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Ordoño I

Biografía

Ordoño I. ?, p. s. IX – Oviedo, 27.V.866. Rey de Asturias.

El acceso al Trono de Ordoño, hijo y sucesor de Ramiro I, tras la muerte de éste (850), supuso la apertura de una nueva etapa en la historia del Reino de Asturias que cubre toda la segunda mitad del siglo IX hasta la muerte de Alfonso III el Magno (910) y está marcada por una gran expansión territorial, la plena maduración institucional y la consolidación del proyecto neogoticista, como fundamento ideológico del Reino, esbozado años atrás en la Corte ovetense de Alfonso II el Casto (791-842).

Por otra parte, desde mediados del siglo IX la documentación se hace más abundante y expresiva: los relatos de los textos cronísticos son más detenidos y las fuentes diplomáticas aumentan en creciente proporción a medida que se avanza en el tiempo permitiendo profundizar en el conocimiento de aspectos de la vida del Reino y de los propios Monarcas que hasta entonces permanecían en la sombra.

La pacífica promoción al solio regio de Ordoño I representa la definitiva consolidación del sistema de sucesión patrilineal al Trono de Asturias, vinculado al tronco familiar de Pedro de Cantabria, y la superación de una coyuntura de inestabilidad política interna en el Reino asturiano que marca el breve reinado de su padre Ramiro y permitió al nuevo Monarca emprender por vez primera un programa político sistemático de reintegración y organización de los espacios septentrionales de la Meseta y de las tierras de la banda meridional de Galicia.

Fueron, por otra parte, los años de reinado del primer Ordoño una época de intensas confrontaciones bélicas en varios frentes: contra los vascones, los musulmanes semiindependientes de la cuenca media del Ebro, los cordobeses y los piratas normandos.

En la siempre insegura marca oriental del Reino asturiano, reprimió un nuevo levantamiento de los vascones —casi un siglo después del primero sofocado por Fruela (757-768)— en el que, quizá, no sería aventurado ver alguna relación de continuidad con los apoyos prestados por aquéllos, años antes, a la causa de Nepociano en su lucha por el Trono con Ramiro I y con los que los mismos pueblos de Vasconia protagonizaron después contra Alfonso III. Este triunfo y las victorias militares alcanzadas sobre los poderosos Banū Qasī de la cuenca del Ebro, seguidas de una firme alianza con ellos, aseguraron a Ordoño una posición cómoda que le permitiría progresar, con lentitud pero con firmeza, en la expansión foramontana del espacio oriental del Reino.

De la rebelión de los vascones, parece que asociados en alguna coyuntural alianza con los musulmanes, da noticia cumplida la Crónica de Alfonso III: “Al principio de su reinado la provincia de Vasconia se rebeló contra él. Cuando él hizo irrupción con su ejército, al momento salió contra él de la otra parte una hueste de sarracenos, pero con el favor de Dios puso en fuga a los musulmanes y sometió a su ley a los vascones”.

Por otra parte, tanto la crónica regia como la Albeldense —ésta siempre dentro de su habitual laconismo— conceden amplio espacio al relato de los conflictos bélicos que mantiene Ordoño I con los Banū Qasī. Era jefe de esta familia, que jugó un importante papel en la historia de los territorios de la Frontera Superior —cuenca media del Ebro— por esta época “un hombre llamado Muza, godo de nación, pero engañado por la religión mahometana con toda su gente”, dice la Crónica de Alfonso III. Y continúa: “Se rebeló (Muza) contra el Rey de Córdoba y ocupó muchas de sus ciudades, parte por la espada, parte por el engaño: primero Zaragoza, luego Tudela y Huesca y al fin Toledo, donde puso como gobernador a su hijo Lup. Luego volvió sus armas contra los francos y los galos. Allí llevó a cabo muchas matanzas y saqueos”. Sigue la crónica enumerando los triunfos obtenidos por Muza y su hijo Lup contra los generales francos Sancho y Epulón y sobre dos importantes caudillos musulmanes. Con esas victorias Muza llegó a consolidar tal poder, al margen de la autoridad central cordobesa, que llegaría a ser llamado por los suyos “el tercer rey de España”, equiparado así al monarca asturiano y al emir andalusí.

Sobre Muza obtuvo un gran triunfo Ordoño I en Albelda, batalla en la que, según la fantástica apreciación de la crónica regia, “perecieron más de diez mil magnates (de Muza) junto con un yerno suyo llamado García”, resultando gravemente herido el propio caudillo muladí que pudo finalmente huir salvando la vida. Su hijo Lup terminaría sometiéndose al rey asturiano, considerándose su súbdito y manteniendo ambos en el futuro unas relaciones de estrecha alianza y haciendo frente común contra los cordobeses.

Hasta el acceso al Trono de Ordoño I (850), la Monarquía, dirigida sucesivamente desde las Cortes de Cangas, Pravia y Oviedo, apenas había logrado traspasar unas fronteras que, a lo largo de un extenso sector central, de Galicia a la naciente Castilla, permanecían estabilizadas en la línea defensiva natural de la cordillera Cantábrica, incluyendo desde luego la comarca del Bierzo, seguramente englobada en el Reino de Asturias en la época de Alfonso II y quizá ya densamente poblada a mediados del siglo IX, como parece desprenderse del hecho de que proporcione contingentes humanos a la repoblación de Astorga.

Los valles meridionales de esta cadena montañosa, que alcanza precisamente en el núcleo originario del Reino de Asturias sus máximas cotas, pronto también bajo control cristiano, se abrían a un dilatado espacio meseteño tendido hacia más allá del Duero, seguramente de escasa población y, en todo caso, carentes de unas formas superiores de organización político-administrativa y eclesiástica desde las campañas de Alfonso I y las conmociones que, en los decenios medios del siglo VIII, determinarían la ruptura de las formas tradicionales de vida en estos territorios, su drenaje demográfico y situación de marginalidad fronteriza que se prolongó durante casi una centuria.

Esos extensos territorios meridionales, desde el sur de Galicia hasta la Castilla originaria y las tierras riojanas, fueron, desde mediados del siglo IX, escenario de unos procesos de reintegración al control efectivo de la autoridad de los monarcas asturianos que traducen las fuentes de la época, especialmente los textos cronísticos, con un término —“poblar”— de amplio y diversificado contenido semántico, reducible a tres fundamentales acepciones: superposición de un control político nuevo —el representado por la Monarquía y sus agentes— a unas estructuras organizativas preexistentes de antiguo, reorganización o encuadramiento político-administrativo y eclesiástico del territorio y de su población, y finalmente, en una tercera acepción de neto sentido demográfico, aportación de nuevos contingentes pobladores a nuevos espacios y lugares incorporados por conquista o cualquier otro medio, despoblados o de escasa población.

Estas tres modalidades, no excluyentes entre sí, de la actividad repobladora desplegada por la realeza asturiana como función fundamental de su programa político, se encuentran ampliamente documentadas en las fuentes desde mediados del siglo IX, aunque las noticias que sobre esa actividad regia aportan, en especial las cronísticas, deban ser interpretadas en ciertos casos con suma cautela. Debe tener en cuenta, por otra parte, que la repoblación de iniciativa regia, la que podría calificarse de oficial, dirigida por los Monarcas o desarrollada por sus agentes, pudo y debió ir precedida o acompañada en no pocos casos de procesos colonizadores espontáneos, al margen de cualquier directiva del poder superior, como se sabe que ocurrió, por ejemplo, con la ciudad de León, poblada ya en tiempo de Ramiro I y objeto en esos años de un ataque musulmán que frustraría esa ocupación, seguramente en fase todavía embrionaria, hasta la efectiva reintegración a control cristiano que muy pronto iba a producirse.

Tanto la Crónica Albeldense como las dos versiones de la de Alfonso III, al historiar los diecisiete años de reinado de Ordoño I (850-866), coinciden en destacar en primer término, antes de referirse a sus campañas militares, su labor repobladora: “Con la ayuda de Dios amplió el reino de los cristianos”, dirá el anónimo autor de la Albeldense. Y ambos textos cronísticos facilitan una detallada relación de los viejos centros locales de tradición romano-gótica, hasta entonces abandonados, que renacían ahora a una nueva o renovada vida urbana organizada por iniciativa del Monarca, poblándose con gentes tanto venidas del norte como procedentes de España, es decir, de los territorios meridionales sometidos a control musulmán o acaso marginados de cualquier tipo de autoridad política efectiva, como probablemente ocurriría con las comunidades residuales del valle del Duero.

Las fuentes cronísticas, con diverso grado de expresividad, se hacen eco coincidente de esa labor repobladora de Ordoño en los términos siguientes: “Pobló León y Astorga, junto con Tuy y Amaya, y fortificó otras muchas plazas” (Albeldense). “Las ciudades de antiguo abandonadas, es decir, León, Astorga, Tuy y Amaya Patricia, las rodeó de muros, les puso altas puertas y las llenó de gentes, en parte de las suyas, en parte de las llegadas de España” (Crónica de Alfonso III, versión Rotense). “Las ciudades abandonadas, de las que Alfonso había echado a los musulmanes, éste las repobló, a saber: Tuy, León, Astorga y Amaya Patricia (Crónica de Alfonso III, versión “a Sebastián”).

De la repoblación de León y Amaya dan la fecha exacta (856 y 860, respectivamente) los Anales Castellanos Primeros, atribuyendo directamente la primera al Monarca y la segunda al conde castellano Rodrigo. Sobre la de Astorga aportan algunos diplomas interesantes noticias: se estaba poblando la antigua ciudad el 6 de mayo del 854, concurriendo gentes procedentes del Bierzo bajo la dirección del conde Gatón.

La enumeración de las ciudades repobladas por Ordoño I, con una función claramente militar que se revela en las expresivas referencias cronísticas a sus obras de fortificación —Tuy, Astorga, León, Amaya, siguiendo la dirección oeste-este— se sitúa ya en presencia de una primera red de poblamiento protourbano que comportaba un control político efectivo y un sólido encuadramiento administrativo y eclesiástico de la región miñota, en el extremo oriental, y de las tierras más septentrionales de la meseta castellano-leonesa —el Bierzo, la tierra de León, la primitiva Castilla—, centros irradiadores en un futuro muy próximo de la gran expansión territorial de Alfonso III el Magno.

Por otra parte, la aportación de nuevos contingentes humanos a esos centros locales, es decir, la asociación de la actividad repobladora de Ordoño I sobre esas ciudades a una previa situación de, cuando menos, despoblación parcial o escasa población no parece que ofrezca dudas razonables, a tenor de las indicaciones cronísticas y diplomáticas, nada sospechosas, en principio, que informan sobre esos procesos y que revelan en ellos un claro componente demográfico. Se trata de “ciudades de antiguo abandonadas”, abandono que la versión “a Sebastián” de la Crónica de Alfonso III remonta a la época en que Alfonso I expulsó de ellas a sus ocupantes musulmanes y que ahora Ordoño I “llenó de gentes, en parte de las suyas, en parte de las llegadas de España”, es decir, de territorios sustraídos al control de los monarcas astures. Las inmigraciones de pobladores procedentes de tierras cristianas están además documentalmente acreditadas en el caso de Astorga donde un diploma del 6 de junio del 878 alude a la salida de gentes del Bierzo, en tiempo del rey Ordoño, para poblar en esa ciudad. Por otra parte, el acusado mozarabismo que traduce el tejido social de la primera sociedad urbana leonesa parece que debe vincularse a las inmigraciones de gentes sureñas a las que se refiere expresamente la Crónica de Alfonso III. Tales inmigraciones estarían en relación, en buena medida, con las persecuciones que por esta época padecen algunas importantes comunidades de la mozarabía hispánica.

Finalmente debe advertirse que la atribución a la actividad repobladora de Ordoño I de unos contenidos demográficos no se opone a la admisión para ciertos espacios sobre los que esa acción se proyecta de una continuidad del poblamiento y de las estructuras organizativas, con mayor o menor grado de desarrollo, preexistentes, como pudo ocurrir, por ejemplo, en la Galicia meridional.

Al margen de las confrontaciones con los muladíes de la cuenca del Ebro, los textos cronísticos nos informan de sus enfrentamientos con los musulmanes seguidores de la autoridad de Córdoba, contra cuyos ejércitos guerreó siempre con fortuna, en testimonio no muy exacto de dichos textos, que se refieren expresamente a sus campañas victoriosas contra las ciudades de Coria y Talamanca, “a cuyos guerreros mató, y al resto de la gente, con sus mujeres e hijos, los vendió en subasta” (Crónica de Alfonso III). Del gobernador de la segunda de esas plazas, un cierto Mozedor, dice la Albeldense que una vez apresado le dejó libre, junto con su esposa, retirándose a vivir a un lugar llamado Peña Santa al que se le ha dado una discutible localización en las abruptas montañas de los Picos de Europa (C. Sánchez-Albornoz).

Silencian, sin embargo, las crónicas ovetenses otros hechos de armas no tan favorables para los cristianos, que nos constan por otras fuentes, fundamentalmente de procedencia islámica, algunos tan desastrosos como la jornada de Guadacelete, que supuso un serio revés para las tropas del monarca asturiano.

Controlados los vascones y los centros de poder de los muladíes del valle del Ebro, con capacidad ofensiva pero muy limitada por graves problemas internos el Islam cordobés, el mayor peligro para la integridad territorial del Reino de Asturias iba a venir, una vez más —como ya había ocurrido años antes en la época de Ramiro I— de las incursiones devastadoras de los normandos, que por segunda vez llegaron hasta las costas de Galicia siendo rechazados y continuando sus expediciones piráticas por la Península, norte de África y el Mediterráneo.

Tanto la Crónica Albeldense como la de Alfonso III se hacen expresivo eco de esa presencia de los piratas del norte en las costas del Reino de Asturias. Aquélla, con su habitual laconismo, se limita a consignar que en tiempo de Ordoño “los normandos, que vinieron por segunda vez, fueron exterminados en la costa de Galicia”, noticia que desarrolla la crónica regia con la detallada referencia de sus correrías, después de ser rechazados de las costas galaicas: “Los normandos vinieron de nuevo de piratería a nuestras costas por estos tiempos; luego siguieron hacia España y asolaron toda su zona marítima, devastándola por la espada y por el fuero. Después, cruzando el mar, asaltaron Nekur, ciudad de Mauritania, y allí mataron por la espada a una multitud de musulmanes; luego, atacando por la espada las islas de Mallorca y Menorca, las dejaron despobladas. Después llegaron hasta Grecia, y al cabo de tres años se volvieron a su patria”.

A esas incursiones de las gentes del norte se sumarían las expediciones piráticas de los musulmanes, de las que da escueta noticia la Crónica Albeldense después de aludir a las de los normandos: “Los moros que venían en naves fueron vencidos en el mar de Galicia”. La piratería islámica, una vez que cesó la de los normandos, continuaría siendo por bastante tiempo una grave amenaza para las poblaciones del litoral cántabro-atlántico, prolongándose hasta muy entrado el siglo XII, como atestiguan las expresivas referencias de la Historia Compostelana y la Crónica de Alfonso el Emperador.

Ordoño murió en Oviedo, el 27 de mayo del 866, aquejado, según la crónica regia, de la enfermedad de la gota y fue sepultado en el Panteón Real de la Basílica de Santa María “junto con los anteriores reyes”.

Concluían así dieciséis años de fecundo reinado de un Monarca de quien la Albeldense, muy próxima ya en el tiempo a los hechos de ese reinado, nos transmite una grata imagen personal: “Este príncipe tuvo tal benevolencia de ánimo y capacidad de misericordia y tanta piedad tuvo con todos, que fue digno de que se le llamara padre del pueblo”.

 

Bibl.: L. Barrau-Dihigo, “Recherches sur l’histoire politique du royaume asturien (718-910)”, en Revue Hispanique, LII (1921), págs. 1-360 (trad. española Historia política del reino asturiano, Gijón, Ed. Silverio Cañada, 1989); A. C. Floriano Cumbreño, Diplomática española del período astur (718-910), I, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1949; G. Martínez Díez, “Las instituciones del reino astur a través de los diplomas (718-910)”, en Anuario de Historia del Derecho Español, 35 (1965), págs. 59-167; C. Sánchez-Albornoz, Despoblación y repoblación del valle del Duero, Buenos Aires, Universidad, 1966; A. Barbero y M. Vigil, La formación del feudalismo en la Península Ibérica, Barcelona, Editorial Crítica, 1974; C. Sánchez-Albornoz, Orígenes de la nación española. Estudios críticos sobre la historia del reino de Asturias, t. III, Oviedo, Instituto de Estudios Asturianos, 1975; S. de Moxó y Ortiz de Villajos, Repoblación y sociedad en la España medieval, Madrid, Rialp, 1979; J. Gil Fernández, J. L. Moralejo y J. I. Ruiz de la Peña, Crónicas asturianas, Oviedo, Universidad, 1985; Y. Bonnaz, Chroniques asturiennes (fin ix siècle), Paris, Editions du C.N.R.S., 1987; A. Besga Marroquín, Orígenes hispano-godos del reino de Asturias, Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, 2000; J. I. Ruiz de la Peña Solar, La monarquía asturiana, Oviedo, Editorial Nobel, 2001; AA. VV., La época de la monarquía asturiana, Oviedo, Real Instituto de Estudios Asturianos, 2002; A. Besga Marroquín, Astures et vascones. Las Vascongadas y el reino de Asturias, Bilbao, Astarloa, 2003.

 

Juan Ignacio Ruiz de la Peña Solar