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Tiberio Claudio Nerón

Biografía

Claudio Nerón, Tiberio. Tiberio. ¿Roma? (Italia), 16.XI.42 a. C. – Misenum (Italia), 16.III.37. Emperador de Roma.

Nació en el seno de la distinguida familia Claudia. Su padre, de igual nombre, era un senador romano que había militado en el bando contrario a Augusto.

Su madre, Livia Drusilla, también descendiente de los Claudios, se divorció de su marido cuando ya tenía su primer hijo (Tiberio) y esperaba el segundo, para casarse con Octaviano, el futuro emperador Augusto. A los nueve años, Tiberio pronunció el elogio fúnebre de su progenitor y homónimo, Tiberio Claudio Nerón.

En 27 a. C. toma la “toga viril”, el acto por el que un romano entraba en la edad adulta, iniciando su carrera política como correspondía a un joven miembro de una familia senatorial, aunque con el privilegio de desempeñar cargos públicos antes de la edad legal.

Como tribuno militar, estuvo presente en la guerra contra los cántabros (26-25 a. C.), alcanzando después el cargo de cuestor. En 20 a. C., fue enviado a la frontera oriental, donde impuso a un candidato en el trono de Armenia y recuperó las insignias que habían sido arrebatadas al ejército romano por los partos, su gran enemigo.

En 11 a. C. se divorcia de su primera esposa, Vipsania Agripina, para casarse con Julia, la hija de Augusto, cuyos anteriores maridos, Marcelo y Agripa, habían muerto (en 23 y 12 a. C.), frustrando probablemente los proyectos dinásticos del Emperador, quien ahora contaba sólo con sus nietos, demasiado jóvenes para gobernar. Seis años después, Tiberio se marcha a Rodas, un lugar que ya había visitado años antes para ver a Teodoro de Gádara. La estancia que inicia ahora se prolongará hasta el 2 d. C. y ha sido interpretada como un exilio voluntario o como maniobra política ante la inclinación de Augusto hacia sus nietos Gayo y Lucio, los hijos de Julia y Agripa. Muertos éstos (en 2 y 4 d. C., respectivamente), el Emperador adoptó al menor de sus nietos (Agripa Póstumo) y al propio Tiberio, quien a su vez tuvo que adoptar a Germánico, el hijo huérfano de su propio hermano Druso. Esto convertía finalmente al hijo de Livia en un miembro de la familia Julio-Claudia y, años después, en el primer Monarca de esta dinastía.

La adopción consolidó su lugar en la línea sucesoria, y se reafirmó su posición política con la concesión de la potestad tribunicia (el poder de los tribunos, ostentado por todos los príncipes posteriores con una renovación anual) para un período de diez años.

A partir de entonces continuó su trabajo en las provincias.

Tras una estancia en Iliria, Tiberio fue enviado a Germania, en donde el general Qintilio Varo acababa de perder tres legiones en el bosque de Teotoburgo (cerca de Osnabrück, Alemania), provocando una situación delicada en la frontera del Rin, y una deshonra que se recordaría en Roma a lo largo de los siglos. El resultado de su actuación provincial durante estos años fue la neutralización temporal del peligro germano, la llegada de Tiberio a Roma para celebrar la ceremonia del triunfo, la renovación de la potestad tribunicia para otros diez años, y la concesión del mando militar de los procónsules. En el año 14 d. C.

se produce la muerte de Augusto, que deja al Estado romano en una difícil situación, con un nuevo régimen político en el que el sistema dinástico quedaba por definir. Las sucesivas muertes de miembros de la familia imperial culminaron con la desaparición de Agripa Póstumo, de manera que Tiberio se presentaba como potencial sucesor de Augusto y quizá el único posible. El día de su ascenso al trono (dies imperii) ha sido discutido, por las aparentes contradicciones que encierran las fuentes, debido sobre todo a que el mecanismo sucesorio no se había definido todavía, pero el día 19 de agosto del año 14 d. C. ya se le honra como nuevo príncipe.

Nada más subir al trono, Tiberio tuvo que hacer frente a un motín de las legiones en la frontera renana, para lo cual envió allí al joven Germánico, al mando de las legiones. Su actuación militar en la región fue relatada, con profusión de detalles, por el historiador Tácito en sus Anales. A continuación, Germánico fue enviado a oriente, una decisión que ha sido interpretada en ocasiones como un intento de alejarle de las legiones renanas, cuya fidelidad habría heredado de su padre biológico (Druso), provocando la supuesta suspicacia de Tiberio, que vería en él a un peligroso rival.

Germánico murió en oriente el 19 d. C., y su desaparición no dejó fuera de sospechas a Tiberio, aunque el acusado de la conspiración fue el gobernador de Siria, Cneo Calpurnio Pisón, enfrentado al difunto.

Se decretaron los honores fúnebres que correspondían a la importancia del personaje y se condenó a los autores del asesinato, siendo ambas disposiciones ampliamente difundidas por todo el Imperio, tal y como consta en los testimonios epigráficos hallados en diferentes lugares, entre ellos en el territorio de la provincia romana de Bética, en la actual Andalucía (Tabula Siarensis y Senadoconsulto de Cneo Pisón). Sin embargo, Tiberio no estuvo presente en los funerales, ni tampoco su madre, lo que probablemente avivó las sospechas contra él.

Las posibilidades de sucesión recaían ahora más directamente en el hijo biológico de Tiberio (Druso minor), aunque la necesidad de mantener el equilibrio con la familia de Germánico hizo que el príncipe se ocupara también de los dos hijos mayores del difunto (Nerón y Druso), a quienes puso bajo la protección del Senado.

En los años siguientes comienza una etapa del reinado de Tiberio caracterizada por la influencia creciente de Lucio Elio Sejano, miembro de una familia de rango ecuestre y emparentado por adopción con una importante familia de senadores (los Aelii). Sejano fue nombrado prefecto del pretorio, un cargo que le convertía en jefe de las cohortes de pretorianos, la guardia personal del príncipe, un puesto de confianza y de estrecha relación con él.

Es difícil definir la situación personal y política de Tiberio a partir de ese momento, porque la figura de Sejano se convirtió en el blanco de todas las críticas, que otorgaron todo el protagonismo al prefecto y transmitieron la imagen de un príncipe débil y manipulable.

La pérdida de su hijo Druso el 23 d. C. se ha interpretado como la causa del cambio de actitud que caracteriza la última etapa de su reinado.

Tres años después (6 d. C.), a la edad de setenta años, abandona Roma para dirigirse a Campania e instalarse en la isla Capri hasta su muerte. La ausencia de Tiberio contribuyó a aumentar la imagen de un anciano débil, que abandonaba los asuntos de estado en manos de su prefecto del pretorio. Sin embargo, algunas noticias literarias posteriores parecen indicar que Tiberio actuaba cuando la ocasión lo requería.

Así, por ejemplo, se encargó al parecer de la ayuda tras el hundimiento del teatro de Fidena (27 d. C.) o tras el incendio en el Aventino (36 d. C.).

Los años de retiro en Capri estuvieron marcados por una cadena de acusaciones de traición contra destacados miembros de familias de la elite política romana, con condenas a muerte que, en muchos casos, no se pudieron cumplir porque provocaron el suicidio de los afectados. La iniciativa de estos juicios se atribuye generalmente a Sejano, aunque el trasfondo es el de las luchas intestinas entre las familias que rigen la vida política del Estado, y el objetivo final parecía ser la eliminación de los apoyos políticos de los descendientes de Germánico, una operación que incluso llevó al destierro a la viuda y a los hijos mayores de éste para el resto de su vida.

En el año 31 d. C., se hizo llegar al Emperador una acusación contra Sejano que provocó la caída de éste y culminó con su muerte y la de su familia directa. Su desaparición no supuso, sin embargo, el fin de las acusaciones y condenas de importantes ciudadanos romanos, que continuaron hasta el final del reinado y que se convirtieron en una forma de oposición política a lo largo de toda la dinastía julio- claudia. El propio Tiberio no permanece ajeno a estas luchas políticas, como se evidencia por la carta que, según Tácito, dirige al Senado a propósito del juicio contra uno de sus miembros, aunque casi todas ellas han sido consideradas como iniciativas de Macro, el nuevo prefecto del pretorio (Tácito, Anales, VI, 47, 3).

Durante los años de retiro en Capri, aumenta la imagen negativa del Monarca, no solamente en lo que se refiere a su actividad política, sino también en su faceta personal. Tácito (Anales, IV, 57, 2) le describe como un anciano afectado por un notable deterioro físico, que sentía vergüenza de mostrar en público un rostro lleno de ulceraciones. En cambio, Suetonio, el biógrafo de los príncipes, se recreó en la descripción de todos los vicios a los que, según el escritor latino, se dedicó Tiberio durante sus últimos años de reinado, que incluían sus aficiones sexuales y también una particular forma de crueldad para con la población de la isla.

La parcialidad de estas noticias nos impide conocer su verdadero comportamiento, así como los acontecimientos que desembocaron en la elección de un heredero para el trono de Roma. Muertos los más cercanos parientes en edad de gobernar, la cuestión dinástica se complicaba. Al restringido entorno de Tiberio se incorpora ahora Gaio (el futuro emperador Calígula), hijo menor de Germánico, quizá por iniciativa del prefecto Macro y con la previsible intención de nombrarle heredero.

Tiberio murió el 16 de marzo del año 37 d. C., en Campania, a la edad de setenta y siete años, oficialmente por causas naturales aunque hubo rumores de que había sido asesinado por algunos de sus allegados (Macro, el prefecto del pretorio, o Gaio, el futuro emperador Calígula), pero su médico, Calicles, ya había pronosticado la proximidad de su fin. Su cadáver fue llevado a Roma, en donde, al parecer, se oyeron entre la multitud gritos que pedían: “Tiberius in Tiberim”, como muestra del odio que supuestamente se le tenía.

Sin embargo, la verdadera oposición a su persona debía encontrarse en la elite política de Roma, que había sufrido sus represalias durante muchos años, más que en una verdadera reacción popular. Su testamento, redactado con doble copia y ante testigos, dejaba como herederos a sus nietos Gaio y Tiberio Gemelo, así como diferentes legados para el ejército y la plebe de Roma.

Desde el inicio de su vida política hasta su muerte ejerció cinco veces el consulado, renovó treinta y ocho veces la potestad tribunicia (el poder de los tribunos era ostentado por los príncipes como un cargo de renovación anual) y fue aclamado ocho veces Imperator por las legiones como resultado de sus acciones militares.

El balance político del reinado de Tiberio, distorsionado por una reacción contraria en la tradición literaria latina, ha sido hoy en día puesto en valor, reconociéndole como continuador de la obra política de Augusto y estricto observador de la tradición romana.

La herencia recibida no era fácil de sobrellevar, con un Imperio agotado por la expansión, en plena tarea de reorganización provincial, saliendo de unas guerras de conquista que habían esquilmado al Estado y con un enorme ejército inactivo y cansado del prolongado tiempo de servicio. Junto a esto, la necesaria redefinición de las instituciones republicanas seguía latente, debido a la imposibilidad de afrontar claramente la existencia de un nuevo régimen político que cambiaba las estructuras de poder.

La necesidad de Tiberio de afrontar esta difícil herencia se tradujo en un cuidado de los aspectos formales del principado en su relación con los diferentes niveles de la sociedad romana. Suetonio fue especialmente cuidadoso en transmitir hasta qué punto Tiberio mostraba su deferencia hacia el Senado, participando en su funcionamiento institucional más en calidad de senador que de príncipe y respetando las intervenciones e incluso las decisiones de los miembros de la Asamblea. La apariencia de modestia de Tiberio, ejercida desde el comienzo como uno de los pilares de su imagen pública, se plasmó en una negativa a aceptar algunos títulos honoríficos, un respetuoso desempeño ocasional del consulado, la aparente tolerancia inicial con las actitudes irreverentes para con él o su familia, o el rechazo de cualquier forma de culto a su persona. En contraste, el reinado se caracteriza, como el resto de la dinastía, por el uso frecuente de una herramienta legal contra la oposición política, la lex iulia de maiestate, que amparaba las delaciones por traición.

Algunas de las principales iniciativas de Tiberio iban encaminadas a mantener intacta la estructura social romana, con el apoyo esporádico a quienes tenían dificultades para mantener el patrimonio exigido para pertenecer a los estamentos privilegiados (los órdenes senatorial y ecuestre). Por su parte, las acusaciones de tacañería en las fuentes reflejan una política de contención del gasto público, aunque el Estado asumía las necesarias obras de munificencia que garantizaban la supervivencia de la plebe de Roma, así como el destino de los recursos necesarios para los pagos a los soldados y las recompensas a los soldados veteranos.

Entre las dificultades a las que tuvo que hacer frente, se encuentra la crisis del año 32 d. C., debida a la carestía de trigo, que Tácito (Anales, VI, 13, 1 ss.) relata en clave de conflicto social.

La acción política en las diferentes provincias del Imperio se caracterizó, durante los años del reinado de Tiberio, por un trabajo efectivo de estabilización, que se deja entrever incluso en las fuentes más hostiles, y cuyo sello es la larga duración de los gobernadores, consecuencia de la confianza depositada en ellos y de la relativa estabilidad de los territorios a su cargo.

En Hispania, las transformaciones de este período se hacen notar especialmente en dos aspectos: el cuidado y reparación de la infraestructura viaria, tal y como queda demostrado por el número de miliarios (inscripciones de señalización de vías, ya relacionadas por G. Chic) correspondientes a ese reinado; y la promoción jurídica de algunas ciudades indígenas, que se adaptan ahora al modelo municipal romano, especialmente en lo que había sido el territorio de dos pueblos prerromanos: arévacos y pelendones (como ya dijo U. Espinosa). En palabras de Tácito (Anales, I, 78,1), la Península Ibérica fue precursora de la extensión del culto imperial en Occidente, debido a que la ciudad de Tarraco consiguió el permiso para la construcción de un templo al divino Augusto. Especialmente significativos para la contribución hispana al conocimiento del reinado son los testimonios proporcionados por la epigrafía de la provincia Bética (vid. supra), relacionados con la figura de Germánico, el hijo adoptivo y potencial sucesor de Tiberio: los fragmentos de la Tabula Siarensis, en donde se decretaban las honras fúnebres para el difunto; y la copia del Senadoconsulto de Gneo Pisón, en la que se hacía público el castigo para los culpables de asesinato. También en Hispania, pero en la provincia tarraconense, hay que destacar el texto en bronce de Elche (antigua colonia de Ilici), interpretado por M. Crawford como una copia del documento en el que se publicaban los honores fúnebres para Druso (hijo de Tiberio).

En las fronteras, Tiberio hereda los problemas propios de un estado territorial cuyos márgenes han estado tradicionalmente en expansión, y que todavía en el año 14 d. C. intenta fijar su estrategia fronteriza, que se justificará con la recomendación testamentaria del propio Augusto para que no se extendiera más el territorio del estado. Las distintas regiones requerían soluciones diferenciadas. En el Rin se restableció la situación anterior, respetando la frontera con los germanos; en África se logró la paz tras el largo conflicto protagonizado por Tacfarinas; en Oriente se controló a los monarcas armenios y se mantuvo la paz con los partos, respetando la frontera del Éufrates. En Judea se produjeron episodios de conflicto políticoreligioso, que relata Flavio Josefo, como la oposición a la entrada de cualquier representación iconográfica del Emperador, la utilización del tesoro sagrado para la construcción de un acueducto, o la detención de un miembro de la monarquía local (Agripa) el año 36 d. C.

La vida y el reinado de Tiberio se han conservado en las obras de diferentes autores latinos. Un contemporáneo y allegado suyo, Veleyo Patérculo, nos describe a un príncipe lleno de virtudes. Todavía en la misma centuria, Flavio Josefo, al escribir sobre la guerra entre romanos y hebreos, aporta la visión de éstos en las relaciones con Roma (Bellum Iudaicum, II, 178 ss. y Antiquitates, XVIII, 5, 1 ss., para este reinado). En los siglos posteriores se difundió una versión contraria a la dinastía que dio sus frutos; en el siglo ii d. C., Tácito se ocupó de él en los primeros seis libros de los Anales, haciendo una crítica de su figura política y personal, aunque la pérdida casi total del libro V dificulta el conocimiento de parte del período (años 29-32 d. C.); Suetonio, por su parte, le dedicó una de sus biografías (De vita Caesarum), recreándose en el relato de su decadencia moral. En el siglo iii d. C., Dión Cassio contaba los acontecimientos del reinado en los libros LVII y LVIII de su Historia Romana, y en el siglo iv d. C., la imagen se mantiene en las obras de Eutropio (Breviarium ab Vrbe condita, VII, 11, 1-2) y Aurelio Víctor (De Caesaribus, 2, 1-4).

La tradición sobre la imagen de Tiberio pretende demostrar que éste se ocupaba exclusivamente de satisfacer su gusto por el placer y la venganza, ocultando una realidad que la historiografía moderna se ha encargado de poner en valor. Los años entre el 14 y el 37 d. C. constituyeron, desde el punto de vista de la administración del Imperio, un período de eficacia y relativa tranquilidad, en el que se resolvieron algunos de los principales problemas políticos heredados de Augusto, como la consolidación del sistema monárquico, la estabilidad de las fronteras y la adecuación del funcionamiento de la maquinaria administrativa a la realidad de los recursos públicos del Estado romano.

 

Obras de ~: Elegía sobre la muerte de Lucio César (en latín); Poemas (en griego) (Suetonio, Tiberio, 70, 2) (desapars.).

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María Pilar González-Conde Puente