre Valencia, en 1085, en concreto tras la batalla de Morella, librada el año anterior, en la que Sancho Ramírez fue derrotado por el noble castellano. Esta situación estaba destinada a durar poco. La conquista de Toledo por Alfonso VI y la intervención almorávide en la Península en el verano de 1086 cambiaron las pautas tradicionales de la actuación de los diferentes protagonistas, musulmanes y cristianos, que se remontaban a una generación atrás. Varios autores sugieren que, en esta coyuntura, Alfonso VI y Sancho Ramírez llegaron a un acuerdo que sancionaba de manera definitiva el reparto de Navarra y cabe también la posibilidad de que el monarca castellano-leonés aprobase la existencia de una esfera de influencia levantina en favor de su homólogo aragonés. Eso supuso probablemente la participación de un contingente de tropas en la batalla de Zallaqa, tal vez dirigido por el infante Pedro.

El desastre cristiano ante los almorávides en esta localidad extremeña no modificó apenas las circunstancias de la guerra en la frontera del valle del Ebro. De esta forma, Sancho se apoderó de Estada en 1087 y asedió Monzón unos meses después: el 24 de junio de 1089, esta provinciana ciudad del Cinca se rindió al Rey, juntamente con un extenso territorio que lindaba con Lérida y Barbastro. Decenas de almunias —propiedades rurales— y numerosas posesiones urbanas fueron distribuidas entre la elite nobiliaria, en lo que constituyó el primer reparto masivo de tierras arrebatadas a los musulmanes, que preludiaba los que tendrían lugar en los años siguientes. Es difícil exagerar, por otra parte, la debilidad que esta pérdida introdujo en el sistema defensivo de las taifas de Lérida y Zaragoza, puesto que vemos a partir de ese mismo año circular por todo el Valle del Ebro a la hueste aragonesa con plena libertad de movimientos.

A partir de entonces, se inaugura la fase final del reinado de Sancho Ramírez, caracterizada por un doble objetivo: a escala regional, apoderarse de Huesca; en el ámbito hispano, obtener el reconocimiento a su derecho de conquistar la totalidad de la cuenca del Ebro, hasta Tortosa y las serranías ibéricas. En ese contexto hay que situar las alianzas contraídas por Sancho con los más importantes dirigentes del Pirineo francés, de los que era pariente por parte de madre. Desde finales de los años setenta, su tío Bernardo II de Bigorre participaba con él en expediciones contra los musulmanes y hacia 1082 el sucesor de Bernardo, Céntulo, vizconde de Béarn y conde de Bigorre, se había convertido en su vasallo. El hijo de Céntulo, Gastón, que posiblemente corroboró la fidelidad de su padre poco después de 1090, se casó con Teresa o Talesa, hija del hermanastro del rey, el conde Sancho Ramírez. En esta misma línea, el rey actualizó —y mejoró— el vínculo que había establecido con la Santa Sede dos décadas atrás. Dirigiéndose a Urbano II, Sancho se declaró contrito por no haber sido demasiado respetuoso con el pacto de 1068 y lo reafirmó con el compromiso de pagar 500 “mancusos” de oro hasta su muerte. Finalmente, la relación con Alfonso VI era en este momento lo bastante estrecha como para que Sancho acudiera a Maqueda en el verano de 1090 para contrarrestar la ofensiva almorávide contra Toledo. Si se añade que, desde 1088, el Cid combatía a lo largo de todo el Levante para aislar Valencia, su objetivo final, y que en 1091 selló un pacto de no agresión con el monarca aragonés, cabe afirmar que Sancho Ramírez tenía bien sujetos los hilos diplomáticos que le permitían neutralizar cualquier oposición a la conquista de los territorios del norte del Ebro.

Para ello, comenzó el año 1091 fortificando una posición denominada expresivamente “Sobre Zaragoza” (El Castellar) y, dos años después, Almenar, en las inmediaciones de Lérida, con la finalidad de debilitar la autoridad de los dirigentes taifas en la periferia de sus propias capitales. Entre estos años, Sancho organizó una vasta campaña contra Tortosa, en la que probablemente colaboró con la flota genovesa, que le permitió ocupar Salou y varios castillos en el Maestrazgo valenciano y la Plana castellonense, entre las que destacan Culla, Oropesa, Castellón y Montornés. Aparte de constituir una cadena de fortalezas que aseguraba el flanco septentrional de la Valencia cidiana, se trataba de núcleos desde los cuales las guarniciones aragonesas depredaban las comunidades campesinas de amplias zonas del Mediterráneo andalusí.

A la altura de 1093, Sancho Ramírez y sus nobles contemplaban con confianza la posibilidad de ocupar las tierras vertebradas por el Ebro, entre Tudela y Tortosa, en un plazo de tiempo no excesivamente lejano. La debilidad militar de las taifas una vez desaparecidos los mercenarios castellanos, les autorizaba a mantener esta creencia, con una convicción cada vez mayor, producto de una acelerada intensificación del sentimiento antimusulmán muy visible en este período final del siglo. Todo ello a pesar de la amenaza de los almorávides, que gravitaba más bien sobre Valencia, ocupada por Rodrigo Díaz en junio de 1094, una amenaza que tardaría todavía en concretarse en esta región del noreste peninsular.

De este modo, Sancho dedicó los meses iniciales de 1094 a preparar el asedio de Huesca, una ciudad fundamental en la red urbana del norte de la taifa zaragozana, que aguantaba el armazón de fortalezas que subsistía después de las conquistas aragonesas de 1083. La ciudad estaba bien defendida y en el transcurso de los combates que tuvieron lugar en los primeros días del sitio, el 4 de junio de 1094, el Monarca recibió una herida mortal. La Historia Roderici, una de las fuentes cronísticas más cercanas a los acontecimientos, concluye diciendo “entonces murió Sancho, rey de los aragoneses, de buen recuerdo, que vivió cincuenta y dos años y después acudió ante Cristo en paz, y está sepultado honrosamente en el monasterio de San Juan de la Peña”. Este último dato es exacto y se sabe que Sancho fue inhumado en esta sede con motivo de la consagración de la iglesia pinatense, en diciembre de 1094.

Como se ha visto, el reino aragonés que dejaba era sensiblemente diferente al que había recibido treinta y un años antes. De hecho, la anexión de Navarra había cambiado de manera significativa la estructura misma de los dominios de la dinastía. A la antigua capital pamplonesa se había sumado Jaca y, junto a ellas, un conjunto de burgos de fundación real, escalonados a lo largo del Camino de Santiago; la Iglesia había experimentado una modernización considerable, en la que los obispados habían sido reformados para adaptarse a las exigencias de los legados papales, en particular de Frotardo, abad de Saint Pons de Thomières; los “honores” feudales concedidos a los nobles se habían multiplicado de manera extraordinaria, contribuyendo a ensalzar a muchos linajes, cuya fidelidad al Soberano se manifestaba en los servicios militares en las expediciones que incesantemente se llevaron a cabo en los dos decenios finales del reinado. Sancho Ramírez había engarzado su familia con otras parentelas nobiliarias del norte de Europa y, a través del matrimonio del infante Pedro con Inés de Aquitania (enero de 1086), con los condes de Poitou. Sin menospreciar lo que suponía de integración del reino en la trama de parentesco y alianza de los príncipes europeos, conviene indicar que estos enlaces completaban la relación privilegiada con los pontífices romanos establecida a partir de 1068.

Sin embargo, el éxito más importante de Sancho Ramírez fue convertir las escaramuzas de frontera de la época de sus antecesores en un verdadero proyecto dinástico de expansión contra el Islam andalusí, que concentraba el esfuerzo militar de una clase feudal profundamente agresiva y una Iglesia que había erigido la lucha contra los musulmanes en una guerra sagrada. Una buena parte de la evolución posterior de la conquista territorial aragonesa quedó esbozada en la actuación militar y política de este Monarca.

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Carlos Laliena Corbera