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Gaspar de Zúñiga y Acevedo

Biografía

Zúñiga y Acevedo, Gaspar de. Conde de Monterrey (V). Monterrey (Orense), 1560 – Lima (Perú), 10.II.1606. Virrey de Nueva España y del Perú.

Hijo primogénito de Jerónimo de Zúñiga y Acevedo y de Inés de Velasco y Tovar, hizo sus estudios en su villa natal, en un Colegio de Jesuitas, y a la edad de diecisiete años se incorporó a la Corte, al servicio personal de Felipe II. Participó en la guerra con Portugal poniendo al servicio del Rey una milicia formada por gallegos, pagada con sus propios recursos. Más tarde, al ser atacado el puerto de La Coruña por el corsario Francis Drake, estuvo en su defensa, demostrando dotes de mando y capacidad personal que llamaron la atención de la Corona.

Contrajo matrimonio con su prima hermana Inés de Velasco y Aragón en 1583, cuando contaba veintitrés años de edad, pero quedó viudo nueve años más tarde. Su familia estaba íntimamente relacionada con Gaspar de Guzmán, conde duque de Olivares. Su hermana, María de Pimentel y Fonseca, fue la madre de Olivares, quien a su vez casó con Inés de Zúñiga, hija del más tarde virrey. Pero otro de sus hijos, Manuel de Zúñiga y Acevedo, contrajo matrimonio con Leonor de Guzmán, hermana del conde duque. El título de conde de Monterrey había sido creado por los reyes de Galicia en el siglo xiv, a favor del bisabuelo de don Gaspar.

El rey Felipe II, en una combinación sobre el gobierno de los virreinatos de América, lo escogió para hacerse cargo del de Nueva España en sustitución de Luis de Velasco hijo, que pasaba a Lima. Fue el último virrey designado por el Rey Prudente para Nueva España. Culminaba así una etapa de acertadísima selección de funcionarios reales, de la que formaron parte los Mendoza, Velasco, Enríquez y el propio Guzmán.

Las instrucciones del monarca a este virrey están fechadas el 20 de marzo de 1596 en Aranjuez, y siguen la tónica de las que se habían hecho anteriormente, referidas casi en su totalidad a las del virrey Velasco. Se trata de documentos básicos para el estudio de la gestión virreinal. Contienen 57 apartados, aunque en los primeros ya no se reitera, como política general, la misión espiritual del Estado, cambiando la perspectiva del poder real, aunque se mantienen dos normas importantes: la preeminencia del Tribunal de la Inquisición, entendida como una institución de control social e ideológico, y otra sobre el Patronazgo real, con la intención de que el mayor número de actividades eclesiales se sujetaran a la supervisión del propio Estado.

Se insiste en el estudio de las lenguas indígenas entre los clérigos y frailes, para que puedan enseñar y adoctrinar a los nativos, y contiene un párrafo concreto sobre la guerra contra los indios chichimecas, que tanto preocupaba a la administración real.

El 18 de septiembre de 1595, el nuevo virrey se encontraba fondeado en la bocana del puerto de Veracruz.

Su llegada a la capital se preparó escrupulosamente, celebrando el Cabildo varias reuniones para la elaboración del programa, que resultó muy costoso, por lo que el virrey Velasco tuvo que autorizar erogaciones especiales. Consistían éstas en “la compra de un caballo aderezado con una guarnición de la brida rica, hacer un arco triunfal, aderezar toda la calle, hacer una llave dorada del Ayuntamiento, el palio para el recibimiento, la infantería y la caballería para los honores militares y la escaramuza en Guadalupe, así como los juegos de cañas”.

Después de pasar por la villa de Guadalupe y entrevistarse en Otumba con el virrey Velasco, que partió inmediatamente con destino a Lima, hizo su entrada triunfal en la ciudad de México el día 5 de noviembre de 1595. Al día siguiente, según estaba programado, se realizó un “mitote” general de la provincia, con “invenciones de palos y voladores con mucha plumería, que dure desde las dos hasta que salga la encomisada”.

Según reflejan las crónicas de la época, la primera impresión que causó entre los servidores y funcionarios locales fue de “tardo y apático, con notable mengua de su reputación” (Torquemada), opinión nada acertada, ya que se le considera inteligente y decidido, aunque dotado de un enorme sentido de la responsabilidad “que ejercía con la prudencia necesaria”.

El primer tema al que tuvo que enfrentarse fue la expedición destinada y preparada por el virrey Velasco, dirigida al reconocimiento y la conquista del territorio llamado de Nuevo México. Estaban pendientes de ratificación las capitulaciones firmadas con Juan de Oñate, lo que resolvió sin más demora de la necesaria para enterarse con todo pormenor de su contenido y alcance, demostrando interés personal al conceder las insignias de mando a distintos oficiales y al aprobar una ceremonia pública “para atraer la atención de los aventureros sin destino”.

Esta presentación debió resultar llamativa, porque en la plaza Mayor y en presencia de los alcaldes ordinarios y otros caballeros, el pregonero anunció la campaña, dio a conocer el nombre de los capitanes y señaló las exenciones de que se dotaría a los participantes, “disparándose a continuación doce piezas de artillería, preparadas junto a la catedral, repitiéndose este pregón en varios lugares más de la ciudad”. De todos modos, la complejidad de la expedición obligó a que su salida se demorara por algún tiempo. Unos meses más tarde, el virrey recibió instrucciones del rey en el sentido de que convenía preparar y enviar una flota a reconocer y levantar cartas de navegación de las costas del mar del Sur, por la parte de las Californias, zona que estaba siendo observada con gran interés por la corte desde hacía algunos años. Se tenían noticias de que en esas costas se había conseguido encontrar perlas en cantidad considerable. Guzmán, tras un tiempo de reflexión, eligió para hacerse cargo de esta empresa al experto marino Sebastián Vizcaíno, buen conocedor de aquellas aguas.

La flota, compuesta por tres buques, partió del puerto de Acapulco en 1596, tocando en el de Mazatlán (Sinaloa), donde repostaron de agua y víveres frescos. Allí abandonó la empresa algún soldado y también lo hizo el comisario de los religiosos franciscanos que tomaban parte en la expedición. Tras cruzar la boca del mar de Cortés, tocaron en las costas de la península de California, desembarcando en un punto al que llamaron San Sebastián en homenaje a su jefe. La ceremonia del desembarco e instalación siguió las pautas de rigor: se dispuso “que una junta de capitanes tomara posesión del territorio a nombre del rey católico, se alzó el pendón real y se disparó la artillería, en presencia de un grupo de indios que asistían atónitos y asustados a tal despliegue de formalidades”.

Al abandonar este lugar, en una navegación que resultó muy lenta, los expedicionarios encontraron una zona más apropiada, a la que llamaron La Paz, porque los indios de la localidad les habían recibido pacíficamente. Instalados en este emplazamiento, sus naves subieron por la costa este de la península, levantando planos y reconociendo accidentes geográficos que fueron anotados cuidadosamente.

En todas las playas encontraron las conchas de perlas de las que les habían hablado. Al parecer, los indios recogían ostras “que arrojaban al fuego para abrirlas y aprovechar el animal”. Las perlas las utilizaban para engalanarse, ensartándolas en un hilo del que las colgaban y poniéndoselas en el cuello o en los brazos.

Tras permanecer en la zona algo más de dos meses, faltos de víveres y atacados por los indios que merodeaban por San Sebastián, decidieron regresar a Acapulco.

En 1596, la Inquisición celebró una de sus ceremonias cívico-religiosas más bárbaras, la décima que tenía lugar en el virreinato, “levantándose un tablado con ricas alfombras, sobre el cual se puso un regio dosel de seda, que cubría un trono suntuoso, en el que tomaron asiento el inquisidor y arzobispo electo, el virrey, la audiencia y las corporaciones”.

En la frontera de Sinaloa y Durango se mantenía la guerra abierta con las tribus indias del norte, en la que más que los soldados intervenían los misioneros, quienes trataban de expandir y consolidar el dominio español. Por el sur, el año de 1597, los piratas que acechaban Campeche, al mando del corsario Guillermo Parker, volvieron a atacar la zona. En esta ocasión, el capitán Alonso de Vargas Machuca logró abordar y desarmar a los corsarios y les obligó a alejarse de las costas. Estos ataques se repetirían incesantemente a lo largo de los años.

La expedición a Nuevo México se había desarrollado en medio de crecientes dificultades, viéndose precisado Juan de Oñate a solicitar más recursos y la ayuda del virrey, que los concedió al tiempo que enviaba a un comisionado real, Lope de Ulloa, con poderes suficientes para castigar a los rebeldes. Tomada posesión del territorio en nombre del monarca español, Oñate estableció sus reales en un sitio llamado San Miguel, y aunque en sus inicios pareció una empresa pacífica, pronto se tuvieron que enfrentar los expedicionarios con tribus hostiles y entablar acciones de guerra.

Mientras Oñate volvía a solicitar ayuda, algunos desengañados regresaban a la capital para contar los desastres y criticar la dirección de la empresa, incapaz de encontrar las ciudades y los tesoros prometidos.

En 1598, el virrey decidió que había llegado el momento de intentar resolver, una vez más, el problema de las congregaciones de indios. Se trataba de un tema recurrente que, a falta de encontrar una solución, se mantenía en el ánimo del Rey, atizado y enconado por los intereses contrapuestos de grupos de conquistadores y colonos, sin importar las protestas y reclamaciones de los indios. Al parecer, se partía de la dificultad para el cobro de los tributos que se generaban, una de las rentas más productivas del virreinato, debido a los problemas de empadronamiento, a la dispersión de las comunidades, a las facilidades de movimiento y ocultación de personas.

Algunas autoridades hacían hincapié en la conveniencia de reagrupar a los indios para que dedicaran su esfuerzo a la labranza, el cultivo y la producción ordenada de cereales, además de la mayor facilidad en su adoctrinamiento y la enseñanza de la religión y las virtudes cristianas. Se sospechaba, sin embargo, que la oculta pretensión de unos y otros consistía en que, al transformar la distribución de la tierra, obligados los indios a abandonar sus actuales posesiones, quedarían libres para que los españoles y demás colonos se hicieran con ellas. Por otra parte, se comprobaba que el trabajo en las minas, las pestes del pasado y algunas emigraciones forzosas, habían dejado yermos grandes terrenos antes productivos y ahora de escaso rendimiento fiscal. El plan del virrey resultaba ambicioso: se nombró a cien comisarios, que recorrerían la tierra seleccionando los lugares más apropiados para instalar las congregaciones, consultando para ello con los residentes de estos lugares y las personas más apropiadas y conocedoras de los territorios, incluidos los religiosos. Los abusos, la desinformación y el fraude fueron la respuesta más común, desechando en general el consejo de los religiosos y atendiendo a los intereses de los particulares que buscaban lugares en los que asentarse.

A la vista de los resultados y conocedor de lo que estaba ocurriendo, el virrey logró que se le enviara una orden real, dictada por el propio Felipe II, en la que se aclaraba que los traslados no podrían suponer en ningún caso la perdida de las propiedades por parte de los indios. En consecuencia, intervinieron los jueces y se ordenó el mantenimiento de sus posesiones por parte de éstos. Según un testimonio de la época: “los lugares, pues, de las congregaciones, fueron los menos acomodados, y si algunos por fortuna son propicios, hechura es del acaso que no les dio codiciosos, mas no del leal proceder de los encargados del gobierno”.

El envío de nuevos comisarios por parte del virrey no resolvió la situación y los indios fueron trasladados y reunidos en los lugares señalados, la mayoría de las veces por la fuerza y en medio de un tratamiento brutal y despiadado. “Fue cosa de lástima ver en algunas partes arrancar de cuajo a los indios y llevarlos a otras, donde apenas tenían una ramada donde meterse, y ser el tiempo de aguas, y bañarlos de todas partes, y no haberlos bien sacado de sus primeros puestos, cuando les tenían quemadas las casas y los llevaban como perros, llorando y por fuerza, y los ponían en los lugares dichos...”.

A principios de 1599 llegó a Nueva España la noticia de la muerte del rey Felipe II, que había ocurrido el 13 de septiembre del año anterior, según carta comunicada por su sucesor. Todas las autoridades se apresuraron a prestar juramento de fidelidad al nuevo Rey, mientras se preparaban las honras solemnes por el difunto.

Continuaba la expansión por la zona del noreste, el llamado territorio del Nuevo Reino de León, que culminó con la fundación de la capital, la ciudad de Monterrey, llamada así en honor del virrey. En Sinaloa, los jesuitas seguían enfrentándose a la insurrección de los indios, mediante fundaciones de pueblos y con el apoyo de algunas tropas que establecían presidios de apoyo. En 1600, la llegada a Sinaloa del capitán y justicia mayor Diego Martínez de Hurdaide, político conciliador y humano, consiguió restablecer la paz, por lo que, congraciándose con las tribus, organizó varias expediciones en busca de nuevas minas y tierras de labranza.

Cada día era más necesario ampliar y mejorar el puerto de Veracruz, lugar de entrada de todo el tráfico de mercancías entre el virreinato y Europa. El 7 de marzo de 1601 se instaló el cuerpo municipal de Veracruz y se tomó la decisión de trasladar la ciudad, que se encontraba muy al interior de la ría y alejada del puerto de San Juan de Ulúa, hasta un lugar más cercano y saludable, a la vez que firme, donde se encuentra en la actualidad.

En 1602 se registraron nuevas apariciones de piratas por las costas de Campeche y se sucedieron los enfrentamientos con los indios en las fronteras del norte, mientras proseguía la desastrosa expedición de Juan de Oñate en el territorio de Nuevo México.

El repartimiento de los indios y los servicios personales que este sistema acarreaba sufrió una importante transformación. Para que se pudiera ejercer mayor justicia y un trato razonable en su trabajo, se decidió reunir a los indios en las plazas, bajo la inspección de un juez que vigilara el pago de los salarios ajustados al trabajo realizado; allí se reunían los indios y llegaban quienes los requerían, ofreciendo los salarios y llevándose a los trabajadores que necesitaban. Parecía una buena solución, pero pronto se conocieron las corruptelas de rigor: los repartidores se quedaban con los hombres más aptos y los entregaban por un precio mayor, e incluso algunos colonos revendían a los contratados por otro precio. Finalmente, se volvió al sistema anterior.

El 5 de mayo de 1602 se hizo a la mar, desde Acapulco, una nueva flotilla, armada por expreso deseo del rey Felipe III, dispuesta a recorrer y conocer la costa oeste de la península de California, hasta llegar a un desconocido “paso de Amán” que se suponía existía mucho más al norte. La jefatura recayó nuevamente en Sebastián Vizcaíno, que conocía este recorrido y deseaba repetirlo. Le acompañaba el piloto Antonio Flores, muy versado en cosmografía, así como tres religiosos carmelitas. La flotilla tocó en Mazatlán, y pocos días más tarde estaba a la altura del cabo San Lucas, donde los fuertes vientos les obligaron a permanecer varias semanas.

Reanudada la expedición el 5 de julio, recorrió la costa oeste californiana, anotando los sucesivos puntos geográficos y naturales que encontraban, a los que se procedía a dar nombre: las bahías de San Hipólito, las de San Cosme y Damián, las mesas de San Cipriano, el puerto de San Diego, la bahía de San Francisco, etc. El 16 de diciembre, los navegantes descubrieron una amplia bahía, que en honor del virrey llamaron puerto de Monterrey, desde donde hicieron regresar a Acapulco a los enfermos, con una relación de cuanto habían descubierto.

El 4 de noviembre de 1602, el galeón de Filipinas, que navegaba rumbo a Acapulco, presenció una aurora boreal en medio del océano: “Apareció una grandísima claridad en el cielo, que totalmente parecían campos que se quemaban, porque toda su color era tan bermeja, que parecía una propia sangre, y esto del Oriente para arriba... y en el circuito que tomaba aquella color roja, a trechos estaban echadas unas barras, de norte a sur, y su color de estas era entre blanco y amarillo”.

El 17 de febrero de 1603 los pocos marinos sanos que quedaban en la expedición de Vizcaíno llegaron al puerto de Mazatlán, lo que permitió recuperarse a todos los demás. En abril, el virrey recibió en Chapultepec a Sebastián Vizcaíno y a sus acompañantes, elogiando la carta que había levantado Antonio Flores, muerto durante la misión de reconocimiento.

Al conocerse la noticia de que el rey Felipe III había nombrado a don Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros, para suceder al virrey, “los indios demostraron su sentimiento de dolor, dando muestras de afecto por una persona que, a pesar de su continente serio y excesivamente formal, tanto había luchado por mejorar su condición”. Reunidos los dos gobernantes en Otumba, tuvieron ocasión de intercambiar pareceres, mientras el conde de Monterrey ponía por escrito sus recomendaciones y enviaba una nueva relación al rey con los últimos acontecimientos acaecidos en el Virreinato. Se trata de una excelente muestra de rigor y profesionalidad administrativa.

El 28 de marzo de 1604, en Acapulco, el virrey Zúñiga terminó de redactar sus “advertimientos generales tocantes al gobierno de la Nueva España”, que deseaba dejar en manos del nuevo virrey. Es un documento importante, en el que se relacionan los temas que le habían ocupado durante nueve años, con una descripción detallada y minuciosa de todas las cuestiones.

Algunos de los puntos más sobresalientes de este texto, son los siguientes: repartimientos de indios y reducción general; obrajes y los remedios de que se usó para obviar los excesos que en ellos hay en las molestias y vejaciones a los indios; sobre el echar los mestizos de entre los indios y cómo se ha practicado lo mismo con los españoles; las dificultades relativas al puerto de San Juan de Ulúa y la fundación de la ciudad de la Nueva Veracruz y camino nuevo; del deseo de abrir camino carretero a Tehuantepec, costa del mar del sur, desde río de Coatzacoalco y de la utilidad que es (se trataba de anticipar el futuro canal de Panamá, por un paso quizá más realizable); sobre la expedición y las dificultades encontradas para conquistar Nuevo México; fundición de la artillería y fábricas de pólvora y obras que se han ido haciendo; la guerra de chichimecas, advirtiendo lo que parece convenir para la conservación de la paz, etc. Seguían otros puntos sobre las exploraciones de Sebastián Vizcaíno, el descubrimiento de puertos y ensenadas del Mar del Sur y la Real Hacienda, todos ellos tratados con extensión y detalle. “Era de su natural afable, y amoroso, como lo mostró fuera del gobierno; en especial con religiosos, aunque con el oficio reprimió su condición; era manso, tenia buen despidiente; pero muy tardo en sus determinaciones, de donde hubo motivo de tenerle por remiso, aunque según él decía, lo hacía con deseos de acertar, mirando lo mejor” (Torquemada).

En la sentencia de residencia se le condenó a pagar los 200.000 pesos que se habían gastado en las congregaciones, pero tras ser apelada, se le revocó muy pronto. Fue nombrado virrey de Perú, en reconocimiento de sus méritos, el 19 de mayo de 1603. Su viaje fue largo, porque le llevó tres meses recorrer la ruta entre Acapulco y Paita, entrando bajo palio en Lima el 28 de noviembre de 1604, pero su periodo de gobierno quedó reducido a casi un año de gestión, ya que enfermó gravemente y tuvo que guardar cama largo tiempo, antes de morir en febrero de 1606.

Las instrucciones que recibió para el gobierno del Perú son las mismas que se había entregado a don Luis de Velasco, su antecesor, abarcando los ramos que empezaron a ser habituales de “gobierno eclesiástico”, “gobierno secular”, “hacienda” y “guerra”, pero con algunos cambios; entre otros, los siguientes: recomendar las buenas relaciones y el mejor trato, tanto del virrey como de las demás autoridades del Virreinato, con los inquisidores, “por lo mucho que importa que en partes tan remotas y donde está tan recién plantada la fe sea el santo oficio reverenciado, temido y respetado”.

La conservación del derecho del patronazgo real, “guardando vos y haciendo que los prelados así eclesiásticos como de las órdenes no le quebranten, sino que antes le guarden según y como ha sido concedido a los reyes de España por la Santa Sede apostólica”.

También se refería a las “compañías de lanzas”, instituidas para favorecer a los hijos y descendientes de los descubridores y pobladores más antiguos, que no hubieran tenido repartimientos; a impedir los servicios personales de los indios; a favorecer la cobranza de la limosna de la cruzada y sus ministros.

Organizó dos expediciones, la de 1605 a Santa Cruz de la Sierra, al mando de Juan de Mendoza y Mate de Luna, que no tuvo consecuencias dignas de anotar, y otra más importante a las islas de la Polinesia, encomendada al marino portugués Pedro Fernández de Quirós. En el curso de esta expedición, además del descubrimiento de los archipiélagos de Tuamotú, Sociedad y Nuevas Hébridas, en el año de 1506 el piloto Luis Vázquez de Torres, desviado por unas tormentas, atravesó el paso de Torres, actual estrecho que conserva su nombre, al norte de Australia, por lo que se le considera el descubridor de este continente.

En el aspecto económico se interesó especialmente por la producción de las minas de Potosí, logrando aumentar sustancialmente las remesas de metal fino a la corona. No obstante, la crisis económica seguía haciendo estragos. Aumentaba el número de indios que huían de las minas o los muertos en ellas, debido a las malas condiciones del trabajo o al maltrato de que eran objeto. La mita seguía siendo muy impopular y descendió alarmantemente la producción de azogue de las minas de Huancavelica.

El enfrentamiento entre las facciones de los vicuñas (así llamados por el tipo de sombrero que llevaban) y los vascos o vascongados, se mantenía cada vez más enconado en la región de Potosí, pero a pesar de sus intentos de mediación, le resultó imposible resolverlo.

Prohibió el servicio personal entre los naturales de Tucumán, Paraguay y Río de la Plata, y se ocupó de modo especial de proteger a los indios que se habían dispersado a consecuencia de la erupción del volcán Huaynaputina.

Creó en Lima dos congregaciones, la orden mercedaria de Nuestra Señora de Belén en 1604 y la orden dominica de Santa María Magdalena en 1605. Este mismo año se creó en Santa Cruz de la Sierra el obispado de Charcas. En esta época hizo sus votos San Martín de Porres, coincidiendo con el apogeo místico de Santa Rosa de Lima, mientras culminaba su etapa arzobispal Santo Toribio de Mongrovejo.

El 24 de noviembre de 1605 ocurrió el maremoto de Arica, que destruyó las fortificaciones del puerto pero no causó víctimas, ya que la población había podido huir a tiempo a los montes cercanos.

En diciembre de ese mismo año llegó al Callao en el galeón de Acapulco, que mantenía las relaciones entre ambos virreinatos, el primer ejemplar llegado al Perú de El Quijote de la Mancha, enviado directamente al virrey por un amigo de México que le recomendaba muy vivamente su lectura, cosa que no pudo hacer debido a la enfermedad que le retenía en cama. Varios meses después arribaron, procedentes de España, otros seis ejemplares, en el cajón con la valija real, dirigidos uno al virrey, otro al arzobispo Santo Toribio y cuatro más destinados a algunos aristócratas limeños.

No pudo preparar ninguna relación sobre el desarrollo de su gestión de gobierno, pero se generalizó hasta tal punto su reputación de hombre honesto que nadie se atrevió a solicitar el juicio de residencia. Murió el 10 de febrero de 1606 en franca pobreza, por lo que la Audiencia tuvo que hacerse cargo de los gastos del entierro. Sepultado en el templo de los jesuitas, un año más tarde sus restos se trasladaron a Galicia para ser inhumados en el sepulcro familiar de Monterrey.

 

Bibl.: M. Orozco y Berra, Historia de la dominación española en México, México, Librería Robredo, 1938; J. I. Rubio Mañé, Introducción al estudio de los virreyes de Nueva España, México, Universidad Nacional Autónoma (UNAM), 1955-1963; R. Vargas Ugarte, Historia General del Perú, Lima, Milla Batres, 1966-1971; L. Hanke, Los virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria, Madrid, Editorial Atlas, 1976; E. de la Torre Villar, Instrucciones y Memorias de los virreyes Novohispanos, México, Editorial Porrúa, 1991.

 

Manuel Ortuño Martínez