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Alfonso V

Biografía

Alfonso V. El Noble. ?, 994 – Viseo (Portugal), 7.VIII.1028. Rey de León, repoblador y legislador.

Era hijo de Vermudo II y de la castellana Elvira García, hija del conde castellano García Fernández. Tenía cinco años cuando murió su padre el 7 de septiembre del año 999 y fue coronado un mes más tarde en la iglesia de Santa María de la capital leonesa como Rey, en presencia de obispos y magnates, de Menendo González que era su vicario y ayo nutricio, de su tío y auxiliador Sancho García, de su madre Elvira y de otros muchos venidos de las distintas partes del reino, ungido por el obispo de León, Froilán, al que en recompensa le dio el castillo de San Salvador de Curueño.

Los problemas le comenzaron a llegar pronto tanto por parte del sector nobiliario como por el enemigo externo, los musulmanes. En Asturias, Analso Garvixio atentó contra la vida de Alfonso y su rebeldía trajo consigo la confiscación de sus bienes en conmutación de la pena de muerte a que le sentenciaron los jueces, que fueron dados a la iglesia de Oviedo. Es muy posible que en otros lugares del reino hubiese en torno al año 1000 algún levantamiento más, pues el obispo de Astorga ordena a Fagildo, presbítero y vicario de dicha diócesis, que reclute un ejército en los primeros meses de dicho año y, al parecer, no lo hace. No se sabe la finalidad que tenía tal reclutamiento, si era para combatir a los musulmanes o para luchar contra cristianos rebeldes, pues la orden era “que habiéndose levantado varios enemigos de Dios, del rey y del reino, juntase gente por toda la diócesis para oponerse y tomar victoria de sus enemigos”. Pero el vicario desobedeció la orden episcopal por lo que fue duramente castigado. Apenas coronado rey, sus tutores, la reina madre y el conde gallego Menendo González, participan en la gran coalición cristiana que, formada por castellanos y navarros, se enfrenta a Almanzor en la sierra de Cervera cercana a Clunia. Una providencial estratagema de Almanzor iba a hacer que Sancho García y los ejércitos coaligados se retiraran precipitadamente abandonando su campamento.

Poco después de la muerte de Almanzor en el año 1002, su hijo ‘Abd al-Malik (al-Muýaffar) dirige una expedición otoñal contra Coimbra, feudo de Menendo González, tutor del Rey, y luego, contra la capital del reino. Penetró en la ciudad, derribó parte de sus murallas y ante la inesperada resistencia puesta por el conde Menendo González, la llegada del frío invierno y la ayuda de los castellanos y del indómito conde de Saldaña, el amirí tuvo que retirarse a sus posesiones. Mientras ‘Abd al-Malik se dirige a Córdoba con su ejército, el jefe de su policía firma la paz en febrero de 1003 con los cristianos en el monasterio de Sahagún. Esta paz es aprovechada por muchos cristianos que habían estado al servicio de Almanzor para volver a territorio leonés. Algunos autores afirman que entre los que regresan ahora se encontraba la princesa Teresa, hermana de Alfonso V, para unos enviada por su padre y para otros, por su propio hermano, a la Corte de Almanzor. No pudo ser esto posible, ya que Teresa, hija de Vermudo y de Elvira, era una niña muy pequeña en los últimos años del amirita. La coincidencia de fechas con el envío por parte de Sancho II Garcés Abarca de Navarra de su hija Abda y de la que Almanzor tendría a ‘Abd al-RaÊmān Sanchuelo, pudo dar origen a esta confusión.

El prestigio que el hijo de Almanzor tenía entre los cristianos iba a hacer que en el 1004 acudiesen los leoneses para que dirimiese la cuestión de la tutoría del joven Monarca que era disputada entre su tío el conde de Castilla, Sancho García y el conde galaico, Menendo González. Para resolverla ‘Abd al-Malik envió a Aşbag b. Halil, juez de los cristianos de Córdoba, que inclinó la balanza hacia el conde gallego. Su hijo Ramiro Menéndez se pondría desde entonces al frente del Ejército como alférez del rey.

En el año 1005 se rompen las hostilidades entre musulmanes y leoneses. La expedición se lleva a cabo en el verano y se hace en connivencia con Sancho García. Después de saquear Zamora, se dirigen siguiendo el curso del río Órbigo hasta el castillo de Luna, atacando otras fortalezas, como las de Alba, Gordón y Argüellos, y castigando así a quienes habían acogido en otras expediciones a la gente huida de la capital. Sin duda, los poetas musulmanes exageraron la importancia de esta victoria cuando Ibn Darray en un juego literario llegó a decir: “Ojalá aquel godo que había alzado esa luna la haya visto después eclipsada por tus manos”. El conde de Saldaña García Gómez se insurrecciona junto con un noble a quien el obispo de León había confiado la fortaleza de San Salvador de Curueño en el 1007 y llega a titularse “conde en León”. En los primeros meses de este año Alfonso se había trasladado a Galicia junto con la reina madre. Con su tutor y la curia sentencia a favor del monasterio de Celanova y de su abad Manilán contra los hombres que habían entrado a morar en las mandaciones que Alfonso III había dado a Hermenegildo Gutiérrez, las cuales, por herencia, habían pasado a pertenecer al monasterio. Alfonso ordena que las tierras sean devueltas a los monjes, atendiendo también a las reivindicaciones de otros monasterios. Allí iba a permanecer hasta la primavera. Entre tanto, Sancho García había logrado unir a navarros, castellanos y leoneses para atacar las plazas árabes fronterizas del Duero.

‘Abd al-Malik comprendió que se preparaba una fuerte ofensiva. El tutor de Alfonso se entretuvo aún en someter a los condes rebeldes cuando las tropas cristianas ya estaban reunidas. La batalla se dio en las cercanías de Clunia y la victoria sonrió una vez más a los cordobeses. Las crónicas musulmanas alabaron la estrategia del caudillo musulmán en esta empresa que denominaron “expedición de la victoria” y que le valió el título de “al-Muýaffar”, “el Victorioso” al hijo de Almanzor. Al año siguiente, el 20 de octubre, fallecía ‘Abd al-Malik en circunstancias misteriosas cuando se disponía a emprender una nueva campaña contra Castilla. Le sucedió su hermano ‘Abd al-RaÊmān Sanchuelo. En el mismo mes de octubre del 1008 moría el conde galaico Menendo González, tutor del Rey, de forma violenta. Su muerte ha sido vinculada a la llegada a costas gallegas de una de las múltiples expediciones normandas. Fuentes musulmanas nos hablan de que fue asesinado. La reina madre declara la mayoría de edad de Alfonso V, evitando así una nueva tutoría.

El más firme sostén del régimen de Almanzor había sido el Ejército y, muerto prematuramente ‘Abd al-Malik, no surgió en todo al-Andalus un hombre de prestigio y habilidad suficientes para hacerse con todos los resortes del poder. El año 1009, ignorante de lo que ocurría a sus espaldas en Córdoba, Sanchuelo prepara su primera expedición a tierras de León. Antes de llegar a ellas, los musulmanes se retiran ante las noticias que llegan de la ciudad cordobesa donde había triunfado la rebelión de los marwaníes apoyados por el dinero de la madre de ‘Abd al-Malik y por la popularidad de uno de sus miembros, biznieto de ‘Abd al-RaÊmān II, llamado MuÊammad b. Hišām. Sanchuelo recibió la noticia en Toledo y aunque confió en los beréberes, éstos se apresuraron a mostrar su fidelidad al Califa. En medio del abandono general tan sólo le quedó la compañía de uno de sus aliados leoneses de la familia de los Beni Gómez, no García Gómez como atestiguan algunos historiadores, que aún se sublevaría contra Alfonso V. Ambos acabarían degollados y sus cabezas expuestas en la puerta del palacio cordobés.

Con la desaparición de ‘Abd al-RaÊmān Sanchuelo terminaba una dura etapa para el reino leonés que había sufrido durante años las acometidas del Ejército musulmán, y se hubiera iniciado una etapa de tranquilidad mientras Córdoba se deshacía en las guerras civiles, si no hubiese sido por las rebeliones internas de la nobleza contra Alfonso V.

El primero en hacerlo iba a ser el conde Munio Fernández, descendiente de Fernando Díaz de Saldaña y de Mansuara Fafilaz, tuvo encuentros y desencuentros tanto con Vermudo II como con Alfonso V. Fue conde de Astorga y dueño de innumerables posesiones afincadas en la ribera del Esla y en el páramo leonés, ganadas por los más diversos procedimientos. A raíz de la designación de Menendo González como tutor de Alfonso, se aleja de la Corte y, después de la muerte del conde galaico, se le vuelve a ver con cierta asiduidad en ella. Su hijo mayor, Pedro Muñoz, destacaba por la fidelidad al Monarca, del que recibió grandes favores y recompensas. El propio conde funda un monasterio dentro del recinto amurallado de la ciudad en honor de san Juan Bautista, donde dispuso la nueva iglesia y alzó un magnífico palacio con varias dependencias. Fue consagrado por el obispo leonés Nuño el 28 de septiembre del año 1011 y a esta consagración asisten tanto el rey Alfonso como su madre, la reina Elvira, lo que nos indica la buena relación que existía entre el Monarca y el noble. En el año 1012 se rebela contra Alfonso sin que se sepan muy bien las razones que tuvo para ello y se desconoce la gravedad y proporción de su rebelión. La noticia nos la da un documento del año 1013 en el que el Rey premia a varios de sus fieles con unas posesiones que estaban en la jurisdicción del “infiel Munio hijo de Fernando”. Uno de los pilares en que se apoya Alfonso V para vencer estas rebeliones es Pedro Fernández, casado con Sancha, hija de Munio Fernández. Poco después moría el conde rebelde, pues en 1016 su hijo Pedro hace las suertes y reparte con sus hermanos la herencia de su padre.

Dos años más tarde de este levantamiento, en el 1014, sacudirá de nuevo el territorio leonés otra rebelión más amplia, más fuerte y en la que participan más miembros de la nobleza, acaudillados por Sancho García de Castilla y García Gómez de Saldaña. Las razones de este conflicto parecen estar más claras, aun con todas las salvedades que ofrece la escasa documentación. Las relaciones entre tío y sobrino pasaron por diferentes avatares que, según el propio Alfonso, irían del “tío y auxiliador mío” al “infidelísimo y adversario nuestro que día y noche perpetraba el mal contra nos”. El rompimiento debió sobrevenir ya bien avanzado el año 1014, aunque se desconozca el perfil real de los sucesos, la gravedad y dureza de sus incidentes y las acciones y fechas que impusieron su final. Tan sólo nos queda la visión que de ello nos dan los documentos posteriores que nos hablan de los arreglos que el monarca realiza para remediar las consecuencias de ellos derivadas y para premiar a los fieles servidores con los bienes confiscados a los sublevados.

Desde el año 1013 van apareciendo en la documentación leonesa los nombres de dos familias castellanas que son bien acogidas por el Monarca leonés y espléndidamente dotadas: los Herraméliz y los Vela. No se sabe por qué se enemistan con el conde castellano, ni por qué se acogen a la protección del Rey leonés. Lo cierto es que desde los inicios del 1014 se encuentran a las dos familias, emparentadas desde generaciones anteriores, al servicio del rey Alfonso. Al mismo tiempo, Sancho acoge en Castilla a leoneses que habían traicionado a su Rey. Tal es el caso de Fromarico Sendíniz, a quien el Monarca había confiado el gobierno de León, Luna y Babia y le había hecho su mayordomo. Esta confianza depositada por el Monarca en el noble no fue correspondida, destruyó cuanto quiso, robó y cometió tantos crímenes que “no tenía para componer tanta iniquidad”, por lo que huyó a Castilla y fue bien recibido por Sancho García. Junto al conde castellano y al de Saldaña participaron algunos otros nobles leoneses cuyos nombres se conocen por la documentación, ya que sus bienes les fueron confiscados y entregados en recompensa a la nobleza fiel. Pedro Fernández recibe la villa de Fresno de la Vega que había pertenecido a Fromarico Sendíniz. Y poco después se ve recompensado también con Castrogonzalo y Villaseca en agradecimiento por los servicios prestados durante la represión de los sublevados. Pedro Flaínez será otro de los miembros de la nobleza fiel a Alfonso que vea incrementado su patrimonio arrebatado a su tío abuelo Fernando Flaínez, también partícipe de la rebelión. Sampiro recibe la posesión de Villaturiel confiscada a Eicta Fossatiz porque se insurreccionó y se levantó contra los enemigos del Rey que estaban con el infidelísimo García Gómez y Sancho García. Sancho moría el 15 de febrero del año 1017 y no mucho después desaparecía también el conde de Saldaña, lo que haría decir a Ibn Jaldūn que “a partir de la muerte de García Gómez, Alfonso V fue robusteciendo más su poder, de modo que ya no se oyó hablar de los Banu Gómez, ni de los Banu Fernando”.

Entre ambas rebeliones, en el año 1013, debió contraer matrimonio Alfonso V con Elvira Menéndez, hija del que fuera su tutor.

En el año 1015 otro peligro externo se cernió sobre el reino leonés en su parte más occidental. En julio de este año llegaron los normandos a las costas gallegas y durante nueve meses asolaron las riberas del Duero, cobijando sus embarcaciones en el puerto de dicho río y dirigiendo incursiones hacia el interior en el territorio comprendido entre el Duero y el Ave. Atacaron el castillo de Vermoin en la provincia de Braga y cuando se retiraban hacia el norte, penetraron por el Miño asolando la diócesis de Tuy y “su obispo que moraba en ella con todos los suyos fue conducido cautivo por estos enemigos y a algunos los mataron y redujeron a la ciudad a la nada y permaneció lúgubre y vacía durante muchos años”. Alfonso acudió en su defensa y, después de echarlos de tierras gallegas, unió unos años más tarde la diócesis devastada a la de Santiago de Compostela.

El mismo año 1017 de la muerte de su hermano el conde de Castilla, moría la reina Elvira García, madre de Alfonso.

Conjurado el peligro externo de los musulmanes y normandos y apaciguado el interior con la sumisión de nobles y la muerte de Sancho García de Castilla, Alfonso emprende la tarea legislativa. Uno de los aspectos más elogiados tanto por cronistas como por historiadores y tratadistas del derecho del reinado de Alfonso V es, sin duda, el legislativo y el de la reconstrucción de los aspectos más apremiantes de la administración. Él dio las primeras leyes territoriales de la Reconquista.

El 30 de julio de 1017 se reúnen en la ciudad de León en presencia del Rey y de su esposa Elvira los obispos, abades y nobles del reino y acuerdan una serie de leyes para que sean observadas en todo el reino en los tiempos futuros. Las leyes emanan, pues, del palatium del Monarca, centro de autoridad política, administrativa y judicial, reunido en asamblea amplia y no sólo con los consejeros áulicos. De ahí saldrá el llamado Fuero de León, que, en realidad, consta de dos partes claramente diferenciadas: una que corresponde a las Leyes Generales que atañen a todo el Reino de León, Galicia y Asturias, y otra que corresponde al Fuero propiamente dicho de la ciudad de León.

La Leyes Generales son normas que tienden a favorecer a los estamentos privilegiados, a poner fin a los desórdenes internos motivados por las sublevaciones nobiliarias y acrecentados por las expediciones musulmanas. Determinan que cuando se reúna la asamblea judicial de los hombres libres, se juzguen primeramente las cuestiones que atañen a la Iglesia. Se destaca la autonomía jurisdiccional de ella para decidir sus propias contiendas y se ordena que toda decisión judicial debe llevarse a su exacto cumplimiento. Juzgados y sentenciados los asuntos tocantes a la Iglesia, se deben juzgar luego las causas del Rey y, después, las de los pueblos. Las medidas siguientes tienden a garantizar los derechos señoriales, así como a hacer que los campos no queden sin cultivar, para lo cual regula la libertad de movimiento del colono. Las leyes del 1017 reconocen la libertad que tiene el cultivador de tierras de las que no es propietario al que llaman “iunior”. Frente al siervo de la gleba de la Europa feudal, el “iunior” leonés es una persona libre, no sujeta a la tierra, pues goza de plena libertad de movimiento, pero que al abandonar los campos por él cultivados, debía indemnizar al Rey o al que el Rey hubiese transmitido sus derechos por la merma que sufría en sus rentas y servicios al quedar aquéllos yermos. El “iunior” es un campesino que, carente de tierras propias, cultiva las ajenas y padece a causa de ello unas determinadas restricciones en su libertad patrimonial. El fuero le reconoce el derecho a trasladarse donde quisiere con su ajuar y su caballo, perdiendo la heredad que labraba y la mitad de sus bienes.

Las leyes reconocen la libertad que siempre habían gozado los hombres de behetría. Ante los peligros externos e internos que se cernieron sobre el reino en los finales del siglo X y principios del XI, los casos en que los campesinos se vieron obligados a acogerse al amparo de algún poderoso, laico o eclesiástico, aumentó considerablemente. Mediante la behetría el pequeño propietario entregaba a un particular una parte de sus posesiones, a cambio de protección. El hombre de behetría era, pues, el arquetipo del campesino consagrado a sus faenas agrícolas que pagaba un canon por verse protegido y defendido y que debía a su señor obediencia y fidelidad. La segunda parte está dedicada al Fuero de la ciudad de León. Con la restauración de la ciudad por Alfonso V puede decirse que da comienzo una nueva etapa en su desarrollo urbano. El Fuero tiene dos partes, una que se refiere a la repoblación y reconstrucción de la ciudad y la otra que reglamenta su aprovisionamiento. Había que reconstruir los edificios arruinados, poblarla de monasterios, traer nuevas gentes, para lo cual había que hacer atractiva esta llegada, concediéndoles privilegios que en otros lugares no poseían. Una de las primeras medidas fue la de garantizar a los “iuniores de capite”, es decir, aquellos que tenían con el señor una relación de dependencia que no dimanaba de la heredad que tenían, sino de los oficios que practicaban, como tejedores, toneleros, que viniesen a morar a León, no serían devueltos a sus dueños. En estos momentos de reconstrucción de la ciudad era necesario proteger a los que practicaban algún oficio. Defiende al siervo que se acoja a la ciudad y no se sepa a quién pertenece. Exime de ciertos tributos a quienes se alberguen bajo sus muros, quedando libres del pago de raptos, fonsadera o mañería. Se da a los homicidas la oportunidad de escapar a la justicia. Se regulan los problemas que habían surgido al edificar sus casas los nuevos pobladores en solares de quienes habían logrado huir de la ciudad en los días de la desolación o habían caído en cautiverio; en solares arruinados durante la tragedia y así hallados por sus dueños o por quienes habían llegado a la ciudad antes que ellos.

Otra serie de medidas iban encaminadas a asegurar el abastecimiento de la ciudad y a procurar su defensa en caso de nuevos ataques de los musulmanes. Se fija el alfoz de la ciudad de León a cuyos habitantes se les conceden privilegios como el de no pagar el portazgo al venir a vender sus productos en la ciudad, pero a los que también se les impone la obligación de acudir a defender sus muros y a reconstruirlos. Regula también la unidad de medidas para el pan, el vino, las carnes y el precio de las labores. Establece normas para el desarrollo del mercado de la ciudad, lugar de aprovisionamiento de la urbe y donde entonces, como hoy, cada miércoles, acuden los campesinos de los pueblos vecinos a vender sus productos agrícolas. Fijan por escrito la estructura jurídica del mercado leonés colocándolo bajo la protección real, quedando de este modo aseguradas y protegidas las relaciones mercantiles que tuvieran lugar durante el mercado. Gozaba, pues, de la paz del mercado, elemento esencial para la existencia de éste en todos los tiempos y lugares.

En los tres años siguientes a la promulgación de las Leyes y Fuero de León, Alfonso recorre las tres partes en que se divide el reino. Con ello quiere asegurar el orden y la implantación de las leyes acordadas el año anterior. El año 1018 nos presenta la documentación al Rey visitando Asturias en compañía del noble portugués Sarracino Arias que había abandonado su tierra para estar al servicio del monarca y al que Alfonso había recompensado con la villa de Mansilla del Páramo. Asturias era la parte del reino que menos había sufrido con las incursiones de los musulmanes de fines del siglo X y principios del XI. Estaba en la retaguardia del reino y hasta su obligación de acudir al fonsado con el Rey quedaba, a veces, conmutada por el pago de una cierta cantidad. El noble portugués moría en esta expedición asturiana y el propio Monarca agradecido le acompañó hasta León, donde fue enterrado en el monasterio de San Vicente. En el invierno del mismo año, Alfonso se encuentra en Sahagún, donde confirma a los monjes del monasterio las posesiones que desde los tiempos de Alfonso III les habían ido concediendo los diferentes monarcas, prohibiendo que ningún obispo, conde, ni autoridad real pudiesen entrar en las villas otorgadas. Los historiadores del monasterio son unánimes en afirmar la vuelta al esplendor durante los primeros años del siglo XI, “sea en riquezas y honores, o sea en hijos célebres”.

En el año 1020 Alfonso se halla en Galicia otorgando bienes a iglesias y acotando los términos de algunos monasterios. Al mismo tiempo se cuidó de la reordenación de la clase más poderosa e influyente afirmando su función dominante y dándole un nombre, el de conde, acorde con la más vieja tradición hispanogoda como representativo del estamento de mayor dignidad y prestigio. El conde era partícipe de la autoridad del Rey, desempeña sus funciones por delegación del Monarca, al que también asesora. Algunas circunscripciones condales son nuevas de este reinado.

El 2 de diciembre de 1022 muere la reina Elvira Menéndez con la que Alfonso V había tenido dos hijos, Sancha y Vermudo. La fecha nos la da el Salterio de Fernando I. Pocos meses después de quedar viudo, Alfonso va a contraer nuevo matrimonio. La elegida fue la princesa navarra Urraca, hermana de Sancho el Mayor, lo que es un signo de las buenas relaciones que en estos años tienen ambas monarquías. Dado el parentesco que existe entre ambos contra yentes, los dos eran biznietos de Fernán González, el rey navarro consultó al abad de Ripoll y de Cuxá, obispo de Vich, Oliva (Oliba), que en una misiva se muestra contrario a la celebración del mismo por condenarlo el Antiguo Testamento, los profetas, los apóstoles y los Santos Padres, no consintiendo en ello ni por razones de Estado. En la carta Oliva llama a Alfonso emperador, mientras que utiliza el término de Rey para referirse a Sancho. Y son estos años donde en la documentación también se encuentra la utilización de los términos “reinando e imperando el rey Alfonso en León”, o “del reino imperial de Alfonso, hijo de Vermudo”. Alfonso había sido fiel heredero de la idea imperial con todo lo que esto conllevaba al considerar al monarca como representante de los más altos intereses de la colectividad. Se sentía heredero del viejo sentido visigótico de imperio, lo que le llevaba a tener sometida a la nobleza, a imponer un orden emanado de la asamblea palatina y a hacer sentir su autoridad. Frente a esta idea, corrientes feudalizantes provenientes de Europa predominaban ya en Navarra y en Castilla.

A pesar del parecer contrario del abad Oliva, la boda se celebró, y lo hizo entre el 11 de mayo de 1023, fecha de la carta del abad, y el 13 de noviembre en la que aparece Urraca confirmando un documento al lado de Alfonso como reina de León.

A tenor de la documentación, Alfonso debe pasar los años que van de 1024 al 1027 en tierras galaico-portuguesas, restableciendo el orden que se había quebrado en las etapas anteriores. Ya se hizo referencia a la agregación en el año 1024 de la diócesis de Tuy que había quedado desolada por la incursión normanda a la iglesia de Santiago. En el año 1025 preside el juicio que hubo entre el obispo de Lugo don Pedro y unas gentes de los alrededores de Braga que en los tiempos de la sedición se habían sustraído del servicio de la iglesia, sobre su condición ingenua o servil. Y en 1027 confirma a la misma iglesia de Lugo las posesiones que le habían otorgado sus antepasados en atención a que algunos de los diplomas se habían quemado. Esta estancia en tierras gallegas sería aprovechada por Alfonso V para ir reclutando un ejército con vistas a la expedición que emprenderá al año siguiente.

En el año 1028 reúne el ejército en León con el fin de dirigirse a las faldas de la sierra de la Estrella poniendo cerco a Viseo, una de las plazas conquistadas por Alfonso I, según la Crónica de Alfonso III, que el paso continuado de los ejércitos cordobeses desde la época de Almanzor hacia Galicia hizo que cayera en sus manos. Puesto cerco a la ciudad, el propio Monarca quiso explorar el terreno por donde debía ser atacada, cuando un certero ballestero disparó su flecha e hirió mortalmente a Alfonso. Rodeado de obispos y de los nobles que le acompañaban, moría el Rey un 7 de agosto de 1028. Su cadáver fue trasladado por los suyos y enterrado junto al de su esposa Elvira.

Alfonso había restaurado el monasterio de San Pelayo y construido en él una capilla con materiales pobres, “barro y ladrillo”, para albergar los restos de sus antepasados trasladados desde la iglesia de San Salvador de Palas del Rey y de otras iglesias y lugares, así como los de los obispos. Su muerte va a suponer, por un lado, la paralización de la reconquista de esta línea del Mondego y, por otro, el deseo de los nobles de disminuir el fuerte poder adquirido por el Rey.

Las crónicas más antiguas se deshacen en elogios hacia este monarca al que la Historia conoce con el nombre de el Noble. La historiografía próxima destacó unánimemente su espíritu religioso, sus nobles empeños de gobernante ecuánime y sereno, sus excepcionales logros en la tarea de reconstruir las desmanteladas estructuras internas y configurar los trazos sustantivos de una paz estable y enriquecedora y hasta un talante animoso y emprendedor, solamente entrevisto en la única campaña militar que le costó la vida. El sentir de todas ellas lo resume Lucas de Tuy en su Crónica con estas frases: “Éste fue varón asaz sabio y confirmó las leyes de sus predecesores los reyes godos, y mandó abrir los cánones y buscó los establecimientos de los Sanctos Padres”. Y el epitafio de su tumba: “Aquí yace Alfonso, que pobló León después de la destrucción de Almanzor y le dio buenos fueros. Hizo esta iglesia de barro y ladrillo. Peleó contra los sarracenos y fue muerto por una saeta en Portugal [...]”

 

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José María Fernández del Pozo