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Domiciano

Biografía

Domiciano. Titus Flavius Domitianus. Roma, 24.X.51 – 18.IX.96. Emperador de Roma.

Hijo de Titus Flavius Vespasianus, el emperador Vespasiano (69-79), y de Flavia Domitilla. Su hermano mayor era Titus Flavius Vespasianus, el emperador Tito (79-81) y su predecesor en el trono.

Nació en Roma, probablemente en la casa familiar situada en el Quirinal, convertida después en el templo de los Flavios. Procedía de una familia adinerada de origen sabino. Su bisabuelo Titus Flavius Petro había sido un soldado (quizá centurión) del ejército pompeyano, originario de Reate (Rieti), que hizo fortuna y, además, se casó con Tertulla, una rica propietaria de Cosa (territorio etrusco). Su abuelo Titus Flavius Sabinus heredó la fortuna, alcanzando probablemente el rango ecuestre, y se casó con Vespasia Polla. Su padre, Vespasiano, se convirtió en senador y finalmente, tras una larga y sangrienta guerra civil, en emperador. La familia tenía propiedades en Roma y en territorio sabino, como las villas de Aquae Cutiliae y de Falacrina (ambos lugares en la actual provincia de Rieti, en la antigua Via Salaria). La situación de pobreza que le atribuye Suetonio (Domiciano 1, 1), insinuando incluso que se entregaba por dinero a algunos senadores, era un invento que no se correspondía ni con la situación económica ni con la influencia política familiar. Su madre murió cuando todavía era un niño. Cuando llegó a la adolescencia, su padre y su hermano fueron enviados a Oriente por el emperador Nerón (54-68). El joven Domiciano quedó en Roma al cuidado de su tío paterno Titus Flavius Sabinus (Suetonio, Domiciano 1, 2), en la casa del Quirinal.

Su biógrafo Suetonio le describe como un hombre alto, moreno, de ojos grandes aunque corto de vista, bien parecido y proporcionado, a quien gustaba desayunar fuerte y comer menos el resto del día, poco aficionado al ejercicio físico, que con el tiempo se había deformado y había perdido el pelo (Suetonio, Domiciano 18, 19 y 22). Le acusaba de gustarle el juego incluso en horas de trabajo, de tener una lujuria patológica y de no leer nada más que los comentarios políticos de Tiberio (criticaron su ignorancia Suetonio, Domiciano 20, 1, y Tácito, Historias 4, 86, 2). La descripción de Suetonio no fue muy generosa, porque respondía a una tradición posterior que criticó la figura de Domiciano como si de un monstruo se tratara, una crítica que tenía mucho que ver con la mala relación del Príncipe con grandes sectores senatoriales, responsables de las exageraciones posteriores. Sin embargo, otras noticias sobre Domiciano le presentaron como una persona con aficiones literarias, que habría recibido la formación necesaria para ello, junto con su hermano, y que tenía ciertas aptitudes literarias y oratorias. Así se desprende de algunos comentarios de Plinio (Historia Natural, prefacio 5), Marcial (Sátiras 5.5), Valerio Flaco (Argonaútica 1,12), Stacio (Aquiles 1, 15), Silio Itálico (Púnica 3, 618-621) y Quintiliano (Instituciones Oratorias 4, prefacio; y 10, 1, 91). De forma general, atendiendo a los comentarios que estos autores le dedicaron, parece que los textos redactados por Domiciano no se habrían limitado a los discursos políticos que tuviera que ofrecer en virtud de su posición como cabeza del Estado, sino que también habría escrito alguna obra. Sin embargo, la vaguedad de las noticias sobre este punto no permite afirmar cuántas ni de qué tipo serían. Suetonio (Domiciano 18) dice que escribió un opúsculo sobre el cuidado del cabello que dedicó a un amigo.

En el año 69, con su padre Vespasiano en el trono y su hermano Tito asociado al poder, Domiciano fue nombrado césar en Oriente (en julio/agosto), un título que se le reconoció en Roma el día 21 de diciembre.

También se convirtió en princeps iuventutis (príncipe de la juventud). Ambos nombramientos le convertían en heredero virtual del trono de Roma. Sin embargo, a lo largo del gobierno de su padre quedó siempre patente que su hermano Tito era el primero en la línea sucesoria. Tito desempeñó las funciones de gobierno como asociado al trono de su padre y fue el encargado de solucionar los asuntos militares de importancia en esos años, como ocurrió con la guerra contra los judíos. Si atendemos a las fuentes, la situación habría sido muy mal aceptada por Domiciano, que habría tenido que permanecer en Roma mientras su hermano obtenía la gloria de los episodios militares en los que desempeñó el mando. Sólo tras la precoz muerte de Tito se convertiría más tarde en emperador.

El 1 de enero del 70, Domiciano fue nombrado pretor urbano con poder consular, aunque parece que lo ocupó de forma honorífica, dejando el trabajo a su colega. A lo largo de ese mismo año llevó a cabo un matrimonio ventajoso con Domitia Longina, hija de Cnaeus Domitius Corbulo, un influyente senador durante los reinados de Calígula, Claudio y Nerón, responsable de algunas de las más importantes victorias de Roma. Con esta unión, Domiciano conseguía el apoyo de un sector senatorial que había sufrido las represalias de la dinastía Julio-Claudia. El año 73 tuvieron un hijo, que sólo vivió hasta el 82/83. Más tarde, se divorciaría de Domitia y, según las fuentes, mantendría una relación con su sobrina Julia (hija de Tito). Tras la reconciliación con su mujer, la esperanza de dar un heredero al trono se frustró cuando su mujer perdió el hijo que esperaba.

El mismo año 70 participó en una campaña en la frontera del Rin, contra los pueblos que se habían sublevado, pero en octubre tuvo que salir hacia Italia, para recibir a su padre en Benevento y llevarse, al parecer, una severa reprimenda por su ambición y sus quejas ante la primacía de su hermano.

Durante los años 75 y 76, Domiciano entró a formar parte del colegio sacerdotal de los Fratres Arvales y fue nombrado para el cargo religioso de pontífice.

En el 79, tras la muerte de Vespasiano, subió al trono su hermano Tito, quien tuvo, sin embargo, un reinado breve, muriendo el 13 de septiembre en Aquae Cutiliae. Domiciano volvió el mismo día a Roma, en donde fue aclamado como imperator por los pretorianos.

Al día siguiente (14 de septiembre), el Senado le reconoció como Augusto.

En otoño del 82 se inició la preparación de la próxima expedición al Rin. El Príncipe se encargó de supervisar la operación, que iba a servirle para reforzar su imagen como jefe del Ejército, tras los gobiernos de su padre y de su hermano, que llevaban a sus espaldas una amplia experiencia militar. En marzo del 83 se fue a la frontera del Rin, instalándose en Mogontiacum (Mainz, Alemania) para dirigir personalmente la guerra. En verano ya se había conseguido la sumisión formal de los Catos y en otoño volvió el Emperador a Roma. A finales de año o comienzos del 84 se celebró la ceremonia del triunfo y el Senado le otorgó el título de Germanicus. Como resultado final de esta actuación fronteriza, se produjo la creación de dos provincias que hasta entonces habían sido distritos: Germania Superior y Germania Inferior (finales del 84 y comienzos del 85).

A continuación, Domiciano centró sus esfuerzos en los asuntos internos del Estado. Para ello, hizo uso de una herramienta institucional de primera importancia, la censura. Desde la primavera del 85, el Monarca se convirtió en censor, lo que le daba la capacidad de adscribir a los ciudadanos a las listas de los órdenes privilegiados o dejarlos fuera. En otoño convirtió el cargo en perpetuo, lo que le proporcionaba ese mecanismo de control social para el resto del reinado.

Inmediatamente, el Príncipe se fue a Moesia, desde donde quiso hacer frente al peligro de los Dacios en la frontera del Bajo Danubio (Dión Cassio 67, 6, 1 y ss.). Tras una rápida campaña, volvió a Roma, en donde se celebró el triunfo a comienzos del 86. Entre el 6 y el 12 de junio se desarrollaron allí los Juegos Capitolinos.

A lo largo del año se llevó a cabo la segunda expedición a Dacia, que culminó con un triunfo probablemente precipitado para una situación que requirió enviar al año siguiente (87) a Tettius Iulianus para afianzar la victoria (Dión Cassio 67, 9, 6).

Durante el año 87, Domiciano estaba en Roma mientras se gestaba una conspiración contra su persona, que fracasó. En el 88, el ejército del Bajo Danubio obtuvo una victoria sobre los Dacios. Sin embargo, el Monarca no pudo participar en ella. La celebración de los Juegos Seculares (Ludi Saeculares) le retenía en Roma (entre el 1 y el 3 de junio).

El 1 de enero del 89, las tropas del Rin aclamaron como imperator en Mainz al gobernador de la provincia Germania Superior, Lucius Antonius Saturninus (Suetonio, Domiciano 6, 2; 7, 3). Domiciano salió de Roma a mediados de mes. Cuando llegó al Rin, la revuelta ya había sido sofocada, así que el Príncipe pudo llevar a cabo libremente una campaña contra los Catos, demostrando con su presencia allí que la situación se había resuelto. A continuación viajó al Danubio, en donde, tras una estancia en Pannonia, llevó a cabo otra campaña contra Decébalo, que culminó con la firma de la paz. A finales de ese año, debió de celebrar en Roma el triunfo sobre Dacios y Catos. Lo precipitado de esta ceremonia quedó en evidencia en el 92, cundo el Príncipe tuvo que regresar al Danubio porque una legión romana había sido aniquilada.

La gestión política de Domiciano (Suetonio, Domiciano 4, 1-2; 5, 1; 7, 1-3) se caracterizó por algunas iniciativas que querían restaurar los tradicionales valores de época de Augusto. Se ocupó también del cuidado de las bibliotecas y de la copia de los libros más importantes. Ofreció espectáculos. Favoreció a los soldados con un aumento de su salario, a los ecuestres con el desempeño de importantes cargos en la Administración y a la plebe de Roma con el reparto de donativos. Prohibió la plantación de más viñedos en Italia y mandó arrancarlos en las provincias, aunque parece que esta medida no se cumplió.

La obra administrativa de Domiciano tuvo también una enorme incidencia en la vida de las ciudades en todo el territorio del Imperio, como culminación de la tarea que la dinastía Flavia llevó a cabo en materia de legislación local.

En Hispania, la documentación conservada ha dejado importantes muestras de la trascendencia del proceso. Durante la censura conjunta con su hijo Tito en 73/74, el emperador Vespasiano había promulgado un edicto por el que extendía el derecho de ciudadanía latina —la situación jurídica que Roma había otorgado a los habitantes del Lacio en los primeros tiempos de la expansión territorial— a las ciudades de las provincias hispanas (Plinio, Historia Natural 3, 30). Algunas poblaciones ya habían alcanzado este derecho, pero la medida de Vespasiano era de carácter general, aunque no afectaba a todos los habitantes de cada municipio. Sin embargo, fue un importante paso en el camino de la extensión de la romanidad al mundo provincial. En el marco de este proceso de promoción jurídica, muchas ciudades hispanas adquirieron, a partir de ese momento, el rango de municipios de derecho latino y adquirieron la ley local que servía para aplicar las especificidades de cada población a un modelo local (la Ley Flavia Municipal). Esta tarea no pudo llevarse a cabo totalmente bajo el reinado de Vespasiano y la brevedad del de Tito tampoco permitió su culminación, correspondiendo, por lo tanto, al último de los Flavios el trabajo. En diversos lugares de la provincia Baetica se han hallado inscripciones sobre tablas de bronce que reproducen los artículos de las leyes de algunos municipios; los ejemplos más importantes son Irni (El Saucejo, Sevilla), Malaca (Málaga) y Salpensa (Facialcázar, Sevilla). Las tablas habían estado colocadas en los foros de estas ciudades para recordar a sus habitantes las normas de convivencia con las que entraban, jurídica y administrativamente, en el universo romano, en el que la ciudad constituía la célula básica de funcionamiento.

A partir del año 93, el clima político en Roma se enrareció todavía más, una situación que se intentó solucionar aniquilando a los principales sectores de oposición al Príncipe. Se decretó la expulsión de Roma de los filósofos y se llevaron a cabo algunas ejecuciones, incluso en el entorno familiar del Monarca (Dión Cassio 67, 15, 1 y ss.; 16, 1 y ss.). Sin embargo, no se terminó con el descontento, provocado sobre todo entre amplios sectores senatoriales. El 18 de septiembre del año 96, Domiciano fue asesinado como resultado de una conspiración de senadores con el apoyo de algunos de sus libertos. Al parecer, uno de los conjurados había prometido al Príncipe información sobre una operación contra él y, cuando éste se retiró al final del día, se produjo el magnicidio, clavándole un puñal. Su cadáver fue enterrado en secreto por su nodriza Filis (Dión Cassio 67, 18, 2), mientras el Senado decretaba su damnatio memoriae (el borrado de su nombre en los edificios públicos y en las inscripciones), cuya aplicación en Hispania puede verse en monumentos como el llamado Arco de Medinaceli.

La mala relación con el Senado fue una característica de su reinado. Utilizando los servicios de delatores, permitió que muchos miembros de la elite romana fueran acusados de traición, pagando con la vida o el exilio, además de la pérdida de sus fortunas familiares. Mandó ejecutar al menos a once senadores de rango consular (Sutenio, Domiciano 10, 2; 11, 1; 15, 1), entre los que estaban Caius Vettulenus Civica Cerialis, Manius Acilius Glabrio, Lucius Aelius Lamia Plautius Aelianus, Mettius Pompusianus, Sallustius Lucullus, Quintus Iunius Arulenus Rusticus, Helvidius, Titus Flavius Sabinus, Marcus Arecinus Clemens, Titus Flavius Clemens y Marcus Cornelius Nigrinus Curiatius Maternus.

Cuando murió Domiciano había desempeñado diecisiete veces el consulado, entre los años 71 y 95. Obtuvo veintitrés aclamaciones imperatorias del Ejército y añadió Germanicus a su titulatura.

 

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María del Pilar González-Conde