Ayuda

Alfonso I

Biografía

Alfonso I. ?, f. s. VII-p. s. VIII – Cangas de Onís (Asturias), 757. Rey de Asturias.

La prematura muerte de Favila (739), con hijos presumiblemente de corta edad, plantea un problema sucesorio en el centro de poder de Cangas de Onís que se resuelve con la promoción al caudillaje del núcleo de resistencia astur de su cuñado Alfonso, primero en la serie de monarcas hispanos de este nombre. Tanto la Crónica de Alfonso III, en sus dos versiones, como la Albeldense, fuentes narrativas fundamentales para el conocimiento de la historia política del reino de Asturias, facilitan abundante información sobre el círculo familiar del nuevo monarca y sus vínculos con Pelayo, a través de su matrimonio con su hija Ermesinda, que aparece como causa justificativa última de su acceso al trono mediante elección popular. Otro documento de excepcional interés para esta época, el famoso Testamentum Adefonsi del año 812, al hacer la genealogía de Fruela, hijo de Ermesinda y Alfonso, silencia el nombre de éste, estableciendo la relación sucesoria de aquél por vía matrilineal que le lleva a su abuelo Pelayo. A Alfonso I lo presentan aquellos textos cronísticos de fines del siglo IX como hijo de Pedro, duque de Cantabria o de los cántabros, ennobleciendo su estirpe goda las dos versiones de la Crónica de Alfonso III con una pretendida ascendencia regia, en un afán de legitimación de orígenes de los monarcas astures que entroncarían así por vínculos de sangre con la extinta realeza visigoda. El texto Rotense de la crónica alfonsina alude a la llegada a Asturias de Alfonso en tiempo de Pelayo, casándose con su hija Ermesinda, según la Albeldense “por iniciativa del propio Pelayo”, con quien habría combatido ya contra los musulmanes. En cualquier caso, la jefatura de Alfonso significaba en términos políticos la formalización de una alianza astur-cántabra desde los primeros tiempos del Asturorum Regnum; y la soldadura de los dos linajes, el pelagiano y el de Pedro, entre cuyos descendientes recaerá exclusivamente —con la única excepción del breve reinado de Silo (774-783)— la corona del reino, afirmándose finalmente, a partir de Ramiro I y no sin frecuentes y conflictivas contestaciones, el principio de sucesión patrilineal que parece vincularse al tronco familiar del antiguo duque de Cantabria a través de los descendientes de su hijo Fruela, hermano de Alfonso I.

Durante los casi veinte años de su caudillaje (739-757), el pequeño núcleo astur con centro en Cangas de Onís no sólo logra preservar su independencia, sino que inicia decididamente su expansión territorial por los extremos occidental y oriental de la región de Primorias, entre el Sella y el Deva, desbordando ampliamente los límites de las Asturias nucleares. Por otra parte, Alfonso I lleva a cabo una serie de victoriosas campañas militares en los vastos territorios que se extendían al sur de la cordillera Cantábrica, procediendo además a la reorganización interna de los espacios norteños o transmontanos encuadrados, con mayor o menor grado de integración, en la órbita política de la Corte de Cangas. Tales campañas, así como sus consecuencias y la actividad de repoblación interior en las tierras del reino, son conocidas por los relatos singularmente expresivos que de ellas hacen las crónicas ovetenses de fines del siglo IX, en especial la de Alfonso III. Tales informaciones, teniendo en cuenta los intereses políticos del Monarca que inspira su redacción —el propio Alfonso III— deben ser acogidas e interpretadas con bastantes reservas, como se ha venido haciendo en los últimos años, abriéndose así un animado debate historiográfico, con posturas extremas difícilmente conciliables, que dista mucho de estar resuelto en la actualidad.

Para la puesta en marcha de sus acciones militares contra los musulmanes Alfonso I contó no sólo con unas fuerzas propias que no debían ser de gran entidad, sino y acaso en mucha mayor medida con las favorables circunstancias que le brindaban, de una parte, las luchas internas de la España musulmana —sublevación de los beréberes contra los árabes y evacuación por aquéllos de sus asentamientos en el cuadrante noroccidental de la Península— y de otra el azote del hambre, con la inevitable secuela del drenaje demográfico, que en los años medios del siglo VIII parece que hizo grandes estragos en los territorios de la Meseta. Las fuentes árabes ofrecen expresivos testimonios de esta situación que iba a brindar una favorable coyuntura al proyecto político expansionista del primer Alfonso. Acompañado en sus expediciones militares de su hermano Fruela, cabeza del linaje de los últimos monarcas astures, recorrió triunfalmente, según el testimonio de la Crónica de Alfonso III, Galicia y el norte de Portugal, las tierras situadas al sur de la cordillera Cantábrica, hasta el Duero, traspasando en sus incursiones este río, y las comarcas de la cuenca alta del Ebro.

La Crónica Albeldense, con su laconismo habitual, refiere la conquista por Alfonso I de las ciudades de León y Astorga, añadiendo que el monarca devastó los Campos Góticos hasta el Duero y “extendió el reino de los cristianos”. Mucho más explícita, la crónica regia en sus dos versiones hace una detallada enumeración de las ciudades y fortalezas “con sus villas y aldeas” que el belicoso Rey asturiano, junto con su hermano Fruela, tomó a los musulmanes a lo largo de una extensa franja territorial que tendría como límites extremos, por el occidente la costa atlántica y por el este las tierras de la cuenca alta del Ebro, al sur del país de los vascos. Entre esas plazas, que se citan nominalmente —veintinueve en la versión Rotense, treinta y uno en el texto “a Sebastián”— se encontraban la mayoría de los más importantes centros urbanos de tradición romano-gotica existentes en los vastos espacios sometidos a las devastadoras incursiones del Monarca.

Carente de recursos humanos y materiales, Alfonso I no pudo, ni pretendió, consolidar todas estas espectaculares conquistas. Sin embargo, sus rápidas y brillantes campañas tendrían una importancia grande para el futuro del Reino de Asturias: la defensa de su integridad territorial se reforzaba por la existencia de una amplísima zona despoblada que se extendía entre la cordillera Cantábrica y el Duero, prolongándose incluso más allá de este río. Esos territorios asolados por las campañas del Rey asturiano, particularmente la Tierra de Campos, constituirán en lo sucesivo un “yermo estratégico” que se interpondrá como barrera difícilmente franqueable entre la España islámica y el corazón del reino asturiano. Los habitantes de esas tierras del valle del Duero, sometidas hasta entonces al dominio musulmán, serían transplantados a las tierras transmontanas, repoblándose intensamente los espacios que se extendían entre la cordillera y el mar, desde las costas galaicas hasta la margen izquierda del Nervión, ya en tierras vascongadas o vasconizadas de la actual provincia de Vizcaya: “Por ese tiempo —dice la Crónica de Alfonso III— se pueblan Asturias, Primorias, Liébana, Trasmiera, Sopuerta, Carranza, las Vardulias, que ahora se llaman Castilla, y la parte marítima de Galicia”. Esta franja norteña constituye, al finalizar el reinado de Alfonso I, el marco territorial, considerablemente ampliado en relación con la época precedente, del reino cristiano del que Asturias, su núcleo originario, continuó siendo el centro geográfico y político. Dos comarcas fronterizas y expuestas en el futuro a las continuas razias islámicas, protegían los flancos de aquellos territorios: por occidente Galicia, y al este las tierras de la Bureba, Rioja y Álava, zona esta última de límites imprecisos englobada, al menos parcialmente, dentro del área vascongada.

La precedente exposición de las campañas de Alfonso I y sus consecuencias, deducida de la aceptación de las informaciones de los ricos textos cronísticos que las relatan y de la interpretación que de tales textos hizo en su día Claudio Sánchez-Albornoz, resume la que podría calificarse de tesis tradicional sobre el problema historiográfico de la despoblación del valle del Duero y consiguiente repoblación interior del reino de Asturias. Pero, ¿en qué medida esta propuesta interpretativa refleja la realidad de los hechos? ¿Cuál fue el alcance real de la despoblación del valle del Duero y del trasplante de población de esas áreas sureñas devastadas por las correrías alfonsinas que, según la expresiva referencia de la Crónica de Alfonso III, el Monarca “llevó consigo a la patria”, es decir, a las tierras insumisas norteñas? La tesis patrocinada por Sánchez-Albornoz, favorable a la despoblación efectiva y de gran alcance de la Meseta sería contestada por Ramón Menéndez Pidal, negando la efectividad del despoblamiento masivo expresamente atribuido por la crónica regia a las campañas del primer Alfonso y la de una consiguiente repoblación de las tierras comprendidas entre la cordillera Cantábrica y el mar con los contingentes humanos que el Monarca, siempre según el texto cronístico, habría llevado consigo a esas tierras norteñas. La despoblación de la vasta cuenca del Duero quedaría reducida a términos relativamente modestos y un reducido alcance tendría, consecuentemente, la repoblación con los efectivos provenientes de las tierras sureñas en las comarcas septentrionales que la Crónica de Alfonso II dice que “se pueblan” por el primer Alfonso y que no parece que hubiesen sufrido quebranto demográfico apreciable. El término poblar tendría, según Menéndez Pidal, el sentido de “reducir a una nueva organización político-administrativa una población desorganizada, informe o acaso dispersa a causa del trastorno traído por la dominación musulmana, por breve y fugaz que hubiese sido”. Sánchez-Albornoz se reafirmaría en su tesis despoblacionista del valle del Duero y favorable también a la consiguiente repoblación de las tierras norteñas del reino, con la aportación de ingentes argumentos documentales de todo tipo, abriéndose así un debate historiográfico que continúa vivo y ha suscitado en los últimos años adhesiones más o menos matizadas a una u otra posición o nuevos desarrollos e interpretaciones de las mismas.

Acaso el planteamiento de lo que pudo haber sido la “despoblación del valle del Duero”, cuyo alcance exacto quizá nunca sea posible establecer, deba hacerse no desde la consideración global de esos grandes espacios que se extienden al sur de la cordillera cantábrica y de la franja norteña de Galicia sino tomando en consideración sectores parciales de los mismos, porque todos los indicios parecen apuntar a una desigual incidencia de esa pretendida despoblación según las áreas regionales a las que pudo afectar. Es probable que en relación con el alcance de ese proceso de vaciamiento demográfico y con las áreas más profundamente afectadas, la Crónica Albeldense, en principio siempre la más digna de crédito entre las fuentes narrativas asturianas, dé una visión más próxima a la realidad que la muy amplificada y radical versión de los hechos que ofrece la Crónica de Alfonso III, mucho más condicionada por los presupuestos ideológicos neogoticistas imperantes en el círculo cortesano ovetense de fines del siglo IX. Así, el sector leonés, del que la Albeldense cita expresamente las ciudades de León y Astorga como objeto de las expediciones de conquista de Alfonso I, y los “Campos Góticos, hasta el Duero”, asolados por este mismo monarca según el mismo texto cronístico, habrían constituido el espacio más seriamente afectado por la despoblación. Tampoco parece rechazable la extensión de las campañas de Alfonso I, continuadas después por su hijo y sucesor Fruela, sobre la región galaica, donde, sin embargo, no es admisible una despoblación, entendida aquí en el sentido de vaciamiento demográfico, que no permite suponer el curso de los acontecimientos que tendrán por escenario en el futuro próximo ese espacio galaico, cuyas estructuras político-administrativas y eclesiásticas en alguna medida debieron resultar afectadas desde los primeros tiempos de la conquista islámica. Se hace igualmente difícil admitir la despoblación radical de las tierras que se extienden entre el Miño y el Mondego, en las que la historiografía portuguesa ha defendido tradicionalmente la permanencia de sus habitantes.

En cuanto al sector más oriental de la Meseta superior, que englobaría los términos de la futura Castilla hasta la cuenca del Ebro en tierras riojanas y, por el sur, hasta el Duero, también deben extremarse las cautelas a la hora de medir el alcance de la despoblación sugerida por el relato de la Crónica de Alfonso III. Los valles altos que descienden desde la cordillera hacia las tierras llanas de la futura Castilla no debieron verse afectados por un serio quebranto demográfico derivado de las campañas alfonsinas, ni seguramente las tierras alavesas que, según la misma crónica regia, siempre habían estado en poder de sus gentes y que aparecen soldadas sin solución de continuidad con esas “Vardulias, que ahora se llaman Castilla” y que constituyen uno de los escenarios de la acción “pobladora” de Alfonso I, en expresión del mismo texto cronístico.

Finalmente, y por lo que respecta a las tierras situadas al sur del Duero hasta el Sistema Central y en las que se localizan un número pequeño de las plazas citadas en la pormenorizada relación de la Crónica de Alfonso III, el alcance de la despoblación tampoco es fácil de establecer, pero en ningún caso llegaría a suponer un vaciamiento demográfico de toda la zona extremadurana. En conclusión, no parece que sea aceptable la tesis de una radical desertización del valle del Duero, pero sí la de una efectiva despoblación, de desigual alcance regional, como consecuencia de unos hechos, las campañas de Alfonso I, que debieron ajustarse más a la moderada referencia que de ellas da la Crónica Albeldense que a la amplificación, claramente interesada y propagandística, de los pasajes de la Crónica de Alfonso III. Debe tenerse en cuenta, por otra parte, que las incursiones regias actuaban, con efecto acumulativo, sobre unas tierras ya sometidas a un proceso de drenaje demográfico y desarticulación administrativa que tales campañas no harían más que acentuar. La despoblación sería especialmente sensible en el sector central de la meseta superior, pero la desorganización de los cuadros político-administrativos y eclesiásticos y la ruina urbana, compatible, desde luego, con una continuidad de grupos de población que pudieron ser relativamente numerosos en las áreas marginales de aquel sector central, no parece que puedan negarse y es probable que afectasen, si no a todas, sí a la mayoría de las ciudades y villas registradas en la crónica regia como objeto de conquista por Alfonso I. La admisión de la permanencia de vida urbana organizada en esas localidades resulta incompatible, por ejemplo, con el llamativo hecho de que no se encuentre en el largo período de aproximadamente un siglo transcurrido entre las campañas depredatorias de Alfonso I y el comienzo de las actuaciones repobladoras de Ordoño I, ni un solo documento procedente de los centros de poder local que la Crónica de Alfonso III nos presenta como conquistados por aquel monarca o a ellos referido. Hasta mediados del siglo IX serán en exclusiva las tierras norteñas las únicas sobre las que proyecten su luz los, por otra parte, escasos diplomas emitidos por la corte, los centros eclesiásticos o los particulares que pueblan esos espacios nucleares del Reino de Asturias, desde Galicia hasta las tierras originarias de Castilla y Álava. Los vastísimos territorios que se extienden al sur, prolongándose hasta el sistema central, constituyen un dilatado espacio fronterizo, administrativa y eclesiásticamente desarticulado, escenario durante largo tiempo de una historia silente, sin documentación propia.

La crónica regia presenta el traslado de la población de las zonas devastadas por Alfonso I a la “patria”, es decir, a las comarcas norteñas políticamente controladas desde la Corte de Cangas de Onís, como efecto de las campañas alfonsinas; y parece también relacionar ese proceso migratorio, de forma implícita, con la actividad repobladora desplegada por el Monarca en esas tierras, de Galicia a Vardulia (futura Castilla). El asentamiento de hispanogodos en la periferia norteña es un proceso que parece iniciarse en los primeros tiempos de la conquista islámica y que sin duda se intensificaría en los decenios medios del siglo VIII, a consecuencia de la situación en que se encontrarían los vastos espacios meseteños después de las campañas de Alfonso I, prolongándose esas inmigraciones de gentes sureñas por mucho tiempo, hasta la etapa final del Reino de Asturias. La realidad de tales movimientos migratorios, cuya dirección sur-norte incluso puede reconstruirse a través de los diplomas que los documentan y que está acreditada por testimonios de todo tipo, desde los arqueológicos y diplomáticos hasta los brindados por la toponimia o la onomástica, es hoy generalmente reconocida, aunque no se pueda valorar más que aproximadamente su entidad cuantitativa. Pero es lícito suponer, a la luz de las fuentes disponibles, que esa corriente migratoria se nutriría fundamentalmente de individuos de las capas sociales superiores —prelados, monjes, hombres de iglesia en general, representantes de las aristocracias locales, antiguos propietarios desarraigados de sus bases territoriales— que no llegarían solos a sus nuevos asentamientos norteños, como nos consta ciertamente en algunos casos. Sin la existencia de esos trasvases de población no podrían explicarse fenómenos políticos, episodios sociales y expresiones culturales que se manifiestan desde la segunda mitad del siglo VIII en las tierras norteñas, incluso en zonas tradicionalmente tan marginales como pueden ser los valles de los Picos de Europa: no ya en la Liébana, sino en uno de los rincones más abruptos de esa zona, San Pedro de Camarmeña, se ha podido localizar un activo foco de mozarabismo que seguramente no sería ajeno a aquellos movimientos migratorios.

En todo caso, y siempre por la escasez y laconismo de las fuentes disponibles para la época, a la hora de medir la importancia numérica del flujo migratorio de las gentes sureñas a los espacios nucleares del Reino de Asturias, ampliados en dirección Oeste y Este y en los valles de la primitiva Castilla por las nuevas incorporaciones territoriales de Alfonso I y de su hijo y sucesor Fruela I, se impone una cuidadosa cautela, compatible con la afirmación de la influencia que las minorías de inmigrantes debieron ejercer en la configuración de una nueva cobertura ideológica de la naciente monarquía asturiana. Por otra parte, parece razonable interpretar la actividad “pobladora” que la Crónica de Alfonso III atribuye a Alfonso I sobre Asturias, Primorias, Liébana, Transmiera, Sopuerta, Carranza, las Vardulias y la parte marítima de Galicia, no en el sentido de incorporación de contingentes humanos a unos territorios que no debían haber sufrido una previa despoblación, si se exceptúa acaso y con reservas el espacio de la más vieja Castilla, sino en el de articulación de la población indígena, mediante un proceso de organización y encuadramiento político-administrativo de esa población y de aquellas regiones que parecen definirse, con rasgos todavía bastante imprecisos, como las grandes unidades o circunscripciones territoriales del Reino de Asturias con centro político en la embrionaria corte de Cangas de Onís. En relación con esa acción “pobladora” de Alfonso acaso deba ponerse también la labor de construcción y restauración de iglesias que le atribuye la versión erudita de la Crónica de Alfonso III y que no es posible verificar con informaciones puntuales fidedignas. Ese mismo texto cronístico, después de resaltar las virtudes que adornaban al monarca, refiere que, al cabo de dieciocho años de fecundo reinado, “terminó su vida felizmente y en paz”, aureolando su muerte con un halo milagroso. Sus restos, junto con los de su esposa Ermesinda —según una tardía interpolación de la crónica regia—, recibirían sepultura en el monasterio de Santa María —seguramente la abadía de Santa María de Covadonga—, que el texto sitúa en el territorio de Cangas.

 

Bibl.: R. Menéndez Pidal, “Repoblación y tradición en la cuenca del Duero”, en M. Alvar et. al., Enciclopedia Lingüística Hispánica, vol. I, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas, 1959, págs. XXIX-LVII; Despoblación y repoblación del valle del Duero, Buenos Aires, Universidad de Buenos Aires, 1966; Orígenes de la nación española. Estudios críticos sobre la historia del reino de Asturias, vol. II, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1974; A. Barbero y M. Vigil, La formación del feudalismo en la Península Ibérica, Barcelona, Crítica, 1974; S. de Moxó y Ortiz de Villajos, Repoblación y sociedad en la España medieval, Madrid, Rialp, 1979; J. Gil Fernández, J. L. Moralejo y J. I. Ruiz de la Peña, Crónicas asturianas, Oviedo, Universidad de Oviedo, 1985; Y. Bonnaz, Chroniques asturiennes (fin ix siècle), París, Editions du C.N.R.S., 1987; J. A. García de Cortázar, “Las formas de organización social del espacio del Valle del Duero en la alta Edad Media: de la espontaneidad al control feudal”, en Despoblación y colonización del Valle del Duero: siglos viii-xx, IV Congreso de Estudios Medievales, Ávila, Fundación Sánchez-Albornoz, 1995, págs. 12-44; A. Besga Marroquín, Orígenes hispano-godos del reino de Asturias, Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, 2000; J. I. Ruiz de la Peña Solar, La monarquía asturiana, Oviedo, Nobel, 2001.

 

Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar