Ayuda

Vermudo I

Biografía

Vermudo I. El Diácono. ?, p. m. s. IX – f. s. IX. Rey de Asturias.

Muerto Mauregato en el 788, es elegido para sucederle en el trono un hermano de Aurelio, sobrino por tanto de Alfonso I (era hijo de su hermano Fruela) y tío del futuro Alfonso II, seguramente alejado todavía de los círculos cortesanos: el diácono Vermudo.

Las dos versiones de la Crónica de Alfonso III detallan esas relaciones de parentesco, que omite la siempre lacónica Crónica Albeldense. Y ambas plantean no pocos interrogantes de incierta respuesta en las referencias que dedican a la persona de Vermudo y a las circunstancias que acompañan su acceso al Trono y su renuncia, tras un breve reinado de tres años, en favor de su sobrino Alfonso.

El primer problema es el relativo a la elección misma de Vermudo cuya condición clerical suponía, en principio y de acuerdo con la legislación canónica visigoda, un impedimento, no insalvable, desde luego, para su promoción a la realeza, en perjuicio de los mejores derechos de su sobrino. Tal elección en las circunstancias especiales en que se produce (tras la “usurpación” de Mauregato y durante la probable ausencia de Alfonso, exiliado en tierras alavesas de donde era su madre Munia) podría interpretarse como una fórmula de compromiso entre facciones cortesanas que harían de Vermudo una especie de monarca de transición, elegido, quizá, con acuerdo de “todos los magnates del reino”, como declara la tardía y por tanto no muy segura Historia Silense.

Por otra parte, la explicación a la voluntaria renuncia al Trono del nuevo Rey, cuyas cualidades espirituales destacan acordes los textos cronísticos —“clemente y piadoso”, lo llama la Albeldense; “varón magnánimo”, la versión “a Sebastián” de la crónica alfonsina— al cabo de sólo tres años de caudillaje, y que el segundo de estos textos atribuye al hecho de que Vermudo recordase que “antaño se le había impuesto el orden del diaconado”, dista mucho de ser satisfactoria. Las causas de esa renuncia y de la promoción de Alfonso al Trono por la supuesta iniciativa del propio Vermudo debieron ser más complejas. Seguramente influyeron en esos hechos las críticas circunstancias derivadas del giro de la política exterior andalusí, con la violenta ruptura de un largo período de paz con los cristianos; y habría que considerar también la existencia de posibles compromisos cortesanos cuyo alcance se nos oculta tras las lacónicas y eufemísticas explicaciones de una historiografía oficial asturiana que, conviene recordarlo, se elabora bajo la directa inspiración de un biznieto de Vermudo: Alfonso III el Magno. Cuando esas crónicas se redactan, en las postrimerías del siglo IX y seguramente en la corte ovetense, obedeciendo al designio neogoticista de este monarca, la figura de Alfonso II el Casto, el más grande de los monarcas asturianos, debía quedar a salvo de cualquier información que pudiera poner en entredicho la pacífica transición del caudillaje del Rey diácono a su joven sobrino. Pero tras los silencios, las contradicciones y las fantasías de los relatos cronísticos no es difícil suponer la existencia de algún tipo de conflicto cuyo alcance exacto se oculta interesadamente para preservar la buena imagen de la memoria histórica de la propia monarquía asturiana, personificada en esos momentos en el biznieto de Vermudo.

Lo cierto es que los acontecimientos que se van a suceder tras la llegada al poder en Córdoba, en el mismo año de 788, de Hisam I, continuador de ‘Abd al-RaÊmªn, precipitaron la reintegración de Alfonso al trono paterno. El nuevo y piadoso Emir decide emprender la guerra santa contra los cristianos insumisos norteños a quienes su padre, atento a consolidar su propia autoridad en al-Andalus, apenas había inquietado desde mucho tiempo atrás.

Una primera y grave derrota de las tropas cristianas en Burbia, en tierras bercianas, debió de influir poderosamente en la decisión de Vermudo de llamar al Trono a su sobrino Alfonso, con quien “vivió muchos años en el mayor afecto”, según el interesante testimonio de la Crónica de Alfonso III, cancelando voluntariamente su efímero reinado de apenas tres años. De hecho, la Crónica Albeldense parece establecer una relación de causa-efecto entre la batalla de Burbia, a la que aluden también las fuentes árabes y que silencia la crónica alfonsina, y la abdicación de Vermudo, cuyas verdaderas razones nunca podrán establecerse con seguridad.

Ocurrían estos hechos en el 791. La Crónica de Alfonso III en su versión “a Sebastián”, después de referir cómo Vermudo “a su sobrino Alfonso, al que Mauregato había expulsado del reino, lo hizo sucesor en el trono en el año 791, y vivió con él muchos años en el mayor afecto”, dice que terminó su vida en paz. La versión Rotense sitúa erróneamente su muerte en aquel mismo año y facilita la fecha exacta del acceso al Trono del nuevo monarca: el 14 de septiembre del 791.

 

Bibl.: C. Sánchez-Albornoz, Orígenes de la nación española. Estudios críticos sobre la historia del reino de Asturias, II, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1974; A. Barbero y M. Vigil, La formación del feudalismo en la Península Ibérica, Barcelona, Ed. Crítica, 1974; J. Gil Fernández, J. L. Moralejo, J. I. Ruiz de la Peña, Crónicas asturianas, Oviedo, Universidad, 1985; Y. Bonnaz, Chroniques asturiennes (fin IX siècle), Paris, Editions du C.N.R.S., 1987; A. Besga Marroquín, Orígenes hispano-godos del reino de Asturias, Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, 2000; J. I. Ruiz de la Peña Solar, La monarquía asturiana, Oviedo, Ed. Nobel, 2001.

 

Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar