Ayuda

Tiberio Claudio Nerón

Biografía

Claudio Nerón, Tiberio. Claudio. Lion (Francia) (antes, Lugdunum), 1.VIII.10 a. C. – Roma (Italia), 13.X.54. Emperador de Roma.

Claudio era hijo de Nerón Claudio Druso (hijo a su vez de Livia) y de Antonia minor (hija de Marco Antonio y Octavia). De sus hermanos, sólo sobrevivieron hasta la edad adulta Germánico y Livilla. Estaba afectado por una enfermedad que le impedía hablar con toda normalidad y sobre la que se ha especulado, probablemente fuera una parálisis cerebral. Esta afección limitaba sus dotes de orador, de modo que, a partir de su ascenso al trono, se hacía leer los discursos ante el Senado. Sin embargo, esta discapacidad no logró ocultar su talla intelectual, favorecida por un alejamiento de la vida pública que le proporcionó tiempo para el estudio. A menudo escribía sus discursos en griego, y se le atribuye la autoría de varias obras literarias, hoy perdidas, así como la introducción de tres nuevas letras en el alfabeto latino (Tácito, Annales, XI, 14, 3).

Su niñez y juventud transcurrieron, si se cree a los escritores clásicos, como las de un individuo alejado de la vida política por una familia que se avergonzaba de él. Suetonio (Claudius, 4, 7) afirma que Augusto sólo accedió a concederle un cargo religioso (el de augur). De esta forma, el contacto con la población de Roma habría sido escaso, e incluso la ceremonia de toma de la toga viril a los catorce años, que para un romano suponía el tránsito al mundo de los adultos, se habría realizado de noche para darle un carácter lo más privado posible (Suetonio, Claudius, 2, 2).

El ascenso al trono de su sobrino Gaio (Calígula) en el año 37 parecía descartarle definitivamente como candidato imperial, inclinando la balanza hacia la línea directa del llorado Germánico. A pesar de que no había tenido una carrera política al uso para un joven miembro de una familia senatorial, en ese mismo año compartió el consulado durante dos meses (julio y agosto) con el propio príncipe.

En el año 41, Gaio fue asesinado por un complot de senadores y ecuestres. La versión literaria de los acontecimientos sitúa a Claudio escondido en palacio (Suetonio, Claudius, 10, 2), donde le encontró un guardia que le llevó al campamento de las cohortes pretorias para aclamarle como “Imperator”. Unos días después (25 de enero de 41), escoltado por los pretorianos, entraba en el Senado para ser proclamado sucesor de Gaio en el trono de Roma. La versión puede ser más o menos tendenciosa, pero la idea principal que se desprende de ella es la de un príncipe que llega al trono con el apoyo de los pretorianos, a los que había prometido una recompensa en metálico. La historiografía actual ha debatido una supuesta complicidad de Claudio en el asesinato de su predecesor.

Desde el primer momento de su ascenso al trono, Claudio se encontró con una situación delicada en algunas de las provincias conquistadas por Roma y anexionadas al Imperio. Tras el abandono de la expansión territorial bajo Tiberio, e incluso de algunos territorios del estado bajo Gaio, se reanudaba ahora una tarea de organización provincial e incluso de conquista, una experiencia que parecía haberse abandonado ya desde la muerte de Augusto.

En el norte de África, una serie de campañas entre los años 41 y 43 culminó con la creación de dos provincias (Mauretania Tingitana y Mauretania Caesariensis).

En el Rin, los años 41 y 42 se dedican a la pacificación de la zona, afectada por las problemática relación con algunos de los pueblos de la otra orilla del río y, probablemente, también por la reacción de las legiones a la noticia del asesinato de Gaio. La actuación militar de Domicio Corbulón en la zona resultó eficaz desde el punto de vista de la restauración del poder romano, a pesar de las complicadas relaciones que las fuentes le atribuyen con Claudio (Tácito, Annales, XI, 20).

En el Danubio, el reinado de Claudio inauguró un período de mayor actividad. La búsqueda de estabilidad en la región provocó, entre los años 44 y 46, la entrada de Nórico, Tracia y Licia en el mundo provincial, así como la reorganización administrativa de Acaya y Macedonia y de Moesia, con el resultado del traslado de unidades militares al bajo Danubio.

En oriente, Judea volvió a convertirse en provincia romana (la versión hebrea de los acontecimientos en Flavio Josefo, Antiquitates, XX, 1). Los problemas dinásticos entre armenios y partos se repitieron a lo largo del reinado, con la intervención de Roma a través de su legado en Siria, Ummidio Quadrato, y con una sucesión de monarcas que se prolonga más allá de la muerte del emperador. Con la presencia de Corbulón en Oriente, la solución temporal pasó por la aceptación de que los reyes armenios, en este caso Tiridates, fueran sancionados por Roma. Aunque las fuentes atribuyen a Claudio una animadversión hacia el general, su acción en el Rin y en Oriente parece haber resuelto dos situaciones complicadas.

El gran acontecimiento de la política exterior del reinado fue la conquista parcial de Britania. El proyecto no era nuevo, y ya en el reinado anterior se había realizado lo que parece ser un intento de invasión de la isla, pero la relación de alianza que Roma mantenía con algunas comunidades indígenas se ve amenazada ahora por el levantamiento de las tribus con Carataco a la cabeza. La inestabilidad se resolvió temporalmente con la guerra y con el establecimiento de una frontera insegura, que volvió a ocasionar problemas en la época flavia y en la adrianea. Claudio fue de nuevo aclamado como “Imperator” por las legiones, un título militar que Claudio acumuló obsesivamente hasta un número de veintisiete, más que ningún otro Monarca de la dinastía, para suplir la falta de formación castrense y de estancia en los campamentos que sí tenían sus predecesores.

En el año 44, Claudio celebró el triunfo conseguido por Publio Ostorio, entrando espectacularmente en Roma con Carataco y el botín de la guerra, y obteniendo el título de “Británico”. La ocasión le permitió evidenciar su clemencia con el vencido y demostrar los beneficios económicos de la guerra. La realidad, más allá de la expresión publicitaria de la victoria, era la de un triunfo precipitado para una región que distaba mucho de estar pacificada, como demostraron los enfrentamientos posteriores que desembocaron en la muerte del legado. Maliciosamente las fuentes repiten un mensaje que quiere dejar a Claudio fuera de la victoria. Así, Suetonio (Claudius, 17, 2-3), y luego Dión Cassio (Historia Romana, LX, 23, 1), repiten que Claudio estuvo fuera de Roma seis meses, de los que en Britania sólo permaneció dieciséis días; una clara referencia a su escasa participación en la guerra, y, por tanto, también un ataque al beneficio político de este triunfo.

En el interior, los años de reinado de Claudio se consagran a la tarea de reestructurar las diferentes áreas de funcionamiento del estado romano, de manera que en los puestos de responsabilidad prevalezca la experiencia y la eficacia. Para ello acomete una reforma de la oficina imperial, que ya desde antes estaba en manos de libertos, pero que ahora se refuerza y se completa con otros departamentos. Los encargados de cada sección, libertos como Palas o Narciso, adquieren un poder político considerable, y sus carreras terminan con una recompensa del más alto nivel, que escandaliza a buena parte del Senado.

Las reformas de Claudio afectaron también, como un objetivo de primer orden, a la gestión de las finanzas públicas, consumándose la separación y definición de las diferentes haciendas públicas y del patrimonio personal del Príncipe. Además, algunas de las más importantes reformas iban a garantizar el abastecimiento de mercancías, especialmente la llegada de cereal para la alimentación de la población de Roma. La paz social se aseguraba así, pero también por la munificencia del Estado, en forma de donativos al ejército, de reparto de dinero al comienzo de su reinado, de distribuciones de alimentos para la población de Roma y de garantías a la plebe urbana sobre la llegada de víveres en el futuro. El abastecimiento se solucionó con las reformas y el uso del puerto de Ostia, y con los cambios administrativos entre los responsables. Una breve referencia en las fuentes sobre una potencial carestía de cereal, que no se llegó a cumplir, indica que la situación estaba controlada en Roma, aunque en las provincias no ocurría así, tal y como se deduce de lo exiguo de la cosecha en Egipto y Antioquía entre los años 44 y 47.

Las transformaciones en los puestos de responsabilidad civil y militar daban más competencias a individuos del orden ecuestre en detrimento de las familias senatoriales. La relación de Claudio con la elite romana fue en ocasiones difícil. Al comienzo del reinado se derogaron los juicios por traición, que habían sido una herramienta de represión política utilizada por sus predecesores en la dinastía. Sin embargo, esto no impidió una cadena de acusaciones de conspiración contra él a lo largo del reinado, con exilios y muertes, que afectó a buena parte de las familias senatoriales y ecuestres.

En los años 47-48, Claudio ocupó el cargo de “censor”, una oportunidad que aprovechó para reafirmar su línea conservadora en materia social. Se ocupó de que los senadores cumplieran con la dignidad exigida a su status, y de que se excluyeran ellos mismos cuando no tuvieran los requisitos necesarios, generalmente el económico. El control sobre ellos llegaba hasta la prohibición de salir de Italia sin el permiso del Emperador, aunque los narbonenses obtuvieron un privilegio especial en este sentido. Las medidas sociales de estos años incluyen una legislación protectora de la vida del esclavo, de la fortuna personal de las mujeres, del potencial endeudamiento de los menores, encaminadas todas ellas a salvaguardar a los distintos grupos y, sobre todo, a mantener la estructura social de Roma y las provincias.

Durante el desempeño de la censura, una asamblea de tribus de la Galia Lugdunense se reunió en la capital provincial para establecer sus reivindicaciones. El Emperador se erigió en defensor suyo, proponiendo que los notables de la provincia fuesen admitidos en el Senado de Roma, pero se encontró con la feroz oposición de la asamblea. El discurso que Tácito (Annales, XI, 24, 1 y ss.) pone en boca de Claudio para la ocasión evoca la diversidad romana, fruto de la expansión territorial y de la integración de los diversos pueblos de Italia en las instituciones del Imperio. El resultado, favorable a los eduos pero no a las otras tribus solicitantes, ha sido conservado y transmitido a través de la Tabula Claudiana de Lyon.

El alegato de Claudio ante el Senado, real o no, reflejaba, sin embargo, la necesidad de adaptar el funcionamiento político del Estado romano a la realidad del momento, es decir, a una diversidad de pueblos y territorios con intereses diferentes. Aunque Claudio no viajó prácticamente fuera de Roma, con escasas excepciones entre las que se encuentra la estancia en Britania y en la Galia, su reinado inauguró una nueva visión del Imperio, caracterizada por un sentido universalista, en el que el modelo de funcionamiento era el de la integración efectiva de los territorios en explotación, es decir, de las provincias. La participación del mundo provincial en todos los ámbitos del Estado romano era una tarea que tarde o temprano había que acometer, porque las reivindicaciones eran crecientes y su solución, inevitable. Así lo entendió la administración claudiana y así se intentó plasmar en el funcionamiento general del Estado.

Esta filosofía política se canalizó especialmente a través de dos elementos de integración total y oficial en la romanidad: la concesión de la ciudadanía y la expansión del fenómeno colonial. En lo primero, la actitud de Claudio fue claramente generosa, como continuidad de la política augustea. En lo segundo, una acción constante y efectiva en casi todas las provincias dio como resultado la creación de colonias y, con ello, la difusión del modelo de ciudad privilegiada que se había venido implantando en gran número desde César. Las colonias fundadas por Claudio fueron muchas, especialmente en las provincias recién adquiridas o reorganizadas por él. Entre ellas, Baelo Claudia (Bolonia) en la Bética, Colonia Claudia Ara Augusta Agrippinensium (Colonia) en el Rin, Colonia Augusta Treverorum (Trier) en la Galia, o las múltiples Claudiopolis en diversos puntos del Imperio, son la muestra de que la conservación de las tradiciones romanas no estaba en contradicción con la universalización del concepto. Cuando Séneca, el filósofo de origen cordobés, escribió su obra en clave satírica sobre Claudio (Apocolocyntosis), le adjudicó la pretensión de “ver togados a todos los griegos, galos, hispanos y britanos”. La afirmación respondía a una nueva realidad que empezaba con Claudio y que los Flavios sabrían continuar.

La Península Ibérica no fue para Claudio un territorio de actuación prioritaria, a pesar de su atención a las provincias de Occidente. Frente a la gran labor de creación de ciudades privilegiadas bajo Augusto y Tiberio, ahora sólo dos núcleos parecen haber alcanzado esa condición: Baelo Claudia (Bolonia, Cádiz), en la provincia Bética, y Claudionerium, en algún lugar no localizado del noroeste peninsular y cuya denominación parece aludir a este Monarca. Los nuevos ciudadanos hispanos fueron adscritos a la tribu Galeria, como correspondía a las promociones realizadas antes de los Flavios y como puede apreciarse en Baelo Claudia, si bien en Ammaia (Portalegre, Portugal) un individuo mencionó en una inscripción su promoción su conversión en ciudadano bajo Claudio, como proceso individual y adscrito a la tribu Quirina (Corpus Inscriptionum Latinarum, II, 159).

La ralentización del proceso municipalizador peninsular no significó, sin embargo, un abandono de Hispania en la actuación imperial, como demuestran las dedicatorias recibidas por Claudio en diferentes ciudades hispanas. Los miliarios fechados en el período, aunque más escasos que los de etapas anteriores, demuestran la continuidad en el mantenimiento de las comunicaciones. La dinámica económica peninsular permanece activa, como demuestra el numerario en circulación; la centralización de las acuñaciones de moneda, iniciada bajo Calígula, había provocado el cierre de las cecas hispanas con excepción de Ebusus (Ibiza), que continuó hasta comienzos del reinado de Claudio. Junto a la moneda legal en curso, circulaban ahora, sin embargo, numerosas imitaciones.

El ejército hispano también sufrió transformaciones durante el reinado de Claudio, por necesidades coyunturales del Imperio. De las tres legiones acantonadas en la Península desde el final de las guerras cántabras, Claudio envió a Moguntiacum a la legio IV Macedonica en el año 43 desde su lugar de acantonamiento en Reinosa (Cantabria), para cubrir las necesidades militares de la guerra en Britania. Como testimonio de la presencia militar romana en Hispania durante esos años están los mojones de delimitación de los prata (los territorios pertenecientes a los campamentos) de la cohors IV Gallorum con las ciudades vecinas en León, o de la legio X Gemina en Quintana y Congosto (León).

La figura de Claudio, divinizado tras su muerte como sus predecesores, recibió también culto en Hispania, tal y como se refleja en la mención a unos sodales claudiani de Segobriga (Corpus Inscriptionum Latinarum, II, 3114), una asociación dedicada probablemente al culto a Claudio; así como en la existencia en Tarraco de un flamen Divi Claudi (un sacerdote dedicado al mismo culto) (Corpus Inscriptionum Latinarumm, II, 4217). A pesar de todos estos testimonios, la atención de Claudio a las provincias hispanas fue menor que la dedicada a otras provincias y considerablemente menos importante que la de César, Augusto y Tiberio.

Claudio se casó cuatro veces. Antes de su ascenso al trono se unió a Plaucia Urgulanilla, de la que se separó con una acusación de adulterio, y luego a Eelia Pétina, con la que tuvo a su hija Antonia (Tácito, Annales, XII, 2, 1). Sin embargo, fueron sus dos últimos matrimonios los que tuvieron mayor trascendencia histórica y política. En 38 d. C. se casó con Valeria Mesalina, pariente suya (ambos descendían de Marco Antonio), con quien tuvo dos hijos: Claudia Octavia, nacida en el año 39, y Tiberio Claudio César Germánico, luego llamado Británico por el triunfo de su padre en Britania, que nació el 17 de febrero del año 41, unos días después del ascenso de Claudio al trono.

Mesalina ha pasado a la historia como una mujer intrigante y licenciosa, que supuestamente ejerció una gran influencia durante los años de su unión con Claudio y a la que se ha hecho responsable de algunas ejecuciones y destierros, incluida la salida de Roma de Séneca. Se le atribuye un supuesto matrimonio con el cónsul C. Silio mientras estaba casada con Claudio (año 48), episodio no del todo descifrado pero que provocó la caída y ejecución de ambos, al parecer por una conspiración en la que había tenido un importante papel el liberto imperial Narciso (Tácito, Annales, XI, 26, y ss.; Suetonius, Claudius, 26, 1; Cassius Dio, Historia Romana, LX, 31, 1 y ss.).

En el año 49, Claudio se unió en matrimonio a Julia Agripina (Agrippina minor), hija de Germánico y de Agripina maior, al parecer con el apoyo del liberto imperial Palas. Había estado casada con Cneo Domicio Ahenobarbo, con quien tuvo un hijo, homónimo del padre, que contaba en ese momento once años de edad. Agripina se ocupó de traer de vuelta a Roma al filósofo Séneca, a quien convirtió en preceptor de su hijo. La imagen que se ha transmitido de ella (ahora con el título de Augusta, como lo había tenido Livia), es la de una poderosa y dominante mujer, cuyo principal objetivo era el de situar en el trono de Roma a su hijo, a quien Claudio adoptó en el año 50 (desde entonces Nerón Claudio Druso Germánico César) y que se casó en el 53 con Octavia, hija del Emperador y de su anterior esposa Mesalina.

Claudio murió el 13 de octubre del año 54, al parecer envenenado por su mujer (Tácito, Annales, XII, 66, 1 y ss.; Suetonius, Claudius, 44, 1). El joven Nerón, adoptado por el Emperador, tres años mayor que el hijo biológico de éste (Británico) y casado con su hija Octavia, estaba ya entonces en una posición inmejorable para subir al trono y se convirtió en el sucesor al frente del Estado romano.

A lo largo de su reinado, Claudio había ostentado el título de Pater Patriae desde el 42, ocupó cinco veces el consulado (la primera de ellas junto a Gaio cuando éste acababa de subir al trono), renovó hasta catorce veces la potestad tribunicia (el poder de los tribunos, que los príncipes renovaban anualmente de forma automática) y recibió veintisiete aclamaciones como Imperator (una concesión militar que venía a suplir su falta de experiencia castrense).

Frente a las críticas de las fuentes clásicas, la historiografía moderna coincide en el análisis de la figura de Claudio como la de un hombre inteligente y erudito, que supo gobernar rodeándose de personas eficaces y conocedoras de la administración, y que tuvo una visión universal del gran estado territorial que había heredado de sus predecesores.

 

Obras de ~: Historia de Roma, desde la muerte de César, 43 vols., en latín (inéd.); Autobiografía, 8 vols, en latín (inéd.); Defensa de Cicerón contra los libros de Asinio Galo, en latín (inéd.); Historia de los Etruscos, 20 libs., en griego (inéd.); Historia de los Cartagineses, 8 libs., en griego (inéd.) [Apud. Suetono, Claudius, 41, 1 s. y 42, 1 s., con la relación de estas obras, hoy perdidas].

Bibl .: A. Momigliano, Claudius: the emperor and his achievement, Oxford, Clarendon Press, 1934; S. Stein, Prosopographia Imperii Romanii. Pars II, Academia Litterarum Borussicae, Berlin, Walter de Gruyter, 1936, n.º 942; V. M. Scramuzza, The emperor Claudius, London, 1940; E. F. Leon, “The imbecillitas of the emperor Claudius”, en Transations and Proceedings of the American Philological Association, 79 (1948), págs. 79-86; J. Heurgon, “La vocation étruscologique de l’empereur Claude”, en Comptes rendues de l’Adademie des Inscriptions et Belles-Lettres (1953), págs. 92-97; D. M. Last y R. M. Ogilvie, “Claudius and Livy”, en Latomus, 17 (1958), págs. 476-487; T. F. Carney, “The changing picture of Claudius”, en Acta Classica (Debrecen), 3 (1960), págs. 99-104; A. de Vivo, Tacito e Claudio: storia e codificazione letteraria, Napoli, Liguori, 1960; B. Baldwin, “Executions under Claudius: Seneca’s Ludus de morte Claudii”, en Phoenix, 16 (1964), págs. 39-48; E. M. Smallwood, Documents illustrating the principates of Gaius, Claudius and Nero, Cambridge, Cambridge University Press, 1967; D. Nony, “Claude et les espagnols sur un passage de L’Apocoloquintose”, en Mélanges de la Casa de Vélazquez, 4 (1968), págs. 60-66; A. García y Beldurante los Julio-Claudios”, en VV. AA., Homenaje a Javier Zubiri, Madrid, Moneda y Crédito, 1970; A. Chastagnol, “Les modes d’accès au Sénat romain au début de L’Empire: remarques à propos de la table claudienne de Lyon”, en Bulletin de la Société National des Antiquaires de France (1971), págs. 282-310; D. W. T. C. Vessey, “Thoughts on Tacitus’ portrayal of Claudius”, en American Journal of Philology, 92 (1971), págs. 385-409; A. Garzetti, From Tiberius to the Antonines. A history of the Roman Empire AD 14-192, London, J. R. Foster, 1974 (2.ª ed.); C. Ehrhardt, “Messalina and the succesion to Claudius”, en Antichthon, 12 (1978), págs. 51- 77; B. Levick, “Claudius: antiquarian or revolutionary?”, en American Journal of Philology, 99 (1978), págs. 79-105; E. Keitel, “Tacitus on the death of Tiberius and Claudius”, en Hermes, 109 (1981), págs. 206-214; C. J. Simpson, “The birth of Claudius and the date of deification of the Altar Romae et Augusto at Lyon”, en Latomus, 46 (1987), págs. 586- 592; A. W. J. Holleman, “Did the emperor Claudius have atruscan blood in his veins?, en L’Antiquité Classique, 57 (1988), págs. 298 y ss.; A. A. Barrett, “Claudius, Gaius and the client kings” y M. Griffin, “Claudius in Tacitus”, en Classical Quarterly (CQ), 40 (1990), págs. 284-286 y 482- 501, respect.; B. Levick, Claudius, London, B. T. Batsford Ltd., 1990; V. Grimm-Samuel, “On the mushroom that deified the emperor Claudius”, en CQ, 41 (1991), págs. 178- 182; A. Major, “Was he pushed or did he leap? Claudius’ ascent to power”, en Ancient History, 22, 1 (1992), págs. 25-31; S. Wood, “Messalina, wife of Claudius: propaganda successes and failures of his reign”, en Journal of Roman Archaeology, 5 (1992), págs. 219 y ss.; F. X. Ryan, “Some observations on the censorship of Claudius and Vitellius, AD 47-48”, en American Journal of Philology, 114 (1993), págs. 611-618; V. M. Strocka (ed.), Die Regierungszeit des Kaisers Claudius (41-54 n. Chr.). Umbruch oder Episode? Internationales interdisziplinäres Symposion aus Anlaß des hundertjährigen Jubiläums des Archäologischen Instituts der Universität Freiburg, 16-17, Februar 1991, Mainz, Von Zabern, 1994; A. Major, “Claudius and the death of Messalina: jealously or ‘Realpolitik’?”, en Ancient History, 23, 1 (1995), págs. 101-104; A. A. Barrett, Agrippina: sex, power and politics in the Early Empire, New Haven, Yale University Press, 1996; “The date of Claudius’ British campaing and the mint of Alexandria”, en CQ, 48, 2 (1998), págs. 574-577; C. M. C. Green, “Claudius, kingship and incest”, en Latomus, 57, 4 (1998), págs. 765-791; M. Ribagorda Serrano, Claudio y las provincias occidentales del Imperio. El caso de Hispania, tesis doctoral, Madrid, Universidad Complutense, 2002.

 

Pilar González-Conde Puente