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José María Martín de Herrera y de la Iglesia

Biografía

Martín de Herrera y de la Iglesia, José María. Aldeadávila de la Ribera (Salamanca), 25.VIII.1835 – Santiago de Compostela (La Coruña), 8.XII.1922.

Abad, obispo, teólogo, predicador, canonista, senador por derecho propio y cardenal.

Estudió en el seminario de Salamanca. Ordenado sacerdote en 1859, rigió por pocos años la parroquia de San Martín en la misma ciudad; luego, mediante la influencia de su hermano Martín, que actuaba en la política de la región, fue nombrado abad de la colegiata de Logroño y no mucho después deán del Cabildo de León. En ambas ciudades se mostró incansable en el ejercicio del sagrado ministerio y fue muy encomiable su conducta durante la época revolucionaria.

Al restaurarse la Monarquía, debiendo reorganizarse el Tribunal de la Rota en la nunciatura, su hermano Martín, entonces ministro de Ultramar, se interesó para que su hermano fuese nombrado auditor de la misma; sin embargo, al no ser éste versado en jurisprudencia, lo presentó para la archidiócesis de Santiago de Cuba, vacante desde octubre de 1868 y en condiciones bastante tristes por la agitación que causó allí el cisma provocado por el canónigo Llorente, y fue preconizado el 5 de julio de 1875.

En Santiago de Cuba veló por mantener intacta la fe en el clero y en los fieles y por corregir su vida. En aquella isla instruyó un proceso contra un sacerdote rebelde y apóstata, excomulgándolo con un acto público y solemne. En 1884, de acuerdo con el nuncio, llegó a conseguir una real ordenanza para el comandante general de la isla, para que éste combatiese la masonería, sirviéndose incluso de la ayuda de los tribunales. Promovió constantemente las santas misiones en las zonas rurales, predicando con frecuencia él mismo, sin temer las dificultades de quienes trataban de impedir o turbar sus reuniones con los fieles y afrontando incluso los insultos personales. Siguió la misma conducta en la archidiócesis compostelana, pues visitó las parroquias, predicó, promovió los ejercicios espirituales y, con muy buen acierto, fue implantando la obra importantísima y necesaria del catecismo. Con el mismo buen espíritu quiso fundar un colegio para el clero secular, a fin de que se preparase para las misiones en la diócesis; pero encontró muchas dificultades y oposición, por creerse que dicho seminario no era necesario ni oportuno ya que había en la diócesis muchos religiosos. Realizó tres visitas pastorales completas a sus numerosas parroquias, confirmando en ellas más de ciento diez mil personas; simultáneamente llevaba adelante innumerables obras de edificación y restauración de iglesias parroquiales y otros templos (cerca de una treintena, en buena parte costeadas con dinero propio), creando y afianzando las diversas instituciones eclesiásticas. Sus numerosos escritos de esta época manifiestan la preocupación por las más vigentes cuestiones doctrinales, pastorales y sociales, que afectaban al pueblo cubano, así como por una serie de temas y corrientes de la sociedad de su tiempo (cuestión romana, libertad, socialismo, comunismo, masonería, espiritismo, matrimonio civil, etc.).

Destacaron especialmente sus actuaciones con los principales estamentos eclesiales; su trabajo continuo con el clero mediante la Hermandad de sufragios, las conferencias morales y litúrgicas, los ejercicios espirituales, la mejora de parroquias, la reorganización de la vida religiosa, el establecimiento en la diócesis de diversas congregaciones y su preocupación por el apostolado seglar promoviendo las Conferencias de San Vicente de Paúl y las escuelas dominicales. Todo ello marcado, sin duda, por la mentalidad más bien conservadora con que orientaba su acción el arzobispo cubano. También intervino en el terreno político, aceptó varios nombramientos de senador del reino bien de representación eclesiástica, bien por derecho propio, e hizo con tal motivo tres viajes a España.

El 14 de febrero de 1889 fue trasladado a la sede metropolitana de Santiago de Compostela, donde vivió hasta su muerte, tras un pontificado de más de treinta y tres años. León XIII lo creó cardenal en el consistorio del 19 de abril de 1897, le asignó el título de Santa María in Transpontina y le nombró miembro de las congregaciones de religiosos y del Índice.

Fue un prelado de sana doctrina, sólida virtud y de excelente espíritu eclesiástico, muy activo, celoso del bien de las almas y defensor enérgico de los derechos de la Iglesia y del Sumo Pontífice en los años difíciles en los que se debatían la “cuestión romana” y la presencia de los católicos en la vida política. Dentro de los esquemas eclesiásticos de su época y en concordancia con su propia mentalidad conservadora, planteó Martín de Herrera un plan de actuación pastoral, que tuvo como principal referencia los decretos del Concilio Provincial celebrado en 1887 por su antecesor Guisasola Rodríguez, y que a él le tocó llevar a cabo a partir de 1890. Consecuencia directa de ello fue la realización de dos sínodos diocesanos, en 1891 y 1909, que concretaron a la realidad de la iglesia compostelana las decisiones sobre la fe católica, sacramentos, culto, vida de los clérigos, personas y bienes eclesiásticos, actividades del pueblo cristiano, etc.

Las orientaciones y decisiones tomadas a partir de ahí fueron de tal fuerza e importancia que estuvieron de hecho vigentes en la diócesis jacobea, en uno u otro grado, hasta el Concilio Vaticano II.

 

Obras de ~: Cartas Pastorales y Circulares, Madrid, 1883; Cartas Pastorales, Madrid, 1889; Pastorales, circulares y otros documentos, Santiago de Compostela, 1903; Opúsculo que contiene las principales circulares de disciplina de la Diócesis dadas por el Emmo. Sr. Cardenal Arzobispo Dr. D. José Martín de Herrera y de la Iglesia desde 1889 en que comenzó a regirla hasta 1913, Año XXV de su Pontificado en Compostela, Santiago de Compostela, 1914; Pastorales y otros documentos del Emmo. Sr. Cardenal Martín de Herrera, Arzobispo de Compostela, desde julio de 1903 hasta diciembre de 1916, Santiago de Compostela, 1916.

 

Bibl.: J. Salvadó, El episcopado español, Barcelona, 1877, págs. 101-105; J. Coco Morante, Oración Fúnebre pronunciada en la Santa Iglesia Catedral Metropolitana de Santiago el día 13 de diciembre de 1922 por [...] en las honras del Emmo. y Revmo. Señor Cardenal Arzobispo Dr. D. José Martín de Herrera y de la Iglesia, que pasó a mejor vida el día 8 del mismo mes, Santiago de Compostela, 1922; R. Ritzler y P. S éfrin, Hierarchia catholica, vol. VIII, Padova, Il Messaggero di S. Antonio, 1978, págs. 39, 51, 58, 219, 314 y 432; F. Díaz de Cerio, Regesto de la correspondencia de los obispos de España en el siglo xix con los nuncios, según el fondo de la Nunciatura de Madrid en el Archivo Vaticano (1791-1903), vol. III, Città del Vaticano, Archivio Vaticano, 1984, págs. 210-229; V. Cárcel Ortí, León XIII y los católicos españoles. Informes vaticanos sobre la Iglesia en España, Pamplona, Eunsa, 1988, págs. 227-230; C. García Cortés, “El pontificado compostelano del cardenal Martín de Herrera (1835-1922)”, en Compostelanum, 34 (1989), págs. 479-570; V. Cárcel Ortí, “Los nombramientos de obispos en España durante el pontificado de León XIII. Primera parte: 1878-1884”, en Analecta Sacra Tarraconensia (AST), 69 (1996), págs. 141-279; “Los nombramientos de obispos en España durante el pontificado de León XIII. Segunda parte: 1885-1903”, en AST, 70 (1997), págs. 321-504; C. García Cortés, “La Iglesia compostelana en los siglos xix y xx”, en J. Aranda Doncel et al., Historia de las Diócesis Españolas, vol. 14. Iglesias de Santiago de Compostela y Tuy-Vigo, Madrid, Biblioteca de Autores Cristianos, 2002, págs. 426-428; Z. Pieta, Hierarchia catholica, vol. IX, Padua, Il Messaggero di S. Antonio, 2002, págs. 5, 14, 24, 137, 253, 286, 333, 359 y 379.

 

Vicente Cárcel Ortí