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García I Sánchez

Biografía

García I Sánchez. ?, c. 920 – 22.II.970. Rey de Pamplona, el segundo de la dinastía de los “Jimenos” o, más propiamente, “Sanchos”, como primogénito de Sancho I Garcés y su esposa Toda.

Sucedió a su padre cuando contaba solamente cinco o seis años de edad. Conforme a una costumbre seguramente tradicional, fue puesto como pupilo (creato) al cuidado de un ayo o “eitán”, en este caso Jimeno Garcés, su tío primero por partida doble, el pariente más próximo de la familia regia y encargado por ello de ejercer transitoriamente en su nombre las funciones propias del monarca. Llegado a la mayoría de edad para el desempeño efectivo de la potestad regia (potestas regia), entonces a los catorce años, su madre Toda se entrevistó con el califa ‘Abd al-Raḥmān III y logró arteramente que lo reconociera como “señor” de Pamplona y sus tierras riojanas de Nájera, alegando al parecer sus lazos familiares, pues el soberano cordobés era nieto de Ónneca, madre de la propia Toda. En el tratado concertado a tal efecto (Calahorra, julio de 934) se renovaban en cierto modo las cláusulas de fidelidad y subordinación política del antiguo pacto, pero no se contemplaba ya el signo permanente de dependencia teórica que era el tributo anual.

Casó tempranamente con Andregoto, hija del último conde aragonés, Galindo II Aznar, cuyos dominios fueron incorporados en circunstancias desconocidas al espacio monárquico pamplonés, extendido así a los valles del curso superior de los ríos Aragón y Gállego hasta los confines de Sobrarbe. Sin embargo, su trayectoria política iba a orientarse principalmente hacia el oeste en estrecha sintonía y comunidad de proyecto político con el reino de León, como consecuencia de los estrechos lazos de parentesco y solidaridad anudados entre las familias reinantes de ambas monarquías. Como colofón de la estrecha colaboración bélica en tierras najerenses sobre todo, Sancha, hija de Sancho I Garcés y Toda, había sido dada como esposa a Ordoño II. Por añadidura la misma reina pamplonesa había casado a su hija Ónneca con el nuevo monarca leonés Alfonso IV (925-931), hijo del mismo Ordoño, y luego a Urraca con Ramiro II (931-951), hermano y sucesor del anterior. Un vástago de este matrimonio, Sancho I “el Craso”, lograría más adelante (956) la sucesión en la corona de León, que se vería obligado recobrar frente a Ordoño IV, otro nieto de Toda. Contó para ello con el tenaz apoyo de su abuela pamplonesa, quien no tuvo reparos en volver a recurrir, ahora en el propio palacio califal, ante su pariente ‘Abd al-Raḥmān III para obtener el socorro militar necesario para hacer realidad tal empeño (959).

Por lo demás, para reforzar los nexos familiares y políticos con León, García I Sánchez había tomado hacia el año 941 como segunda esposa a Teresa, hija de Ramiro II, al parecer tras haber desistido del matrimonio concertado con una hija del conde barcelonés Suñer. Mas el repudio de Andregoto no impidió que su hijo Sancho II Garcés, nacido de las disueltas nupcias, heredara en su momento el reino paterno (970) y contara con la eficaz asistencia de su hermanastro Ramiro Garcés “el de Viguera”, fruto del aludido segundo matrimonio.

Por lo demás, las relaciones pamplonesas de parentesco se habían extendido también a las familias de magnates cristianos que regían las cercanas circunscripciones dependientes del reino leonés así como las que flanqueban los dominios pamploneses por el este y el norte. Viuda tempranamente de Ordoño II, la citada Sancha, hija de Sancho I Garcés y Toda, contrajo sucesivas nupcias con Álvaro Herrameliz, conde de Álava, y hacia los años 931-932 con Fernán González, conde de Castilla. Su hermana Belasquita tuvo como esposos primero a Momo, conde de Vizcaya, y luego a Galindo, hijo del conde Bernardo de Ribagorza. La conexión castellana cobraría especial importancia durante el último tercio de siglo, cuando León se iba a debatir angustiosamente entre agudos problemas internos y los más duros asaltos musulmanes. De momento, el citado conde Fernán González, viudo ya de la pamplonesa Sancha, tomó como nueva esposa a Urraca, hija de García I Sánchez y Teresa , y su propia hija Urraca Fernández, viuda sucesivamente de los reyes leoneses Ordoño III y Ordoño IV, casó hacia el año 962 con el futuro Sancho II Garcés, primogénito y sucesor de García I Sánchez.

Debe añadirse, entre las expresiones de la profusa política matrimonial de la familia regia de Pamplona en este período, el nexo trenzado con la dinastía condal de Gascuña a través de la unión de Urraca, hija de García I Sánchez y viuda ya de Fernán González, con el conde Guillermo Sánchez, cuyo hijo Sancho Guillermo iba a frecuentar luego el palacio itinerante de los reyes pamploneses hasta tiempos de Sancho el Mayor. Se trataba de momento en este caso de relaciones de buena vecindad, como las anudadas anteriormente por el conde aragonés Galindo II Aznar en su matrimonio con Acibella, hija del conde García Sánchez de Gascuña, abuelo a su vez del citado Guillermo Sánchez. En ese mismo sentido se puede interpretar el enlace de Lopa, una de las hijas naturales de Sancho Garcés I, con un conde de Bigorra. Por lo demás, basta resaltar el significativo cese de los lazos de parentesco establecidos en el siglo anterior por los príncipes o “señores” de Pamplona y los condes de Aragón con magnates musulmanes de la “Frontera Superior”. Es cierto que la reina Toda, como se ha apuntado, explotó políticamente, siempre que le convino, las primeras nupcias de su madre Onneca, hija de Fortún Garcés, con el emir Abdallah, abuelo a su vez de ‘Abd Al-Raḥmān III, nacido por otra parte de la unión de su padre Muḥammad con Muzna, una cautiva vascona.

Después de las conquistas de Sancho I Garcés, el creciente y poder militar y la hegemonía política del califato instaurado oficialmente en al-Andalus (929) por ‘Abd al-Raḥmān III an-Nāṣir li-Dīn Allāh, “defensor de la religión de Allāh”, iban a obligar a los monarcas pamploneses a frenar sus impulsos ofensivos y limitarse a salvar su joven reino y sus nuevas fronteras más que con las armas mediante oportunas maniobras diplomáticas. Sin embargo, no se olvidó en ningún momento el proyecto colectivo que había alentado la vertebración de la nueva formación política, y los propios reveses, contrariedades y ruinas lo fueron acrisolando comunicándole los nítidos perfiles manifiestos en las representaciones historiográficas e intelectuales que iba impulsar el siguiente monarca.

Se han referido ya las interesadas comparecencias de la reina Toda ante su sobrino ‘Abd al-Raḥmān III en Calahorra y en el propio palacio cordobés. Por la corte del siguiente califa al-Ḥaqam II (961-976) iban a desfilar sucesivas legaciones pamplonesas a fin de negociar treguas que podían evitar nuevas pérdidas de plazas fronterizas. Parece que tras la definitiva ocupación musulmana de Calahorra se desplazó un selecto grupo de magnates pamploneses (968/969) para solicitar una tregua, como la que negociarían tres años después (agosto 12 de 971) el abad Bassal y Velasco, cadí, iudex o mandatario regio de Nájera, y que seguramente se garantizó al mes siguiente enviando como rehén a Jimeno, hermano del nuevo monarca pamplonés Sancho II Garcés. Todos estos compromisos aparentemente amigables con Córdoba se realizan por pura conveniencia y desde posturas coyunturales de inferioridad y fingidas sumisiones. Resultaban pausas y humillaciones sin duda necesarias dentro de la línea política de oposición radical entre los dos irreconciliables espacios de civilización y cultura y, por parte de las sociedades astur-leonesa y pamplonesa, no suponen un repudio efectivo del programa de expansión o “liberación” cristiana de Hispania.

Quizá para atajar y castigar los asaltos fronterizos de Jimeno Garcés, tutor del monarca pamplonés, emprendió ‘Abd al-Raḥmān III la expedición que lo llevó a Calahorra y dio motivo a su mencionada entrevista con la reina Toda (934), pero a los tres años consideró que los pamploneses habían roto el pacto entonces suscrito, quizá por haber apoyado la rebelión del valí gobernador tuyibí de Zaragoza. Asoló, pues, en dos incursiones los márgenes limítrofes de los dominios de la “bárbara” Toda como narra un analista árabe. Tras el asedio y rendición de Uncastillo, a cuyo alcaide Sarracín (Saryin) dejó marchar, llevó las depredaciones por las tierras próximas, “hasta el corazón del país”, para salir por Tafalla que fue incendiada. Arrasó moradas, quemó alquerías, abatió fortalezas, taló los árboles frutales “frecuentes en aquella zona”, pero más o menos como en la campaña del año 924, halló todos los lugares abandonados y, conforme a la táctica tradicional de defensa del país ninguna unidad armada se aventuró a hacerle frente (agosto de 937). En diciembre siguiente las fuerzas cordobesas cayeron sobre el sector occidental de la frontera y en el llano presidido por la fortaleza de San Esteban (Monjardín) hicieron huir a las tropas pamplonesas y con un cuantioso botín y numerosos cautivos regresaron por la fortaleza de al-Monastir (probablemente cerca de San Adrián), “en el confín del país de Pamplona”, donde se entregaron y fueron decapitados el “conde” o alcaide, “uno de los más nobles vascones” y sus 60 compañeros. Parece que entonces la reina Toda y su hijo se avinieron a negociar el oportuno cese de hostilidades .

A los dos años García I Sánchez sumaba sus guerreros a los de Ramiro II de León para la sorprendente y espectacular victoria cristiana sobre ‘Abd al-Raḥmān III tanto en las cercanías de Simancas (6-8 de agosto de 939) como en la subsiguiente emboscada tendida a las fuerzas califales en retirada por el paraje de al-Handaq, Alhándega. La contribución pamplonesa debió de ser tan notable que los ecos llegados hasta el lejano monasterio de Saint-Gall (Suiza) se tradujeron en la pintoresca noticia que considera protagonista del memorable acontecimiento a “cierta reina llamada Toia”, es decir, la infatigable Toda. En la corte cordobesa se consideraba entonces al monarca pamplonés su mayor enemigo hasta el punto de puso como condición para otorgar la paz al conde barcelonés Suñer que este disolviera el ya referido compromiso matrimonial de su hija concertado con García I Sánchez I (940). Éste se había apoderado de la fortaleza de Labata, unos 20 km al nordeste de Huesca, y expugnó luego los cercanos baluartes de Sen y Men (941). Por ello el reino pamplonés quedó excluido del tratado de paz acordado poco antes por el califa con Ramiro II y sus condes y en un contraataque del siguiente año el valí Muḥammad b. Hasim recuperó dichas plazas y rechazó en las proximidades de Tudela a las tropas castellanas llegadas en socorro de los pamploneses.

El silencio de los textos invita a suponer que durante unos tres lustros discurrió una fase de calma siquiera relativa en las fronteras con el consiguiente alivio para la sociedad pamplonesa . Después de la muerte de Ramiro II (951) no habían tardado en producirse discordias por la sucesión en el trono leonés. Alentado por su abuela Toda había tratado Sancho I de suplantar a su hermanastro Ordoño III. Es cierto que, solo con la muerte de este último (956, septiembre), vio hacerse realidad tal pretensión, con ayuda presumiblemente de su tío García I Sánchez. Cuando a finales del siguiente año fue desplazado por su primo Ordoño IV, Toda entabló las negociaciones coronadas por su mencionada entrevista con ‘Abd Al-Raḥmān III en el palacio cordobés (958). Como acompañante de su madre y su primo, el soberano pamplonés aprovechó tal vez la ocasión para reajustar la tregua interrumpida, al parecer, el año anterior con la expedición del caíd o general Galib, quien “asoló completamente los llanos que obedecían a García hijo de Sancho y, después de haber arruinado las poblaciones, regresó victorioso”.

Las disensiones entre los príncipes cristianos, que evidentemente favorecían al monarca cordobés, no concluyeron con la reposición de Sancho I en el reino de León por un ejército musulmán (959). Por haber apoyado al derrocado Ordoño IV, yerno suyo, el conde castellano Fernán González fue apresado (960) y retenido en Cirueña durante un año por el monarca pamplonés, pero el nuevo califa al-Ḥakam II reclamó inmediatamente su entrega. Viudo ya de la citada Sancha, hermana de García I Sánchez, el enlace matrimonial del conde ahora con su hija Urraca significaría la reconciliación de los príncipes cristianos, que de tal suerte quedaban todavía más estrechamente emparentados entre sí. No tardó en producirse una enérgica e insistente reacción cordobesa y Galib condujo entre los años 963 y 967 sucesivas campañas contra la frontera castellana del Duero, en alguna de las cuales pudo haber llegado hasta tierras pamplonesas. Se ha pensado así por algún autor que en la primera se tomó por asalto Calahorra pero en todo caso, el estado de guerra culminaría con la reafirmación del dominio musulmán en todo el valle del Cidacos y la consiguiente restauración del recinto amurallado de aquella ciudad (agosto de 968). Con ello la frontera najerense ganada por Sancho I Garcés retrocedía así durante casi tres cuartos de siglo hasta al valle del Leza y el Jubera y de nuevo debió de optarse el mismo año por la negociación con Córdoba de una tregua con la duración habitual de tres años.

No obstante, todos los reveses, la naciente monarquía pamplonesa se había consolidado definitivamente, había ganado un prestigio sorprendente y estaba desarrollando un pensamiento político que se pondrá de manifiesto sobre todo en la siguiente generación. Resalta, en primer término, el vigor de un linaje que por línea paterno-filial directa de primogenitura iba a transmitir durante seis generaciones los poderes y atributos de la realeza y, con ellos, los nombres Sancho y García, como símbolo de la gloria y los carismas atribuidos al epónimo fundador de una familia de reyes. Había desarrollado una tupida red de relaciones de parentesco que suponen no solo una notoria capacidad de maniobra política, sino también la existencia de un programa ideológico especialmente operativo precisamente en los frecuentes infortunios de las guerras con el islam. Se había esforzado en conservar los dominios heredados de su progenitor, pero no había podido impedir que los musulmanes volvieran a adueñarse de la ciudad de Calahorra. Recibió cristiana sepultura en el pórtico de San Esteban de Deyo (Monjardín), el simbólico panteón regio inaugurado por su padre. Sus favores y predilección contribuyeron decisivamente al desarrollo de los grandes monasterios de San Salvador de Leire y, sobre todo, de San Martín de Albelda y San Millán de la Cogolla.

Como ya se ha anticipado, de la frustrada unión conyugal de García I Sánchez con Andregoto había nacido su primogénito y sucesor el futuro Sancho II Garcés. Fueron fruto de su matrimonio con Teresa, hija del monarca leonés Ramiro II, dos hijos varones, Jimeno y Ramiro, al que la historiografía ha atribuido como sobrenombre “el de Viguera”; su hija Urraca, como antes su tía Sancha y conforme se ha señalado también, casó con el mencionado conde Fernán González de Castilla tras cuyo fallecimiento contraería nuevas nupcias con el conde Guillermo Sánchez de Gascuña.

 

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Ángel Martín Duque

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