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Antonio de Mendoza y Pacheco

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Biografía

Mendoza y Pacheco, Antonio de. Mondéjar (Guadalajara), 1490 – Lima (Perú), 21.VII.1552. Primer virrey de Nueva España (1535-1550) y segundo virrey de Perú (1551-1552).

Hijo de Íñigo López de Mendoza, I marqués de Mondéjar, y segundo de éste con su segunda esposa Francisca Pacheco y Portocarrero, hija del marqués de Villena. Nació en Mondéjar, en fecha no determinada del año 1490, aunque también se le atribuyen las ciudades de Alcalá la Real, Granada y Valladolid. Existe una amplia bibliografía y su vida se puede describir en torno a cinco ejes argumentales: entorno familiar y formación; experiencia juvenil de gobierno y administración regional y local; crisis ideológica y transición personal; embajador al servicio del Emperador, y primer virrey de América.

Miembro de una de las familias más destacadas de la nobleza castellana, la casa de Tendilla y Mondéjar, descendientes del marqués de Santillana y emparentados con los duques de Osuna y los duques del Infantado, era nieto de Íñigo López de Mendoza, nombre que se repite en el árbol familiar. Entre sus hermanos destacan Luis Hurtado, consejero de los Reyes Católicos y del emperador Carlos V, capitán general de Andalucía como herencia del padre, presidente del Consejo de Indias y consejero de los de Estado y Castilla; Diego, el más culto de la familia, embajador y poeta; Francisco, arcediano y cardenal; Bernardino, uno de los más grandes marinos de la época; María Pacheco, esposa de Juan de Padilla, ilustrada y revolucionaria; y María, casada con el conde de Monteagudo.

Muy joven entró en la corte de Fernando el Católico, al servicio de su hija, la reina Juana, casando muy pronto con Catalina de Vargas y Carvajal, hija de Francisco de Vargas, contador mayor de los Reyes Católicos, con la que tuvo tres hijos: Íñigo, muerto en la batalla de San Quintín; Francisco, marino que le acompañó a Nueva España y el Perú, combatiendo más tarde al lado de su tío Bernardino; y Francisca, heredera de todos sus títulos.

En un ambiente familiar culto, tolerante y liberal —se ha confirmado que en su niñez y primera juventud hablaba el árabe granadino, vestía ropas árabes y conocía las costumbres, las comidas y las prácticas de los árabes que eran mayoría en la ciudad—, pues su padre era capitán general de Andalucía, con sede en la Alhambra de Granada. Pronto fue enviado a formarse y estudiar en la casa del marqués de Denia, donde aprendió Latín, Humanidades y el arte de la milicia entre los más prestigiosos eruditos —Pedro Mártir de Anglería, Fernán Núñez de Guzmán, Lucio Marineo Sículo, entre otros—, siguiendo a partir de 1513 esa educación y sus prácticas en la Alhambra al lado de su padre. Gracias a él, del que era el preferido, adquirió pronta experiencia, lo que le permitió situarse en las mejores condiciones para iniciar su carrera en la administración y la política. Ingresó en la Orden de Santiago y fue regidor del cabildo de Granada. Al morir Íñigo a finales de 1515, le sucedió en Capitanía el primogénito Luis Hurtado de Mendoza, quedando Antonio bajo su servicio y protección a lo largo de toda una década.

En la crisis de la Monarquía, tras la muerte del rey Fernando, su hermano Luis proclamó el 12 de abril de 1516, en la Alhambra, a Carlos como Rey, para que gobernara junto a su madre Juana, y envió a Antonio a Bruselas con la finalidad de representarle y rendir vasallaje al nuevo monarca, por quien apostaba con toda lealtad la familia Mendoza. Antonio consiguió la confirmación de la Capitanía general para su hermano y acompañó a Carlos en su venida a España cuando desembarcó en Villaviciosa, el 2 de octubre de 1517. Iniciaba una década complicada y difícil en su proceso de maduración.

Regidor de Granada desde 1513, al regresar de Bruselas se reincorporó a esta actividad en la ciudad, fue elegido tesorero de la Casa de la Moneda, al parecer como un favor especial de su suegro, el licenciado Vargas, con cuya hija —Catalina de Vargas y Carvajal— había casado, en la capilla del obispo de Madrid, en junio de 1518. También poseía la alcaldía de Bentomiz y la de Vélez Málaga. Por otra parte, a partir de 1510 fue comendador de Socuéllamos por decisión paterna, según consta en documentos notariales, y por ser caballero de la Orden de Santiago, a la que su padre le había incorporado en plena juventud.

La nobleza española se encontraba dividida en la aceptación de Carlos I como Rey, y a pesar de la lealtad de la familia Mendoza, tanto Antonio como su hermana María de Pacheco, casada con Juan Padilla, se declararon partidarios de los comuneros y tomaron parte —Antonio de manera breve y ocasional— en la revuelta castellana. Procurador por el cabildo de Granada en las Cortes de Valladolid de 1518, se manifestó en contra de Carlos en varias votaciones, hasta el punto de que tuvo que enfrentarse a la fuerte sanción de su hermano y de su suegro. En 1519, en plena revuelta comunera, sólo la villa de Socuéllamos, en La Mancha, de la que era comendador, se enfrentó a las tropas del Rey que mantenían la paz al sur de Toledo.

Cuando el cabildo granadino quiso volver a enviarlo a las Cortes de Santiago en 1520, la oposición familiar se lo impidió.

Las veleidades comuneras de Antonio acabaron gracias a su presencia en la batalla de Huéscar, dentro de la campaña contra los comuneros de Baza que dirigía su hermano Luis, en la que actuó con severidad pero con benevolencia para los no cabecillas de la rebelión.

Luis aprovechó esta ocasión para hacer constar públicamente la intervención de Antonio a favor de la causa real. Sin embargo, su suerte cambió de súbito al participar, por encargo de Luis, en un oscuro y poco esclarecido suceso: el cerco de la fortaleza de Almazán en 1521 y el acuchillamiento del alcaide Juan Garcés el 4 de diciembre de ese año, misión ordenada por Luis, en la que intervinieron Antonio y Bernardino Mendoza en defensa de su hermana María, casada con el conde de Monteagudo. La causa judicial consecuente se demoró varios años, pero sabedor de su probable condena, Antonio decidió retirarse a Socuéllamos, alejándose físicamente de la corte y de sus posibilidades de promoción personal.

En estos años había tenido tres hijos con Catalina.

En 1526 todo cambió en la familia de los Mendoza.

El rey Carlos decidió casarse en Sevilla con Isabel de Portugal, lo que aprovecharía para conocer el sur de sus reinos. Y lo que seguramente hubiera sido un encuentro casual con los Mendoza, a consecuencia de los sucesos internacionales, se convirtió en la estancia de seis meses (junio a diciembre) de la corte real en la Alhambra de Granada, residencia del capitán general Luis Hurtado de Mendoza.

La experiencia personal del Rey en contacto directo con el mundo musulmán, el conflicto morisco permanente, la constatación del fracaso de la conversión y predicación cristiana en Andalucía, la conveniencia de modernizar la ciudad y la región a partir de la filosofía humanista y el estilo del Renacimiento entonces imperantes, obligaron a la Corona a un replanteamiento de la política real en relación con otras etnias y grupos humanos, tanto en Europa como en la recién descubierta América.

Finalmente, conocido de cerca por los Reyes, Antonio de Mendoza, promovido a camarero en la corte, recibió el encargo de viajar a Inglaterra para entregar una misiva de Carlos I a Enrique VIII y se desplazó a Flandes, camino de Hungría, adonde llevaría una embajada muy especial: el apoyo real al rey Fernando, que inauguraba su mandato en Bohemia y Hungría, y a su esfuerzo de contención de la marea turca que amenazaba a la Cristiandad.

En enero de 1527, Antonio de Mendoza se entrevistó con el rey de Inglaterra, con el propósito de confirmar el apoyo inglés a la política imperial, frente a la Liga de Cognac o Clementina urdida entre Francisco I y el papa Clemente VII. Más tarde, a mediados de junio, se encontró con Fernando, a quien entregó las cartas de crédito por 100.000 ducados que el emperador Carlos le había encomendado. Al parecer, este fue el inicio de una buena amistad. Inmediatamente regresó a Madrid, adonde llegó en abril de 1528 con la demanda de nuevas ayudas y préstamos para hacer frente a la guerra contra el turco.

Satisfecho por la misión cumplida y honrado con la confianza real, pasó unos meses en Socuéllamos, atendiendo a la solución de problemas personales, cuando, por la Real Provisión de 5 de septiembre de 1528, recibió el nombramiento de gobernador de la provincia de León (la actual Extremadura y parte de Sevilla) en la Orden de Santiago. Se trataba de enfrentarse al grave problema suscitado entre los moriscos de la región, especialmente en Hornachos, que se había sublevado en 1526 y en la que se estaba aplicando una política excesivamente rigurosa sin ningún resultado.

Le precedió la fama de “pacificador” y de mejor conocedor en la corte de los problemas moriscos. Tenía las competencias de fiscalización y control, y funciones jurisdiccionales, ejecutivas y administrativas importantes; entre otras, la reorganización de los gobiernos locales de la zona.

Para Antonio de Mendoza, la experiencia de Hornachos, unida a las de su etapa juvenil y de primera madurez en tierras de Granada y Málaga, constituyó un precedente fundamental para el gobierno americano.

Al cabo de poco tiempo, la emperatriz Isabel le llamó a la corte y le ofreció por vez primera el encargo de trasladarse a América en nombre del Rey. Sin embargo, la urgencia de atender a la coronación imperial, que se celebró el 24 de febrero de 1530 en Bolonia, le obligó a partir en misión especial, con el encargo de la Emperatriz de transmitir al Emperador todo cuanto deseaba darle a conocer, tanto de carácter personal como oficial.

También llevaba otros despachos de las más altas autoridades de la corte castellana. Tras asistir a la coronación, llevada a cabo por el papa Clemente VII, viajó con instrucciones del emperador a un nuevo encuentro con el rey Fernando, que tuvo lugar en Innsbruck, a quien llevaba instrucciones imperiales, y regresó inmediatamente a Madrid para transmitir a la Emperatriz y a Pedro de Córdoba las cartas que le había entregado el rey de Hungría.

En 1531 volvió a ser llamado por la emperatriz para hacerse cargo del primer virreinato que se había decidido crear en América, como respuesta a los informes del obispo fray Juan de Zumárraga, pero los acontecimientos internacionales le obligaron a volver a Hungría, donde acompañó al emperador en su campaña contra el turco y la firma de la paz en 1532. A partir de esta fecha regresó a España; estuvo largo tiempo en Granada atendiendo asuntos propios, rechazó una nueva embajada en Hungría y, finalmente, aceptó discutir con la Emperatriz y sus consejeros la misión que se le quería encomendar en América. Al parecer se entrevistó en varias ocasiones con el obispo Zumárraga, que se encontraba en la Península, y respondió positivamente a la petición del Emperador.

El 17 de abril de 1535, el emperador Carlos, en Barcelona, firmó el título de “visorrey” de Nueva España a favor de Antonio de Mendoza. El texto dice: “[...] habemos acordado de nombrar persona que en nuestro nombre y como nuestro visorrey la gobierne y haga y provea todas las cosas concernientes al servicio de Dios Nuestro Señor y aumento de nuestra santa fe católica y a la instrucción y conversión de los indios naturales de la dicha tierra, y así mismo haga y provea las cosas que convengan a la sustentación y perpetuidad, población y ennoblecimiento de la dicha Nueva España y sus provincias [...]”.

Sus facultades eran extensas y casi sin límites, pues estaba capacitado para obrar y ejercer esa función con la obediencia y acatamiento de todas las autoridades virreinales. Se le atribuyeron 3000 ducados anuales de salario por virrey y gobernador, más otros 2000 para gastos “con la gente de guarda que [...] habéis de tener”. El mismo día está firmado el título de presidente de la Real Audiencia, con una asignación similar, pero todavía firmó Carlos otras cuatro órdenes más: lo nombró capitán general de la Nueva España, le entregó una instrucción de carácter secreto, le hizo unas recomendaciones específicas y ordenó a los oidores de la Audiencia que fueran ellos quienes entendieran de los temas de justicia, ya que don Antonio “por no ser letrado no ha de tener voto [...] y vosotros tendréis mucho cuidado de administrar justicia con toda rectitud y diligencia”.

Ocho días más tarde, también en Barcelona, le entregaba la llamada “instrucción” real, primera de las que se harían a partir de entonces con la mayoría de los virreyes de Nueva España y más tarde del Perú.

Contenía veintisiete recomendaciones, y le siguió otra instrucción, firmada por la Emperatriz y fechada el 14 de julio en Madrid, con diecisiete recomendaciones más.

Mendoza, que había enviudado unos años antes, se preparó concienzudamente para el viaje y, acompañado de sus hijos, llegó a Veracruz a finales de septiembre de 1535, haciendo su entrada en la ciudad de México el 14 de noviembre. Se habían levantado arcos triunfales, se cantó un Te Deum, se le ofreció una colación en los salones del cabildo y se efectuaron “actos de regocijo” en la plaza Mayor.

Al iniciar su mandato residía en Nueva España Hernán Cortés, ocupado en ese momento en el descubrimiento y conquista de los territorios del norte; se encontraba en Nueva Galicia el gobernador Nuño de Guzmán, enfrentado a Cortés, y en las tierras del sur, en Yucatán, gobernaba acompañado de sus hijos el conquistador Francisco Montejo, mientras Pedro de Alvarado tenía una encomienda muy especial en Guatemala.

Eran fuentes de problemas y conflictos que estaban pendientes de solución. Tenía que sustituir a la segunda Audiencia y reordenar el gobierno del territorio conquistado, en constante expansión. Al llegar se convirtió en el enviado real más importante de América, su área de gobierno efectivo se extendía desde Panamá hasta las fronteras indias del norte de México.

En sus instrucciones, tras la confirmación de que su principal preocupación consistía en el mantenimiento de la fe religiosa y el cumplimiento de los mandamientos, se le pedía información sobre todas las cosas, “las espirituales y eclesiásticas, la edificación de los templos, la conversión e instrucción de los indios naturales de dicha tierra”. Tenía que enviar relación de todo, comunicarse con los prelados de cada diócesis, proponer las medidas a tomar y tomarlas, mientras llegasen las decisiones del Emperador.

La prolijidad de las instrucciones resulta ejemplar: creación de una casa de moneda para acuñar metales de plata y vellón; el número de conquistadores vivos y que residen en Nueva España o están ausentes de ella y el número de sus herederos y otros pobladores; memorial de lo que convenga repartir y conceder entre ellos; búsqueda de las riquezas escondidas de los indios para que se entreguen a la Corona; situación de los caciques de los indios; conveniencia de fomentar las extracciones de las minas de oro y plata y, si fuera necesario, el envío de esclavos negros para trabajar en ellas; el número de corregidores y cómo han sido nombrados; otro tanto sobre los obispos y los limites que tienen los obispados, y rentas y medios de sustentación; revisar los diezmos eclesiásticos que los indios pagan y que si fueren muy elevados, se reserve parte de ellos “para nos y nuestra Corona de Castilla”; número de monasterios y obispados, y ver si convenía ampliar ese número, además de la construcción de fortalezas; fundación de nuevas poblaciones y conveniencia de habitar los españoles en los pueblos de los indios; informe sobre el estado de los naturales y medios de reducirlos “de tal manera que cesasen las muertes y robos y otras cosas indebidas hechas en la conquista y en cautivar y haber por esclavos a los indios”.

Se organizaría un archivo general para procesos fenecidos, cartas, concesiones, etc. Y servirían de normas en los procedimientos a emplear los usos de las chancillerías de Valladolid y de Granada, recurriendo en todo caso a las Leyes de Madrid de 1502 y luego a las de Toro.

Como virrey podía considerarse responsable del Patronato real en las Indias, lo que no dejó de ser motivo de conflicto con los poderes eclesiásticos y las órdenes religiosas. Tenía que aprobar la publicación de las bulas y breves papales, pero también estaría al tanto de los nombramientos y cambios de destino y ocupación de sacerdotes y frailes. Como gobernador le correspondía ocuparse de los ingresos y gastos de la real hacienda, las obras públicas, la explotación de los recursos, etc. En cuanto presidente de la Audiencia, con la excepción del derecho de voto por no ser letrado, ejercería el supremo poder judicial del virreinato con la máxima dignidad.

Desde el primer año de gobierno, satisfecha la Corona con el trabajo del virrey y a fin de que los indios, sabedores de las leyes que les favorecían y las penas impuestas a los transgresores, cumplieran mejor con ellas, ordenó que se reuniera una junta de personas notables y doctas, y que se ofreciera un resumen de las disposiciones adoptadas, que expresara sus deberes y sus exenciones. Había que reunir después a todos los indios en una plaza o lugar estratégico, y mediante persona que entendiese bien la lengua, o por un intérprete, se leyese y declarase dicho memorial. Así se hizo y la primera lectura tuvo lugar en la Ciudad de México, presidida por el virrey, en presencia de la Audiencia y gente principal.

A partir de 1539 se publicaron por primera vez en México varias obras en la imprenta de Juan Pablos, natural de Brescia, formado en Sevilla en la casa de Juan Cromberger. Se titularon la Cartilla y la Doctrina Cristiana, aunque el primer trabajo de importancia fue Escala espiritual de San Juan Clímaco, traducida al castellano del latín por fray Juan Estrada.

Por estos días llegaron a México Cabeza de Vaca, Castillo, Dorantes y un negro llamado Estebanico, que procedían de Sinaloa donde habían sido encontrados al final de la malograda expedición de Pánfilo de Narváez a las Floridas. Traían noticias de un fabuloso, rico y populoso reino llamado de Quivira, situado al noroeste de México. El virrey los acogió favorablemente, pensó conquistar ese reino y los envió a España para que narraran estas nuevas maravillas.

Entre tanto, Cortés proseguía su aventura conquistadora, explorando la costa este de la Baja California.

En el camino de regreso recibió una carabela que venía en su busca, a la que seguían otras dos grandes naves, con víveres, hombres y municiones, enviados por el virrey Mendoza a petición de Juana de Zúñiga, la esposa de Cortés. Llevaban cartas tanto de la marquesa como del virrey y le instaban a que regresara a la capital.

Se decidió recoger a los indios jóvenes sin ocupación para enseñarles un oficio; que los indios, al presentarse en la Audiencia, lo hicieran con un intérprete de su confianza, y en Santiago Tlatelolco se estableció el Colegio de Santa Cruz para educar a los naturales.

Asimismo, se abrieron nuevos caminos, se establecieron hospitales en Veracruz y Puebla para alivio de los caminantes y, con el fin de evitar los abusos en las aguas de las dehesas, se establecieron los tribunales de la Mesta, presididos por dos alcaldes nombrados por un año.

Se llevaron a cabo nuevos descubrimientos por la parte de California, al enviar una escuadrilla de tres buques al mando de Francisco de Ulloa, con víveres suficientes para una larga navegación. El viaje de reconocimiento permitió llegar hasta el fondo del golfo y empezar el descenso al sur por la costa este de la península de California. Llegaron hasta el cabo San Lucas y ascendieron por occidente hasta alcanzar otro cabo que nombraron del Engaño.

En Yucatán, en 1538, la oposición de los indígenas de la zona fue muy fuerte y la campaña estuvo llena de contratiempos, pero la insistencia de los españoles empezaba a dar frutos positivos. La intrusión de Pedro de Alvarado, que desde el sur quería llegar hasta Yucatán para tomar parte en su conquista, fue contestada con la reacción inmediata de Francisco Montejo, que hizo valer sus derechos y reconocer las leyes del territorio.

En cuanto a las tierras del norte, en la primavera de ese mismo año fray Marcos de Niza, religioso franciscano, al tener noticias de las misteriosas ciudades del noroeste, salió de México, atravesó Michoacán y Jalisco, entró en Sinaloa y desde Culiacán inició la aventura de descubrir Cíbola, la principal de las siete ciudades de la narración, acompañado de fray Honorato y de Estebanico el negro.

Fracasado este primer intento, el virrey Mendoza, en 1539, encargó al general Francisco Vázquez Coronado, recién nombrado gobernador de Jalisco, el mando de una nueva expedición con más de mil españoles.

El virrey acompañó a los expedicionarios hasta Jalisco, donde se detuvo en un nuevo intento de sumisión de las tribus y participó en una amplia campaña de pacificación antes de regresar a México.

Durante este viaje pasó por Michoacán y llegó hasta el valle de Guayangareo, lugar donde puso los cimientos de una nueva ciudad que se llamó Valladolid (la actual Morelia).

En 1540 se reanudaron las actividades en Yucatán con la ayuda de los recursos prestados por el virrey, lo que dio por resultado la conquista de Tihoo, tras fuerte resistencia india, lugar en el que se asentaría la futura ciudad de Mérida. Su fundación se inició en enero de 1542, trazándose según las normas recientemente establecidas.

La situación en el norte se fue complicando, y tras el ataque de las tribus indias, que inició la llamada “rebelión de Jalisco”, se abandonó el lugar y se fundó la Guadalajara actual el 11 de febrero de 1542.

Se mantenían los descubrimientos y para reconocer las costas occidentales, buscando un paso del Atlántico al Pacífico, el virrey ordenó una flotilla que al mando del portugués Juan Rodríguez Cabrillo, navegó hacia el Norte, a partir del puerto de Navidad, llegando hasta la punta de Año Nuevo, al norte de Monterrey. Esta expedición proporcionó numerosos datos geográficos, fijando alturas, distancias, accidentes en las costas, estados de la mar, etcétera.

También se organizó una expedición a las islas del Poniente, de la que se hizo cargo Ruiz López de Villalobos.

Se formó una armada con cinco navíos y casi cuatrocientas personas, provistas de armas, municiones y víveres para largo tiempo. La navegación por los mares del Sur era desconocida, y no se había descubierto la forma de regresar a oriente. Después de numerosas dificultades, las naves llegaron al archipiélago nombrado por Magallanes de San Lázaro y que ahora tomó el nombre de islas Filipinas en honor del infante Felipe.

En 1543, Carlos V decidió reunir una junta de prelados, caballeros e individuos de su consejo, para conferenciar con ellos y proveer lo más conveniente y conforme a la justicia. Se decidió redactar las Leyes Nuevas, que establecían una política radicalmente distinta en las relaciones entre las poblaciones de América.

El problema de estas leyes fue su aplicación, porque además incidían sobre leyes anteriores no cumplidas.

Para conseguirlo se nombraron visitadores, y a Nueva España le correspondió el licenciado Francisco Tello de Sandoval, del Supremo Consejo de Indias.

Las “nuevas leyes” provocaron el levantamiento de los encomenderos, que exigían que se les reconociera el derecho a tener esclavos y a seguir con las viejas costumbres adquiridas. Tello de Sandoval se presentó en México el 8 de marzo de 1544 y su llegada causó una gran conmoción popular, por lo que, de acuerdo con el virrey, decidió suspender su aplicación y enviar suplicatorios al rey. Había fracasado este importante intento de humanización.

Dos años después, en 1545, apareció y se propagó la peste por todo el virreinato, lo que ocasionó una mortandad que tuvo efectos muy negativos no sólo desde el punto de vista demográfico, sino también en el desarrollo económico. El virrey trató de atajarla aplicando los medios de que disponía, creó nuevos hospitales y dirigió personalmente las actividades sanitarias.

La dimensión territorial se había ido extendiendo de tal modo, que el virrey solicitó que se estableciera una Audiencia en Nueva Galicia, que en realidad no empezó a funcionar hasta 1547, primero en la ciudad de Compostela y más tarde en Guadalajara. A mediados de 1548 se recibieron noticias del Perú, solicitando ayuda para contener a los rebeldes que estaban a las órdenes de Gonzalo Pizarro. Se pregonó la campaña, se nombró por jefe a Francisco de Mendoza, hijo del virrey, y se alistó un buen ejército listo para salir. El Rey, agradecido por la buena disposición de los habitantes de México, concedió a la ciudad el título de “muy noble, insigne y leal”.

En 1549, el virrey sufrió un grave ataque de apoplejía, que le obligó a ceder a su hijo las responsabilidades de gobierno, circunstancia que se había producido en ocasiones anteriores. En este caso, Francisco Mendoza volvió a demostrar su capacidad y buena preparación, por lo que distintos sectores influyentes escribieron a la corte solicitando que se le nombrara temporalmente sucesor de su padre. El Consejo de Indias, alarmado por esta situación, rechazó la petición y aceleró la búsqueda de quien pudiera hacerse cargo del virreinato.

Por entonces se descubrieron nuevas minas en la recién fundada Zacatecas. Para enfrentarse a la inquietud y deseos de conspiración y protesta de los encomenderos, al conocerse la noticia el virrey les ofreció el cambio de las encomiendas por la condición de propietarios. Al final, el negocio no prosperó, pero el gobierno de la colonia se iba concentrando cada vez más en manos del virrey.

En Perú, cinco años después de la creación del segundo virreinato de América, se mantenía la guerra civil, por lo que el rey decidió enviar a un hombre experto a que restableciera la paz y el poder real. Coincidiendo con las especulaciones en la corte sobre la ambición de Mendoza por instalar una gobernación de carácter hereditario en Nueva España, y con la complicidad de Luis Hurtado, presidente del Consejo de Indias, el rey ordenó a Mendoza su traslado a Lima, en cédula firmada en Bruselas el 4 de julio de 1549, nombrando para sucederle a Luis de Velasco.

Después Mendoza, acompañado de su hijo Francisco, embarcó en Acapulco y viajó a Trujillo y Lima, adonde llegó el 12 de septiembre de 1551. Su entrada fue solemne, pero se negó a hacerlo bajo palio.

Según el Palentino (citado por Lohmann), “antes de que llegase era de todos amado en general, por la buena fama que ya tenía en el Perú de varón de gran modestia, estudioso, sabio y prudentísimo”. Era mayor, venía muy cansado y estaba enfermo, pese a lo cual “comenzó a gobernar y presidir en la Audiencia, procuró de tratar y entender de todas las cosas y negocios [...] para en todo proveer con maduro consejo, aunque mucho le impedía su indisposición y poca salud, porque con sus enfermedades vivía como artificiosamente”.

Comisionó a Francisco para que visitase Charcas y se detuviese especialmente en Potosí, levantando dibujos y planos del famoso cerro. El 7 de mayo de 1552, terminada la primera inspección virreinal, Mendoza envió a Francisco a España para que informase al Rey de la situación del virreinato, con la información que había reunido, así como mapas y figuras topográficas de las ciudades principales.

Pero los enfrentamientos y revueltas de los conquistadores y sus descendientes inmediatos no cesaron.

En noviembre y diciembre de 1551 se levantaron en Cuzco Francisco de Miranda, Alonso de Barrionuevo y Alonso Hernández de Melgarejo, mientras se gestaban otros intentos en Lima y el territorio de Charcas. Mendoza remitió a España los recursos que encontró en las arcas de la Hacienda real y, tras firmar el mandamiento de varias cédulas, expidió una ordenanza que está considerada como el primer código de procedimientos judiciales existente en Perú.

Al mismo tiempo, instó al erudito Juan Díez de Betanzos a continuar una crónica que se convirtió pronto en la Suma y Narración de los Incas, y a que le informara de las costumbres y la cultura incaicas.

Dictó medidas de arreglo y normalización de los bienes comunales de los indios; formó una compañía de alabarderos que le sirviera de escolta personal; obligó a los encomenderos a casarse, de acuerdo con una cédula real, etcétera.

Fray Tomás de San Martín, dominico, nombrado primer obispo del recién creado Obispado de la Plata o Chuquisaca, llegó de España con dos cédulas reales para fundar en el convento limeño de Santo Domingo la Universidad de la Ciudad de los Reyes, con privilegios iguales a la de Salamanca.

Enfermo de gravedad, Mendoza siguió despachando en palacio, hasta que falleció el 21 de julio de 1552. Al igual que había ocurrido en Nueva España, la Audiencia de Lima y la ciudad de Trujillo recomendaron que su hijo Francisco Mendoza fuera nombrado virrey, sugerencia que la Corona desechó de inmediato.

 

Bibl.: A. Aiton Scout, Antonio de Mendoza, First Viceroy of New Spain, New York, Russell & Russell, 1926; C. Pérez Bustamante, Don Antonio de Mendoza, 1.º virrey de Nueva España, Santiago, Universidad, 1928; M. Orozco y Berra, Historia de la dominación española en México, México, Librería Robredo, 1938; J. I. Rubio Mañé, Introducción al estudio de los virreyes de Nueva España, México, Universidad Nacional Autónoma (UNAM), 1955-1963; R. Vargas Ugarte, Historia General del Perú, Lima, 1966-1971; L. Hanke, Los virreyes españoles en América durante el gobierno de la Casa de Austria, Madrid, Ediciones Atlas, 1976-1978; G. Vázquez, Antonio de Mendoza, Madrid, Historia 16, 1987; E. de la Torre Villar, Instrucciones y Memorias de los virreyes novohispanos, México, Editorial Porrúa, 1991; F. J. Escudero Buendía, Antonio de Mendoza, comendador de la villa de Socuéllamos y primer virrey de la Nueva España, Toledo, Perea Ediciones, 2003.

 

Manuel Ortuño Martínez