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Nerón

Biografía

Nerón. Lucio Domicio Enobarbo. Anzio (antes Antium) (Italia), 15.XII.37 – Roma (Italia), 9.VI.68. Emperador de Roma.

Nerón era hijo de Cneo Domicio Enobarbo y de Julia Agripina (Agrippina minor). Su madre, como hija de Germánico, representaba la línea sucesoria de la familia Claudia. Ella había sufrido el destierro desde el año 39, durante el breve reinado de su hermano Gayo (Calígula). Parece que Nerón abandonó entonces Roma, acompañando a su padre, quien murió al final de ese mismo año en Pirgy (Santa Marinella, Italia).

El futuro príncipe tenía entonces tres años y fue enviado a casa de su tía paterna, Domicia Lépida, con quien vivió hasta el regreso de su madre. Las personas más cercanas a él durante su infancia fueron sus niñeras, Egloge y Alejandría, y su tutor, Asconio Labeo.

Tras el ascenso de Claudio al trono, Agripina volvió a Roma y, unos años después (en el 49), se casó con el príncipe, quien ya tenía sus propios hijos. Este matrimonio convertía a Nerón en hijastro de Claudio, lo que le acercaba por primera vez al poder. Junto a él, como preceptor, estaba el filósofo cordobés Lucio Anneo Séneca, rescatado del exilio por Agripina, así como los libertos Berilo y Aniceto.

Un año más tarde (en el 50), Lucio Domicio Enobarbo fue adoptado por Claudio, pasando a llamarse Nerón Claudio Druso Germánico César. Su nueva condición le situaba por delante de Británico, el propio hijo de Claudio. Algo mayor que él, Nerón recibió antes la toga viril, que le convertía en adulto (año 51), y se dice que empezó por entonces a mirar con odio a su nuevo hermano porque éste le había llamado “Enobarbo” en lugar de utilizar su nuevo nombre de adopción, un tratamiento que, al parecer, le molestaba mucho.

El año 53, con sólo dieciséis años, Nerón se casó con Octavia, hija de Claudio, reforzando así su posición dinástica. Paralelamente, comenzó una carrera política que se desarrolló de una forma considerablemente precoz.

El 13 de octubre del año 54, Claudio murió envenenado como resultado de un complot en el que los rumores implicaron a la propia Agripina. Nerón fue acompañado al campamento de los pretorianos por el prefecto que los mandaba, S. Afranio Burro, y allí se le aclamó como “Imperator”. El Senado ratificó la elección, y el nuevo príncipe pronunció un discurso ante la Asamblea en el que reivindicaba una vuelta a los años de Augusto.

Al año siguiente, Británico murió envenenado durante un banquete, un episodio que las fuentes atribuyen a la voluntad del príncipe, y Agripina perdió su influencia política, siendo obligada a abandonar el palacio. Sin embargo, los primeros años del reinado de Nerón han pasado a la historia como una etapa favorable. En el siglo IV d. C., Aurelio Víctor atribuía a Trajano la consideración de que había pocos períodos de la historia de Roma tan fructíferos como los cinco primeros años del reinado de Nerón (Aurelius Victor, De Caesaribus, 5, 2), que se conocen como “quinquenio áureo”. Dada la extrema juventud del príncipe, la gestión política estaba bajo la mirada de las dos personas que, por entonces, mayor influencia ejercían sobre él: L. Anneo Séneca y Afranio Burro.

A pesar de los avatares dinásticos, la administración imperial siguió funcionando en todos los órdenes. Se fundaron colonias de veteranos en la propia Italia, tales como Capua y Nuceria. También se mantuvieron las medidas de reparto de trigo a la población de Roma, una cuestión que provocó algún momento de crisis, como cuando Nerón ordenó arrojar al Tíber el cereal en mal estado, para demostrar a la población que el abastecimiento estaba asegurado. En relación con esto, se nombraron nuevos prefectos encargados de la “annona” (el sistema que garantizaba la llegada de productos de primera necesidad) y del puerto de Ostia. Durante su reinado se inauguró este puerto, en el que se habían comenzado obras de remodelación por iniciativa de Claudio, y que se convirtió desde entonces en el lugar de entrada de trigo y otros productos que abastecían a Roma. Estas medidas se habrían completado desde el año 57 con una reforma fiscal que pretendía reducir la carga impositiva y que afectaba, entre otras, a la actividad portuaria, pero el príncipe tuvo que renunciar a ello, debido a las presiones contra cualquier iniciativa que levantara el proteccionismo sobre la economía itálica.

El año 59 marcó un punto de inflexión en el reinado y un cambio en los apoyos políticos del joven Monarca. Ese año murió asesinada su madre, Agripina, con quien las fuentes le atribuían una relación incestuosa, y que ya había tenido que salir del palacio tiempo atrás (en el 55). Tácito ofreció una detallada versión de los acontecimientos, convirtiendo a Nerón en responsable del complot. Según él, Agripina ya había recibido una vez el vaticinio de que su hijo la mataría, a lo que habría respondido: “Que me mate, con tal de que reine” (Tácito, Annales, XI, 14, 9, 3).

A partir del año 62 se manifestó más claramente el cambio en los apoyos del príncipe. Se divorció entonces de Octavia, tras un proceso con acusación de adulterio, que le costó a ella el destierro y luego la muerte, y que levantó las protestas populares por el recuerdo de su abuelo Germánico. Al cabo de unos días se casó con Popea Sabina, que había sido la esposa de M. Salvio Otón, futuro y efímero emperador. Esta mujer ha pasado a la historia como una persona influyente y con un fuerte carácter, que habría sido responsable de algunas de las atrocidades cometidas durante los años siguientes. Con ella tuvo Nerón una hija, llamada Claudia, que recibió, junto con su madre, el título de Augusta y que sobrevivió poco tiempo.

Como resultado del cambio de orientación política, Afranio Burro fue inducido a la muerte y Séneca perdió su influyente posición. Un nuevo prefecto del pretorio (jefe de la guardia personal del Monarca), Ofonio Tigelino, se convirtió desde entonces en una persona muy poderosa y cercana a Nerón, inaugurando una nueva etapa de acusaciones y muertes de destacados miembros de la aristocracia romana.

En el año 64, un terrible incendio destruyó buena parte de la ciudad de Roma. Nerón estaba en Antium, desde donde regresó inmediatamente a la urbe, disponiendo las medidas necesarias para socorrer a la población afectada. Se extendieron rumores acerca de la culpabilidad de los cristianos, que sufrieron represalias (Tácito, Annales, 15, 44, 2), pero la historiografía posterior responsabilizó al príncipe, de quien se llegó a decir que observaba la escena desde su palacio mientras entonaba un cántico (“La caída de Troya”) (Cassius Dio, Historia Romana, LXII, 18, 1; Suetonio, Nero, 38, 2). Sobre una gran zona destruida entre las colinas del Palatino y Esquilino se levantó entonces la nueva residencia imperial, la “domus aurea” (la casa dorada), que deslumbró a los contemporáneos por su tamaño y suntuosidad, y que al parecer tenía una gran estatua de Nerón de 35 metros de altura, una construcción que levantó críticas por el despilfarro del Monarca.

En el año 65 murió Popea, al parecer de una patada que le propinó su propio marido en un arrebato de furia, cuando ella estaba esperando otro hijo. Se le responsabiliza también de otras muertes de individuos de su propio entorno familiar, como es el caso de Antonia (hija de Claudio), quien supuestamente rehusó convertirse en su tercera esposa.

Ese mismo año se produjo una conspiración contra el príncipe, dirigida por C. Calpurnio Pisón, cuyo alcance fue considerable en lo que se refería al tiempo de preparación y al número de personas implicadas. Poco después, otra conjura en Beneventum, protagonizada por Annio Viniciano, vino a añadirse a las dificultades del reinado. Ambas operaciones fracasaron, pero dejaron un rastro de represaliados, llevados hasta la muerte, entre los que se encontraban miembros relevantes de los órdenes senatorial y ecuestre. Entre los años 65 y 66 desaparecieron el propio Pisón, Séneca (que de hecho ya había caído en desgracia), el poeta Lucano (sobrino del anterior), Thrasea (el estoico), Corbulón (responsable de la política oriental), Rufrio Crispino (el primer marido de Popea) y muchos más, todos ellos víctimas del proceso de represión política.

Cuando todavía se estaba llevando a cabo la depuración de responsabilidades, Nerón se casó con Estatilia Mesalina, reciente viuda de uno de los ejecutados (el consular M. Attico Vestino).

El resto del reinado, hasta la muerte del Monarca, estuvo marcado por la represión llevada a cabo por Tigelino (el prefecto del pretorio), llegando a un punto culminante en las dificultades de relación con los senadores, y amenazando con entregar el ejército y las provincias a ecuestres y libertos. Incluso destituyó a los cónsules del año 68, ocupando él el cargo por quinta y última vez.

A las dificultades en Roma se unieron los conflictos en las fronteras. Nerón había tenido ya que hacer frente, durante su reinado, a una revuelta en Britania, en donde los pueblos sublevados se habían puesto bajo el mando de la reina Boudica (año 61). En Oriente, la cuestión armenia se resolvió temporalmente con la coronación de Tiridates por el príncipe en Roma (año 66), una ceremonia que debió de ocasionar un gasto considerable, pero que proporcionó al Monarca la ocasión de presentarse como el árbitro de la política oriental. Pronto estalló una revuelta judía, cuya represión se encargó a T. Flavio Vespasiano, el futuro emperador.

Por lo que se refiere a la relación del Monarca con Hispania, hay que destacar el papel que desempeñó su preceptor, L. Anneo Séneca, el senador cordobés responsable de la línea política y de las palabras del príncipe durante los primeros y fructíferos años del reinado. Séneca expuso en su obra Sobre la Clemencia todo un programa político encaminado a dirigir al joven Monarca por la senda de los valores estoicos sobre el gobernante ideal. Sin embargo, años después perdió su influencia política y acabó pagando con su vida.

La atención del príncipe sobre las provincias hispanas se centró en el cuidado de las vías, como queda demostrado por los hallazgos de miliarios en varios lugares, como Lérida, en la vía que, desde la costa, penetraba hasta el valle medio del Ebro; Herrera de Pisuerga (Palencia) y Otañes (Cantabria), en la vía que salía hasta el Cantábrico en Flaviobriga (Castro Urdiales); y Milles de la Polvorosa (Zamora), en la Vía de la Plata, que, desde Extremadura, se dirigía hacia el norte. La actuación imperial en la Península durante el reinado no fue, sin embargo, muy activa, en comparación con la de otros monarcas de la dinastía.

La oposición a Nerón tomó forma en los ejércitos provinciales. En el año 68, Julio Víndice, al mando de las legiones del Rin, se rebeló contra el Soberano. Prestó su apoyo a Galba, quien, desde su situación en Hispania, se presentaba como virtual candidato al trono. Mientras tanto, en Oriente, la actuación militar de Vespasiano le proporcionaba la fuerza y el prestigio suficientes como para proyectarle al trono de Roma, que finalmente ocuparía en el año 69.

Nerón estaba en Nápoles cuando se enteró de la revuelta de Víndice. Regresó a Roma, en donde conoció el verdadero alcance de la situación en los ejércitos provinciales. Tácito presentó la actuación del príncipe en estos momentos como la de un hombre aterrorizado, que buscaba primero el apoyo para neutralizar la oposición, y que más tarde sólo pretendía una ayuda para procurarse la muerte. Abandonado por sus allegados y por su guardia, se lamentaba: “¿Es que no tengo ni un amigo ni un enemigo?” (Suetonio, Nero, 47, 3).

El príncipe salió de Roma con cuatro acompañantes hacia una villa que su liberto Faonte tenía cerca de la Urbe, “entre la vía Salaria y la via Nomentana, a la altura del cuarto miliario” (Suetonio, Nero, 48, 1). Allí se enteró de que el Senado le había declarado “enemigo público” y que se le buscaba para castigarle. Perseguido y abandonado por todos, Nerón se quitó la vida el 9 de junio del año 68, clavándose un puñal en la garganta con la ayuda de su liberto Epafrodito, después de exclamar: “Qué gran artista muere conmigo”. Sus nodrizas y su liberta Acte (con ésta había mantenido una larga relación y se decía que había querido convertirla en su esposa) se encargaron de sus honras fúnebres. Su cadáver fue enterrado en la tumba de los Domicios, la que había sido su familia paterna.

Suetonio le describió como un joven de estatura normal, de cabellos casi rubios, ojos azules y cuello grueso (Suetonio, Nero, 51, 1). Ha pasado a la posteridad como un hombre caprichoso y cruel, acusado de lujuria, que habría mantenido una relación incestuosa con su madre y que se dejaba llevar en ocasiones por una cólera incontenible. Se decía que, en sus correrías nocturnas, protagonizaban él y sus amigos episodios de agresiones, robo y vandalismo, y que gran parte del tiempo se abandonaba a banquetes y orgías. Se le acusaba incluso de violar a la vestal Rubria y de simular su propio matrimonio con el liberto Doríforo.

Tenía una gran afición a la música, impulsando la celebración de certámenes artísticos en Roma y en otras ciudades. Él mismo participaba en ellos, tocando la lira y cantando con una voz “tenue y oscura”, y llevándose algunos de los premios. Organizó un grupo de jóvenes seguidores, los “Augustianos” (Tácito, Annales, XIV, 15), que acudían a los espectáculos como público y premiaban a los participantes con distintos tipos de aplausos. Estableció los juegos “Juvenales”, y también los “Neronianos”, con una periodicidad quinquenal a partir del año 60, participando él mismo en la edición del año 65 con su “Troica”. Durante su viaje a Grecia se modificaron las fechas de los juegos nacionales, fijándolas en el año 67, para que el príncipe pudiera participar en ellos y ganarlos. En las fuentes latinas han quedado algunas noticias de su obra artística, fundamentalmente de canciones y, sobre todo, versos de diferentes temas. Mostró también una gran afición a los caballos, participando en juegos circenses.

Tras su muerte se extendió el rumor de que aún seguía vivo y oculto, lo que propició la aparición de algunos personajes que intentaban usurpar su identidad.

 

Obras de ~: Poemas y Carmina (Troica y otros con un título no definido sobre diferentes temas: sobre su esposa, sátiras de personajes...) (inéds., aunque representados en espectáculos públicos por el autor).

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María del Pilar González-Conde